Vida del escudero Marcos de Obregón
Part 20
Porfiaron todavía que le hiciésemos un engaño que pareciese cosa de encantamiento. Cuando eso se hiciese, pregunté yo, ¿quién quedará más confuso, él en recibir este engaño, despues de descubierta la verdad, ó yo en haber sido autor de él? En todas las cosas se ha de considerar el fin que pueda tener, y esa ficcion y engaño no puede estar mucho encubierta: y para mí tengo por mejor y más seguro el estado del engañado, que la seguridad del engañador: porque al fin, lo uno arguye sencillez y buen pecho, y lo otro mentira y maldad profunda. Yo no puedo tragar una mentira ni engaño, porque se arremete á desdorar la opinion de quien se tiene por hombre de bien. Las burlas han de ser pocas y sin daño de tercero, y tales, que el mismo contra quien se hacen guste de ellas. No sabemos la capacidad de cada uno, que la burla llevadera para uno, será para otro muy pesada; y las burlas no se han de juzgar por malas ó peores de parte de quien las hace, sino de parte de quien las recibe; y si él las tomare bien, serán de sufrir; y si las tomare pesadamente, serán pesadísimas. Dábanle matraca á cierto ordenante por una necedad que habia dicho, y cuando estuvo harto de sufrir, dijo: Que queria que pecase mortalmente quien más se la diese. Que de burlas pesadas vemos cada dia resultar agravios que no se pensaron. Este miserable no tiene talento para llevar una burla tan pesada como esta que por fuerza lo ha de ser. Yo me tengo de oponer en eso, porque iria contra mi propia opinion, que es justo y mal hecho: y no me espantaré del que se deja engañar por lo que desea, pero espantaríame de quien le quisiere engañar, sin esperar de ello más gusto que hacer mal. Fuéronse, y al fin le hicieron una burla muy pesada, dándome á mí por autor de ella. Pusiéronle en estrecho de ayunar tres dias con cuatro onzas de pan y dos de pasas y almendras, y dos tragos de agua, y primero le tomaron la medida de su cuerpo en una pared muy blanca, poniendo para señal de su altura un clavito pequeño ó tachuela. Hizo su dieta, unas hermanas suyas le fregaban los brazos y piernas todas las noches y mañanas, por consejo de los maleantes: preguntábanle las pobres despues de cansadas: ¿Hermano, para qué hace esto? Y él las respondia: Bárbaras, no os entremetais en las cosas de los hombres. Todos estos tres dias de la dieta y las fricaciones, se subia á una azotea en amaneciendo, y se ponia hácia el nacimiento del sol, haciendo ciertas señales que le habian mandado contra las nieblas de Valladolid, que él hizo muy puntualmente como todo lo demás. Cumplidos los tres dias, y lleno el celebro de nieblas, vino á los bellacones con tanta cara como una calavera de mandrágora, que como estaba tan chupado y flaco, parecia más alto. Fué uno de ellos á la pared blanca donde se habia metido, y mudó el clavito dos dedos más abajo, y tapó el agujero con un poco de cera blanda, que era en la cerería recien hecha, blanca y muy lisa. Enviáronle á medirse, y como topó con el colodrillo en el clavito, quedó fuera de sí de contento, entendiendo que él habia crecido lo que el clavo habia bajado. Vino con la boca llena de risa, que parecia mico desollado, y fuése á echar á los piés de quien le habia hecho crecer: ellos le dijeron que callase, porque sino se descreceria lo crecido, y que lo dificultoso quedaba por hacer. Él dijo que aunque fuera bajar al infierno, lo haria por no descrecer. Pues no es menos, dijeron ellos, y aquella noche le mandaron que entre las once y las doce de la noche entrase en cierto aposento por un callejon muy estrecho, que estaba debajo de unas casas lóbregas y obscuras, solo y sin luz, y que allí le dirian lo que habia de hacer. Él se turbó todo con la dificultad que le pusieron, pero al fin dijo, con todo el miedo posible: Sí haré, sí haré. Fuése á la noche entrando por su callejon, espeluzado el cabello, cortado de brazos y piernas, sin oir perro ni gato que le pudiese hacer compañía, y en llegando al aposento, salieron por las cuatro esquinas debajo la cama cuatro carátulas de demonios, con cuatro candelillas en la boca, que con el temor que habia concebido, se le representó el infierno todo; porque todos los hombres muy crédulos son tambien temerosos; y como se fueron alzando los demonios, él se fué quedando, y sin saber de sí, ni poder moverse de donde estaba, cayó en el suelo, dándole tan gran corrupcion, que no se le pareció haber tenido dieta, que la cólera habia desbaratado cuanto las almendras y pasas habian detenido. Él caido, y ellos turbados y aun arrepentidos, no supieron qué hacer, sino dejarlo y acogerse. Él volvió á cabo de rato en sí, y hallóse revolcado en su sangre, de que anduvo muy corrido, y de manera enfermo, que fué menester de veras valerse de las pasas y almendras para no morirse, y ellos anduvieron escondidos y ausentes. Yo me sangré en salud, refiriéndole el cuento al Conde, que le solemnizó mucho con su buen gusto, y tomó á su cargo las amistades, contando lo pasado á cuantos entraban en su casa. Sosegóse el negocio con la autoridad de un tan gran príncipe, aunque ellos anduvieron hartos dias inquietos: porque el hombrecito se quejó á todo el mundo, y á quien podia castigar la burla. Yo los cogí cuando hubo oportunidad, y les dí á entender con la verdad, cuánto importa no hacer mal, tanto en burlas como en veras, que de haberle dado la vaya sobre su ruin talle y cuerpo, vino á buscar tan pesado remedio, que nadie quiere oir faltas, y por más que se hagan sufridores y finjan risa, no hay á quien no le pese en el alma oir mal de sí propio: y tanto más, cuanto más parece verdad lo que se dice: que aun cuando no lo es ni lo parece, se le abrasa el corazon á quien se dice, ora sea por dar pesadumbre, ó sea por chisme, de que era tan enemigo este príncipe, que en trayéndole alguna novedad de palacio, llamaba á aquel de quien se decia, y delante del parlero se lo reprehendia: si se encogia de hombros el otro negándole, decia el Conde: Pues veis aquí á fulano que me lo dijo: y así andaban todos ajustados con la lengua y con el Conde.
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DESCANSO XXIV.
Y porque no habrá otra ocasion en que contarlo, digo que era Príncipe tan enemigo de chismes y parlerías, que en presencia mia vino cierto congraciador á decirle, que estaba tratando mal de su persona un hidalgo de Valladolid: y encareciendo mucho esta insolencia, le preguntó el Conde: ¿Y vos qué hicisteis? Yo, dijo el buen hombre, vine luego á avisar á V. Excelencia, porque al pié de la obra le enviase el castigo que merecen ofensas hechas á tan grande señor. Vos teneis razon, dijo el Conde; ola, dadle á este gentil-hombre una libranza de media docena de palos muy bien dados. Pues á mí, ¿por qué? dijo el buen hombre. No son para vos, respondió el Conde, sino para que los lleveis al que dijo mal de mí: porque como me trujisteis lo que yo no sabia, le lleveis á él lo que no sabe. Y dijo á un paje: Bermudez, corre y dí á fulano, que cuando hubiere de decir mal de mí, no sea delante de tan ruin gente que me lo venga á decir luego, y que para castigo suyo basta que sepa él que yo lo sé. Ambos quedaron muy bien pagados, como merecian, que aunque no se dió la libranza, quedó el pobre espantado de la merced. El ermitaño á todo comenzó á dar cabezadas y bostezar muy á menudo, como hombre que está de mala gana en locutorio de monjas, porque despues de la comida todo habia sido hablar al son de las canales, que aunque pocas, con el ruido y fuerza del aire, hacian su figura de manera, que se echó de ver que habia música para toda la noche. Cenamos lo que tenia el buen hombre, que por poco que fué, ayudó para reposar y darle al sueño bastante lugar, no solamente para hacer la digestion, pero para soñar disparates, conforme á lo que se habia cenado, y al tiempo borrascoso que hacia, que realmente, aunque más anden desvaneciéndose y buscando interpretaciones de los sueños algunos amigos de adivinacion, ellos andan conforme á los tiempos y á los mantenimientos, y obedeciendo al humor predominante, que es lo más ordinario; es grande ignorancia ponerse á interpretar lo que procede de humores calientes ó frios, húmedos ó secos. Y si alguna cosa sucediere, que sea verdad en los sueños, ó será acaso ó representacion de Ángeles buenos ó malos; y no hay para que divertirnos en probar la verdad de esto, que tan manifiesta y clara la conocemos.
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RELACION SEGUNDA
DE LA VIDA DEL ESCUDERO
MARCOS DE OBREGON.
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Aunque amanecia el dia con acabarse la furia del agua, que toda la noche habia combatido la ermita ó humilladero, era tanta la abundancia que el rio habia recogido, que sobrepujando la puente, ni de la una parte ni de la otra se podia pasar, ni pasaron, hasta que se fué avadando el dia siguiente. Yo quisiera irme, por parecerme que ya el ermitaño estaba harto de oirme hablar relaciones de mi vida; y como yo naturalmente, ni soy inclinado á hablar, ni oir hablar mucho, parecióme que el demasiado sueño del ermitaño nacia del enfado de oirme: y como los habladores, gente sin memoria de lo que está por venir, son para mí tan odiosos, no queria caer en la culpa que reprehendo, que los que tienen esta falta, aunque por sobra de palabras sin sustancia, son ordinariamente cizañeros, congraciadores, chismosos, que á trueque ó fin de hablar no reparan en falso ó verdadero, ni saben distinguir la mentira de la verdad, y de la misma manera que lo dicen lo desdicen; amigos de averiguar un chisme, y de traer y de llevar adelante su opinion, soldando un yerro con otros ciento, y el menor daño que hacen es ser grandes aduladores: no se asientan ni reposan en cosa con la facilidad que proceden, ni temen caer en falta, ni cobrar mala opinion, que realmente he visto que á este vicio le siguen otros muy peores. Huyendo yo de no caer en fama de hablador me quise despedir del ermitaño, si bien el tiempo aun no daba lugar para ello; pero él me porfió que no le dejase solo, por una grande melancolía que le habia dado un sueño aquella noche, que afirmativamente decia: que estando más dispierto que dormido, le habia hablado un muerto, en cuya muerte se habia hallado en Italia. Reíme, y lo mejor que pude procuré deshacerle aquella imaginacion. Preguntóme de qué me reia. Ríome, respondí, de que la aprehension de los sueños sea tan poderosa con algunas personas, que les parece que es verdad lo que sueñan, cosa tan reprobada por el mismo Dios en muchos lugares del Testamento viejo, y recibido en el nuevo, siendo todo vanidad del celebro, y ahora de la melancolía que ha causado la esperanza del tiempo; que junta con el poco y no buen mantenimiento, causara ese efecto y otros más ridículos. Digo, respondió el ermitaño, que aun ahora me parece que le tengo presente. Reíme mucho más que antes; replicóme: ¿Luego no suelen venir los muertos á hablar con los vivos? No por cierto, respondí yo, sino cuando por algun negocio de mucha importancia les da Dios licencia para ello, como en aquel caso tan estupendo y digno de saberse que le pasó al Marqués de las Navas, que habló con un muerto á quien él habia quitado la vida; pero vino á cosas que le importaban para la quietud y reposo de su alma. Es caso que todos los que vemos en los libros antiguos no tienen tan asentada verdad como este, reservando aquellos de que las divinas letras hacen mencion, porque pasó en nuestros dias, y á un tan gran caballero, y tan amigo de verdad, y en presencia de testigos, que hay algunos vivos ahora, que ni á él, ni á ellos, aun siendo verdad, les importa nada confesarlo. ¿Á cuál Marqués? preguntó el ermitaño. Al que es ahora vivo, respondí yo, D. Pedro de Ávila. Si no se cansa vuesa merced, dijo el buen hombre, y aunque se canse, cuéntelo cómo pasó, que cosa tan espantosa y de nuestros dias es bien que todos lo sepan. Bien divulgada está, dije yo; pero por que no se quede en el sepulcro con el muerto es bien decirla, y hacer particular memoria de cosa que tanta apariencia tiene de verdad; y no me afirmára en ella, si no la hubiera oido de la boca de un tan gran caballero como el mismo Marqués, y á su hermano el señor D. Enrique de Guzman, Marqués de Pobar, gentil hombre de la Cámara del potentísimo Rey D. Felipe III de las Españas, en cuyo palacio nunca ha hallado lugar la adulacion ni mentira. El caso fué de esta manera:
Estando el Marqués preso por mandado de su Rey en San Martin de Madrid, monasterio de la Orden de San Benito, y visitándole sus amigos grandes caballeros, muchas veces ó siempre se quedaban de noche acompañándole, particularmente el Sr. D. Enrique, Marqués de Pobar, su hermano, y el Sr. D. Felipe de Córdoba, hijo del Sr. D. Diego de Córdoba, Caballerizo mayor de Felipe II, y una noche, entre muchas, dióles gana de irse á pasear al Marqués y á D. Felipe: fueron hácia el barrio de Lavapiés, y estando hablando por una ventana, dijo el Marqués: Esperadme aquí, que voy á aquella callejuela á cierta necesidad natural; halló en ella dos hombres en las dos esquinas, que no le dejaron pasar. El Marqués dijo: Vuesas mercedes sepan que voy con esta necesidad, y fué á pasar contra su gusto. Arrojóle uno de ellos una estocada, y el Marqués otra á él propio; cada uno pensó que dejaba muerto al otro. Con el mismo movimiento que le sacó el Marqués la espada, que tenia la guarnicion en el pecho, le dió al otro una cuchillada, con que le abrió la cabeza. Quedáronse los dos que no pudieron moverse; el de la estocada muerto, aunque en pié, el de la herida fuera de sí. Fuése el Marqués y llamó á D. Felipe, y fuéronse á San Martin. Estando allá, pareciéndole que dormir sin averiguar bien lo que habia pasado era yerro, contóselo, y los dos determinaron de ir. Fué el Marqués con ellos, que no quiso que fuesen sin él, y hallaron alborotado el barrio, diciendo que habian muerto allí dos hombres. Volviéronse sin hallar en el sitio donde habia pasado otra cosa sino dos lienzos ensangrentados. El que habia quedado con la herida fuése á Toledo, y desde allí envió á saber si el Marqués era muerto, que lo habia conocido cuando le dió la estocada, y curándose lo mejor que pudo, vino á morir de la herida: hizo testamento antes, y como supo que el Marqués no habia recibido daño, porque la estocada habia sido al soslayo, dejólo por su testamentario. Supo el Marqués esto por relacion de un Religioso que se lo vino á decir quién era el que lo dejaba por testamentario. Dentro de cinco ó seis dias, despues de muerto este hombre, estando el Marqués acostado en su cama, y D. Enrique su hermano, y D. Felipe de Córdoba en el mismo aposento en otra cama, cerrada la puerta para dormir, llegaron y le quitaron la ropa de la misma cama. El Marqués dijo: Quitaos allá, D. Enrique, y respondió la persona que era con una voz ronca y llena de horror: No es D. Enrique. Escandalizado el Marqués se levantó muy de priesa, y desenvainando la espada que tenia á la cabecera, tiró tantas cuchilladas, que preguntó D. Felipe: ¿Qué era aquello? El Marqués mi hermano es, respondió D. Enrique, que anda á cuchilladas con un muerto. Él dió cuantas pudo, hasta que se cansó, sin topar en cosa, sino algunas en las paredes.
Abrió la puerta, y tornó á verlo fuera, y con la misma priesa fué dando cuchilladas, hasta que llegó á un rincon donde habia oscuridad, y entonces dijo la sombra: Basta, señor Marqués, basta, y véngase conmigo, que le tengo que decir. El Marqués le siguió, y á él los dos caballeros, su hermano, y D. Felipe. Bajóle abajo, y diciendo el Marqués qué le queria, respondió, que mandase los dejasen solos, que no podia hablar delante de testigos. Él, aunque de mala gana, les dijo que se quedasen; mas ellos no quisieron. Al fin la sombra se entró en cierta bóveda donde habia huesos de muertos: entró el Marqués tras de ella, y en pisando los huesos le fué discurriendo por los suyos tan grande temor, que le fué forzoso salir fuera á respirar y cobrar aliento, lo cual hizo por tres veces. Lo que le queria, y pudo el Marqués con la turbacion percibir, era que en pago de la muerte que le habia dado, le hiciese aquel bien de cumplir lo que en su testamento dejaba, que era una restitucion, y poner una hija suya en estado. Hubo en esto dares y tomares entre el Marqués y la sombra, segun dijeron los testigos. Y confiesa el Marqués, que siendo tan hermoso de rostro, blanco y rojo, como sus hermanos, desde esta noche quedó como está ahora, sin ningun color y quebrantado el mismo rostro. Dice que le vino á hablar otras veces, y que antes que le viese le daba un frio y temblor, que no podia sustentarse. Al fin cumplió lo que le pidió, y nunca más le apareció. Si fué el mismo espíritu suyo, ó del ángel de su guarda, ó ángel bueno ó malo, dispútenlo los señores teólogos, que para mí bástame el haberlo oido de la boca de un tan gran caballero como el Marqués y D. Enrique su hermano, para tener el caso por más cierto; y que por cosas tan particulares, que importan la salvacion de un alma, suele el Señor del cielo y tierra dar licencia para semejantes negocios, que no son estas de las cosas que algunos autores gentiles dicen, de llamar las almas para hacerles preguntas, como hacia Empedocles y Apion Gramático, que llamó la sombra de Homero, y no osó decir lo que habia respondido, que estas eran artes de la necromancia, de que dice Ciceron, que fingian cuerpos de aquellos que ya estaban quemados, y les daban alguna forma ó figura; porque el espíritu por sí era incapaz de ser visto, que todas eran artes del demonio, y acudia á lo que le pedian como poderoso, permitiéndoselo Dios, que sin esta permision no podia hacerlo. Y que el venir de las almas de los muertos con dispensacion de Dios, no se puede negar haber sucedido algunas veces; no porque anden vagando por el mundo, que sus lugares tienen señalados, ó en el cielo ó en el infierno, ó en el purgatorio. Y si he sido prolijo en este cuento contra mi condicion y estilo, es porque cosas tan graves se han de decir con la sencillez y llaneza con que pasaron, sin dorarlo ni desdorarlo. Admiracion me ha puesto el caso, dijo el ermitaño, y estoy determinado de apartarme de soledad, que aunque he pasado algun tiempo en ella, no he visto cosa que me perturbe, y aun con todo eso me he retirado de la soledad hácia el poblado, por los temores que pasaba entre los altos riscos de Sierra-Morena: pero dejemos ya esta materia, y volvamos á proseguir lo comenzado; que con la dulzura del estilo y gracia del contarlo, se olvidará la melancolía del sueño y de la verdad referida. Luego se fué á Sevilla, donde ahora vive muy recogido.
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DESCANSO I.
Tornando de nuevo á coser ó á anudar la conversacion pasada, sentámonos al brasero, prosiguiendo mi comenzada relacion, porque el ermitaño, hombre de muy buen discurso, me importunó de manera, que se echó de ver que gustaba mucho de oir los trances de mi vida, y mostrando mucha atencion, que es lo que da nuevo ánimo á las conversaciones, proseguí lo que la noche antes habia dejado por el sueño del ermitaño, y comencélo de muy buena gana, porque de la misma manera que quita el gusto de hablar la descortesía de que algunos ignorantes usan, en atajar lo que un hombre va diciendo, por encajar un disparate que se les ofrece fuera de propósito, así la atencion da fuerzas y espíritu al que habla para no cesar en su materia; yerro en que he visto caer á muchas personas, muy reprehensible en quien le tiene, porque arguye poco gusto ó mal entendimiento. El que no quiere oir lo que otro habla, bien puede apartarse y dar lugar á que oiga quien tiene gusto; que hay algunos de tan estraordinaria condicion y natural, que, ó por deslucir lo que otro habla, ó por no entenderlo, que es lo más cierto, procuran atajarlo con poca razon y menos cortesía. El premio del que dice bien, es la atencion que se le presta, y aunque no sea muy limado, es gran descortesía no dar aplauso á lo que dice, que al fin procura que parezca bien, y dice lo mejor que puede y sabe. Hay un género de gentes que hablan con intercadencia, careciendo de hebra y caudal para la materia que se trata: que despues de haberles respondido, aunque se haya mudado el primer motivo, acuden con lo que se les ofrece fuera de la intencion que se lleva: este es un disparate y una inadvertencia que hace muy odioso al que la usa, y de quien se debe huir la conversacion, porque son estorbo al que habla y á los que oyen: y cuando va con malicia de desdorar al que dice, que todo esto puede la envidia, es una malicia sin disculpa y merecedora de cualquier mala correspondencia, que no se halla sino en hombres de poca substancia, así en ingenio, como en letras. Y estiéndese á tanto, que aun en los libros que se imprimen, no rehuye la infame y mal nacida envidia, de usar de libertades muy conocidas. Los libros que se han de dar á la estampa, han de llevar doctrina y gusto que enseñen y deleiten, y los que no tienen talento para esto, ya que no lo alcanzan, no se deslicen á echar pullas, con ofensa de los hombres de opinion, ó no escriban; que no ha de ser todo danza de espadas, que despues de hechas no queda fruto ni memoria de cosa que se pegue al alma. Han de llevar los libros que se dan á la estampa, mucha pureza y castidad de lenguaje; pureza en la eleccion de las palabras, y honestidad de conceptos, y castidad en no mezclar bastardías que salen de la materia, como maledicencias ó desestimacion de lo que otros hacen, especialmente cuando son contra quien sabe decir, y sabe qué decir; y tan mal dichas, que van señalando con el dedo, con que descubren su ignorancia, y desacreditan sus escritos, y manifiestan su envidia, y declaran su malicia. Tornando á la materia del hablar, digo que en las conversaciones háse de dar lugar á que hable el que habla, y él ha de ser tan remirado, que no se derrame, ni divierta, ni quiera hablárselo todo, que ha de dar lugar á la respuesta. Yo, como iba historiando mi vida, no advertí que podria el ermitaño cansarse de oirme hablar tan diversamente: pero sucedióme bien, que no solamente no se cansó, pero tornó á importunarme que prosiguiese en mi principal intento, que para eso me lo habia rogado al principio, y tornando á hablar con él, proseguí diciendo.
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DESCANSO II.