Vida de Jesús

Part 20

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Pero la aldea de Bethania[890], situada en la cumbre de la colina, sobre la vertiente que mira hácia el Jordan y el mar Muerto, y distante una hora de Jerusalen, era particularmente el lugar predilecto de Jesús[891]. Allí entabló conocimiento con una familia compuesta de tres personas, dos hermanas y un hermano, cuya amistad tuvo para él mucho atractivo[892]. La una de las dos hermanas, llamada Martha, era complaciente, buena, obsequiosa y solícita[893]; por el contrario, la otra, llamada María, gustaba á Jesús por su languidez de carácter[894] y por lo desarrollado de sus instintos especulativos. Muchas veces, sentada á los piés de Jesús, olvidaba, escuchándole, los deberes de la vida real. Entónces su hermana, sobre la cual recaia todo el peso de las labores domésticas, se quejaba dulcemente: «Martha, Martha--la decia Jesús--tú te afanas y acongojas por muchísimas cosas, y á la verdad que una sola cosa es necesaria. María ha escogido la mejor suerte, de que jamás será privada»[895]. Jesús amaba tambien entrañablemente al hermano Eleazar ó Lázaro[896]. Por último, un tal Simon el Leproso, propietario de la casa en que vivia la familia, formaba, á lo que parece, parte de ésta[897]. Allí era donde Jesús olvidaba en el seno de una piadosa amistad los disgustos de la vida pública, y en aquel interior tranquilo se consolaba de los enredos que los fariseos le suscitaban á cada paso. Jesús se sentaba con frecuencia sobre el monte de los Olivos, frente al monte Moria[898], teniendo á sus piés la espléndida perspectiva que ofrecian los terrados del templo y sus techumbres cubiertas de láminas resplandecientes. Aquella vista llenaba de admiracion á los extranjeros; sobre todo, al salir el sol, la montaña sagrada deslumbraba los ojos como si fuese una masa de oro y nieve. Pero aquel espectáculo, que tanto orgullo y alegría causaba á los demás israelitas, inspiraba á Jesús un sentimiento de profunda tristeza. «Jerusalen, Jerusalen, que matas á los profetas, y apedreas á los que á tí son enviados,--exclamaba en sus momentos de amargura--¡cuántas veces quise recoger á tus hijos, á la manera que el ave cubre su nidada debajo de sus alas, y tú no has querido!»[899].

Y no porque allí, como en Galilea, no hubiese algunas almas predispuestas á recibir el gérmen de la nueva doctrina; pero tal era el influjo de la ortodoxia dominante, que muy pocos se atrevian á abrazarla abiertamente. Confesar que seguian la escuela de un galileo, hubiera sido, en su concepto, desacreditarse á los ojos de los hierosolimitanos y exponerse á que los echaran de la sinagoga, lo cual, en una sociedad mojigata y mezquina como aquélla, era el baldon más afrentoso[900]. Además, la excomunion llevaba consigo la pérdida de todos los bienes en provecho del fisco[901]. El que dejaba de ser judío, no por eso se convertia en romano; sino que permanecia sin defensa bajo la férula de una legislacion teocrática de la más terrible severidad. Un dia, los ministros subalternos del templo asistieron á uno de los discursos de Jesús, y quedaron maravillados de escucharle; en seguida fueron á confiar sus dudas á los sacerdotes: «¿Acaso alguno de los príncipes ó de los fariseos ha creido en él?--les respondieron.--Sólo ese populacho, que no entiende la Ley, es el maldito»[902]. Jesús continuaba siendo en Jerusalen un provinciano, á quien admiraban los provincianos como él, pero rechazado por toda la aristocracia de la nacion. Los jefes de escuela y de secta eran demasiado numerosos para que nadie se conmoviera por la aparicion de uno más. Su palabra tuvo, pues, muy escaso eco en Jerusalen, donde se hallaban demasiado arraigadas las preocupaciones de raza y de secta, esos enemigos capitales del espíritu evangélico.

En aquel nuevo mundo, su enseñanza tuvo necesariamente que modificarse no poco. Sus hermosas predicaciones, cuyo efecto se calculaba de antemano cuando se dirigian á oyentes de cándida imaginacion y de conciencia pura, se perdian allí como el rocío que cae sobre calcinada arena. Y él, que tan dueño de sí mismo y tan desembarazado se encontraba en las márgenes del risueño lago de Tiberiade, se sentia incómodo y como fuera de su centro junto á aquellos pedantes. Sus perpétuas afirmaciones de sí mismo llegaron á tener algo de fastidioso[903], y, á su pesar, tuvo que hacerse controversista, jurista, exegeta y teólogo. Su conversacion, tan llena de gracia ordinariamente, llega á ser un fuego graneado de disputas[904], una sucesion interminable de luchas escolásticas. Su armonioso genio se gasta en insípidas argumentaciones sobre la Ley y los profetas[905], en las cuales deseariamos no verle hacer algunas veces el papel de agresor[906]. Con una condescendencia que nos disgusta, préstase á los exámenes capciosos que le hacen sufrir ergotistas sin tacto[907]. Pero, en general, su ingenio le sacaba en bien de aquellos apuros. Verdad es que sus razonamientos eran con frecuencia sutiles; pero tambien lo es que la sencillez de ingenio y la sutileza se dan la mano:--siempre que las personas sencillas quieren razonar son un poco sofistas. Algunas veces parecia buscar equívocos y empeñarse en prolongarlos á propósito[908]. En resúmen, su argumentacion, juzgada segun las reglas de la lógica aristotélica, es bastante débil. Pero cuando el atractivo sin igual de su ingenio conseguia tomar vuelo, entónces el triunfo era suyo. Un dia creyeron ponerle en grave apuro presentándole una mujer adúltera y preguntándole cómo era preciso tratarla. Conocida es la admirable respuesta de Jesús[909]. La fina ironía del hombre de mundo, modificada por una bondad divina, no podia expresarse en un rasgo más exquisito. Pero lo que más difícilmente perdonan los necios es el ingenio unido á la grandeza moral. Con esta frase tan llena de un sentimiento de pureza y justicia: «¡El que de vosotros se halle sin pecado tire contra ella la primera piedra!», hirió Jesús en el corazon á la hipocresía y firmó al mismo tiempo su sentencia de muerte.

En efecto, sin la exasperacion causada por tantas amargas reconvenciones, es muy posible que Jesús hubiese pasado desapercibido, yendo á perderse en la espantosa tormenta que bien pronto habia de arrastrar á toda la nacion judáica. El alto sacerdocio y los saduceos sentian por él más bien desprecio que ódio. Las grandes familias sacerdotales, los _Boethusim_, la familia de Annás, si de algo se mostraban fanáticas, era de reposo. En cuanto á los saduceos, rechazaban, como Jesús, las «tradiciones» farisáicas[910]. Por una rara originalidad, aquellos incrédulos, que negaban la resurreccion, la ley oral y la existencia de los ángeles, eran los verdaderos judíos; en otros términos, no satisfaciendo ya la sencillez de la antigua Ley las necesidades religiosas de la época, los que á ella se atenian estrictamente rechazaban las invenciones modernas, pasaban á los ojos de los devotos por impíos, ni más ni ménos que un protestante evangélico pasa hoy por incrédulo en los países ortodoxos. De todos modos, no era de aquel partido de donde podia venir una reaccion séria contra Jesús. El sacerdocio oficial, con la vista fija en el poder político, é íntimamente ligado á él, no comprendia tampoco gran cosa de aquellos movimientos entusiastas. La doctrina del nuevo maestro amenazaba particularmente las preocupaciones y los intereses de los fariseos, de aquella innumerable clase de los _soferim_ ó escribas, que vivian de la ciencia de las «tradiciones», y esa clase era la que experimentaba graves inquietudes.

Los fariseos hacian constantes esfuerzos por atraer á Jesús al terreno de las cuestiones políticas, á fin de comprometerle en el partido de Júdas el Gaulonita. La táctica era hábil, porque se necesitaba toda la profunda ingenuidad de Jesús para no haber tenido todavía desavenencias con la autoridad romana, sin perjuicio de su proclamacion del reino de Dios. Queriendo rasgar el velo de ese equívoco y obligarle á explicarse, cierto dia se acercó á él un grupo de fariseos y políticos, llamados «herodianos» (probablemente de los _Boethusim_), y so pretexto de celo piadoso: «Maestro,--le dijeron,--sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios sin respeto á nadie. Dínos qué te parece de esto:--¿es ó no lícito pagar el tributo á César?» Sin duda esperaban una respuesta que les diese pretexto para entregarle á Pilato. Pero la de Jesús fué admirable. Hizo que le enseñáran la efigie de la moneda, y les dijo: «Dad á César lo que es de César y á Dios lo que es de Dios»[911]. ¡Frase profunda que decidió el porvenir del cristianismo! ¡Frase espiritualista por excelencia y de maravillosa exactitud, que fundó la separacion de lo espiritual y de lo temporal y asentó los cimientos del verdadero liberalismo y de la verdadera civilizacion!

Cuando Jesús se hallaba á solas con sus discípulos, su genio dulce y penetrante le inspiraba acentos llenos de atractivo: «En verdad, en verdad os digo, que quien no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que sube por otra parte, el tal es un ladron y un salteador. Mas el que entra por la puerta, pastor es de las ovejas. Las ovejas escuchan su voz, y él llama por su nombre á las ovejas propias y las saca fuera. Va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. El ladron no viene sino para robar y matar, y hacer estrago. El mercenario de quien no son propias las ovejas, en viendo venir al lobo, desampara las ovejas y huye. Yo soy el buen pastor y conozco mis ovejas, y las ovejas mias me conocen á mí, y doy mi vida para ellas»[912]. La idea de una próxima solucion de la crísis de la humanidad volvia á asaltarle frecuentemente: «Cuando las ramas de la higuera,--decia,--retoñecen y brotan hojas, conoceis que está cerca el verano. Alzad vuestros ojos y ved el mundo;--la miés está ya blanca y á punto de segarse»[913].

Su robusta elocuencia reaparecia cada vez que se trataba de combatir á los hipócritas.

«Los escribas y los fariseos están sentados en la cátedra de Moisés. Practicad, pues, y haced todo lo que os dijeren; pero no arregleis vuestra conducta por la suya, porque ellos dicen y no hacen. El hecho es que van liando cargas pesadas é insoportables, y las ponen en los hombros de los demás, cuando ellos no quieren ni aplicar la punta del dedo para moverlas.

»Todas sus obras las hacen con el fin de ser vistos de los hombres; por lo mismo llevan las filacterias[914] más anchas, y más largas las franjas del vestido[915]. Aman tambien los primeros asientos en los banquetes y las primeras sillas en las sinagogas y el ser saludados en la plaza, y que los hombres les den el título de «Maestro». Pero ¡ay de ellos!...

»¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! que cerrais el reino de los cielos[916] á los hombres; porque ni vosotros entrais, ni dejais entrar á los que entrarian.

»¡Ay de vosotros! que devorais las casas de las viudas con el pretexto de hacer largas oraciones: por eso recibiréis sentencia mucho más rigurosa. ¡Ay de vosotros! porque andais girando por mar y tierra á trueque de convertir un gentil, y despues le haceis digno del infierno. ¡Ay de vosotros! que sois como los sepulcros que están cubiertos, y que son desconocidos á los hombres que pasan por encima de ellos[917].

»¡Insensatos y ciegos! que pagais diezmo de la yerbabuena y del eneldo y del comino, y habeis abandonado las cosas más esenciales de la Ley, la justicia, la misericordia y la buena fe. Éstas debiérais observar, sin omitir aquéllas.

»¡Oh guías ciegos! que colais un mosquito y os tragais un camello.

»¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! que limpiais por fuera la copa y el plato[918] que por dentro están llenos de rapacidad é inmundicia. ¡Fariseo ciego![919], limpia primero por dentro la copa y el plato, si quieres que lo de afuera sea limpio[920].

»¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! porque sois semejantes á los sepulcros blanqueados[921], los cuales por afuera aparecen hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos, de todo género de podredumbre.

»¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! que fabricais los sepulcros de los profetas, y adornais los monumentos de los justos, y decís: si hubiéramos vivido en tiempo de nuestros padres, no hubiéramos sido sus cómplices en la muerte de los profetas. Con lo que dais testimonio contra vosotros mismos de que sois hijos de los que mataron á los profetas. Acabad, pues, de llenar la medida de vuestros padres. Por eso dijo la sabiduría de Dios: yo voy á enviaros profetas y sabios y escribas, y de ellos degollareis á unos, crucificareis á otros, á otros azotareis en vuestras sinagogas, y los andareis persiguiendo de ciudad en ciudad, para que recaiga sobre vosotros toda la sangre inocente derramada sobre la tierra, desde la sangre del justo Abel hasta la sangre de Zacarías, hijo de Baraquías[922], á quien matasteis entre el templo y el altar. En verdad os digo que todas estas cosas vendrán á caer sobre la generacion presente»[923].

Su dogma terrible de la sustitucion de los gentiles, esto es, la idea de que el reino de Dios iba á ser transferido á otros, no habiéndole querido aquéllos para quienes estaba destinado[924], era como una amenaza sangrienta dirigida á la aristocracia; y su título de Hijo de Dios, que Jesús confesaba abiertamente en fogosas parábolas[925], en las cuales presentaba á sus enemigos desempeñando el papel de verdugos de los enviados celestiales, era un reto al judaismo legal. El audaz llamamiento dirigido á los humildes era todavía más sedicioso. Declaraba que habia venido á dar vista á los ciegos y á cegar á los que creian ver[926]. Su mal humor contra el templo le inspiró un dia esta imprudente frase: «Yo destruiré este templo hecho de mano de los hombres, y en tres dias fabricaré otro sin obra de mano alguna»[927]. Se ignora, ó por lo ménos, no se sabe á punto fijo lo que Jesús quiso decir con esas palabras, en las cuales buscaron sus discípulos forzadas alegorías. Pero como sus enemigos no deseaban sino un pretexto para perderle, tomaron inmediatamente acta de ellas. La frase debia figurar luégo entre los considerandos de la sentencia de muerte y llegar hasta los oidos de Jesús en medio de las últimas agonías del Gólgotha. Esas irritantes discusiones concluian siempre por provocar alguna tormenta. Los fariseos le arrojaban piedras[928], en lo cual no hacian sino ejecutar un artículo de la Ley, que ordenaba apedrear, sin oirle, á todo profeta, siquiera fuese taumaturgo, que intentara separar al pueblo del antiguo culto[929]. Otras veces le llamaban loco, poseido y samaritano[930], y trataban hasta de matarle[931]. Y por último, tomaban acta de todas sus palabras, á fin de invocar contra él las leyes de una teocracia intolerante, no abrogadas aún por la dominacion romana[932].

CAPÍTULO XXII

MAQUINACIONES DE LOS ENEMIGOS DE JESÚS

Jesús pasó el otoño y una parte del invierno en Jerusalen, en donde esa estacion es bastante fria. El pórtico de Salomon, con sus corredores cubiertos, era el sitio en que se paseaba de ordinario[933]. Aquel pórtico se componia de dos galerías, formadas por tres órdenes de columnas y cubiertas de una techumbre de madera tallada[934]. Dominaba el valle de Cedron, que estaba sin duda ménos lleno de escombros que hoy en dia. La vista, desde lo alto del pórtico, no alcanzaba al fondo del barranco, y parecia, á consecuencia de la inclinacion de los taludes, que se abria un abismo á pico bajo el muro. El otro lado del valle poseia ya su adorno de suntuosas tumbas. Algunos de los monumentos que se ven allí hoy dia, eran quizás aquellos cenotafios en honor de los antiguos profetas[935] que Jesús mostraba con la mano, cuando, sentado sobre el pórtico, fulminaba amenazas contra las clases oficiales, que escudaban detrás de aquellas colosales masas su hipocresía ó su vanidad[936]. Á fines del mes de Diciembre, Jesús celebró en Jerusalen la fiesta establecida por Júdas Macabeo en conmemoracion de la purificacion del templo, despues de los sacrilegios de Antíoco Epifáneo[937]. Tambien se la llamaba la «Fiesta de las candelas», porque durante los ocho dias de la funcion se tenian en las casas las lámparas encendidas[938]. Jesús emprendió poco despues un viaje á Perea y á las orillas del Jordan, es decir, al mismo país que visitó algunos años ántes, cuando seguia la escuela de Juan[939] y donde él mismo habia administrado el bautismo. Allí, y sobre todo en Jericó, recibió, á lo que parece, algunos consuelos. En aquella ciudad, bien como punto principal de caminos muy importantes, ó bien á causa de sus perfumados jardines y de su rica cultura[940], habia una aduana de bastante consideracion. El recaudador principal, Zacheo, hombre rico, deseó ver á Jesús. Como era de estatura pequeña, se subió sobre un sicomoro que se hallaba cerca del camino por donde debia pasar la comitiva. Jesús se conmovió de tal inocencia en un personaje de consideracion, y quiso entrar en casa de Zacheo, áun á riesgo de producir un escándalo[941]. Se murmuró muchísimo, en efecto, de verle honrar con su presencia la casa de un pecador. Al partir, Jesús declaró que su huésped era buen hijo de Abraham; y como para aumentar el despecho de los ortodoxos, Zacheo llegó á ser un santo; dió, segun dicen, la mitad de sus bienes á los pobres y reparó con exceso los males que pudo haber ocasionado. No fué ésta solamente la única alegría de Jesús. Al salir de la ciudad, el mendigo Bartimeo[942] le produjo gran placer al llamarle obstinadamente «hijo de David», aunque le ordenaron callarse. El ciclo de los milagros galileos parece volver á abrirse por un momento en aquel país que muchas analogías semejaban á las provincias del norte. El delicioso oasis de Jericó, bien regado entónces, debia ser uno de los parajes más hermosos de la Siria. Josefo habla de él con la misma admiracion que de la Galilea, y le llama, como á esta última provincia, un «país divino»[943].

Jesús, despues de haber llevado á cabo aquella especie de peregrinacion á los lugares de su primera actividad profética, volvió á su querida estancia de Betania, en donde acaeció un hecho singular que parece tuvo consecuencias decisivas para el fin de su vida[944]. Cansados de la mala acogida que el reino de Dios encontraba en la capital, los amigos de Jesús deseaban un gran milagro que hiriese vivamente la incredulidad hierosolimitana. La resurreccion de un hombre conocido en Jerusalen debió parecer la cosa más convincente. Es necesario recordar aquí que la condicion esencial de la verdadera crítica es comprender la diversidad de las épocas y despojarse de las repugnancias instintivas que son el fruto de una educacion puramente razonable. Es necesario recordar tambien que, en aquella ciudad torpe é impura de Jerusalen, Jesús no era ya el mismo. Su conciencia, por la falta de los hombres, y no por la suya, habia perdido algo de su primordial limpidez. Desesperado, llevado al último extremo, no era ya dueño de sí. Su mision se le imponia y obedecia al torrente que le empujaba. Como sucede siempre en todas las grandes carreras divinas, la opinion era la que le imponia los milagros que hacia contra su voluntad. Á la distancia en que nos encontramos de aquella época, y en presencia de un solo texto, que ofrece señales evidentes de artificios de composicion, es imposible decidir si, en el caso presente, es todo ficcion, ó si un hecho real, sucedido en Betania, sirvió de base á los rumores extendidos. Es necesario reconocer, sin embargo, que el giro de la narracion de Juan tiene algo de enteramente diverso de los relatos de los milagros, nacidos de la imaginacion popular, de que están llenos los sinópticos. Añadamos que Juan es el solo evangelista que tiene un conocimiento exacto de las relaciones de Jesús con la familia de Betania, y que no se comprende que una creacion popular viniese á tomar puesto en un círculo de recuerdos tan personales. Lo que parece probable es que el prodigio de que se trata no fué uno de esos milagros completamente legendarios y de los que nadie es responsable. En otros términos, nosotros creemos que sucedió en Betania alguna cosa que fué considerada como una resurreccion.

La fama atribuia ya á Jesús dos ó tres hechos de esa naturaleza[945]. La familia de Betania fué inducida, quizás sin saberlo, al hecho importante que se deseaba. Jesús era allí adorado. Parece que Lázaro estaba enfermo, y que á consecuencia de un mensaje de sus hermanas alarmadas, Jesús abandonó la Perea[946]. La alegría de su llegada pudo hacer volver á Lázaro á la vida. Quizás tambien el ardiente deseo de tapar la boca á los que con ultraje negaban la mision divina de su amigo, condujo á aquellas apasionadas personas más allá de todos los límites. Quizás Lázaro, pálido aún á causa de su enfermedad, se hizo cubrir de vendas como un muerto y encerrar en su sepulcro de familia. Aquellos sepulcros eran espaciosas habitaciones talladas en la roca, en las que se entraba por una abertura cuadrada que cerraba una enorme baldosa. Marta y María acudieron delante de Jesús, y sin dejarle entrar en Betania, le condujeron á la gruta. La emocion que Jesús sintió al lado del sepulcro de su amigo, que creia muerto[947], pudo ser considerada por los concurrentes como esa turbacion, ese estremecimiento[948] que acompañaba á los milagros; la opinion popular se empeñaba en que la virtud divina fuese en el hombre como un principio epiléptico y convulsivo. Jesús (siempre en la hipótesis enunciada más arriba) deseó ver aún una vez al que habia amado, y habiendo sido separada la piedra, Lázaro salió envuelto en sus vendas y cubierta la cabeza de un sudario. Esa aparicion debió mirarse naturalmente por todos como una resurreccion. La fe no conoce otra ley que el interes de aquello que cree positivo. Siendo para ello enteramente santo el objeto que se propone, no tiene el menor escrúpulo en invocar en favor de su tésis malos argumentos cuando con los buenos no logra lo que desea. Si tal prueba no es sólida, ¡cuántas hay que lo son!... Si tal prodigio no es verdadero, ¡cuántos otros lo han sido!... Íntimamente persuadidos de que Jesús era taumaturgo, Lázaro y sus dos hermanas pudieron ayudar á la ejecucion de uno de sus milagros, como tantos hombres piadosos que, convencidos de la verdad de su religion, han tratado de triunfar de la obstinacion de los hombres por medios que consideraban bien débiles. El estado de su conciencia era el de las estigmatizadas, el de las convulsionarias, de las poseidas de los conventos arrastradas por la influencia del mundo en que vivian, y por su propia creencia, á actos fingidos. En cuanto á Jesús, no era más dueño que San Bernardo, que San Francisco de Asís de moderar la avidez de la muchedumbre y la de sus propios discípulos por lo maravilloso. La muerte, por otra parte, iba dentro de algunos dias á devolverle su divina libertad, y á sustraerle á las necesidades fatales de un papel que cada dia se hacia más exigente, más difícil de sostener.