Part 6
Ménos aún conoció la idea nueva creada por la ciencia griega, esa idea que sirve de base á toda filosofía, que la ciencia moderna ha confirmado plenamente y que consiste en la exclusion de los dioses caprichosos á quienes la sencilla credulidad de las antiguas edades atribuia el gobierno del mundo. Cerca de un siglo ántes de él, Lucrecio habia expresado ya de una manera admirable la inflexibilidad del régimen general de la naturaleza. En las grandes escuelas de todos los países que habian recibido la ciencia griega, la negacion del milagro, deducida de la idea que en el mundo se produce todo por leyes invariables, sin ninguna intervencion personal de seres superiores, era ya un principio admitido. Quizás habia penetrado tambien en Babilonia y Persia. Jesús no tuvo noticia de aquel progreso. No obstante haber nacido en una época en que el principio de la ciencia positiva era ya proclamado, vivió en pleno sobrenatural. Tal vez nunca se hallaron los judíos tan sedientos como entónces de lo maravilloso. Filon, sin embargo de vivir en un gran centro intelectual y de haber recibido una educacion completísima, no poseia sino una ciencia quimérica y de mala ley. Bajo este supuesto, Jesús no se diferenciaba en nada de sus compatriotas. Creia en el diablo, al cual consideraba como una especie de genio del mal[122], y, como todo el mundo, se imaginaba que las enfermedades nerviosas eran producidas por los demonios, que se apoderaban del paciente, agitándole de contínuo. Para él no era lo maravilloso la excepcion, sino el estado normal. La nocion de lo sobrenatural, con sus imposibilidades, no apareció sino con la ciencia experimental de la naturaleza. El hombre ajeno á toda idea de física, que cree por medio de las preces se puede cambiar la marcha de los astros, detener las enfermedades y hasta la muerte misma, no encuentra en lo milagroso nada de extraordinario, puesto que el curso entero de las cosas es en su concepto el resultado de la voluntad libre de la divinidad. Ese estado intelectual fué siempre el de Jesús, pero semejante creencia producia en su grande alma efectos contrarios á los que ocasionaba en el vulgo. Entre las almas vulgares, la fe en la accion particular de Dios conducia á una credulidad simple y á los engaños de los charlatanes. En la suya se elevaba á una nocion profunda de las relaciones familiares entre el sér humano y Dios, y á una creencia exagerada en el porvenir del hombre; bellos errores que fueron el principio de su fuerza, porque, si bien ellos debian más tarde evidenciar sus preocupaciones á los ojos del físico y del químico, le dieron sobre sus contemporáneos un poder de que no hay ejemplo ántes ni despues de él.
Su carácter extraordinario se reveló desde muy temprano. La leyenda se complace en mostrarle desde su infancia en rebelion contra la autoridad paterna, y separándose de las vias comunes para seguir su vocacion[123]. Lo que al ménos hay de seguro es, que tuvo en poca cosa las relaciones de parentesco. Su familia no parece haberle amado[124], y en ocasiones se le nota cierta dureza para con ella[125]. Como todos los hombres verdaderamente preocupados de una idea, Jesús llegó á tener en poco los lazos de la sangre. El único que esa clase de naturalezas reconoce es el lazo de la idea: «Hé ahí á mi madre y á mis hermanos--decia extendiendo las manos hácia sus discípulos;--aquel que cumple la voluntad de mi Padre, ése es mi hermano y mi hermana.» Las gentes sencillas no lo comprendian así, y un dia, dicen que una mujer que pasaba cerca de él exclamó: «¡Dichoso el vientre que te concibió y los pechos que te alimentaron!»--«¡Dichoso más bien--respondió[126]--aquel que escucha la palabra de Dios y la practica!» Su atrevida rebelion contra la naturaleza debia llevarle pronto mucho más léjos, y no tardarémos en verle menospreciando la sangre, el amor, la patria, cuanto constituye al hombre, para no albergar en su alma y su corazon sino la idea que se le presentaba como la forma absoluta del bien y de la verdad.
CAPÍTULO IV
ÓRDEN DE IDEAS EN CUYO SENO CRECIÓ JESÚS
Así como la tierra ya enfriada por haberse apagado el fuego que la penetraba no permite comprender los fenómenos de la creacion primitiva, de igual modo las explicaciones discurridas dejan siempre algo que desear cuando se trata de aplicar nuestros débiles medios de induccion á las revoluciones de las épocas creadoras que decidieron la suerte del género humano. Jesús vivió en uno de esos momentos en que la parte de la vida pública se juega con franqueza, en que se centuplica la apuesta de la actividad humana. Todo gran destino conduce entónces á la muerte, porque tales movimientos suponen una libertad y una ausencia de medidas preventivas que no pueden existir sin terribles contrapesos. En nuestros dias, el hombre arriesga poco y gana poco:--en las épocas heróicas de la actividad humana aventura el todo por el todo. Los buenos y los malos, ó al ménos los que se creen y pasan por tales, forman dos ejércitos opuestos. Llégase á la apoteósis por el camino del cadalso, y los caractéres tienen facciones pronunciadas que los graban como tipos eternales en la memoria de los hombres. Ningun medio histórico, excepto el de la Revolucion francesa, fué tan á propósito como aquel en que se formó Jesús para desarrollar esas fuerzas ocultas que la humanidad tiene como en reserva y que no descubre sino en sus dias de fiebre y de peligro.
Si el gobierno del mundo fuese un problema especulativo, y si el más gran filósofo fuese el hombre más apto para enseñar á sus semejantes lo que deben creer, esas grandes reglas morales y dogmáticas que se llaman religiones saldrian de la calma y de la reflexion. Pero no sucede así. Los grandes fundadores religiosos, si se exceptúa Sakia-Muni, no fueron metafísicos. El budismo, que salió de la idea pura, conquistó la mitad del Asia por motivos puramente políticos y morales. En cuanto á las religiones semíticas, son tan poco filosóficas cuanto cabe en lo posible. Moisés y Mahoma no fueron hombres especulativos: fueron hombres de accion, y proponiéndola á sus compatriotas y á sus contemporáneos, consiguieron dominar la humanidad. De igual manera, Jesús no fué ni un teólogo, ni un filósofo, ni tuvo un sistema más ó ménos bien combinado. Para ser discípulo suyo no se necesitaba firmar ningun formulario ni pronunciar ninguna profesion de fe; bastaba una sola cosa: adherirse á él, amarle. Jesús no disputó jamás sobre Dios, porque directamente le sentia en sí mismo. El escollo de las sutilezas metafísicas, contra el cual tropezó el cristianismo á partir del siglo tercero, no fué en manera alguna creado por el fundador. Jesús no tuvo ni dogma ni sistema, sino una resolucion personal fija que, sobrepujando en intensidad á toda otra voluntad creada, dirige todavía en este momento los destinos de la humanidad.
Desde el cautiverio de Babilonia hasta la edad media, el pueblo judío tuvo la ventaja de hallarse constantemente en una situacion muy crítica. De ahí el que los depositarios del espíritu de la nacion escribiesen durante aquel largo período como bajo el dominio de una fiebre intensa que los coloca, unas veces fuera de los límites de la razon, otras demasiado dentro, casi nunca en el justo medio. Hasta entónces, nunca el hombre se habia apoderado del problema del porvenir y de su destino con un valor más desesperado, más resuelto á atropellar por todo á fin de resolverle. Asimilando la suerte de la humanidad con la de su pequeña raza, los pensadores judíos son los primeros que se cuidan de una teoría general de la marcha de nuestra especie. La Grecia, encerrada siempre en sí misma y atenta sólo á sus querellas locales, tuvo admirables historiadores; pero en vano se buscaria en ella ántes de la época romana un sistema general de filosofía de la historia que abrace la humanidad entera. Por el contrario, el judío hizo entrar la historia en la religion, merced á una especie de sentido profético que á veces presta al semita maravillosa aptitud para entrever las grandes líneas del porvenir. Quizás debe á la Persia una parte de ese espíritu. La Persia, desde una época muy remota, concibió la historia del mundo como una serie de revoluciones á cada una de las cuales preside un profeta. Cada profeta tiene su _hazar_ ó reinado de mil años (quiliasma), y de esas edades sucesivas, análogas á los millones de siglos pertenecientes á cada buda de la India, se compone la trama de los acontecimientos que preparan el reino de Ormuzd. Al fin de los tiempos, cuando el círculo de los quiliasmas se haya agotado, empezará el paraíso definitivo. Entónces los hombres vivirán dichosos, la tierra será como una llanura, y no habrá sino una lengua, una ley y un gobierno para todo el mundo. Pero terribles calamidades precederán á este acontecimiento. Dahak (el Satanás de Persia) romperá los hierros que le encadenan y se abatirá sobre la tierra. Dos profetas vendrán á consolar á los hombres y á preparar el gran acontecimiento[127]. Estas ideas recorrian entónces el mundo y penetraban hasta en Roma, donde inspiraron un ciclo de poemas proféticos, cuyas ideas fundamentales eran la division de la historia de la humanidad en períodos, la sucesion de dioses correspondientes á esos períodos, una renovacion completa del mundo y el acontecimiento final de una edad de oro[128]. El libro de Daniel, el de Henoch y algunos de los libros sibilinos[129] son expresiones judáicas de la misma teoría. Menester era que esas ideas fuesen las de todos. En un principio no las abrazaron sino algunas personas de imaginacion viva y aficionadas á las doctrinas extranjeras. El árido y mezquino autor del libro de Ester no pensó nunca en el resto del mundo, y si pensó, fué para menospreciarle y zaherirle[130]. El epicúreo desengañado que escribió el _Eclesiastés_, se cuida tan poco del porvenir, que hasta cree inútil trabajar para sus hijos: á los ojos de aquel célebre egoista, la esencia de la sabiduría consiste en no tener cuenta sino de sí mismo[131]. Pero en todos los pueblos, la minoría es la que hace las grandes cosas. Y á pesar de sus enormes defectos, á pesar de ser duro, burlon, mezquino en sus miras, cruel, sofista y lleno de sutilezas, el pueblo judío es el autor del más hermoso movimiento de entusiasmo desinteresado que menciona la historia. La oposicion ocasiona siempre la gloria de un país:--los más grandes hombres de una nacion son los que ella condena á muerte. Sócrates fué la gloria de Aténas, y Aténas le dió á beber la cicuta. Spinosa es el más grande de los judíos modernos, y la sinagoga le ha excluido de su seno ignominiosamente. Jesús fué la gloria de Israel, y murió crucificado.
El pueblo judáico perseguia desde hacia siglos un gigantesco desvarío que le rejuvenecia á cada paso en su decrepitud. Ajena á la teoría de las recompensas individuales, propagada por la Grecia bajo el nombre de inmortalidad del alma, la Judea habia reconcentrado toda su potencia de amor y deseo en su porvenir nacional. Creyéndose posesora de las promesas divinas de un porvenir sin límites, y siendo rechazada en sus aspiraciones por la amarga realidad que á partir del siglo nono ántes de nuestra era sometia más y más el destino del mundo al imperio de la fuerza bruta, se arrojó en la via de absurdas amalgamas ideales y ensayó las más extrañas contradicciones. Ántes del cautiverio, cuando todo el porvenir terrestre se desvaneció al separarse las tribus del Norte, la restauracion de la casa de David, la reconciliacion de las dos fracciones del pueblo y el triunfo de la teocracia y del culto de Jehová sobre los cultos idólatras, sirvieron de alimento al delirio comun. En la época del cautiverio, un poeta lleno de armonía entrevió el esplendor de una Jerusalen futura, de la cual eran tributarios los pueblos y las islas lejanas; y la entrevé por un prisma de tan dulces y suaves colores, que hubiérase dicho que un rayo de la mirada de Jesús penetraba en su imaginacion á una distancia de seis siglos[132]. La victoria de Ciro pareció realizar por algun tiempo todas aquellas esperanzas. Los graves discípulos del _Avesta_ y los adoradores de Jehová se creyeron hermanos. Al desterrar los _devas_ múltiples y al trasformarlos en demonios, la Persia habia conseguido extraer de las antiguas imaginaciones arianas, esencialmente naturalistas, una especie de monoteismo. El tono profético de algunas enseñanzas de Iran tenía mucha analogía con ciertas composiciones de Oseas y de Isaías. Israel toma aliento bajo los Acheménidas[133], y durante la dominacion de Jérjes (Asuero) se hace temer de los mismos Iranios. Pero la entrada triunfante y á menudo brutal de la civilizacion griega y romana en Asia, le arroja de nuevo en sus delirios. Entónces más que nunca invoca al Mesías como al Juez vengador de los pueblos. Para satisfacer la sed de venganza que le inspiraban el sentimiento de su superioridad y el espectáculo de sus humillaciones, hacíale falta una renovacion completa, una revolucion que abarcase el mundo y le conmoviera hasta en sus cimientos[134].
Si Israel hubiese poseido la doctrina llamada espiritualista, esa doctrina que divide al hombre en dos partes, cuerpo y alma, y que encuentra la cosa más natural que el alma sobreviva miéntras el cuerpo se corrompe, aquel acceso de rabia y de enérgica protesta no habria tenido su razon de ser. Pero semejante doctrina, producto de la filosofía griega, no se hallaba en las tradiciones del espíritu judáico. Ninguna huella de remuneraciones ó de penas futuras contienen los antiguos escritos hebreos. Miéntras existió la idea de la solidaridad de la tribu, natural era que no se pensase en una estricta retribucion segun los méritos de cada uno. Si un hombre piadoso tenía la desgracia de venir al mundo en una época de impiedad y participaba de las calamidades públicas originadas por la iniquidad comun, tanto peor para él. Esta doctrina, trasmitida por los sabios de la época patriarcal, conducia paso á paso á insostenibles contradicciones. Ya en tiempo de Job habia recibido fuertes ataques; los ancianos de Theman que la profesaban eran hombres atrasados, y el jóven Elihu, que fué á disputar con ellos, se atrevió á emitir desde sus primeras palabras este axioma revolucionario: ¡que la sabiduría no era ya patrimonio de los ancianos![135]. Con las complicaciones ocurridas en el mundo despues de Alejandro, el antiguo principio themanita y mosaista se hizo todavía más intolerable[136]. Nunca Israel habia sido más fiel observador de la Ley, y sin embargo sufrió la atroz persecucion de Antíoco. Sólo un retórico pedante y acostumbrado á repetir vetustas frases vacías de sentido podia atreverse á sostener que aquellas desgracias eran hijas de las infidelidades del pueblo[137]. ¡Cómo! ¿esas víctimas que mueren por la fe, esa madre con sus siete hijos, esos heróicos Macabeos serán olvidados eternamente por Jehová y abandonados á la podredumbre de la fosa?[138]. Un saduceo incrédulo y mundano podia muy bien admitir semejante consecuencia; un sabio consumado, como Antígono de Soco[139], podia sostener que no debe practicarse la virtud como el esclavo que aspira á una recompensa, sino desinteresadamente y sin esperanza de premio. Pero la gran masa de la nacion no se contentaba con eso. Unos se adherian al principio de la inmortalidad filosófica y se figuraban á los justos viviendo en la memoria de Dios, glorificados en el recuerdo de los hombres, juzgando al impío que los persiguiera[140]. «Viven á los ojos de Dios;... Dios los reconoce»[141], hé ahí su recompensa. Otros, y en particular los fariseos, recurrian al dogma de la resurreccion[142]. Los justos resucitarán para ser partícipes del reinado mesiánico. Resucitarán con los mismos cuerpos que tuvieron para vivir en el mundo del cual serán reyes y jueces, y asistirán al triunfo de sus ideas y á la humillacion de sus enemigos.
En el antiguo pueblo de Israel no se encuentran sino huellas muy indecisas de este dogma fundamental. En realidad, el incrédulo saduceo, al rechazarle, permanecia fiel á la antigua doctrina judáica, y el verdadero innovador era el fariseo partidario de la resurreccion. Pero en materia religiosa, el partido más exaltado es siempre el que innova, el que avanza, el que deduce las consecuencias. Por otra parte, la resurreccion, idea totalmente distinta de la inmortalidad del alma, se desprendia sin esfuerzo de las doctrinas anteriores y de la situacion del pueblo. Quizás la misma Persia proporcionó algunos principios elementales[143]. De todos modos, formó, á no dudarlo, combinándose con la creencia en el Mesías y con la doctrina de una próxima renovacion del mundo, esas teorías apocalípticas que, sin ser artículos de fe (el sanhedrin ortodoxo de Jerusalen no parece haberlas adoptado), llenaban todas las imaginaciones y producian de un extremo á otro del mundo judío extraordinaria fermentacion. La carencia total de rigor dogmático permitia que nociones del todo contradictorias pudiesen admitirse al mismo tiempo, áun tratándose de un punto tan capital. Unas veces el justo debia esperar la resurreccion[144]; otras, era recibido en el seno de Abraham desde el momento de su muerte[145]. Ya la resurreccion era general[146], ya estaba reservada únicamente para los fieles[147]. Aquí suponia un mundo renovado y una nueva Jerusalen; allá implicaba el aniquilamiento prévio del universo.
Desde que Jesús tuvo uso de razon, entró en la ardiente atmósfera que formaban en Palestina las ideas que acabamos de exponer. Aquellas ideas no se enseñaban en ninguna escuela; pero flotaban en el aire y penetraron en su alma desde muy temprano, en su alma tranquila, que no conoció nunca nuestra incertidumbre ni nuestras vacilaciones. En la cima de la montaña de Nazareth, en aquella cima donde ningun hombre moderno pone la planta sin experimentar cierta inquietud sobre su destino, Jesús se sentó veinte veces sin que su corazon fuese combatido por la sombra de una duda. Ajeno al egoismo, á ese manantial de nuestras tristezas, que rudamente nos obliga á buscar por móvil de la virtud un interes de ultratumba, no pensó sino en su obra, en su raza, en el bien de la humanidad. Aquellas montañas, aquel mar, aquellas elevadas llanuras que se extienden al horizonte, no fueron para él la vision melancólica de un alma que interroga la naturaleza sobre su destino; fueron el símbolo cierto, la sombra trasparente de un mundo invisible y de un nuevo cielo.
Jesús no dió nunca mucha importancia á los acontecimientos políticos de su tiempo, los cuales no conocia probablemente muy á fondo. La dinastía de los Heródes vivia en un mundo tan distinto del suyo, que sin duda no la conoció más que de nombre. El gran Heródes murió en la época misma en que él vino al mundo, dejando recuerdos imperecederos, monumentos que debian obligar áun á la posteridad más prevenida en contra suya á asociar su nombre al de Salomon; pero su obra quedó inacabada, imposible de continuar. Aquel Idumeo astuto, profano ambicioso extraviado en un dédalo de luchas religiosas, tuvo en su favor la ventaja que dan la sangre fria y la razon, exentas de moralidad, en medio de fanáticos apasionados. Pero aunque su idea de un reino profano de Israel no hubiese sido un anacronismo en el estado en que se hallaba el mundo cuando él la concibió, habria fracasado contra las dificultades nacidas del carácter mismo del pueblo, como fracasó el proyecto, muy parecido al suyo, concebido por Salomon. Los tres hijos de Heródes no fueron sino lugartenientes de los romanos, semejantes á los radjas de la India bajo la dominacion inglesa. Antíper ó Antipas, tetrarca de Galilea y Perea, del cual fué súbdito Jesús durante toda su vida, era un príncipe nulo y perezoso[148], favorito y adulador de Tiberio[149], sometido casi siempre á la fatal influencia de su segunda mujer Herodías[150]. Felipe, tetrarca de Gaulonítida y de Batanea, á cuyos territorios hizo Jesús frecuentes viajes, era mucho mejor soberano[151]. En cuanto á Arquelao, etnarca de Jerusalen, Jesús no pudo conocerle, porque hacia cerca de diez años que aquel hombre débil, sin carácter y violento en ocasiones, habia sido depuesto por Augusto[152]. Así perdió Jerusalen hasta el último resto de autonomía. Reunido desde entónces el territorio judáico al de Samaria y al de Idumea, formó una especie de anexo de la provincia de Siria, de donde era legado imperial el senador Publio Sulpicio Quirino, personaje consular de gran nombradía[153]. Una serie de procuradores romanos, sometidos en las grandes cuestiones al legado imperial de Siria, tales como Coponius, Marcus Ambivius, Annius Rufus, Valerius Gratus y Pontius Pilatus (año 26 de nuestra era) se suceden allí[154], ocupándose incesantemente en apagar el volcan de la insurreccion que ardia bajo sus piés.
En efecto, durante toda aquella época, agitan á Jerusalen contínuas sediciones provocadas por los celosos partidarios del mosaismo[155]. Los sediciosos hallaban una muerte segura; pero cuando se trataba de la integridad de la Ley, la muerte se buscaba con avidez. Derrocar las águilas, destruir las obras de arte levantadas por los Heródes, en las cuales no siempre se habian respetado los reglamentos mosaistas[156], rebelarse contra los escudos votivos que elevaban los procuradores, y cuyas inscripciones parecian contaminadas de idolatría[157], eran tentaciones permanentes para hombres fanáticos que habian llegado á ese grado de exaltacion en que se desprecia la vida. Júdas, hijo de Sarifeo, y Matías, hijo de Margaloth, célebres doctores de la Ley ambos á dos, formaron un partido de audaz agresion contra el órden existente, partido que se continuó despues de su suplicio[158]. Un movimiento análogo agitaba á los samaritanos[159]. Diríase que la Ley no tuvo jamás sectarios tan apasionados como en el momento en que vivia ya aquel que habia de abrogarla con la grandeza de su alma y con el poder de su genio. Los «Zelotas» (_Kenaim_) ó «Sicarios», asesinos piadosos que se imponian por deber matar á cualquiera que delante de ellos quebrantase la Ley, asomaban al horizonte[160]. Á consecuencia de la necesidad imperiosa de lo sobrenatural y extraordinario que experimentaba el siglo, algunos taumaturgos y representantes de otras ideas eran considerados como personas de especie divina[161] y alcanzaban crédito entre la credulidad pública.