Vida del escudero Marcos de Obregón
Part 22
El amo, como no halló la presa que buscaba, y porque el sacristan le dijo que se la daria pacíficamente, no llamó al Toledanillo. Él me llevó paseando por toda la alameda, y el barrio del Duque, hasta la calle de San Eloy, donde era mi posada; yo animábale diciendo que fuera de que se lo habia de pagar muy bien, hacia una obra de misericordia. Venian dos conocidos mios tras él pereciendo de risa, y él no osaba preguntarles de qué se reian, hasta que llegando á donde le pareció que ya estaba fuera de peligro, preguntóles: ¿De qué se rien voarcedes? Ellos le respondieron sonriendo: De la carga que llevais, que es el que íbades á sacar de la iglesia. Él sobresaltado, soltóme luego en el suelo, y yo encarándome á él, le dije: Pues qué, ¿pensaba el ladron, que habia de cogerme el dinero? Agradezca que no le visité las tripas por el pescuezo cuando me traia acuestas hecho San Cristóbal. En este tiempo andaba el señor juez riñendo con el sacristan porque le diese el retraido. Él dijo: Yo ya cumplí mi palabra con dárselo al Toledanillo, que lo llevó acuestas. Riéronse tanto los circunstantes con la burla hecha al Toledanillo, por ser tan bravo corchete, que se olvidó el enojo de juez por lo que alcanzaba de la burla viendo la que se habia hecho á su corchete: y él por no dar á entender su corrimiento disimuló, por la parte que le tocaba. Esto es para que los ministros de justicia entiendan, que ni todo ha de suceder como ellos quieren, ni los delincuentes lo han de remitir todo á las manos, como suelen en Sevilla, ni hacer resistencias, que si una vez sucede bien, treinta les sucede mal. Los jueces nunca pierdan el respeto á los templos, porque les sucede lo que á los perros que andan buscando la vida, que si muchas veces comen, alguna los vienen á coger entre puertas. Debe proceder el juez con los delincuentes de manera que no parezca que la justicia y venganza se conforman para un fin, que se ha de averiguar las verdades oyendo ambas partes: ni ha de creer, que uno es malo porque se lo diga quien no es bueno. Juez apasionado no lo ha de ser en su negocio propio, porque la pasion hace mayores los delitos del enemigo. Como es dificultoso juzgar por malo aquello que nos deleita, así es imposible juzgar por bueno lo que aborrecemos: que mal podrá guardar la autoridad de la ley quien quiere hacerla de su condicion en ódio ó en amor. Muy confuso se halla un juez cuando le apelan la sentencia que dió con pasion, no siendo ya señor de ella. Los delincuentes han de usar de todos los medios humanos y divinos antes que hacer una resistencia, y quien la hace en confianza del favor que tiene, merece que le falte cuando lo há menester, como sucede. No puede haber causa, si no es por salvar la vida, que obligue á un hombre á tan bárbaro delito, que no se halla sino en hombres desconfiados de la vida y honra. La humildad con los ministros de justicia arguye valor y ánimo noble, en que consiste el fundamento de la paz y concordia. Y si á los tales que se persuade á que son poderosos para cuanto quieren, los tratamos con soberbia, ¿cómo podremos conservarnos con ellos? Huir de ellos cuando nos siguen, no es falta de ánimo, sino reconocimiento de superioridad: y el que de ellos es bien considerado, huélgase de ver que el delincuente le tiene respeto, en huir ó en retraerse, sin querer perseguirle ni apretarle más de lo que es justicia y razon. Yo no pude hacer buen amigo de este hombre, y así me determiné, por no resistirme ni huir, de hacerle esta burla que se tuvo por acertada, tanto como reida, con que él me dejó, y el otro se sosegó en perseguirme. Yo para aquietarme de todo, determiné de arrimarme á algun favor poderoso, en cuya sombra pudiera descansar. Andaba entonces en Sevilla un gran Príncipe, de gallardísimo talle, muy gentil hombre de cuerpo, hermoso de rostro, con gran mansedumbre de condicion y consumada bondad, más de ángel que de hombre, amiguísimo de hacer bien, amado y admirado en aquella república, por estas y otras muchas partes que en su persona resplandecian: sobrino del arzobispo que entonces era en Sevilla, que era Marqués de Dénia. Yo me determiné de buscar modo como entrar en la gracia de este Príncipe, y comunicándolo con cierto amigo, le dije: No es posible, sino que este gran señor me ha de recibir en su favor y gracia. ¿En qué lo echais de ver? dijo mi amigo. Y respondí yo: En que yo le soy grandemente apasionado, y perpétuo historiador de sus admirables virtudes: y no es posible sino que la constelacion que me obliga á este excesivo amor á él, le incline á serme agradecido. Sucedióme como yo me lo tenia imaginado, porque estando en el corral de los naranjos, y pasando por allí este gran Príncipe, me determiné á hablarle lo más cortesmente que yo pude y supe. Paró el coche, y oyóme con entrañas piadosísimas, haciéndome la merced que yo deseaba, y mandándome que le viese. Recibido en su gracia, no me sucedió cosa mal en Sevilla, ni mis émulos tuvieron brio ni atrevimiento más contra mí; que el favor de los Príncipes y grandes señores es poderoso para vivir con quietud en la República, quien quiere ampararse de su valor y reclinarse á su sombra. Y es cordura el hacerlo, aunque no sea más de por imitar sus nativas costumbres, que exceden con gran ventaja á las de la gente ordinaria; que como en las plantas, las más bien cultivadas dan mejor y más abundante fruto, así entre los hombres, los más bien instruidos dan mayor y más claro ejemplo de la vida y costumbres, como son los príncipes y señores, criados desde su niñez en costumbres loables, no derramados entre la ignorancia del libre vulgo; que entre los caballeros está, y se usa la verdadera cortesía: de ellos se aprende el buen trato y la crianza con lo que se debe dar á cada uno; en ellos se halla la discreta disimulacion y paciencia, y cuando há lugar el perderla, que como tratan siempre con gente que sabe todos saben. Los que huyen el trato de los caballeros, no pueden entrarse en la verdadera nobleza que consiste en la práctica y no en la teórica, y con ella se aprende el respeto que se les ha de tener, para tratar con la nobleza ignorada de todo el vulgo.
[Ilustración]
[Ilustración]
DESCANSO VI.
Estuve en Sevilla algun tiempo viviendo de noche y de dia inquieto con pendencias y enemistades, efectos de la ociosidad, raíz de los vicios, y sepulcro de las virtudes. Torné en mí, y halléme atrás de lo que habia profesado, que en la ociosidad no solamente se olvida lo trabajado, pero se hace un durísimo hábito para volver á ello. El que pierde caminando la verdadera senda, cuanto más se aleja, tanto más dificultosamente vuelve á cobrarla: el que hace costumbre en la ociosidad, tarde ó nunca olvida los resabios que de ella se siguen. En cuatro cosas gasta la vida el ocioso, en dormir sin tiempo, en comer sin razon, en solicitar quietas, en murmurar de todos. Llórame el corazon gotas de sangre cuando veo prendas de valerosos capitanes y de doctísimos varones rendidas á un vicio tan poltron como la ociosidad: quéjase el ocioso de su desdicha, y murmura de la dicha del que con gran diligencia ha vencido la fuerza de su fortuna: tiene envidia de lo que él pudiera haber grangeado con ella. El ocioso ni come con gusto, ni duerme con quietud, ni descansa con reposo, que la flojedad viene á ser verdugo y azote del dejamiento y pereza del ocioso. Determiné de apartarme de este vicio poltron que en Sevilla me arrastraba, y para esto tuve modo de pasar á Italia en servicio del duque de Medina-Sidonia, que en un galeon aragonés enviaba mucha parte de sus criados á Milan. Alcanzada esta buena gracia, detúveme en Sevilla hasta que fué tiempo de partir. En este espacio, vinieron algunos portugueses, de los que en África se habian hallado en aquel desdichado conflicto del rey Sebastian, muchos de los cuales rescató Felipe II. Trabé amistad con algunos de ellos, y como tienen tanta presteza en las agudezas del ingenio, pasé con ellos bonísimos ratos. Estaba un caballero portugués, amigo mio, haciéndose la barba con un mal oficial, que con mala mano y peor navaja le rapaba, de manera que le llevaba los cueros del rostro. Alzó el suyo el portugués, y le dijo: Señor barbero, si desfollades, desfollades dulcemente; mais si rapades, rapades muito mal. Estando un amigo mio y yo á la puerta de una Iglesia, que se llama _Omnium Sanctorum_, pasó un caballero portugués, con seis pajes y dos lacayos muy bien vestidos á la castellana, y quitándose la gorra á la Iglesia, quitámosela nosotros á él usando de cortesía. Volvió como afrentado, y me dijo: Ollai, senhor castillano, non vos tirei á vos á barreta, se naon á ó Santísimo Sacramento. Dije yo: Pues yo se la quité á vuesa merced. Compungido de esta respuesta dijo el portugués: Ainda vos á tirei á vos, senhor castillano. Venia por la calle del Atambor un portugués con un castellano, y como el portugués iba enamorando las ventanas, no vió un hoyo donde metió los piés y se tendió de bruces. Dijo el castellano: Dios te ayude; y respondió el portugués: Ja naon pode. Estando jugando tres castellanos con un portugués á las primeras, los engañó agudísimamente, que habiéndole dado despues de quinoleada la baraja cincuenta y cinco, dijo con desprecio del naipe entre sí, como lo pudiesen oir: Os anhos de Mafoma. Los demás, que estaban bien puestos, y lo vieron pasar, embidaron su resto: él quiso, y echando el uno cincuenta, y los demás lo que tenian, arrojó el portugués sus cincuenta y cinco puntos, y arrebatóles el resto; dijo el uno de ellos: ¿Cómo dijo vuesa merced que tenia los de Mahoma, que son cuarenta y ocho años, si tenia cincuenta y cinco? Respondió el portugués: Eu cudei, que Mafoma era mas vello. (Yo pensé que Mahoma era más viejo.) Otros excelentísimos cuentos y agudezas pudiera traer, que por evitar proligidad los dejo. Vino en este tiempo una grandísima peste en Sevilla; y mandóse por materia de estado que matasen todos los perros y gatos, por que no llevasen el daño de una casa á otra. Yo, procurando asentar mi vida, fuíme á Sanlúcar á casa del duque de Medina-Sidonia, y navegando por el rio fué tanta la abundancia de gatos y perros que habia ahogados en todas aquellas quince leguas, que algunas veces fué necesario detener el barco, ó echarlo por otra parte.
[Ilustración]
[Ilustración]
DESCANSO VII.
Embarcámonos en Sanlúcar, no con mucho tiempo. Pasamos á vista de Gibraltar por el estrecho, que lo era tanto por alguna parte, que con la mano parecia poderse alcanzar la una y otra parte. Vimos el Calpe tan memorable por la antigüedad, y más memorable por el hachero ó atalaya que entonces tenia, y muchos años despues de tan increible y perspicaz vista, que en todo el tiempo que él tuvo aquel oficio, la costa de Andalucía no ha recibido daño de las fronteras de Tetuan, porque en armando las galeotas en África, las veia desde el Peñon, y avisaba con los hachos ó humadas. Yo soy testigo, que estando una vez en el Peñon algunos caballeros de Ronda y de Gibraltar, dijo Martin Lopez, que así se llamaba el hachero: Mañana al anochecer habrá rebato: porque se están armando galeotas en el rio de Tetuan; que son más de veinte leguas, y yo creo que por mucho que se encarezcan las cosas que hizo con la vista de Lince, que fué hombre y no animal como algunos piensan, no sobrepujaron á las de Martin Lopez; realmente lo temian más los corsarios, que al socorro que contra ellos venia. Quiero de paso declarar una opinion que anda derramada entre la gente, poco aficionada á leer y engañada en pensar, que lo que llaman columnas de Hércules, sean algunas que él mismo puso en el estrecho de Gibraltar. Con otro mayor deslumbramiento, que dicen ser las que mandó poner en la alameda de Sevilla D. Francisco Zapata, primer conde de Barajas; pero la verdad es que estas dos columnas, son la una el Peñon de Gibraltar, tan alto, que se disminuyen á la vista los bajeles de alto bordo que pasan por allí. La otra columna es otro cerro muy alto en África, correspondientes el uno al otro. Dícelo así Pomponio Mela _de Situ orbis_. Volviendo al propósito, digo, que pasamos á la vista de Marbella, Málaga, Cartagena y Alicante, hasta que engolfándonos llegamos á las islas Baleares, donde no fuimos recibidos por la ruin fama que habia de peste en poniente; de manera, que desde Mallorca nos asestaron tres ó cuatro piezas. Faltónos viento, y anduvimos dando bordos en aquella costa, hasta que vimos encender quince hachas, que nos pusieron en mucho cuidado, porque como en Argel se cundió la fama de la riqueza que llevaba el galeon de un tan grande príncipe, salieron en corso quince galeotas á buscarnos, que hicieron mucho daño á toda la costa, y lo pudieran hacer en nosotros, si el viento les favoreciera, permitiéndolo Dios. Con el aviso que nos dieron de las atalayas, engolfámonos, fortificando las obras muertas, y las demás partes que tenian necesidad, con sacas de lana y otras cosas que para el propósito se llevaron. Repartiéronse los lugares y puestos como les pareció á los capitanes y soldados viejos que el galeon llevaba. Puestos en órden aguardamos las galeotas, que ya se venian descubriendo con el suyo de media luna, que como al galeon le faltaba el viento, y ellos venian valerosamente batiendo los remos, llegaron tan cerca que nos podíamos cañonear.
Estando ya con determinacion de morir ó echarlas á fondo, disparó nuestro galeon dos piezas tan venturosas, que desparecieron una de las quince galeotas, y en el mismo punto nos vino un viento en popa tan desatado que en un instante las perdimos de vista. Esforzóse el viento tan demasiadamente, que nos quebró el árbol de la mesana; rompiendo las velas y jarcias de lo demás con tanta furia, que nos puso en menos de doce horas sobre la ciudad de Frigus en Francia; y sobreviniendo otro viento contrario por proa anduvimos perdidos, volviendo hácia atrás con la misma priesa que habíamos caminado. El galeon era muy gran velero y fuerte, bastante para no perdernos, y con solo el trinquete de proa pudimos vandearnos, con la gran fortaleza del galeon. Y al tercero dia de la borrasca comenzó la popa á desencajarse y á crugir, á modo de persona que se queja. Con esto comenzaron á desmayar los marineros, determinados de dejarnos y entrarse de secreto en el barcon que venia amarrado á la popa. Pero siendo sentidos de los soldados, que no venian mareados, se lo estorbaron. Viendo el peligro, todos determinamos de confesarnos y encomendarnos á Dios: pero llegando á hacerlo con dos frailes que venian en el galeon, estaban tan mareados, que nos daban con el vómito en las barbas y pecho, y como las ondas inclinaban el navío á una parte y á otra, caian los de una banda sobre los de la otra, y luego aquellos sobre estos otros. Andaba una mona saltando de jarcia en jarcia, y de árbol en árbol, hablando en su lenguaje, hasta que pasando una furiosísima ola por encima del navío se la llevó, y nos dejó á todos bien refrescados. Anduvo la pobre mona pidiendo socorro muy grande rato sobre el agua, que al fin se la tragó. Llevaban los marineros un papagayo muy enjaulado en la gavia, que iba diciendo siempre: ¿Cómo estás, loro? como cautivo, perro, perro, perro; que nunca con más verdad lo dijo, que entonces. Apartónos Dios de resulta segunda vez junto á Mallorca á una isleta que llaman la Cabrera, y al revolver de una punta, yendo ya un poco consolados, nos arrojaron unas montañas de agua otra vez en alta mar, donde tornamos de nuevo á padecer la misma tormenta. Algunos de los marineros cargaron demasiadamente, y echáronse junto al fogon del navío por sosegar un poco: sopló tan recio el viento que les echó fuego encima, que tenian muy guardado, que á unos se les entró en la carne, y á otros les abrasó las barbas y rostro, quitándoles el sueño y adormecimiento del vino. Yo me ví en peligro de morir, porque el tiempo que quebró el árbol de la mesana, por temor del viento habíamos atado, mis camaradas y yo, el transportin al árbol y cuando se quebró arrojó el transportin en alto, y á cada uno por su parte. Yo quedé asido al borde del galeon, colgado de las manos por la parte de afuera, y si no me socorrieran presto, me fuera al profundo del agua: y si se rompiera cuatro dedos más abajo, con la coz nos echara hasta las nubes. Mareáronse los marineros, ó la mayor parte de ellos. Estábamos sin gobierno, aunque venia entre ellos un contramaestre muy alentado, con una barbaza que le llegaba hasta la cinta, de que se preciaba mucho, y subiendo por las jarcias hácia la gavia, á poner en cobro su papagayo, con la fuerza del viento se le desnudó la barbaza, que llevaba cogida, y asiéndose á un cordel de aquellos de las jarcias, quedó colgado de ella, como Absalon de los cabellos. Pero asiéndose, como gran marinero, al entena, lo sumergió tres veces por un lado por la mitad del navío, y pereciera si otro marinero no subiera por las mismas jarcias y le cortara la barbaza, que dejándola anudada donde se habia asido, y ayudándole, bajó vivo, aunque muy corrido de verse sin su barba. Tornámos á proejar lo mejor que fué posible, quejándose siempre la popa, y al fin tomamos el puerto de la Cabrera, isleta despoblada, sin habitadores, ni comunicada sino es de Mallorca cuando traen mantenimientos para cuatro ó cinco personas que guardan aquel castillo fuerte y alto más porque no ocupen aquella isla los turcos, que por la necesidad que hay de él. Habia estado mareado todo este tiempo el mayordomo ó contador que gobernaba los criados del Duque, y volviendo en sí, fué luego á visitar lo que venia á su cargo, y hallando de menos ciertos pilones de azúcar, como no parecieron, dijo: Yo sabré presto quién los comió, si están comidos; y fué así, porque el dia siguiente comenzaron á dar á la banda todos, que no se daban mano á vaciar lo que habian henchido, que como habian metido tan abundantemente del azúcar, les corrompió el vientre en tanto extremo, que en quince dias no volvieron en su primera figura. Al contramaestre no le vimos el rostro en muchos dias, por verse desamparado de la barbaza, que debe ser en Grecia de mucha calidad una cola de frison en la cara de un hombre. Al fin nos recibieron en aquella isleta, que por falta de comunicacion no sabian que veníamos de tierra apestada, y aunque lo supieran nos recibieran por ver gente que los tenian por fuerza sin ver ni hablar sino con aquellas sordas olas que están siempre batiendo los peñascos donde está el castillo edificado. Detuvímonos allí quince ó veinte dias, ó más, haciendo árboles, reparando jarcias, remendando velas, padeciendo calor entre mayo y junio, sin saber en toda la isleta donde valerse contra la fuerza del calor, ni fuente donde refrescarnos, sino el algibe ó cisterna de donde bebian los pobres encerrados. Esta isleta es de seis ó siete leguas en circuito, toda de piedras, muy poca tierra, y esa sin árboles, sino unas matillas que no suben arriba de la cintura. Hay unas lagartijas grandes y negras, que no huyen de la gente, aves muy pocas, porque como no hay agua donde refrescarse no paran allí.
[Ilustración]
[Ilustración]
DESCANSO VIII.