Vida de Jesús

Part 9

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Pero el bautismo no era para Juan sino un signo destinado á causar impresion y á preparar los ánimos á algun gran movimiento. Es indudable que abrigaba en alto grado las esperanzas mesiánicas y que su accion principal se dirigia en este sentido. «Haced penitencia, exclamaba, porque se aproxima el reino de Dios»[275]. Anunciaba tambien una «cólera suprema», esto es, terribles catástrofes que habrian de realizarse[276], y declaraba que el hacha amenazaba ya la raíz del árbol, el cual no tardaria en ser arrojado al fuego. Juan representaba á su Mesías con una criba en la mano recogiendo el buen grano y arrojando la paja á las llamas. Para el Bautista, la penitencia, cuya forma consistia en el bautismo, la limosna y la enmienda de las costumbres[277], eran los grandes medios de prepararse á los acontecimientos que se hallaban próximos. No se sabe exactamente de qué manera comprendia él esos acontecimientos; pero está fuera de duda que predicaba con grande energía contra los mismos adversarios de Jesús, tales como los fariseos, los sacerdotes ricos, los doctores, en una palabra, contra el judaismo oficial; y que, así como á Jesús, le acogian favorablemente las clases menospreciadas[278]. El anacoreta de Judea daba poquísima importancia al título de hijo de Abraham, y decia que Dios podia convertir en hijos de Abraham los guijarros del camino[279]. La grande idea de una religion pura, idea que fué el triunfo de Jesús, no parece haberla poseido ni áun en gérmen; pero sustituyendo el rito privado á las ceremonias legales rodeadas de sacerdotes, sirvió de poderoso auxiliar á aquella idea, así como los Flagelantes de la edad media, arrebatando el monopolio de los sacramentos y de la absolucion al clero oficial, sirvieron de precursores á la Reforma. El tono general de los sermones del Bautista era severo y áspero. Las expresiones que usaba contra sus adversarios tenian, á lo que parece, el sello de extremada violencia[280]. Sus discursos eran una ruda y contínua invectiva. Probablemente no permaneció ajeno á la política; Josefo, que sin duda tuvo de él ámplias noticias por medio de su maestro Banú, lo deja traslucir á medias palabras[281], y así lo hace tambien suponer la catástrofe que puso fin á sus dias. Sus discípulos hacian una vida muy austera[282], ayunaban frecuentemente y afectaban un aire triste y receloso. Vése por momentos asomar en aquel grupo la idea de la comunidad de bienes y la de que el rico debe repartir lo que posee[283]. El pobre aparece ya figurando en primera línea entre los que el reino de Dios debe colmar de beneficios.

Aunque la Judea era el centro de accion de Juan, la fama de su nombre llegó pronto á oidos de Jesús, el cual habia ya formado en torno suyo un pequeño círculo de oyentes, atraidos por sus primeros discursos. Jesús, no gozando todavía de mucha autoridad, y aguijado, sin duda, por el deseo de ver á un maestro cuya enseñanza tenía tantos puntos de contacto con sus propias ideas, salió de Galilea con su reducida escuela y se dirigió hácia Juan[284]. Los recien llegados se hicieron bautizar, como todo el mundo. Juan acogió bastante bien á aquel enjambre de discípulos galileos y no le pesó que formasen en distintas filas que los suyos. Los dos maestros eran jóvenes, y entre ellos habia muchas ideas comunes; así es que no tardaron en amarse, dándose públicamente repetidas muestras de deferencia y aprecio recíprocos. Semejante hecho sorprende á primera vista, y casi está uno por negarle, si se tiene en cuenta el carácter de Juan. La humildad no fué nunca en el pueblo judío el rasgo característico de las almas fuertes, y parece más probable que aquella voluntad de bronce, aquella especie de Lamennais siempre irritado, fuese en extremo colérico, y no sufriese ni rivalidad ni semi-adhesion. Pero esta manera de concebir las cosas estriba en la falsa idea que se tiene respecto á Juan. Ordinariamente nos le representamos como un anciano, cuando, por el contrario, era de la misma edad de Jesús[285] y muy jóven, segun las ideas de la época. En el órden espiritual, no fué el padre de Jesús, sino más bien su hermano. Esto supuesto, ¿qué tiene de particular que siendo los dos jóvenes entusiastas, y abrigando las mismas esperanzas, hicieran causa comun y se apoyaran recíprocamente? Un maestro encanecido en la enseñanza de su doctrina se habria indudablemente indignado al ver que un jóven sin celebridad se llegaba á él con pretensiones de independencia: no hay ejemplo de que un jefe de escuela acoja con oficiosidad y cariño al que ha de sucederle. Pero la juventud es capaz de todas las abnegaciones, y se comprende que Juan, reconociendo en Jesús un espíritu semejante al suyo, le acogiera sin ninguna prevencion. Aquellas buenas relaciones sirvieron despues á los evangelistas de punto de partida para desarrollar todo un sistema que consistió en dar por primera base á la mision divina de Jesús el testimonio de Juan. Tal era el grado de autoridad que supo conquistar el Bautista, que ninguna garantía pareció tan eficaz y á propósito como la suya. Pero el anacoreta de Judea estuvo muy léjos de abdicar ante Jesús; por el contrario, miéntras permaneció junto á él, Jesús le reconoció como superior y no desarrolló su propio genio sino muy tímidamente.

En efecto, no obstante su profunda originalidad, Jesús parece haber sido el imitador de Juan, al ménos durante algunas semanas. Su vida era todavía oscura en comparacion de la del Bautista. Además, en el curso de su carrera, Jesús no dejó de plegarse muchas veces á la corriente de la opinion, admitiendo algunas cosas que no entraban en sus proyectos, sólo porque eran populares; pero esos accesorios no perjudicaron nunca á su idea principal, y estuvieron siempre subordinados á ella. Gracias á Juan, el bautismo habia llegado á obtener gran boga; Jesús se creyó obligado á adoptarle; él y sus discípulos bautizaron tambien desde entónces[286], y sin duda acompañaban el bautismo de predicaciones parecidas á las de Juan. Así es que las orillas del Jordan se cubrieron por doquiera de Baptistas, cuyos discursos alcanzaban más ó ménos éxito. No tardó el discípulo en igualar al maestro, siendo muy solicitado su bautismo. Un sentimiento de rivalidad ó de celos se despertó entónces entre los partidarios del anacoreta de Judea y del profeta de Nazareth[287]; los discípulos de Juan se le quejaron del éxito creciente del jóven galileo, cuyo bautismo iba muy pronto, segun decian, á oscurecer el suyo; pero semejantes pequeñeces no ejercieron ninguna influencia en el ánimo de los dos maestros. Por otra parte, la superioridad de Juan era demasiado incontestable á los ojos de Jesús, apénas conocido, para que tratase de combatirla. Deseaba únicamente crecer á su sombra, y á fin de ganar terreno entre la muchedumbre, se creia obligado á emplear los medios exteriores que dieron á Juan tan asombrosa fama. Cuando, despues de la prision del Baptista, volvió Jesús á reanudar sus predicaciones, las primeras palabras que se le atribuyen no son sino la repeticion de una de las frases que tan familiares eran á aquél[288]. Otras muchas expresiones de Juan se encuentran textualmente en sus discursos[289]. Á lo que parece, las dos escuelas vivieron en buena inteligencia durante mucho tiempo[290], y al ocurrir la muerte de Juan, Jesús, como hermano confidente, fué uno de los primeros á quienes se notició aquel acontecimiento[291].

Juan fué bien pronto detenido en su carrera profética. De igual modo que los antiguos profetas judíos, dirigió frecuentemente filípicas terribles contra los poderes establecidos[292]. La vivacidad y acritud de sus palabras á este respecto, no podia ménos de ocasionarle graves inconvenientes. En Judea, Juan no parece haber sido molestado por el procurador Pilato; pero la Perea, al otro lado del Jordan, confinaba con el territorio de Antipas, y el gérmen político que ocultaban las predicaciones de Juan inquietó á aquel tirano. Las grandes reuniones de hombres que el entusiasmo religioso y patriótico formaba al rededor del Bautista tenian algo de sospechoso. Un agravio personal vino á añadirse á aquellas razones de estado, haciendo inevitable la pérdida del austero censor.

Entre los caractéres más fuertemente acentuados de aquella trágica familia de los Heródes, uno de ellos era Herodías, nieta de Heródes el Grande. Violenta, ambiciosa y apasionada, Herodías aborrecia el judaismo y despreciaba sus leyes. Habíase casado, probablemente contra su voluntad, con su tio Heródes, hijo de Mariamno[293], á quien Heródes el Grande habia desheredado[294] y el cual no desempeñó nunca ningun papel público. La posicion humilde de su marido, respecto á los otros miembros de la familia, era para ella motivo de profundo disgusto; Herodías queria ser soberana á todo trance[295], é hizo de Antipas el instrumento de su ambicion. Hallándose perdidamente enamorado de ella, aquel hombre débil y sin carácter la prometió tomarla por esposa, despues de repudiar á su primera mujer, la hija de Hareth, rey de Petra y emir de las tribus fronterizas de la Perea. La princesa árabe llegó á tener noticia del proyecto y determinó huir: disimulando su designio, fingió un viaje á Machero, punto situado en las tierras de su padre, y se hizo acompañar por los oficiales de Antipas[296].

Makor ó Machero era una fortaleza colosal, construida por Alejandro Janeo, y restaurada despues por Heródes, la cual se alzaba en uno de los sitios más escarpados de cuantos existen en la parte oriental del mar Muerto[297]. Era aquél un país áspero, salvaje, poblado de extravagantes leyendas y, segun la creencia general, frecuentado por los demonios[298]. La fortaleza estaba justamente en el límite de los estados de Hareth y de Antipas, y en aquel momento se hallaba en posesion del primero[299]. Advertido Hareth, habia preparado cuanto era indispensable á la fuga de su hija, la cual fué, de tribu en tribu, conducida hasta Petra.

Entónces tuvo lugar la union, casi incestuosa, de Antipas y de Herodías[300]. Entre los judíos severos y la irreligiosa familia de los Heródes, las leyes judáicas sobre el matrimonio eran incesantemente una piedra de escándalo[301]. Hallándose los miembros de aquella numerosa, pero aislada, dinastía reducidos á casarse entre ellos, resultaban de aquí frecuentes violaciones de los impedimentos que la ley establecia. Juan se hizo el eco del sentimiento general y censuró enérgicamente la conducta de Antipas[302]. No se necesitaba tanto para atizar el ódio de aquél y decidirle á tomar medidas violentas: mandó prender al Bautista y ordenó que se le encerrase en la fortaleza de Machero, de la cual se habia, sin duda, apoderado despues de la fuga de la hija de Hareth[303].

Antipas, más débil y cobarde que cruel, no deseaba la muerte de Juan, porque, segun algunos, temia que produjese una sedicion popular[304]. Otros aseguran[305] que habia llegado á escuchar con placer las doctrinas del prisionero, y que las palabras de éste habian sido para él motivos de grandes perplejidades. Sea como fuere, lo cierto es que el cautiverio de Juan se prolongó, y que áun desde el fondo de su encierro traspiraba su influjo al exterior. No sólo se hallaba en correspondencia con sus discípulos, sino que volverémos á encontrarle en relacion con el mismo Jesús. Afirmóse más y más su fe en la próxima venida del Mesías, y desde su calabozo seguia atentamente los movimientos exteriores, tratando de descubrir en ellos los signos favorables al cumplimiento de las esperanzas que alimentaba.

CAPÍTULO VII

DESARROLLO DE LAS IDEAS DE JESÚS SOBRE EL REINO DE DIOS

Hasta el arresto de Juan, que aproximadamente le hacemos constar en el verano del año 29, Jesús no se separó de las cercanías del mar Muerto y del Jordan. La permanencia en el desierto de Judea era generalmente considerada como el preparativo de grandes acontecimientos, como una especie de «retiro» que precedia á los actos públicos. Jesús, á ejemplo de los demás, se sometió á él, pasando cuarenta dias sin otra compañía que la de las fieras y ayunando rigurosamente. La imaginacion de los discípulos se ejercitó muchísimo respecto á aquel retiro.

El desierto, segun las creencias vulgares, era considerado como la residencia de los diablos[306].

Pocos sitios existen en el mundo más desiertos, más abandonados de Dios, más inaccesibles á la vida que la cascajosa falda que forma la orilla occidental del mar Muerto. Así pues, créese, que durante el tiempo que Jesús permaneció en aquel horroroso país sufrió terribles pruebas; que Satanás le aterrorizó con su falsa apariencia ó que le acarició con embriagadoras promesas, y que despues los ángeles, para premiarle por su triunfo, habian venido en su ayuda[307].

Probablemente al abandonar el desierto fué cuando Jesús supo el arresto de Juan Bautista.

No existian ya motivos para prolongar su permanencia en un país que le era casi extraño. Quizás temia tambien verse envuelto en las sospechas que se desplegaban acerca de Juan, y no queria exponerse en un tiempo en que su muerte no hubiera podido servir de nada al progreso de sus ideas, en vista de la poca celebridad que gozaba. Volvió á Galilea[308], su verdadera patria, fortalecido por una importante experiencia y habiendo adquirido con el contacto de un gran hombre, muy diferente á él, el sentimiento de su propia originalidad.

En suma, la influencia de Juan más bien habia sido desagradable que útil á Jesús. Fué un dique para su desarrollo: todo conduce á creer que tenía, cuando descendió al Jordan, ideas superiores á las de Juan, y que por una especie de concesion se inclinó por un momento hácia el bautismo.

Quizás si el Bautista, á cuya autoridad le hubiera sido difícil sustraerse, hubiese permanecido libre, no rechazara el yugo de los ritos y de las prácticas exteriores, y entónces sin duda hubiera permanecido un oscuro sectario judío, porque el mundo no hubiera abandonado sus prácticas por otras nuevas.

El cristianismo sedujo las almas elevadas por el atractivo de una religion exenta de toda forma exterior. Una vez preso el Bautista, su escuela disminuyó bastante, y Jesús cedió á su propio movimiento. Lo único que debió á Juan fué, en parte, algunas lecciones de predicacion y de accion popular. En efecto, desde este momento predica con más ardor, imponiéndose á la muchedumbre con autoridad[309].

Tambien parece que su permanencia al lado de Juan, no tanto por la accion del Bautista como por la marcha natural de sus propios pensamientos, corroboró mucho sus ideas sobre «el reino del cielo.» Su palabra favorita desde entónces es la «buena nueva», el anuncio que el reino de Dios está cercano[310]. Jesús no será solamente un moralista ingenioso, aspirando á encerrar en algunos aforismos cortos y conmovedores lecciones sublimes; es el revolucionario trascendental, que ensaya regenerar el mundo por sus mismas bases y poner en práctica sobre la tierra el ideal que ha concebido. «Esperar el reino de Dios» será sinónimo de ser discípulo de Jesús[311]. Esta frase de «reino de Dios» ó «reino del cielo», como ya lo hemos dicho, era familiar á los judíos hacia mucho tiempo. Pero Jesús la dió un sentido moral, una importancia social que el mismo autor del Libro de Daniel no se atrevió á entrever en su entusiasmo apocalíptico.

En el mundo, tal como es, el mal impera. Satanás es «el rey de este mundo»[312], y todo le obedece. Los reyes matan á los profetas. Los sacerdotes y los doctores no ejecutan siempre lo que mandan hacer á los otros. Los justos son perseguidos, y el único patrimonio de los buenos es llorar. El «mundo» es así el enemigo de Dios y de sus santos[313]; pero Dios se despertará y vengará á los suyos. El dia se acerca, porque la abominacion llega á su término. Al reino del bien le tocará su vez.

El advenimiento de ese reino del bien será una grande y súbita revolucion. El mundo parecerá trasformado: siendo malo el estado actual, para representarse el porvenir, basta sólo con idear, poco más ó ménos, lo contrario de lo que existe. Los primeros serán los últimos[314]. Un nuevo órden regirá á la humanidad. Al presente el bien y el mal están mezclados como la miés y la cizaña en un campo. Su dueño los deja crecer á la vez; pero la hora de la separacion violenta llegará[315]. El reino de Dios será como una gran redada, que juntos trae el pescado bueno y malo: el bueno se deposita en los cestos, desembarazándose del resto[316].

El gérmen de esa gran revolucion será desde luégo desconocido. Será como la simiente de la mostaza, la más pequeña de las simientes, pero que una vez arrojada en tierra, se convierte en árbol, á la sombra de cuyas hojas vienen los pájaros á descansar[317]; ó bien como la levadura, que unida á la masa, hace que toda fermente[318]. Una serie de parábolas, muchas veces oscuras, estaba destinada á manifestar la sorpresa de ese súbito advenimiento, sus injusticias aparentes, su carácter inevitable y definitivo[319].

¿Quién será el que establezca ese reino de Dios? Recordemos que la primera idea de Jesús, idea tan profunda en él, que probablemente no reconoció ningun orígen, fué que él era el hijo de Dios, el íntimo de su padre, el ejecutor de su voluntad. La respuesta de Jesús á tal cuestion no podia ser dudosa. La persuasion de que él haria reinar á Dios se apoderó de su espíritu; se consideró como el reformador universal de una manera absoluta. El cielo, la tierra, la naturaleza en todas sus partes, la locura, la enfermedad y la muerte sólo son instrumentos para él. En su heróico acceso de voluntad, se cree todopoderoso. Si el mundo no se aviene á esta suprema transformacion, el mundo será pulverizado, purificado por la llama y el aliento de Dios. Se creará un nuevo cielo, y el mundo entero será poblado de ángeles del Señor[320].

Una revolucion radical[321], abarcando hasta la misma naturaleza, tal fué, pues, el pensamiento fundamental de Jesús. Desde entónces, sin duda, habia renunciado á la política; el ejemplo de Júdas el Gaulonita le habia demostrado la inutilidad de las sediciones populares. Jamás pensó en sublevarse contra los romanos y los tetrarcas. El principio anárquico y desenfrenado del Gaulonita no era el suyo. Su respeto á los poderes establecidos, sarcástico en el fondo, era completo en la forma. Pagaba el tributo al César por no llamar la atencion. La libertad y el derecho no son de este mundo: ¿por qué, pues, turbar su vida por vanas susceptibilidades?

Despreciando el mundo y convencido de que el presente no merece que se tenga zozobra por él, se refugió en su reino ideal: fundó esa gran doctrina del desprecio trascendente[322], verdadera doctrina de la libertad de las almas, que es la sola que proporciona la paz. Pero aún no habia dicho: «Mi reino no es de este mundo.» Numerosas tinieblas se presentaban á sus más rectas miras. Algunas veces extrañas tentaciones cruzaban por su mente. En el desierto de Judea, Satanás le habia brindado con el reino de la tierra. No conociendo el poder del imperio romano, podia, con el fondo de entusiasmo que existia en Judea y que poco tiempo despues vino á convertirse en una terrible resistencia militar; podia, deciamos, abrigar la esperanza de fundar un reino por la audacia y el número de sus partidarios. Muchas veces, quizás, asaltó su imaginacion la cuestion suprema: ¿El reino de Dios se realizará por la fuerza ó por la dulzura, por la rebelion ó por la paciencia? Cuentan que un dia las sencillas gentes de Galilea quisieron levantarle y hacerle rey[323].

Jesús huyó á la montaña, donde permaneció algun tiempo solo. Su privilegiada naturaleza le preservó del error que hubiera hecho de él un perturbador ó un jefe de rebeldes, un Theudas ó un Barkokebas.

La revolucion que quiso hacer fué siempre una revolucion moral; pero para ello, no era llegado el caso de emplear en su ejecucion los ángeles y la trompeta final. Queria proceder sobre los hombres y por los mismos hombres. Un visionario que no hubiera tenido otra idea que la proximidad del juicio final, no se habria cuidado de mejorar al hombre y no habria podido fundar la mejor enseñanza moral que la humanidad ha recibido. Por su pensamiento cruzaba bastante de vago, y un sentimiento noble, más bien que un designio determinado, le guiaba en la obra sublime realizada á causa de él, aunque de otra manera bien diferente á la que él se imaginaba.

Ciertamente que era el reino de Dios, quiero decir el reino del espíritu, el que fundaba en efecto; y si Jesús, desde el seno de su Padre, ve fructificar su obra en la historia, puede decir en verdad: Hé ahí lo que yo he querido. Lo que Jesús fundó, lo que eternamente quedará de él, salvo las imperfecciones que lleva consigo toda cosa realizada por la humanidad, es la doctrina de la libertad de las almas. Ya la Grecia habia tenido acerca de esto magníficos pensamientos[324]. Diferentes estóicos habian hallado el medio de ser libres bajo la dominacion de un tirano. Pero, en general, el mundo antiguo se habia figurado la libertad como sujeta á ciertas formas políticas: los más libres se llamaban Harmodio y Aristógiton, Bruto y Casio. El verdadero cristiano está más libre de toda traba: aquí abajo es un desterrado: ¿qué le importa el dueño pasajero de esta tierra, que no es su patria? La libertad para él es la verdad[325]. Jesús no conocia bastante la historia para comprender cuán á tiempo llegaba semejante doctrina, en un momento en que la libertad republicana espiraba y en que las pequeñas constituciones municipales de la antigüedad fallecian bajo la unidad del imperio romano. Pero su admirable buen sentido y el instinto verdaderamente profético que tenía de su mision, le guiaron en esto con admirable seguridad. Por esta frase: «Dad al César lo que es del César y á Dios lo que es de Dios», creó una cosa extraña á la política, un refugio para las almas en medio del imperio de la fuerza bruta. Seguramente que tal doctrina tenía sus peligros. Establecer en principio que la señal para reconocer el poder legítimo es mirar la moneda, proclamar que el hombre perfecto paga el impuesto por desprecio y sin discutir, era destruir la república á la manera antigua y favorecer todas las tiranías. El cristianismo, en este sentido, ha contribuido no poco á debilitar el sentimiento de los deberes del ciudadano y á exponer al mundo al poder absoluto de los hechos consumados. Pero al constituir una numerosa asociacion libre, que durante trescientos años supo vivir sin política, el cristianismo compensó ámpliamente el perjuicio que ocasionara á las virtudes cívicas. El poder del Estado quedó reducido á las cosas de la tierra; libertó el espíritu, ó al ménos la terrible segur de la omnipotencia romana quedó rota para siempre.

Sobre todo, el hombre que se halla preocupado con los deberes de la vida pública, no dispensa á los otros que pongan de su parte algo por cima de las querellas de partido. Condena sobremanera á los que subordinan á las cuestiones sociales las políticas, y siente por éstas una especie de indiferencia; y en un sentido tiene razon, porque toda direccion exclusiva es perjudicial al buen gobierno de las cosas humanas. Pero los partidos, ¿qué progreso han hecho experimentar á la moralidad general de nuestra especie? Si Jesús, en lugar de fundar su reino celeste, hubiera ido á Roma á conspirar contra Tiberio, ó á echar de ménos á Germánico, ¿en qué hubiera venido á parar el mundo? Republicano austero, patriota celoso, no hubiera detenido el gran curso de los negocios de su siglo, miéntras que, declarando insignificante la política, reveló al mundo esta verdad: que la patria no es el todo, y que el hombre es anterior y superior al ciudadano.