Vida del escudero Marcos de Obregón

Part 13

Chapter 133,962 wordsPublic domain

Con estas solitarias consideraciones llegué al camino, donde viéndome el arriero, con más blandas palabras que solia, paró la recua, y con cortesía y afabilidad me dijo que subiese, doliéndose mucho de la mala noche que habíamos padecido. Y aun si bien lo supiérades, dije yo, y preguntando á la mujer que venia con él, qué novedad era aquella, respondió lo referido. Los demás, con el marido de la buena mujer, hallámonos ya hartos de dormir y comer: yo, aunque me preguntaron cómo me habia quedado atrás, no respondí más de que habia errado el camino. Del cuento sucedido no les dije palabra; lo uno por pensar que pudiera haber sido ilusion del enemigo del género humano, lo otro porque las cosas tan estraordinarias hacen diferentes efectos en los que las oyen, y el más cierto es reirse y dar matraca á quien las cuenta. Las cosas en que puede ponerse duda no se han de decir sino á los muy particulares amigos, ó los discretos, que las reciben como ellas son. No todos tienen capacidad para oir cosas graves. Verdades que pueden escandalizar y alborotar los pechos, cuando no es necesario, no se han de decir. Yo reventaba por hablar; pero consideraba que me ponia á peligro de no ser creido. Más vale callar que dar ocasion de incredulidad ó murmuracion. La admiracion da ocasion al silencio, y de esta vez quise ver si podia enseñarme á callar. Fuimos nuestro camino sin suceder cosa notable, yo callando, y los demás preguntándome la causa: yo respondia no más de que era condicion natural mia: pero en todo el camino no se apartó de mi imaginacion la mujer, el árbol, la fruta, y la cama llena de gusanos, hasta que llegamos á Salamanca, donde la grandeza de aquella Universidad hizo que me olvidase de todo lo pasado. Alegróse mi alma de ver que los ojos gozasen lo que tenian los oidos y los deseos llenos de la soberbia fama de aquellas academias que han puesto silencio á cuantas ha habido en el mundo. Ví aquellas cuatro columnas sobre quien estriba el gobierno universal de toda la Europa, las bases que defienden la verdad católica. Ví al Padre Mancio, cuyo nombre estaba y está esparcido en todo lo descubierto, y otros excelentísimos sugetos, con cuya doctrina se conservan las facultades en su fuerza y vigor. Ví al Abad Salinas, el ciego, el más docto varon en música especulativa que ha conocido la antigüedad, no solamente en el género diatónico y cromático, sino tambien en el armónico, de quien tan poca noticia se tiene hoy, á quien despues sucedió en el mismo lugar Bernardo Clavijo, doctísimo en entender y obrar, hoy organista de Felipe Tercero. En comenzando á beber del agua de Tórmes, frigidísima, y á comer de aquel regalado pan, me cuajé de sarna, como les sucede á todos los buenos comedores, de manera que estudiando una noche la leccion de súmulas me comencé á rascar los muslos al sabor de unos carboncillos que tenia encendidos en un tiesto de cántaro, y cuando volví en mí los hallé tan desollados, que con el agua que destilaban me quedé hecho un alquitara, y por quince dias me negaron la obediencia y respeto; daño en que ordinariamente caen los principiantes en Salamanca, porque como el pan es blanco, candeal y bien sazonado, y el agua delgada y fria, sin consideracion comen y beben, hasta cargarse unos de la perruna, y otros de la gruesa, y así es menester que los que comienzan nuevos en Salamanca, lo uno por la frialdad y sutileza del agua, y lo otro porque los estudiantes van hechos al regalo de sus casas, y de sus padres y tierras, y con la poca edad se recibe más fácilmente el daño; fuera de que entrando con éste cuidado, la templanza es la que conserva la salud y aviva el ingenio.

Los repletos de comida y bebida están incapaces de acudir á cosas de entendimiento y prudencia, y realmente la templanza da mas gusto á los mantenimientos del que estos en sí tienen, y con ella se templa la lujuria en los mozos; pero yo me hube tan destempladamente con el pan y agua de Salamanca, que por la Natividad de nuestro Redentor me dieron unas grandísimas calenturas; llamé al doctor Medina, Catedrático de Prima, doctísimo de aquella Universidad, y lo primero que hizo fué mandar que me quitasen el agua. Yo le dije que mirase que era colérico, y muy encendido de sangre, y él me respondió, como si dijera una gran hazaña suya: Ya saben que el doctor Medina quita el agua á los enfermos. Creció la calentura, y no el remedio: comenzó á darme unos cordiales, que no aprovecharon cosa, porque la salud de los coléricos con calenturas solo consiste en darles agua fria á sus tiempos, y sangrías moderadas, y consistiendo la salud mia en no negarme el agua, no me la dejaron en todo el aposento. Diéronme unos baños con veinte suciedades, y dejáronse allí una artesilla en que me los habian dado: yo me ví tan impaciente, y tan acosado de la sed, que me levanté como pude á buscar agua, y como no la hallé, pegué con la artesilla del agua, que estaba fria como un hielo, y á dos golpes que bebí, la dejé en el asiento, y la panza como vela latina con el viento en popa; pero duró poco, porque dentro de un ochavo de hora comenzó el estómago á basquear, y arrojó tanta cantidad de bocanadas, que de vacía la barriga, la doblaba como alforja un lado sobre otro. Vino á la mañana el Doctor, y vió la artesilla más llena que la dejó, porque en ella misma descargó el nublado. Preguntóme cómo me hallaba, respondile que muerto de hambre. Miró el pulso, y hallóle sin calentura: admiróse de ver la mudanza, y dijo: ¡Oh milagroso baño! No se ha inventado tal medicina en el mundo: no le he dado á hombre que no le haga notable provecho. Habránle tomado, dije, como yo. Este baño, dijo el Doctor, alienta y refresca, confortando las partes interiores. ¿Y cómo se le da vuesa merced, dije yo, á los demás? Tibio, respondió él, y bañando todo el cuerpo por de fuera. Pues désele, dije yo, frio, y bebido, que así lo tomé yo, y les aprovechará mucho más, y contéle el caso; dijo: _rectum ab errore_, repitiéndolo cuatro ó cinco veces, y haciéndose cruces se fué, y me dejó sano. Hay médicos tan crueles, que á un pobre enfermo colérico fogoso le dejan que se le abrase el hígado, y se le sequen los huesos; pareciéndoles que negándole el agua acabarán más presto con la enfermedad y el enfermo. Aquel refran que dicen: al que es de vida, el agua le es medicina, se ha de entender de esta manera, que aquel _debida_ es participio: de manera, que al que es _debida_ el agua, y al que se le debe el agua, á este le es medicina, que no al otro. Y siendo así, ¿á quién se le debe más que á un colérico con calenturas? Y esa otra significacion ordinaria la tengo por burla y modo de hablar de gracia. En Ronda conocí un tejero, que habia cuarenta y cuatro años que no probaba gota de agua, que decia por donaire que él no habia de beber licor donde se ensuciaban las ranas. Vino una vez con tanta sed y cansancio, que para quitarla bebió un jarro de agua fria, que dentro de veinte y cuatro horas le puso como el barro con quien trataba. Á este no se le debia el agua. Lo uno por no estar acostumbrado á ella, lo otro porque su estómago no era de hombre colérico, y al que es _debida_ el agua le es medicina.

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DESCANSO XII.

Si los trabajos y necesidades que los estudiantes pasan no los llevase la buena edad en que los coge, no habia vida para sufrir tantas miserias y descomodidades como se pasan ordinariamente; pero con ser en la puericia y adolescencia, edad tan quitada de cuidados y sentimientos, se hace gusto del acíbar, risa y pasatiempo de la necesidad, con que se va pasando aquel espacio en que se sazona é hinche de doctrina el entendimiento, que con la esperanza del premio todo se hace sufrible. Ninguno hay que no se prometa grandes cosas en los primeros años, que en comenzando á gustar ó disgustarse de la mala correspondencia, por la tardanza de los arrieros, ó del olvido de los padres y parientes, por la mayor parte se encogen y desaniman, especialmente aquellos que por ser pobres no tienen quien les acuda con lo necesario, ó parte de ello; que cierto desjarreta mucho la necesidad al que con buenos pensamientos comienza los estudios. La falta de mantenimientos, el carecer de libros, la desnudez, la poca estimacion que consigo traen estas cosas, tiene muchos y grandes ingenios acobardados, arrinconados, y aun distraidos por la privacion de sus esperanzas mal logradas. Yo confieso de mí, que la inquietud natural mia, junta con la poca ayuda que tuve, me quebraron las fuerzas de la voluntad, para trabajar tanto como fuera razon. Y como en esta edad los alientos de la mocedad están tan dispuestos para el mantenimiento, nunca se ve un hombre harto. Acuérdome, que despues de haber comido la racion del pupilage de Galvez, me comí seis pasteles de á ocho en una pastelería escelentísima, que habia en el desafiadero. Miren qué alientos estos para las necesidades de Salamanca. Estábamos despues de esto tres compañeros en el barrio de San Vicente tan abundantes de necesidad, que el menos desamparado de las armas reales era yo, por ciertas lecciones de cantar que yo daba; y aun las daba, porque se pagaban tan mal, que antes eran dadas que pagadas; y aun dadas al diablo. Consolábamonos con la igualdad de la provision, y aunque parezcan niñerías, indignas de este lugar y aun de acordarse y tratarse, tengo de decir alguna para que no se desanimen los que se vieren con ingenio y pobreza, y con deseo de saber; que haciendo gusto de la necesidad, puede llevarse la penuria que de ordinario se pasa en los estudios: ver pasar á otros mayores trabajos, disminuye la fuerza de los nuestros. Miserias y necesidades agenas (aunque sean contadas para ejemplo) en parte consuela á los afligidos. ¿Qué trabajos puede tener un estudiante, que no los haya mucho mayores? El trabajo y necesidad que toca á muchos, y muchos le llevan, se hace sufrible, aligera y alivia las cargas de todos. Cuanto más, que el que con buen ánimo acomete al trabajo, la mitad tiene hecho, y al fin los valerosos ánimos atropellan las forzosas necesidades. Dígolo, porque las que pasaron mis compañeros y yo fueron de manera, que pudieran consolar á los estudiantes más llenos de miserias del mundo, y entre otras contaré una que puede servir de risa y de consuelo. Hallámonos una noche, entre otras muchas, tan rematados de dineros y paciencia, que nos salimos de casa medio desesperados sin cenar, sin luz para alumbrarnos, sin lumbre para calentarnos, haciendo un frio que en echando el agua en la calle, se tornaba cristal. Yo fuí en casa de cierto discípulo, y dióme un par de huevos y un panecillo: vine muy contento á casa, y hallé á mis compañeros temblando de frio y muertos de hambre (como dicen los muchachos), que no osaban desenvolver un poco de rescoldo que se habia guardado para su menester. Dije lo que traia, salieron á buscar algunas serojas para avivar el rescoldo; vinieron presto muy contentos, por haberse hallado un leño bien largo: pusiéronlo al poco rescoldo que habia quedado, y soplamos cuanto pudimos todos tres, y el leño no se queria encender: tornamos á soplar una y otra vez; pero quedándose el leño sin encender, se hinchó el aposento de un humo muy hediondo.

Eché un papel en el rescoldo para que diera luz en el aposento, y en encendiéndose, descubrió, que el leño era un muy descarnado zancarron de un mulo, que por poco nos hiciera rebentar de asco; y si antes no cenamos por no tener qué, despues no cenamos por eso, y por la náusea de nuestros estómagos, que hubo alguno que purgó por dos partes lo que no habia comido, ni cenado, hasta echar sangre por la boca, y el que lo trujo quiso cortarse la mano. Bien confieso que no son estas cosas para contarse; pero como sean para consuelo de afligidos, y mi principal intento sea enseñar á tener paciencia, á sufrir trabajos, y á padecer desventuras, puede llevarse con lo demás que no cuento. Todo lo que se escribe, para doctrina nuestra se escribe, y aunque sea de cosas humildes, se ha de recibir para el efecto que se dice. Y habemos de pensar, que ni en los ejemplos de cosas grandes hay siempre provecho, ni que en las pequeñas falta doctrina. Tan bien se reciben las fábulas de Hisopo, como las estratagemas de Cornelio Tácito. Más gusto se halla en un higo que en una calabaza: así conté una niñería como esta; porque para decir necesidades de estudiante, que son de hambre, desnudez y mal pasar, tambien las historias ejemplos han de ser de pobreza, para consolar á quien la padece. No paró aquí la mala ventura de aquella noche, porque estando á la puerta de la calle, por no poder sufrir el pestilencial olor del leño mular, pasó rondando el Corregidor (que al presente era D. Enrique de Bolaños, muy gran caballero, cortés, y de muy buen gusto), y nos dijo: ¿Qué gente? Yo me quité el sombrero, y descubrí el rostro, y haciendo una gran reverencia, respondí: Estudiantes somos, que nuestra misma casa nos ha echado en la calle. Mis compañeros se estuvieron con sus sombreros y cebaderas, sin hacer cortesía á la justicia. Indignóse el Corregidor, y dijo: Llevad presos á esos desvergonzados. Ellos, como ignorantes, dijeron: Si nos llevaren presos, nos soltarán un pié á la francesa; y asiéronlos, y lleváronlos por la calle de Santa Ana abajo: yo con la mayor humildad que pude, le dije: Suplico á vuesa merced se sirva de no llevar á la cárcel á estos miserables, que si vuesa merced supiese cómo están, no los culparia. Tengo de ver, dijo el Corregidor, si puedo enseñar buena crianza á algunos estudiantes. Á estos, dije yo, con dalles de cenar, y quitalles el frio, los hará vuesa merced más corteses que á un indio mejicano; y junto con esto (viendo que me escuchaba de buena gana) le conté lo pasado de los huevos y de la humarada que procedió del sacrificio acemilar. Rióse del cuento (que tenia mucha apacibilidad), y á costa de ciertas espadas que habia quitado á ciertos escolares vagamundos, les hinchó el vientre de pasteles y marrana, y de lo de la tabernilla, y á mí me hizo mucha merced de allí adelante. Díjeles á mis compañeros amigos: Muy mal anduvísteis con el Corregidor. ¿Por qué? preguntaron ellos, ¿es nuestro juez? Respondí yo: Porque á las personas constituidas en dignidad, sean ó no sean superiores nuestros, tenemos obligacion de tratarlos con reverencia y cortesía: y no solo á estos, sino á todos los más poderosos, ó por oficios, ó por nobleza, ó por hacienda, porque siéndoles bien criados y humildes, en cierta forma los igualamos con nosotros, y haciendo al contrario, nos damos por enemigos de los que nos pueden agraviar muy á su salvo. Dios crió el mundo con estos grados de superioridad, que en el cielo hay unos Ángeles superiores á otros, y en el mundo se van imitando estos mismos grados de personas, para que los inferiores obedezcamos á los superiores. Y ya que no seamos capaces de conocernos á nosotros propios, seámoslo de conocer á quien puede, vale y tiene más que nosotros. Esta humildad y cortesía es forzosa para conservar la quietud y asegurar la vida. Es muy gran yerro querer ajustar nuestras fuerzas con las de los poderosos, usar del rigor de nuestra condicion con quien es mas cierto el perder que el ganar. La humildad con los poderosos, es el fundamento de la paz, y la soberbia la destruccion de nuestro sosiego, que al fin pueden todo lo que quieren en la República. En esta vida pasé tres ó cuatro años, hasta que se me dió una plaza en el colegio de San Pelayo, estando entonces allí el Sr. D. Juan de Llanos de Valdés, que cuando esto se escribe es del Consejo Supremo de la Inquisicion, en compañía de sus hermanos, tan grandes estudiantes como caballeros, y el señor Vigil de Quiñones, que á fuerza de virtud y merecimientos es ahora Obispo de Valladolid; donde teníamos conclusiones todos los sábados, y pudiera yo aprovecharme, si la necesidad de mis padres, y el deseo que yo tenia de servirles, no me sacára con una carta suya para ir á heredar cierta hacienda, de que un pariente me queria hacer donacion, ó capellanía.

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DESCANSO XIII.

Salí de Salamanca sin dinero que bastára para dejar de ser peon, y como era fuerza el serlo, acordándome de la poca poblacion que habia en Sierra Moreda, por aquella parte de la Hinojosa, que habia quince leguas sin poblado, y por no dejar de ver á Madrid, y á Toledo, vine por esta máquina, pasé por Toledo y Ciudad Real, donde una monja muy virtuosa y principal, llamada Doña Ana Carrillo, me regaló y ayudó para el camino. Saliendo de Ciudad Real me encontré con un mozo de muy buen talle, que parecia extrangero: fuimos caminando hácia Almodóvar del Campo, y topamos con dos gentiles hombres en el camino, que llevaban entre los dos un muy gallardo macho, remudando á veces de cuando en cuando. Trabamos conversacion con ellos, y parece que se inclinaron á no dejarnos atrás. Colegí de su modo de proceder, que serian lengua de dos mercaderes, que iban á la feria de Ronda con muy gentil dinero, que á mí me dió gusto por ser aquel mi viaje. No me pareció bien, y con gran cuidado les miré á las manos, y las bocas. Entramos en una misma posada, y como yo llevaba tragada la malicia, y andaba sobre aviso, no hablaban palabra que fingiéndome dormido no se la entendiese. El uno de ellos no hacia sino entrar y salir en la posada, hasta que ya topó con la de los mercaderes. En amaneciendo cogió el uno de ellos una cabalgadura, y se partió delante, llevando para cierto efecto una graciosísima sortija (que no pudieron dar la traza, sin que yo la oyese). Fuése aquel delantero, como criado, y quedóse esotro como señor. Muy por la mañana aderezó su macho, y estubo con mucho cuidado aguardando á que pasasen los mercaderes: en pasando, hízose encontradizo con ellos, y preguntóles con grande comedimiento, adónde caminaban, y respondiéndole ellos, que á la feria de Ronda, hizo grandes desmostraciones de holgarse, diciendo: Mejor me ha sucedido que pensaba, en haberme encontrado con tan principal compañía; porque voy á la misma feria, á comprar un atajuelo de doscientas ó trescientas vacas, y por no haber andado este camino, á lo menos de las Ventas Nuevas adelante, iba con algun recelo de mil daños, que suelen suceder á los que llevan dinerillo, y habiendo encontrado con vuesas mercedes, iré muy consolado, así por la buena compañía, como porque vuesas mercedes me encaminarán allá, pues tienen más inteligencia que yo para lo que voy á comprar. Ellos le ofrecieron de ayudarle, y hacerle amistad en la feria, por ser muy conocidos en la ciudad. Estos dos bellacones, que iban en seguimiento de los mercaderes, á lo que despues entendí, eran de un género de fulleros, que entre ellos llaman donilleros: fueron riendo por el camino, porque el fullerazo era grande hablador, y les iba diciendo cuentos, con que los entretenia con mucha gracia y donaire. Yo por no perderlos hasta ver el fin, andaba lo más que podia asiéndome de cuando en cuando al estribo, ó al trancado del macho, que como dije que iba á la feria de Ronda, y era natural de ella, los mercaderes me animaban y esperaban á ratos. Llegando cerca de cierta venta, que la mitad del año está desamparada, puesta en una ladera á mano derecha como subimos, el fullero sacó de la faltriquera ciertos mostachones, que por la mucha especie, llaman la sed á tiro de arcabuz, y dió á cada mercader uno, y como era por el mes de Mayo cuando llegaron á emparejar con la venta, que estaba medio caida y sin gente, iban ya pereciendo de sed, dijo el fullero: Aquí dentro hay una fuentecita muy fresca, entremos á cumplir con los mostachones; y si vuesas mercedes quieren, aquí llevo una bota de muy gentil vino de Ciudad Real, con que podemos hacer satisfaccion al llamamiento. Apeáronse, y entró el fullero primero en la venta, llegó á la fuente, y siguiéndole los mercaderes, bajóse á beber, y dijo con grande admiracion: ¡Ay! ¿qué es esto que me hallo aquí? Y alzó la sortija que el ladron de su compañero habia dejado en la fuente. ¡Oh qué graciosa sortija! dijeron los mercaderes; sin duda que algun caballero se la quitó para lavarse las manos, y se la dejó olvidada: cada cual se holgára de habérsela hallado. Todos tres, dijo el bellaco del fullero, la hallamos, y de todos tres ha de ser. ¿Pues qué haremos de ella? dijo un mercader. Echarla á una quínola, dijo el fullero, en llegando á la venta, y á quien Dios se la diere, San Pedro se la bendiga. Bien dice vuesa merced, dijeron los mercaderes, y á fé que si la gana cualquiera de los dos, se ha de emplear muy bien; pero cierto la sortijuela era de mucha codicia, porque alrededor tenia doce diamantes, aunque pequeños, muy finos, y en lugar de piedra un rubí de hechura de corazon, que á cualquiera aficionára, labrado todo con mil donaires. Fueron todos muy codiciosos de ella, tratando por todo el camino los mercaderes del descuido del que la habia perdido, y el bellacon del cuidado del que la habia dejado, haciendo mil monerías con ella, para ponerles más codicia. Llegaron á Ventas Nuevas, y no parando en la primera, llegaron á la segunda, por hallarse más cerca del puerto. Apeáronse, y el bellacon sacó la bota de vino añejo de Ciudad Real, de más hojas que un Calepino, de que bebieron de muy buena gana. En comiendo un bocado de prisa, por codicia que cada uno tenia de la sortija, que les estaba haciendo del ojo, con el bocado en la boca, preguntaron al huésped, ¿si tenia unos naipes para echar una rifa? Dijo que no, y el ladron del compañero, haciéndose bobo, dijo: Yo llevo aquí unas no sé cuántas barajas que me encomendaron en mi pueblo, y por las muchas que allá se levantan sobre ellas, no las llevo de muy buena gana. Si sus mercedes me las pagan, yo se las daré. Mostrad acá, dijo el fullero, que estos señores y yo os las pagaremos muy bien. Dióles una baraja hecha á su modo, y como el licor de Ciudad Real se arrima tanto al corazon, y humea para el cerebro, alegráronse, y con mucho gusto echaron la rifa á cuatro quínolas. El fullero les dejó llegar á cada uno á tres sin haber tomado ninguna para sí, y en dos pasantes que echó, una de su mano, y otra del que tenia al lado, hizo las cuatro, y arrebató la sortija, haciendo grandes algazaras con ella. Picáronse de esto, y dijeron: Juguemos dineros. El fullero, con cierta socarronería, negando al principio, dijo, que no queria poner en peligro su dinero ó las vacas que se habian de comprar de él: pero al fin, persuadido, jugó; teniendo más gana él que los otros, que con palabras que tenia hechas á propósito, los iba haciendo picar. Pedia que les diesen de beber de la olorosa bota que estaba metida en parte fresca, y en calentándose las orejas echaban doblas como granizo; de suerte, que se estuvieron toda la tarde jugando, una vez ganando el fullero, y otra dejando ganar á los mercaderes, por disimular la fullería, y quejándose á veces, decia: Vuesas mercedes me han de ganar aquí esta tarde cuatro ó cinco mil escudos, segun estoy de picado.