Vida de Jesús

Part 8

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Si las ideas del jóven maestro no hubiesen traspasado mucho ese nivel de mediana bondad, más arriba del cual no ha podido elevarse hasta hoy la especie humana, el paraíso habria sido en efecto trasportado á la tierra. La fraternidad de los hombres, hijos de Dios, y las consecuencias morales que de ella resultan, se deducian con exquisito sentimiento. Jesús, como todos los rabinos de su época, era poco aficionado á los razonamientos encadenados y encerraba su doctrina en aforismos concisos y de una forma expresiva, á veces rara y enigmática[206]. Algunas de aquellas máximas procedian de los libros del Antiguo Testamento; otras eran pensamientos de sabios más modernos, particularmente de Antígono de Soco, de Jesús, hijo de Sirach, y de Hillel; máximas que habian llegado hasta él, no á consecuencia de sabios estudios, sino como proverbios que circulaban entre el pueblo. La sinagoga era rica en máximas de muy feliz expresion, las cuales formaban una especie de literatura proverbial bastante conocida[207]. Jesús adoptó casi toda aquella enseñanza oral, pero animándola de un espíritu superior[208]. Encarecia de ordinario los deberes trazados por la Ley y por los antiguos, pero aspirando á perfeccionarlos. Todas las virtudes de humildad, de perdon, de caridad, de abnegacion, de rigidez para consigo mismo, virtudes que se han llamado con razon cristianas, si por ello se entiende que fueron predicadas por Cristo, se hallaban en gérmen en aquella enseñanza. Respecto á la justicia, Jesús se contentaba con repetir la máxima ya conocida: «Haced vosotros con los demás hombres todo lo que deseais que hagan ellos con vosotros»[209]. Pero esta máxima, todavía bastante egoista, no le bastaba. Pronto debia llegar hasta el exceso:

«Si alguno te hiriere en la mejilla derecha, vuélvele tambien la otra. Y al que quiera armarte pleito para quitarte la túnica, alárgale tambien la capa[210].

»Si tu ojo derecho es para tí una ocasion de pecar, sácale y arrójale fuera de tí[211].

»Amad á vuestros enemigos, haced bien á los que os aborrecen, y orad por los que os persiguen y calumnian[212].

»No juzgueis á los demás, si quereis no ser juzgados[213]. Perdonad, y seréis perdonados[214]. Sed pues misericordiosos, así como tambien vuestro Padre es misericordioso[215]. Mucho mayor dicha es el dar que el recibir[216].

»Quien se ensalzáre será humillado, y quien se humilláre será ensalzado»[217].

Respecto á la limosna, á la piedad, á las buenas obras, al amor de la paz y al completo desinteres del corazon, habia poco que añadir á la doctrina de la sinagoga[218]. Pero su acento, lleno de uncion, hacia nuevos, por decirlo así, los aforismos conocidos de muy antiguo. La moral no se compone de principios más ó ménos bien expresados. La poesía del precepto es lo que hace amarle, y entra por más que el precepto mismo considerado como verdad abstracta. Es innegable que aquellas máximas que Jesús tomaba de sus predecesores producen en el Evangelio distinto efecto que en la antigua Ley, en el _Pirké Aboth_ ó en el Talmud. Ni el Talmud ni la antigua Ley han conquistado el mundo ni cambiado su faz. La moral evangélica, poco original por sí misma, si por ello se entiende que podria recomponerse toda entera con máximas mucho más antiguas, no deja de ser por eso la más elevada creacion que haya salido de la conciencia humana, el más hermoso código de la vida perfecta que haya trazado ningun moralista.

Jesús no hablaba contra la Ley mosáica, pero claramente se conoce que la encontraba insuficiente, y á cada paso dejaba traslucir su pensamiento. Repetia sin cesar que era preciso hacer más de lo que habian dicho los antiguos sabios[219]; prohibia la menor palabra áspera ó desabrida[220], así como el divorcio[221] y el juramento[222]; condenaba la pena del talion[223]; vituperaba la usura[224]; conceptuaba el deseo voluptuoso tan criminal como el adulterio[225], y recomendaba, en fin, el perdon universal de las injurias[226]. El motivo en que apoyaba estas máximas de elevada caridad, era siempre el mismo:

«Para que seais hijos de vuestro Padre celestial, el cual hace nacer su sol sobre buenos y malos. Que si no amais sino á los que os aman, ¿qué premio habeis de tener? ¿no lo hacen así áun los publicanos? Y si no saludais á otros que á vuestros hermanos, ¿qué tiene eso de particular? ¿por ventura no hacen esto tambien los paganos? Sed pues vosotros perfectos, así como vuestro Padre celestial es perfecto»[227].

Un culto puro, una religion sin sacerdotes y sin prácticas exteriores, basándose toda ella en los sentimientos del corazon, en la imitacion de Dios[228] y en la comunicacion inmediata de la conciencia con el Padre celestial: tales eran las consecuencias de estos principios. Jesús no retrocedió nunca ante esas atrevidas deducciones que hacian de él un revolucionario de primer órden en el seno del judaismo. ¿Á qué fin establecer intermediarios entre el hombre y su Padre? ¿Á qué fin aquellas purificaciones, aquellas prácticas externas y del todo corporales[229]; siendo así que Dios no ve sino el corazon? La tradicion misma, tan respetable y santa para los judíos, es poca cosa comparada con el sentimiento puro[230]. La hipocresía de los fariseos, que al orar volvian la cabeza para ver si álguien los observaba, que daban sus limosnas ostensiblemente y que ponian en sus vestidos señales para que por ellas los reconociesen como personas piadosas, toda esa mojigatería de la falsa devocion indignaban á Jesús. «En verdad os digo que ya recibieron su recompensa,--decia;--mas tú, cuando des limosna, haz que tu mano izquierda no perciba lo que hace tu derecha, para que tu limosna quede oculta, y tu Padre, que ve lo oculto, te recompensará[231].

»Asimismo cuando orais no habeis de ser como los hipócritas que de propósito se ponen á orar de pié en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres: en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, al contrario, cuando hubieres de orar, entra en tu aposento y, cerrada la puerta, ora en secreto á tu Padre, y tu Padre, que ve lo secreto, te premiará. En la oracion no afecteis hablar mucho, como hacen los gentiles, que se imaginan haber de ser oidos á fuerza de palabras; que bien sabe vuestro Padre lo que habeis menester, ántes de pedírselo»[232].

Jesús no afectaba ningun signo exterior de ascetismo, contentándose con orar, ó mejor dicho, con meditar en las montañas, ó en los lugares solitarios, en esos sitios adonde siempre ha ido el hombre á buscar á Dios[233]. Esa elevada nocion de la comunicacion entre el hombre y el Sér divino, de la cual muy pocas almas han sido capaces, áun despues de él, se resumia en la oracion que desde entónces enseñaba á sus discípulos[234]: «Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea el tu nombre; venga el tu reino. Hágase tu voluntad como en el cielo así tambien en la tierra. El pan nuestro de cada dia dánosle hoy. Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos á nuestros deudores. Libranos del mal.» Insistia particularmente sobre el pensamiento de que el Padre celestial sabe mejor que nosotros lo que nos conviene, y de que es casi hacerle una ofensa el pedirle tal ó cual cosa determinada[235].

En esto no hacia Jesús sino deducir las consecuencias de los grandes principios que el judaismo habia poseido y que las clases oficiales de la nacion tendian á desconocer más y más. Las plegarias de los griegos y de los romanos fueron casi siempre una palabrería llena de egoismo. Un alma pagana jamás habria dicho al creyente:

«Si al tiempo de presentar tu ofrenda en el altar, allí te acuerdas que tu hermano tiene alguna queja contra tí; deja allí mismo tu ofrenda delante del altar y vé primero á reconciliarte con tu hermano, y despues volverás á presentar tu ofrenda»[236].

En la antigüedad, únicamente los profetas judíos, y en particular Isaías, por su antipatía contra el sacerdocio, entrevieron la verdadera naturaleza del culto que el hombre debe á Dios.

«¿De qué me sirve á mí la muchedumbre de vuestras víctimas? Ya me tienen fastidiado. Yo no gusto de los holocaustos de carneros, ni de la gordura de los pingües ni de la sangre de los becerros; abomino el incienso, porque vuestras manos tienen sangre. Lavaos, pues, purificaos, aprended á hacer bien, buscad lo que es justo, y entónces venid»[237].

En los últimos tiempos, algunos doctores, tales como Simeon el Justo[238], Jesús, hijo de Sirak[239], é Hillel[240], llegaron casi á la misma doctrina, declarando que la Ley debia compendiarse. En el mundo judeo-egipcio, Filon sustentaba al mismo tiempo que Jesús doctrinas de elevada moral, cuya consecuencia era el abandono de las prácticas legales[241]. Schemaia y Abtalion se mostraron asimismo en más de una ocasion libérrimos casuistas[242]. Rabbi Iohanan iba pronto á elevar las obras de misericordia sobre el estudio de la Ley[243]. Pero sólo Jesús pronunció esas humanitarias máximas de una manera eficaz. Ninguno ha sido tan poco aficionado como Jesús al sacerdocio ni más enemigo de las formas que ahogan la religion so pretexto de protegerla. Bajo el punto de vista de la sencillez de su doctrina, todos somos sus discípulos y continuadores; con ella puso la piedra fundamental de la religion verdadera, y, si la religion es la cosa más esencial de la humanidad, por ella mereció el rango divino que se le ha concedido. La idea de un culto fundado en la pureza del corazon y en la fraternidad humana, idea que Jesús trajo al mundo, era tan absolutamente nueva y de tal modo elevada, que la iglesia cristiana debia sobre este punto desconocer por completo sus intenciones: áun en nuestros dias, sólo algunas almas son capaces de adherirse á ella.

Un sentimiento exquisito de la naturaleza proporcionaba á Jesús á cada instante imágenes expresivas. Sus aforismos revelaban á veces notable finura y hasta eso que nosotros llamamos ingenio; otras, su forma viva se prestaba al oportuno empleo de proverbios populares. «¿Cómo dices á tu hermano: deja que te quite esa pajita del ojo, siendo así que tienes una viga en el tuyo? ¡Hipócrita! quita primero la viga de tu ojo, y entónces podrás sacar la mota del de tu hermano»[244].

Estas lecciones, contenidas largo tiempo en el corazon del jóven maestro, atraian ya á algunos iniciados. El espíritu del tiempo tendia marcadamente á la formacion de pequeñas iglesias: aquélla fué la época de los Esenios ó Terapeutas. Por todas partes aparecian rabinos, cada cual con diferente enseñanza, como Schemaia, Abtalion, Hillel, Schammai, Júdas el Gaulonita, Gamaliel y otros muchos cuyas máximas formaron el Talmud. Pero entónces se escribia poco; los doctores judíos de aquel tiempo no componian libros; todo se reducia á pláticas ó lecciones públicas, á las cuales se daba un giro sencillo á fin de que pudieran retenerse fácilmente en la memoria[245]. El dia en que el jóven carpintero de Nazareth principió á predicar aquellas máximas--conocidas ya en su mayor parte, pero que sin embargo debian regenerar el mundo--nadie lo tuvo por un acontecimiento. Fué un rabino de más dedicado á la enseñanza (pero ciertamente el más embelesador de todos), al rededor del cual se agrupaban algunos jóvenes deseosos de oirle y amantes de la novedad. La atencion de los hombres necesita para ser cautivada el auxilio del tiempo. Allí no habia todavía cristianos; sin embargo, el cristianismo estaba ya fundado y nunca fué tan perfecto como en aquel primer instante. Jesús no le añadirá ya nada que sea permanente. Al contrario, le comprometerá hasta cierto punto, porque toda idea llamada á tener éxito necesita de sacrificios; porque jamás se sale inmaculado de la lucha de la vida.

En efecto, no basta concebir el bien, es preciso popularizarlo, hacérselo admitir á los hombres, y para ello hay que poner la planta en vias ménos puras. Seguramente que el Evangelio sería más perfecto si se limitara á algunos capítulos de Matheo y de Lúcas, y se prestaria ménos á tantas objeciones; pero ¿habria, sin los milagros, conquistado el mundo? Si Jesús hubiera muerto en aquel momento de su carrera, no habria en la historia de su vida ciertas páginas que nos disgustan; pero, aunque más grande á los ojos de Dios, habria permanecido ignorado de los hombres:--su nombre se habria perdido entre la multitud de grandes almas desconocidas, que son casi siempre las mejores de todas; la verdad no habria sido promulgada, y el mundo no se habria aprovechado de la inmensa superioridad moral que su Padre le habia concedido. Jesús, hijo de Sirak, é Hillel, emitieron aforismos casi tan elevados como los de Jesús. Y sin embargo, Hillel no pasará jamás por ser el verdadero fundador del cristianismo. En la moral, así como en el arte, el hablar no conduce á nada; el obrar conduce á todo. La idea que se oculta bajo un cuadro de Rafael significa muy poco; el valor está en el cuadro. Lo mismo sucede en la moral; la verdad no tiene realce hasta que no pasa al estado de sentimiento y no adquiere todo su brillo sino cuando se realiza en el mundo como hecho. Hombres de mediana moralidad han escrito hermosas máximas; de igual manera ha habido hombres muy virtuosos que no han hecho nada por continuar en el mundo la tradicion de la virtud. El lauro pertenece, pues, al que ha sido poderoso en palabras y obras, al que, sintiendo el bien, le hizo triunfar sellándole con su sangre. Jesús no tiene rival bajo este doble punto de vista; su gloria permanece entera y será renovada constantemente.

CAPÍTULO VI

JUAN BAUTISTA -- VIAJE DE JESÚS HÁCIA JUAN Y SU PERMANENCIA EN EL DESIERTO DE JUDEA -- ADOPTA EL BAUTISMO DE JUAN

Por aquel tiempo apareció y se halló en relacion con Jesús un hombre extraordinario, cuya vida, á causa de la escasez de documentos, es para nosotros enigmática hasta cierto punto. Aquellas relaciones tendieron en un principio á separar al jóven profeta de Nazareth del camino que habia adoptado; pero tambien le sugirieron la idea de varios accesorios importantes de su institucion religiosa, y proporcionaron á sus discípulos gran autoridad para recomendar á su maestro á los ojos de cierta clase de judíos.

Hácia el año 28 de nuestra era (décimoquinto del reinado de Tiberio) se extendió por toda Palestina la reputacion de un tal Iohanan ó Juan, jóven asceta impetuoso y apasionado. Juan era de raza sacerdotal[246], y á lo que parece habia nacido en Jutta, cerca de Hebron, ó acaso en Hebron mismo[247]. Situada en las inmediaciones del desierto de Judea y á algunas horas del gran desierto de Arabia, Hebron era entónces la ciudad patriarcal por excelencia, y como hoy, uno de los baluartes del espíritu semítico en su más austera forma. Juan fué _nazir_ desde su infancia, esto es, que habia hecho voto de someterse á ciertas abstinencias[248]. Desde muy temprano, el desierto, de que en cierto modo se hallaba rodeado, ejerció sobre él poderosa atraccion[249]. Vestido de pieles ó de telas groseras tejidas con pelos de camello, hacia allí la vida de un _yogui_ de la India, alimentándose de langostas y de miel silvestre[250]. Cierto número de discípulos, agrupados en torno suyo, participaban de su género de vida y meditaban sus máximas severas. Si algunos rasgos particulares no hubiesen denunciado en aquel solitario al último descendiente de los grandes profetas de Israel, se habria uno creido trasportado á las orillas del Gánges.

Desde que la nacion judáica se puso á reflexionar con desesperado empeño sobre su futuro destino, la imaginacion del pueblo se complacia en evocar las figuras de los antiguos profetas. De todos los personajes del pasado, cuyo recuerdo venía, como las visiones de una noche agitada, á despertar y conmover al pueblo, el más grande era el profeta Elías. Aquel gigante de los profetas, que vivió entre las asperezas del monte Carmelo, teniendo por toda compañía la vecindad de las bestias feroces y habitando en las concavidades de las rocas, de donde salia como el rayo para hundir y levantar reyes, se habia convertido por una serie de trasformaciones sucesivas en una especie de sér sobrehumano, unas veces visible, otras invisible, á quien la muerte respetaba. Creíase generalmente que Elías iba á venir de nuevo á fin de restaurar á Israel[251]. La vida austera que habia hecho en el desierto, los recuerdos terribles que habia dejado, recuerdos, bajo cuya impresion vive todavía el Oriente[252]; aquella sombría imágen que áun en nuestros tiempos atemoriza; toda esa mitología, llena de venganza y de terrores, influia vivamente en los ánimos y marcaba con su sello todas las concepciones populares. Cualquiera que aspiraba á ejercer grande influencia sobre el pueblo debia imitar á Elías; y como la vida solitaria habia sido el rasgo característico de aquel profeta, habíase adquirido la costumbre de no considerar al «hombre de Dios» sino como un eremita. Creíase que todos los santos personajes habian tenido sus dias de penitencia, de vida agreste, de ásperas austeridades[253]. La permanencia en el desierto llegó á ser de este modo la condicion indispensable y el preludio de altos destinos.

Es indudable que esta idea de imitacion influyó muchísimo en Juan[254]. La vida anacorética, tan opuesta al antiguo espíritu judáico y con la cual nada tenian que ver los votos semejantes á los de los _nazires_ y _rechabitas_, alcanzaba gran boga en Judea. Los Esenios ó Terapeutas se hallaban agrupados cerca del país de Juan, sobre las márgenes orientales del mar Muerto[255]. Imaginábase todo el mundo que los jefes de secta debian ser eremitas ó solitarios y tener sus reglas é institutos propios como los fundadores de órdenes religiosas. Los maestros de la juventud eran tambien en ocasiones una especie de anacoretas[256] bastante parecidos á los _gurus_ del brahmanismo. ¿Se dejaba quizás sentir en esto la influencia más ó ménos remota de los _munis_ de la India? ¿Habian llegado hasta Judea, como llegaron indudablemente á Siria ó Babilonia, algunos de aquellos vagabundos frailes budistas que recorrian la tierra en todas direcciones predicando con su exterior edificante y convirtiendo á personas que ni siquiera sabian su lengua, así como la recorrieron despues los primeros franciscanos? Se ignora por completo. Desde hacia algun tiempo, Babilonia habia llegado á ser un verdadero foco de budismo; Budasp (Bodhisattva) tenía reputacion de ser un sabio caldeo y se le consideraba como el fundador del _sabismo_. Y ¿qué era el _sabismo_ en sí? Lo que indica su etimología[257]; el _baptismo_, es decir, la religion de los bautismos multiplicados, el orígen de la secta que todavía existe con el nombre de «cristianos de San Juan» ó mendaistas, y á los cuales llaman los árabes _el-mogtasila_, esto es, «los baptistas»[258]. No es empresa fácil desembrollar estas vagas analogías. Las sectas que en los primeros siglos de nuestra era[259] flotaban, allende el Jordan, entre el judaismo, el sabismo y el cristianismo, ofrecen á la crítica, á causa de la confusion de las noticias, el más singular é inextricable problema. De todos modos, puede admitirse que várias de las prácticas exteriores de Juan, de los Esenios[260], y de los preceptores espirituales judíos de aquella época, procedian de una influencia reciente del alto Oriente. La práctica fundamental que caracterizaba la secta de Juan, y que sin duda motivó su nombre, tuvo siempre su centro en la baja Caldea, constituyendo una religion que se ha perpetuado hasta nuestros dias.

Aquella práctica era el bautismo ó la inmersion total. Las abluciones estaban ya en uso entre los judíos como en todas las religiones de Oriente[261]. Los Esenios le habian dado una extension particular. El bautismo habia llegado á ser una ceremonia ordinaria al ingresar los prosélitos en el seno de la religion judía; una especie de iniciacion[262]. Sin embargo, ántes de nuestro Bautista no se habia dado á la inmersion aquella importancia ni aquella forma. Juan habia fijado el centro de su actividad en la parte del desierto de Judea próxima al mar Muerto[263]. En las épocas en que administraba el bautismo, se trasladaba á las márgenes del Jordan[264], cerca de Bethania ó Bethabara[265], sobre la orilla oriental (probablemente frente á Jericó), ó bien al sitio llamado Ænon ó «las Fuentes»[266], no léjos de Salim, donde el agua era mucho más abundante[267]. Considerable muchedumbre, en particular de la tribu de Judá, corria hácia aquel paraje para recibir el bautismo[268] de manos del anacoreta. Y tanto creció su fama, que en pocos meses llegó á ser uno de los hombres más influyentes de la Judea.

El pueblo le consideraba como un profeta[269], y várias personas se imaginaban que era Elías resucitado[270]. La creencia en tales resurrecciones era muy general[271]: creíase que Dios haria salir de sus sepulcros á varios de los antiguos profetas para que sirvieran de guía al pueblo de Israel y le condujeran hácia su destino. Otros tomaban á Juan por el Mesías mismo, sin embargo de que él no manifestó nunca semejante pretension[272]. Los sacerdotes y los escribas, opuestos á aquel renacimiento de profetismo, y siempre enemigos de las almas entusiastas, despreciaban al rígido eremita. Pero la popularidad del Bautista les imponia respeto y no se atrevian á hablar en contra de él[273], lo cual era una victoria que el sentimiento de la muchedumbre alcanzaba sobre la aristocracia sacerdotal. Cuando se obligaba á los jefes de los sacerdotes á que se explicáran claramente sobre este punto, no sabian cómo hacerlo[274].