Part 5
La exaltacion creció más todavía durante los reinados de los últimos Asmoneos y de Heródes, en cuya época tuvo lugar una serie no interrumpida de movimientos religiosos. El pueblo judío, á medida que el poder se secularizaba, pasando á manos incrédulas, vivia cada vez ménos para los intereses terrenales y se absorbia más y más en el extraño trabajo que se operaba en su seno. Distraido el mundo con otros espectáculos, no tiene ningun conocimiento de lo que pasa en aquel olvidado rincon de Oriente. Sin embargo, las almas superiores y al corriente de la marcha de su siglo, ven con más claridad. El tierno y previsor Virgilio parece responder, como un eco secreto, al segundo Isaías:--el nacimiento de un niño le sumerge en ensueños de palingenesia universal[78]. Estos ensueños eran muy comunes y formaban como un género de literatura designado con el nombre de Sibilas ó Sibilismo. La formacion reciente del imperio exaltaba las imaginaciones: la grande era de paz que entónces empezaba, y esa impresion de melancólica sensibilidad que experimentan las almas despues de largos períodos de revolucion, hacian surgir en todas partes esperanzas ilimitadas.
En Judea la espectativa habia llegado al último límite. Santas personas, entre las cuales figuran un anciano Simeon, quien, segun la leyenda, tuvo á Jesús en sus brazos, y Ana, hija de Phanuel, considerada como profetisa[79], pasaban su vida al rededor del templo, orando y ayunando, á fin de que Dios les concediese bastante vida para ver el cumplimiento de las esperanzas de Israel. Siéntese por donde quiera una poderosa incubacion y como la proximidad de algo extraordinario y desconocido.
Aquella amalgama confusa de presentimientos y de ensueños, aquella alternativa de decepciones y de esperanzas, aquellas aspiraciones rechazadas incesantemente por la odiosa realidad, tuvieron, al fin, su intérprete en el hombre incomparable á quien la conciencia universal ha concedido, con justicia, el título de Hijo de Dios, puesto que él hizo dar á la religion un paso, al cual no puede y no podrá probablemente compararse ningun otro.
CAPÍTULO II
INFANCIA Y JUVENTUD DE JESÚS -- SUS PRIMERAS IMPRESIONES
Jesús nació en Nazareth[80], pequeña ciudad de Galilea, la cual no tuvo ántes de su nacimiento ninguna celebridad[81]. Durante toda su vida se le designó con el nombre de «Nazareno»[82], y para hacerle nacer en Bethlehem, como afirma su leyenda, ha sido indispensable recurrir á un rodeo bastante embarazoso[83]. Luégo verémos[84] el motivo de esta suposicion y de qué modo fué consecuencia obligada del mesiánico papel concedido á Jesús[85]. Ignórase la fecha precisa de su nacimiento; pero se sabe que tuvo lugar bajo el reinado de Augusto, hácia el año 750 de Roma, y probablemente algunos ántes del primero de la era que todos los pueblos civilizados cuentan desde el dia en que vino al mundo[86].
El nombre de _Jesús_, que le fué dado, es una alteracion de _Josué_, que entónces era muy comun; pero, como es natural, buscáronse luégo en él significaciones misteriosas y una alusion á su papel de Salvador[87]. Quizás el mismo Jesús, como todos los místicos, llegó á fortalecerse en esta creencia. Un nombre dado sin intencion á un niño ha sido á veces causa de grandes vocaciones:--la historia nos ofrece más de un ejemplo. Y es porque las naturalezas ardientes no pueden resignarse nunca á ver la mano de la casualidad en todo aquello que les concierne. Para ellas todo ha sido dispuesto por Dios, y hasta en las circunstancias más insignificantes de la vida ven un signo de la voluntad suprema.
La poblacion de Galilea, segun indica el nombre mismo del país[88], se hallaba muy mezclada. En tiempo de Jesús, aquella provincia contaba entre sus habitantes muchos que no eran judíos (fenicios, sirios, árabes y hasta griegos)[89]. Las conversiones al judaismo no escaseaban en aquella especie de países mistos. Imposible sería establecer aquí ninguna cuestion de raza, y no ménos difícil determinar la sangre que circulaba en las venas del que más poderosamente ha contribuido á borrar de la humanidad las distinciones de sangre.
Jesús salió de las filas del pueblo[90]; su padre José y su madre María eran personas de mediana condicion, artesanos que vivian de su trabajo[91], y cuyo estado social consistia en ese término medio, tan comun en Oriente, que no es ni la comodidad ni la miseria. La extremada sencillez en semejantes comarcas impide conocer la necesidad de lo _confortable_, hace casi inútil el privilegio del rico, y convierte á todo el mundo en pobres voluntarios. Por otra parte, la falta total de gusto por las artes y por todo lo que á la elegancia de la vida material contribuye, presta al interior del hogar doméstico, áun de aquellos que viven en la abundancia, cierto aspecto de pobreza y desnudez. Á excepcion de lo que el aislamiento lleva consigo por do quiera de sórdido y repugnante, la ciudad de Nazareth se diferenciaba tal vez muy poco, en tiempo de Jesús, de lo que es hoy dia[92]. Las calles donde jugó siendo niño las vemos todavía en aquellos senderos pedregosos ó en aquellas encrucijadas que separan los edificios. La casa de José era, sin duda, muy semejante á aquellas pobres tiendas, alumbradas por la puerta, que sirven al mismo tiempo de establecimiento, de cocina, y de alcoba, y que por todo mueblaje tienen una estera, algunos cojines sobre el suelo, uno ó dos vasos de arcilla y un cofre pintado.
La familia, ya proviniese de un matrimonio ó de varios, era numerosa:--Jesús tenía hermanos y hermanas[93], de los cuales parecia ser el primogénito[94]. Pero todos permanecieron oscuros, porque los cuatro personajes que se citan como hermanos suyos, y uno de los cuales, Santiago, llegó á adquirir gran importancia en los primeros años del cristianismo, eran, segun parece, primos carnales. En efecto, María tenía una hermana, que tambien se llamaba María[95], la cual se casó con un tal Alfeo ó Cleofás (estos dos nombres parecen designar una misma persona)[96], y tuvo varios hijos que desempeñaron un papel considerable entre los primeros discípulos de Jesús. Miéntras que sus verdaderos hermanos le hacian la oposicion[97], estos primos carnales se adhirieron al jóven maestro y tomaron el título de «hermanos del Señor»[98]. Los verdaderos hermanos de Jesús, así como su madre, no tuvieron importancia sino despues de la muerte del Salvador[99]. Y áun entónces mismo no alcanzaron, á lo que parece, la misma consideracion que sus primos, cuya conversion habia sido más espontánea, y en cuyo carácter hubo, sin duda, más originalidad. Tan conocidos eran sus nombres, que cuando el evangelista pone en boca de la gente de Nazareth la enumeracion de los hermanos, segun la naturaleza, son los hijos de Cleofás los primeros que se presentan á su memoria.
Sus hermanas se casaron en Nazareth[100], en cuyo punto pasó él los primeros años de su juventud. Era Nazareth una pequeña ciudad situada en un repliegue del terreno que forma la ancha meseta del grupo de montañas que limitan al norte la llanura de Esdrelon. Hoy dia la poblacion es de tres á cuatro mil almas, y acaso no haya variado mucho desde entónces[101]. El frio es agudo en el invierno y muy saludable el clima. Como todos los villorrios judíos de aquella época, la ciudad era un monton de casas construidas sin estilo, y probablemente ofreceria ese aspecto árido y pobre que ofrecen las aldeas de los países semíticos. Los edificios, segun es de inferir, tendrian gran semejanza con esos cubos de piedra, sin elegancia exterior ni interior, que aún se ven hoy en las comarcas más ricas del Líbano, y que, mezclados con las viñas y las higueras, no dejan de ser agradables. Por otra parte, los alrededores son deliciosos, y en ningun país del mundo se hallaria un lugar más á propósito para alimentar y dar pábulo á los ensueños de absoluta ventura. Nazareth es todavía un sitio delicioso y acaso el único punto de Palestina en que el alma se siente aliviada del opresivo afan que experimenta en medio de aquella desolacion sin igual. Los naturales son agradables y risueños, frescos y llenos de verdura los huertos y jardines. En el siglo sexto, Antonino Mártir hizo un cuadro encantador de la fertilidad de sus alrededores, comparándolos con el paraíso. Algunos valles del lado del oeste justifican plenamente su descripcion. La fuente donde otras veces se reconcentraba la vida y la alegría de la pequeña ciudad está ya destruida; de sus caños desportillados no mana hoy sino un agua turbia. Pero la belleza de las mujeres que allí se reunen durante la noche, aquella belleza notada ya en el siglo sexto, y de la cual era una personificacion la Vírgen María, se ha conservado de un modo admirable:--aquél es el tipo sirio en toda su gracia llena de languidez. Es indudable que María fué allí casi diariamente, y que á menudo, con el cántaro sobre el hombro, formó entre la fila de sus ignoradas compatriotas. Antonino Mártir hace notar que las mujeres judías, que en otras partes miraban con desden á los cristianos, eran allí dulces y afables. Áun hoy dia los odios religiosos no son en Nazareth tan exaltados como en otros puntos.
El horizonte de la ciudad es reducido; pero cuando se asciende un poco hasta llegar á la meseta que domina los edificios más elevados, meseta que barren contínuas brisas, la perspectiva se agranda y se hace espléndida. Al Oeste se extienden las hermosas líneas del Carmelo, terminadas por una punta abrupta que parece sumergirse en el mar. En seguida se desarrollan, la doble cima que domina á Mageddo, las montañas del país de Sichem con sus lugares santos de la edad patriarcal, el monte Gelboé, el pequeño y pintoresco grupo al cual van unidos los recuerdos, risueños ó terribles, de Sulem y de Endor, y el Tabor, con su bella forma esferoidal que los antiguos comparaban á un seno. Por una depresion entre la montaña de Sulem y el Tabor, se entrevén el valle del Jordan y las elevadas llanuras de la Perea, que forman hácia el Este una línea continuada. Al norte las montañas de Safed se inclinan hácia el mar, ocultando á San Juan de Acre, pero dejan que la mirada se pierda en el golfo de Khaifa. Tal fué el horizonte de Jesús. Aquel círculo encantado, cuna del reino de Dios, le representó el mundo durante muchos años. Su vida entera salió muy poco de aquellos límites familiares á su infancia. Porque más allá, por el lado del norte y casi entre los flancos del Hermon, se descubre Cesárea de Filipo, su punto más avanzado hácia el mundo de los gentiles, y por la parte del sur, detrás de aquellas montañas de Samaria ya ménos rientes, se adivina la triste Judea desecada por un viento abrasador de abstraccion y de muerte.
Si teniendo mejor nocion de lo que constituye el respeto á los orígenes, el mundo permaneciese cristiano y quisiese reemplazar los santuarios apócrifos y mezquinos, á que se adhirió la piedad de las edades bárbaras, por auténticos lugares santos, en aquella altura de Nazareth es donde construiria su templo. Allí, en el sitio donde apareció el cristianismo, en el centro de accion de su fundador, deberia elevarse la grande iglesia en que todos los cristianos pudiesen orar. Allí tambien, en aquella tierra, bajo la cual duermen el carpintero José y millares de olvidados nazarenos que no franquearon jamás el horizonte de su valle nativo, se hallaria el filósofo mejor colocado que en ningun sitio del mundo para contemplar el curso de las cosas humanas, consolarse de su contingencia y tranquilizarse respecto al fin divino que el mundo prosigue á traves de infinitos desfallecimientos y no obstante la vanidad universal.
CAPÍTULO III
EDUCACION DE JESÚS
Aquella naturaleza, á la vez risueña y grandiosa, constituyó toda la educacion de Jesús. Sin duda aprendió á leer y á escribir[102] segun el método de Oriente, el cual consistia en colocar entre las manos del niño un libro cuyo texto repetia cadenciosamente, en union de sus compañeros, hasta concluir por aprenderle de memoria[103]. Sin embargo, es muy dudoso que comprendiera bien los escritos hebreos en su lengua original. Sus biógrafos se los hacen citar como traducciones en lengua aramea[104]: sus principios de exegésis, si hemos de juzgar por los de sus discípulos, se parecian bastante á los que en aquella época se hallaban en boga, los cuales forman el espíritu de los _Targums_ y de los _Midraschim_[105].
En las pequeñas aldeas judías, el maestro de escuela era el _hazzan_ ó lector de las sinagogas[106]. Jesús frecuentó poco las escuelas, más elevadas, de los escribas ó _soferim_ (tal vez en Nazareth no habia ninguna), y no poseyó ninguno de esos títulos que dan á los ojos del vulgo derecho á la sabiduría[107]. Sin embargo, sería grave error imaginarse que Jesús era lo que nosotros llamamos un ignorante. Bajo el punto de vista del valor personal, se hace en nuestros dias una distincion profunda entre los que han recibido una educacion escolástica y los que de ella carecen. Pero en Oriente, y por regla general en toda la buena época antigua, no sucedia lo mismo. El estado de rudeza en que permanece entre nosotros, á consecuencia de nuestra vida aislada y puramente individual, aquel que no ha frecuentado las escuelas, se desconoce en esas sociedades en que la cultura moral, y sobre todo, el espíritu general del tiempo se trasmiten por el contacto contínuo de los hombres. Frecuentemente el árabe que no ha tenido ningun maestro es sin embargo persona muy distinguida, y consiste en que su tienda viene á ser una especie de escuela, siempre abierta, de donde, gracias al constante roce de gente bien educada, nace un gran movimiento intelectual y hasta literario. La delicadeza de los modales y la finura del espíritu no tienen en Oriente nada de comun con lo que nosotros llamamos educacion. Al contrario, allí los hombres escolásticos son los que pasan por pedantes y mal educados. La ignorancia, que entre nosotros condena al hombre á un rango inferior, es en aquel estado social la condicion de las grandes cosas y de la grande originalidad.
Tampoco parece probable que supiese Jesús el griego. Á excepcion de las clases que participaban del gobierno de las ciudades habitadas por los paganos, como Cesárea, esta lengua estaba poco vulgarizada en Judea[108]. El idioma de Jesús era el dialecto sirio con mezcla de hebreo que entónces se hablaba en Palestina[109]. Con mucha más razon debe suponerse que no tuvo ningun conocimiento de la cultura griega. Aquella cultura se hallaba proscripta por los doctores palestinos, los cuales envolvian en la misma maldicion «al que criaba puercos y al que enseñaba á su hijo la ciencia helénica»[110]. De todos modos, aquella ciencia no habia penetrado hasta las pequeñas ciudades como Nazareth, si bien es verdad que, no obstante el anatema de los doctores, algunos judíos habian adoptado aquella cultura. Sin contar la escuela judía de Egipto, donde las tendencias para amalgamar el helenismo y el judaismo se continuaban desde hacia cerca de doscientos años, un judío, Nicolás de Damasco, llegó á ser por aquel tiempo uno de los hombres más notables, instruidos y considerados de su época. Josefo debia ofrecer bien pronto otro ejemplo de judío completamente helenizado. Pero Nicolás no tenía de judío sino la sangre, Josefo declara ser una excepcion entre sus contemporáneos[111], y toda la escuela cismática de Egipto se separó de Jerusalen tan completamente, que ni en el Talmud ni en la tradicion judía se encuentra el menor recuerdo. Lo que se halla fuera de duda es que el griego se estudiaba muy poco en Jerusalen; que los estudios helénicos se consideraban como peligrosos y hasta serviles, creyéndose buenos, á lo sumo, para servir de adorno á las mujeres[112]. Sólo el estudio de la ley pasaba por liberal y digno de un hombre grave[113]. Un ilustrado rabino, á quien preguntaron cuándo debia enseñarse á los niños la «sabiduría griega», respondió:--«Cuando no sea ni de dia ni de noche, puesto que está escrito en la Ley: tú la estudiarás dia y noche»[114].
Ningun elemento de cultura griega llegó, pues, á Jesús ni directa ni indirectamente. Nada conoció fuera del judaismo, y su espíritu conservó esa cándida franqueza que una cultura extensa y variada debilita siempre. Áun en el seno mismo del judaismo permaneció extraño á muchos esfuerzos frecuentemente paralelos á los suyos. Fuéronle desconocidos el ascetismo de los Essenios ó Terapeutas[115] y los hermosos ensayos de filosofía religiosa intentados por la escuela judáica de Alejandría, de los cuales era ingenioso intérprete su contemporáneo Filon. Las semejanzas que se encuentran á menudo entre él y Filon, esas excelentes máximas de amor de Dios, de caridad, de confianza en el Eterno[116], que vienen á ser como un eco entre el Evangelio y los escritos del ilustre pensador alejandrino, proceden de las comunes tendencias que las necesidades del tiempo inspiraban á todas las almas elevadas.
Por fortuna suya, no conoció tampoco la rara escolástica que se enseñaba en Jerusalen y que muy pronto debia constituir el Talmud. Quizás algunos fariseos la habian llevado ya á Galilea, pero Jesús no tuvo trato con ellos; y cuando vió de cerca aquella necia casuística, no le inspiró sino profunda repugnancia. Sin embargo de lo dicho, debe suponerse que los principios de Hillel no le fueron desconocidos. Hillel habia pronunciado, cincuenta años ántes que él, aforismos que tenian mucha semejanza con los suyos. Si fuese permitido hablar de maestro cuando se trata de tan elevada originalidad, podia decirse que Hillel, por su pobreza humildemente soportada, por la dulzura de carácter y por la oposicion que hizo á los hipócritas y á los sacerdotes, fué el verdadero maestro de Jesús[117].
Mayor impresion le produjo la lectura de los libros del Antiguo Testamento. De dos partes principales se componia el Cánon de los libros santos: de la Ley, esto es, del Pentateuco, y de los Profetas, tales como hasta nosotros han llegado. Aplicábase á todos esos libros una vasta exegésis, la cual trataba de deducir de ellos lo que en realidad no existia, pero que se hallaba conforme con las aspiraciones de la época. La Ley, que no representaba las antiguas leyes del país, sino más bien las utopias, las leyes facticias y los fraudes piadosos del tiempo de los reyes pietistas, habia llegado á ser un tema inagotable de sutiles interpretaciones, desde que la nacion dejó de gobernarse á sí misma. En cuanto á los profetas y á los salmos, la persuasion general era que casi todos los rasgos un poco misteriosos de aquellos libros se referian al Mesías, y de antemano se buscaba en ellos el tipo del que habria de realizar las esperanzas de la nacion. Jesús participaba de la opinion general respecto á aquellas interpretaciones alegóricas. Sin embargo, la verdadera poesía de la Biblia, que los pueriles exegetas de Jerusalen no comprendian, se revelaba plenamente á su hermoso genio. La Ley no tuvo para él mucho atractivo; sin duda tenía el convencimiento de poder realizar algo mejor que aquello. Pero la poesía religiosa de los salmos se halló en maravillosa consonancia con su alma lírica; los salmos son el alimento y el apoyo de toda su vida. Los profetas, particularmente Isaías y su continuador del tiempo de la cautividad, fueron sus verdaderos maestros, con sus brillantes ensueños del porvenir, su impetuosa elocuencia y sus invectivas mezcladas de cuadros encantadores. Sin duda leyó tambien várias de las obras apócrifas, es decir, varios de aquellos escritos modernos, cuyos autores se ocultaban tras el nombre de los profetas y de los patriarcas, á fin de darles una importancia y autoridad que no se concedian sino á los escritos muy antiguos. Uno de aquellos libros le llamó entre todos la atencion: tal fué el libro de Daniel. Escrito por un judío exaltado del tiempo de Antíoco Epifáneo, y puesto bajo la egida de un antiguo sabio[118], aquel libro era el resúmen del espíritu de las últimas épocas. Verdadero creador de la filosofía de la historia, su autor es quien por la vez primera se atrevió á mirar en el movimiento del mundo y en la sucesion de los imperios una funcion subordinada á los destinos del pueblo judío. Jesús llegó desde muy pronto á penetrarse de aquellas elevadas esperanzas. Acaso leyó tambien los libros de Henoch, venerados entónces al igual de los libros santos[119], y los demás escritos del mismo género que mantenian en contínuo y vivo movimiento la imaginacion popular. El advenimiento del Mesías con sus glorias y sus terrores, las naciones derrumbándose unas sobre otras, el cataclismo del cielo y de la tierra, tales fueron las ideas que formaban el alimento ordinario de la imaginacion de Jesús; y como quiera que aquellas revoluciones se anunciaban como próximas, y que muchas personas trataban de computar el tiempo en que habrian de ocurrir, el órden sobrenatural á que nos trasportan semejantes visiones le pareció en un principio la cosa más natural y sencilla.
De cada rasgo de sus más auténticos discursos resulta de un modo claro que no tuvo ningun conocimiento del estado general del mundo. Imaginábase que la tierra se hallaba todavía dividida en reinos que se hacian la guerra, y parece ignorar la «paz romana» y el nuevo estado social que inauguraba su siglo. Tampoco tuvo ninguna idea precisa del poderío romano; la sola cosa que llega hasta él es el nombre de «César.» Vió construir en Galilea y en sus inmediaciones á Tiberiade, á Juliade, á Diocesárea, á Cesárea, obras pomposas de los Heródes, los cuales trataban de probar con aquellas construcciones magníficas su admiracion por la cultura romana y su adhesion á los miembros de la familia de Augusto, cuyos nombres, extravagantemente alterados, sirven ahora por un capricho de la suerte para designar miserables villorrios de beduinos. Es probable que tambien viese á Sebaste, obra de Heródes el Grande, ciudad de aparato cuyas ruinas dan lugar á suponer que fué trasportada allí pieza á pieza como una máquina ya concluida que debia montarse en lugar determinado. Aquella arquitectura de ostentacion llevada á Judea por cargamentos, aquellos centenares de columnas, todas del mismo diámetro, ornato de alguna insípida «calle de Rivoli[*]», hé ahí lo que Jesús llamaba «los reinos del mundo y todas sus glorias.» Pero aquel lujo de encargo y aquel arte administrativo y oficial le causaban repugnancia. Sus aldeas galileas, mezcla confusa de cabañas, de eras y de prensas talladas en la roca, de pozos, de sepulcros, de higueras y de olivas, eso era lo que él amaba. Jesús permaneció siempre cerca de la naturaleza. La córte de los reyes se le representaba como un lugar en donde las personas llevan hermosos vestidos[120]. Las deliciosas imposibilidades en que abundan sus parábolas siempre que pone en escena á los reyes y á los poderosos[121] prueban que no concibió nunca la sociedad aristocrática sino como un jóven aldeano que ve el mundo por el prisma de su candidez.
[*] Una de las más rectas, largas y uniformes que tiene París.