Part 14
La completa aridez de la naturaleza en los alrededores de Jerusalen debia acabar de disgustar á Jesús. Sus valles no tienen agua; el suelo es árido y pedregoso. Cuando se clava la vista en la depresion del mar Muerto se experimenta algo de embriagador: fuera de ese lugar, todo es monótono. Sólo la colina de Mizpa, con sus recuerdos de la más antigua historia de Israel, atrae las miradas. La ciudad presentaba en tiempo de Jesús casi el mismo aspecto que hoy dia. No poseia ni el más pequeño monumento antiguo, porque hasta los Asmoneos, los judíos permanecieron extraños á todas las artes: Juan Hircano comenzó á embellecerla, y Heródes el Grande hizo de ella una de las más suntuosas ciudades de Oriente. Las construcciones herodianas rivalizaban con las mejores de la antigüedad por su carácter grandioso, lo perfecto de la ejecucion y la belleza de los materiales. Un crecido número de sepulcros, de un gusto original, se elevaba hácia el mismo tiempo en los alrededores de Jerusalen[538]. El estilo de aquellos monumentos era el griego, pero amoldado al uso de los judíos y notablemente modificado segun sus principios. Los ornamentos de escultura viva, que los Heródes se permitieron, con gran disgusto de los rigoristas, fueron desterrados, reemplazándolos por una decoracion vegetal. El gusto de los antiguos moradores de la Fenicia y de la Palestina por los monumentos monolitos tallados en piedra viva parecia renacer en aquellos singulares sepulcros abiertos en las rocas y en los que los órdenes griegos están caprichosamente aplicados á una arquitectura de trogloditas. Jesús, que consideraba las obras de arte como una pompa fútil de la vanidad, vió todos aquellos monumentos con disgusto[539]. Su absurdo espiritualismo y su opinion inmutable de que la figura del viejo mundo debia desaparecer, le quitaron el gusto para todo lo que no tocaba al corazon.
El templo, en la época de Jesús, era todo nuevo, y sus obras exteriores aún no se habian concluido. Heródes habia hecho que su reconstruccion empezase el año 20 ó 21 ántes de la era cristiana, para ponerle al nivel de sus otros edificios. La nave del templo se acabó en diez y ocho meses, y los pórticos en ocho años[540]; pero las partes accesorias continuaron poco á poco, no terminándose sino poco tiempo ántes de la toma de Jerusalen[541]. Jesús vió trabajar probablemente en él, no sin cierto disgusto interior. Aquellas esperanzas de un porvenir durable eran una especie de insulto á su próximo advenimiento. Más perspicaz que los incrédulos y fanáticos, comprendia que aquellas magníficas construcciones estaban llamadas á gozar una corta duracion[542].
Por lo demás, el templo formaba un conjunto maravillosamente conmovedor, y cuyo _haram_ actual[543], á pesar de su belleza, puede apénas dar una idea. Las galerías y pórticos que le cercaban servian ordinariamente de punto de reunion á una muchedumbre considerable, y aquel vasto sitio era á la vez el templo, el foro, el tribunal y la universidad. Todas las discusiones religiosas de las escuelas judías, todas las enseñanzas canónicas, hasta las mismas causas civiles y criminales, en una palabra, toda la actividad de la nacion se concentraba allí[544]. Aquél era un choque contínuo de argumentos, un palenque de disputas, oyéndose por todas partes sofismas y cuestiones sutiles. El templo tenía, pues, mucha semejanza con una mezquita musulmana. Llenos de miramiento en aquella época hácia las religiones extranjeras, cuando éstas permanecian en su propio territorio[545], los romanos se prohibian la entrada en el santuario; inscripciones griegas y latinas marcaban el punto hasta dónde era permitido llegar á los no judíos[546]. Pero la torre Antonia, cuartel general de la fuerza romana, dominaba todo el recinto, permitiendo observar lo que pasaba allí[547].
El cuidado material del templo estaba á cargo de los judíos; un capitan del templo tenía su mayordomía, haciendo abrir y cerrar las puertas é impidiendo que se atravesara su circuito llevando baston en la mano, con el calzado sucio ó con paquetes, ó pasar por él para acortar el camino[548]. Se vigilaba sobre todo escrupulosamente para que nadie entrase en los pórticos interiores en estado de impureza legal. Las mujeres tenian una tribuna completamente separada.
Allí fué donde Jesús pasaba sus dias durante el tiempo que permanecia en Jerusalen. La época de las fiestas hacia concurrir á aquella ciudad un inmenso gentío. Reunidos en una misma habitacion diez ó veinte personas, los peregrinos lo invadian todo, viviendo en ese hacinamiento desordenado, que tanto agrada en Oriente[549]. Jesús se confundia entre la muchedumbre, y sus pobres galileos agrupados en su derredor hacian poco efecto. Presentia, sin duda, que aquél era un mundo hostil para él, que no lo acogeria sino con desprecio. Todo lo que veia le disgustaba. El templo, como en general todos los parajes de devocion demasiado frecuentados, ofrecia un aspecto poco edificante. El servicio del culto llevaba consigo un número de detalles, sobre todo operaciones mercantiles, á consecuencia de las cuales se establecieron verdaderas tiendas en el sagrado circuito. Allí se vendian reses para los sacrificios, y se encontraban mesas para facilitar el cambio de la moneda: á veces se hubiera tomado aquello por un bazar. Los ínfimos empleados del templo llenaban sin duda su mision con la vulgaridad irreligiosa de los sacristanes de todas las edades. Aquel aire profano é indiferente en el manejo de las cosas santas heria el sentimiento religioso de Jesús, llevado, á veces, hasta el escrúpulo[550]. Decia que de la casa del Señor habian hecho una cueva de ladrones. Un dia, cuentan que se dejó llevar de la cólera, y que dió de latigazos á aquellos mercaderes innobles, tirando por tierra sus mesas[551]. En general, gustaba poco del templo: el culto que concibió por su Padre, nada tenía que ver con las sangrientas escenas de los sacrificios. Todas aquellas rancias instituciones judías le disgustaban, y sufria al verse obligado á consentirlas. Así pues, el templo y su local no inspiraron sentimientos piadosos, en el seno del cristianismo, sino á los cristianos judaizantes. Los verdaderos hombres nuevos sintieron aversion por aquel antiguo lugar sagrado. Constantino y los primeros emperadores cristianos dejaron subsistir donde estaban las construcciones paganas de Adriano[552]. Sólo fueron los enemigos del cristianismo, como Juliano, los que pensaron en aquel paraje[553]. Cuando Omar entró en Jerusalen, el lugar del templo fué profanado de intento en ódio á los judíos[554].
El Islam, es decir, una especie de resurreccion del judaismo, en toda su forma exclusivamente semítica, fué el que le devolvió sus honores. Aquel lugar fué siempre anti-cristiano.
El orgullo de los judíos acababa de descontentar á Jesús y de hacerle penosa la permanencia en Jerusalen. Á medida que las grandes ideas de Israel se fortalecian, el sacerdocio se humillaba. La institucion de las sinagogas dió al intérprete de la Ley, al doctor, una grande superioridad sobre el sacerdote. No existian sacerdotes sino en Jerusalen, y áun allí mismo, limitados á las funciones simplemente rituales, casi como nuestros sacerdotes de parroquia, excluidos de la predicacion, estaban pospuestos al orador de la sinagoga, al casuista, al _sofer_ ó escriba, por más lego que fuese este último. Los hombres célebres del Talmud no son sacerdotes; son sabios segun las ideas del tiempo. El alto sacerdocio de Jerusalen gozaba, en verdad, de un rango muy elevado en la nacion, pero no estaba en manera alguna á la cabeza del movimiento religioso. El sumo pontífice, cuya autoridad habia sido ya deshonrada por Heródes[555], se convertia cada vez más en un funcionario romano[556], que se mudaba frecuentemente para que muchos se aprovechasen del empleo. En contraposicion de los fariseos, celosos seglares muy exaltados, casi todos los sacerdotes eran saduceos, es decir, miembros de aquella aristocracia incrédula que se formó al rededor del templo, viviendo del altar y teniendo en él su vanidad[557]. La casta sacerdotal se habia separado hasta tal punto del sentimiento nacional y de la gran direccion religiosa que conducia al pueblo, que el nombre de «saduceo» (_sadoki_), que designaba de antemano solamente á un miembro de la familia sacerdotal de Sadok, vino á ser sinónimo de «materialista» y de «epicúreo».
Pero aún vino un elemento peor, despues del reinado de Heródes el Grande, á corromper el alto sacerdocio. Habiéndose Heródes enamorado de Mariana, hija de un tal Simon, hijo éste de Boethus de Alejandría, y habiendo querido casarse con ella (hácia el año 28 ántes de J. C.), no encontró otro medio para ennoblecer al padre de su futura y elevarle hasta él, que hacerle gran sacerdote. Aquella intrigante familia permaneció dueña del soberano pontificado durante treinta y cinco años, casi sin interrupcion[558]. Estrechamente ligada á la familia reinante, no se separó de él sino despues que fué depuesto Arquelao, volviéndose á apoderar del pontificado (el año 42 de nuestra era) despues que Heródes Agrippa rehizo por algun tiempo la obra de Heródes el Grande. Bajo el nombre de _Boethusim_[559], se formó así una nueva nobleza sacerdotal, muy mundana, muy poco devota, que casi se confundió con los Sadokitas. Los _Boethusim_, en el Talmud y en los escritos rabínicos, están presentados como dos especies de incrédulos, y siempre cerca de los saduceos[560]. De todo esto resultó al rededor del templo una especie de córte de Roma, viviendo de la política, poco dada á los excesos de celo, áun esquivándolos, no queriendo oir hablar de personajes santos, de innovadores, porque se aprovechaba de la rutina establecida. Estos sacerdotes epicúreos no tenian la violencia de los fariseos; sólo querian el reposo: su frivolidad moral y su fria irreligion hacian sublevarse á Jesús; y aunque diferentes en sí, le eran de igual modo antipáticos. Pero extranjero y sin crédito, debia guardar para sí, durante bastante tiempo, su disgusto y no comunicar sus sentimientos sino á la sociedad íntima que le acompañaba. Ántes de la última residencia, más larga con mucho que todas las que permaneció en Jerusalen, y que terminó por su muerte, Jesús ensayó, no obstante, hacerse escuchar. Predicó; se habló de él; se ocuparon de ciertos actos que consideraban como milagrosos. Pero de todo esto no resultó ni el establecimiento de una iglesia en Jerusalen, ni un número de discípulos hierosolimitanos. El elocuente doctor que perdonaba á todos con tal que le amasen, no debia encontrar eco en un santuario de disputas vanas y de sacrificios arraigados. Sólo consiguió con esto algunas buenas relaciones, de las que más tarde recogió el fruto. No es de suponer que entónces trabase conocimiento con la familia de Bethania que le prodigó, en medio de las pruebas de sus últimos meses, tantos consuelos. Pero desde el principio llamó la atencion de un tal Nicodemo, rico fariseo, miembro del sanedrin, y muy considerado en Jerusalen[561]. Ese hombre, que parecia honrado y de buena fe, se sintió arrastrado hácia el jóven galileo. No queriendo comprometerse, fué á verle de noche y tuvo con él una larga conferencia[562]. De ella guardó, sin duda, una favorable impresion, porque más tarde defendió á Jesús contra las prevenciones de sus cofrades[563], y, á la muerte de Jesús, volvemos á hallarle prodigando piadosos cuidados al cadáver del maestro[564]. Nicodemo no se hizo cristiano; creyó que su posicion se lo impedia en un momento revolucionario, en que la religion no contaba aún prosélitos ilustres. Pero evidentemente prodigó gran amistad á Jesús dispensándole servicios, aunque sin poder arrancarle á una muerte cuyo decreto, á la época en que llegamos, estaba como escrito.
En cuanto á los doctores célebres de su tiempo, no parece que Jesús tuviera relaciones con ellos. Hillel y Schammai habian muerto: la mayor autoridad de la época era Gamaliel, nieto de Hillel, inteligencia clara y hombre de mundo, dedicado á los estudios profanos, y acostumbrado á la tolerancia por su comercio con la alta sociedad[565]. Al reves de los fariseos, muy severos, que caminaban envueltos en un velo ó con los ojos cerrados, él miraba á las mujeres, sin exceptuar á las paganas[566]. La tradicion le excusó, así como haber sabido el griego, porque le acercaba á la córte. Despues de la muerte de Jesús manifestó sobre la nueva secta miras muy templadas[567]. San Pablo salió de su escuela[568]. Pero es muy probable que Jesús jamás entró en ella.
Un pensamiento al ménos que Jesús sacó de Jerusalen, y que desde entónces parecia arraigarse en él, fué que no habia pacto posible con el antiguo culto judío; la abolicion de los sacrificios, que le causaron tanto disgusto; la supresion de un sacerdocio impío y altanero, y hasta cierto punto la abrogacion de la ley, le parecieron de absoluta necesidad.
Á partir de ese momento, se coloca, no como reformador judío, sino como destructor del judaismo. Algunos partidarios de las ideas mesiánicas habian admitido ya que el Mesías sería el portador de una nueva Ley, comun á toda la tierra[569]. Los Esenios, que apénas eran judíos, parecian ser tambien indiferentes al templo y á las observancias mosáicas. Pero sólo eran atrevimientos aislados y no consentidos. Jesús fué el primero que se atrevió á decir que á partir de él, ó mejor á partir de Juan[570], la Ley no existia ya. Si alguna vez empleaba términos más discretos[571], era por no chocar abiertamente con las preocupaciones admitidas. Cuando le ponian en el disparador, descorria todos los velos y declaraba que la Ley no tenía ninguna fuerza. Á propósito de esto, se valia de enérgicas comparaciones: «Nadie á un vestido viejo echa un remiendo de paño nuevo; tampoco echa nadie vino nuevo en cueros viejos»[572].
Hé ahí en la práctica, su acto de maestro y de creador. Aquel templo excluyó de su seno los no judíos por medio de carteles afrentosos. Jesús rechaza el templo. Aquella Ley estrecha, dura, sin caridad, no se hizo sino para los hijos de Abraham. Jesús pretende que todo hombre de buena voluntad, todo hombre que le acoja y le ame es hijo de Abraham[573]. El orgullo de la sangre le parecia el enemigo capital que debia combatir. Jesús, en otros términos, no es ya un judío. Es revolucionario al más alto grado; llama á todos los hombres á un culto fundado sobre su sola cualidad de hijos de Dios. Proclama los derechos del hombre, no los derechos del judío; la religion del hombre, no la religion del judío; la salvacion del hombre, no la salvacion del judío[574]. ¡Ah, cuán léjos estamos de un Júdas Gaulonita, de un Matías Margaloth, predicando la revolucion en nombre de la Ley! La religion de la humanidad, establecida, no sobre la sangre, sino sobre el corazon, queda fundada. Se ha ido más allá que Moisés; el templo no tiene ya razon de ser, y es irrevocablemente condenado.
CAPÍTULO XIV
RELACIONES DE JESÚS CON LOS GENTILES Y LOS SAMARITANOS
Consecuente á estos principios, Jesús despreciaba todo lo que no era la religion del corazon. Las vanas prácticas de los devotos[575] y el rigorismo exterior, que espera alcanzar la salvacion por medio de mojigaterías, hallaban en él un enemigo mortal. Se cuidaba poco del ayuno[576] y preferia el perdon de una ofensa á los sacrificios[577]. El amor de Dios, la caridad, el perdon recíproco, hé ahí toda su ley[578]; nada ménos sacerdotal que esto. El sacerdote, por su estado, induce siempre al sacrificio público, del cual es el ministro obligado, y disuade de la oracion privada, que es un medio de no necesitar de él. En vano se buscará en el Evangelio una práctica religiosa recomendada por Jesús. El bautismo sólo tiene para él una importancia secundaria[579]; y en cuanto á la oracion, nada establece, sino que se haga de corazon.
Muchos, como sucede siempre, creyeron reemplazar por el buen deseo de las almas débiles el verdadero amor del bien, y se imaginaron ganar el reino del cielo diciéndole: «_Señor, Señor._» Jesús los rechazaba proclamando que su religion era el hacer bien[580]. Frecuentemente citaba el pasaje de Isaías: «Este pueblo me honra con sus labios, pero su corazon está léjos de mí»[581].
El sábado era el punto capital sobre el que se elevaba el edificio de los escrúpulos y de las sutilezas farisáicas. Aquella excelente y antigua institucion vino á ser un pretexto de mezquinas disputas de casuitas y una causa perenne de supersticiosas creencias[582]. Se creia que la naturaleza guardaba su observancia; todos los manantiales intermitentes pasaban por «sabáticos»[583]. Éste era tambien el punto sobre que Jesús se complacia en retar á sus adversarios[584]. Quebrantaba abiertamente el sábado, y no respondia á los cargos que se le hacian, sino por medio de sátiras ingeniosas. Con mayor motivo despreciaba una porcion de preceptos modernos, que la tradicion habia añadido á la Ley, y que, por la misma razon, eran más apreciados de los devotos. Las abluciones, las diferencias demasiado sutiles de las cosas puras ó impuras no encontraban en él compasion ni misericordia. «¿Podeis lavar vuestra alma de esa manera?--les decia:--No mancilla al hombre lo que come, sino lo que sale de su corazon.»
Los fariseos, propagadores de esas hipócritas nimiedades, eran el blanco á que se dirigian todos sus tiros. Los acusaba de exagerar la Ley, de inventar preceptos imposibles, á fin de crear á los hombres ocasiones de pecar. «Ciegos, lazarillos de ciegos,--decia,--cuidado con caer en el hoyo.»--«Raza de víboras,--añadia en secreto,--no hablan sino del bien, pero en su interior son malvados; desmienten el proverbio: “La boca no vierte sino lo que rebosa el corazon”[585].» Jesús no conocia bastante á los gentiles para pensar establecer sobre su conversion alguna cosa sólida. La Galilea contaba gran número de paganos, pero no, á lo que parece, un culto organizado y público de los falsos dioses[586]. Jesús pudo ver desplegarse este culto en todo su esplendor en el país de Tyro y de Sidon, en Cesárea de Filipo y en la Decápola. De todo eso hizo poco caso. Jamás se encuentra en él ese pedantismo insoportable de los judíos de su época, esas declamaciones contra la idolatría tan familiares á sus correligionarios, á partir de Alejandro, y de que está lleno, por ejemplo, el libro de la «Sabiduría»[587]. Lo que le chocaba en los paganos no era su idolatría, sino su servilismo[588]. El jóven demócrata judío, hermano en esto de Júdas el Gaulonita, no reconociendo por dueño sino á Dios, se agraviaba de los honores que se tributaban á la persona de los soberanos y de los títulos frecuentemente falaces que se les prodigaban. Excepto en esto, en la mayor parte de las circunstancias en que se encontraba con los paganos mostraba con ellos una gran indulgencia; á veces parecia concebir más esperanzas sobre ellos que sobre los judíos[589]. El reino de Dios les será transferido. «Cuando un propietario está descontento de aquel á quien ha alquilado su viña, la arrienda á otros labradores que le paguen los frutos á su tiempo»[590]. Jesús debia mantenerse tanto más en esta opinion, cuanto que la conversion de los gentiles era, segun las ideas judías, una de las señales más ciertas de la venida del Mesías[591]. En su reino de Dios hace sentar al festin, al lado de Abraham, de Isaac y de Jacob, hombres originarios de todas partes, miéntras que rechaza á los herederos legítimos del reino[592]. Cierto es que frecuentemente se cree hallar en las órdenes que da á sus discípulos una tendencia del todo contraria: parece recomendarles que no prediquen la salvacion sino solamente á los judíos ortodoxos[593], y habla de los paganos de una manera conforme á las prevenciones de los judíos[594]. Pero es necesario acordarse de que los discípulos, cuyo escaso entendimiento no se avenia á esa gran indiferencia por la cualidad de hijos de Abraham, pudieron muy bien hacer doblegar las instituciones del maestro en el sentido de sus propias ideas. Por otra parte, es muy posible que Jesús variase respecto á este punto de la misma manera que Mahoma habla de los judíos en el Coran, tan pronto del modo más conveniente como con una extrema dureza, segun espera ó no atraerlos hácia sí. La tradicion, en efecto, concede á Jesús dos reglas de proselitismo enteramente contrarias y que pudo practicar sucesivamente: «Quien no es contrario vuestro, de vuestro partido es;--el que no está por mí, contra mí está»[595]. Esta especie de contradicciones ocasiona, casi necesariamente, una lucha apasionada.
Lo cierto es, que entre sus discípulos contaba diferentes personas de las que los judíos designaban con el nombre de «Helénicos»[596]. Esta palabra tenía en Palestina muy diversas significaciones. Unas veces se designaba con ella á los paganos, otras á los judíos que hablaban griego y vivian entre aquéllos[597], otras á las personas de orígen pagano convertidas al judaismo[598]. Lo probable es que Jesús encontrase más simpatías en esta última clase de Helénicos[599]. La afiliacion al judaismo tenía muchos grados, pero los prosélitos permanecian siempre en un estado de inferioridad con respecto al judío de nacimiento. Los que nos ocupan al presente eran llamados «prosélitos de la puerta» ó «personas timoratas de Dios», que se sometian á los preceptos de Noé, y no á los mosáicos[600]. Esa misma inferioridad era sin duda alguna la causa que los acercaba á Jesús y les valia su estimacion.
De la misma manera obraba con los samaritanos. Cercada como un islote entre las dos grandes provincias del judaismo (la Judea y la Galilea), la Samaria formaba en Palestina una especie de territorio ó distrito, donde se conservaba el antiguo culto del Garizim, hermano y rival del de Jerusalen. Aquella pobre secta, que no tenía ni el genio ni la sábia organizacion del judaismo propiamente dicho, era tratada por los hierosolimitanos con extremada dureza[601]. Los que á ella pertenecian eran considerados por el mismo prisma que los paganos, concediéndoles un grado de mayor desprecio[602]. Jesús, por una especie de oposicion, estaba animado en su favor. Muchas veces prefiere los samaritanos á los judíos ortodoxos. Si en algunas ocasiones parece prohibir á sus discípulos que vayan á predicarles, reservando su Evangelio para los israelitas puros[603], es sin duda un precepto hijo de las circunstancias, al cual los apóstoles dieron un sentido demasiado absoluto. Algunas veces los samaritanos le recibian mal, suponiéndole imbuido en las preocupaciones de sus correligionarios[604]; del mismo modo que en nuestros dias, el europeo despreocupado es para los musulmanes un enemigo á quien siempre se cree cristiano fanático. Jesús sabía colocarse por cima de esos errores[605]. Tuvo muchos discípulos en Sichem, donde pasó dos dias[606]. En cierta situacion, no encuentra ni gratitud, ni verdadera piedad, sino en casa de un samaritano[607]. Una de sus mejores parábolas es la del hombre herido en el camino de Jericó. Un sacerdote pasa, le ve y prosigue su camino. Un levita pasa y no se detiene. Un samaritano le compadece, se acerca á él, derrama aceite en sus heridas y las venda[608]. Jesús deduce de esto que la verdadera fraternidad se establece entre los hombres por la caridad y no por la fe religiosa.
El «prójimo», que en el judaismo era sobre todo el correligionario, es para él el hombre que tiene piedad de sus semejantes, sin distincion de sectas. La fraternidad humana en el sentido más lato rebosaba en todas sus lecciones.