Vida del escudero Marcos de Obregón
Part 25
Dije estos y otros muchos disparates, con que se le quitó la gana de saber el ensalmo. Yo, aunque tenia con esto algun entretenimiento, al fin andaba como hombre sin libertad en miserable esclavitud, entre enemigos de la verdadera religion, y sin esperanzas de libertad, por donde el amor se iba aumentando en la doncella y menguando en mí: como pasion que quiere pechos, y ánimos vagabundos y ociosos, desocupados de todo trabajo y virtud; ¿pues qué efecto puede hacer un amor holgazan en una alma trabajadora? ¿qué gusto puede tener quien vive sin él? ¿cómo puede hacer á su dama terrero, quien lo está hecho á los golpes de la fortuna? ¿cómo saldrán dulzuras de la boca por donde tantos tragos de amargura entran? Al fin, el amor quiere ser solo, y que acudan á él solo mozos, sin obligaciones, sin prudencia y sin necesidad, y aun en estos es vicio, y distraimiento para la quietud del cuerpo y del alma. Cuanto más en un hombre subordinado á tantos trabajos, mirado de tantos ojos, temeroso por tantos testigos. Yo andaba muy triste, aunque muy servicial á mi amo y á todas sus cosas, con tanta solicitud y amor que iban las obligaciones cada dia creciendo con el amor de mis amos; pero pesábale de verme andar triste y sin gusto, que aunque no se parecia en el servicio echábase de ver en el rostro. Y así, llegándose el dia de San Juan de junio cuando los moros, ó por imitacion de los cristianos, ó por mil yerros que en aquella secta se profesan, hacen grandísimas demostraciones de alegría, con invenciones nuevas á caballo y á pié, me dijo el renegado: Ven conmigo, no como esclavo, sino como amigo, que quiero que con libertad te alegres en estas fiestas que hoy se hacen al profeta Alí, que vosotros llamais San Juan Bautista, para que te diviertas viendo tan excelentes ginetes, tantas libreas, marlotas de seda hechas un ascua de oro, turbantes, cimitarras, gallardos hombres de á caballo vibrando las lanzas con los brazos desnudos y alheñados: mira la bizarría de las damas, tan adornadas de vestidos y pedrerías, cómo favorecen con mucha honestidad á los galanes, haciendo ventana, dándoles mangas y otros favores: mira las cuadrillas de grandes caballeros, que llevando por guia á su Virey, adornando toda la ribera, así del mar como de los rios, cuán gallardamente juegan de lanzas, y despues de arrojadas, con cuánta ligereza las cogen del suelo desde el caballo. Á todo esto yo estaba reventando con lágrimas, sin poderme contener ni disimular la pena y sentimiento que aquellas fiestas me causaban. Á que volviendo los ojos mi amo, y viéndome deshecho en lágrimas me dijo: Pues en el tiempo donde todo el mundo se alegra, no solamente entre moros, sino en toda la cristiandad, y en una mañana donde todos se salen de juicio por la abundancia de alegría, ¿estás limpiando lágrimas? Cuando parece que el mismo cielo da nuevas muestras de regocijo, ¿lo celebras tú con llanto? ¿Qué ves aquí que te pueda disgustar, ó que no te pueda dar mucho contento? La fiesta, respondí yo, es milagrosa de buena, y tan en extremo grado, que por alegrísima me hace acordar de muchas que he visto en la córte del mayor monarca del mundo, Rey de España. Acuérdome de la riqueza y bizarría, de las galas y vestidos, de las cadenas y joyas que esta mañana resplandecen en tan grandes príncipes y caballeros. Acuérdome de ver salir á un duque de Pastrana una mañana como esta á caballo, con un semblante más de ángel que de hombre, elevado en la silla, que parecia centauro, haciendo mil gallardías, y enamorando á cuantas personas le miraban: de aquel gran cortesano don Juan Gaviria, cansando caballos, arrastrando galas, haciendo cosas de muy valiente y alentado caballero. De una prenda suya que en tiernos años ha subido á la cumbre de lo que se puede desear, en razon de andar á caballo. De un don Luis de Guzman, marqués del Algaba, que hacia temblar las plazas á donde se encontraba con la furia desenfrenada de los bramantes toros. De su tio el marqués de Ardales don Juan de Guzman, ejemplo de la braveza y gallardía de toda caballería. De un tan gran príncipe como don Pedro de Médicis, que con un garruchon en las manos ó tomaba un toro, ó lo rendia. Del conde de Villamediana don Juan de Tasis, padre é hijo, que entre los dos hacian pedazos un toro á cuchilladas. De tanto número de caballeros mozos que admiran con el atrevimiento, vencen con la presteza, enamoran con la cortesía, que como tras de esta mañana se sigue otro dia la fiesta de los toros, acuérdome de todo en confuso. Fiesta que ninguna nacion sino la española ha ejercitado, ni ejercita, porque todos tienen por excesiva temeridad atreverse á un animal tan feroz que ofendido se arroja contra mil hombres, contra caballos y lanzas, y garrochones, y cuanto más lastimado tanto más furioso. Que nunca la antigüedad tuvo fiesta de tanto peligro como este; y son animosos y atrevidos los españoles, que aun heridos del toro se tornan al peligro tan manifiesto, así peones como ginetes. Si hubiese de contar las hazañas que en semejantes fiestas he visto, y traer á la memoria los ingénuos caballeros que igualan en todo á los nombrados, así en valor como en calidad, seria obscurecer esta fiesta, y cuantas en el mundo se hacen. Díjome aquí el ermitaño: ¿Pues cómo no hace vuesa merced mencion de la que hizo en Valladolid don Felipe el amado en el nacimiento del príncipe nuestro señor? Respondí yo: Porque no habia de contar yo en profecía lo que aun no habia pasado; pero esa fuera la más alegre y rica que los mortales han visto, y donde se muestra la grandeza y prosperidad de la monarquía española. Que si el otro emperador vicioso hacia cubrir con las limaduras de oro el suelo que pisaba, saliendo de su palacio con el oro que salió aquel dia en la plaza, la podia cubrir toda como con cargas de arena. Y si para engrandecer la braveza de Roma, dicen que en la batalla de Canas, en la Pulla, se hincheron tres moyos de las sortijas de los nobles, con las cadenas, sortijas y botones de aquel dia se podian llenar treinta fanegas, esto sin lo que quedaba en las casas particulares guardado. Estuvieron aquel dia todos los embajadores de los reyes y repúblicas esperando la grandeza de España, y la flor y valor de la caballería que los dejó suspensos, y en éxtasis de ver la gallardía con que se jugó de los garrochones, revolviendo los caballos, que aunque herir á espaldas vueltas es mucha gala, como lo usan en otras naciones en cazas de leones y otros animales, este dia hubo quien esperó en la misma puerta del toril, cuando con más furia y velocidad sale el toro, y le mató cara á cara con el garrochon, que fué don Pedro de Barros; y aunque esto tiene mucha parte de atrevimiento y ventura, tambien la tiene de conocimiento y arte, que enseña la experiencia con gentil discurso. Al fin estas fiestas admiraron á los embajadores y al mundo: pero mucho más ver á un rey mozo, don Felipe III el amado, siendo cabeza de su cuadrilla, guiar con tan grande sazon, cordura y valor, y enmendar muchas veces los juegos de cañas que los muy experimentados caballeros erraban: porque fué tanta la abundancia de caballos y cuadrillas, que no pudieron caber en la plaza, y con esta confusion algunas veces se descuidaban en el juego, que con la anciana prudencia del mozo rey se tornaba á la primera perfeccion, que cierto parecia ir guiado de los ángeles; porque al fin fué el mejor hombre de á caballo que aquel dia se mostró en la plaza. Despues acá se han cultivado grandes caballeros muy mozos y muy acertados, como don Diego de Silva, caballero de mucho valor, presteza y donaire, atrevidísimo con el garrochon en las manos, y su valeroso hermano don Francisco de Silva, que pocos dias há sirviendo á su rey, murió como valentísimo soldado, y con él muchas virtudes que le adornaban. El conde de Cantillana, que con grandísimo aliento derriba muerto á un toro con el garrochon, don Cristóbal de Gaviria, excelentísimo caballero, y otros muchos que por no salir de mi propósito callo. Proseguimos en ver en la fiesta de los turcos y moros algunos muy grandes ginetes; pero no tan grandes como don Luis de Godoy, ni como don Jorge Morejon, alcaide de Ronda, ni como el conde de Olivares mozo. Pero fué la fiesta alegrísima, que como gente que no ha de tener otra gloria sino la presente, la gozan con toda la libertad que se puede desear. Últimamente ví á mis amas, ya que la fiesta se iba acabando, que me pesó en el alma, no por verlas tarde, que la doncellita estaba hecha ojos, no hácia la fiesta, sino hácia su padre, que viéndole á él me veia á mí. No pude negar á la naturaleza el vigor y aliento que de semejantes encuentros recibe. Hice del ignorante en su vista, y dije á mi amo que nos fuésemos, sabiendo lo que me habia de responder, como lo hizo, diciendo: Esperemos á mi mujer é hija para acompañarlas. Bajaron de una ventana donde estaban, y fuimos acompañándolas, la hija temblándole las manos, y mudando el color del rostro, hablando con intercadencias. Díjole el padre: Ves aquí tu médico, háblale, y agradécele la salud que suele darte.
[Ilustración: _Hasta que ví á mis señoras, respondí, no ví cosa, que aunque eran buenas, me lo pareciese._]
Preguntóme la madre ¿qué me habia parecido la fiesta? Hasta que ví á mis señoras, respondí, no ví cosa, que aunque eran buenas, me lo pareciese, porque la gracia, hermosura y talle de mi señora y de su hija, yo no la veo en Argel. Rióse el padre, y ellas quedaron muy contentas, que teniendo por este camino contenta á la madre, de buena gana me dejaba hablar con la hija. Pidióme la doncella un rosario en que iba rezando, díselo, y en pudiendo hablarla, le dije para qué era el rosario, y que si verdaderamente entregaba su voluntad á la Vírgen, le abriria camino ancho y fácil para llegar á tanto bien como recibir la gracia del santo bautismo, que la doncella con grandes ansias deseaba, y que le habia yo de pedir cuenta de aquel rosario, que le guardase muy bien, y le rezase cada dia; y así lo prometió hacer.
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DESCANSO XII.
En este tiempo sucedió un notable, y no usado hurto, delito castigadísimo entre aquella gente, de que se escandalizó toda la ciudad, y causó mucha turbacion, por ser hecho al Rey ó Virey, y de moneda que tenia guardada para enviar al gran Señor. Y habiéndose hecho grandes diligencias, por ningun camino se pudo sospechar ni imaginar quién pudiese ser el autor, aunque un gran privado del Rey prometia grandísima cantidad de dineros, exenciones y libertades á quien lo descubriese. Dióse traza que de secreto y sin alboroto se fuesen escalando todas las casas, sin dejar salir á nadie de la ciudad, y no aprovechando cosa, me dijo mi amo: Si supieses algun secreto para descubrir este hurto, diciéndote quién lo hizo, sin que fuese por relacion de ningun hombre, yo te daria libertad y dinero. ¿Ha de faltar, dije yo, modo para eso, con una carta echadiza, sin firma ó con ella? Esto es lo que voy obviando, dijo mi amo, porque yendo con firma matarán á quien la diere ó la firmare; y si va sin firma atormentarán á todo el pueblo para averiguar cuya es la letra, porque cualquier aviso ha de llegar primero á las manos del ladron que á otra ninguna, porque es el mismo privado suyo; y si lo descubre algun hombre libre le darán garrote, y si esclavo le quemarán. Las premisas que yo tengo para esta verdad son grandes, y el conocimiento de la parte y de su crueldad es de muchos años, que aquí más tiemblan de Hazén su privado que del Rey; y así cualquiera modo de los ordinarios causará grandísimo daño en descubrirlo. Y pues siendo este el mayor enemigo que yo tengo, y aun toda la república, no lo descubro, ni quiero que tú lo descubras; muy escesivos daños se han de seguir de ello. Pues déjeme vuesa merced, dije yo, que ya tengo traza para vengar á vuesa merced y descubrir el hurto sin que nadie padezca, y deje de hacerlo como yo quisiere, con darme licencia para hacerlo á mi modo. Diómela, y tomando un tordo escogido, con todas las partes que ha de tener para buen hablador, encerrélo en un aposento en su jaula, donde no pudiese oir pájaros que le perturbasen, y toda una noche y el dia le estuve enseñando á decir: Fulano hurtó el dinero: fulano hurtó el dinero. Díme tan buena maña, y él tenia tan buen natural, que dentro de quince dias, en teniendo hambre, para pedir de comer decia: Fulano hurtó el dinero. De suerte se servia de lo que le habia enseñado para todas sus hambres, ó sed, que se habia olvidado de su canto natural. Aseguréme bien otros ocho dias para que el tordo se asentase bien en lo aprendido, y yo en la traza que llevaba ordenada, que fué importantísima para librar á más de cien hombres que tenian presos sobre el hurto, inocentes de la maldad, y entre ellos á muchos cautivos españoles é italianos, y de otras naciones. Y así viendo que mi tordo habia de ser libertador de tantos cristianos presos, un viernes que habia de ir el Rey á la mezquita, soltélo, y díle libertad para que él la diese á los otros presos. Subióse á la torre con otros muchos tordos, y entre las algaravías de los otros, él comenzó muy apriesa á decir: Hazén hurtó el dinero, sin dejar de decirlo todo el dia muy apriesa, como se veia en la libertad que deseaba. Fué á oidos del Rey lo que en la torre decia el tordo. Espantóse, y cuando vino la hora de llegar á la mezquita, la primera cosa que oyó fué el nuevo canto de mi tordo, que muy á menudo decia: Hazén hurtó el dinero; Hazén hurtó el dinero. Asentóse luego que pues habia sido tan secreto, debia de tener algo de verdad, que como son agoreros en gran manera, se le puso en los cascos que el gran Mahoma habia enviado algun espíritu de los que tiene junto á sí á declarar aquel caso, por que no padeciesen tantos inocentes; pero por no arrojarse sin consejo á la averiguacion del caso, llamó ciertos agoreros ó astrólogos, que ya sabian lo que se habia cundido del tordo, y apretóles á que le dijesen lo que sentian. Echaron su juicio, y vino tambien con el del tordo, que prendió á su privado, y despues de haber confesado en la tortura, y hallado todo el dinero, privó al privado de su privanza, despareciéndolo con mucha aceptacion y gusto en toda la ciudad, que estaba mal con él, no porque supiese mal que á nadie hubiese hecho, que hasta esta maldad no se supo su malicia, sino por parecerles que todos los rigores que con ellos usaba el Virey eran por consejo del privado, que esta miseria padecen los que están en lugares supremos, que la envidia, ó los derriba, ó los desacredita, siendo así que los verdaderos privados en llegando á la grandeza que desean, con el amor y favor de sus reyes, luego acuden á la conservacion de lo que han alcanzado con acreditarse haciendo bien á la república. Si bien en las grandes monarquías no puede dilatarse fácilmente esta verdad hasta que llegue á los que pueden ser jueces de ello, para que la manifiesten sin que cualquiera se atreva á buscar autor á los daños ó inconvenientes que ó por pecados de los hombres, ó por juicios de Dios secretos á nuestra capacidad suceden en la república. Un moderno estadista, alegando otros antiguos, dice que el príncipe no se ha de dar en presa á su privado, que es no hacer tanto caso de él que le fie su conciencia y sus acciones. Doctrina contra la misma naturaleza, porque si cualquiera hombre particular naturalmente desea, y tiene un amigo con quien, amándole, descanse y le descargue de algunos cuidados por la comunicacion, ¿por qué ha de estar el príncipe privado de este bien que los demás tienen? El príncipe valeroso, prudente y justo necesariamente ha de tener junto á sí privados de irreprensible vida; porque si no lo fueren, ó los apartará de sí, ó le mancharán su buena reputacion; pero que sea conocidamente, y con general aplauso recibida la opinion del príncipe por santa y justa, y que busquen en el privado qué reprehender, téngolo por de ánimos mal contentos, y aun mal intencionados, y que se reciba á mal que el privado crezca y medre en bienes y haciendas que los otros no pueden alcanzar.
Considérese que en tan opulenta monarquía como la de España, de las migajas que se desperdician de la mesa del príncipe sobra no solamente para aumentar casas ya comenzadas y grandes, pero para levantarlas de muy profundas miserias á lugares altísimos. Los grandes monarcas, reyes y príncipes nacen subordinados al comun órden de la naturaleza, y sujetos á las pasiones de amar y aborrecer, y han de tener amigos á quien naturalmente se inclinen, que las estrellas son poderosas para inclinar á un amigo más que á otro, que cuando estas amistades van por la sola eleccion, no tienen aquella sazon y gusto que las otras: y siendo superiores los príncipes, como lo son, no han de elegir el privado á gusto ajeno, sino al suyo, y siéndolo, tambien lo será al gusto de los vasallos, cuyo bien pende del gusto bien ordenado del príncipe: y este se ha de seguir sin quebrarse la cabeza en condenar al uno ni al otro, ni juzgar si es malo ó bueno, siendo la norma por donde se han de regular los actos de la justicia, el gobierno de la república y la merced de los vasallos, el premio de los buenos y el castigo de los malos. Cuanto más que, pues tienen dos ángeles de guarda, y el corazon del rey está en la mano del Señor, es de creer que los inclinarán al bien público y paz general. Que las cosas que la ocasion ofrece de sucesos de fortuna no vienen ni tienen dependencia de la voluntad y administracion del privado, sino de los movedores del cielo, que son las causas segundas á quien la primera tiene dado su poder general, si no es cuando en su tribunal se ordena otra cosa. Bueno es que me confiese un hombre mal asentado peor sentido del buen modo de juzgar que comunicó treinta ó cuarenta años y al que, ó por sus méritos, ó por sus diligencias, ó por su ventura, llegó á ser privado, y que habiéndolo alabado de virtuoso, apacible y discreto, amigo de hacer bien, en viéndole privado, cuando más bien puede ejecutar su inclinacion, vuelve la hoja á desdorar lo que antes doraba y adoraba; y venido á averiguar en qué funda su desestimacion, ó por mejor decir, su poca constancia en la amistad que antes le tenia, no sabrá responder, sino que es una especie de envidia fundada en el bien ajeno, ó porque no le reparte con él, ó porque le pesa que lo tenga, ó por mal entendimiento y peor voluntad. Los privados de los grandes monarcas no pueden tener la memoria de todos los conocidos, basta que la tengan de los que hacen diligencia para ello, que los que son de mi condicion no tienen razon de quejarse del privado, pues ha de nacer su bien de su cuidado y diligencia; y no teniéndola, es la queja injustísima. Hay dos géneros de privados; unos que de principios humildes subieron á merecer entrarse en la voluntad de su príncipe, y estos quieren todo el bien para sí. Otros que siendo grandes señores han sido muy aceptos y muy queridos de su rey, y estos como nacieron príncipes quieren repartir el bien con todos. Pero los unos y los otros se han de haber con su rey como la yedra con el árbol á quien se ase, que aunque siempre sube abrazada con él sin jamás dejarle, con todo eso nunca le estorba el fruto que naturalmente lleva: y así lo hacen los privados que comenzaron por grandes señores, que nunca le estorban al príncipe las acciones á que le obliga el lugar en que Dios le puso. Por donde yo creo, y por las razones dichas juzgo que parece que no se podrá engañar el rey en la eleccion del privado, pero podria engañarse el privado en la eleccion de los que le propusiere á su rey por capaces para la administracion de los cargos ó gobiernos, por estar en su noticia por tales no siéndolo, engaño en que como hombre se puede caer, y así le importa para la conservacion de su crédito y reputacion vivir con cuidado, informándose de los que pueden ser jueces de ello, para que si la eleccion no saliere tan acertada como se desea, á lo menos se entienda que no fué acaso, ni por amistad ó antojo. Pero tornando á lo primero, digo, que es terrible caso que quieran los estadistas privar al príncipe de tan grande gusto como es la amistad del privado, á quien el príncipe naturalmente se inclina, siendo así que la voluntad está siempre obrando, y tiene un blanco adonde mira más que á otro, en todos los hombres del mundo, y adonde halla descanso y alivio.
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DESCANSO XIII.