Vida del escudero Marcos de Obregón

Part 31

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Yo habia sacado de Génova una bota de diez azumbres de muy gentil vino griego, que me hizo gran compañía y amistad hasta llegar á las pomas de Marsella, que son unos montones muy altos y pelados, sin yerba, ni cosa verde, estériles de árboles, y de todo lo demás que puede dar gusto á la vista. Pues llegando á este paso, porque no fuese sin trabajo la jornada, siendo mi falúa la postrera, encalló muy cerca de estas pomas, en una que del batidero de las olas tenia hecho un poyo ó bancal bien largo. Así como encalló dijo el arraez: Perdidos somos. Yo como sabia nadar, y ví cerca donde podia ampararme, quitéme, y arrojé una saltambarca que traia, y púseme al cuello como tahalí la bota, que ya llevaba poca substancia, y á cuatro ó seis brazas llegué al poyo de la poma; entretanto desencalló la falúa, y fuéronse los marineros no haciendo más caso de mí que de un atún: y aunque les dí voces, ó no las oyeron por el ruido de las olas, ó no las quisieron oir por no ir contra su natural costumbre, que es ser impíos, sin amor y cortesía, tan fuera de lo que es humanidad como bestias marinas agenas de caridad. Yo me hallé perdido y sin esperanza de consuelo, sino era de Dios y del ángel bendito de la guarda; considerando qué habia de ser de mí sino era que acaso pasaba por allí algun bajel ó barco que me socorriera en tan apretada necesidad. Estuve desde las ocho de la mañana hasta las dos de la tarde esperando si pasaba quien me pudiera socorrer, teniendo confianza que aquel gran caballero se habia de compadecer de mi trabajo; pero los marineros fueron tan crueles bestias que le dijeron que me habia ahogado. Yo de cuando en cuando me alentaba con mi bota, hasta tomar determinacion en lo que habia de hacer. Resolvíme de entregarme á la tiranía del mar, bestia insaciable y fiera cruel, y para esto desnudéme de un coleto de muy gentil cordoban, y con la punta de la daga, y dos docenas de agujetas que traigo siempre que camino, cogílo por la delantera, falda, brahones y cuello tan estrechamente, que pude hincharlo sin que el viento se saliese. Vacié la bota del santo licor que habia quedado, y hinchándola muy bien, hizo contrapeso al coleto. Hice la misma diligencia con las botas enceradas, que asidas de las ligas, ayudaban tambien á sustentar. Descalcéme los valones, porque el agua se habia de colar por las faltriqueras, y quedéme con solo el jubon y camisa, porque siendo de gamuza no se rendiria tan presto á la humedad. Y puesto de esta manera, y acordándome que los caminos guiados por Dios son los acertados, le dije de esta manera: Inmenso Dios, principio, medio y fin sin fin de todas las cosas visibles é invisibles, en cuya magestad viven y se conservan los ángeles y los hombres, universal fabricador de cielos y elementos, á tí que tantas maravillas has usado en este con tus criaturas, y que al bienaventurado Raymundo, estribando en solo su manto, por tantas leguas de agua guiaste á salvamento, y en este mismo lugar á los marineros que se iban tragando las indomables olas, con solo un ruego de tu siervo Francisco de Paula, aquietándolas, libraste de la muerte que ya tenian tragada: por el nacimiento, muerte y resurreccion de tu sacrificado Hijo, Redentor nuestro, te suplico que no permitas que yo muera fuera de mi elemento. Y luego dije al santo ángel de mi guarda: Ángel mio, á quien Dios puso para guarda de este cuerpo y alma, suplícote por el que te crió y me crió, que me guies y ampares en este trabajo. Y dichas estas palabras, y asido muy bien de mi barco, me arrojé con muy gentil brazo sobre el coleto y la bota, comenzando á usar de mis cuatro remos valerosísimamente, no de manera que me cansase, porque como llevaba el barco de viento, iba braceando poco á poco de modo que no se rindiese la fuerza al cansancio. No osaba imaginar en la profundidad de agua que llevaba debajo de mí, por no desalentarme, ni osaba pararme, porque bien sabia yo que mientras el cuerpo hace movimiento no le acometen los hambrientos animales marinos: y si alguna vez sentia flaqueza en los remos, tendíalos sobre el agua: fiando lo demás del barco, que alguna vez me consolaba con la fragancia que salia de la bota, que iba muy cerca de las narices: comenzaba á rezar, pero dejábalo, porque me faltaba la respiracion, que para semejante conflicto es muy necesaria. Anduve una hora, ya descansando, ya navegando, hasta que comenzó á refrescar un viento que venia de África, y me traia hácia la tierra, que me era forzoso resistirlo, porque no diese conmigo en una poma de las que tengo dichas, y me hiciese pedazos. Pero estando en este último peligro descubrí una caleta, con que respiré con nuevo aliento, y caminando ó navegando hácia ella, el mismo viento meridional me ayudó milagrosamente. Ya que llegaba tan cerca que descubrí muy bien toda la caleta, ví á la orilla de ella un hombre merendando, que me dió nueva fuerza con verle, y que comia. Pero de la misma manera que yo me alegré y esforcé con verle, él se espantó de mí, entendiendo que fuese alguna ballena ó mónstruo marino. Vino una ola tan grande, que me llevó tan cerca de la caleta que hice pié, y al mismo punto el hombre espantado echó á huir á la tierra adentro. Y un lebrel que con él estaba saltó al agua contra mí, y lo pasara mal si no fuera por la daga, que siempre me acompañó, porque picándole con ella saltó en tierra, y fuése huyendo tras su amo. En las caletas siempre está sosegada el agua, y como yo hacia pié salí á tierra, hinqué las rodillas ambas en ella, dando gracias á la primera causa: pero puestos los ojos en la merienda que el otro habia dejado, miréme con mi bota y coleto, cosidos con el jubon y las botas enceradas, que tambien hacian su figura, y no me espanté que me tuviera por cosa mala. Arremetí con un pedazo de pan y otro de queso, que habia dejado con un jarro de vino, y sacando el vientre de mal año, juraré que en mi vida comí cosa que más bien me supiese. Pero estando con el jarro en la boca, vinieron diez ó doce hombres, _cum fustibus et armis_, que los habia movido el huidor, á matar la ballena, y como no la hallaron, preguntáronle al buen hombre que dónde estaba, y á mí si la habia visto. Él quedó confuso, yo respondí en italiano, que no osé en español, que allí no habia llegado ballena, ni otra cosa que pudiese parecerlo, sino yo del modo que me veian, y que aquel hombre habia huido por dejarme la merienda. Riéronse de él, diéronle matraca, llamándole borracho y otras cosas en lengua francesa, con que rieron harto, y á mí me tuvieron lástima de verme tan mojado y desnudo. En el mismo tiempo venia una falúa con doce remos, por mandado del maestre de campo á buscarme, porque les dijo que habia de ahorcar al arraez si no me llevaban vivo ó muerto.

Híceles señas con la bota, que era la mayor que yo podia dar para mi conocimiento y su gusto, y luego dieron la vuelta á la caleta, adonde me hallaron puesto el sol, más afligido que perro manteado, temblando y encogido. Echáronme en la falúa, todos admirados de verme vivo habiendo pasado tal trabajo en tantos años de edad, que ya tenia cerca de cincuenta. Lleváronme á Marsella, donde aquel gran caballero, amado y conocido de todo el mundo, me acarició y regaló, aunque como aquel trabajo me cogió en años crecidos, siempre me duró, y todos los inviernos me resiento de aquella humedad y frialdad. Parecí yo en esto á un escarabajo que estando en compañía de un caracol, recogido por miedo del agua, confiado en sus alillas se determinó de volar á buscar lo enjuto, y levantándose, dijo el caracol: Allá lo vereis, y le dió una gota gruesa, y lo arrojó en el arroyo de la creciente: confiando yo en que sabia nadar y los otros no, arrojéme al charco de los atunes, como dice D. Luis de Góngora, donde me pudiera suceder lo que al escarabajo, si Dios no lo remediara, que para una bestia tan cruel y desleal como el mar no aprovecha saber nadar: que echarse un hombre en el mar es echarse un mosquito en la laguna Urbion. Los animales de la tierra están enseñados á tratar con un elemento fiel, amigable, suave y apacible, que donde quiera da acogida, y sustenta al cansado; pero el mar ingrato, tragador de los bienes de la tierra, sepultura perpétua de lo que en él se esconde, que se sale á la tierra á ver si puede llevarse adentro lo que está en la orilla; hambriento animal de todo lo que puede alcanzar, asolador de ciudades, islas y montañas, envidioso enemigo de la quietud, verdugo de vivos y despreciador de muertos, y tan avariento que estando lleno de agua y de peces mueren en él de sed y de hambre, ¿qué puede hacer, sino destruir á quien de él se fiare? y así parece que con sola la mano de Dios puede hacerse lo que estos dias pasados sucedió en la toma de la Mámora á don Lorenzo y al capitan Juan Gutierrez; á éste que nadando, y sin ayuda, y con muchos años acuestas, quitó á cinco moros un barco en que iban; y á D. Lorenzo, que habiendo nadado toda la noche, azotado de las levantadas olas, llegando al barco donde pudiera descansar de tan inmenso trabajo, alentándose con fuerzas sobrenaturales, dijo: que no queria entrar en el barco porque recogiesen á otros que venian atrás más necesitados que él, y pasó adelante. Caso es pocas veces ó ninguna visto. Yo llevé mi trabajo, y una reprehension por el atrevimiento, porque la confianza me pudo costar la vida; que yo realmente por mostrar que sabia nadar y que tenia ánimo desvanecido para atreverme, fué causa de arrojarme tan sin consideracion, aunque de las cosas tan arrebatadas da poco lugar el discurso; pero mejor fuera aguardar la fortuna de todos que anticiparme con la mia, que tan poco favorable me ha sido, que cuando la vanidad engendra el atrevimiento ha de ser en los que tienen esperiencia en su buena fortuna; ¿pero de qué importancia me podia ser á mí cobrar fama de nadador, no siendo renacuajo ni delfin, ni habiendo de ser marinero? ella fué vanidad, temeridad y disparate.

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DESCANSO XI.

Llegamos á España, desembarcamos en Barcelona, ciudad hermosa en tierra y en mar, abundante de mantenimiento y regalos, que con oir hablar en lengua española parecian suaves y substanciosos: y aunque los vecinos tienen nombre de ser un poco ásperos, ví que á quien procede bien le son apacibles, liberales, acariciadores de los forasteros, que en todas las repúblicas del mundo quieren que el forastero con el buen proceder obligue á la amistad. Si el que no es natural parece humilde, y vive sin perjuicio de los naturales, tiene grangeada la voluntad de todos porque junto su buen término con la soledad que padece, engendra piedad y amor en los pechos naturales. Todos los animales de una misma especie se llevan bien unos con otros, aunque no sean conocidos, sino son los hombres y los perros, que teniendo mil buenas propiedades con que suelen admirar, tienen esta propiedad bajísima, que todos muerden al pobre forastero y le matan si pueden. Y esto mismo corre por los hombres si el advenedizo no es como debe ser, entrando en jurisdiccion agena; y lo que más ofende á los naturales es solicitarles las mujeres, que en lo que más se ha de remirar el huésped es en esto, que basta teniendo agrado para llevarse los ojos de la voluntad de todos tras de sí. Muchos se quejan de pueblos donde han estado fuera de su patria, mas no dicen la ocasion que dieron para ello: alaban sus tierras de madres de forasteros, y no miran por qué camino les han obligado para tratarlos bien. Yo sé decir, que en toda la Corona de Aragon hallé padre y madre, y en Andalucía grandes amigos, si no son de la gente perdida, que solamente tratan de hacer mal: estos en todo el mundo son enemigos de la quietud, revoltosos, inquietos, levantados y soberbios, enemigos del amor y la paz.

[Ilustración: _Y aunque los vecinos tienen nombre de ser un poco ásperos ví que á quien procede bien le son apacibles, liberales, acariciadores de los forasteros._]

Mucho me divierto para llegar á Madrid que tan deseado lo tenia. Llegué y hallé muchos amigos deseosos de verme: hice asiento con un gran príncipe muy amigo de música y poesía, que aunque siempre huí del escuderaje, me fué forzoso acudir á él. Entré en su gracia muy de improviso, fuí muy privado y favorecido suyo, y como yo venia harto de pasar trabajos, viéndome con demasiado regalo acometióme la poltronería, y engordé tanto, que comenzó la gota á martirizarme. Dí en tener pajarillos, y entre ellos en regalar á uno muy superior á los demás en su armonía, aunque su consonancia muy concertada. Hacíale abrigar en mi aposento de noche, donde una de ellas sentí toda la noche crugir cañamones, contra la costumbre de los pájaros. En amaneciendo fuí á mirar mi pájaro, y hallé en compañía suya un ratoncillo, que de lo mucho que habia metido de los cañamones hizo tanta barriga, que no pudo tornar á salir. Dije entre mí: Este ratoncillo, por haber comido tanto, ha buscado su muerte. Yo voy por el mismo camino, que si un raton con sola una noche de regalo ha engordado tanto, yo que todos los dias como y ceno mucho, y muy regaladamente, ¿qué fin pienso tener sino la enfermedad, que he cogido, y alguna apoplegía, que me acabe presto? Quitéme las cenas, que con esto y el ejercicio me he conservado, que realmente esto de comer á costa agena engorda demasiadamente, porque se come sin miedo, y quien no se va á la mano en esto está muy peligroso para una enfermedad. Han de comer los hombres mantenimiento de que sus estómagos sean capaces, porque si nó, ó será forzoso vomitar la comida, ó poner en peligro la vida, como la perdió el raton. Fuera de que los demás miembros del cuerpo tienen envidia al estómago, porque todos han de trabajar para que él solo engorde, cuando si no pueden llevarlo acuestas le dejan caer, y dan con él en la sepultura. Yo ví que iba camino de esto, y retiréme á comer poco, y cenar nada, que aunque al principio se lleve mal, con la costumbre se puede alcanzar todo. Miren los que engordan mucho el peligro en que se ponen, que ni la edad es siempre una, ni los mantenimientos de una calidad, ni los que los dan de una misma intencion, ni el tiempo corre de la misma manera. El que nació gordo, que siempre sea gordo no es maravilla, que ya están enseñados sus miembros á sufrirle y traerle acuestas; pero el que nace flaco y delgado, y en breve engorda, en sospecha pone su duracion y su vida. Como puse enmienda en mi comer y beber de noche, fuése consumiendo la gordura un poco, y yo sintiéndome más ágil para cualquiera cosa. Que ciertamente la poltronería manca y tulle los hombres. Con esto me torné inquieto que fué causa que el príncipe á quien servia, con la ayuda de los congraciadores, se entibió en favorecerme, y yo con servirle, que los señores son hombres sujetos no solo á las estrellas, pero tambien á sus pasiones y apetitos; y cuanto más superiores son, tanto más presto se cansan de las acciones de sus criados, que quien los sirve es necesario que renuncie su voluntad, y se ajuste con la del príncipe; y es razon que quien se dispone á servir sacrifique su gusto á quien le da su hacienda, porque todos quieren ser bien servidos; aunque he visto muchos señores de tan piadosa condicion, que llevan con mucho valor y paciencia los descuidos de los criados; pero lo contrario es lo más ordinario.

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DESCANSO XII.

Con este poco caso que mi amo hacia de mí tenia libertad para pasearme de noche, no para cosas ilícitas, porque ni yo tenia edad para eso, ni mis trabajos me habian dejado tan holgado que pudiese acudir á cosas de mal ejemplo, ni es razon que en ninguna edad se hagan, sino á tomar un poco el fresco, que las noches de verano en Madrid son para esto aparejadas. Íbamos todas las noches con amigos, con nuestros rosarios rezando; no hácia el Prado, por huir el mucho concurso de la gente, sino á calles solas, que por mucho que lo sean, siempre hay la gente que basta para compañía. Alejámonos una noche hasta llegar cerca de Leganitos; díjome mi amigo: Parad aquí, que vais cansado, al fin sois ya viejo. Piquéme, y díjele: ¿Quereis que corramos una apuesta, y veremos quién está más viejo? Rióse, y dijo que sí. Pusímonos en órden para la carrera, y aun en esta sencillez halló el demonio en qué perseguirme. Estaba un mozo á la puerta de su casa, que así lo entendimos, y dímosle que nos tuviese las capas y las espadas en tanto que pasábamos la carrera: apenas comenzamos á correr cuando dijo una mujer: ¡Ay que me han muerto! por una gran cuchillada que le dieron en el rostro, y apenas dió ella el grito cuando se aparecieron dos ó tres alguaciles, y como íbamos corriendo asieron de mí, que iba delantero en la carrera, y luego del otro, que hay muchos tribunales en Madrid, y en cada uno más varas que dias tiene el año, y con cada vara cinco ó seis vagamundos, que han de comer y beber y vestir de su ministerio. Asiéronnos como á hombres que iban huyendo por delito. Pidiéronnos las espadas, señalamos la casa donde las dejamos, el mozo se habia acogido con ellas y las capas, porque no vivia allí. Como nos cogieron en la mentira, que no habíamos dicho, lleváronnos á la mujer herida, y con el coraje que tenia de su agravio, dijo que quien se la habia dado echó á huir: y como nosotros íbamos corriendo, aunque no huyendo, asentóseles á los alguaciles que sin duda éramos nosotros. Lleváronnos á la cárcel de la villa sin espadas ni capas, donde yo entré con toda la vergüenza del mundo, que no la tuve para desafiar al otro con mis años, y la tuve para entrar en la cárcel sin capa. El alboroto fué mucho, el delito sonó malísimamente; porque dos hombres, no niños, ni de la primera tijera, acometieron una hazaña como aquella contra una mujer miserable. Y el mismo que lo habia hecho, como despues con buenos indicios averigüé, vino tras nosotros; y los alguaciles, que si fueran como deben, no se precipitaran á hacer un borron tan infame, y si pusieran los ojos en la justicia, y no en el provecho, averiguáran el caso, como á ellos les valiera algo la prision, y á mí no me pusieran en mal nombre. Si ellos tuvieran consideracion, miráran que dos hombres que iban sin capas, sin espadas, sin sombrero, sin daga, ni cuchillo, ni otra cosa ofensiva, corriendo parejas, no habian de salir de su casa para una cosa como aquella tan desapercibidos, no pareciendo en toda la calle instrumento con que se pudiera haber hecho. No preguntaron palabra á nadie en toda la calle para averiguar la verdad, como lo hacen siempre. Y dado que los alguaciles quisieran justificar la causa, la priesa que les daban los ayudantes no les dejaran hacer cosa buena, por no hacer novedad en su costumbre. Al fin nos echaron grillos, y fué la causa el teniente, que informado de los alguaciles como quisieron, vino á la cárcel con intento de darnos la tortura; mas como oyó las razones que arriba dije, y como apartándonos halló que concertábamos en el dicho, estuvo perplejo, y no se determinó á cosa. Echáronnos grillos, que estuvimos dos ó tres dias con ellos. Fuése siguiendo la causa, y como no se halló el delincuente, por el indicio de ir corriendo cuando se dió la cuchillada, nos olvidamos allá tres meses; echáronnos en un calabozo, donde estaba un preso antiguo, bermejo, de mala digestion, con unos bigotazos que le llegaban á las orejas, con que se preciaba mucho, porque eran tan gordos y fornidos, que parecian cabos de cirio amarillo. Éste tenia de suerte supeditada la cárcel, que no se hacia entre los presos más de lo que él queria. La gente menuda temblaba de él, y le servian con mucha puntualidad, y otros no osaban hacer un mandado, porque él no gustaba de ello, y si lo hacian, torciéndose el bigote, decia: Pues por vida del rey, si me enojo, que al pícaro y á ellos les dé mil palos. De manera que el rato que estaba fuera del calabozo no se podia vivir, que realmente era marcial, y ocasionadísimo para que se perdieran todos con él. Estuvo dos ó tres dias enfermo, y no saliendo del calabozo, gozamos de paz y quietud, que todos se holgaban de ello, más en saliendo tornó á su ruin costumbre. Yo me ví tan rematado, que determiné de hacer que en muchos dias no saliese del calabozo, y comunicándolo con mi compañero, dijo: Mirad lo que haceis, no sea la prision más larga de lo que pensamos. Y preguntándome cómo habia de hacer para que no saliese fuera, respondíle: Cortándole un bigote. No os pongais en ese peligro, dijo él, por amor de Dios. Yo no os pido, le dije, consejo, sino ayuda. Él tenia costumbre siempre, de dormir boca arriba soplando, por no estragar la grandeza de sus bigotes. Hice amolar muy bien unas tijeras largas, y dejélo acostar á él y á todos los demás del calabozo antes que nosotros, que nos traia tan sujetos, que en acostándose no se habia de mover nadie. Cogí al primer sueño las tijeras, y alumbrándome mi compañero, díle una gentil tijerada, con tanta sutileza, que le llevó todo el bigote, y él no despertó, y de todos los presos nadie lo sintió sino mi compañero, que le dió tanta tentacion de risa, que por poco reventára que, como le quedó el otro tan grande, parecia toro de Hércules con un cuerno menos. Dormimos aquella noche, y yo me hice el enfermo, quejándome de la mala cama; pero levantéme casi junto á él, ó primero, con mi rosario en la mano rezando, por verle cómo llevaba el negocio. En subiendo arriba, miráronle todos espantados, sin decirle palabra; pero él dijo en saliendo: Hola, pícaros, dad acá aguamanos. Vino un pícaro con un jarro calderesco, echóle agua, y lavóse las manos. Luego acudió al rostro, y levantándolo, tomó el bigote intacto con la mano derecha, luego volvió á tomar agua, y fué á asir al otro con la izquierda cuatro ó cinco veces, y como se halló sin él, fué tan grande su coraje, que sin hablar palabra metió el otro bigote en la boca, y se lo comió, entrándose en el calabozo. Yo dije, como él lo pudiese oir: Eso ha sido muy gran bellaquería, la mayor del mundo, el que á un hombre tan honrado hayan ofendido en lo que más se miraba y estimaba.