Vida del escudero Marcos de Obregón
Part 35
Estando esperando viento para volver la proa, vimos venir muchísimas aves en aquella parte del estrecho, donde habia unos hombrezuelos pequeños de estatura, porque en la otra son altísimos y membrudos, que casi las aves se señorean de la tierra, de manera que los hombrecitos huian de ellas; nos vino un viento tan poderoso, que nos hizo pasar el estrecho sin poderle resistir, con grandes daños del navío, porque siendo la orilla muy llena de bajíos, íbamos casi arrastrando por la arena las áncoras, fuera de no estar el estrecho llano como el de Gibraltar, sino haciendo combas y senos, y topando en las áncoras que habia dejado la arena por allí. La presteza del viento fué tanta y tan sin pensar, que no tuvieron los marineros traza para defender al navío. Pasamos de la otra parte con todos estos peligros de golpes que el navío daba, y duró tanto, que nos rompió las velas mayores, aunque las demás se amainaron, dejaron el trinquete de proa para que la inmensa furia del aire nos llevase adonde quisiese, sin poder dar bordo ni ver lugar adonde pudiésemos tener recurso ni socorro. Al fin anduvimos seis meses perdidos, faltando ya todo lo necesario para conservar la vida, arrojados y sacudidos de las olas por tan inmensos mares, de nadie conocidos y navegados, perdida la esperanza y el gobierno sin saber hácia dónde caminábamos, dispuestos cada dia para ser manjar de mónstruos espantables, fuera de nuestro elemento, y acabadas ya comida y bebida, de suerte que no habia quedado cuero de maleta que no hubiese sido dulcísimo mantenimiento de su dueño, si se las dejaban comer á solas, con un temor horrible, de imaginar la sepultura que teníamos abierta en las no habitadas cavernas del profundo mar, ó en las hambrientas entrañas de sus indomables bestias. Creyendo que ya todo el mundo hubiese tornado á ser agua otra vez por el diluvio general, comenzaron todos á decir en un grito: ¡Tierra, tierra, tierra! porque descubrimos una isla de tan altos riscos cercada, y ellos adornados de tan levantados árboles, que parecia alguna cosa encantada, y apenas la descubrimos, cuando en un instante se desapareció, no por arte mágica sino por la fuerza de una corriente que nos arrebató el navío contra nuestra voluntad, sin ser poderosos para resistirlo, hasta que la misma corriente nos echó á un lado, entre unos remolinos tan furiosos, que tuvimos por cierto que se tragára el navío, y á nosotros con él; pero volviendo en sí los marineros, y no habiendo perdido el tiento donde se descubrió la isla, parecióles que dando bordos con el trinquete, llevando siempre á vista la corriente, sin acercarnos á ella, podíamos tornar á cobrar la isla; pero yo fuí de opinion y parecer que amainasen el trinquete, y con los dos barcos que iban amarrados en la popa, llevásemos el navío á jorro; porque si la corriente arrebatase uno de los barcos, sería fácil de volver al navío; mas si arrebatase el navío, tornaríamos á perder el tiento, y aun las vidas; y encomendándonos todos al bendito ángel de la guarda, con grandísimas plegarias y oraciones, y bogando los barcos aquellos que más robustos ó menos flacos habian quedado por la falta de los mantenimientos, remudando de cuando en cuando porque todos se alentasen con la esperanza de ir á buscar tierra, pusimos en la guia ó en lo más alto del árbol mayor un hombre muy bien atado que fuese descubriendo con grande vigilancia, y avisando lo que pareciese que se descubria; y al cabo de dos dias al punto que ya nos parecia que habíamos perdido el camino de nuestra salud, tornamos á ver aquellas altísimas y tajadas peñas, más empinadas que el Calpe de Gibraltar, pero llenas de tan próceros y vistosos ramos, que alentó de manera á todos mis compañeros, que fué menester quitarles los remos de las manos; porque con las ansias y encendidos deseos que tenian de llegar á tierra, por poco dieran otra vez con el navío en la corriente, y con las personas en la última miseria de desesperacion. Pero dándoles una grande voz, les dije: Compañeros, ya que Dios os ofrece, tras de tantas desventuras, hambres y trabajos, ocasion en que se conozca cuánto puede la industria junta con el valor de los pechos, que tanto tiempo han estado firmes, siendo terreno de increibles golpes de fortuna, si ahora nos faltase la cordura y sufrimiento para con prudencia considerar cuánto más cercanos estamos de la muerte que en todo el tiempo que nos ha traido la fortuna jugando con nuestras vidas, no seria ya culpa suya, sino nuestra, precipitarnos en tan evidente peligro como el que habemos tocado con las manos y visto con los ojos. Y siguiendo mi parecer en lo que tanto nos importaba, fuimos acercándonos á la isla con tanto tiento, que aunque diéramos en la corriente con alguno de los barcos, con la mucha atencion que todos los marineros de conocimiento llevaban, no se recibiera daño que no fuera fácil de reparar. Caminamos tanto y tan atentamente, que veníamos á hallarnos menos de media legua de la isla, y muy cercanos á la corriente, que al parecer de los más esperimentados, comenzaba sobre la isla muy poco trecho, y se estendia por ambos lados, de manera que dejaba la entrada imposible y la isla inaccesible, como le dimos el nombre. Y aunque la corriente no era tan estendida como en lo que por nuestro daño habíamos visto, era mucho más furiosa, por ser en aquella parte más angosta.
Al fin, estando suspensos, y sin consejo sobre lo que se habia de hacer, yo dije resueltamente: ¿Allí hay tierra y riscos? pues aquí ha de haber lo uno y lo otro. Y determinadamente hice arrojar el áncora, y á poco trecho aferró de suerte, que todos quedamos muy contentos y con esperanza de salvamento. Hecho esto, pedí todos los cabos, sogas y maromas, de que habia abundancia, tambien como de pólvora, porque no se habia ofrecido lance en que gastar lo uno y lo otro, y atadas fuertemente una soga con otra vino á ser tanta la cantidad, que podia el barco llegar á la isla, y echando en él cincuenta compañeros, y los más fuertes que me pareció, con sus arcabuces, frascos y frasquillos, bien llenos de pólvora, y yo por cabo de ellos, aviando en el navío, que aunque nos arrebatase la corriente, fuesen dándonos cabo, y alargando con mucho tiento las maromas, hasta ver en qué parábamos; nos dejamos llegar, guiándonos el bendito ángel de la guarda, y arrebatándonos la corriente, sin recibir el barco otra alteracion, sino ir con mucha furia. Á poco trecho nos hallamos en un abrigo, ó seno que hacia la isla por aquella parte, tan sosegado, que si era grandísima la furia de la corriente, no era menos mansa y quieta la playa ó puerto adonde nos arrojó. Con este infeliz, y no pensado suceso, fuimos bogando, arrimados al levantado risco para buscar alguna entrada, y luego vimos á la puerta que hacia el encorvado abrigo, un ídolo de espantable grandeza, y más admirable hechura, y de novedad nunca vista ni imaginada: por su grandeza era como de una torre de las ordinarias; sustentábase sobre dos piés tan grandes, como lo habia menester la arquitectura del cuerpo: tenia un solo brazo que le salia de ambos hombros, y éste tan largo, que le pasaba de la rodilla gran trecho: en la mano tenia un sol ó rayos de él, la cabeza proporcionada con lo demás, con solo un ojo, de cuyo párpado bajo le salia la nariz con sola una ventana: una oreja sola, y esa en el colodrillo: tenia la boca abierta, con dos dientes muy agudos, que parecia amenazar con ellos: una barba salida hácia fuera con cerdas muy gruesas: cabello poco y descompuesto. Pero aunque pudiera espantarnos esta vision para no pasar adelante, como íbamos buscando la vida, y se habia de hallar en tierra, caminamos hácia el ídolo, por donde estaba la pequeña entrada para la isla, de nadie jamás vista ni comunicada, y al punto que llegamos el barco á la entrada, salieron los dos altísimos jigantes, de la misma hechura que tengo pintado el ídolo, y cogiendo el barco cada uno de su lado, fué tanto el espanto nuestro y la violencia suya, que sin podernos valer, nos vaciaron en una cueva que estaba al pié del ídolo: y á un pobre compañero que tuvo ánimo para disparar el arcabuz, cogió un jigante de aquellos, ciñéndolo con la mano por medio del cuerpo, y lo arrojó tan lejos, que le vimos ir por encima del agua grande trecho, hasta que cayó en el mar. Yo tuve advertencia de amarrar el barco á un tronco de un árbol que estaba cerca de la entrada, antes que llegásemos á ella, que despues nos fué de mucha importancia, no previniendo el daño que nos habia de venir, sino porque el barco no se fuese hácia la corriente.
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DESCANSO XXI.
Los jigantes, así como nos echaron en la cueva, taparon la boca, dejando caer un troncon de un árbol, que estaba en la puente superior pendiendo, á manera de puerta levadiza, que hizo con el encaje y golpe temblar, no solo la cueva y el ídolo; pero por un resquicio ó ventana que salia á la mar, la violencia del viento movido levantó tan grandes olas en ella que sentimos nuestro barco dar muy grandes golpes, por la grandeza y pesadumbre suya, porque no creo que me engaño en decir que tenia el tronco treinta varas de circunferencia, y de alto más de sesenta; era de una materia tan maciza y pesada como la más dura piedra del mundo. Los jigantes con el gran servicio que habian hecho á su ídolo, comenzaron á bailar y danzar, y hacer sones descompuestos y desconcertados en unos tamboriles roncos y melancólicos, que más parecia ruido hecho en bóveda, que són para bailar. En tanto que ellos estaban atentos á sus juegos, y entretenidos á costa de nuestras vidas, nosotros llorábamos la desventura nuestra y la fuerza del hado que con tal violencia nos habia tratado y traido á punto que ya que nos parecia haber hallado algun alivio á tan contínuos é incesables trabajos, nos habia puesto á morir de hambre y sed entre cuerpos muertos, de los que sacrificaban á su insaciable ídolo; pero como no se ha de perder el camino en cualquiera adversidad, si los trabajos son la piedra de toque del valor y del ingenio, luego se me representó el modo de podernos valer en tan apretado paso, adonde el ánimo, el ingenio y la presteza habian de concurrir juntos en un instante. Y como estaban contentos y divertidos en sus fiestas, y realmente era gente sencilla, y les pareció que con aquel lance y con tenernos encerrados en tan obscura sepultura, no habria más memoria de nosotros; pudimos, aunque con trabajo, venir á la ejecucion de mi intento, que fué de este modo: Tomé las cuerdas que me parecieron necesarias, y con los huesos blancos de aquellos muertos que habia más descarnados, tomando los más pequeños, hice una escala con que pudiésemos llegar al resquicio que tengo dicho, que no pudo hacerse sin mucha dificultad, porque como todo era peña viva, no dió lugar á que se pudiesen hacer agujeros para subir á poner la escala; mas como la necesidad es tan grande maestra, y no iba menos que la vida en hallar modo para poner la escala, tomé un hueso de un espinazo bien descarnado, por el agujero metí una cuerda, y juntando los dos cabos que se quedaban debajo, con la mayor fuerza que se pudo probamos todos á tirar el hueso hácia la ventana ó resquicio; y un mozo recio, criado en las montañas de Ronda, tuvo tan buen modo, traza y fuerza, que acertó á colar el hueso por el resquicio, de manera que quedó atravesado ó encallado; entonces atando la escala á un cabo de aquellos, y tirando por el otro, llegó la escala á lo alto, y teniendo mis compañeros del cabo que habia quedado abajo, yo subí con mucho tiento por la escala, y la aseguré de manera, que todos pudimos subir al resquicio y bajar al barco.
Hallada esta ingeniosa traza, tomé la pólvora de todos los frasquillos, y mientras mis compañeros subian y bajaban al barco, hice una mina debajo los piés del ídolo, que habia muchos huesos donde hacerla, y dejándola bien tapada, con menos de un palmo de cuerda encendida, subíme por la escala y salté en el barco, y desviándonos con los remos adonde no nos pudiera el daño alcanzar, apenas nos pusimos á mirar lo que pasaba, cuando dió la mina tan espantable trueno que alborotó las aguas, y resonó el ruido por la mayor parte de la isla, y el ídolo dió tan increible caida sobre los danzantes, que hizo pedazos docena y media de ellos. Los demás viendo que aquel en quien tenian confianza, les habia muerto los compañeros, dieron á huir, metiéndose la isla adentro, y dejando desamparado todo el sitio que nosotros habíamos menester; entramos dentro, dejando el barco bien amarrado, y todos á un tiempo nos arrojamos y besamos la tierra, dando inmensas gracias al Fabricador de ella por habernos dejado pisar nuestro elemento. Y aunque nos espantó el estrago que habia hecho el ídolo, y nos pudiera detener el espectáculo que teníamos delante de los ojos, viendo cubierto el suelo de aquellos exorbitantes mónstruos, como vimos la tierra escombrada de ellos, y la hambre y sed hallaron en que ejercitar su oficio, arremetimos á unos árboles frutales escelentísimos, y á una alegrísima fuente que nacia al pié de un peñasco, muy cercada de ojos más claros que los de la cara. Yo fuí á la mano á los compañeros, estorbándoles que no encharcasen en fruta y agua, porque no se corrompiesen, y lo que buscábamos para la vida, nos acarrease la muerte: y mirando á un lado y otro, vimos un jigante de aquellos sobre quien habia caido el ídolo, vivo, pero quebrado, y las piernas de suerte que no podia menearse, y haciéndole señas que nos dijese dónde habia mantenimiento, nos señaló con la nariz, que no podia con otra cosa, una cueva que tenia la entrada llena de árboles muy verdes y muy espesos, tanto que la hacian dificultosa, á lo menos para los naturales, que para nosotros no, y supimos despues, que nadie podia entrar allí sino cuando se hubiesen de sacar mantenimientos para la república ó el comun, so pena de no comer de ellos en cierta cantidad de tiempo. Al fin, entramos en la cueva muy ancha y clara por de dentro y con muchos apartamientos, donde habia cecinas de pescado y carne suavísimas, muchos tasajos bien curados, y una fruta más gorda y más sabrosa que avellanas, de que usaban en lugar de pan, y otros muchos mantenimientos de que cargamos el barco, y hinchendo una docena de cueros de agua dulce y fria, enviamos á los compañeros que ya nos tenian por muertos, con que todos se alentaron comiendo y bebiendo del mantenimiento y agua fria dulcísima, y tornaron dando órden, que dejando en el navío alguna guarda para las mujeres de los que ya habian estado en la isla, los demás en los barcos viniesen á ella, usando siempre de los cabos y sogas, que de otro modo no podia ser; y bien llenos los estómagos de comida, y los frascos de pólvora y cuerdas, se pasaron á nuestra compañía.
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DESCANSO XXII.
Interrumpieron la relacion que iba dando el doctor Sagredo unos portugueses que venian de la Vendeja con cuatro cargas de lienzo, por una senda, á su parecer, segura de los salteadores, por ser muy nueva; y como ellos la sabian mejor que los portugueses, dieron con ellos á la boca de nuestra cueva; de manera, que turbados del no pensado encuentro, se arrodillaron, diciendo: Por as chagas de Deus naon nos matades como á patifes, nen tomedes venganza en nosas patuvisadas, que fez á santa Forneira á os castelhanos. Sosegaos, mentecatos, dijo el caudillo, que no queremos sino que nos vendais el lienzo á como os ha costado. De muito boa vountade, dijeron ellos, y sacando el libro de caja, donde venian escritos los precios, cada salteador pidió lo que habia menester; y mandando el caudillo que pagasen el dinero antes de tomar el lienzo, de que yo me admiré, que usase de tanta piedad con los portugueses. Tomaron su dinero, y desenfardelando para medir el lienzo, y tomando la vara para medir, dijo el caudillo á los portugueses: Aquí tenemos nuestro contraste y medida, como república libre; y no medimos con las varas que por allá se usan, sino con las que acá tenemos; y pidiendo la vara para medir el lienzo, le trujeron una pica de veinte y cinco palmos, con que ellos midieron, y dieron á cada uno las varas que habian pedido, que les debió de salir á cuartillo por vara, con que ellos quedaron riéndose y contentos, y los portugueses callaron, y se fueron descargados del peso que traian. Reímonos nosotros, sino fué el doctor Sagredo que prosiguió su cuento, diciendo: Antes que la fortuna diese vuelta á la rueda de nuestra prosperidad, nos dimos tan buena maña, que dejamos con el saco la cueva casi vacía, nuestro navío lleno, no solo de frutas secas y frescas, pero de mucho pescado seco, carne, cecina y muchas botas de agua, y otros licores que bebian aquellos jigantes de mucho gusto y substancia; pero no fué tan seguro que á los fines no nos sobresaltasen los jigantes, porque como hallamos la tierra sin contradiccion, y el cansancio y trabajo de la mar pedian reposo en tierra, tomámoslo de manera, que nos dormimos en los descansos frescos de aquella cueva, que ella era de manera apacible por las salas y remansos que tenia llenos de comida, y á trechos unas fuentecillas heladas, que aunque estuviéramos muy descansados, nos obligára á sentar allí nuestros tabernáculos. Duramos dos dias en este regalo y fresco, hasta que al tercero, estando hasta como entre las doce y la una sesteando, sentimos tan gran ruido y alboroto de gente y tamboriles, que recordamos todos, diciendo: Arma, arma, porque venia toda la isla llena de jigantes sobre nosotros, y acudiendo á los arcabuces, no hallamos cuerda encendida, ni fuego en que encenderla, ni hombre que hubiese sacado del navío pedernal, eslabon y yesca; comenzaron á decir: Perdidos somos; pero yo, antes que el temor tomase posesion de los corazones con la imposibilidad de la defensa por verse encerrados, y no poderse aprovechar de los arcabuces, dí órden que la mayor parte de ellos quitasen de aquellos maderos que dividian un apartamiento de otro, y lo pusiesen á manera de trampa, en que tropezasen; despues de haber rompido la dificultad de los árboles, que como arriba dije, hacian la entrada muy dificultosa á los jigantes, y los demás tomamos unos palos muy secos, cada uno dos, que eran unos de moral, y otros de yedra, y de cañaleja, ó como más á mano se hallaban, y fregando el uno con el otro fuertemente, á poco espacio vinieron á humear, sacando lumbre, y nosotros á encender las cuerdas y aprovecharnos de los arcabuces, y tuvimos demasiado tiempo para todo, porque su intento no fué venir sobre nosotros, que ya nos tenian por más que muertos, sino á ver el estrago que su ídolo habia hecho, que los que habian escapado de él habian ido á dar cuenta á su gobernador, que llamaban todos Hazmur, y trayéndolo con mucha majestad sobre cuatro muy grandes vigas, en una silla hecha de mimbres á manera de cesto, le mostraron hecho pedazos á aquel en quien adoraban, y los que él con su caida habia despedazado y destripado, y no supiera que estábamos allí, si el mismo jigante, derrengado, que nos mostró la cueva, no se lo dijera, lo cual sabido, arremetieron á la boca de la cueva, tirando peñascos, desgajando y arrancando de los árboles que les estorbaban á la entrada, aunque el que llegaba primero, ó tropezaba y caia en las trampas, ó los derribábamos con las balas, porque aunque hubo opiniones que les tirásemos á el ojo que tenian solo, porque sin él no podian atinar á la boca de la cueva, la mia fué, que cebando los arcabuces con dos balas, se les tirase á las piernas, porque el tiro del ojo no era tan cierto como estotro, y todos caian, sirviéndonos de saetera y trinchera, así los maderos que habíamos puesto, como los árboles espesos que estaban á la entrada, y aunque las muchas piedras ó peñas que arrojaban pudieran hacer gran daño en nosotros, como perdian la fuerza de los árboles, cuando llegaban á las trampas hacian muy poco, ó ninguno; fuéles tan mal, que admirado su gobernador de tan grande novedad, mandó que se retirasen del mal que hacian y que recibian de la cueva, pareciéndole que, pues el ídolo habia caido con tan grande espanto, y los que tenian por muertos herian á los vivos, debia de haber alguna fuerza superior que causaba tan grande daño en ellos. Al punto obedecieron y se sosegaron con caida de algunos de ellos, y ningun daño nuestro, y haciendo demostraciones de paz y de amistad, el gobernador, mirando al cielo y alzando hácia él la mano, nos dió seguro que podíamos manifestarnos libremente, y estar sin recelo hablándole y dando razon de quién éramos y de nuestra venida allí, y fué el mejor tiempo del mundo, porque si más tardáran, se nos acabára la municion, y con grande ánimo salimos muy en órden hechas tres hileras, y las cajas sonando en sus puestos con gentil correspondencia y aire. Fué tanto el gusto de aquella sencilla gente, á lo menos de los que no estaban heridos, que en oyendo el són y órden de las cajas, se les cayeron las duras armas de las manos, mirando con admiracion grande y alegría á su señor, que siempre se habia estado en la silla en hombros de los que le habian traido acuestas, y él quedó como suspenso y admirado de ver en tan pequeña gente dos brazos y dos piernas, y las demás partes del cuerpo dobladas, y mucho más del ánimo y traza con que procedíamos; y haciendo alto en la boca de la cueva, nos paramos á ver aquella espantosa gente llena de pieles de animales, y de plumas de muchos colores, y la gravedad de su gobernador, respetado, temido y obedecido en sus mandamientos. Habiendo considerado el modo con que podíamos hablar en nuestra defensa con las señas más naturales y semejantes á la verdad que pudimos declarar lo que sentíamos; dejadas prolijidades y señas, y las demás dificultades que por entonces se allanaron, el gobernador nos preguntó tres cosas: si éramos hijos de la mar; y si lo éramos, cómo éramos tan pequeños; y siendo tan pequeños, cómo habíamos osado entrar entre gente tan grande como la suya. Á lo primero respondimos que no éramos hijos de la mar, sino del Dios verdadero, superior al suyo, y como tal los habia castigado, porque viniendo maltratados del mar á pedirle hospedaje, nos habian querido matar. Á lo demás respondimos que la grandeza no consiste en la altura del cuerpo, sino en la virtud y valor del ánimo, y con él osamos entrar en su tierra y pasar todas las aguas del furioso mar; y que los hijos del Dios, fabricador del cielo y de la tierra, no temian los peligros que les podian suceder de las manos de los hombres, especialmente si no adoraban aquel que era Señor universal sobre todas las dignidades del cielo y de la tierra, y Criador del mismo sol á quien ellos adoraban. Aquí mudó la conversacion, como oyó decir que el sol tenia superior, y preguntó á qué fin habia sido nuestra venida. Respondimos la verdad, refiriendo algunos de nuestros trabajos, y acordándole la obligacion que tenian unas criaturas á otras, en razon de ser hijos de Dios, á socorrerse y ampararse en las necesidades y desventuras, y que esto le pedíamos como á hombre que tenia lugar supremo, y le habia puesto Dios para juzgar las causas de premio y de castigo. Dió muestras de admirarse de nuestra respuesta, y la suya fué que le habia parecido muy bien lo que habíamos dicho; pero que él no podia, sin avisar al rey de la isla de tan grande novedad, recibirnos y ampararnos, porque tenia pena de la vida si lo contrario hiciese; y suplicándole nos concediese licencia para enviar al navío cuatro compañeros, que para todos, ni la quiso dar, ni nosotros desamparar la puerta de la cueva, diciendo que iba por mantenimiento de los de nuestra tierra, y con la mayor diligencia que pudieron entraron en el barco, haciendo señas al navío que tirase de los cabos. Entre tanto el gobernador despachó un correo al rey de la isla á darle noticia de lo que pasaba.