Vida del escudero Marcos de Obregón

Part 28

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El caballo, como son atrevidas estas bestias para cortar el agua, se arrojó á ella, yo me así luego de la cola, y las peregrinas de mí, y el Venturino de la postrera de ellas, y cayendo y levantando, y á veces topando con los piés en la arena, llegamos á la orilla, donde el caballo nos roció por la puerta falsa que debia de venir acebadado; pero no por eso me desasí hasta verme ya pisar las orillas. Hallamos allí que habian pasado en otro barco algunas gentes de diversas naciones, franceses, alemanes, italianos y españoles, y para entendernos hablamos todos en latin; pero era la pronunciacion tan diversa la una de la otra, que hablando en muy gentil lenguage latino no nos entendíamos los unos á los otros, que me dió mucho que pensar que aun en una misma lengua, y que corre por toda Europa, dure el castigo de la torre de Babilonia. Llegamos á Pavía, insigne universidad; regalóme el castellano, que era entonces, aunque como mi deseo me llevaba á Milan, no paré hasta verme en aquella maravillosa poblacion donde tan grandes santos ha habido, y continúan siempre los prelados de aquel excelentísimo templo. El que entonces lo gobernaba era el santísimo cardenal Cárlos Borromeo, que ahora dicen San Cárlos, que fué su vida de manera que á pocos años de su muerte le canonizaron. Llegué á tiempo que se celebraron las exequias de la santísima reina doña Ana de Austria, y habiendo buscado á quién cometer la traza, historias y versos de la vida ejemplar de tan gran señora, pudiendo cometerles á muy grandes ingenios, tuvo por bien el magistrado de Milan de cometerlas al autor de este libro, no por mejor, sino por más deseoso de servir á su rey, y de aprender en cosas tan graves y de tan graves ingenios, y ofreciéndoles, y dando noticia de Aníbal de Tolentino, excelentísimo sugeto, que lo hiciera mejor que otro en toda la Europa: al fin por más cercano le mandaron al autor que la hiciese. Oíle un sermon en estas exequias al bienaventurado San Cárlos, que fué como su vida. Hallé á mis amigos muy contentos, y admirados de la brevedad con que habia conseguido libertad, y deseos de saber cómo habia sucedido, me forzaban á que lo contase, y refiriese una y muchas veces; que realmente los trabajos contados en la prosperidad, ó habiendo salido de ellos tienen su gusto particular, que las desventuras todo lo que tienen de males presentes tienen de bienes pasados; son los trabajos como las servas ó nísperos, que cuando están en su fuerza son ásperos al gusto, pero despues de pasada su sazon, lo que tenian de ásperos tienen de suaves podridos; son como el que se va anegando en un rio, que va siempre sacando la cabeza y haciendo todas las diligencias posibles para escaparse, pero despues de salido bebe de aquella misma agua que le quiso ahogar. Espina el erizo de la avellana, pero despues se halla gusto en rumiándola. Holgué grandemente de ver la grandeza, fertilidad y abundancia de Milan, que en esto creo que pocas ciudades se le igualan en la Europa, aunque la mucha humedad que tiene, ó por aquellos cuatro rios hechos á mano, por donde le entra tanta abundancia de provision, ó por ser el sitio naturalmente húmedo, yo me hallé siempre con grandísimos dolores de cabeza, que aunque yo nací sujeto á ellos, en esta república los sentí mayores. Que siempre me han perseguido tres cosas: ignorancia, envidia y corrimientos; pero los de aquí me duraron hasta volver á España. Pasé en Milan tres años, como hombre que está en la cama, contando las vigas del techo trescientas veces, sin hacer cosa que importase, lo uno por estar siempre indispuesto, lo otro por lo poco que entre soldados se ejercitan los actos de ingenio. Dióme gana de ver á Turin, y por mis pecados fué por el mes de diciembre, tiempo en que no hay caminos, sino rios en lugar de ellos, que como hacia buen tiempo cuando salí, engañéme, pensando que fuera todo de aquella manera; y en llegando á Bufalores, comenzó á desgajarse el cielo, no con lluvia, sino con acequias de agua tan contínua que se perdió el tiento á los caminos.

Llegué á Turin, y por haber esperimentado los arroyos á la venida, estúveme dos meses allí, en compañía de otro español; pero fueron tan grandes las nieblas que se topaban los hombres por la calle sin verse, nacidas de la vecindad, segun dicen allí, del Pó, que pasa por junto á la ciudad: fuera de que por medio de ella van muchos arroyos de agua. Mas veo que en España Guadalquivir pasa por Sevilla, más caudaloso que el Pó y algunas veces tan crecido, que baña á la mayor parte de la ciudad, y todo el campo de Tablada está hecho un mar navegable, y no he visto tales nieblas. Y Granada tiene dos rios que la bañan, y muchos más arroyos por las calles, y no parece esta escuridad ó niebla: pero dejando esto posamos el otro español y yo en una hostería, donde me ví en el mayor peligro, y en la mejor ocasion de ser dichosísimo que he tenido ni tendré en mi vida. Que estando comiendo mucha gente, esperando mi compañero y yo que acabasen para sentarnos, un viejo de hasta cincuenta años de edad, de propósito dió en tratar de la religion nueva, de la religion reformada, repitiendo esto muchas veces: y aunque era natural de Ginebra, hablaba en buen italiano, que por ver españoles le pareció alzar la voz más de lo que habia menester. Y tras de un brindis y otro decian heregías muy dignas de gente llena de vino. Mi compañero decíame que callase, y ellos brindando por la salud de sus fautores, tornaban una vez y otra á decir de la religion nueva y de la religion reformada, de suerte que me obligaron á preguntar qué religion era aquella, y quién la habia reformado. Respondiéronme que era la religion de Jesucristo, y que la habia reformado Martin Lutero y Juan Calvino. Antes de oir más palabras les dije: Buena andaria la religion reformada por dos tan grandes hereges. Alborotóse la hostería, y cargaron tantas cuchilladas sobre mí y sobre el otro español, que si no cogemos una escalera nos hacen pedazos. La huéspeda atajó el negocio con decirles que mirasen lo que hacian, que estábamos depositados allí por el Duque. Sosegóse el alboroto, porque hasta entonces aun no habian negado la obediencia al Duque de Saboya, aunque la tenian negada á la Iglesia romana. En sosegándose el rumor me dijo aquel viejo: ¿Por qué llamais hereges á dos varones tan santos y que tanta gente llevaron tras su opinion? Respondí yo: ¿Por qué llamais vosotros santos y reformadores de la religion de Jesucristo á dos hombres que en todo y por todo, en vida y costumbres fueron contra la doctrina de Jesucristo y de sus Evangelios, que fueron hombres libres, viciosos, deslenguados, embusteros, engañadores, alborotadores de las repúblicas, enemigos de la general quietud? Quiso tornarse á alborotar el viejo, y como le habian puesto por delante el temor y respeto del Duque, cesó con decir: Muchos son los llamados y pocos los escogidos, y esos somos nosotros. Respondíle yo: Mejor dijérades, muchos son los escogidos y pocos los llamados, porque no vienen á manos del Papa. ¡Estraño caso! que hay gentes tan fuera del órden natural, que por sola libertad y poltronería se desvien de la misma verdad que interiormente saben y conocen. Y que tengan hombres poderosos que favorezcan sus errores, de suerte que unos y otros siguen su mal intento. Los poderosos con decir que siguen doctrina de hombres sabios, y los otros con decir que tienen arrimo en príncipes poderosos, como si fuese disculpa para la ejecucion de tantos vicios y abominaciones como cometen á sombra de la libertad con que sus maestros les hacen vivir, en cuyas arrastradas opiniones hay cosas tan ridículas que se echa de ver que adrede quieren errar.

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DESCANSO IV.

Volvíme de Turin á Milan, porque aunque tuve intento de pasar á Flandes no hallé comodidad, fuera de saber que la gente de Flandes venia marchando hácia Lombardía, y por haber estado ya en Flandes con la misma gente en el asalto general de Maestrich donde me sucedió una cosa muy graciosa, que pudiera ser muy desgraciada y fué: que en el saco de la ciudad cogí al más lucido cuartago de todos los que habia en una casa principal, y subiendo sobre él en cerro, como en tiempo de bulla no se miran mucho las cosas, al tiempo que salia de la ciudad iban tras mí más de trescientos cuartagos, porque la que yo habia tomado era una yegua sazonada, y si no me arrojo de ella al suelo me dieran muchas manotadas los galanes que la seguian.

Al fin volví hácia Milan, porque el compañero pasó hácia Flandes, y buscando en qué caminar topé con una carroza, donde por fuerza hube de ir, en compañía de cuatro ginebreses, tan grandes hereges como los otros. Determinando de callar á cualquier cosa que oyese decir, por donde les grangeé la voluntad de manera, que siendo muy enemigos de españoles, me regalaron por todo el camino, diciéndome mil veces que era muy buen compañero, que realmente, como no les traten de religion son sencillos, y gente afable para tratar, y muy amigos de dar gusto. Fuéronme festejando por el camino, y entre dos brazos del Tesino se apartaron hácia unas arboledas y sierra, donde dijeron que iban á ver un grande nigromántico para preguntarle ciertos secretos de mucha importancia. Yo, como era mozo, y amigo de novedades, holguéme por ver aquella que tanto lo era para mí. Anduvimos un rato por aquella arboleda hasta llegar al pié de la sierra, donde se descubrió una boca de cueva con una puerta de tosca madera, cerrada por de dentro. Llamaron, y respondieron de dentro con una voz crespa, baja, y con un género de gravedad. Abrióse la puerta y representóse la figura del nigromántico con una ropa de color pardo, con muchas manchas, mapas pintados en ella, culebras, signos celestes, un bonete en la cabeza largo, y aforrado en pellejo de lobo, y otras cosas que hacian su persona horrible, como tambien lo era el lugar y casa donde habitaba. Hablaron aquellos caballeros de Ginebra, informándole de su venida, y como certificados de su gran fama venian á consultarle un negocio grave. Él aunque en el principio comenzó á negárselo, al fin acabaron con él con ruegos y presentes que le dieron, que lo ablandan todo, á que se inclinase á admitir su peticion. Mientras hablaban con él, yo miré el cuerpo de la cueva, que estaba llena de cosas que ponian temor y espanto, como era cabezas de demonios, de leones y tigres, faunos y centauros, y otras cosas de este modo, para poner horror á los que entrasen, unas pintadas y otras de bulto, con que daba á entender que tenia trato y amistad con algun demonio. Hablóles muy gran rato, diciéndoles de su gran poder, y mostró muchas joyas de diversas gentes y de grandes señores, que le habian dado por los muchos secretos que les habia revelado. Llegados al caso, como yo miraba más al artificio con que tenia adornada su cueva, preguntóles cómo no llegaba yo á la conversacion. Respondieron ellos que era español. Díjoles el nigromántico: No quisiera mostrar mis secretos delante de españoles, porque son incrédulos y agudos de ingenio. Á lo cual respondieron ellos: Bien podeis hacer en su presencia cualquiera cosa, porque aunque español, es hombre de bien y buen compañero. Resolvióse á hacerlo, y llamó á un ayudante tan fiero y espantable, que me pareció que era algun demonio. Entramos más adentro, donde tenia el familiar, que era un aposentillo más oscuro que el cuerpo de la casa, que estaba cercado con unas barandillas, y dentro estaba uno como facistol, y sobre él un grande globo de vidrio con un abecedario de letras grandes escrito al rededor, y en medio del globo puesto el familiar, que era un hombrecito de color de hierro, con el brazo derecho levantado en derecho hácia las letras, que todo realmente ponia espanto. Habló con el familiar con una arenga muy larga, proponiéndole la antigua amistad que habian profesado tantos años, para obligarle á que con facilidad respondiese á lo que le queria preguntar; y poniéndose unos guantes muy anchos, despues de puesta la demanda, alzó la mano derecha, diciéndole: Ea, presto. El familiar se resolvió, y señaló una letra. Quitóse el guante el nigromántico, y escribió aquella letra que habia señalado el familiar. Tornó á ponerse el guante, y alzando la mano otra vez, le dijo: Adelante. El familiar movióse, señalando otra letra, y de esta manera fué preguntándole hasta haber escrito diez ó doce letras, en que iba respondiendo á la pregunta muy á gusto de los ginebreses. Yo como eché de ver que para escribir cualquiera letra se quitaba el guante, diciendo qué podia ser; y aunque sospeché que se habian de alborotar todos, determinadamente yendo á señalar otra vez con el guante, se lo arrebaté por el dedo demostrador, y hallando una dureza muy grande en el dedo, primero le pregunté al nigromántico: ¿Esta no es calamita ó piedra iman? Quedó suspenso y corrido, y volviéndose á los otros, les dijo: Bien decia yo, que los españoles eran agudos, y que no queria hacer cosa delante de ellos. El secreto del caso era, que aquel familiarillo era hecho de alguna cosa muy ligera, y el bracillo era de acero tocado á aquella piedra iman que era tan fina como el nigromante diestro en señalar la letra que habia menester, con que atraía al familiar corriendo á mostrarla. Quedaron los ginebreses admirados, así de la sutileza con que aquél engañaba á las gentes, como de la mia en haber conocido su embeleco. Y aunque los sentí al principio pesarosos de que no hubiese cumplido el pronóstico con la respuesta del familiar, que ellos tenian por demonio, despues tuvieron en mucho el desengaño, y rogóles el nigromante que me pidiesen que no le descornase la flor, porque con aquello ganaba su vida sin hacer mal á nadie, y tenia reputacion de grande hombre. La invencion cierto era ingeniosísima, muy conforme á la filosofía natural, y podia sufrirse como por juego de masecoral: pero cosas tan repugnantes á la verdad y del trato comun engaños tan conocidos, no es razon que permanezcan, ni se permitan. Fuímonos, dejando muy desconsolado al embustero, y escandalizados los ginebreses del caso me reprehendieron el haberlo afrentado, y desanimádolo para proseguir en su embeleco. Yo les dije: ¿No os habeis holgado de ver este secreto descubierto? Respondiéronme que sí. Yo les dije: Pues de la misma manera se holgarán todos los que lo supieren, porque menos importa quedar éste sin opinion y sin oficio, que permitir un engaño tan estendido y pernicioso como este. Y yo, para decir la verdad, siempre he estado y estoy mal con estas gentes, como son: nigrománticos, judiciarios, y otros semejantes: aunque estos judiciarios tengo por los peores, por estar más bien recibidos en la república, y decir menos verdad. Que aunque los que tratan de la verdadera astrología de movimientos, estos son doctos que saben las matemáticas con fundamento, como es Clavijo Romano, el doctor Arias de Loyola y el doctor Sedillo, españoles, grandes varones de su facultad; que esos otros son embusteros, gente de poca substancia, de que podia traer muchos cuentos, porque de cien cosas que dicen yerran las noventa, y cuando aciertan alguna, es por yerro. Válense de mujercillas que les vienen á preguntar, como gitanas, la buena ventura, y al fin es gente ridícula, que acaban tan miserablemente como los alquimistas, porque quieren dar alcance á los secretos que Dios tiene reservados para sí. En estas conversaciones y otras semejantes llegamos á Bufalora, pueblo del Estado de Milan, donde los ginebreses se apartaron y yo proseguí mi viaje.

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DESCANSO V.

Vuelto á Milan, como aquella república es tan abundante de todas las cosas, eslo tambien de hombres muy doctos en las buenas letras y en el ejercicio de la música, en que era muy sabio don Antonio de Londoño, presidente de aquel magistrado, en cuya casa habia siempre junta de excelentísimos músicos, como de voces y habilidades, donde se hacia mencion de todos los hombres eminentes en la facultad. Tañíanse vihuelas de arco con grande destreza, tecla, arpa, vihuela de mano, por excelentísimos hombres en todos los instrumentos. Movíanse cuestiones acerca del uso de esta ciencia, pero no se ponia en el extremo que estos dias se ha puesto en casa del maestro Clavijo, donde ha habido juntas de lo más granado y purificado de este divino aunque mal premiado ejercicio. Juntábanse en el jardin de su casa el licenciado Gaspar de Torres, que en la verdad de herir la cuerda con aire y ciencia, acompañando la vihuela con gallardísimos pasajes de voz y garganta, llegó al extremo que se puede llegar. Y otros muchos sugetos muy dignos de hacer mencion de ellos. Pero llegado á oir al mismo maestro Clavijo en la tecla, á su hija doña Bernardina en el arpa, y á Lúcas de Matos en la vihuela de siete órdenes, imitándose los unos á los otros con gravísimos y no usados movimientos, es lo mejor que yo he oido en mi vida. Pero la niña, que ahora es monja en Santo Domingo el Real, es mónstruo de naturaleza en la tecla y arpa. Mas volviendo á lo dicho, un dia acabando de cantar y tañer, y quedando todos suspensos, preguntó uno, que cómo la música no hacia ahora el mismo efecto que solia hacer antiguamente, suspendiendo los ánimos, y convirtiéndolos á transformarse en los mismos conceptos que iban cantando, como fué lo de Alejandro Magno, que estándole cantando las guerras de Troya, con grande ímpetu se levantó, y puso mano á su espada, echando cuchilladas al aire, como si se hallara en ella presente. Dije yo á esto: Lo mismo se puede hacer ahora y se hace. Replicóme, diciendo: Que despues que se perdió el género enarmónico no se podia hacer. Dije yo: Con el género enarmónico me parece que era imposible hacerse, porque como la excelencia de ese género consiste en la division de semitonos y diesis, no puede la voz humana obedecer á tantos semitonos y diesis como aquel género tiene. Y así aquel príncipe de la música, el abad Salinas, que lo resucitó solamente, lo dejó en un instrumento de tecla, pareciéndole que la voz humana con gran trabajo y dificultad podia obedecerlo. Yo le ví tañer el instrumento de tecla que dejó en Salamanca, en que hacia milagros con las manos, pero no le ví reducirlo á que voces humanas lo ejecutasen, habiendo en el coro de Salamanca en aquel tiempo grandes cantores de voces y habilidad, y siendo maestro aquel gran compositor Juan Navarro. Y que se pueda hacer y se hace con el género diatónico y cromático, como haya las mismas circunstancias y requisitos que el caso quiere, sucederá cada dia lo mismo. Y en las sonatas españolas, que tan divino aire y novedad tienen, se ve cada dia ese milagro. Los requisitos son que la letra tenga conceptos excelentes y muy agudos, como el lenguaje de la misma casta. Lo segundo, que la música sea tan hija de los mismos conceptos, que los vaya desentrañando. Lo tercero es, que quien la canta tenga espíritu y disposicion, aire y gallardía para ejecutarlo. Lo cuarto, que el que la oye tenga el ánimo y gusto dispuesto para aquella materia. Que de esta manera hará la música milagros. Yo soy testigo que estando cantando dos músicos con grande excelencia una noche una cancion que dice:

Rompe las venas del ardiente pecho,

fué tanta la pasion y accidente que le dió á un caballero que los habia llevado á cantar, que estando la señora á la ventana, y muy de secreto, sacó la daga y dijo: Veis aquí el instrumento, rompedme el pecho y las entrañas; quedando admirados músicos y autor de la letra y sonata, porque concurrieron allí todos los requisitos necesarios para hacer aquel efecto. No les pareció mal á los presentes, porque todos eran doctísimos en la facultad. En estos y otros ejercicios se pasaba la vida entre poetas de poesía, y entre soldados de armas, donde se ejercitaba no solamente la pica y arcabuz, sino tambien el juego de la espada y daga, broquel y rodela, que habia valerosos hombres diestros y animosos, donde se hacia mucha mencion de Carranza, aunque hubo quien daba la ventaja á don Luis Pacheco de Narvaez. Porque en la verdadera filosofía y matemática de este arte, y en la demostracion para la ejecucion de las heridas, excede á los pasados y presentes. En estos y otros ejercicios loables se pasa la vida en Lombardía, aunque yo traia siempre tan quebrada la salud, por causa de las muchas humedades, que determiné volverme á España despues de haber visto á Venecia, y hubo buena ocasion, porque entonces iba la infantería y caballería del Estado de Milan á recibir á la señora Emperatriz á tierra de los venecianos, para traerla á embarcar á Génova. Salió aquella gallardísima gente del Estado hasta llegar á Crema, donde recibieron á la Cesárea Magestad como á tan gran señora se debia. En llegando allí para proseguir mi intento, pasé de la otra parte del rio en la cabalgadura que hasta allí habia traido de balde, diciéndole al mozo de mulas que yo le pagaria el resto del camino hasta llegar á Venecia; pero él lo hizo tan bien, que en la primera posada me dejó plantado sin hablar palabra, que era un pueblecillo pequeño, donde no hallé cabalgadura, ni aun persona que me respondiese palabra buena, por ser español, y por ir en traje de soldado: de manera que ni la humildad, ni el término apacible, ni la paciencia, me aprovecharon para dejar de ir á pié y sin compañía, por tierra no conocida, y madrastra de españoles. Iba caminando por unos llanos, y aun de mala gana me decian si erraba el camino. Y habiendo andado todo el dia bien desconsolado, sin saber dónde habia de ir á parar, ya que se ponia el sol, ví venir atravesando el camino un caballero con un halcon en la mano, y como me vió, paróse en el camino hasta que pudiese emparejar con él, que estuve buen rato, porque iba despeado, tanto como triste y afligido. En llegando á él, mostrando alguna compasion, me preguntó si era soldado, respondíle que sí, y díjome que estaba lejos de allí el alojamiento donde yo podia llegar aquella noche; que le siguiese hasta una casería suya, donde me albergaria hasta la mañana. Seguíle, aunque con alguna sospecha, pero acordándome que la gente principal siempre es acompañada de buen término, verdad y misericordia, quitóseme el recelo que podia tener con otra compañía.

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DESCANSO VI.