Vida del escudero Marcos de Obregón
Part 12
Cerradas las puertas del humilladero, para defensa del viento, y encendido el carbon para la del frio, estaba el lugar abrigado y apacible, que el armonía que el aire hace con el ruido de las canales produce una consonancia agradable para las orejas y no para el cuerpo, que en esto se diferencia el oido del tacto, que hay cosas que tocadas son buenas, y oidas son malas, y al contrario. Comimos, y encerrados todo el dia con la oscuridad, la noche y dia fueron todo noche. Tornó el ermitaño á repetir su primera pregunta, y como estábamos ociosos, y encerrados, sin tener otra ocupacion, tratamos de lo que se nos ofreció. Preguntóme dónde habia estudiado, y cómo me habia divertido tanto por el mundo, siendo de una ciudad tan apartada del concurso ordinario, y que para la cortedad de la vida humana tiene bastantes y sobrados regalos para pasar con alguna quietud. Yo le respondí á todo lo que me preguntó: Aunque aquellos altos riscos y peñas levantadas, por la falta de la comunicacion, despertadora de la ociosidad, y engendradora de amistades, no son muy conocidos; con todo eso cria tan gallardos espíritus, que ellos mismos apetecen la comunicacion de las grandes ciudades y Universidades, que purifican los ingenios, y los hinchen de doctrina, por donde hay vivos en este tiempo varones, con cuya salud se alegra, con tanta aprobacion de hombres doctos, que no tienen necesidad de la mia. Tuvimos allí un gran maestro de gramática, llamado Juan Cansino, no de los que dicen ahora Preceptores, sino de aquellos á quien la antigüedad dió nombre de gramáticos, que sabian generalmente de todas las ciencias, doctísimo en las humanas letras, virtuoso en las costumbres, dechado que obligaba á que se las imitasen, las cuales enseñó juntamente con la lengua latina, en que hacia muy elegantes versos. Era naturalmente manco de ambas manos; pero de los más respetados y temidos á fuerza de virtud propia; lo cual grangeó con enseñar silencio más que hablar, porque decia él muchas veces que el hablar era para las ocasiones forzosas, y el callar para siempre. De esto, y la lengua latina, si no fuí de los mejores discípulos, tampoco fuí de los peores.
Estando yo razonablemente instruido en la lengua latina, de manera que sabia entender un epígrama y componer otro, y adornado con un poco de música, (que siempre han tenido entre sí algun parentesco estas dos facultades), por la inquietud natural que siempre tengo y he tenido, quise ir á donde pudiese aprender alguna cosa que me adornase y perfeccionase el natural talento que Dios y naturaleza me habian concedido. Mi padre, viendo mi deseo é inclinacion, no me hizo resistencia, antes me habló á su modo con la sencillez que por allá se usa, diciendo: Hijo, mi costilla no alcanza á más de lo que he hecho, id á buscar vuestra ventura, Dios os guie y haga hombre de bien; y con esto me echó su bendicion, y me dió lo que pudo, y una espada de Bilbao, que pesaba más que yo, que en todo el camino no me sirvió sino de estorbo. Partíme para Córdoba, aunque llegué entero, que es donde acude el arriero de Salamanca, y allí vienen de toda aquella comarca los estudiantes que quieren encaminarse para la dicha Universidad. Fuíme al meson del Potro, donde el dicho arriero tenia posada, holguéme de ver á Córdoba la llana, como muchacho inclinado á trafagar el mundo. Fuíme luego á ver la Iglesia mayor, por oir la música, donde me dí á conocer á algunas personas, así por acompañar á mi soledad, como por tratar gente de quien poder aprender; que realmente con la poca esperiencia y haberme apartado poco habia de mis padres y hermanos, acto que engendra encogimiento en los más gallardos espíritus, viendo que en aquella ausencia era forzoso, y que la fortuna nos acomete en cobardía, animéme lo mejor que pude, diciendo: la pobreza me sacó, ó por mejor decir, me echó de casa de mis padres, ¿qué cuenta daria yo de mí si me tornase á ella? Si los pobres no se alientan y animan á sí propios, ¿quién los ha de animar y alentar? Y si los ricos acometen las dificultades, los pobres ¿por qué no acometerán las dificultades, y aun los imposibles, si es posible? Enternézcome con la memoria de mis hermanos; pero esta se ha de olvidar con el deseo de poderles hacer bien; y si no pudiere, á lo menos habré hecho de mi parte lo posible y obligatorio. No se vienen las cosas sin trabajo; quien no se anima de cobarde, se queda en los principios de la dificultad; si no hago más que mis vecinos, tan ignorante me quedaré como ellos; ánimo, que Dios me ha de ayudar. Fuíme á mi posada, ó á la del meson del Potro, y púseme á comer lo que yo pude, que era dia de pescado: en sentándome á la mesa, llegóse cerca de mí un gran marchante, que los hay en Córdoba muy finos, que debia ser vagamundo, y me oyó hablar en la Iglesia mayor, ó el diablo hablaba en él, y díjome: Señor soldado, bien pensará vuesa merced que no le han conocido, pues sepa que está su fama por acá esparcida muchos dias há. Yo soy un poco vano, y no poco: creímelo, y le dije: Vuesa merced ¿conóceme? Y él me respondió: De nombre y fama muchos dias há, y diciendo esto sentóse junto á mí, y me dijo: Vuesa merced se llama N. y es gran latino, poeta y músico: desvanecíme mucho y convidélo si queria comer: él no se hizo de rogar y echó mano de un par de huevos y unos peces, y comiólos; yo pedí más, y él dijo: Señora huéspeda (porque no posaba en aquella posada) no sabe vuesa merced lo que tiene en su casa; sepa que es el mas hábil mozo que hay en toda la Andalucía: á mí dióme más vanidad, y yo á él más comida, y dijo: Como en esta ciudad se crian siempre tan buenos ingenios, tienen noticia de todos los que hay buenos en toda esta comarca. ¿Vuesa merced no bebe vino? No señor, respondí yo. Hace mal, dijo él, porque es ya un hombrecito, y para caminos y ventas, donde suele haber malas aguas, importa beber vino, fuera de ir vuesa merced á Salamanca, tierra frigidísima, donde un jarro de agua suele corromper á un hombre: el vino templado con agua da esfuerzo al corazon, color al rostro, quita la melancolía, alivia en el camino, da corage al más cobarde, templa al hígado, y hace olvidar todos los pesares: tanto me dijo del vino, que me hizo traer de lo fino media azumbre, que él bebiese, que yo no me atreví. Bebió el buen hombre, y tornó á mis alabanzas, y yo á oirlas de muy buena voluntad, y al sabor de ellas á traer más comida, tornó á beber y á convidar á otros tan desengañados como él diciendo que yo era un Alejandro, y mirando hácia mí, dijo: No me harto de ver á vuesa merced, que vuesa merced es N. Aquí está un hidalgo, tan amigo de hombres de ingenio, que dará por ver en su casa á vuesa merced doscientos ducados.
Ya yo no cabia en mí de hinchado con tantas alabanzas, y acabando de comer, le pregunté quién era aquel caballero. Él dijo: Vamos á su casa, que quiero poner á vuesa merced con él. Fuimos, y siguiéndole aquellos amigos suyos, y del vino, y yendo por el barrio de San Pedro, topamos en una casa grande un hombre ciego, que parecia hombre principal, y riéndose el bellacon, me dijo: Este es el hidalgo que dará doscientos ducados por ver á vuesa merced. Yo corrido de la burla le dije: Y aun por veros á vos en la horca los diera yo de muy buena gana. Ellos se fueron y yo quedé muy colérico y medio afrentado con la burla, aunque dijo verdad, que el ciego bien diera por verme cuanto tenia. Esta fué la primera baza de mis desengaños, y el principio de conocer que no se ha de fiar nadie de palabras lisonjeras, que traen el castigo al pié de la obra. ¡De qué podia yo envanecerme, pues no tenia virtud adquirida en que fundar mi vanidad! La poca edad está llena de mil desconciertos y desalumbramientos; los que poco saben fácilmente se dejan llevar de la adulacion. Yo me dejé engañar con aquello que deseaba hubiera en mí, pero no es de espantar que un hombre sencillo y sin experiencia sea engañado de un cauteloso; mas será digno de castigo si se deja engañar segunda vez. No tenia de qué correrme por lo hecho, sino de qué aprender para adelante á desapasionarme de las cosas del mundo; pero al fin me lastimó la burla de manera, que no siendo amigo de venganzas, quise probar la mano, á ver si sabria dar una traza para que me la pagase aquel burlador. Habia otros estudiantes esperando al mismo arriero, híceme camarada con ellos, y comenzamos á pasear juntos. Yo me quité el vestido de camino y me vestí una sotanilla y ferreruelo negro de muy gentil ventidoseno de Segovia, y trújelo de manera, que los estudiantes lo conociesen bien, y luego me torné á poner de camino. El bellaco del burlador vino á la tarde, riéndose mucho, y yo más, porque no entendiese que me habia corrido; díjele: que queria por mi amigo á hombre de tan buen gusto, y entre los dos y sus amigos reimos el disimulo con que habia comido y hablado. Él tenia conocimiento, no muy sencillo, en una casa donde se daba de comer razonablemente, y á precio convenible, y así me dijo, que queria que comiese yo allí siempre, porque nos harian cortesía; yo le dije: Sí haré, con tal que vuesa merced coma conmigo, pero estoy esperando un mercader que acude á las ferias de Ronda, para quien traigo una libranza de cien ducados, y hasta que él venga, no lo puedo pasar muy bien. No le dé á vuesa merced pena, dijo él, pensando que tenia lance, que yo haré que le fien cuanto quisiere. Eso no, dije yo, que tiemblo de tratar de fiar, ni ser fiado, que por ahí se perdió mi padre. Yo le daré á vuesa merced una muy gentil prenda sobre que nos fien, hasta que venga este mercader. Sea en hora buena, dijo el buen hombre. Fuíme á mi casa, y doblando muy bien aquel ferreruelo de ventidoseno, llaméle á solas, de que él se holgó mucho, y díselo para que le llevase por prenda; yendo yo con él, vísele dar, y comenzamos á comer sobre él, el bellacon y los dos estudiantes, y yo estuve siempre alerta, que no pudiese entrar sin mí á la casa donde comíamos, porque no me hiciese alguna treta, como lo tenia pensado, que de la mia no tenia sospecha. Vino el arriero de Salamanca, y tratamos de irnos. El redomazo, como no pudo hacer treta con el cuidado que yo tenia, á lo menos pidióle á la buena mujer una docena de reales sobre el ferreruelo, porque dijo que queria ir fuera: no pudo decírselo sin que yo lo entendiese; díjele: Pues se va fuera vuesa merced, dígale á esa señora que si yo viniere por el ferreruelo con el dinero, me lo dé. Y así lo hizo, que su intencion era desaparecerse hasta que se hubiese ido el arriero, y quedarse con la prenda. Desaparecióse, y yo fuí á un juez, y le dije con gran sentimiento y palabras que pudieran moverle, que como habia sido estudiante, era fácil el persuadirle, quejándome: Señor, yo soy estudiante, y estoy de camino para Salamanca; habiendo quince dias que estoy aquí esperando al arriero, hanme hurtado un ferreruelo que me llegó á veinte ducados, tengo noticia que está en cierta casa, suplico á vuesa merced porque no me desavie de ir con el arriero, pues sabe vuesa merced, como tan gran estudiante y letrado, en qué caen estas cosas, me mande con justicia restituir el ferreruelo, que el que lo hurtó guardó al punto crudo, porque me faltase tiempo para cobrarlo, y gozar más de su bellaquería. No le valdrá, dijo el juez, que á semejantes trazas sé yo acudir con justicia y diligencia. ¡Qué grande maldad que á un pobre estudiante, que quizá no llevaba otra cosa con que honrarse en Salamanca, le querian desaviar quedándose con su hacienda hurtada! Dió luego á un alguacil y escribano comision para que hiciese la diligencia. Yo repartí entre los dos ocho reales, con que se les encendió el deseo de cumplir con lo mandado por el juez. Fuí con los dos estudiantes á la buena mujer, Dios me lo perdone, y dejando á la puerta el escribano y alguacil, díjele que me sacase el ferreruelo. Sacólo, viéronlo los estudiantes, y conocieron ser el mio. Entraron el alguacil y escribano, y tomados los testigos, la mujer dijo: que no queria dar el ferreruelo, sino á quien se lo habia empeñado, que era un conocido suyo, hombre muy honrado. El escribano se hizo depositario de él, y en llegando al juez con la informacion, mandó entregarme mi ferreruelo, dando mandamiento de prision contra el bellaconazo, que si antes no parecia por lo que queria hacer, despues no pareció por lo que queria hacer con él. Fuímonos con el arriero, y habiendo comido á costa suya, lo dejamos en este trance, con que reimos todo el camino. No alabo yo el haber hecho esta pesada burla, que al fin fué venganza, cosa indigna de un valeroso pecho, y que realmente en esta edad no la hiciera; pero quien hace mal á quien no se lo merece, ¿qué espera sino venganza y castigo? Estos hombres vagamundos y ociosos, que se quieren sustentar y alimentar de sangre agena, merecen que toda la república sea su fiscal y verdugo.
El ocioso siempre piensa en hacer mal, ó en defenderse del que ha hecho, y en no pensando en esto, está triste y melancólico. La melancolía facilísimamente acomete á los holgazanes. ¡Qué contento queda uno de estos cuando ha puesto en ejecucion una maldad, y qué presto vuelve á estar en su mala intencion! La misma vida que trae el ocioso, lo trae arrastrando: por más infelice tengo á un hombre ocioso, que á un enfermo; porque éste tiene esperanza de salud, y la procura con todos los medios posibles; mas los ociosos y vagamundos nunca desean salir de su mal estado: como el que está en galeras muchos años no se halla fuera de aquella miseria, así el ocioso, en ocupándolo, no se halla fuera de su ruin vida. ¡Qué disgustos pasa cuando juega y pierde! ¡Qué desesperacion siente cuando ve á los virtuosos bien puestos! ¡Qué carcoma infernal le acomete cuando se ve incapaz de merecer lo que el otro alcanza! Dios nos libre de tan abominable vicio, orígen y principio de pobreza, poca estimacion, olvido de la honra y ofensa de la Magestad de Dios.
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DESCANSO X.
Fuimos caminando con el arriero la mitad del camino al pié de la letra, y la otra como tercios de pescado cuando al arriero se le antojaba; que era mozo resuelto, de condicion desapacible, enseñado á perder el respeto á los estudiantes novatos, y así nos quiso hacer una burla en un pueblo pequeño, y en parte la hizo; lo uno por llevar sus mulos descansados, y lo otro porque pensó quedándose solo derribar la fortaleza de una mujercita de buena gracia que iba en nuestra compañía, destituyéndola del arrimo y apoyo que llevaba con cierto oficial que se habia de casar con ella. Fingió que le habian hurtado un zurron de dineros, y que la justicia venia á prendernos á todos para darnos tormento hasta averiguar quién lo tenia: y junto con esto juró que nos habia de dejar en la cárcel, y caminar con los mulos lo que pudiese, que para muchachos sin esperiencia, cualquiera temor de estos bastaba: creímoslo como si fuera verdad averiguada, y encareciólo de manera que nos hizo andar toda aquella noche, tras lo que habíamos caminado el dia antes, cinco ó seis leguas, y no caminando, sino huyendo por dehesas y montañas fuera de camino, sin guia que nos pudiese alumbrar por donde íbamos; y él se quedó riendo, importunando con requiebros y mal lenguaje á la pobre mujer sola y sin defensa; pero no le sucedió como pensaba, porque el ruido que él habia hecho habia sido por medio de un alguacilejo amigo suyo: y la mujer como valerosa, despues de haberse defendido de la violencia, que con ella quiso usar, tuvo modo como escabullirse de él, y yéndose al Alcalde, le dijo con grandísima accion de palabra y sentimiento, que aquel arriero habia hecho una estratagema y maraña muy perniciosa, por aprovecharse de ella y quitarle el remedio que consigo traia: Creyólo el buen hombre, así por conocer la desvergüenza y mal trato del arriero, como por atajar el daño, que á la pobre mujer le podia suceder; y afeándole este caso y la inhumanidad que habia usado con los estudiantes, le mandó que diese fianzas, que llevaria muy regalada á la mujer, sin hacerle agravio ni ofensa, y que no le castigaba muy gravemente por no desaviar la jornada á los estudiantes: y amonestóle, que mirase cómo procedia, porque le castigaria con todo rigor, sin tener respeto á cosa alguna, si por el camino iba haciendo insolencias, y mandóle con esto que se aviase muy de mañana para recoger á los cansados y hambrientos estudiantes: ¡oh arrieros, impía gente y sin caridad! ¡crueles contra su misma naturaleza! No conocen á nadie más de en cuanto le están quitando el dinero. Y así los castiga Dios, porque tienen muchas posadas y pocos amigos. Todos los géneros de gente aman la piedad, si no son estos. El dia que no hacen alguna burla á los caminantes, no están en sí. Tratan con bestias, y así se van convirtiendo en su naturaleza. No se ha visto que llevando bestias vacías aliviasen del trabajo y cansancio del camino á algun miserable; parece que les falta el uso de la razon natural como á este, que no pudiera uno de ley contraria usar con nosotros más exorbitante bellaquería que hacernos huir de noche, cansados de haber caminado el dia antes, sin más ocasion que cometer dos enormes maldades. Íbamos huyendo, y por no ser sentidos, y en tropa, dividímonos cada cual por donde mejor le pareció. Yo seguí una media vereda, que estaba bien cubierta de árboles; hice cuanto pude de mi parte por no quedarme más atrás de los otros, pero mi cansancio era de modo que en poco espacio á ninguno de todos sentia. Puse el oido en la tierra, que de este modo se oyen mejor los pasos aunque estén algo lejos: no sentí cosa que me hiciese compañía. Traspúseme un poco, y luego díme priesa á andar, volviéndome hácia atrás, pensando que iba adelante, y así cuanto más andaba y me apresuraba, menos esperanza tenia de alcanzar los compañeros: hácia las espaldas me parecia que oía perros ladrar algo lejos, que como los compañeros iban apriesa alteraban estos animalejos. Como no estaba ejercitado en caminos, y el dia antes se habia trabajado en eso, el sueño, como descanso general de todos los miembros, solicitaba sus horas diputadas, y no pudiendo ya más conmigo, rendíme al cansancio y al sueño. Topéme con un alcornoque, bien ancho de tronco, y por una parte descorchado, de suerte que formaba un arrimo á modo de alacena, donde pude arrimar y reclinar las molidas espaldas. Dejéme dormir; pero como no se duerme bien sentado, caíme de lado como una cosa muerta. Desperté á cabo de un rato, porque parecia que me andaban hormigas por el rostro, limpiélas con la mano y volvíme del otro lado: torné á recordar, porque sentí lo mismo; pero como el cansancio era tanto, y el sueño tan profundo, aunque algo temeroso de la soledad en que me veia, dejéme caer tercera vez en el mismo lugar. No mucho despues, aunque el sueño no mide el tiempo, desperté á una tristísima y cansada voz de un ¡ay! que al parecer salia de las entrañas de la tierra, que hizo en las mias tal armonía, que por poco me faltara el aliento y la vida; mas teniendo la respiracion, así por el temor como por tornar á escuchar con atencion la dolorosa voz, sentí otra más cerca de mí, que como habia unas matas un poco altas, no veia el instrumento de donde salia.
Ya yo estaba casi para espirar, ó para hacer alguna flaqueza indigna de hombre de pecho, cuando muy cerca de mí, tanto que veia el bulto, sonó tercera vez la voz diciendo: ¡Ay de mí, más infelice y sola que cuantas padecen cautiverio, servidumbre en las mazmorras de crueles é inclementes moros! ¡ay de mí, la más desventurada que las que han visto despedazar sus hijos en su presencia! ¡ay, más sin remedio y consuelo que las ya condenadas por sentencia de rigoroso juez! ¡Oh sitio maldito, árbol descomulgado, testigo de dos muertes, por quien yo diera mil vidas, si las tuviera! ¿Qué exequias hará quien desea morir sin ellas, siendo homicida de sí propia? ¿Con qué llanto podré entregarme á la rabiosa muerte que tanto huye de mí? ¿Cuántos dias y noches vengo á ver si puedo acompañar estos despedazados miembros? Yo me levanté, y estando ella junto á mí, sin hacer movimiento, y yo temblando, me dijo: ¿Eres acaso sombra que vienes enviada de la region de los muertos á llevarme á la compañía de mi esposo y de mi amigo? Si eres de allá, ya sabes que en este mismo lugar adonde estás, mi amante dió la muerte á mi esposo sin consentimiento mio, por gozarme á solas y con libertad, y que en ese mismo árbol el amante, que me habia quedado para consuelo, pagó la culpa de su delito. Veslo ahí sobre tí colgado, siendo mantenimiento de aves y animales. Yo, escandalizado, alcé el rostro, y ví, porque ya comenzaba á amanecer, á aquel cuyos gusanos andaban por mi rostro, cuando yo pensaba que eran hormigas: y confieso que con el horrendo espectáculo de la desesperada mujer, y con el hediente espantajo del árbol, si no hubiera luz, me cayera muerto, cortado y sin fuerzas; mas para no hacerlo, me ayudó el oir los cencerros y campanillas de la recua del arriero, que ya salia del pueblo, porque como arriba dije, pensando que iba delante, me iba hácia atrás, y á él le hicieron salir más de mañana que solia, porque fuese á recoger los engañados estudiantes. Y prosiguiendo la miserable mujer, dijo: Y si eres cosa de este mundo, huye de este execrable lugar, y déjame proseguir mis acostumbradas exequias, desesperado mantenimiento con que me desayuno todas las mañanas: y bien pudo dudar la irremediable mujer si yo era fantasma ó vision horrible de los olvidados sepulcros; porque el temor me habia chupado los carrillos, alargando el rostro y teñido el color de rojo en pajizo: la falta del sueño me tenia hundidos los ojos á lo último del colodrillo: el hambre prolongado el pescuezo vara y media, y el cansancio desjarretado piernas y brazos; el ferreruelo tenia hecho turbante sobre la cabeza: miren qué figura para no juzgarme por del otro mundo, y no digo lo demás por mi honra. No pude responder palabra, ni ofrecerle ningun favor, porque para mí le habia menester. No acertaba á apartarme de aquella más que horrible mujer, de ojos encarnizados y hundidos, nariz prolongada, rostro arrugado y hambriento, dientes amarillos, labios negros, barba aguzada, el cuello que parecia lengua de vaca: torcíase las manos que parecian dos manojos de culebras, y todo lo demás á esta traza. El temor me tenia trabado el entendimiento, y el entendimiento las demás acciones que podian aprovecharme para partirme de ella; pero alentándome lo mejor que pude, y pude muy mal, fuí moviendo los piés como toro desjarretado, maldiciendo la soledad, y á quien quiere andar sin compañía; considerando qué bien puede traer, si no es estas cosas y otras peores; ¿qué temores no trae? ¿qué imaginaciones no engendra? ¿qué males no causa? ¿qué desesperaciones no ofrece? Los que tienen aborrecida la vida, buscan la soledad para acabarla de presto. Quien huye la compañía, no quiere ser aconsejado en su mal. ¿Hay más apacible cosa que la compañía? ¿ni más odiosa que la soledad? ¿cuántas desdichas, cuántos robos, cuántas muertes suceden cada dia por ir sin compañía? ¿cuántas venganzas se ponen en ejecucion, que no se pondrian sino por la soledad? Al solo nadie le va la mano en el mal, ni le ayuda en el bien. ¡Ay del solo que si cae, no hay quien le ayude á levantar! Ándese quien quiera solo, que la soledad sólo es buena para Santos ó para poetas, que los unos tratan con Dios, que los acompaña, y los otros con su imaginacion, que los desvanece.
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DESCANSO XI.