Vida del escudero Marcos de Obregón
Part 15
Á lo menos, dije yo, tienen dos admirables virtudes, si se puede dar este nombre en ellos, que si los hombres las tuviesen tan sentadas en el alma como ellos en su natural inclinacion, vivirian en perpétua paz, que son humildad y agradecimiento. ¡Oh, bien notado! dijo el mercader: ¡oh qué gallarda consideracion! Del bienaventurado San Francisco, que fué hijo de un mercader, se dice que alababa mucho la humildad de los perros, deseando imitarlos en esto, por la mucha que tuvo nuestro Maestro y Redentor Jesucristo. Pues en agradecimiento, dije yo, fuera de lo que la ley natural nos enseña, lo tenemos por precepto suyo que enviando sus santísimos discípulos á predicar por el mundo les mandó que en agradecimiento del bien que les hiciesen en sus posadas curasen los enfermos que en ellas hubiese. ¿Pues hay, dijo el mercader, quien desagradezca, ó quien no sepa agradecer el bien que le hacen? ¿Hay quien no le parezca que no satisface el beneficio recibido? ¿Quién ha de carecer de tan admirable virtud? Yo creo, respondí, que nadie, si no son los avarientos y los soberbios, que son dos géneros de gente pestilencial en la República; los unos, porque no saben usar de caridad, y los otros porque siempre van contra ella. Y pues se ha ofrecido materia tan excelente y divina virtud, como es el agradecimiento, en tanto que llegamos á Adamuz tengo de referir un caso digno de saberse, que le pasó al autor de este libro viniendo de Salamanca, que no hay vida de hombre ninguno de cuantos andan por el mundo de quien no se pueda escribir una grande historia, y habrá para ella bastante materia. En una dispersion que hubo de estudiantes en Salamanca, por cierto encuentro que tuvo el Corregidor D. Enrique de Bolaños con la Universidad, y no con ella, sino con los estudiantes, gente briosa, y fácil de moverse para cualquiera alteracion; como se quedó la ciudad sin estudiantes, el autor tambien se fué á su tierra como los demás, que las vacaciones estaban ya muy cerca, tiempo deseado para descanso de los estudiantes. La necesidad suya era tanta, que trilló el camino á la apostólica. Llegó un dia al anochecer á las ventas de Murga, y no queriéndole dar posada, por el poco provecho que habia de dejar en ellas, pasó adelante solo, y cantando por hacerse compañía, que la voz humana tiene propiedad maravillosa para acompañar á quien no lleva dineros que le puedan quitar. Salieron cuatro hombres con cuatro ballestas, y preguntáronle de dónde venia. Él respondió que de Salamanca. ¿Y á quién deja atrás? preguntaron ellos; y él respondió: Antes todos me dejan á mí, porque ando poco. Pues ¿cómo no se quedó en las ventas? preguntaron. Y él respondió: Porque como no llevo dineros, ni cabalgadura que les pudiera dejar provecho, me dieron voces que me saliese de la venta, y yo las voy dando á Dios porque me acompañe, y juzgue la crueldad de estos venteros. Á lo cual dijo el más pequeño de los ballesteros ó ballesteadores: Preguntamos esto, señor estudiante, por ver si queda atrás quien nos pueda comprar caza, de que tenemos mucha abundancia, y pocos compradores. Y volviéndose á los compañeros, dijo: Gran lástima me ha dado el mal trato y crueldad de que estos venteros usan con la gente de á pié, y más la necesidad que he visto en este estudiante. Llevémosle á nuestro alojamiento, que algun tiempo nos valdrá con Dios esta caridad. Harto mejor, dijo uno, será matarlo (despues lo supe) porque no diga que nos ha encontrado, y espante los caminantes. Al fin el mozuelo dió y tomó con ellos hasta que lo llevaron consigo, porque les pareció que era lo más sano para su negocio. Mostróse el mozuelo muy compasivo, que si bien las ruines compañías hacen prevaricar una buena inclinacion, tal vez naturaleza da una sofrenada, para recordacion del primer natural, que por más que se olvide, de cuando en cuando torna á su primer principio. Fuése con ellos, ó por mejor decir, se lo llevaron por unas espesuras, escuridades y escondrijos, llenos de revueltas y dificultades, que como ya era de noche y sonaba en unas profundidades despeñándose el agua, y la fuerza del viento sacudia los árboles con gran furia, y al estudiante el temor le hacia de las matas hombres armados que le iban á despeñar en aquella infernal hondura, iba con gran devocion mirando al cielo, y tropezando en la tierra; pero con muy buen ánimo, hablando sin muestras de temor. Llegaron al fin á su habitacion, que parecia más de zorras que de hombres, y desenvolviendo mucha cantidad de brasa, que parecia ser de muy buena leña de encina, encendieron, para alumbrarse, unas rajuelas de tea, que les daba la luz bastante que habian menester para toda la noche. La cena fué muy buenos tasajos de venado, si no eran quizá de algun pobre caminante. Él no sabia fiestas que hacerles, diciéndoles cuentos, entreteniéndolos con historias, alabándoles el vivir en aquella soledad apartados del bullicio de la gente. Decíales que el ejercicio de la caza era de caballeros y grandes señores, y que sin duda descendian de alguna buena sangre, pues se inclinaban á él. Si algun disparate se les caia, se lo alababa y solemnizaba por muy gran cosa. Al uno decia que tenia buen rostro, al otro que plantaba bien los piés, al otro que tenia buen ingenio, al otro que hablaba con mucha discrecion; que en semejantes conflictos la humildad mezclada con la apacibilidad y distraccion, á los pechos que de suyo son fieros, y aun de fieras, los vuelven mansos y amigables. La necesidad en los peligros hace sacar fuerzas de flaqueza; y con gente de aquella traza el temor engendra sospecha, y el ánimo arguye sencillez. Turbarse donde (aunque se teme el daño) no estamos en él, es apresurarlo si ha de venir; y ponerlo en duda y sospecha si no se temia. Él se hubo tan bien con los cazadores de gatos muertos y rellenos, que le regalaron y dieron de cenar, y dos zamarros en que durmiese, y antes que amaneciese, porque no saliese con luz, le dieron de almorzar, y sacándolo al camino aquel mozuelo, el menor de los cuatro, le fué diciendo el peligro en que se habria visto si no fuera por él: y en pago le rogaba no dijese á nadie lo que le habia sucedido: despidióse de él, y fué su camino, volviendo atrás muchas veces la cabeza, que aun le parecia que no estaba muy seguro de ellos. Si encontraba algun caminante, le decia que no fuese por aquel camino, porque le habia seguido una grandísima sierpe, que no osaba decir otra cosa, pareciéndole que estaban oyéndolo. Al fin, para abreviar el cuento, habiendo peregrinado por España y fuera de ella más de veinte años, redújose al estado que Dios le tenia señalado; fuése á su tierra, que es Ronda, hízose sacerdote, sirviendo una capellanía de que le hizo merced Felipe II, sapientísimo Rey de España. Despues del suceso de los salteadores, veinte y dos y veinte y tres años, vinieron en busca de tres ladrones famosos, trayendo lengua de ellos, que estaban en Ronda, que para hurtar tenian esta astucia. Las mujeres vendian buhonería (que todos eran casados), entraban en las casas á vender su mercadería, mirábanlas bien, y daban al punto á sus maridos de las señas de toda la casa, y á la mañana amanecia robada. Llegó á Ronda este soplo, dieron con ellos en la cárcel por la órden del licenciado Morquecho de Miranda, que al presente hacia oficio de Corregidor, siendo Alcalde mayor. Y por abreviar el cuento, dióles tormento, y confesaron de plano: pidióle al autor que los confesase, y en entrando representósele la presencia del uno de ellos, que le hizo cosquillas en el alma; y reparando en el sentimiento que habia tenido, halló que era el que le habia dado la vida en Sierra-Morena: buscando traza cómo agradecer el bien que le habia hecho, y pareciéndole que estaba el negocio muy adelante para rogar por un hombre convencido por su confesion, fuése al juez, y díjole que si hacia justicia de aquel, perdia una grande ocasion secreta. El juez dispuso de los otros dos y dejó aquel, para que descubriese una gran máquina que el confesor le habia dicho, y apretándolo despues á que hiciese con el delincuente que lo confesase, le respondió: Señor, martirizado de la piedad, y movido del agradecimiento, fingí á vuesa merced lo que sabe: este hombre me libró de la muerte, ha venido á mis manos, querria pagarle el bien que me hizo, y á los jueces tan bien los acompaña la misericordia como la justicia: suplico á vuesa merced por las entrañas de Dios que se compadezca del trabajo de un hombre tan piadoso como este. Respondió: Estoy pensando cómo satisfacer á vuestra demanda y á mi reputacion, y al bien de ese hombre, que por piadoso lo merece: él no está ratificado, y en las cosas criminales tenemos ley del Reino que nos da licencia para poder conmutar la pena de muerte en galeras; yo os siento tan ansiado por agradecer el bien que os hizo, que quiero aprovecharme de esta ley, pues no hay parte, y echarlo á galeras donde purgue su pecado. Hincóse de rodillas, agradeciendo á Dios y al juez tan piadosa causa: llevó la nueva al casi muerto preso, que respiró, volvió en sí como de la muerte á la vida, y el autor quedó contentísimo de haber mostrado su agradecimiento en tan apretada ocasion, que siempre las buenas obras tienen guardado su premio en este y en el otro mundo. ¡Estraño suceso, y digno de memoria! (dijeron los mercaderes): ¡qué santa cosa es hacer bien! ¡qué cierto la buena obra es la prision del corazon noble! ¡qué buen fruto coge quien siembra buenas obras! Que como el vestido cubre el cuerpo, las buenas obras son coberturas del alma. ¡Qué contento quedaria ese hombre cuando hizo este bien! Como queda sabroso el brazo cuando acierta un tiro, así lo queda el alma cuando hace una buena obra. En esta conversacion, el acabarse el cuento y descubrir á Adamuz, fué á un mismo tiempo; lugar apacible, puesto en el principio ó fin de Sierra-Morena, en jurisdiccion del Marqués del Carpio; y al mismo tiempo se descubrieron aquellos fértiles campos de Andalucía, tan celebrada de la antigüedad por los Campos Elíseos, reposo de las almas bienaventuradas. Posamos y reposamos aquella noche en Adamuz.
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DESCANSO XV.
El dia siguiente, por ciertos respetos, me fué forzoso (por llegar primero á Málaga que á Ronda), apartarme de los mercaderes, tomando la via del Carpio; y ellos lo hicieron tan bien conmigo, que me dieron uno de los machos en que iban y dineros, fiando de mí que se lo llevaria á la feria á buen tiempo, y ellos se fueron con las mulas de retorno en que yo habia venido hasta allí; el macho era endiablado, que ni se dejaba herrar, ni poner la silla, y por momentos se echaba con la carga, aunque con la compañía habia disimulado algo de su malicia, y así en saliendo del lugar, por verse solo y por sus ruines resabios, en el primer revolcadero se arrojó, cogiéndome una pierna debajo, de suerte que si yo no me echára al mismo tiempo del otro lado, recibiera mucho daño; pero con esta precaucion pude levantarme, y llevándolo del diestro muy contra su voluntad un ratillo, se me quitó el dolor, sin entrar el frio que pudiera, si no hiciera aquella diligencia. Eché de ver la ruin compañía que llevaba con mi cabalgadura; pero por si otra vez se echaba, cogí un garrote para usar de un remedio que habia oido decir á un viejo, que como la experiencia los ha enseñado, saben más que los mozos, y para semejantes actos, que no son de muchos lances, cerrados los ojos se puede seguir su parecer. Fuí con gran cuidado para otra vez que se quisiese echar, y en sintiéndolo que iba á caer, díle con el garrote entre ceja y ceja con tal furia, que cayendo le ví volver lo blanco de los ojos, bien arrepentido de haberlo hecho, porque realmente pensé que lo habia muerto; pero sacando de presto pan, y mojándolo en vino, díselo, y tornó en sí tan castigado, que nunca más se echó, á lo menos llevándome á mí encima, aunque topó arenales donde pudiera hacerlo. Fuí mi camino, y en llegando á un bosquecillo del Carpio, aunque pequeño, abundantísimo de conejos y otras trazas, en la ribera de Guadalquivir, apeéme á cierta necesidad natural y forzosa, y antes que la comenzase espantóse el macho, dió á huir por el ruido que hizo un culebron y una zorra que salieron de un zarzal y matas muy espesas que habia junto al camino, que debian de estar ambos en una cueva, que la culebra con ningun animal hace amistad sino con la zorra. Ella dió por una parte, y la culebra tras el macho, que como supe despues, á cuantos pasaban acosaba, porque habian muerto su compañía: arrojéle una piedra, no pensando que sucediera lo que sucedió, que como la piedra iba por el aire, corrió más que la culebra, y dióla en el espinazo, de que volvió con tal furia contra mí, que si no me pusiera de la otra parte del camino, dejando en medio mucha arena, lo pasara mal, que como no se podia aprovechar de las conchillas que le sirven de piés en la arena, como en lo duro y liso, no se atrevió atravesar el camino; pero cuanto yo más corria por la una banda, ella corria por la otra, con más de una vara de cuello alzado de la tierra, vibrando la lengua muy apriesa, y haciendo cinco ó seis de ella.
Iba yo de manera, que ya no sentia la falta del macho, sino la persecucion de la culebra, que me tenia sin aliento, lleno de sudor y cansancio. Los silbos no eran formados ni agudos, sino bajos y continuados, casi al modo que pronunciamos acá las xx. Llegué á una parte del camino, á donde habia piedras para tirarle. Paréme, así por descansar, como por aprovecharme de las piedras; pero ella viendo mi temor, quiso pasar por la arena para acometerme, por donde tuve yo esperanza de librarme de ella; porque en entrando no pudo aprovecharse de las conchuelas, ni moverse sino muy poco: animándome lo mejor que pude, le tiré tantas piedras, que casi la vine á enterrar en ellas, y acertándole con una, despues de haberle escupido muchas veces hácia la cabeza (que es veneno contra ellas) la acerté con una piedra media vara más arriba de la cola, donde tiene el principal movimiento, de que no pudo menearse más, y acudiendo con otras muchas, le majé la cabeza, y me senté á descansar. Pasaron por allí dos hombres que iban camino de Adamuz, y me contaron lo que arriba dije. Midiéronla, y tenia diez piés de largo, y de grueso más que muñeca ordinaria. Abriéronla, y halláronle dentro dos muy gentiles gazapos, que estas serpientes son muy voraces y poco bebedoras, aunque pasan mucho tiempo sin mantenimiento; y así hacen tarde la digestion, que en el poco movimiento que ella hacia bien se echaba de ver que estaba pesada. Consideré en el rato que estuve descansando, qué de cosas hay en el mundo que contrastan la vida del hombre. Que hasta un animal sin piés ni alas le persigue, y le comenzó á perseguir desde su principio antes que otro animal ninguno, ó porque no piense el hombre que se le dió el dominio y jurisdiccion en la tierra sin pension ni trabajo, ó porque con la razon sepa distinguir lo malo de lo bueno, y guardarse de lo que le puede dañar; mediante la cual razon conoce y sabe conocer el mantenimiento provechoso, y desechar el nocivo. Huir de los animales bravos, y servirse de los mansos; pero los feroces y dañosos avisan del mal que pueden hacer, ó con las uñas, ó con los cuernos, ó con los dientes, ó con los picos. ¡Mas que un animal sin piés, sin uñas, sin cuernos como éste sea tan horrendo y abominable, que atemorice con solo mirarle! Ordenacion fué de Dios, para sujetar la soberbia del hombre y desjarretársela con la misma inmundicia y asquerosidad de la hez de la tierra, que aun muerta la veia, y me daba horror; y confieso de mí, que siempre que veo semejantes sabandijas, engendran en mí nuevo temor y espanto; ¿pero qué no espantará ver, que una cosa que parece cerbatana ó varal, de su propio movimiento corre tanto como un caballo? ¿Y que con hincar la cabeza en el suelo, dé tan grande golpe á un hombre que lo derribe y aun lo mate, acometiendo á traicion que no cara á cara? ¿Que sea tan astuto, que se desnude el hábito viejo y se vista de nuevo? ¿que se cure la ceguera de sus ojos causada de las humedades del invierno con refregarse en el hinojo la primavera? Son tan contrarios á todos los demás animales, que con ninguno hacen amistad, sino con la zorra, ó porque ambas habitan siempre en cuevas de tierra y piedra, ó por buscar abrigo en el pelo de la zorra. Hasta aquí habia estado el ermitaño callando, y aquí parecióle preguntar, como hombre que habia estado en soledades y entre ásperas montañas, huyendo el concurso de la gente, viviendo y conversando con animales brutos, ¿cuál era la razon porque estas sabandijas sean tan espantables, como son culebras, lagartos, sapos, escuerzos, áspides, víboras, y otras semejantes que suelen verse? Respondíle: Lo primero, que todas las cosas que no vemos y tratamos de ordinario, traen consigo este género de admiracion. Lo segundo, que por tener tanto de los dos elementos graves, que son agua y tierra, y tan poco de los elementos leves, que son aire y fuego, que casi no tienen parentesco ni semejanza con el hombre; porque éste tiene de lo espiritual, en que se parece á los Ángeles, y de lo corporal, en que se parece á los animales brutos; y estos en aquella parte terrestre, húmeda y fria, tienen semejanza con las sabandijas, y estas consigo solas, y con las entrañas de la tierra. Lo tercero y último, porque todos los animales que no pueden engendrar de la putrefaccion de la tierra, sin generacion de su semejante, ni pueden ser para el servicio, ni para el gusto del hombre, á quien Dios les manda que obedezcan, y ellos mismos huyen de su presencia, como de señor á quien aborrecen, por la superioridad y dominio que tienen sobre todas, ó por la antipatía natural. Y esto baste, porque la pérdida de mi macho me da pena y cuidado, y priesa que lo busque. Ya que hube descansado y limpiádome el sudor del rostro, que lo de dentro no pude, fuí buscando mi macho, ó por mejor decir, de los mercaderes, por toda la orilla y ribera del Guadalquivir, sin topar á persona que me supiese dar rastro ni nuevas de él yendo, como iba, cargado con ferreruelo, espada, cogin y alforjas, que todo lo echó por alto, sino es la silla, que la llevaba en la barriga; de suerte, que yo me cargué de todo lo que el macho se descargó, y mucho más me cargaban las matracas que me daban los que me topaban hecho caballo de postillon, que por no dejarlo lo sufria todo. Paréme á descansar un ratillo, antes que pasase el rio, donde ví tanta abundancia de conejos, que estaban más espesos á la orilla del rio, que liendres en jubon de arriero, que en todo el dia no dejan de venir á beber muchas manadas de ellos. Pasé de la otra parte del rio, y entréme á descansar á un meson que está antes de llegar al pueblo, donde tampoco me supieron dar nueva de mi negro macho, aunque prometí hallazgo, haciendo diligencias con las guardas del bosque. Refresquéme lo mejor que pude de mantenimiento y bebida, con la templanza que el cansancio pedia. Púseme á la puerta del meson, para ver si pasaba el macho ó persona que de él me diese nuevas. Miré aquel pedazo de tierra en el tiempo que allí estuve, que en fertilidad é influencia del cielo, hermosura de tierra y agua, no he visto cosa mejor en toda la Europa, y para encarecerla de una vez, es tierra que da cuatro frutos al año, sembrándola y cultivándola con regadío de una aceña, con tres ruedas, que la baña abundantísimamente, donde algunos años despues pasó en presencia mia una desgracia muy digna de contarse; para que se vea cuánta obligacion tienen los hijos de seguir el consejo de los padres, aunque les parezca que repugna á su opinion. Y fué, que siendo Marqués del Carpio Don Luis de Haro, caballero muy digno de este nombre, y muy gallardo de persona, y adornado de virtudes y partes muy dignas de estimar, vinieron allí madereros de la sierra de Segura con algunos millares de vigas muy gruesas; y dando el Marqués licencia y lugar para que las pasasen, alzaron la puente de la pesquera, para que toda el agua se recogiese á un despeñadero ó profundidad, por donde los maderos habian de pasar. Los gancheros eran todos mozos, de muy gentiles personas, fuertes de brazos, y ligeros de piés y piernas, grandes nadadores y sufridores de aguas, frios y trabajos. Quisieron hacer al Marqués una fiesta de gansos, poniéndolos atados entre los dos maderos de la puerta de la pesquera, y como iba el madero despeñándose, por la violencia del grande cuerpo del agua, puesto el ganchero sobre el madero hácia la cabeza del ganso, y tirando del pescuezo, se deslizaba de la mano y caia en la profundidad del agua, saliendo lejos de allí nadando, en que pasaron cosas de mucho gusto y risa, aunque no sin peligro de quien la causaba, que siempre las caidas son de gusto para quien las ve, pero no para quien las da, especialmente en ejercicios tan poco usados como este.
Entre estos gancheros venia un mozo recio, de muy gentil talle, alto de cuerpo, rubio, y bien hecho de miembros, grande hacedor de su persona, y que entre todos los demás era conocido y respetado como por de tal opinion, y por grandes fuerzas para cualquier ejercicio de hombres. Este pidió licencia á su padre, que venia en compañía de los otros, para ir á quitar el pescuezo á un ganso que estaba recien puesto; la cual el padre le negó, que los padres, ó por tener más experiencia que los hijos, ó por ser hechura suya y conocer sus inclinaciones, ó por haberlos criado, y conocer de qué pié cojean, ó por el amor entrañable que les tienen, son algo profetas de los bienes ó males de los hijos; y así este por ningun camino consintió que de su voluntad fuese el hijo á la fiesta; pero diciendo él que no queria que lo tuviese por menos hombre que á los demás, con importunaciones alcanzó de su padre que lo dejase ir, aunque de muy mala gana. Y reprehendiéndole algunos porque lo hacia tan forzado, respondió en presencia mia unas palabras llenas de gran sentimiento y dolor diciendo: No sabe nadie lo que es aventurar un hijo criado, y solo. El mozo fué gallardísimamente, teniendo todos los ojos puestos en él, que en asiendo el cuello del ganso, que él pensaba con facilidad arrancar con la fuerza grande que hizo, estúvose casi colgado de las manos hasta que el madero llegaba ya al cabo, en cuyo remate ó cabeza, deslizándosele la mano, cayó, y dió de cerebro, sumergiéndose en el profundo del charco, sin que más pareciese hasta el dia siguiente, con grande espanto y compasion de todos los circunstantes, quedando el padre, que lo estaba mirando, en éstasis. Todos los gancheros nadando le buscaron, y lo hallaron al dia siguiente, que pareció en cierta manera castigo de la desobediencia que tuvo al mandamiento del padre, y ejemplo para cuantos le vieron. Fué contra el precepto y consejo paternal, del cual tienen necesidad todos los que desean acertar. Pasó este caso en este mismo lugar, y en presencia del marqués D. Luis de Haro, y de su hijo el marqués D. Diego Lopez de Haro, que cuando esto se escribe están vivos, y más mozos que el autor, en cuya compañía se halló presente á este infelice suceso. Y porque no habrá lugar de contarlo adelante, se dice aquí, por encargar á los hijos que aunque les parezca que saben más que los padres, en razon de la superioridad que Dios les dió sobre ellos, y representando la persona del verdadero Padre, los han de obedecer y respetar, y creer que en cuanto á las costumbres morales saben más que ellos; porque con esto se merece con el universal Padre de todas las criaturas. Y volviendo al estado presente, y la pena que me daba la falta de mi macho, aquella tarde no pude saber de él, y así me quedé aquella noche en el meson, sin esperanza de poderlo hallar.
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DESCANSO XVI.