Vida del escudero Marcos de Obregón
Part 19
Salí de Vizcaya, echándola mil bendiciones, lo más presto que pude por llegar á Vitoria, donde hallé un gran caballero amigo mio que se llamaba D. Felipe Lezcano, y él me hospedó y regaló de manera que pude repararme del trabajo pasado: y por no dejar de verlo todo fuí de allí á Navarra, siendo Condestable de ella un hijo del gran Duque de Alba D. Fernando de Toledo; pero con gran cuidado de no arrojarme á cosa que no fuese muy bien pensada; porque como en cada reino, ciudad y pueblo hay diversas costumbres, el que no las sabe, con vivir bien y quietamente cumple con la obligacion natural; y con aquel primer documento que me dió la afliccion del molino, procuré valerme siempre, si no era cuando me olvidaba de él, que como mozo tropezaba de cuando en cuando, principalmente en aquellas cosas que sola la edad puede madurar. Cuanto más que, es tan poderoso el hacer costumbre en las cosas, que ellas mismas se facilitan con el uso: y cuando no repugnan á la razon, no se han de dejar si no pide otra cosa la fuerza. Al fin me valí por Navarra y Aragon de manera que adquirí muchos amigos. Y en llegando á Zaragoza, ciudad y cabeza del antiguo reino de Aragon, que entonces no tenia tan buena fama como mereciera, hallé tantos amigos, y tan buenos, que más parecí natural que forastero en el amor que me tenian; pero yo fuí siempre con cuidado de no mirar á ventana, que son celosísimos los de aquel reino, ni tomar pesadumbre con nadie, ni asir de palabras de poca importancia, que es de donde se traban las enemistades y ódios. Honróme en su casa por el tiempo que allí estuve un gran Príncipe muy amigo de música, y de todos actos de ingenio y virtud, honrándome y acudiéndome á las necesidades de naturaleza; y fué tanto el favor que me hizo, que me divertí más de lo que fuera razon, en juegos, que hasta entonces no habia dado en ellos, que fué bastante para distraerme, y dar en aquel vicio que me trajo más inquieto. Que como en palacio la ociosidad es tanta, y el ejercicio en letras y uso de las ciencias tan poco favorecido, dí en lo que todos daban. Vicio contra caridad, lleno de ira insolente en el que gana, y de humildad forzosa en el que pierde, y que arrastra de manera á quien lo sigue, que no le deja voluntad para otra cosa. Cuál antepone el juego á la honra; cuál deja mujer é hijos perecer de hambre, y estos son daños muy ordinarios; que hay muchos que ni se pueden ni se sufren decir. Un hidalgo de muy buen entendimiento se vió tan lleno de trampas por el juego, y tan sujeto á la costumbre, y convertido ya el uso en naturaleza, que reprehendiéndole su misma madre, y rogándole que dejase el juego, y ella le alargaria toda su hacienda, que no era poca, respondió, que estaba como hombre que tiene atravesada una daga, que vive mientras la tiene, y en sacándola muere, y que en quitándole el juego se habia de morir. Pero es tanta la golosina del que gana, y tan grande la desesperacion del que pierde, que ni el uno reposa hasta perderse, ni el otro vive hasta desquitarse. El uno se inquieta con la ganancia, el otro se ahoga con la esperanza de ganar, y ambos fácilmente mudan de estado; pero no duran en él de costumbre, ni se puede creer el ódio infernal que tiene el que pierde con el que le gana, aunque más y más disimule, que parece que en aquel punto le falta el conocimiento de la primera causa, nacido de no poderse vengar de su enemigo: quien quisiere meter cizaña entre dos grandes amigos, haga que jueguen el uno contra el otro, que no há menester más fuerza el diablo para hacerles grandes enemigos; tal es la fuerza del ódio que se cobra en el juego: ¡qué de muertes infames hechas con supercherías y traiciones, robos y mentiras nacen del juego! No quiero que se me representen las cosas que he visto suceder en el juego y por el juego; sólo quiero decir, que es tan poderoso que un hombre que trata de recogimiento, ó por escribir, ó por leer, ó por otros actos de virtud, si juega una vez y pierde, há menester ayuda del cielo para tornar á añudar el hilo por donde lo habia quebrado. Yo me divertí en esta materia, y la dí á entender á amigos que trataban este infame ejercicio, con uno de los cuales me pasó una cosa muy vergonzosa para mí, y de risa para quien lo supo. Fué, que una noche me pidió que le acompañase porque iba á hablar con cierta persona, y quiso llevarme para que le guardase la suya. Yo me puse como de noche con una espada y broquel, unos calzones ó zaragüelles de lienzo, un capotillo de dos faldas, y otras cosas de disfraz, con que fuimos adonde me llevó, que era una casa donde habia un poyo á la puerta. Dió las once el reloj, y despues las doce, que era la hora que tenia aplazada, y díjome que lo esperase sentado en aquel poyo, que luego saldria. Sentéme bien rellanado, y musitando entre dientes comencé á entretener el sueño lo mejor que podia, que ya era hora de ello. El dia siguiente era dia solemnísimo de los Apóstoles: oí las dos y luego las tres, que el buen hombre no podia salir, porque hubo estorbo para ello; yo me caia de sueño; dí en pasearme y en rezar, entendiendo que aprovecharia para no dormirme, siendo cosa que más concilia el sueño de cuantas hay en el mundo. Torné á sentarme, porque me cansaba de tanto pasear, y como habia digerido ya la cena gran rato habia, por más que me refregaba los ojos con saliva, no pude valerme hasta que no sé cómo ni de qué manera, sin querer, me quedé dormido sobre el poyo, adonde estuve, hasta que tañendo á Misa mayor el dia siguiente, con el ruido de las campanas de la fiesta y de la mucha gente, pasando unas señoras por allí, dijeron: ¡Qué bien lo ronca el cochino! y mandaron á un escudero que me despertase. Despertóme, y alzando los ojos con un gran bostezo ví el sol en medio de la calle, y oyendo la armonía de las campanas, arrebocéme un capotillo que llevaba, y dí á correr no hácia mi posada, sino hácia la placeta de Médicis, siguiéndome más de trescientos perros; y á la vuelta de una esquina topé con un ciego que llevaba una docena de huevos en el seno, y al mismo compás que le topé volvió el báculo, y alcanzóme en el hombro izquierdo, y como le destilaba lo amarillo de la tortilla, decian que le habia quebrado la hiel en el cuerpo, y ya que con mi huida llegaba cerca de la casa donde me habia de acoger, con la priesa que llevaba y la que me daban los perros tropecé, y tendíme á la puerta de esta señora, tan buena de nacimiento, que habiéndole yo enviado dos perdices para que se regalase con ellas, las echó en una necesaria, porque venian lardeadas con tocino.
Parece que con estas menudencias se desautoriza la intencion que se lleva en este discurso; pero mirando bien, para eso mismo lleva mucha substancia, que aquí no se escriben hazañas de príncipes y generales valerosos, sino la vida de un pobre escudero que ha de pasar por estas cosas y otras semejantes, y por reprehender una inadvertencia tan grande como la que hizo aquel amigo y la que hice yo. Llevar compañía de noche quien va á cosa hecha, téngolo por yerro; porque si va adonde no tiene peligro, no há menester llevar testigo de sus mocedades; y si va con sospecha de algun peligro, claro está que no ha de querer infamar una casa, y por fuerza se ha de retirar; y para huir más desembarazado, mejor va solo que acompañado, porque al fin no lleva consigo quien diga que huyó. Y aunque es lo más sano y seguro no hacerlo, si se hiciere sea á solas, no acompañado, porque las amistades de hombre se acaban, y luego se revelan los secretos. Pues la fineza que yo usé en esperarle y guardarle el cuerpo, ¿quién dirá que no fué disparate? Pasaban dos horas, y acercándose el dia, ¿qué necesidad tenia yo de ponerme á padecer tormento de sueño? ¿Qué fortaleza de Rey me habia mandado que guardase, sino la que era de un hombre perdido, para ponerme á peligro, demás de la vergüenza que pasé? Cuando se ha de poner un hombre á tan grandes riesgos, ha de ser por conocer un evidente peligro en alguna persona de vida ó de honra, ó por obedecer el mandamiento de algun gran príncipe ó república. Pero que me ponga yo á los sucesos de fortuna por quien está muy contento, sin tener más cuidado de mi cuerpo que de su alma, téngolo por fineza impertinente. ¿Qué honra ó hacienda perdiera yo cuando me fuera á tomar el reposo y descanso que naturaleza pide para su conservacion? Si me culpára en haberlo dejado, le preguntára yo si lo dejaba en alguna mazmorra, de donde lo podia sacar con la mano, ó si me dejó él á mí en mi lecho reposado, ó si quedaba entre enemigos de la fé, como quedaba entre enemigos de guardarla. Siempre oí decir que el que fuere compañero en los trabajos tambien lo ha de ser en los gustos; pero aquí la parte del trabajo era para mí, y la del gusto para él. La conclusion es, que tengo por yerro llevar compañía en semejantes jornadas, y por mucho mayor acompañar á nadie en ellas, que si llama la compañía por pusilánime, lleva la vida jugada el que le acompaña, porque á la primera ocasion huye, y lo deja en manos de enemigos que él no tenia ni temia. Y mire cada uno, si le sucediere, que es participante del daño que el otro hiciere en ofensa ajena. Yo me reparé de vestido y de sueño, aunque habia dormido lo bastante para un hombre de bien, en aquella misma casa donde llegué, y á donde hallé un vecino suyo muy lleno de melancolía, y tanta, que me vió dar con mi persona en el suelo, con la espada á una parte y el broquel á otra; no conocí en él accidente de risa, como en cuantos me vieron caer, que una caida es ocasionada para mucho disgusto de quien la da, y mucha risa de quien la ve. Con todo se llegó este buen hombre estando ya puesto de rua en casa de aquella mujer, amiga del tocino; y pareciéndole que yo estaba disgustado, llegó como á consolarse conmigo, diciéndome que todos los hombres del mundo padecen trabajos, y que él estaba tan dentro de ellos como todos cuantos vivian en él. Yo le pregunté, qué eran sus males que tan triste lo traian, porque siempre he sido compasivo; y él me respondió en una palabra: Zelos. ¿Ese mal tiene? le dije yo; no quiero preguntarle si son averiguados, ó si es sospecha; pero quiero decirle que es enfermedad de mozos de poca experiencia, que si la tuviesen, sabrian que los mismos tienen unos de los otros. Y si advirtiesen que el otro de quien yo los tengo anda rabiando de ellos por mí, consolaríame con su daño y con verle padecer, y consumirse con un perpétuo desasosiego. ¿Qué mayor consuelo puedo tener yo que ver á mis enemigos padecer, y reirme de ellos? Porque pensar que una mujer divertida en estos tratos se ha de contentar con lo que uno le da, es pensar que un fullero ha de andar bien puesto con sola la ganancia que hace á un cuitado. Los zelos tienen al diablo en el cuerpo del que los tiene, y parece que lo trae consigo, pues á nadie hacen mal sino á quien los mantiene, y cuanto más se callan más crecen. Su remedio está en tan ruin fundamento, que con averiguar la verdad, ó se mueren, ó se halla ocasion para perderlos, poco á poco, apartándose de quien los causa. Yo aseguro que son más de cuatro los zelosos, sin saber unos de otros en esa misma ocasion, y crea que se usa esto. Si son zelos de la mujer propia, es agravio que se le hace, que la más baja mujer del mundo estima en más la sombra de su marido que á todo lo restante de él.
Un príncipe de esta ciudad dijo muy bien quién son los zelos, y materia tan odiosa no se ha de traer á la memoria, sino consolarse con lo que tengo dicho de ver que padecen por mí lo que yo padezco por otros: que han venido las mujeres á tan infeliz estado, que han privado á su misma naturaleza del gusto que ella les concedió, porque lo han puesto en solo hurtar y robar las haciendas, fingiendo querer á los que desean desollar, por solo igualarse en galas á las que de su nacimiento por herencia de patrimonio nacieron nobles y honradas, ricas y principales, que les parece no ha de haber diferencia y desigualdad en la tierra de mujeres á mujeres, como en el cielo la hay de ángeles á ángeles. He mezclado de esta materia con esotra, porque de la perdicion de esto viene la comunicacion de muchos, para que todos anden zelosos: y con tener cada una su docena de ángeles de guarda, pasan por moneda corriente y honrada. Despedí al buen hombre algo consolado, y fuíme á mi posada, y dentro de pocos dias me fuí á Valladolid, despues de haber visto á Búrgos y toda la Rioja. Provincia fértil, de bonísimo temperamento, y que parece en algo al Andalucía.
[Ilustración]
[Ilustración]
DESCANSO XXIII.
En Valladolid serví al Conde de Lemos, D. Pedro de Castro, el de la gran fuerza, caballero de excelentísimo gusto y bondad muy suya, sin la heredada que era y es, cuando menos, descendiente de la sangre de los Jueces de Castilla, Nuño Rasura y Lain Calvo, junta con la de los Reyes de Portugal. Entré en su gracia, é hice muy poco, porque tenia el Conde un pechazo tan generoso, manso y apacible, que con poca diligencia se entraba en las entrañas de quien le queria. Con todo no me hallé muy bien á los principios, porque me faltaba lo que es menester para servir en palacio, que es decir con gracia una lisonja, salpimentar una mentira, traer con blandura y artificio un servil chisme, fingir amistades, disimular ódios, que caben mal estas cosas en los pechos ingénuos y libres. Dejo aparte el rigor y magestad de los porteros, que ordinariamente tienen una gravedad más seca que sus personas, y ellos lo son tanto como sus palabras.
Aunque eché de ver, que lo que más importa es, que en presencia del señor el criado tenga el rostro alegre, y en las cosas que le mandan, y aunque no se las manden, será menester ser diligente y solícito, y cumplir cada uno puntualmente con su ministerio. En lo primero, que es traer el rostro alegre, mal lo puede hacer un melancólico; pero para esto hay un remedio, que es no ponerse delante del señor, sino cuando estuviere el criado de buen humor: que la alegría de los criados, fuera de hacer su negocio, ayuda á vivir al señor, y si no la muestra, piensa que está disgustado en su servicio, y así durará poco con él. Aunque este príncipe mostraba tan buen pecho con sus criados, que él mismo los obligaba á andar muy contentos, y servirle con muy apacible semblante: porque haciendo todo lo que podia tenia obligacion de hacer, los honraba donde quiera que se hallaba. Y siempre en esta antiquísima casa han llevado y llevan esta grandeza de ánimo y cortesía, como se ha parecido y parece en el que ahora lo posee D. Pedro de Castro, que desde niño tierno descubrió tanta excelencia de ingenio y valor, acompañado de ingénuas virtudes, que habiéndolo puesto su Rey en los más preeminentes oficios y cargos que provee la monarquía de España, ha sacado milagroso fruto á su reputacion, siendo muy grato á su Rey, muy amado de las gentes subordinadas á su gobierno, y muy loado de las naciones extranjeras. Estando en esta casa y en Valladolid, se descubrió aquel gran cometa, tantos años antes pronosticado por los grandes astrólogos, amenazando á la cabeza de Portugal. Hubo tan grandes juicios sobre ella, y algunos tan impertinentes, que dieron harto que reir, entre los cuales hubo uno que decia, que las cosas grandes habian de descrecer, y las pequeñas habian de crecer: llegó este juicio al de un hombrecico pequeño, que tambien en esto lo era, que estaba muy mal contento de verse con tan aparrada presencia, que trayendo unos pantuflos de cinco ó seis corchos, aun no podia lucir entre la gente. Andaba siempre pulido y bien puesto, enamorado y bien hablado, y aun hablador no sin afectacion. En las conversaciones procuraba, no que sus conceptos llegasen á igualarse con los otros, sino que sus hombros se ajustasen con los de la rueda, y como no podia ser, pensando que era la culpa de las agujetas, meneaba un lado y otro, hasta que crujian todas. Pues como llegó á su noticia la interpretacion del cometa, que las cosas pequeñas han de crecer, se le encajó que se decia por él. Que fácilmente nos persuadimos á creer lo que deseamos, aunque sea tan gran disparate como este. Dijéronle que yo era nigromántico, y que si yo queria, podia hacerle dos ó tres dedos ó más; pero que habia de ser muy secreto, porque no se supiese que yo sabia tal arte diabólica. Pasando por la plaza, haciendo mil escuderajes con los demás gentiles-hombres de casa, me señalaron con el dedo, para que me conociese. Sin haberme avisado los que le tornaban loco, se llegó á mí con una retórica bien pensada, ofreciéndome amistad y hacienda y favor para toda la vida, y el fin de todo fué decir: Ya vuesa merced ve el agravio que naturaleza hizo á un hombre de mis partes, en dar á tan altos pensamientos tan pequeño cuerpo: yo sé que si vuesa merced quiere, puede suplir esta falta, con que tendrá un esclavo para siempre jamás. Eso, dije yo, solo Dios puede hacerlo, que es superior á la naturaleza, y si vuesa merced quiere crecer por los piés, póngase más corchos de los que trae; y si del pecho arriba, con ahorcarlo, crecerá tres ó cuatro dedos. Oh señor, dijo él, ya venia informado que vuesa merced no me habia de negar este bien, por amor de mí que se disponga á ello, y en lo demás corte por donde quisiere. Veíalo tan rematado en su disparate, que lo hube de reducir á la obra de naturaleza, diciéndole: Señor, vos vais tras de un imposible, que no solamente no es hacedero, pero os tendrán por loco cuantos supieren que dais en ese error. Las obras de naturaleza son tan consumadas, que no sufren enmienda: nada hace en vano, todo va fundado en razon, ni hay supérfluo en ella, ni falta en lo necesario; es naturaleza como un juez, que despues que ha dado la sentencia, no puede alterarla, ni mudarla, ni es señor ya de aquel caso, sino es que apelen para otro superior.
En formando naturaleza sus obras con las calidades que les da, ya no es señora de la obra que hizo, sino que Dios, como superior, quiera mudarlas; si hace grande, grande se ha de quedar; si chico, chico se ha de quedar; si mónstruo, así ha de permanecer. Ni hay para qué cansarse nadie pensando imposibles. Á esto replicó diciendo: ¿Pues no es más dificultoso hacerse un hombre invisible, y hay quien lo hace? No es, dije yo, sino facilísimo, que con ponerse un hombre detrás de una tapia, queda invisible, ó encubriéndose con una nube. Y vos os hareis invisible con solo poner delante de vos un mosquito. Gentil consuelo, dijo, he hallado, en quien pensé tener todo lo que he deseado toda mi vida. ¿Qué consuelo ha de hallar, dije, quien quiere ir contra las obras de la misma naturaleza, que es la que nos representa la voluntad del primer movedor y autor de todas las cosas? Que aunque crió á todos los hombres iguales, no fué en los actos exteriores, sino en la razon del alma. Y esta es la que hace al hombre superior á todos los demás animales, que no el ser grande ó pequeño. Si naturaleza os hubiera criado desigual de miembros, como habiéndoos dado esa de gozque, tener unos brazos de jigante, ó en esa carilla de mandrágora os hubiera puesto unas narices trastuladas, pudiérades os quejar, pero no enmendar. Mas al fin, si sois pequeño, sois tan bien hecho y tan igual de miembros, como que teneis las orejas mayores que los piés: y quien tiene andada la mitad para una de las más importantes virtudes que resplandecen en los hombres, ¿por qué ha buscar quien le haga crecer? ¿Qué virtud? preguntó él. La humildad, respondí yo, que para alcanzar tan divina virtud, teneis andada la parte del cuerpo, que parece que estais siempre de rodillas, y con humillar el ánimo, la tendreis alcanzada toda. Si naciérades en tiempo de los gentiles, que se usaban transformaciones, la naturaleza enojada con vos, por no contentaros con ella, y por soberbia, os hubiera transformado en renacuajo, por humillar la soberbia del ánimo, y cercenar la cantidad del cuerpo. Á todo cuanto le dije calló, y dijo por último: Aténgome á la significacion de la cometa, que dice, que los pequeños han de crecer, y los grandes han de disminuirse; pero ya que vuesa merced se ha holgado dándome matraca, obligacion tiene de ponerme en estado, que no me la den otros: que quien sabe decir lo uno, sabrá hacer lo otro, y eso de ser humilde, guárdelo para sí, que yo tengo porque estimarme en mucho, que soy hijodalgo de parte de mi abuela, que antes que se casase con mi abuelo, habia sido casada con un hidalgo muy honrado, y tiene hoy la ejecutoria de él guardada y á buen recaudo. ¿De suerte, dije yo, que de ahí os viene la vanidad, y no querer ser humilde? Sereis como los que lucen y se arreglan con hacienda ajena. Ahora digo que no me espanto que seas soberbio, teniendo mucha razon de ser humilde, y rendiros á la humildad, virtud que jamás tuvo émulos ni envidiosos: que todas las partes que adornan á un hombre, padecen esta mala ventura, sino es la humildad y la pobreza, tan aborrecida de los hombres, y tan amada del Autor de la vida: pero si la humildad nace del conocimiento de sí propio, y esto os falta á vos, ¿por qué habeis de ser humilde? Yo no vine, me dijo, á oir virtudes, sino á probar encantamientos ó cosas sobrenaturales para conseguir mi intento. Fuése el buen hombre, y luego llegaron á mí cuatro amigos de buen gusto y no poca malicia, preguntando si habia venido á mis manos con aquella demanda: respondíles que sí, y que lo habia desengañado de aquel disparate y deslumbramiento tan grande. Por vida vuestra, dijeron, que le hagamos una burla, porque es tan gran loco, que se persuade á que pueda crecer y le sacaremos una muy gentil merienda riéndonos un rato á costa suya. Eso, respondí yo, no lo haré por todas las cosas del mundo, porque burlas de que puede resultar escándalo general y daño particular, ni son lícitas, ni se permite por camino alguno. Sabed, dijeron, que es la misma avaricia y miseria, y habemos dado en esto por hacerle gastar, que lo sentirá en el alma. Si esa condicion tiene, dije yo, no le sacarán de ella aunque le hagan llegar á la Giralda, que los avarientos y los borrachos nunca se ven hartos de lo que desean, ni apagan la sed que traen. Acuérdome que por hacerle gastar á un hombre ciertos maleantes, se pusieron á trechos, diciéndole que estaba enfermo, de suerte que cuando llegó al último ya lo estaba de veras, por el caso que habia hecho la imaginacion; y fué menester llevarle á su casa medio muerto, y de quererle hacer burla tan pesada, nació el arrepentimiento tardío para todos ellos y grave daño para el paciente. Y en este caso seria mayor, cuanto es más imposible la obra, que para persuadir una cosa tan contra la misma naturaleza, se han de hacer grandes embelecos, y no pueden ser sin grande daño del pobre raton, que ni ve su cuerpo ni conoce su ignorancia.