Part 18
Sin embargo, ¿no tenía la secta algun sacramento, algun rito, algun signo de union y de mútuo reconocimiento? Sí, tenía uno que todas las tradiciones hacen remontar hasta Jesús. Una de las ideas favoritas del maestro, consistia en que él era el nuevo pan, superior al maná, de que la humanidad viviria en adelante. Esa idea, gérmen de la Eucaristía, adquiria á veces en boca de Jesús formas singularmente concretas. En una ocasion obedeció en la sinagoga de Capharnahum á un movimiento atrevido que le costó la pérdida de varios de sus discípulos. «En verdad, en verdad os digo: Moisés no os dió pan del cielo; mi Padre es quien os le da verdaderamente»[793]. Y añadió: «Yo soy el pan de vida; el que viene á mí, no tendrá hambre; y el que cree en mí, no tendrá sed jamás»[794]. Estas palabras excitaron un vivo murmullo. «¿Qué entiende por esas palabras «yo soy el pan de vida?»--decian.--¿No es éste aquel Jesús, hijo de José, cuyo padre y cuya madre conocemos? ¿Cómo dice entónces que ha descendido del cielo?» Y Jesús, insistiendo con mayor energía, les replicaba: «Yo soy el pan de vida; vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; éste es el pan que desciende del cielo, á fin de que quien comiere de él no muera. Yo soy el pan vivo: quien comiere de este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi misma carne, para la vida del mundo»[795]. El escándalo llegó á su colmo. «¿Cómo puede éste darnos á comer su carne?»--decian. Y Jesús insistia aún: «En verdad, en verdad os digo que si no comiéreis la carne del Hijo del hombre y no bebiéreis su sangre, no tendreis vida en vosotros. Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último dia. Porque mi carne verdaderamente es comida, y mi sangre es verdaderamente bebida. Quien come mi carne y bebe mi sangre, en mí mora, y yo en él. Así como el Padre que me ha enviado vive, y yo vivo por el Padre; así quien me come, tambien vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo, y no es como el maná que vuestros padres comieron y que no les impidió morir; quien come este pan vivirá eternamente.» Semejante obstinacion en la paradoja sublevó la conciencia de varios de sus discípulos, que desde entónces dejaron de seguirle. Jesús no se retractó; únicamente añadia: «El espíritu es quien da la vida: la carne de nada sirve. Las palabras que os he dicho, espíritu y vida son.» Á pesar de esa rara predicacion, los doce permanecieron fieles, y ella dió motivo á Cephas ó Pedro para demostrarle un afecto sin límites y para repetirle: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios.»
Probablemente desde entónces se introdujo en las comidas de la secta algun uso que se relacionaba con la predicacion que halló tan mala acogida en la sinagoga de Capharnahum. Pero las tradiciones apostólicas son respecto á esto muy divergentes y, quizás adrede, muy incompletas. Los evangelios sinópticos suponen que un acto sacramental único sirvió de base al rito misterioso, y señalan ese acto en la última Cena. Juan, que es precisamente quien nos ha conservado el incidente de la sinagoga de Capharnahum, no dice ni una palabra de semejante hecho, sin embargo de referir muy al pormenor cuanto en la última Cena tuvo lugar. Por otra parte, vemos que se reconocia á Jesús en la manera de partir el pan[796], como si para aquellos que le habian tratado hubiese sido esa accion la más característica de su persona. Así que murió, la forma bajo la cual aparecia á los piadosos recuerdos de sus discípulos era la de presidente de un místico banquete, bendiciendo el pan y repartiéndole á los circunstantes[797]. Es muy posible que ésta fuese una de sus costumbres, y esos momentos aquellos en que más particularmente se mostraba amable y afectuoso. Una circunstancia material, la presencia del pescado sobre la mesa (indicio que prueba que el rito indicado tuvo orígen en las márgenes del lago de Tiberiade)[798], fué tambien casi sacramental, y formó parte integrante de las imágenes que los discípulos hicieron del sagrado festin[799].
En la naciente comunidad, los instantes consagrados á la comida habian llegado á ser los más agradables. En aquellos momentos en que todos se reunian al rededor de la misma mesa, el maestro hablaba á cada uno y mantenia siempre una conversacion jovial y llena de atractivo. Jesús amaba aquellos instantes y se complacia en ver en torno suyo á su familia espiritual[800]. La participacion del mismo pan era considerada como una especie de comunion, de lazo recíproco. Los términos extremadamente enérgicos que el maestro usaba respecto á este punto, se tomaron despues al pié de la letra de una manera absoluta y lastimosa. Jesús era, al mismo tiempo, muy espiritualista en las concepciones y muy materialista en la expresion. Queriendo hacer palpable el pensamiento de que el creyente no vive sino de él, y que él todo entero (cuerpo, sangre y alma) era la vida del verdadero fiel, decia á sus discípulos:--«Yo soy vuestro alimento»; frase que cambiada en estilo figurado, se convertia en esta otra: «Mi carne es vuestro pan, mi sangre es vuestra bebida.» La costumbre de hacer uso de un lenguaje sustancial en extremo le llevaba más léjos aún. En la mesa decia á los discípulos, señalándoles el alimento: «Héme ahí»; y repartiéndoles el pan: «Tomad, éste es mi cuerpo»; y alargándoles el cáliz con vino: «Tomad, ésta es mi sangre»; maneras de hablar que eran todas el equivalente de: «Yo soy vuestro alimento.»
Ese rito misterioso alcanzó en vida de Jesús grande importancia; probablemente se hallaba establecido mucho tiempo ántes del último viaje á Jerusalen, siendo tambien posible que fuese el resultado de una doctrina general más bien que de hecho determinado. Despues de la muerte de Jesús, llegó á ser el gran símbolo de la comunion cristiana[801], y se relacionó su orígen con el momento más solemne de la vida del Salvador. Pretendíase entónces ver en la consagracion del pan y del vino una memoria del adios que Jesús dió á sus discípulos ántes de abandonar la vida[802], y se volvió á encontrar al mismo Jesús en ese sacramento. La idea completamente espiritualista de la presencia de las almas, idea que tan familiar era al maestro y que le obligaba, por ejemplo, á decir á sus discípulos que cuando se reunieran en su nombre estaria en persona en medio de ellos[803], hacia la hipótesis admisible. Como ya hemos dicho, Jesús no tuvo nunca una nocion fija de lo que constituye la individualidad. La idea, en el grado de exaltacion á que habia llegado, tenía en él tal supremacía y tan absoluto imperio, que el cuerpo no figuraba para nada. Dos seres que se aman no forman sino uno, viven uno en otro;--¿cómo no habian de ser uno él y sus discípulos?[804] Éstos adoptaron el mismo lenguaje. Y los que por espacio de algunos años habian vivido de él, continuaron viéndole siempre con el pan y el cáliz «entre sus manos santas y venerables»[805] ofreciéndose á ellos. Á él fué, pues, á quien comieron y bebieron, y él llegó á ser la verdadera Pascua, puesto que la antigua quedó abolida por su sangre. Imposible es traducir á nuestro idioma determinado, que tan profunda distincion exige entre el sentido propio y el metafórico, esas costumbres de estilo cuyo carácter esencial consiste en prestar á la metáfora, ó mejor dicho, á la idea, una forma palpable y de exuberante realidad.
CAPÍTULO XIX
PROGRESION CRECIENTE DE ENTUSIASMO Y DE EXALTACION
Es evidente que semejante sociedad religiosa, fundada sólo en la esperanza del reino de Dios, debia ser muy incompleta por sí misma. La primera generacion cristiana vivió toda ella de expectacion y de ensueños. Creyéndose en vísperas del fin del mundo, se consideraba como cosa inútil cuanto contribuye á continuarle. Prohibíase la propiedad[806], y debian esquivarse todos los lazos que sujetan al hombre á la tierra, todo cuanto le separa del cielo. Aunque algunos discípulos estaban casados, se renunciaba, segun parece, al matrimonio desde el momento en que se ingresaba en la secta[807]. Preferíase abiertamente el celibato, y en el matrimonio mismo se recomendaba la continencia[808]. Hay un momento en que el maestro parece dar su aprobacion á los que se mutilasen con la esperanza de ser más dignos del reino de Dios[809]. En lo cual era consecuente con su principio; «Si tu mano ó tu pié te dan ocasion de escándalo ó pecado, córtalos y arrójalos léjos de tí; pues más te vale entrar en la vida eterna manco ó cojo, que con dos manos ó dos piés ser precipitado en el fuego eterno. Y si tu ojo es para tí ocasion de pecado, sácale y tírale léjos de tí:--mejor te es entrar en la vida eterna con un solo ojo, que tener dos y ser arrojado al fuego del infierno»[810]. La falta de generacion fué considerada frecuentemente como la señal y la condicion del reino de Dios[811].
Segun se ve, aquella Iglesia primitiva no hubiera formado nunca una sociedad durable, sin la gran variedad de gérmenes que Jesús depositó en su enseñanza. Para que la verdadera Iglesia cristiana, la Iglesia que convirtió al mundo, se desprenda de aquella pequeña secta de santos y llegue á ser un cuadro aplicable á la sociedad entera, necesitará todavía más de un siglo. Lo mismo sucedió con el budismo, cuya doctrina fué en un principio fundada por frailes. Lo mismo habria tambien sucedido con la órden de San Francisco, si la pretension de aquella órden, que aspiraba á convertirse en regla de la sociedad humana, hubiese tenido éxito. Nacidas en estado de utopias, y consiguiendo abrirse camino á causa de su misma exageracion, las grandes fundaciones que acabamos de mencionar no llenaron el mundo sino á condicion de modificarse profundamente y de renunciar á sus excesos. Jesús no traspasó ese primer período monacal en que el hombre se cree autorizado á intentar lo imposible. Así es que predicó atrevidamente la guerra á la naturaleza, la total ruptura de los lazos de la sangre: «En verdad, en verdad os digo,--exclamaba,--ninguno hay que haya dejado casa, ó padres, ó hermanos, ó esposa, ó hijos, por amor de Dios, el cual no reciba mucho más en este siglo, y en el venidero la vida eterna»[812].
La misma exaltacion respiran las instrucciones que se suponen dadas por Jesús á sus discípulos[813]. En efecto, él, que tan fácil y tolerante se muestra para con los extraños, que á veces se contenta con débiles afecciones[814], manifiesta para con los suyos extraordinario rigor. No le satisfacen los términos medios. Diríase que su escuela era una «órden» basada en las más austeras reglas. Jesús, fiel á su idea de que los cuidados de la vida turban y empequeñecen al hombre, exige un completo desprendimiento de la tierra, una adhesion absoluta por su obra. Sus discípulos no deben llevar dinero, ni provisiones para el camino, ni siquiera una alforja, ni una muda de ropa; deben practicar la pobreza absoluta, vivir de las limosnas y de la hospitalidad que les ofrezcan. «Dad graciosamente lo que graciosamente habeis recibido»[815],--les decia en su hermoso lenguaje. Si los prenden, si los llevan ante los jueces, no deben preparar su defensa; el abogado celestial, el _Paráclito_, les inspirará lo que han de decir. El Padre les enviará de lo alto su Espíritu, el cual llegará á ser el principio de todas sus acciones, el director de sus pensamientos, su guía á traves del mundo[816]. Cuando los echen de una ciudad, deben sacudir, al abandonarla, el polvo de sus piés, aunque no sin notificarle la proximidad del reino de Dios, á fin de que no pueda alegar ignorancia. Y añadia: «No acabareis de recorrer las ciudades de Israel ántes que venga el Hijo del hombre.»
Un fuego extraño anima todos esos discursos, que tal vez sean en parte creacion del entusiasmo de los discípulos[817]; pero áun así, provienen directamente de Jesús, puesto que obra suya era ese entusiasmo. Jesús anuncia á los que quieren seguirle grandes persecuciones y que serán objeto del ódio del género humano. Envíalos como ovejas en medio de lobos, y les dice que serán azotados en las sinagogas y conducidos á las prisiones. El hermano será entregado por el hermano y el hijo por su padre. Aconséjales que cuando los persigan en un país huyan á otro. «El discípulo no es más que su maestro,--les decia,--ni el siervo más que su amo. Nada temais á los que matan al cuerpo y no pueden matar el alma. ¿No es así que dos pájaros se venden por un cuarto, y no obstante, ninguno de ellos caerá en tierra sin que lo disponga vuestro padre? Hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados; no teneis, pues, que temer; valeis vosotros más que muchos pájaros»[818]. Y añadia: «Todo aquel que me reconociere delante de los hombres, yo tambien le reconoceré delante de mi Padre; mas á quien me negare delante de los hombres, yo tambien le negaré delante de mi Padre que está en los cielos»[819].
En esos accesos de rigor, Jesús se exaltaba hasta el extremo de suprimir la carne. Sus exigencias no tenian ya límites. Desconociendo la manera de ser de la naturaleza del hombre, quiere que no se viva sino para él, que no se ame sino á él únicamente. «Si alguno de los que me siguen,--decia,--no aborrece á su padre y madre, y á la mujer, y á los hijos, y á los hermanos y hermanas, y áun á su vida misma, no puede ser mi discípulo»[820].--«Cualquiera de vosotros que no renuncie á todo lo que posea, no puede ser mi discípulo»[821]. Entónces se mezclaba á sus palabras algo de extraño y sobrehumano; algo semejante á un fuego devorador que agostaba las raíces de la vida, que lo convertia todo en horrible desierto. El áspero y triste sentimiento de disgusto por el mundo y de abnegacion ilimitada, que caracteriza la perfeccion cristiana, tuvieron por fundador, no al ingenioso y jovial moralista de los primeros dias, sino al sombrío gigante á quien una especie de grandioso presentimiento arrojaba más y más fuera del género humano. En aquellos momentos de guerra contra las necesidades más legítimas del corazon, diríase que Jesús habia olvidado el placer de vivir, de amar, de ser y de sentir. Y llevando su exaltacion hasta el extremo, exclamaba: «Si alguno quiere ser mi discípulo, que renuncie á sí mismo y me siga. Quien ama al padre ó á la madre más que á mí, no merece ser mio; y quien ama al hijo ó á la hija más que á mí, tampoco merece ser mio. Quien conserve su vida, la perderá; y quien perdiere su vida por amor mio, la volverá á hallar. ¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si se pierde á sí mismo?»[822]. Dos anécdotas pertenecientes al género de aquellas que no deben tomarse por históricas pintan perfectamente, aunque exagerándole, ese reto lanzado por Jesús á la naturaleza. «¡Sígueme!»--dijo el maestro á un hombre.--«Señor,--le respondió--permíteme que ántes vaya á dar sepultura á mi padre.» Mas Jesús replicó:--«Sígueme tú, y deja que los muertos entierren á sus muertos; pero tú vé y anuncia el reino de Dios.»--Y otro le dijo: «Señor, yo te seguiré; pero primero déjame ir á despedirme de mi casa.» Respondióle Jesús: «Ninguno que despues de haber puesto su mano en el arado vuelve los ojos atras, es apto para el reino de Dios»[823]. Un extraordinario aplomo, y á veces un acento de singular dulzura, hacian tolerables esas exageraciones: «Venid á mí--exclamaba--todos los que andais agobiados de trabajos y cargas, que yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros; aprended de mí, que soy manso y humilde de corazon, y hallaréis el reposo para vuestras almas; porque suave es mi yugo y ligero el peso mio»[824].
De esa moral exaltada, que se expresaba en un lenguaje hiperbólico y espantosamente enérgico, debia resultar un gran peligro para el porvenir. Á fuerza de desprender al hombre de la tierra, se atacaba á la vida en sus mismas fuentes. En adelante, el cristiano que sea mal hijo, mal padre, mal patriota, merecerá por ello elogios, si sus atentados contra la patria y la familia reconocen por orígen el amor de Cristo. La ciudad antigua, la república, madre de todos, el Estado, ley comun de todos, quedan constituidos en hostilidad abierta con el reino de Dios, sembrando en el mundo un gérmen fatal de teocracia.
Otra consecuencia se deja tambien entrever desde entónces. Esa moral, hecha para un momento de crísis, parecerá imposible cuando se trasporte á un medio más tranquilo, al seno de una sociedad segura de su duracion. El Evangelio queda así destinado á convertirse en una utopia que muy pocos cristianos intentarian realizar. Para el mayor número, esas fulminantes máximas deberán dormir en profundo olvido, con el asentimiento del mismo clero; porque el hombre evangélico será un hombre peligroso. El más interesado, el más orgulloso, el más déspota, el más terrenal de todos los humanos, un Luis XIV, por ejemplo, debia encontrar sacerdotes que le persuadiesen, á despecho del Evangelio, de que era buen cristiano. Pero tambien debian encontrarse santos que tomasen al pié de la letra las sublimes paradojas de Jesús. No pudiendo alcanzarse la perfeccion dentro de las condiciones ordinarias de la sociedad, ni practicarse completamente la vida evangélica sino fuera del mundo, quedaba asentado de una manera tácita el principio del ascetismo y del estado monacal. Las sociedades cristianas tendrán, pues, dos reglas morales, una medianamente heróica, para la generalidad de los hombres; otra exaltada hasta el exceso, para el hombre perfecto; y este será el fraile sujeto á reglas que pretendan realizar el ideal evangélico. Es indudable que ese ideal no podia ser de derecho comun, puesto que implicaba la obligacion del celibato y de la pobreza. Bajo este punto de vista, el fraile es en cierto modo el solo cristiano verdadero. El sentido comun se revela contra semejantes excesos, porque para él lo imposible es la señal de la debilidad y del error. Pero, cuando se trata de grandes cosas, el sentido comun es malísimo juez. Para obtener algo de la humanidad, necesario es pedirle mucho. El inmenso progreso moral debido al Evangelio proviene de sus mismas exageraciones. Bajo este supuesto, él ha sido, así como el estoicismo, pero con muchísima más amplitud, un vivo argumento de las fuerzas divinas que el hombre tiene en sí, un monumento elevado al poder de la voluntad.
Compréndese fácilmente que, en el momento á que hemos llegado de la vida de Jesús, todo lo que no era el reino de Dios habia desaparecido para él de un modo absoluto. Jesús se hallaba fuera de la naturaleza, si así puede decirse; la familia, la amistad, la patria no tienen ya para él valor alguno. Sin duda habia hecho desde entónces el sacrificio de su vida. En ocasiones se inclina uno á creer que, viendo en su propia muerte un medio de fundar su reino, concibió deliberadamente el propósito de hacerse matar[825]. Otras veces, la muerte se presenta á él como un sacrificio destinado á apaciguar á su Padre y á salvar á los hombres[826], idea que despues habia de convertirse en dogma. Domínale un gusto singular de persecucion y de suplicios[827], considera su sangre como el agua de un segundo bautismo que debe recibir, y parece poseido de una extraña precipitacion por salir al encuentro de ese bautismo, único que puede calmar su sed[828].
Su grandeza de miras respecto al porvenir era á veces sorprendente. Jesús no desconocia la terrible tempestad que iba á desencadenar sobre el mundo. «No teneis que pensar--decia enérgica y atrevidamente--que yo he venido á traer la paz á la tierra; no he venido á traer la paz, sino la guerra. En una misma casa habrá cinco entre sí desunidos, tres contra dos y dos contra tres. Pues he venido á separar al hijo de su padre, á la hija de su madre, y á la nuera de su suegra. Y los enemigos del hombre serán las personas de su misma casa»[829].--«Yo he venido á poner fuego á la tierra; y ¿qué he de querer sino que arda?»[830].--«Os echarán de las sinagogas--añadia--y va á venir tiempo en que quien os matare se persuada hacer un obsequio á Dios[831]. Si el mundo os aborrece, sabed que primero que á vosotros me aborreció á mí. Acordaos de aquélla sentencia mia, que os dije: no es el siervo mayor que su amo. Si me han perseguido á mí, tambien os han de perseguir á vosotros»[832].
Arrastrado por esa espantosa progresion de entusiasmo y obedeciendo á las necesidades de una predicacion cada vez más exaltada, Jesús no era ya dueño de sí mismo, pertenecia á su papel y á la humanidad, hasta cierto punto. Hubiérase dicho á veces que su razon se turbaba. Sentia angustias y agitaciones interiores[833]. La gran vision del reino de Dios que incesantemente brillaba ante sus ojos le producia vértigos. Hubo momentos en que sus discípulos le creyeron loco[834], y en que sus enemigos declararon que estaba poseido[835]. Su apasionadísimo temperamento le llevaba á cada instante fuera de los límites de la naturaleza humana. No siendo su obra una obra de razon, sino de aquellas que burlan todas las clasificaciones del humano entendimiento, lo que Jesús exigia más imperiosamente era la «fe»[836]. Esta palabra, base de todos los movimientos populares, era la que más se repetia en el pequeño cenáculo. Claro es que ninguno de esos movimientos se realizaria, si fuese condicion indispensable que aquel que los provoca conquistase uno á uno sus discípulos por medio de pruebas lógicas y bien deducidas. La reflexion no conduce sino á la duda: si los autores de la revolucion francesa, por ejemplo, hubiesen exigido un convencimiento prévio, fruto de largas meditaciones, todos ellos habrian llegado á la vejez sin haber hecho nada. Jesús de igual manera aspiraba á seducir más bien que á convencer. Exigente, imperativo, no sufria ninguna oposicion ni demora, era preciso convertirse. Hasta su dulzura natural parecia haberle abandonado, y en ocasiones se manifestaba rudo y extravagante[837]. Habia momentos en que sus discípulos no le comprendian y en que les inspiraba una especie de temor[838]. Su mal humor contra los obstáculos le hacia cometer á veces actos inexplicables y absurdos en apariencia[839].
Y no es porque su virtud menguase, sino porque su lucha en nombre del ideal contra la realidad llegaba á ser insostenible. La resistencia le irritaba; el contacto de la tierra le exasperaba y le hacia daño. Y su nocion de Hijo de Dios se turbaba y exageraba. La ley fatal que condena á la idea á decaer y empobrecerse desde el momento en que trata de convertir á los hombres, tenía en él su aplicacion. Al tocar los hombres á Jesús, le rebajaban á nivel de ellos. La entonacion que habia adoptado no podia ser mantenida sino por algunos meses; tiempo era ya de que la muerte pusiese fin á una situacion tan violenta, y de que viniera á sustraerle á las imposibilidades de un camino sin término, á libertarle de una prueba demasiado prolongada, á introducirle impecable y para siempre en su celestial serenidad.
CAPÍTULO XX
OPOSICION CONTRA JESÚS