Vida del escudero Marcos de Obregón
Part 16
Amaneció el sol el dia siguiente con unos rayos entre verdes y cetrinos, señal de agua, y yo sin macho, ni esperanza de hallarlo. Fuíme al pueblo á las nueve, ó á las diez, y ví que unos gitanos estaban vendiendo un macho, muy hechas las crines y el trenzado de atrás, con su enjalma y demás aderezos, encareciendo la mansedumbre y el paso con mil embelecos de palabras. Hacia el gitano mil gerigonzas sobre el macho, de manera que tenia ya muchos golosos que le querian comprar. Lleguéme cerca, y ví que era del color del mio; pero desconocido en verlo tan manso, seguro, remozado de crines y cola. Ví que se dejaba tocar á todas las partes del cuerpo sin alterarse, y así no me atreví á pensar que pudiera ser el mio. Alzábanle los piés y manos, dándole palmadas en el pecho y en las ancas, estando él con mucha paciencia y mansedumbre: yo estaba desconfiado de que pudiera ser el mio, pero fuíme por un lado disimuladamente, y púseme delante de él, aunque detrás del gitano, y en viéndome amusgó las orejas, por el conocimiento, ó por el temor que me tenia. Espantéme de ver su tan súbita y no esperada mudanza, y ví que realmente era mi macho: mas no pude imaginar cómo le podia cobrar sin dar testigos ó evidencia de cómo era mio; y así no me arrojé á decir que era hurtado, y decia entre mí: ¿es posible que sean estos gitanos tan grandes embusteros que en menos de veinte y cuatro horas hayan hecho este macho de enjalma, y le hayan disfrazado de manera que me ha puesto en duda el conocimiento de él, y que lo hayan hecho más manso que una oveja, siendo peor que un tigre, y que no tenga yo modo para cobrarlo manifestando mi justicia? Pero detúveme un poco, y lleguéme con los demás á ver el macho, y alabándole, pregunté si era gallego. Respondió el gitano: Vuesa merced, ceñor, á fé que sabe mucho de bestiaz, y ha conocido bien la bondad de loz mejorez cuatro piéz que hay en toda Andalucía. No ez gallego, mi ceñor, cino de Illezcaz, que allí lo truqué por un cuartago cordovez, y aquí traigo el teztimonio. Será levantado, dije yo entre mí, y junto con esto lo mostró. Ofrecióseme traza para cobrarlo fácilmente, y lleguéme á un hidalgo, á quien ví que todos respetaban, que era de los antiguos criados de aquella casa, llamado Angulo, y le dije: Señor, este macho me han hurtado esos gitanos, y aunque trae enjalma, es de silla; y aunque parece que traen testimonio, es falso. Á lo cual me dijo el hidalgo: Mire, señor estudiante, que conocemos este gitano de mucho tiempo acá, y nos ha tratado siempre verdad. Pues ahora, respondí yo, no la trata, y haciendo vuesa merced las diligencias que yo le suplicaré, se verá con evidencia la verdad que tengo dicha; y vuesa merced está inclinado á comprarlo porque le parece manso, siendo peor que un demonio.
Pues ¿puede ser fingida, preguntó el hidalgo, aquella mansedumbre y bondad? Sí señor, respondí yo, porque lo han emborrachado; y no hay bestia tan feroz ni maliciosa que echándole de grado ó por fuerza una azumbre de vino en las tripas, no se amanse más que una oveja: y por esto haga vuesa merced lo que yo le suplicaré, y saldrá de este engaño, viendo que el macho es malicioso, y que es mio. Y lo primero digo á vuesa merced que se lo llegue á comprar, y dígale esto y esto, hablándole algo al oido, é informándole de todo lo conveniente. Fuése el hidalgo, despues de bien informado, al gitano, y mirando el macho, le dijo: Yo estoy muy contento de esta bestia, y la comprára si tuviera silla y freno, porque tengo de hacer un viaje muy largo. El gitano se holgó mucho de ello, y trajo la silla y el freno, diciendo que era el mejor caminador del mundo, y que por pensar que para el campo se venderia más presto, le habia puesto la enjalma. En viendo el hidalgo la silla y el freno, halló que conformaba con las señas que yo le habia dado, y haciendo lo que yo le habia dicho al oido, llevólo á su casa, asegurando á los gitanos que lo queria probar; y túvolo hasta tanto que se gastaron los humos del vino encerrado en su casa. Hecho esto llamó al gitano, y díjole que subiese en el macho y caminase un cuarto de hora fuera del pueblo. Subió, aunque era muy suelto, con mucha dificultad, por la poca seguridad del macho, que gastada la suavidad del vino, tornó á su ruin natural, y caminando como un viento, en saliendo de las casas, con la misma furia que llevaba dió consigo y con el gitano en tierra, y cogiéndole una pierna debajo, se revolcó de manera, que fué bien necesaria la ligereza del gitano para que no se la quebrase. Acudió aquel hidalgo desengañado ya de la bellaquería, y le dijo riéndose: ¿Qué desgracia es esta, Maldonado? Señor, dijo el gitano, como está holgado, y mal herrado, se echa con la carga. Y riéndose más el hidalgo, dijo: Pues alzadle los piés, veamos si há menester herradura. Alzóle un pié, y dióle una patada en el carrillo izquierdo, con que le dejó señalada la herradura y los clavos; díjole el hidalgo: Mal se conoce lo que no se ha criado, hermano Maldonado; si vos hubiérades tratado y conocido esta bestia, ni os engañárades, ni nos engañárades. En lo ajeno dura poco la posesion: íbades con aquel refran: quien no te conoce te compre. ¿Por qué pensábades que os preguntó el dueño si era gallego, sino porque como tal os habia de dar la coz que os dió? Vos queríades herrarlo; ¿mas él no os herró á vos? ¿cogistes ayer el macho, y queríades hoy venderlo? Huélgome de saber que tambien sois nigromántico, pues desde ayer habeis venido de Illescas. Señor, dijo el gitano, yo hice como gitano, y su merced ha de sufrir como caballero; bien eché de ver que este señor sabia de bestias. Descubierto el hurto con la evidencia posible, me dieron mi macho, y me avié camino de Málaga, pasando por Lucena, donde llegando un poco tarde, reposé y comí un bocado, y pensando llegar aquella noche á Benamejí, cuyo camino yo no sabia, partíme con la relacion que me dieron. Las leguas son más largas de lo que yo me pensaba; el camino estaba lleno de lodo, porque la noche antes habia llovido muy bien. Yo por priesa que me dí con mi macho, me anocheció una legua antes de llegar á un riachuelo que está entre Lucena y Benamejí. Halléme confuso, por ser la noche oscura, y caminar sin guia, sin encontrar á quien preguntar por el camino, que era domingo en la noche, cuando todos los labradores están en sus casas. Al fin poco á poco, muchas veces tropezando, y algunas cayendo, llegué al rio, y en pasando no hallé camino por la otra parte, por una costumbre que tienen los labradores en aquella tierra, que es para desviar los caminantes, para que no les entren por el sembrado, cavar por aquella parte por donde suelen hacer senda los caminantes. Salió del rio mi macho lo mejor que pudo, y echó á mano derecha por un cerro que tenia muchas sendas de ovejas, ó de cabras. Llegó á lo más alto que pudo, y estaba tan empinado el cerrillo, que en acabándose la senda ni pude ir adelante, ni volver atrás. Víme en un gran peligro, porque si queria bajar con el pié derecho, habia de rodar por la sierra abajo hasta llegar á un arroyo salado, donde cuando bien librára llegára la cabeza llena de chichones. Roguéle al macho con mucha humildad que me hiciese la merced de estarse quedo mientras bajaba al revés; pero al tiempo que le mandé que volviese por la sendilla que habia subido, él iba tan cansado que se echó, y echándose, como el cerro estaba tan empinado rodó hasta el arroyo salado; yo volví por la senda, hasta llegar al arroyo, y fuí á mi desdichado macho, y lo que pude, ayudéle á levantar, que estaba tan molido que fué menester animarle con sopa en vino, y llevándole del diestro lo más poco á poco que pude, fuí considerando que todo aquello me sucedia por no haber tenido respeto á la fiesta, caminando y haciendo el viaje que se pudiera hacer otro dia; que al fin como las fiestas son para dar gracias á Dios y no para hacer jornadas, no puede haber quietud para hablar con Dios despacio. Que trabajando en los dias que la Iglesia tiene dedicados para Dios, no solamente no aumenta el provecho, pero por mil caminos viene el daño, como me sucedió esta noche, que yendo con mi macho á mano izquierda por una ladera arriba, yendo yo por la parte de abajo por animarlo, deslizó, y cogióme debajo; aunque no fué mucho el daño, porque pude fácilmente salir, y dándole sopa en vino pudo subir hasta que descubrí en lo alto del cerro un cortijo, donde me llegué con toda la humildad del mundo; y aunque dí muchos golpes no me respondian, porque habia mucha gente, que se habia juntado allí aquella noche por ser dia de fiesta.
Al fin, dí tantos golpes, que me respondió un mozo, y diciéndole con la necesidad que venia, respondióme que me fuese en hora buena; y tornando á llamar, acudió el aperador del cortijo, que en todas sus acciones pareció ser muy hombre de bien, y abriéndome la puerta acudió á mi necesidad y al cansancio de mi macho, y díjome: Perdone vuesa merced, que por estar dando voces sobre una serilla de higos que estos mozos me habian hurtado, no pude responder tan presto. Pues si no es más de por eso, dije yo, no le dé pena, que yo le diré quién se la hurtó. Ángel será vuesa merced, respondió él, y no hombre, si me dice eso. Déjeme reposar, dije yo, y se lo diré. Descansé un rato, y mi macho cenó lo mejor que pudo; yo cené un muy gentil gazpacho, que cosa más sabrosa no he visto en mi vida, que tanto tienen las comidas de bueno, cuanto el estómago tiene de hambre y de necesidad. Fuera de que el aceite de aquella tierra y el vino y vinagre es de lo mejor que hay en toda la Europa. Habiendo cenado, y estando todos los mozos alrededor, le dije al aperador: Este dornajo en que habemos cenado ha de descubrir el hurto de los higos. Dijo uno entre dientes: aun seria el diablo la venida del estudiante. Pedíle al buen hombre un poco de aceite y almagre, y sin que los mozos lo viesen unté el suelo del dornajo con una mezcla que hice del aceite y almagre, y pedíle un cencerro de las vacas, y poniéndolo debajo del dornajo dije, con voz que lo oyeron todos, habiendo puesto el dornajo más adentro, donde estaba el pajar: Pasen todos uno á uno, y den una palmada en el suelo del dornajo, y en pasando el que hurtó los higos sonará el cencerro. Fueron todos uno á uno, y dió cada uno su palmada en la almagre, y no sonó el cencerro que es lo que todos esperaban. Llaméles á todos, y díjeles que abriesen las palmas de las manos, las cuales tenian todos enalmagradas, si no era él uno de ellos; y así les dije á todos: Este gentil hombre hurtó los higos, que porque el cencerro no sonase no osó poner la mano en el dornajo. Él se puso colorado como un escaramujo, y los demás estuvieron toda la noche reventando de risa y dándole matraca, y el aperador muy agradecido de haber hallado sus higos, y yo muy contento del buen acogimiento: y por el buen hospedaje dejéle dos cuchillos damasquinos, con que por poco le corta las orejas al ladron de los higos.
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DESCANSO XVII.
Habiendo descansado aquella noche lo que parecia que bastaba para los trabajos de mi macho, fuí á rogarle que se animase, y gruñendo alzó la pata, y al mismo tiempo díle un palo, con que se le acordó el trabajo pasado. Sosegóse luego, y echéle la silla; caminé á Benamejí, que estaba muy cerca, y aunque quise pasar sin que me viese pasar el señor Benamejí, el bellaco del macho se arrojó en su casa, y fué forzoso descansar allí un rato. Al fin, por abreviar el cuento, llegué á Málaga, ó por mejor decir, paréme á vista de ella en un alto que llaman la cuesta de Zambara. Fué tan grande el consuelo que recibí de la vista de ella, y la fragancia que traia el viento, regalándose por aquellas maravillosas huertas cubiertas de todas especies de naranjos y limoneros y llenas de azahar todo el año, que me pareció ver un pedazo de paraíso, porque no hay en toda la redondez de aquel horizonte cosa que no deleite los cinco sentidos. Los ojos se entretienen con la vista de mar y tierra, llena de tanta diversidad de árboles hermosísimos como se hallan en todas las partes que producen semejantes plantas; con la vista del sitio y edificios, así de casas particulares como de templos excelentísimos, especialmente la iglesia mayor, que no se conoce más alegre templo en todo lo descubierto. Á los oidos deleita con grande admiracion la abundancia de los pajarillos, que imitándose unos á otros, no cesan en todo el dia y la noche su dulcísima armonía, con un arte sin arte, que como no tienen consonancia ni disonancia, es una confusion dulcísima que mueve á contemplacion del universal Hacedor de todas las cosas. Los mantenimientos abundantes y substanciosos para el gusto y la salud. El de la gente muy apacible, afable y cortesano, y todo es de manera que se pudiera hacer un grande libro de las excelencias de Málaga, y no es mi intento reparar en esto. Negocié á lo que venia en aquella santa iglesia, de donde se pueden sacar muchos sugetos para obispos y oidores, y para gobernar el mundo, entre los cuales hallé un prebendado amigo mio, hombre bien nacido, de grandes y superiores partes, muy digno de estimarse, apasionado, porque sin razon le ofendian las ausencias, hombres que por ningun camino podian correr parejas con él. Que de la misma manera que la envidia no se halla ni se cria sino en pechos olvidados de la buena educacion y partes, así acomete siempre á los que las poseen, y resplandecen en actos de ciencia y virtud. Que les parece que reconocer superioridad y ventaja á quien se la tiene es perder el derecho que tienen á la descortesía, á quien se crian subordinados, por falta de buen entendimiento y sobra de mala voluntad. Quejábase que habiendo hecho grandes bienes á un hombre que siempre habia tenido pocos ó ningunos, y habiéndole librado de cosas de que él por ningun camino tuviera trazas ni modo para librarse, no solo no le agradecia, pero buscaba caminos por donde pudiese escurecer las buenas obras recibidas. Vílo con determinacion de volver la hoja, y vengarse de él por la mejor via que pudiese; pero atajéle con advertirle que arrepentirse del bien que habia hecho no cabe en ánimos nobles.
Pues hacer mal, dije, al quien hicistes bien, arguye poca firmeza y constancia en el valor del ánimo. Vengaros por tribunales es yerro notable, porque nunca las ofensas manchan, hasta que lleguen á tan miserable estado; especialmente que si vos me decís que es hombre desadornado de partes heredadas ó adquiridas, ¿qué agradecimiento os ha de tener á vos, si no agradece á Dios haberle puesto en el estado que no merecia, ni pensó merecer? Y pregúntoos, ¿quién hizo mal, él ó vos? Respondióme: Claro está que él. Pues enójese él, dije yo, que hizo tan gran maldad, como no agradecer; que vos que no hicisteis mal, no teneis de qué sentiros, sino de que estar muy contento. Y no querais desmerecer con Dios la buena obra que hicisteis. Consolóse de manera que si habia sido mi amigo hasta allí, por este consejo creció mucho más la amistad. Y realmente, la quietud del ánimo no admite alteraciones advenedizas de pechos, é intenciones, en quien se asienta mal la paz y tranquilidad del alma. Hánse de huir semejantes recuentros, por el mejor medio que fuere posible; y si es forzosa la comunicacion, como sucede en comunidades, usar de ella en solo aquello que no puede escusarse, llevando siempre por guia la justicia y la verdad, de manera, que los que viven con cuidado de hallar en qué tropezar, se corran y confundan; y cuando no sucediere como se desea y como seria razon, á lo menos quedará muy seguro en su conciencia y desapasionado quien así lo hubiere hecho. Que el hombre constante, y de ánimo quieto, á sí propio se ha de temer y guardarse de sí más que de los contrarios. Si le ofenden con razon, calle por sí propio, y enmiéndese de la culpa; si le murmuraren sin ella, consuélese, viendo que está libre de calumnia. De suerte, que por todos caminos, el silencio es refugio y acogida de los agravios con malicia. Pero tornando á lo primero, ¿por qué pensais, le dije, que dicen ordinariamente: nunca falta un Gil que me persiga? que no dicen un don Francisco, ni un don Pedro, sino un Gil, es porque nunca son perseguidores; sino hombres bajos como Gil Manzano, Gil Perez; ni para verdugos y comitres buscan, sino hombres infames y bajos, enemigos de piedad, bestias crueles, sin respeto ni vergüenza, inclinados á perseguir á la gente que ven levantarse en actos de virtud, como este miserable de quien os quejais. De estos la comunicacion por ningun camino es buena, porque no son capaces de hacer bien, ni pueden dejar de hacer mal; lo cual se ataja, no conociéndolos para que no lo hagan. Pues suele pasar, dijo, por cerca de mí, sin quitarme el sombrero. Eso, dije yo, ó será por descuido, ó por descortesía. Si por descortesía, enójese como tengo dicho consigo propio, porque ha hecho mal, y no os enojeis vos por los pecados del otro, que fué descortés y mal criado. Que vos no os habeis de alterar, no habiendo cometido culpa: y si se hace por descuidado, consigo trae la disculpa; porque los que caen en esta inadvertencia, no podemos juzgar si van pensativos, ú ocupados por imaginaciones de negocios que pueden suceder por muchas cosas, é inculpados, de que no podemos ser jueces, no tener ciencia, ni razon de sentirnos y alterarnos. Y en esto de las cortesías, no tenemos de qué enfadarnos. Lo uno, porque el no usarla con nosotros, no es por culpa nuestra. Lo otro, porque quien da, no da más de lo que tiene, y quien no tiene cortesía, no es mucho que no la dé, y la regla general es, que en ninguna manera habemos de tomar fastidio de lo que no sucede por culpa nuestra, que los descorteses su castigo tienen acerca de quien los conoce.
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DESCANSO XVIII.
Saliendo de Málaga, me paré entre aquellos naranjos y limoneros, cuya fragancia de olor con gran suavidad conforta el corazon; y púseme á mirar y considerar la escelencia de aquella poblacion que así por la influencia del cielo, como por el sitio de la tierra, escede á todas las de Europa en aquella cantidad que su distrito abraza. Y estando en esta contemplacion, ví venir hácia mí una cosa que parecia hombre sobre una mula hablando entre sí á solas, con un movimiento de brazos, meneo de rostro y alteracion de voz, como si fuera hablando con alguna docena de caminantes. Volví la rienda á mi macho, picándole con toda la priesa posible, antes que pudiese llegar á mí, porque le conocí la enfermedad; que para huir de un hablador de estos querria tener, no solamente piés de galgo, sino alas de paloma; y si ellos supiesen cuán odiosos son á cuantos los oyen, huirian de sí propios. Que la locuacidad, fuera de ser enfadosa y cansada, descubre fácilmente la flaqueza del entendimiento, suena como vaso vacío de substancia, y manifiesta la poca prudencia del sugeto, y tiene tan buena gracia con las gentes, que jamás son creidos en cosas que digan, porque aunque sea verdad, va tan derramada, ahogada y desconocida entre tantas palabras, como el olor de una rosa entre muchas matas de ruda: son estos habladores como el helecho, que ni da flor ni fruta: son el raudal de un molino, que á todos los deja sordos y siempre él está corriendo. No hay toro suelto en el coso que tanto me haga huir como un palabrero de estos, y en resolucion no hay buen rato en ellos sino cuando duermen, como me sucedió en este, que por mucha priesa que me dí á huir, me alcanzó y saludó como el verdugo por las espaldas, y apenas le hube respondido, cuando me preguntó adónde iba, y de dónde era. Á lo primero le respondí, mas á lo segundo no me dió lugar á que le respondiese, y prosiguiendo me dijo: Pregunto de dónde es vuesa merced porque yo soy del reino de Murcia, aunque mis padres fueron montañeses, de un linaje que llaman los Collados. Á lo menos no callados: miréle mientras iba hartándose de hablar (si pudo ser) que tenia razonable cuerpo y talle, aunque era con un gran defecto que era zurdo, y queria parecer derecho. Que aunque la fealdad del zurdo es grande, tengo por peor la del que disfraza, ó quiere disfrazar la falta natural, porque arguye doblez y artificio en lo interior de la condicion; y siendo este género de hombres tan conocidos por este defecto, como los eunucos por el de las barbas, así quieren persuadir á que no lo son, como estotros á que no han llegado á edad de barbar, y los unos y los otros con querer negarlo, ó disimularlo, dan á entender cuán grande falta es, pues la niegan.