Vida de Jesús

Part 17

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Al mismo tiempo que Jesús admitia plenamente las creencias apocalípticas tales como se encuentran en los libros apócrifos de los judíos, admitia el dogma, que es el complemento de ellas, ó más bien la condicion de la resurreccion de los muertos. Tal doctrina, como ya lo hemos dicho, era aún nueva en Israel; muchas personas no la conocian ó no creian en ella[740]. Sin embargo, era de fe para los fariseos y para los fervientes adeptos de las creencias mesiánicas[741]. Jesús la aceptó sin reserva, pero siempre en el sentido más idealista. Muchos se figuraban que en el mundo de los resucitados se comeria, se beberia y se casarian. Jesús admite en su reino una nueva Pascua, un festin y un vino nuevo[742]; pero excluye de él formalmente el casamiento. Los saduceos tenian, respecto á esto, un argumento grosero en la apariencia, pero bastante conforme en el fondo con la antigua teología. Se acordaban de que, segun los sabios antiguos, el hombre no sobrevivia sino en sus hijos. El código mosáico habia consagrado esa teoría patriarcal por una institucion extravagante, el _Levirat_, y los saduceos deducian de ahí sutiles consecuencias en contra de la resurreccion. Jesús las evadia declarando formalmente que en la vida eterna no existiria ya la diferencia de sexo y que el hombre sería semejante á los ángeles[743]. Algunas veces parece que no promete la resurreccion sino á los justos[744]; el castigo de los impíos consistiria en morir enteramente y permanecer en la nada[745]. Más frecuentemente, sin embargo, Jesús quiere que la resurreccion se aplique á los malos para su eterna confusion[746]. Como se ve, nada era completamente nuevo en esas teorías. Los evangelios y los escritos de los apóstoles no contienen absolutamente, en punto á doctrinas apocalípticas, sino lo que se encuentra ya en «Daniel»[747], «Henoch»[748], y los «oráculos sibilinos»[749] de orígen judío. Jesús aceptó esas ideas extendidas generalmente entre sus contemporáneos, convirtiéndolas en base de su accion, ó por mejor decir, en uno de sus puntos de apoyo; porque tenía un sentimiento demasiado profundo de su verdadera obra para establecerla únicamente sobre principios tan frágiles, tan expuestos á recibir de los hechos una fulminante refutacion.

Cierto es, en verdad, que una doctrina semejante, tomada por sí misma de una manera literal, no tenía porvenir alguno. El mundo, obstinándose en vivir, la hacia hundirse, y la edad que vive un hombre le estaba reservada á lo sumo. La fe de la primera generacion cristiana se explica, pero no así la de la segunda. Despues de la muerte de Juan, ó del último superviviente, cualquiera que fuese, del grupo que vió al maestro, la palabra de éste quedaba desmentida[750]. Si la doctrina de Jesús sólo hubiese sido la creencia en un próximo fin del mundo, ciertamente que hoy dormiria en el olvido. ¿Qué es, pues, lo que la ha salvado? La gran latitud de las concepciones evangélicas, que ha permitido encontrar en el mismo símbolo doctrinas apropiadas á estados intelectuales muy diversos. El mundo no ha acabado, como Jesús lo anunció y como sus discípulos lo creyeron, pero está renovado del modo que Jesús deseaba. Si su pensamiento ha sido fecundo, débelo á su doble fase. Su quimera no ha corrido la suerte de otras muchas que han cruzado por el espíritu humano, gracias á que abrigaba un gérmen de vida que, introducido, merced á una apariencia fabulosa, en el seno de la humanidad, ha producido en él frutos eternos.

Y no se diga que ésa es una benévola interpretacion, imaginada para lavar el honor de nuestro gran maestro del cruel mentís dado á sus sueños por la realidad. No, no; ese verdadero reino de Dios, ese reino del espíritu que hace á cada uno rey y sacerdote; ese reino que, como el grano de la simiente de mostaza, ha llegado á ser un árbol que presta sombra al mundo, y bajo cuyas ramas los pájaros tienen sus nidos, Jesús le comprendió, le quiso, le fundó. Al lado de la idea falsa, fria, imposible, de un advenimiento de ostentacion, concibió la verdadera ciudad de Dios, la «palingenesia» exacta, el sermon en la montaña, la apoteósis del débil, el amor del pueblo, el gusto del pobre, la rehabilitacion de todo lo que es humilde, verdadero é inocente. Esa rehabilitacion la hizo, como artífice incomparable, por rasgos que durarán eternamente. Cada uno de nosotros le debe lo que en sí tiene de mejor. Perdonémosle su esperanza de un vano apocalípsis, de una venida en gran triunfo sobre las nubes del cielo. Quizás ése era el error de los demás más bien que el suyo; y si es cierto que él participó de las ilusiones de los otros, ¿qué importa, una vez que su sueño le hizo esforzado contra la muerte y le sostuvo en una lucha, en la que sin eso tal vez habria sucumbido?

Preciso es, pues, conservar diversos sentidos á la divina ciudad concebida por Jesús. Si su único pensamiento hubiese sido que el fin de los tiempos estaba cercano y que era necesario prepararse á él, no habria ido más allá que Juan Bautista. Renunciar á un mundo próximo á hundirse, desprenderse poco á poco de la vida presente, aspirar á un reino que iba á llegar, tal hubiera sido la última frase de su predicacion. La enseñanza de Jesús tuvo siempre por objeto miras más elevadas. Se propuso crear un nuevo estado de la humanidad, y no preparar sólo el fin del que existe. Elías ó Jeremías, volviendo á aparecer para preparar á los hombres á las supremas crísis, no hubieran predicado como él. Tan cierto es esto, que esa moral pretendida de los últimos dias ha resultado ser la moral eterna, la que ha salvado á la humanidad. El mismo Jesús, en muchas ocasiones, emplea modos de hablar que no entran absolutamente en la teoría apocalíptica. Frecuentemente declara que el reino de Dios ha comenzado; que todo hombre le lleva consigo mismo, y puede, si de ello es digno, disfrutar de él; que cada uno crea tácitamente ese reino por la verdera conversion del corazon[751].

El reino de Dios no es entónces sino el bien[752], es un órden de cosas mejor que el que existe, es el reino de la justicia, que el fiel, segun sus fuerzas, debe contribuir á fundar, ó es áun la libertad del alma, ó bien algo de análogo al «rescate» búdico, fruto de la desaficion. Esas verdades, que para nosotros son puramente abstractas, para Jesús eran vivas realidades. Todo en su pensamiento es concreto y sustancial: Jesús es el hombre que más enérgicamente creyó en la realidad de lo ideal.

Al aceptar las utopias de su tiempo y de su raza, Jesús supo hacer de ellas tambien grandes verdades, gracias á fecundos errores. Su reino de Dios era, sin duda, el próximo apocalípsis que iba á desarrollarse en el cielo. Pero, además de todo esto, probablemente era, sobre todo, el reino del alma, creado por la libertad y por el sentimiento filial, el que el hombre virtuoso experimenta en el seno de su padre. Aquélla era la religion pura, sin prácticas, sin templo, sin sacerdotes; era el juicio moral del mundo decretado á la conciencia del hombre justo y al poder del pueblo. Hé ahí lo que estaba hecho para vivir, y hé ahí lo que ha vivido. Cuando, al cabo de un siglo de aguardar en vano, se apura la esperanza materialista de un próximo fin del mundo, el verdadero reino de Dios aparece á ella. Lisonjeras explicaciones echan un velo sobre el reino real que no acaba de llegar. Estando el Apocalípsis de Juan, primer libro canónico del Nuevo Testamento, demasiado sériamente plagado de la idea de una catástrofe inmediata, queda pospuesto á segundo lugar y es tenido por ininteligible, torturado de mil modos y casi rechazado. Al ménos, se aplaza el dia de su cumplimiento para un porvenir indefinido. Algunos pobres obstinados que guardan aún, en plena época de reflexion, las esperanzas de los primeros discípulos, se convierten en heréticos (Ebionitas, Milenarios), perdidos en las clases inferiores del cristianismo. La humanidad creia en otro reino de Dios. La parte de verdad contenida en la idea de Jesús habia triunfado de la quimera que la ofuscaba.

No despreciemos, sin embargo, esa quimera, que ha sido la tosca corteza del sagrado bulbo de que nosotros vivimos.

Ese fantástico reino del cielo, ese perseguimiento sin fin de una ciudad de Dios, que siempre ha preocupado al cristianismo en su larga carrera, ha sido el principio del gran instinto de porvenir que ha animado á todos los reformadores, discípulos obstinados del Apocalípsis, desde Joaquin de Flora hasta el sectario protestante de nuestros dias. Ese impotente esfuerzo por fundar una sociedad perfecta ha sido la fuente de la tension extraordinaria que ha hecho del verdadero cristiano un atleta en lucha contra el presente. La idea del «reino de Dios» y el Apocalípsis, que en esto es la imágen completa, son pues, en cierto modo, la expresion más grande y más poética del progreso humano. Ciertamente que de ella debian salir grandes errores. Suspendido sobre la humanidad como una constante amenaza, el fin del mundo, por los horrores periódicos que causó durante muchos siglos, perjudicó no poco á todo desarrollo profano. La sociedad, no estando segura de su existencia, contrajo una especie de temor y aquellas costumbres de baja humildad que presentan á la Edad media tan inferior á los tiempos antiguos y á los modernos[753]. Por otra parte, se habia producido un cambio radical en el modo de considerar la venida de Cristo. La primera vez que se anunció á la humanidad que su planeta iba á acabar, de la misma manera que el niño que acoge la muerte con una sonrisa, experimentó el más vivo acceso de alegría que jamás pudo sentir. Al envejecer, el mundo se habia apegado á la vida. El dia de gracia, esperado tan largo tiempo por las almas puras de Galilea, habia llegado á ser para aquellos siglos de hierro un dia de cólera: _Dies iræ, dies illa!_ Pero áun en el mismo seno de la barbarie, la idea del reino de Dios permaneció fecunda. Á pesar de la Iglesia feudal, de las sectas, de las órdenes religiosas, santos personajes continuaron protestando en nombre del Evangelio contra la iniquidad del mundo. En nuestros mismos dias, dias confusos en que Jesús no tiene continuadores más auténticos que aquellos que parecen repudiarle, los sueños de organizacion ideal de la sociedad, que tanta analogía tienen con las aspiraciones de las sectas cristianas primitivas, sólo son, en cierto modo, el ensanche de la misma idea, una de las ramas de ese árbol inmenso, donde germina toda idea de porvenir, y del cual el «reino de Dios» será eternamente el tronco y la raíz. Todas las revoluciones sociales de la humanidad serán ingertas en esa palabra, pero infectadas de un tosco materialismo, aspirando á lo imposible, es decir, á fundar la dicha universal sobre medidas políticas y económicas, las tentativas «socialistas» de nuestra época permanecerán infecundas, hasta que tomen por norma el verdadero espíritu de Jesús, es decir, el idealismo absoluto, ese principio que consiste en que, para poseer la tierra, es preciso renunciar á ella.

La frase de «reino de Dios» expresa, por otro lado, muy felizmente, la necesidad que siente el alma de un suplemento de destino, de una compensacion de la vida actual. Aquellos que no se avienen á concebir el hombre como un compuesto de dos sustancias y que hallan el dogma deista de la inmortalidad del alma en contradiccion con la fisiología, desean mantenerse en la esperanza de una reparacion final, que bajo una forma desconocida, satisfará á las necesidades del corazon del hombre. ¡Quién sabe si el último término del progreso, dentro de millones de siglos, traerá consigo la conciencia absoluta del universo, y en esa conciencia el despertar de todo lo que ha vivido! Un sueño de un millon de años no es más largo que el sueño de una hora. San Pablo en esta hipótesis hubiera podido decir aún con razon: _In ictu oculi!_[754]. Es indudable que la humanidad moral y virtuosa tendrá su desquite; que un dia el sentimiento del pobre honrado juzgará el mundo, y que en ese dia la figura ideal de Jesús será la confusion del hombre frívolo que no creyó en la virtud, del hombre egoista que no supo alcanzarla. La palabra favorita de Jesús permanece, pues, llena de un encanto perenne. Una especie de adivinacion grandiosa parece haberla tenido en una sublime vaguedad, abrazando á la vez diferentes órdenes de verdades.

CAPÍTULO XVIII

INSTITUCIONES DE JESÚS

Lo que prueba, además, que esas ideas apocalípticas no absorbieron nunca por completo á Jesús es que, al mismo tiempo en que más se preocupaba de ellas, establecia con extraordinaria seguridad de miras las bases de una iglesia destinada á larga duracion. Que entre sus discípulos eligió los que por excelencia se llaman los «apóstoles» ó los «doce», cosa es que está fuera de duda, puesto que poco despues de su muerte se los encuentra formando un cuerpo y llenando por eleccion las vacantes que se operaban en su seno[755]. Los doce eran los dos hijos de Jonás, los dos hijos del Zebedeo, Santiago, hijo de Cleofás, Felipe, Nathanael-bar-Talmai, Tomás, Leví, hijo de Alfeo ó Matheo, Simon el Zelador, Tadeo ó Lebeo, y Júdas de Kerioth[756]. Es muy posible que el pensamiento de las doce tribus de Israel no fuese extraño á la eleccion de este número. De todos modos, los «doce» formaban un grupo de discípulos privilegiados, entre los cuales conservaba Pedro, á quien Jesús confió el cuidado de propagar su obra, una supremacía completamente fraternal[757]. Nada habia entre ellos que se pareciese á colegio sacerdotal organizado en regla[758]; las listas de los «doce» que han llegado hasta nosotros ofrecen muchas inexactitudes y contradicciones. Dos ó tres de los discípulos que en ellas figuran permanecieron oscuros. Algunos, por lo ménos Pedro y Felipe[759], estaban casados y tenian familia.

Es evidente que Jesús confiaba á los doce secretos que prohibia comunicasen á los demás[760]. En ocasiones parece que su plan era rodear su persona de algun misterio, aplazar las grandes pruebas para despues de su muerte, y no revelarse por completo sino á sus discípulos, confiándoles el cuidado de demostrarle al mundo[761]. «Lo que os digo de noche, decidlo á la luz del dia; y lo que os digo al oido, predicadlo desde los terrados.» Así se evitaba las declaraciones demasiado precisas y concluyentes, y creaba una especie de intermediarios entre él y la opinion. Lo que está fuera de duda es, que tenía para sus discípulos enseñanzas particulares y que les explicaba el sentido de algunas parábolas, indeciso y oscuro para el vulgo[762]. La enseñanza de los doctores de aquel tiempo, como se ve por las sentencias del _Pirké Aboth_, adolecia de un giro enigmático y algo raro en la trabazon de las ideas. Jesús explicaba á sus amigos íntimos lo que en sus apotegmas ó en sus apólogos habia de singular, presentándoles su enseñanza desnuda del lujo de las comparaciones que algunas veces la oscurecian[763]. Muchas de aquellas explicaciones se conservaron, al parecer, cuidadosamente[764].

Los apóstoles predicaron ya en vida de Jesús[765], pero sin separarse mucho de la doctrina del maestro. Verdad es que su predicacion se limitaba á anunciar la venida del reino de Dios[766]. Iban de pueblo en pueblo recibiendo la hospitalidad, ó, mejor dicho, tomándola ellos mismos, segun era uso y costumbre. El huésped tiene en Oriente grande autoridad y es superior al dueño de la casa, al cual inspira la confianza más absoluta. Esa predicacion á domicilio, en el seno del hogar doméstico, es excelente para la propaganda de nuevas doctrinas. Ella sirve de pago al beneficio que se recibe y, provocada por la política y las buenas relaciones, facilita la emision de las ideas y la conversion de las familias. Sin la hospitalidad de Oriente, la rápida propaganda del cristianismo sería un hecho incomprensible. Jesús, que tenía gran apego á las viejas costumbres, con tal de que fuesen buenas, aconsejaba á sus discípulos que no tuviesen escrúpulo en aprovecharse de aquel antiguo derecho público, que probablemente estaba ya abolido en las grandes ciudades, á causa del establecimiento de las hosterías[767]. Cuando los apóstoles se instalaban en casa de alguno, debian permanecer allí, comiendo y bebiendo lo que les dieran, hasta que no terminasen su mision.

Jesús deseaba que los mensajeros de la buena nueva, tomando de él ejemplo, hiciesen agradable su predicacion por medio de la amabilidad y de la benevolencia. Queria que cuando entrasen en una casa diesen al dueño el _selam_ ó salutacion de paz. Siendo el selam entónces en Oriente lo que todavía es hoy, esto es, un signo de comunion religiosa que no se cambia con las personas cuyas creencias no se conocen, algunos vacilaban en seguir el mandato. «No temais nada, les decia Jesús; si el amo de la casa no la merece, vuestra paz se volverá con vosotros»[768]. Y en efecto, los apóstoles del reino de Dios eran á veces mal recibidos y se quejaban de ello á Jesús, el cual trataba siempre de calmarlos. Persuadidos como se hallaban de la omnipotencia del maestro, algunos se mostraban disgustados de tamaña longanimidad: los hijos del Zebedeo querian que hiciese llover el fuego del cielo sobre las ciudades inhospitalarias[769]. Jesús acogia aquellos trasportes de celo con fina ironía, y los calmaba diciéndoles: «No he venido á perder las almas, sino á salvarlas.»

El maestro trataba siempre de establecer el principio que sus apóstoles eran él mismo[770] ó semejantes á él, y todos creian que les habia comunicado sus maravillosas virtudes. Y en efecto, los discípulos ahuyentaban los demonios, profetizaban y formaban una escuela de renombrados exorcistas[771], si bien es verdad que muchas cosas eran superiores á sus fuerzas[772]. Tambien curaban las enfermedades, bien por la imposicion de las manos, ó bien por la uncion del aceite[773]; éste es uno de los procedimientos fundamentales de la medicina oriental. Por último, podian manosear las serpientes y beber impunemente licores venenosos[774]. Á medida que uno se aleja de Jesús, esa teurgia llega á ser cada vez más chocante. Pero no cabe duda que ella fué de derecho comun en la Iglesia primitiva, y que los contemporáneos le consagraron particular atencion[775]. Como sucede casi siempre, no faltaron charlatanes que explotasen aquel movimiento de credulidad. Ya en vida de Jesús, algunos, sin ser discípulos suyos, lanzaban los demonios en su nombre; los verdaderos discípulos se resentian de tal audacia y trataban de impedirla; pero Jesús, que veia en la conducta de los intrusos un homenaje tributado á su fama, no se mostraba muy severo con ellos[776]. Por otra parte, el poder ó la facultad de exorcizar habia llegado en cierto modo á convertirse en oficio. Ciertas personas, llevando hasta el extremo la lógica de lo absurdo, lanzaban los demonios en nombre de Belzebú[777], príncipe de los diablos. Figurábanse que, debiendo tener aquel soberano de las legiones infernales autoridad absoluta sobre sus subordinados, no podrian ménos de huir los espíritus intrusos, obrando en nombre suyo[778]. Algunos hasta pretendian comprar á los discípulos de Jesús el secreto de los poderes milagrosos que el maestro les habia conferido[779].

Un gérmen de Iglesia empezaba ya á columbrarse. Esa idea fecunda del poder de los hombres reunidos (_ecclesia_) parece haber pertenecido á Jesús. Rebosando su corazon la doctrina idealista de que la union por el amor es lo que constituye la presencia de las almas, declaraba que siempre que algunos se reuniesen en nombre suyo, él estaria entre ellos. Jesús confia á la Iglesia el derecho de atar y desatar (esto es, de hacer que ciertas cosas sean lícitas ó ilícitas), de perdonar los pecados, de reprender y amonestar con autoridad, y de rogar con la certidumbre de que las preces sean atendidas favorablemente[780]. Posible es que muchas de esas palabras hayan sido atribuidas al maestro, á fin de que sirvieran de apoyo á la autoridad colectiva por la cual se pretendió despues reemplazar la suya. De todos modos, las iglesias particulares no se constituyeron sino despues de su muerte, y áun aquella primera constitucion se hizo con arreglo al modelo de las sinagogas. Varios de los personajes que habian amado entrañablemente á Jesús y fundado en él grandes esperanzas, como José de Arimathea, Lázaro, María de Magdala y Nicodemo, no formaron, á lo que parece, parte de aquellas iglesias, y se atuvieron al tierno y respetuoso recuerdo que de él habian conservado.

Por lo demás, en la enseñanza de Jesús no hay ningun indicio de una moral aplicada ni de un derecho canónico, siquiera sea poco definido. Una sola vez se pronuncia de una manera clara respecto al casamiento, prohibiendo el divorcio[781]. Tampoco se echa de ver ninguna teología ni símbolo alguno. Sólo hace algunas vagas indicaciones referentes al Padre, al Hijo y al Espíritu[782], de las que habrian de deducir la Trinidad y la Encarnacion, pero que entónces permanecian aún en estado de imágenes indeterminadas. Los últimos libros del cánon judáico admitian ya al Espíritu Santo, especie de hipóstasis divina que algunas veces se identificaba con la Sabiduría ó el Verbo[783]. Jesús insistió sobre ese punto[784] y anunció á sus discípulos un bautismo por el fuego y el espíritu[785] preferible al de Juan; bautismo que, despues de la muerte del profeta de Nazareth, creyeron recibir bajo la forma de un gran viento acompañado de lenguas de fuego[786]. El Espíritu Santo enviado por el Padre les enseñará así la verdad, y al mismo tiempo les dará testimonio de las que el mismo Jesús promulgara[787]. Para designar ese Espíritu, Jesús empleaba el nombre de _Paráclito_, nombre que el siro-caldeo habia tomado del griego (παράκλητος), y que parece haber tenido en su mente la significacion de «abogado»[788], «consejero»[789], y algunas veces la de «intérprete de las celestes verdades», ó bien la de «doctor encargado de revelar á los hombres los misterios todavía ocultos»[790]. Jesús mismo se consideraba respecto á sus discípulos como un _paráclito_[791], y el Espíritu que vendrá despues de su muerte no hará sino reemplazarle. Esta era una aplicacion del procedimiento que la teología judáica y la teología cristiana habrian de seguir por espacio de siglos, y que debia producir toda una serie de asesores divinos, como el _Metatrono_, el _Sinadelfo_ ó _Sandalfon_ y demás personificaciones de la Cábala. Pero con la diferencia de que esas creaciones debian permanecer en el judaismo siendo especulaciones particulares y libres, miéntras que en el cristianismo constituyeron, á partir del siglo cuarto, la esencia de la ortodoxia y del dogma universal.

Paréceme inútil hacer observar que la idea de un libro religioso que encerrase un código y artículos de fe estaba muy léjos del pensamiento de Jesús. No sólo no escribió nunca el maestro, sino que la produccion de libros sagrados era contraria al espíritu de la secta naciente. Estaban persuadidos de que se hallaban en vísperas de la gran catástrofe final, y de que el Mesías venía, no á promulgar nuevos textos, sino á poner el sello á la Ley y á las palabras de los profetas. Así, pues, á excepcion del Apocalípsis, único libro revelado del cristianismo naciente, los demás escritos de la edad apostólica son obras de circunstancia que de ningun modo tienen la pretension de proporcionar un conjunto dogmático completo. Los evangelios no tuvieron en un principio sino un carácter puramente privado y una autoridad bien inferior á la tradicion[792].