Part 7
Mayor influencia ejerció en el ánimo de Jesús el movimiento provocado por Júdas el Gaulonita ó el Galileo. Entre todos los vejámenes que Roma imponia á los países nuevamente conquistados, ninguno era tan impopular como el censo[162]. Esta medida, que siempre extrañan los pueblos no acostumbrados á las cargas de las grandes administraciones centrales, era particularmente odiosa á los ojos de los judíos. Un empadronamiento habia ya provocado en tiempo de David violentas recriminaciones y las amenazas de los profetas[163]. En efecto, el censo era la base del impuesto, y éste, con arreglo á las ideas de la teocracia pura, casi una impiedad. Siendo Dios el único dueño que el hombre debe reconocer, pagar el diezmo al soberano terrenal es deificarle hasta cierto punto. La teocracia judía, completamente extraña á la idea de estado, no hacia en esto sino deducir su última consecuencia, es decir, la negacion de toda sociedad civil y de todo gobierno. El dinero de las arcas públicas se miraba como dinero robado[164]. El empadronamiento que ordenó Quirino (año 6 de nuestra era) despertó vigorosamente esas ideas y produjo inmensa fermentacion, haciendo al fin estallar un movimiento en las provincias del Norte. Un tal Júdas, natural de la ciudad de Gamala, sobre la orilla oriental del lago de Tiberiade, y un fariseo llamado Sadok, se atrajeron, negando el impuesto, numerosos partidarios que bien pronto se declararon en abierta rebelion[165]. Las máximas fundamentales de aquel partido consistian en que, siendo Dios el único «dueño», no debia darse á nadie este título, y en que la libertad es preferible á la vida. Probablemente Júdas profesaba otros muchos principios, que Josefo, siempre cuidadoso de no comprometer á sus correligionarios, omite con marcada intencion; porque, á la verdad, no se comprende que por una idea tan sencilla le concediese el historiador judío un rango elevado entre los filósofos de su nacion, y le mirase como el fundador de una cuarta escuela paralela á las de los Fariseos, Saduceos y Esenios. Júdas fué, á no dudarlo, el jefe de una secta galilea, preocupada por el mesianismo, que acabó por llegar á un movimiento político. El procurador Coponius domó la sedicion del Gaulonita; pero la escuela subsistió y conservó sus jefes, como lo prueba el encontrarla de nuevo, sumamente activa, tomando parte en las últimas luchas de los judíos contra los romanos[166], capitaneada por Manahem, hijo del fundador, y por un tal Eleazar, pariente del primero. Quizás Jesús conoció á aquel Júdas que de tan diferente modo que él concibió la revolucion judáica; por lo ménos conoció su escuela, y probablemente el error del Gaulonita le inspiró el axioma de «dad al César lo que es del César», etc. Léjos de toda sedicion, el prudente Jesús se aprovechó de la falta de su predecesor, y soñó con otro reino y con otro rescate.
La Galilea era, pues, una vasta hornaza donde se hallaban en ebullicion los más opuestos elementos[167]. La consecuencia de aquellas agitaciones fué un extraordinario desprecio de la vida, ó mejor dicho, una especie de afan por salir al encuentro de la muerte[168]. En los grandes movimientos de fanatismo, las lecciones de la experiencia sirven de poco ó nada. En Argelia, durante los primeros años de la ocupacion francesa, inspirados que se decian invulnerables y enviados por Dios para arrojar á los infieles, aparecian cada primavera: su muerte se olvidaba apénas ocurrida, y el pueblo concedia la misma fe á los nuevos fanáticos que se levantaban al año siguiente. La dominacion romana, si bien rudísima bajo cierto aspecto, no era todavía muy quisquillosa, y dejaba ancho campo á la libertad. Aquellas grandes dominaciones brutales, terribles en la represion, estaban léjos de ser tan recelosas como las potencias que tienen un dogma que guardar, y abrian la mano hasta el momento en que creian oportuno emplear el rigor. En su carrera vagabunda, Jesús no fué ni una sola vez molestado por la policía. Aquella libertad, y sobre todo la ventaja que tenía Galilea de hallarse mucho ménos ligada que el resto de la Judea por los lazos del pedantismo farisáico, daban á aquella comarca gran superioridad sobre Jerusalen. La revolucion, ó mejor dicho el mesianismo, agitaba allí todos los corazones:--creíanse en vísperas de la gran renovacion, y los textos de la Escritura, torturados en diferentes sentidos, servian de pábulo á las más colosales esperanzas. En cada línea de los sencillos escritos del Antiguo Testamento imaginaban hallar la seguridad, y hasta cierto punto, el programa del reino futuro que debia traer la paz á los justos y poner eterno sello á la obra de Dios.
Bajo el punto de vista del órden moral, aquella division en dos partes opuestas, en interes y en espíritu, habia sido siempre un principio fecundo para la nacion hebrea. Todo pueblo susceptible de grandes destinos debe ser un mundo en miniatura, pero completo, encerrando en su seno polos opuestos. Grecia tenía á algunas leguas de distancia á Esparta y á Aténas, dos antípodas á los ojos del observador superficial, pero en realidad hermanas rivales indispensables la una á la otra. Lo mismo sucedia en Judea. El desarrollo del Norte, ménos brillante bajo cierto aspecto que el de Jerusalen, fué mucho más fecundo; las obras más notables del pueblo judío procedieron siempre de allí. La ausencia completa del sentimiento de la naturaleza, que conduce á la sequedad, al desabrimiento, á la barbarie, marcó todas la obras puramente hierosolimitanas con un sello grandioso, pero árido, triste, repugnante. Jerusalen, con sus doctores solemnes, sus insípidos canonistas y sus devotos hipócritas y atrabiliarios, no habria conquistado la humanidad. El Norte dió al mundo la cándida Sulamita, la humilde Cananea, la apasionada Magdalena, el buen padre adoptivo José, la Vírgen María. Sólo el Norte formó el cristianismo: Jerusalen es, por el contrario, la verdadera patria del judaismo obstinado que fundaron los fariseos, que el Talmud consagró y que, atravesando la Edad Media, ha llegado hasta nosotros.
Á formar aquel espíritu ménos austero, ménos ásperamente monoteista, por decirlo así, contribuia el aspecto de una naturaleza riente y deliciosa que imprimia á todos los sueños de Galilea un giro idílico y encantador. En el mundo no hay quizás país más árido y triste que los alrededores de Jerusalen. Por el contrario, la Galilea era una comarca fértil, cubierta de verdura, umbrosa, risueña, el verdadero país del Cántico de los cánticos y de las canciones del muy amado[169]. Durante los meses de Marzo y Abril, la campiña se cubre de una alfombra de flores de matices vivísimos y de incomparable hermosura. Los animales son pequeños, pero sumamente mansos. Tórtolas esbeltas y vivarachas, mirlos azules, de tan extremada ligereza, que se posan sobre los tallos herbáceos sin hacerlos inclinar, empenachadas alondras deslizándose casi entre los piés del viajero, galápagos de ojillos vivos y cariñosos, y cigüeñas de aire púdico y grave se agitan aquí y allá, deponiendo toda timidez y aproximándose tan cerca del hombre que parecen llamarle. En ningun país del mundo ofrecen las montañas líneas más armónicas ni inspiran tan elevados pensamientos. Jesús parece haberlas amado particularmente. Los actos más importantes de su carrera divina tienen lugar sobre las montañas; allí tenía mayor inspiracion[170]; allí conversaba muda y misteriosamente con los antiguos profetas, y allí se manifestaba ya transfigurado á los ojos de sus discípulos[171]. Aquel hermoso país, hoy tan triste y melancólico, á consecuencia del empobrecimiento que el islamismo ocasiona en la vida humana, pero que todavía respira en todo aquello que el hombre no ha podido destruir, deliciosa ternura y apacible encanto, rebosaba en tiempo de Jesús de bienestar y de alegría. Los galileos pasaban por enérgicos, valientes y laboriosos[172]. Á excepcion de Tiberiade, ciudad de estilo romano[173], construida por Antipas en honor de Tiberio (hácia el año 15), Galilea no tenía grandes poblaciones. Sin embargo, el país estaba muy poblado; cubríanle pequeñas ciudades y grandes aldeas, y todas sus comarcas se cultivaban con esmero. La campiña debia ser deliciosa; abundaban en ella los manantiales y era rica en toda especie de frutos; las viñas, las higueras, los naranjos, los granados y los limoneros sombreaban las granjas y formaban con sus ramas siempre verdes las aromáticas bóvedas de espaciosas huertas[174]. Si se juzgase por el que los judíos cosechan todavía en Safed, el vino era excelente y se hacia de él no pequeño consumo[175]. Aquella vida sin cuidados y fácilmente satisfecha no conducia al grosero materialismo de nuestros campesinos, á la rústica satisfaccion de un normando, á la tosca alegría de un flamenco:--espiritualizábase en ensueños etéreos, en una especie de poético misticismo que confundia el cielo con la tierra. ¡Dejad que el austero Juan Bautista predique la penitencia en su desierto de Judea, truene incesantemente, y se alimente de langostas en compañía de los chacales! ¿Por qué razon ayunarian los compañeros del esposo miéntras el esposo está con ellos? ¿No formará la alegría parte del reino de Dios? ¿No es ella la hija de los humildes de corazon, de los hombres de buena voluntad?
Toda la historia del cristianismo naciente llega á ser de ese modo una pastoral deliciosa. Un Mesías en una comida de bodas, la cortesana y el buen Zacheo convidados á sus festines, los fundadores del reino del cielo como una comitiva de paraninfos: hé ahí á lo que se atrevió Galilea, lo que legó al mundo haciéndoselo aceptar. La Grecia, por medio de la escultura y de la poesía, trazó hermosos cuadros de la vida humana; pero sin fondos fugaces, sin horizontes lejanos. Aquí faltan el mármol, los obreros excelentes, el idioma exquisito y refinado. Pero Galilea, con el solo auxilio de la imaginacion popular, creó el ideal más sublime; porque detrás de su idilio se agita el destino de la humanidad; porque la luz que ilumina su cuadro es el sol del reino de Dios.
Jesús vivia y crecia en aquel medio embriagador. Desde su infancia hizo casi anualmente el viaje á Jerusalen por la época de las fiestas[176]. Para los judíos provincianos aquella peregrinacion era una solemnidad llena de atractivo. Series enteras de salmos estaban consagradas á cantar las dulzuras de caminar en familia[177] durante algunos de los primeros dias primaverales, á traves de los valles y de las colinas, teniendo en perspectiva los esplendores de Jerusalen, los terrores del sagrado pórtico, y el gozo de vivir juntos por algun tiempo[178]. El camino que ordinariamente seguia Jesús en aquellos viajes era el mismo que hoy se sigue por Ginæa y Sichem[179]. Desde este último punto á Jerusalen la via es agreste en extremo. Pero las inmediaciones de los antiguos santuarios de Silo y de Bethel, cerca de los cuales se pasa, sorprenden el ánimo agradablemente. _Ain-el-Haramie_, la última etapa[180], es un lugar melancólico y encantador: pocas impresiones igualan á la que se experimenta cuando allí se pernocta. El valle es estrecho y sombrío;--de entre las rocas, perforadas por los sepulcros, mana un agua negruzca. Si no me engaño, aquél es el «Valle de las lágrimas» ó de las aguas rezumantes, cantado como una de las estaciones del camino en el delicioso salmo LXXXIV; valle que el dulce y triste misticismo de la Edad Media convirtió en el emblema de la vida. Llégase al dia siguiente á Jerusalen, y áun hoy dia la esperanza de arribar á sus muros, sostiene á la caravana, acorta la noche de la víspera y hace ligero el sueño.
Aquellos viajes, durante los cuales la nacion reunida se comunicaba sus ideas, viajes que eran casi siempre focos de grande agitacion, ponian á Jesús en contacto con el alma de su pueblo, y sin duda le inspiraban ya viva antipatía por los defectos de los representantes del judaismo. Preténdese que el desierto fué para él desde muy temprano otra escuela donde se formó su alma, y que permaneció allí largas temporadas[181]. Pero el Dios que allí encontraba no era el suyo:--era cuando más el Dios de Job, severo y terrible, sin piedad ni misericordia. Otras veces era Satanás el que iba á tentarle. Entónces regresaba á su querida Galilea y volvia á encontrar á su Padre celestial en medio de las verdes colinas y de los arroyos trasparentes, en medio de aquellos grupos de mujeres y niños que esperaban la salud de Israel, con la alegría en el alma y el cántico de los ángeles en el corazon.
CAPÍTULO V
PRIMEROS AFORISMOS DE JESÚS -- SUS IDEAS DE UN DIOS PADRE Y DE UNA RELIGION PURA -- PRIMEROS DISCÍPULOS
José murió ántes que su hijo entrase en la vida pública. Desde entónces María quedó como jefe de la familia, y esta razon explica el por qué llamaban á Jesús «hijo de María»[182] cuando querian distinguirle de sus numerosos homónimos. Despues de la muerte de su marido, viniendo á ser como forastera en Nazareth, se retiró á Caná[183], segun parece, de cuyo punto era tal vez originaria. Caná[184] era una pequeña ciudad situada en la falda de las montañas que limitan al norte la llanura de Asochis[185], y á dos horas ó dos horas y media de Nazareth. La vista, ménos grandiosa que en este punto, se extiende por toda la llanura, terminándola al norte, del modo más pintoresco, las montañas de Nazareth y las colinas de Seforis. Jesús parece haber fijado por algun tiempo su residencia en aquel sitio, y probablemente allí pasó una parte de su juventud y tuvieron lugar sus primeros destellos[186].
Jesús ejercia, como su padre, el oficio de carpintero[187], circunstancia que nada tenía de extraordinario ni de humillante, en razon á que, segun la costumbre judáica, todos los hombres consagrados á los trabajos intelectuales ejercian una ocupacion material. Los más célebres doctores tenian un oficio[188]; el mismo San Pablo, cuya educacion habia sido tan esmerada, era fabricante de tiendas[189]. Jesús no se casó: todo su amor se reconcentró en lo que él consideraba como su vocacion celestial. El sentimiento de extremada delicadeza que en él se nota respecto á las mujeres[190] se confundió siempre con la decision exclusiva que á su idea consagraba. De igual modo que Francisco de Asís y Francisco de Sáles, trató como á hermanas á las mujeres que se prendaban de su misma obra. Como aquéllos tuvo tambien sus santas Claras y sus Franciscas de Chantal; sólo que las de Jesús probablemente amaban más al maestro que la doctrina que enseñaba; de todos modos, es indudable que amó mucho ménos que fué amado. La ternura de corazon se trasformaba en él, como en todas las naturalezas elevadas, en infinita dulzura, en vaga poesía, en atractivo universal. Sus relaciones íntimas y libres, pero de un órden completamente moral, con mujeres de conducta equívoca, se explican de igual manera por la pasion que consagraba á la gloria de su Padre; pasion que le inspiraba una especie de celos por todas las bellas criaturas que podian servirle para aumentarla[191].
¿Cuál fué la marcha del pensamiento de Jesús durante aquel oscuro período de su vida? Nada se sabe, por haber llegado su historia hasta nosotros en forma de relatos dispersos y sin cronología exacta. Pero siendo el desarrollo de los productos humanos el mismo en todas partes, de suponer es que el crecimiento de una personalidad como la de Jesús obedeciese á leyes rigurosas. Una elevada nocion de la divinidad, nocion que no debió al judaismo, sino más bien á las inspiraciones y á la grandeza de su alma, fué en cierto modo el principio de su fuerza. Menester es, tratándose de este punto, renunciar á las ideas que nos son familiares y á esas discusiones en que se extravian los espíritus mezquinos. Para comprender bien la piedad de Jesús, es indispensable hacer abstraccion de cuanto ha venido á colocarse entre el Evangelio y nosotros. Deismo y panteismo han llegado á ser los dos polos de la teología. Las raquíticas discusiones de la escolástica, la aridez de espíritu de Descártes, y la profunda irreligion del siglo décimo octavo han ahogado en el seno del moderno racionalismo todo sentimiento fecundo de la divinidad, al empequeñecer á Dios y al limitarle hasta cierto punto con la exclusion de todo cuanto no es Dios mismo. En efecto, si Dios es un sér determinado que existe fuera de nosotros, la persona que cree tener relaciones particulares con Dios es un «visionario»; y como las ciencias físicas y fisiológicas nos enseñan que toda vision sobrenatural es una ilusion, el deista un poco consecuente se halla en la imposibilidad de comprender las grandes creencias del pasado. El panteismo, suprimiendo por su parte la personalidad divina, se aleja cuanto es posible del Dios vivo de las antiguas religiones. ¿En qué momentos de su agitada vida fueron deistas ó panteistas los hombres que más elevadamente comprendieron á Dios, tales como Sakia-Muni, Platon, San Pablo, San Francisco de Asís y San Agustin? Semejante cuestion no tiene sentido. Las pruebas físicas y metafísicas de la existencia de Dios hubieran sido para ellos del todo indiferentes, sintiendo como sentian al ser divino en sí mismos.--Pues bien, Jesús debe colocarse en el primer rango de esa gran familia de verdaderos hijos de Dios. Jesús no tiene visiones, Dios no le habla como si estuviese fuera de él; Dios está en él, siéntele dentro de sí, y cuanto dice de su Padre brota de su corazon. Vive en el seno de Dios y se halla con él en comunicacion constante; no le ve, pero le oye, sin que para ello necesite de truenos ni de zarza ardiente, como Moisés, ni de tempestad reveladora, como Job, ni de oráculo, como los antiguos sabios griegos, ni de genio familiar, como Sócrates, ni de ángel Gabriel, como Mahoma. La imaginacion y alucinacion de una Santa Teresa, por ejemplo, no tienen nada que hacer aquí, ni tampoco la embriaguez del sofí que se proclama idéntico á Dios. Jesús no enuncia ni por un solo instante la idea sacrílega de que él sea Dios.--Créese en relacion directa con Dios, hijo de Dios. El más elevado sentimiento de Dios que haya existido en el seno de la humanidad fué sin duda el de Jesús.
Por otra parte, se comprende que, partiendo de semejante disposicion de ánimo, no fuese Jesús un filósofo especulativo como Sakia-Muni. Nada hay tan léjos de la teología escolástica como el Evangelio[192]. Las especulaciones de los Padres griegos proceden de otro espíritu. Dios concebido inmediatamente como Padre; á esto se reduce toda la teología de Jesús. Y esto no era en él un principio teórico, una doctrina más ó ménos probada que pretendia inculcar á los demás; léjos de eso, Jesús no hacia ningun razonamiento á sus discípulos[193], no exigia de ellos ningun esfuerzo de atencion; no predicaba sus opiniones, sino su sentimiento. Las almas grandes y desinteresadas presentan frecuentemente, sin perjuicio de su mucha elevacion, ese carácter de perpétua atencion de sí mismas y esa extremada susceptibilidad personal que de ordinario son patrimonio de las mujeres[194]. Su persuasion de que Dios está en ellas, de que las atiende constantemente, es tan poderosa, que no vacilan en imponérsela á los demás: tales almas no conocen nuestra reserva ni nuestro respeto por la opinion ajena, lazos que en parte contribuyen á nuestra impotencia. Y sin embargo, esa personalidad exaltada no es el egoismo, porque semejantes hombres, una vez poseidos de su idea, no vacilan en sacrificarle su misma vida ni en sellar su obra con su sangre; es la identificacion del yo con el objeto que él abraza; identificacion llevada al último límite. Es el orgullo para los que no ven en la aparicion nueva sino la idea personal del fundador; es el dedo de Dios para los que observan sus resultados. En este terreno, muchas veces se confunde el loco con el hombre inspirado; pero el loco no deja en pos de sí nada estable. El extravío de la razon no ha tenido hasta hoy ninguna influencia en la marcha del género humano.
De suponer es que Jesús no llegase desde un principio á esa elevada afirmacion de sí propio; mas tambien es probable que desde sus primeros pasos se considerase respecto á Dios en la relacion de un hijo respecto á su padre. En esto consiste su grande acto de originalidad, y en esto es en lo que nada se parece á los individuos de su raza[195]. Ni el judío ni el musulman comprendieron jamás esa deliciosa teología de amor. El Dios de Jesús no es ese dueño fatal que mata, condena ó salva, segun mejor le acomoda; no, el Dios de Jesús es nuestro Padre, y cada uno le siente al escuchar una voz misteriosa que grita en nosotros esta dulcísima palabra: «Padre»[196]. El Dios de Jesús no es el déspota parcial que eligió á Israel por su pueblo, protegiéndole contra todos los otros; es el Dios de la humanidad. Jesús no será un patriota, como los Macabeos, ni un teócrata, como Júdas el Gaulonita; pero, elevándose audazmente sobre las preocupaciones de su nacion, fundará la universal paternidad de Dios. El Gaulonita sostenia que se debe morir ántes que dar á otro que no sea Dios el título de «amo»; Jesús prescinde de ese título y reserva para Dios otro mucho más dulce. Concediendo á los poderosos de la tierra, que son á sus ojos los representantes de la fuerza, un respeto lleno de ironía, funda el supremo consuelo, el recurso al Padre celestial, el verdadero reino de Dios que cada uno lleva en su corazon.
Ese nombre de «reino de Dios» ó de «reino del cielo»[197] fué el término favorito de que se valia Jesús para expresar la revolucion que su doctrina iba á operar en el mundo[198], y como casi todos los términos mesiánicos, procedia del Libro de Daniel. Segun el autor de este libro extraordinario, un quinto imperio, que sería el de los Santos y duraria eternamente[199], sucederia á los cuatro imperios profanos destinados á derrumbarse. Como es de suponer, ese reino de Dios sobre la tierra se prestaba á infinitas interpretaciones. Para la teología judáica, el «reino de Dios» no es sino el mismo judaismo, la verdadera religion, el culto monoteista, la piedad[200]. Jesús creyó en los últimos años de su vida que aquel reino iba á realizarse materialmente por una brusca renovacion del mundo; pero sin duda no fué ése su primer pensamiento[201]. La admirable moral que deduce de la nocion de Dios Padre no es por cierto la de los ilusos que, creyendo próximo el fin del mundo, se preparan por el ascetismo á una catástrofe quimérica; es la de un mundo que vive y vivirá mucho tiempo. «El reino de Dios está en vosotros»,--decia á los que buscaban con sutileza signos exteriores[202].--La concepcion realista del acontecimiento divino fué una sombra, un error pasajero, que la muerte hizo olvidar. El Jesús que fundó el verdadero reino de Dios, el reino de los mansos y de los humildes, ése fué el Jesús de los primeros dias[203], dias castos y serenos en que la voz de su Padre celestial resonaba en su corazon con timbre más puro. Hubo entónces algunos meses, tal vez un año, durante los cuales habitó Dios verdaderamente sobre la tierra. La voz del jóven carpintero adquirió de pronto extraordinaria dulzura, un atractivo infinito se exhalaba de su persona, y los que ántes le habian visto ya no le reconocian[204]. En aquella época aún no tenía discípulos; el grupo que le rodeaba no era ni una secta ni una escuela; pero animábale ya un espíritu comun y un no sé qué de dulce y penetrante. El carácter amable de Jesús, y sin duda una de esas caras maravillosas[205] que frecuentemente se ven en la raza judía, formaban al rededor de él como un círculo de fascinacion, al cual no podian sustraerse aquellas poblaciones benévolas y sencillas.