Vida del escudero Marcos de Obregón
Part 34
Mi hermana y yo, que lo somos cierto, nacimos en Argel, somos hijos de un español que del reino de Valencia se pasó á Argel. Casóse con nuestra madre, que es turca de nacion. Es nuestro padre corsario que trae por la mar dos galeotas suyas, con que ha hecho mucho mal á cristianos. Entre los cautivos que robó en España, vino uno á quien nuestro padre nos dió para maestro de la lengua y letras españolas, que como nos encarecia tanto las cosas de su tierra, nos encendia en amor y deseo de ver y haber lo que tanto estimaba: este esclavo español se dió tan buena priesa en la doctrina que nos enseñó, que dentro de pocos dias teníamos aborrecida la que habíamos mamado en la leche, y abrazada en el corazon la del bautismo. Si yo nombraba á Jesus, mi hermana á su madre María: no teníamos otra comunicacion sino esta. Hicimos voto en voz de vivir y morir en la religion cristiana. Diónos palabra este esclavo de buscar modo cómo nos bautizásemos. Han pasado ocho años que fué á su tierra, y al cabo de estos nos dijeron que en saliendo de Argel lo habian cautivado las galeras de Génova, y le habian muerto entendiendo que era nuestro padre. Desconfiados ya de su aviso ó venida, determinamos de buscar por otra parte remedio. En este tiempo, como ya mi hermana tenia edad para tomar estado, y yo era el mayorazgo de aquella hacienda, concertó nuestro padre con un turco muy rico, que tenia hijo é hija de nuestra edad, de trocar y casar hijo con hija, é hija con hijo, y habia sido este deseo general en todo Argel, porque aunque tenia mi hermana y yo libertad con riqueza, nunca nos vió nadie con resabios de tales, que si bien éramos estimados, ella por su mucha hermosura, y yo por sucesion de mi hacienda, nunca nos empeció que olvidásemos la libertad cristiana que nos enseñó nuestro maestro, y por brevedad de nuestras desdichas, viendo tan cerca nuestros casamientos por donde habíamos de borrar de nuestra alma los ardientes deseos que conservábamos en el pecho; mi hermana y yo aguardamos á que nuestro padre hiciese una jornada hácia levante para traer alguna presa con que enriquecer más nuestro nuevo estado, y en echando las galeotas al agua, nos fuimos á una heredad, y comunicando el caso con cuatro esclavos españoles, dos turcos, y seis italianos prácticos en toda la costa de España; y estando mi madre segura y descuidada, por estar mi hermana en mi compañía, cogimos al anochecer un barco, y con todo el silencio del mundo, batiendo los remos fuertemente, nos dimos tan buena priesa, que al amanecer descubrimos la costa de Valencia; pero yendo con esta buena suerte, nos vino un viento de hácia levante que nos hizo bajar la vela, y nos echó hácia poniente con tanta furia, que no fuimos señores del barco, porque venian sobre nosotros tan levantados montes y breñas de agua, que mil veces nos vimos debajo de las olas sumergidos; y como yo y mis criados llevábamos el cuidado puesto más en salvar á mi hermana que á nosotros propios, una vez esperando un peñasco de agua que venia á tragarnos, tendióse ella de bruces sobre el suelo del barco, y á cuatro que se pusieron á resistir la fuerza por que no llegase á ella, se les sorbió la ola, y nunca más parecieron. Rendímonos á lo que el cielo ordenase despues de haber atado á mi hermana, de suerte que no se la llevasen las olas aunque padeciese naufragios el barco, y á los que llevaban los remos en las manos, se los arrancó de ellas el soberbio viento, dejándoles los brazos mancos. Yo, visto que solo Dios podia socorrernos, mandéles que no hiciesen defensa, porque el barco sobre aquellas poderosas olas, andaba como cáscara de nuez, siempre encima, aunque una vez, viendo que se volvia boca arriba, yo me abracé con mi hermana, que me valió la vida, porque á los demás que iban sueltos los voló, sino fueron á dos que se asieron á los dos bordes del barco. Vino á sosegarse un poco el viento, pero las olas movidas del levante inexorable quedaron por dos dias en su fuerza, andando sin gobierno cinco ó seis dias, sin poder comer lo poco que nos habia quedado: como no tenia remos, ni quien los gobernase, acordéme que aquel nuestro ayo ó esclavo nos dijo, que los que se encomendaban á Dios, tomando el sagrado bautismo, habian de pasar los trabajos con mucha paciencia y esperanza; y consolámonos con esto. Mi hermana vuelta en sí comenzó con muchas veras á rezar en un rosario que le habia dejado Márcos de Obregon, que así se llamaba nuestro maestro, y en esto descubrimos vuestro barco, no con intento de ponernos en defensa, que aquellos dos turcos que vuestro valeroso brazo mató, los traíamos ya con celo de bautizarse: llegamos á tierra de cristianos, donde suplicamos á Dios nos dé paciencia y nos cumpla nuestro deseo. Acabó su razonamiento, y la hermana no el llanto que habia comenzado desde el principio del cuento. El capitan, piadoso y enternecido, les dijo: Si lo que habeis contado con tanta terneza es verdad, yo os daré libertad y todas las joyas que tengo vuestras, y les dijo: ¿Conocereis á Márcos de Obregon si lo veis? Respondió la doncella: ¿Cómo lo habemos de ver si es muerto? Dijo el capitan: Salid afuera, y mirad si es alguno de los hombres que están ahí. Alborotáronse confusos entre esperanza y temor, y la doncella con mayor turbacion, porque el amor hizo memoria de lo pasado, y la religion le facilitó su ardiente deseo de ver á quien los habia enseñado; salieron afuera, y en viéndome se arrojaron á mis piés, llamándome padre, maestro y señor; quedé en éxtasis por algun espacio sin poder hacer otra accion sino admirarme, afirmando que cuanto habian contado era verdad: en sosegándome de la súbita alteracion, lloré tiernamente con ellos, que tambien el contento tiene sus lágrimas piadosas, como el pesar congojosas: el capitan quedó espantado del caso, y habiéndoles consolado con sus palabras y mi presencia, les dijo: No quiera Dios que yo cautive á cristianos; libertad teneis, y vuestras joyas, de que yo he sido no poseedor, sino depositario veislas aquí (entre las cuales ví un rosario que yo le habia dado á la doncella), usad de la libertad cristiana, pues tan venturosos habeis sido en llegar á ejecutar vuestro soberano intento. La alegría que yo sentí en ver aquellas dos prendas, que en mis trabajos y cautiverio me alentaron y consolaron, me volvió, si se puede decir, á la mocedad pasada: que el pecho con alegría entretiene la vida; y la alegría fundada en bien, engendra paz en el alma. Hablé grandes ratos con ellos de mis trabajos y sus consuelos, que siendo pasados, bien pueden traerse á la memoria, pues causan, á la medida del pasado mal, la presente alegría. Los virtuosos mozos cobraron tanta en verme, que se les borró del rostro la tristeza del trabajo pasado. Dimos órden en su vida con ayudarles á cumplir lo que tanto deseaban; y fué la mudanza de sus acciones exteriores tan conocida, que nos dió ejemplo de vida á todos. Aviáronse á Valencia á conocer los parientes de su padre, donde vivieron con tanto consuelo del alma, que tuve nueva que acabaron sus vidas con grande ejemplo de virtud cristiana.
[Ilustración]
[Ilustración]
DESCANSO XVII.
Parecióme que para la quietud que yo deseaba, el bullicio de Málaga, y las ocasiones de la tierra y mar, con el apacible trato de la gente, siendo yo conocido en ella, no se podia hallar á la medida de mi deseo, y la ejecucion del intento principal; fuíme á la Sauceda de Ronda, donde hay lugares y soledades tan remotas, que puede un hombre vivir muchos años sin ser visto ni encontrado si él no quiere. Púsome en camino un buen hombre, y porque no pasase sin trabajo, llegando á la Sabinilla, se desembarcaron dos bergantines de turcos, saltaron en tierra, y cogieron pescadores y vaqueros, cuantos hallaron por allí; porque aunque habian hecho ahumadas, no las echamos de ver hasta que dimos en manos de los moros, que nos maniataron y llevaron á los bergantines; pero de verse tan señores de la tierra, descuidáronse, hinchando las panzas de vino de lo que hallaron en una hacienda de pesca; de manera que todos, ó la mayor parte se emborracharon; dan sobre ellos la gente de Estepona y Casares, y los demás que vivian cerca viniendo al rebato, cautivando y matando, se escaparon muy pocos. Los que estábamos en los bergantines maniatados, pedimos á los guardas, que si querian vivir nos desatasen y echasen en tierra; lo cual hicieron, y les valió para poderse aviar, porque desatando á un vaquero con los dientes, hombre de fuerza y ánimo, cogió un remo como si fuera una vara de medir, y jugando de él, hizo que nos desatasen á todos y nos echasen en tierra. Afligíme de nuevo, acordándome de mis trabajos de mar y tierra, que aunque han sido muchos, siempre hallé piedad y misericordia en ellos, como en este, que viéndome un hombre anciano en edad, aunque robusto y fuerte en las acciones de hombre de valor, vecino de la villa de Casares, que decian ser un Abraham en piedad, porque su casa y hacienda era siempre para hospedar peregrinos y caminantes; llegóse á mí, y dijo: Aunque siempre la piedad me llama á semejantes cosas, ahora parece que me hace más fuerza que otras veces, viéndoos afligido y con edad; idos conmigo á mi casa, que aunque es pobre de hacienda, es abundantísima de voluntad, y nadie hay en ella que no se incline á piedad tan entrañablemente como yo: no solamente mi mujer é hijos, pero criados y esclavos, que tanto tiene el hospedaje de bueno, cuanto tiene de concordia en el amor de todos. ¿Cómo es el nombre, pregunté yo, de quien tanta piedad usa conmigo? que fuera de la caridad, que tanto resplandece en vuestra persona, hay en mí otra fuerza superior que me abrasa el pecho en amaros. Yo, respondió, soy un hombre no conocido por partes que en mí resplandezcan, contento con el estado en que Dios me puso, pobre bien intencionado, sin envidia al bien ageno, ni de las grandezas que suelen estimarse; trato con los mayores con sencillez y humildad, con los iguales como hermano, con todos los sugetos como padre. Alégrome cuando hallo mis vaquillas cabales, castro mis colmenas, hablando con las abejas como si fueran personas que me entendiesen; no me pongo á juzgar lo que otros hacen, porque todo me parece bueno; si oigo decir mal de una persona, mudo conversacion en materia que les pueda divertir; hago el bien que puedo con lo poco que tengo, que es más de lo que yo merezco, que con esto paso una vida quieta, y sin enemistades que destruyen la vida. Dichoso vos, dije yo, que sin andar contemporizando las pompas y soberbias del mundo, habeis alcanzado lo que todos desean poseer. ¿Pues cómo habeis caminado á tan quieta vida? Respondió: No desprecio de lo propio, no envidio lo ageno, no confio en lo dudoso, no reparo en recibir lo que viene sin alteracion de ánimo. Quien tal estado alcanza, dije yo, bien es que publique su nombre. No es mi nombre, dijo, de los conocidos por el mundo, sino á la manera de mi persona, llámome Pedro Jimenez Espinel. Dióme una aldabada en el corazon, pero soseguéme, prosiguiendo en la conversacion para entretener el camino hasta llegar al lugar; y preguntéle: ¿Y con esa vida tan segura teneis alguna pesadumbre que os inquiete? Por Dios, señor, respondió, si no es cuando no hallo la hacienda bien hecha, ó la comida por aderezar, no tengo pesadumbre, y esa con leer el Memorial de la vida cristiana de fray Luis de Granada, se me quita como por la mano. ¡Cuántos filósofos, dije yo, han procurado esa sencillez y no la poseyeron con cuantas observaciones han tenido en los preceptos de la filosofía moral y natural! No me espanto, dijo el buen hombre, que como la mucha ciencia engendra en los hombres algun desvanecimiento, sin humildad no se puede alcanzar esta vida, que como yo soy ignorante, abracéme desde mi niñez con la virtud de paciencia y humildad que conocí en mis padres, y héme hallado bien con ella; pero pues habeis andado por el mundo, podrá ser que hayais conocido por allá un sobrino mio que há muchos años no sabemos de él, que segun nos han dicho, anda en Italia, y á cuantos hospedo en mi casa, fuera de ser la obra buena, en parte lo hago por saber de mi sobrino. ¿Cómo se llama? pregunté, y respondióme con mi propio nombre. Sí le conozco, dije, y es el mayor amigo que tengo en el mundo. Él es vivo, y está en España, y bien cerca de aquí; donde sin andar mucho le podreis ver y hablar. Holguéme en el alma de conocer mi sangre, y tan bien fundada en las virtudes morales cristianas, que pudiera yo imitarle si fuera tan puesto en la verdad de las cosas como era razon. Él se holgó de las nuevas que le dí, aunque por entonces no me dí á conocer hasta que hube mudado estado. Que realmente la carne y sangre, y tan cercana como esa, tiene algo de estorbo para la ejecucion de los intentos buenos que apetecen soledad. De todos los valerosos hombres en religion tenemos noticia que han huido á los desiertos de la compañía de parientes y amigos que pueden ser impedimento para los buenos fines. Los actos del alma en la soledad están más desembarazados y libres. Obras de ingenio no quieren compañía. El vicio tiene menos fuerza cuando las ocasiones son menos. Las más escelentes obras de varones señalados se han fraguado en las soledades. Y quien quisiere adelantarse en cosas de virtud, ora sea en ejercitarla, ora sea en escribir de ella, se hallará más fácil y pronto para semejantes acciones. Y aunque la soledad por sí no es buena, no está solo quien tiene á Dios por compañero.
[Ilustración]
[Ilustración]
DESCANSO XVIII.
Y para cortar razones, llegué á la Sauceda, donde lo primero que encontré fueron tres vaqueros con muy largas escopetas, que me dijeron: Apéese del macho. Yo les repliqué: Mejor me hallo á caballo que á pié. Pues si tan bien se halla, dijeron ellos, cómprenoslo. Eso seria, dije yo, quedar sin macho y sin los dineros que no tengo. ¿Quién son vuesas mercedes, que me venden el macho que yo compré en Madrid? Despues lo sabrá, respondieron, y ahora apéese. Cierto, dije yo, que me huelgo, porque no he visto más mala bestia en mi vida, maliciosa, ciega y llena de esparavanes, y con más años acuestas que una palma vieja, tropieza cada momento, y se arroja en el suelo sin pedir licencia; solo una cosa tiene buena, que si le ponen un alcalí de cebada no se moverá hasta tener sed. Pues con todas estas faltas lo queremos, dijeron. Al fin me bajé de ella, y rindiéndoles las faldriqueras, como no hallaron substancia en ellas, dijeron que habian de desollar al macho, y meterme en el pellejo si no les daba dineros. ¿Pues soy yo cofre, les dije, que me quieren aforrar del pellejo del macho? ¿ó quieren abrigarme por el frio que me ha causado el temor de ver las escopetas? Con el buen ánimo que conocieron en mí, se desenconaron del ruin que ellos tenian; y porque al mismo tiempo venian otros cinco ó seis furiosos por asir á un hombre que se defendia de ellos valerosamente, dando y recibiendo heridas, á los cuales mandó su caudillo que no le matasen, porque tan valiente hombre seria bueno para su compañía; mas él, con valeroso pecho, dijo que no queria sino que le matasen si pudiesen. ¿Por qué? preguntó su cabeza, aquietándoles y sosegando á él. Porque á quien tal desdicha como á mí le ha sucedido, no há menester vivir. Miré al hombre, y pareciéndome que era el doctor Sagredo, á quien yo habia comunicado en Madrid, aunque con trage diferente, porque él era médico, y allí venia como soldado desgarrado, pero siempre hombre muy de hecho, y así no me determiné en que fuese él mismo. Sosegáronse, y él con grandes ansias reprehendia la piedad de los salteadores porque no le mataron, y con ardientes suspiros clamaba al cielo, diciendo: ¡Oh rigores de las estrellas, desdichas entrañables solamente mias, mudanzas de fortuna, planetas verdugos de mi quietud y sosiego, que habiéndome librado de tan inmensos peligros por mares y tierras no conocidas, me viniese á tragar la furia del mar mi dulce compañía, mi regalada esposa, despues de haberme seguido y acompañado en tan importunos trabajos, y que fuese yo tan para poco que no me arrojase en las levantadas olas para acompañar en la muerte á quien me acompañó en la vida! Tantas ternezas dijo, que movió á compasion á la más mala canalla que habia en el mundo en aquel tiempo, que en hábito de vaqueros andaban trescientos hombres robando y salteando á quien no se defendia, y matando á quien se defendia. Juntáronse á consejo cosa de ciento que se hallaron allí con el caudillo, para tratar de cierta sospecha que traian de que Su Magestad queria remediar aquel fuego que se iba encendiendo con tan exorbitantes daños como se descubrian en toda la Andalucía á cada momento, y juntamente sentenciar qué habian de hacer de muchos que tenian en cuevas presos. Y entretanto nos pusieron al doctor Sagredo y á mí con otros dos en una cueva, fácil para entrar, y para salir imposible, aunque tenia bastante claridad, que por entre la espesura de los encumbrados árboles entraba en la cueva. Y viéndome en aquella afliccion, por no estar en triste silencio, le pregunté: Señor, ya que estamos en un trabajo, y padeciendo un mismo agravio, os suplico me digais si sois el doctor Sagredo. Alborotóse, y replicóme: ¿Quién sois vos que me lo preguntais, y dónde me conocísteis? Yo soy, le respondí, Márcos de Obregon. No lo acabé de pronunciar, cuando echándome los brazos al cuello, me dijo: ¡Ay padre de mi alma! ya murió vuestra querida y regalada; ya murió mi amada esposa; ya murió doña Mergelina de Aybar; ya murió todo mi bien y mi compañía. Ya no soy el doctor Sagredo, sino una sombra del que solia, hasta que llegue la disolucion de este miserable cuerpo. ¡Ay mi consejero leal, y cuán mal me aproveché de vuestra doctrina para verme ahora en la soledad que me aflige y atormenta el alma, si no es que el inmenso Dios, tras tantos infortunios, sea servido de ponerme en esta mazmorra con vuestra compañía para que muera con algun alivio y refrigerio, que despues que de ella me aparté, se apartó de mí todo lo que podia estarme bien! ¿Pues cómo y cuándo, dije yo, y dónde murió aquella prenda tan amada vuestra, y alabada por su hermosura de todo el mundo? Ninguna fuerza pudiera haber tan grande para mí en lo descubierto como la vuestra para contar desdichas, y que tanto me atormentan la memoria. Pero pues no sabemos el fin que nos está guardado en esta esquiva prision, y estando tan cierto que renovar mis desventuras á quien las ha de sentir, y no burlarse de ellas, puede aligerar tan pesada carga, tomaré el principio de lo que lo fué de mi total ruina.
[Ilustración]
[Ilustración]
DESCANSO XIX.
Luego que, por mi desgracia, salí de aquella reina del mundo, Madrid, ó madre universal, en el primer pueblo á donde llegué ví tocar cajas que hacian gente por mandado de Felipe II, para ir á descubrir el estrecho de Magallanes; y como yo nací más inclinado á las armas que á los libros, dí con ellos á un lado; y con el ánimo alterado, arrimándome á un capitan amigo mio, eché mi caudal en armas y en vestidos de soldado, que no le parecieron mal á doña Mergelina, que con ver que ella gustaba de ello me incliné más á seguir aquel modo de vida, llevándola en mi compañía, por quererlo ella, y por desearlo yo, que muchos hombres casados fueron á la misma jornada, porque la intencion de Su Majestad era poblar aquel estrecho de vasallos suyos, y pluguiera á Dios me lo estorbara, que yo tenia mi voluntad tan subordinada á la suya, que sin su beneplácito no me arrojara tan inconsideradamente á profesion tan llena de miserias y necesidades. Embarcámonos en Sanlúcar, que voy abreviando, y llegando al golfo de las Yeguas fué tan desatada y terrible la tormenta que nos sobrevino, que por poco no quedára tabla en que salvarnos; pero por la prudencia de Diego Flores de Valdés, general de la flota, volviendo las espaldas á la tormenta, tornamos á invernar á Cádiz primera vez, de donde salimos, y con grandes incomodidades llegamos á la costa del Brasil, invernando segunda vez en San Sebastian, á la boca del rio Ganero, muy ancho y estendido puerto. Estuvimos allí algun espacio, admirándonos de ver aquellos indios desnudos, y tanta abundancia de ellos, que bastára para poblar otro mundo. Solian desaparecerse algunos de ellos, sin saber qué se hacian, y un valeroso mancebo, mestizo portugués é indio, determinóse de buscar el fin de tantas personas como faltaban, y embrazando una rodela de punta de diamante, y una muy gentil espada, se fué por la orilla del ancho mar: vió de lejos un mónstruo marino que estaba esperando algun indio para cogerle, y que llegando cerca, puesto en piés el mónstruo, porque antes estaba de rodillas, era tan grande, que el portugués no le llegaba al medio cuerpo, y cuando el mónstruo le vió cerca, cerró con él pensando llevarle adentro, como hacia con los demás. Pero el valeroso mozo, poniendo la rodela adelante, y jugando la espada, defendióse lo mejor que pudo, aunque las conchas de la bestia marina eran tan duras que no le pudo herir por alguna parte. Los golpes que el mónstruo le daba eran tan pesados que no los osaba esperar, hasta que dió en ponerle delante la punta del diamante, apuntando á las coyunturas de los brazos, por donde el mónstruo recibió tanto daño que se iba desangrando: y habiendo durado esta pesca grande rato, al fin cayeron ambos muertos. Fueron á buscar al animoso mozo, y hallaron uno caido á una parte, y otro á otra. El capitan Juan Gutierrez de Sama y yo vimos el cuerpo del espantable mónstruo, y otros muchos españoles, con grande admiracion. El mar por allí tiene muchos bajíos y muchas islas; en una de ellas vimos una serpiente de las que por acá nos pintan para espantarnos, que tenia el hocico á manera de galgo, largo, y con muchos dientes agudísimos; alas grandes de carne, como las de los murciélagos, el cuerpo y pecho grandes, la cola como una viga pequeña enroscada, dos piés, ó manos con uñas, el aspecto terrible. Encaramos cuatro escopetas hácia ella, porque estaba en una fuente que por el remanente íbamos á buscar para beber. Yo fuí de parecer que cuando la matásemos ella mataria á alguno de nosotros, y así la dejamos, porque ella en viéndonos se entró por la espesura del monte, dejando un rastro muy ancho como de una viga. Mas como no me importaba, ni importa para mi discurso, no digo muchas monstruosidades que vimos. Seguimos desde allí el camino ó viaje del estrecho, por el mes de enero y febrero, cuando allá comienza el verano, con muchos vientos contrarios, oponiéndonos á recias corrientes, que ó por cerros altísimos, y canales que hay debajo del agua, ó por vientos furiosos que la mueven, nos hacian tantas contradicciones, que muchas naos padecieron tormentas, y algunas naufragio, sin poderse socorrer unas á otras. Entre las que padecieron naufragio fué la que llevaba mi esposa y á mí, que aunque soltaron pieza, ó no nos oyeron, ó no pudieron socorrernos, sino fué una que iba á vista de la nuestra, que compadecidos los marineros, contra su costumbre, de nosotros, acudieron á tan buen tiempo que pudo salvarse la ropa y las personas antes que del todo se hundiese. Los soldados y marineros, despues de haberse anegado nuestro navío, y pasado al otro, acudieron á regalar á la mal malograda de mi esposa, que aunque era tan varonil, el temor de la tragada muerte la tenia turbada, y así fué parecer de todos que no siguiésemos la armada hasta ver que la gente hubiese respirado del trabajo pasado. Descubrióse una isla despoblada, adonde con algun trabajo pudimos arribar. Reparámonos del cansancio y trabajo, hicimos agua, que la hallamos muy buena, y algunas frutillas con que nos refrescamos, y dentro de quince dias nos hicimos á la vela siguiendo la flota, que no pudimos alcanzar. Llegamos á vista del estrecho, despues de haber andado perdidos mucho tiempo. Descubriéronse grandes y altas sierras, con muchos árboles frutales, y infinita caza, segun supimos de pobladores que dejó allí la armada, aunque ni saltamos en tierra, ni nuestra cabeza lo consintió por volver á seguir la flota.
[Ilustración]
[Ilustración]
DESCANSO XX.