Vida de Jesús

Part 16

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En cuanto á los milagros, ellos eran en aquella época el signo indispensable de lo divino, el sello de las vocaciones proféticas. En las leyendas de Elías y de Elíseo, hormigueaban los hechos maravillosos, y todo el mundo estaba persuadido de que el Mesías realizaria gran número de ellos[673]. Á algunas leguas del punto en que vivia Jesús, en Samaria, un mago llamado Simon alcanzaba, merced á sus prestigios, una reputacion casi divina[674]. Y andando el tiempo, cuando se pretendió poner en boga al taumaturgo Apolonio de Tiana y probar que su vida habia sido el viaje de un dios sobre la tierra, nada se creyó tan á propósito para conseguirlo como inventar respecto á él un vasto ciclo de milagros[675]. Los mismos filósofos de Alejandría, Plotino y demás compañeros, tienen fama de haberlos hecho[676]. Jesús se encontró, pues, en esta alternativa: ó renunciar á su mision, ó convertirse tambien en taumaturgo. Es preciso tener presente que, á excepcion de las grandes escuelas científicas de la Grecia y de sus adeptos romanos, toda la antigüedad admitia los milagros, y que Jesús, no solamente creia en ellos, sino que no tenía ni la más remota idea de un órden natural sujeto á leyes invariables. Sus conocimientos sobre este punto en nada eran superiores á los de sus contemporáneos. Léjos de ello, puesto que una de las opiniones más profundamente arraigadas en Jesús era, que la fe y la oracion dan al hombre ilimitado poder sobre la naturaleza[677], la facultad de hacer milagros nada tenía entónces de sorprendente, en razon á que se la consideraba como un permiso en toda regla concedido por Dios á los hombres[678].

La diferencia de los tiempos y la distinta manera de apreciar las cosas, hacen que nos disguste y ofenda aquello mismo que sirvió de poderosa palanca al gran fundador; y si el culto de Jesús se debilita alguna vez en la humanidad, será justamente á causa de los actos que hicieron creer en él. Ante esa especie de fenómenos históricos, la crítica no experimenta ninguna perplejidad. En nuestros dias un taumaturgo, á ménos que no sea de una candidez extrema, como ciertas estigmatizadas de Alemania, es un ente odioso, porque hace milagros sin creer en ellos; es lo que se llama un charlatan. Pero la cuestion cambia de aspecto, si aplicamos nuestro juicio á un Francisco de Asís;--el ciclo milagroso del orígen de la órden de San Francisco, léjos de chocarnos, nos causa un verdadero placer. Los fundadores del cristianismo vivian en un estado de poética ignorancia, tan completo como aquel en que vivió Santa Clara y los _tres socii_. Parecíales la cosa más sencilla del mundo que su maestro tuviese entrevistas con Moisés y Elías, curase los enfermos é hiciese que los elementos obedecieran á su voz. Por otra parte, es menester no olvidar que todas las ideas pierden algo de su primitiva pureza tan pronto como aspiran á realizarse: no se llega á obtener éxito sin que la delicadeza del alma saque algunas heridas de la lucha. Tal es la flaqueza del entendimiento humano, que las mejores causas se ganan casi siempre con malas razones. Las demostraciones de los primeros apologistas del cristianismo se fundan en pobrísimos argumentos. Moisés, Cristóbal Colon, Mahoma y tantos otros no triunfaron de los obstáculos, sino teniendo presente á cada momento la debilidad de los hombres y ocultando con frecuencia la verdad. Es muy probable que los milagros impresionasen más á las personas que rodeaban á Jesús que las predicaciones tan profundamente divinas del maestro. Añádase que ántes y despues de la muerte de Jesús la fama exageró sin duda extraordinariamente el número de los hechos sobrenaturales. Los tipos de los milagros evangélicos no ofrecen, en efecto, mucha variedad; repítense á cada paso los mismos, y parecen calcados sobre un reducido número de modelos, en armonía con las exigencias y los gustos del país.

Entre el cúmulo de relatos milagrosos, cuya fatigosa enumeracion contienen los evangelios, es imposible distinguir los milagros que la opinion atribuyó á Jesús de aquellos en que él se avino á desempeñar un papel activo. Y es todavía más imposible el averiguar si esas chocantes circunstancias de esfuerzos, estremecimientos y demás rasgos que tienen cierto sabor de juglería[679] son históricas, ó si son fruto de la creencia de los redactores, cuyas almas vivian en un mundo lleno de preocupaciones teúrgicas, muy semejante al mundo en que viven nuestros modernos _espiritistas_[680]. Casi todos los milagros que Jesús creyó ejecutar parecen haber sido milagros de curacion. En aquella época, la medicina era en Judea lo que es todavía en Oriente, esto es, nula bajo el punto de vista científico, un arte rudimentario sometido completamente á la inspiracion individual. La medicina científica, fundada por los griegos desde hacia quinientos años, era en tiempo de Jesús desconocida entre los judíos de la Palestina. En semejante estado de ignorancia, la presencia de un hombre superior que trate al paciente con dulzura y le dé, mediante algunos signos sensibles, la seguridad de su restablecimiento, es con frecuencia un remedio decisivo. Nadie negará que en muchos casos, exceptuando los de lesiones completamente caracterizadas, los consuelos de una persona exquisita valen tanto como los recursos de la farmacia. El placer de verla produce alivio; y aunque no ofrezca al enfermo sino aquello que puede, esto es, una sonrisa, una esperanza, sus dones no carecen de precio.

Jesús, de igual manera que sus compatriotas, no tenía idea de una ciencia médica racional; como todo el mundo, creia que la cura de las enfermedades debia operarse por medio de las prácticas religiosas: semejante creencia era en extremo lógica y consecuente. Considerándose la enfermedad como el castigo de un pecado[681], como obra de los demonios[682], y de ninguna manera como el resultado de causas físicas, natural era que el mejor médico fuese el hombre santo, aquel que tenía poder en el órden maravilloso. La cura de las enfermedades pasaba por una cosa moral; Jesús, teniendo conciencia de su fuerza moral, debia, pues, creerse especialmente dotado para practicarla. Convencido de que el contacto de su túnica[683] y la imposicion de sus manos[684] eran favorables á los enfermos, habria sido cruel si hubiese negado á los que sufrian un alivio que tan fácilmente podia concederles. Mirábase tambien la curacion de los enfermos como una de las señales del reino de Dios, idea que iba siempre asociada á la emancipacion de los pobres[685]. Ambas eran los signos de la gran revolucion que debia conducir al alivio de todas las enfermedades.

El exorcismo ó la expulsion de los demonios es uno de los géneros de curacion que Jesús opera más frecuentemente. La creencia en los demonios reinaba entónces en todos los ánimos; y tan general era esa opinion, que no sólo en Judea, sino en el mundo entero, se creia que los demonios se amparaban del cuerpo de ciertas personas, obligándolas á obrar contra su voluntad. Un _div_ persa, _Aeschma-daeva_, «el div de la concupiscencia», nombrado várias veces en el Avesta[686], y adoptado por los judíos bajo el nombre de _Asmodeo_[687], llegó á ser la causa de todas las perturbaciones histéricas de las mujeres[688]. La misma explicacion se daba respecto á la epilepsia, á las enfermedades mentales ó nerviosas[689], que ponen fuera de sí al paciente, y á aquellas cuya causa no se echa de ver, como la sordera y la mudez[690]. El admirable tratado «De la enfermedad sagrada», de Hipócrates, que estableció sobre este punto, cuatro siglos y medio ántes de Jesús, los verdaderos principios de la medicina, aún no habia desterrado del mundo semejantes errores. Suponíase que para lanzar los demonios habia procedimientos más ó ménos eficaces:--el estado de exorcista era una profesion regular como la de médico[691]. Es indudable que Jesús tenía fama de poseer los últimos secretos respecto á ese arte[692]. En aquella época habia muchos locos en Judea, fenómeno producido sin duda por la grande exaltacion de los ánimos. Aquellos locos se dejaban en completa libertad, como sucede áun hoy dia en las regiones de Siria, y habitaban las grutas sepulcrales ya abandonadas, las cuales eran el retiro ordinario de los vagabundos. Jesús ejercia mucha influencia sobre aquellos infelices[693]. Á propósito de esas curas se referian mil singulares historias, en las que se daba rienda suelta á la credulidad de la época. Pero tampoco en esto se deben exagerar las dificultades. Los desórdenes que entónces se explicaban por la posesion de los diablos, eran frecuentemente insignificantes. En Siria se miran todavía, en pleno siglo décimo nono, como locos ó poseidos del demonio (estas dos ideas se confunden en una, _medjnum_)[694] á los que sólo adolecen de alguna extravagancia. En semejante caso, una palabra dulce y cariñosa basta á veces para lanzar al demonio:--es más que probable que Jesús no emplease otros medios. ¿No cabe tambien en lo posible que su fama de exorcista se extendiera sin que él tuviese casi conocimiento de ello? Las personas que residen en Oriente se quedan á veces sorprendidas de encontrarse, al cabo de algun tiempo, con una gran reputacion de médico, de hechicero ó de zahorí; reputacion que el vulgo les cuelga sin que ellas puedan darse cuenta de los hechos que hayan podido motivar esas extravagantes suposiciones.

Hay, además, muchas circunstancias que indican que Jesús no fué taumaturgo sino tarde y á su pesar. Á menudo no ejecuta sus milagros sino á fuerza de súplicas, y los hace con una especie de mal humor, y echando en cara á los que se los piden la rudeza de su entendimiento[695]. Una rareza, en apariencia inexplicable, pero fácil de comprender, es el cuidado que pone en hacer sus milagros de un modo oculto, y sus recomendaciones á las personas curadas de que no digan nada á nadie[696]. Cuando los demonios quieren proclamarle hijo de Dios, les prohibe que despeguen los labios; si le reconocen, es á pesar suyo[697]. Estos rasgos son muy característicos en Márcos, que es el evangelista por excelencia de los milagros y de los exorcismos. No parece sino que el discípulo que suministró las noticias fundamentales del segundo evangelio importunaba á Jesús con su admiracion por los prodigios, y que, aburrido el maestro de una reputacion que le disgustaba, le recomendaba frecuentemente no hablar de ello. Esa discordancia produce en una ocasion un destello singular[698], un acceso de impaciencia que prueba el enojo que causaban á Jesús aquellas contínuas é importunas peticiones de los espíritus débiles. Diríase que su papel de taumaturgo le es algunas veces insoportable, y que trata de dar la menor publicidad posible á las maravillas que en cierto modo brotan bajo la huella de sus piés. Cuando sus enemigos le piden un milagro, y en particular un prodigio celeste, un meteoro, rehusa categórica y obstinadamente[699]. Permitido es, pues, creer que le impusieron su reputacion de taumaturgo, que si no la rechazó, tampoco hizo nada por consolidarla, y que de cualquier manera comprendia cuán infundada y vana era la opinion respecto á esto.

Dejarnos llevar demasiado de nuestras repugnancias, y por sustraernos á las objeciones que puedan hacérsenos contra el carácter de Jesús, prescindir de hechos que á los ojos de sus contemporáneos figuraron en primera fila[700], sería faltar al buen método histórico. Decir que ellos son adiciones de discípulos muy inferiores al maestro; que, no pudiendo comprender su verdadera grandeza, trataron de realzarle con prodigios indignos de él, sería sumamente cómodo. Pero es el caso que los cuatro narradores de la vida de Jesús se hallan unánimes en ensalzar sus milagros; uno de ellos, Márcos, intérprete del apóstol Pedro[701], insiste de tal manera sobre este punto, que si para trazar el carácter del Cristo no se tuviera presente más que su evangelio, habria que representarle como un exorcista posesor de encantos y de filtros de rara eficacia; como un poderoso y temible hechicero que infunde temor, y del cual desea uno desembarazarse[702]. Nosotros admitimos, pues, sin vacilar que en la vida de Jesús hubo muchos actos que ahora se considerarian como otros tantos rasgos de ilusion ó de locura. Pero ¿debe sacrificarse á esta faz ingrata la faz sublime de semejante vida? ¡Guardémonos bien de ello! Un simple hechicero, semejante á Simon el Mago, no habria realizado una revolucion moral como la que realizó Jesús. Si el taumaturgo hubiera sobrepujado en Jesús al moralista y al fundador religioso, no habria dejado en pos de sí el cristianismo, sino una escuela de teurgia.

Por otra parte, el problema se presenta de la misma manera respecto á todos los santos y fundadores religiosos. Hechos que hoy se hallan patentizados de morbosos, tales como la epilepsia y las visiones, fueron otras veces un principio de poder y de grandeza. La medicina conoce el nombre de la enfermedad que formó la reputacion de Mahoma[703]. Casi hasta nuestros dias, los hombres que más han contribuido al bien de la humanidad (sin excluir al excelente Vicente de Paul), han pasado, con razon ó sin ella, por taumaturgos. Si se parte del principio de que todo personaje histórico á quien se atribuyan hechos que en el siglo décimo nono pasan por insensatos ó charlatanescos fué un loco, la crítica es imposible, porque se falsea por su base. La escuela de Alejandría fué una noble escuela, y sin embargo, se entregó á las prácticas de una teurgia extravagante. Sócrates y Pascal no estuvieron tampoco exentos de alucinaciones. Los hechos deben, pues, explicarse por causas que les sean proporcionadas. Las debilidades del espíritu humano no engendran sino debilidad; en la naturaleza del hombre, las grandes cosas tienen siempre grandes causas, por más que á menudo se produzcan escoltadas de multitud de pequeñeces que ofuscan su grandeza á los ojos de los espíritus superficiales.

Puede decirse con verdad que, generalmente hablando, Jesús no fué taumaturgo y exorcista sino á pesar suyo. El milagro es á menudo obra del público más bien que de aquel á quien se atribuye. Aunque Jesús se hubiese obstinado constantemente en no hacer prodigios, la muchedumbre los habria creado para reputárselos:--el milagro mayor de todos habria sido el que no hubiese hecho ninguno; eso habria sido la completa derogacion de las leyes de la historia y de la sicología popular. Los milagros de Jesús fueron una violencia de su siglo, una concesion que le arrancó la necesidad pasajera. Por eso el exorcista y el taumaturgo se han desvanecido, miéntras que el fundador religioso vive y vivirá eternamente.

Hasta aquellos que no creian en Jesús se hallaban impresionados por la fama de sus hechos, y trataban de presenciarlos[704]. Los gentiles y las personas poco iniciadas experimentaban un sentimiento de temor y hacian lo posible por alejarle de su territorio[705]. Tal vez algunos pensaban en abusar de su nombre á fin de provocar movimientos sediciosos[706]. Pero la direccion completamente moral y nada política del carácter de Jesús, le salvó de aquellas seducciones. Su verdadero reino consistia en el círculo de niños que una frescura de imaginacion semejante á la suya y un mismo sentimiento del cielo agrupaban y retenian á su alrededor.

CAPÍTULO XVII

FORMA DEFINITIVA DE LAS IDEAS DE JESÚS SOBRE EL REINO DE DIOS

Suponemos que esa última fase de la actividad de Jesús duró aproximadamente diez y ocho meses, desde su vuelta de la peregrinacion de la Pascua del año 31, hasta su viaje á la fiesta de los Tabernáculos en el año 32[707].

Durante ese espacio de tiempo el pensamiento de Jesús no parece haberse enriquecido de ningun nuevo elemento; pero todas sus ideas se desarrollaron y produjeron en un grado siempre creciente de poder y de audacia.

La idea fundamental de Jesús fué, desde un principio, el establecimiento del reino de Dios, el cual, segun ya hemos dicho, parece haberle entendido de diferentes modos. En ocasiones se le podria tomar por un jefe democrático, queriendo simplemente el reino de los pobres y de los desheredados. Otras veces el reino de Dios es el cumplimiento literal de las visiones apocalípticas de Daniel y de Henoch, y frecuentemente, por último, ese reino es el de las almas, y el rescate próximo, es el rescate por el espíritu. La revolucion deseada por Jesús es, en tal caso, la que en realidad tuvo lugar; el establecimiento de un culto nuevo, más puro que el de Moisés.--Todos esos pensamientos parecian haber existido á la vez en la conciencia de Jesús. El primero, es decir, el de una revolucion temporal, no parece haberle detenido demasiado. Jesús no reparó nunca ni en el mundo, ni en los ricos, ni en el poder material como cosas dignas de llamar su atencion. No tuvo ninguna ambicion exterior; algunas veces, por una consecuencia natural, su grande importancia religiosa estaba á punto de cambiarse en importancia social. Diferentes personas iban á pedirle que se constituyese en juez y árbitro en cuestiones de intereses; Jesús rechazaba esas proposiciones con orgullo, casi como si hubieran sido injurias[708]. Poseido de su celeste ideal, no salia nunca de su desdeñosa pobreza. Con respecto á las otras dos concepciones del reino de Dios, Jesús parece haberlas conservado simultáneamente. Si él no hubiese sido nada más que un entusiasta, alucinado por los apocalípsis que servian de alimento á la imaginacion popular, habria permanecido siendo un sectario oscuro, inferior á aquellos cuyas ideas imitaba. Si sólo hubiera sido un puritano, una especie de Channing ó de «Vicario saboyano», es indudable que no habria obtenido ningun triunfo. Las dos partes de su sistema, ó por mejor decir, sus dos concepciones del reino de Dios, están basadas la una en la otra, y este apoyo recíproco fué la causa de su incomparable resultado.

Los primeros cristianos son visionarios, viviendo en un círculo de ideas que nosotros calificamos de sueños, pero al mismo tiempo ellos son los héroes de la guerra social que produjo la franquicia de la conciencia y el establecimiento de una religion, cuyo culto puro, anunciado por el fundador, acabará, á la larga, por efectuarse.

Las ideas apocalípticas de Jesús, en su forma más completa, pueden resumirse de la manera siguiente:

El órden actual de la humanidad toca á su término; este término será una revolucion inmensa, «una agonía», semejante á los dolores del parto; una _palingenesia_ ó «renacimiento» (segun la misma frase de Jesús)[709], precedido de negras calamidades y anunciado por fenómenos extraños[710]. En pleno dia, brillará en el cielo la señal del Hijo del hombre; y será una vision ruidosa y luminosa como la del Sinaí, un gran huracan rasgando la nube, un dardo de fuego cruzando en un abrir y cerrar de ojos, de Oriente á Occidente. El Mesías aparecerá en las nubes, revestido de gloria y de majestad, al sonido de las trompetas y rodeado de ángeles. Sus discípulos se sentarán á su lado en los tronos. Los muertos resucitarán entónces y el Mesías procederá al juicio[711].

En ese juicio, los hombres serán clasificados en dos categorías, segun sus obras[712]. Los ángeles serán los ejecutores de las sentencias[713]. Los elegidos entrarán en una mansion deliciosa que les fué preparada desde el principio del mundo[714]; allí se sentarán radiantes de luz, á un festin presidido por Abraham[715], los patriarcas y los profetas. Este número de elegidos será el menor[716]. Los otros irán á la _Gehenna_. La Gehenna era el valle occidental de Jerusalen. Allí se habia ejercido en diversas épocas el culto del fuego, y aquel lugar habia llegado á ser una especie de cloaca. La Gehenna es, pues, en la imaginacion de Jesús, un valle tenebroso, impuro, lleno de fuego. Los excluidos del reino serán quemados allí y roidos de gusanos en compañía de Satanás y de los ángeles rebeldes[717]; habrá tambien allí lágrimas y rechinamientos de dientes[718]. El reino de Dios será como una sala cerrada, luminosa en su interior, en medio de ese mundo de tinieblas y de tormentos[719].

Ese nuevo órden de cosas será eterno. El paraíso y la Gehenna no tendrán fin. Un abismo inaccesible los separará uno del otro[720]. El Hijo del hombre, sentado á la diestra de Dios, presidirá ese estado definitivo del mundo y de la humanidad[721].

Que todo esto fué tomado al pié de la letra por los discípulos y hasta por el mismo maestro, en ciertos momentos, es lo que salta á la vista en los escritos de la época de una manera absoluta. Si la primera generacion cristiana tiene una creencia profunda y constante, es sin duda la de que el mundo está á punto de acabar[722], y que la gran «revelacion»[723] de Cristo se va á cumplir bien pronto. Esa viva proclamacion: «¡El tiempo está cerca!»[724], que comienza y acaba el Apocalípsis; ese llamamiento repetido sin cesar: «¡Que todo aquel que tenga oidos escuche!»[725], son gritos de esperanza y de reunion de toda la edad apostólica. Una expresion siria, _Maran atha_, «¡Nuestro Señor llega!»[726], se convirtió en una especie de santo y seña que los creyentes se decian entre ellos para fortalecerse en su fe y en sus esperanzas. El Apocalípsis escrito el año 68 de nuestra era[727], fija el término á tres años y medio[728], y la «Ascension de Isaías»[729] admite un cálculo muy aproximado á éste.

Jesús nunca llegó á tal precision. Cuando se le preguntaba acerca del tiempo de su advenimiento, siempre rehusaba responder; y una vez hasta declara que la fecha de ese gran dia sólo es conocida del Padre, que no se la ha confiado ni á los ángeles, ni al Hijo[730]. Jesús decia que el momento en que se espiaria el reino de Dios con una curiosidad impertinente, no sería precisamente en el que llegase[731]; y repetia sin cesar, que sería una sorpresa como en los tiempos de Noé y de Lot; que era preciso estar siempre prevenido á partir; que cada uno debia tener encendida su lámpara como para un cortejo de bodas que llega desprevenidamente[732]; que el Hijo del hombre vendria de la misma manera que un ladron, esto es, á la hora en que no se le esperase[733], y que apareceria como un rayo que recorre el horizonte de uno á otro extremo[734]. Pero sus declaraciones acerca de la proximidad de la catástrofe no daban lugar á equivocacion alguna[735]. «La generacion presente, decia, no pasará sin que se realice todo esto. Muchos de los que están aquí presentes no morirán sin haber visto al Hijo del hombre venir á tomar posesion de su reinado»[736]. Vitupera á los que creen que él no sabe leer los pronósticos del reino futuro. «Cuando va llegando la noche decís: Hará buen tiempo, porque está el cielo arrebolado. Y por la mañana: Tempestad habrá hoy, porque el cielo está cubierto y encendido. ¿Cómo sabeis adivinar por el aspecto del cielo, y no podeis conocer las señales de estos tiempos?»[737].

Gracias á una ilusion comun á todos los grandes reformadores, Jesús se figuraba el fin mucho más próximo de lo que era en realidad; no tenía en cuenta la lentitud de los movimientos de la humanidad: imaginábase realizar en un dia lo que mil ochocientos años más tarde no debia estar aún acabado.

Esas declaraciones tan precisas preocuparon á la familia cristiana casi por espacio de setenta años. Estaba admitido que algunos de sus discípulos verian el dia de la revelacion final ántes de morir. Juan en particular era considerado en este número[738], y muchos creian que no moriria nunca. Quizás era esto una tardía opinion producida hácia el fin del siglo primero, por la avanzada edad á que Juan parece haber llegado, y que daba ocasion á creer que Dios queria conservarle indefinidamente hasta el gran dia, á fin de realizar la palabra de Jesús. Sea de ello lo que quiera, á su muerte la fe de muchos vaciló, y sus discípulos dieron á la predicacion del Cristo un sentido más moderado[739].