Part 3
En cuanto á la obra de Lúcas, su valor histórico es mucho más débil:--esa obra es un documento de segunda mano. La narracion tiene en ella mayor madurez, y las palabras de Jesús son más redundantes, más concertadas. Algunas sentencias se llevan hasta el exceso y adolecen de falsedad[52]. Escribiendo fuera de Palestina y sin duda alguna despues del sitio de Jerusalen[53], el autor no indica los lugares con la misma exactitud que los otros dos sinópticos; tiene una falsa idea del templo, figurándosele como un oratorio adonde va cada uno á rezar sus devociones[54], trunca los detalles á fin de establecer una concordancia entre los diferentes relatos, modera ciertos pasajes que habian llegado á ser embarazosos bajo el punto de vista de una idea más exaltada de la divinidad de Jesús[55], exagera lo maravilloso[56], comete errores de cronología[57], omite las glosas hebráicas[58], no cita ninguna palabra de Jesús en esta lengua, y nombra, en fin, todas las localidades por sus nombres griegos. Adivínase fácilmente el escritor que compila, que no vió por sí mismo los testigos y que trabaja sobre los textos, permitiéndose violentarlos á fin de ponerlos de acuerdo. Es muy probable que Lúcas tuviese á la vista la compilacion biográfica de Márcos y las _Logia_ de Matheo. Pero no tiene escrúpulo en tratar esos escritos con entera libertad:--unas veces reune dos anécdotas ó dos parábolas para formar de ellas una sola; otras, descompone una para hacer dos[59]. Lúcas interpreta los documentos con arreglo á su particular juicio, y carece de la impasibilidad absoluta de Matheo y de Márcos. Puede decirse que sus escritos reflejan algo de sus gustos y de sus tendencias particulares:--Lúcas es un devoto sumamente exacto; muestra singular empeño en presentarnos á Jesús como estricto observador de los ritos judáicos[60], es demócrata y ebionita exaltado, esto es, muy opuesto á la propiedad, y se halla persuadido de que llegará el dia en que los pobres tengan su desquite[61]; es aficionadísimo á las anécdotas, y se complace en poner de manifiesto la conversion de los pecadores y la exaltacion de los humildes[62], modificando las antiguas tradiciones á fin de darles este giro[63]. En sus primeras páginas admite sobre la infancia de Jesús leyendas que refiere con esas largas exageraciones, esos cánticos y esos procedimientos de convencion que forman el carácter esencial de los evangelios apócrifos. Por último, en el relato de los postreros años de Jesús hay algunas circunstancias llenas de sentimiento y de ternura y algunas bellísimas palabras[64], atribuidas al maestro, que no se encuentran en los relatos de mayor autenticidad, en las cuales se deja conocer el trabajo de la leyenda. Probablemente Lúcas las tomaba de una compilacion más reciente, en la que se trataba, con preferencia, de excitar los sentimientos piadosos.
Á la vista de un documento de semejante naturaleza, la razon aconseja hacer uso de él con la mayor mesura. Desdeñarle completamente sería tan poco juicioso como emplearle sin discernimiento. Lúcas tuvo á su disposicion originales que ya no existen, y más bien que un evangelista, es un biógrafo de Jesús, un _armonista_, un corrector á la manera de Marcion y de Taziano. Pero tambien es un biógrafo del primer siglo, un artista divino que, además de las noticias que recogió en los más antiguos manantiales, nos presenta el carácter del fundador con una exactitud de parecido, una inspiracion de conjunto y un relieve que no se encuentran en los otros dos sinópticos. La lectura de su Evangelio es la que nos ofrece mayor atractivo, porque á la incomparable belleza del fondo comun se une cierta parte de artificio y de composicion que aumenta singularmente el efecto del retrato, sin perjudicar de un modo grave á la verdad.
En resúmen, puede decirse que la redaccion sinóptica ha tenido tres gradaciones: 1.ª el estado documentario original (λόγια de Matheo, λεχθέντα ἢ πραχθέντα de Márcos), redacciones primitivas que ya no existen; 2.ª el estado de simple mezcla, en la que se hallan amalgamados los documentos originales sin ningun esfuerzo de composicion y sin que se eche de ver ninguna mira personal de parte de sus autores (evangelios actuales de Matheo y de Márcos); 3.ª el estado de combinacion ó de redaccion intencional, discurrida, en que se deja conocer el esfuerzo que se ha hecho á fin de conciliar las diferentes versiones (evangelio de Lúcas). En cuanto al evangelio de Juan, forma, segun hemos dicho, una composicion de otro género y completamente distinta.
El lector notará que no hago uso ninguno de los evangelios apócrifos. Estas composiciones no deben en manera alguna confundirse con los evangelios canónicos, puesto que no son sino triviales y pueriles amplificaciones basadas en aquellos, y nada añaden que sea digno de aprecio. Por el contrario, he puesto suma atencion en recoger los trozos que los Padres de la Iglesia nos han conservado de los antiguos evangelios que otras veces existieron paralelamente á los canónicos, y cuyo texto se ha perdido, tales como el Evangelio segun los hebreos, el Evangelio segun los egipcios, y los Evangelios llamados de Justino, de Marcion, de Taziano. Los dos primeros son de mucha importancia, por cuanto á que se hallaban redactados en lengua aramea como las _Logia_ de Matheo, constituian, segun parece, una variedad del evangelio de este apóstol, y fueron el evangelio de los _ebionim_, esto es, de aquellas reducidas cristiandades de Batanea que conservaron el uso del siro-caldeo, y que, hasta cierto punto, siguieron la línea trazada por Jesús. Pero menester es convenir en que esos evangelios, en el estado en que han llegado hasta nosotros, son inferiores, por lo que hace á la autoridad crítica, á la redaccion del evangelio que de Matheo poseemos.
Paréceme que ya se comprenderá el género de valor histórico que atribuyo á los evangelios. No son, á mi entender, ni biografías como las de Suetonio, ni leyendas ficticias semejantes á las de Filóstrato; son biografías legendarias. Yo las comparo á las leyendas de santos, á las Vidas de Plotino, de Proclo, de Isidoro y á otros escritos del mismo género, en que se combinan en diferentes grados la verdad histórica y la intencion de presentar modelos de virtud. En esos escritos se echa de ver la inexactitud de que adolecen todas las composiciones populares. Supongamos que tres ó cuatro veteranos del primer imperio se hubiesen puesto, hace diez ó doce años, á escribir cada uno en particular una vida de Napoleon con arreglo á sus propios recuerdos. Puede apostarse á que sus relatos ofrecerian infinitos errores y graves discordancias. Uno colocaria á Wagram ántes de Marengo; otro no vacilaria en escribir que Napoleon arrojó de las Tullerías al gobierno de Robespierre; otro, en fin, omitiria las expediciones de más importancia. Pero dos cosas claras, palmarias, llenas de verdad saldrian de esos ingénuos relatos:--el carácter del héroe y la impresion que produjo en torno suyo. Bajo este punto de vista, semejantes historias populares tendrian más valor que una historia solemne y oficial. Otro tanto puede decirse de los evangelios. Los evangelistas, cuidándose únicamente de ensalzar la excelencia del maestro, sus milagros, su enseñanza, se muestran indiferentes hácia todo lo que no es el espíritu de Jesús. Las contradicciones sobre el tiempo, los sitios y las personas se miraban como insignificantes; porque cuanto más alto era el grado de inspiracion que se prestaba á la palabra de Jesús, tanto menor era el que se concedia á los redactores. Estos no se consideraban sino como discípulos escribas, y á una sola cosa consagraban su atencion: á no omitir nada de cuanto sabian.
Es incuestionable que á esos recuerdos debió mezclarse una parte de ideas preconcebidas. Varios trozos, en parte de Lúcas, fueron inventados para dar mayor realce á ciertos rasgos de la fisonomía de Jesús. Áun esta misma fisonomía experimentaba á cada paso nuevas alteraciones. Jesús sería un fenómeno único en la historia si, teniendo en cuenta el papel que desempeñó, no hubiese sido transfigurado inmediatamente. La leyenda de Alejandro estaba ya terminada ántes que se extinguiese la generacion de sus compañeros de armas; la de San Francisco de Asís principió en vida del santo. De igual manera se operó durante los veinte ó treinta años que siguieron á la muerte de Jesús, un rápido trabajo de metamórfosis que prestó á su biografía esos giros absolutos de leyenda ideal. La muerte perfecciona áun al hombre más perfecto y le mejora á los ojos de los que le amaron. Por otra parte, al mismo tiempo que se queria retratar al maestro, se queria tambien demostrarle. Muchas anécdotas fueron concebidas para probar que las profecías consideradas como mesiánicas habian tenido en él su cumplimiento. Pero este proceder, cuya importancia no debe negarse, no basta á explicarlo todo. Ninguna obra judáica de la época nos ofrece una serie de profecías, exactamente redactadas, que el Mesías debió cumplir. Várias de las alusiones mesiánicas contenidas en los evangelios son tan sutiles, tan indirectas, que no puede suponerse que respondieran á una doctrina admitida generalmente. Unas veces se razona de este modo:--«El Mesías debe hacer tal cosa; Jesús la ha hecho; luego Jesús es el Mesías.» Otras se raciocina á la inversa:--«Tal cosa ha sucedido á Jesús; esa misma cosa debia sucederle al Mesías; luego Jesús es el Mesías»[65]. Cuando se trata de analizar el tejido de esas profundas creaciones del sentimiento popular que, por su riqueza y por su variedad infinita, echan por tierra todos los sistemas, las explicaciones demasiado sencillas son siempre falsas.
Compréndese fácilmente que para no ofrecer, con el auxilio de tales documentos, sino aquello que no admita contradiccion, es menester limitarse á las líneas generales. En casi todas las historias antiguas, áun en aquellas que son ménos legendarias que los evangelios, los detalles dan lugar á infinitas dudas. Áun poseyendo dos relatos sobre un mismo hecho, es cosa extremadamente rara que los dos se hallen en perfecta armonía. Siendo esto así, ¿no hay motivo para dudar cuando no se tiene sino uno solo, y en él se notan las mismas contradicciones? Puede asegurarse que entre los discursos, las anécdotas y las palabras célebres referidas por los historiadores, no hay ni una siquiera de rigurosa autenticidad. ¿Habia taquígrafos que fijaran aquellas rápidas palabras? ¿Se hallaba siempre presente un analista que anotase los gestos, los ademanes y los movimientos de los actores? Que se intente depurar lo que hay de verdadero en el modo como se realizó tal ó cual hecho contemporáneo, de seguro no se conseguirá. Dos relatos de un mismo acontecimiento hechos por testigos oculares difieren esencialmente. Mas ¿debe uno renunciar por eso al colorido de los relatos y limitarse á lo que enuncia el conjunto? Esto sería suprimir la historia. De buena gana concedo que, á excepcion de ciertos axiomas cortos y casi mnemónicos, ninguno de los discursos referidos por Matheo es textual; pero ¿lo son acaso nuestros resúmenes estenográficos? Tambien admito que ese admirable relato de la pasion contiene multitud de inexactitudes. Mas ¿podria escribirse la historia de Jesús haciendo caso omiso de esas predicaciones que de tan viva manera nos pintan el carácter de sus discursos, y limitándose á decir con Josefo y Tácito, «que fué condenado á muerte por Pilátos á instigacion de los sacerdotes?» Semejante proceder sería, en mi opinion, un género de inexactitud peor que aquel á que uno se expone admitiendo los detalles que los textos nos proporcionan. Esos detalles no son verdaderos al pié de la letra, pero son de una verdad superior, más verídicos que la misma verdad desnuda, por cuanto á que ellos constituyen la verdad expresiva y parlante, elevada á la altura de una idea.
Ruego á las personas que me tachen de conceder exagerada confianza á relatos legendarios en gran parte, que se dignen tener en cuenta la observacion que acabo de hacer. ¿Á qué se reduciria la vida de Alejandro si nos limitásemos á lo que materialmente hay en ella de cierto? Hasta las tradiciones, en parte erróneas, contienen una porcion de verdad que la historia no debe mirar con indiferencia. Nadie ha echado en cara á M. Sprenger el haber tenido en cuenta los _hadith_ ó tradiciones orales sobre el profeta Mahoma, al escribir su vida, y atribuido frecuentemente á su héroe palabras, á veces textuales, que no se conocen sino en el citado escrito. Y sin embargo, las tradiciones sobre Mahoma no tienen un carácter histórico superior al de los discursos y relatos que componen los evangelios. Aquellas tradiciones fueron escritas desde el año 50 al 140 de la hégira. Cuando se escriba la historia de las escuelas judáicas pertenecientes á los siglos que precedieron y siguieron inmediatamente el cristianismo, ningun escrúpulo se tendrá en atribuir á Hillel, á Schammai y á Gamaliel las máximas que les atribuyen la _Mischna_ y la _Gemara_, no obstante no haberse redactado estas grandes compilaciones sino varios centenares de años despues de los doctores en cuestion.
Respecto á las personas que, por el contrario, crean que la historia debe limitarse á reproducir sin comentarios los textos que han llegado hasta nosotros, les haré observar que semejante sistema no es lícito en el asunto de que se trata. Los cuatro principales documentos se hallan en flagrante contradiccion unos con otros, y además Josefo los rectifica algunas veces. Forzoso es elegir. Pretender que un acontecimiento no pudo efectuarse á la vez de dos maneras diversas ni de un modo imposible, no es imponer á la historia una filosofía _à priori_. Porque existan várias versiones diferentes de un mismo hecho, y porque á todas esas versiones haya mezclado la credulidad circunstancias fabulosas, no debe el historiador rechazar el hecho como falso; lo que debe hacer es, obrar con prudencia, discutir y proceder por induccion. Hay particularmente una clase de relatos respecto á los cuales se hace precisa la aplicacion de ese principio; tales son los relatos sobrenaturales. Querer explicar esos relatos ó reducirlos á leyendas no es mutilar los hechos en nombre de la teoría, sino partir de su misma observacion. De cuantos milagros hormiguean en las antiguas historias, ninguno pasó bajo condiciones científicas. Pruébase por una experiencia constante, jamás desmentida, que los milagros no suceden sino en los tiempos y en los países que creen en ellos y ante personas dispuestas á darles fe. No hay milagro que se haya producido ante una reunion de hombres capaces de comprobar el carácter milagroso del hecho. En tal materia no son competentes ni las personas del pueblo ni las de una clase más elevada: para ello se necesitan grandes precauciones y estar muy acostumbrado á las investigaciones científicas. ¿No se han visto en nuestros dias á muchas personas inteligentes siendo víctimas de groseros prestigios y pueriles ilusiones? Hechos maravillosos, que afirmaban ciudades enteras, se convirtieron en hechos reprobados[66], gracias á una informacion más severa y minuciosa. Pues bien, si se halla fuera de duda que ningun milagro contemporáneo puede resistir al exámen, ¿no es mucho más verosímil que los milagros de la antigüedad, ocurridos todos en reuniones populares, tuviesen tambien su parte de ilusion, la cual veriamos en ellos si nos fuese posible criticarlos detalladamente?
Si nosotros desterramos de la historia los milagros, no es á nombre de tal ó cual filosofía, sino á nombre de una constante experiencia. Nosotros no decimos: «Los milagros son imposibles»; afirmamos: «Que hasta hoy no ha habido un milagro comprobado.» Supongamos que se presentase mañana un taumaturgo, ofreciendo garantías bastante formales para ser discutibles, y que anunciase, por ejemplo, resucitar á un muerto; ¿qué se haria entónces? Se nombraria una comision compuesta de fisiólogos, físicos, químicos, de personas acostumbradas á la crítica histórica. Esta comision elegiria el cadáver, se aseguraria de que la muerte era real y verdadera, designaria el local en que debiera hacerse la experiencia, y tomaria todas las precauciones necesarias á fin de no dejar pretexto á ninguna duda. Si la resurreccion se operase en tales condiciones, se habria adquirido una probabilidad casi igual á la certidumbre. Sin embargo, como quiera que un experimento debe ser siempre susceptible de repetirse; que lo que se hace una vez puede hacerse dos ó veinte, y que en materia de milagros no puede ser cuestion de fácil ó difícil, el taumaturgo sería invitado á reproducir, en otras circunstancias, sobre otros cadáveres y en diferente medio, su acto maravilloso. Pues bien, si á cada nueva prueba se repitiese el milagro, dos cosas quedarian fuera de duda:--Primera, que en el mundo suceden hechos sobrenaturales; segunda, que la facultad de producirlos pertenece ó ha sido conferida á ciertas personas. Pero ¿quién no conoce que los milagros no han sucedido nunca en tales condiciones; que hasta hoy el taumaturgo ha elegido siempre el medio, el público y el asunto de sus milagros; que frecuentemente es el pueblo mismo el que, por esa invencible necesidad de ver en los grandes acontecimientos y en los grandes hombres algo de divino, crea, mucho despues, las leyendas maravillosas? Miéntras no se nos pruebe lo contrario, nosotros mantendrémos estos principios de crítica histórica:--que un relato sobrenatural no puede admitirse en tal concepto, porque implica siempre credulidad ó impostura, y que el deber del historiador consiste en desmenuzarle y en separar con esmero la parte verídica que en él se halle mezclada con el error.
Tales son las reglas que he seguido en la composicion de este escrito. Á la lectura de los textos he podido añadir un gran manantial de luz, consistente en la vista de los lugares donde pasaron los acontecimientos. Teniendo por objeto la mision científica que dirigí en 1860 y 1861 explorar la antigua Fenicia, tuve que residir en las fronteras de Galilea y que viajar por ella frecuentemente. Entónces atravesé en todos sentidos la provincia evangélica, visité á Jerusalen, á Hebron y la Samaria, y no escapó á mi exámen casi ninguna localidad importante de la historia de Jesús. Al recorrerlas, toda esa historia, que á distancia parece flotar en las nubes de un mundo imaginario, adquirió tal cuerpo y solidez, que no pudieron ménos de admirarme. La sorprendente concordancia de los textos con los lugares, y la armonía maravillosa del ideal evangélico con el país que le sirve de cuadro, fueron para mí como una revelacion. Un quinto evangelio, lacerado, pero todavía legible, apareció á mis ojos, y vi, á traves de los relatos de Matheo y de Márcos, no ya un sér abstracto, cuya existencia parece dudosa, sino una admirable figura humana llena de vida y de movimiento. Durante el verano, habiéndome sido preciso, á fin de reposar un poco, subir hasta Ghazir, en el Líbano, tracé á grandes rasgos la imágen que se me habia aparecido, y de aquel bosquejo resultó esta historia. Apénas me faltaban algunas páginas cuando una prueba cruel vino á precipitar mi partida. De manera que el libro fué compuesto por entero muy cerca de los mismos lugares en que nació y vivió Jesús. Despues de mi regreso he trabajado incesantemente en verificar y comprobar, detalle por detalle, el embrion que, sin más auxilio que cinco ó seis volúmenes, escribí de prisa bajo el techo de una cabaña maronita.
Quizás deploren algunos el giro biográfico de mi obra. Cuando por la primera vez concebí el pensamiento de escribir una historia de los orígenes del cristianismo, confieso que, en efecto, trataba de hacer una historia de doctrinas, en la cual no hubiesen tenido los hombres casi ningun lugar. Jesús mismo habria sido apénas mencionado, consagrándome, como pensaba, á demostrar de qué modo germinaron y cubrieron el mundo las ideas que se produjeron bajo su nombre. Pero despues comprendí que la historia no es un simple juego de abstraccion y que los hombres entran en ella por mucho más que las doctrinas. No fué por cierto la teoría sobre la justificacion y la redencion la que operó la Reforma, sino Lutero y Calvino. El parsismo, el helenismo, el judaismo habrian podido combinarse bajo todas las formas; las doctrinas de la resurreccion y del Verbo habrian podido desarrollarse por espacio de siglos sin producir ese hecho fecundo, único, grandioso, que se llama cristianismo. Ese hecho es la obra de Jesús, de San Pablo, de San Juan. Escribir la historia de Jesús, de San Pablo, de San Juan, es escribir la historia de los orígenes del cristianismo. En cuanto á los movimientos anteriores, ellos pertenecen á nuestro asunto, por cuanto á que sirven para explicar la existencia de aquellos hombres extraordinarios, los cuales tuvieron necesariamente su lazo de union con las cosas que los habian precedido.
Al hacer semejante esfuerzo para reanimar las grandes almas del pasado, debe permitirse una parte de adivinacion y de conjetura. Una gran vida es un todo orgánico que no puede representarse por la simple aglomeracion de hechos pequeños. Es menester que un sentimiento profundo abarque el conjunto y haga la unidad. En semejante asunto es un buen guía la razon del arte; el tacto exquisito de un Gœthe encontraria en él motivo para ejercitarse. La condicion esencial de las creaciones del arte estriba en formar un sistema viviente cuyas partes se armonicen unas con otras. La señal infalible de que, en las historias del género de ésta, se ha llegado á poseer lo verdadero, consiste en haber conseguido combinar los textos de manera que de su combinacion resulte un relato lógico, verosímil, sin ninguna discordancia. Las leyes íntimas de la vida, de la marcha de los productos orgánicos, de la gradacion de los matices, deben consultarse á cada paso; porque no se trata aquí de volver á encontrar la circunstancia material cuya prueba no es posible, sino el alma misma de la historia; no es la insignificante certidumbre de las bagatelas lo que se necesita buscar, sino la precision del sentimiento general, la verdad del colorido. Cada rasgo que se aleje de las reglas de la narracion clásica debe ser una advertencia de estar sobre aviso, porque el hecho que se trata de referir fué palpitante, natural, armonioso. Si no se consigue presentarle de esa manera, es porque de seguro no se llegó á conocerle bien. Supongamos que al restaurar la Minerva de Fidias con arreglo á los textos, se produjese un conjunto seco, duro, artificial. ¿Qué deberia deducirse? Una sola cosa: que los textos necesitan la interpretacion del buen gusto, siendo indispensable examinarlos y cotejarlos minuciosamente hasta conseguir de ellos un conjunto cuyos datos se armonicen y confundan sin ningun esfuerzo. ¿Se tendria entónces la seguridad de poseer, línea por línea, la estatua griega? No; pero, al ménos, no se poseeria la caricatura: se tendria el espíritu general de la obra, uno de los modos como pudo existir.