Vida de Jesús

Part 13

Chapter 133,645 wordsPublic domain

Jesús no aparentaba autoridad, ántes bien se complacia en tomar parte en los festejos de casamientos: precisamente uno de sus milagros fué hecho para amenizar una boda de aldea. En Oriente, las comidas de boda tienen lugar por la noche; cada convidado lleva un farol ó lamparilla, y aquel movimiento de luces que van y vienen produce un efecto muy agradable. Á Jesús le gustaba ese aspecto alegre y animado, el cual le proporcionaba motivo para deducir de él algunas parábolas[479]. Semejante conducta, cuando la comparaban con la de Juan Bautista, escandalizaba á los devotos[480]. Un dia en que los discípulos de Juan y los fariseos guardaban el ayuno, le preguntaron: «¿Cómo es que los discípulos de Juan ayunan á menudo, y oran, como tambien los de los fariseos; al paso que los tuyos comen y beben?» Á lo que respondia Jesús: «¿Por ventura podréis vosotros recabar de los compañeros del esposo el que ayunen miéntras el esposo está con ellos? Tiempo vendrá en que el esposo les será arrebatado y entónces ayunarán»[481]. Su carácter dulce y alegre se manifestaba continuamente por medio de reflexiones y bromas amables y festivas: «¿Á quién compararé yo esta raza de hombres?--decia.--Es semejante á los muchachos sentados en la plaza que dando voces á sus compañeros dicen: Os hemos entonado cantares alegres, y no habeis bailado; cantares lúgubres, y no habeis llorado. Así es que vino Juan, que no come, ni bebe, y dicen: Está poseido del demonio. Ha venido el Hijo del hombre, que come, y bebe, y dicen: Hé aquí un gloton y un vinoso, amigo de publicanos y de gente de mala vida. Pero la sabiduría queda justificada por sus obras»[482].

De este modo recorria la Galilea en medio de una fiesta contínua. En sus excursiones, Jesús se servia de una mula, animal que constituye en Oriente buena y segura montura y cuyos negros ojos sombreados de largas pestañas son de extremada melancolía. Los adeptos desplegaban algunas veces en torno del maestro una pompa rústica, bien colocando sus vestidos sobre la mula en que cabalgaba, ó bien extendiéndolos ante sus pasos á guisa de alfombra[483]. Cuando entraba Jesús en alguna casa, era su presencia motivo de regocijo y de bendicion: deteníase de ordinario en las aldeas y en las granjas, donde hallaba siempre afectuosa hospitalidad. En Oriente, basta que un extranjero se detenga en una casa para que en seguida se convierta en un sitio público:--toda la aldea se reune en ella, la invaden los muchachos, y aunque traten de alejarlos, vuelven otra vez á la carga. Jesús no podia tolerar que maltratasen á aquellos cándidos oyentes; atraíalos hácia sí y los abrazaba con ternura[484]. Animadas las madres con tal acogida, le presentaban sus niños de pecho para que los tocase con sus manos[485]. Otras mujeres se acercaban á él y derramaban aceite y perfumes sobre su cabeza y sobre sus piés. En ocasiones, sus discípulos querian rechazarlas como importunas; pero Jesús, á quien gustaban las costumbres antiguas y todo lo que indicaba sencillez de corazon, reparaba cariñosamente la ofensa hecha por sus demasiado celosos amigos. Protegiendo siempre á los que deseaban honrarle[486], se convertia en el ídolo de los niños y de las mujeres. La reconvencion que más frecuentemente le dirigian sus enemigos, era que trataba de separar de sus familias aquellos seres delicados y fáciles de seducir[487].

Así es que en cierto modo la religion naciente fué un movimiento de mujeres y de niños. Estos últimos formaban al rededor de Jesús como una guardia infantil en la inauguracion de su inocente reino; preparábanle pequeñas ovaciones, que no dejaban de complacerle, llamábanle «hijo de David», gritaban _Hosanna_[488], y llevaban palmas marchando en torno de él. Quizás Jesús, como Savonarola, los dejaba servir de instrumento á misiones piadosas; de todos modos, no se mostraba descontento de que aquellos jóvenes apóstoles, que no le comprometian, marchasen de vanguardia concediéndole títulos que él no osaba proclamar. Dejábalos, pues, hacer, y cuando le preguntaban si los oia, respondia de un modo evasivo, que la alabanza que sale de labios inocentes es la más agradable á Dios[489].

Jesús no desperdiciaba ninguna ocasion de repetir que los niños deben considerarse como seres sagrados[490]; que el reino de Dios pertenece á los pequeñitos[491]; que para entrar en él es necesario ser como un niño[492], pues como á tal han de recibirle[493], y que el Padre celestial oculta sus designios á los ángeles y se los revela á los pequeños[494]. La idea de sus discípulos se confunde casi en él con la de los niños[495]. Un dia en que disputaban por cuestiones de preeminencia, disputas que eran frecuentes entre los discípulos, Jesús, llamando á sí á un niño, le colocó en medio de ellos y dijo: «aquí está el mayor; cualquiera, pues, que se humilláre como este niño, ése será el mayor en el reino de los cielos»[496].

Y en efecto, la infancia era la que en su divina espontaneidad, en su cándida ofuscacion de gozo, se posesionaba de la tierra. Creíase á cada instante que iba á amanecer el dia de un reino tan deseado, y cada cual se veia ya sentado en un trono[497] junto al maestro. Repartíanse los puestos[498] del futuro eden, y se trataba de computar el tiempo que tardaria su inauguracion. Esto se llamaba la «Buena nueva»; la doctrina no tenía otro nombre. La antigua palabra _paraíso_, que el hebreo, como todas las lenguas de Oriente, habia tomado de la Persia, y que en un principio sirvió para designar los parques de los reyes aqueménidas, resumia el sueño de todos, la aspiracion universal; ¡el paraíso! jardin delicioso, donde se continuaria para siempre una vida llena de inefables encantos[499]. ¿Cuánto tiempo duró aquella embriaguez? Se ignora. Durante el curso de aquella mágica aparicion, nadie midió el tiempo, así como nadie mide la duracion de un éxtasis. El vuelo de las horas quedó en suspenso; una semana fué como un siglo. Pero ya durase años ó meses, aquel ensueño fué tan hermoso, que despues de él la humanidad ha continuado viviendo de su recuerdo, y todavía es su debilitado perfume nuestra suprema consolacion. Nunca dilató el pecho humano un gozo tan puro ni tan inmenso. En aquel esfuerzo, el más vigoroso que haya hecho la humanidad para elevarse sobre el barro de nuestro planeta, hubo un momento en que olvidó los lazos de plomo que la ligan á la tierra y las angustias de la vida. ¡Feliz el que entónces pudo ver la luz de aquella aurora divina, y participar, siquiera por un dia, de aquella ilusion mágica y sin igual! Pero ¡más dichoso todavía--nos diria Jesús--el que, libre de toda ilusion, reproduzca en sí mismo la aparicion celestial, y sin ensueños milenarios, sin paraíso quimérico, sin otro móvil que la rectitud de su voluntad y la poesía del alma, sepa crear de nuevo en su corazon el verdadero reino de Dios!

CAPÍTULO XII

EMBAJADA DE JUAN Á JESÚS -- MUERTE DE JUAN -- CONEXION DE SU ESCUELA CON LA DE JESÚS

Miéntras que la risueña Galilea celebraba con festejos la venida del muy amado, el triste Juan se consumia de impaciencia y deseo en su prision de Machero. Las doctrinas y el éxito que alcanzaba el jóven maestro, á quien pocos meses ántes habia visto en las orillas del Jordan, llegaron hasta él. Decíase que el Mesías anunciado por los profetas, aquel que debia restaurar el reino de Israel, habia ya venido, y que sus hechos maravillosos demostraban su presencia en Galilea. Juan quiso cerciorarse de la veracidad de aquellos rumores, y como comunicaba libremente con sus discípulos, eligió á dos de ellos para que fuesen á ver á Jesús[500].

Los dos discípulos encontraron al profeta de Nazareth en el apogeo de su reputacion, y causóles no poca sorpresa la alegría que reinaba en derredor suyo. Acostumbrados á los ayunos, á la oracion, á una vida de aspiraciones y de rigidez, se admiraron al hallarse de pronto en medio de los regocijos de la bienaventuranza[501]. En cumplimiento de su cometido, expusieron á Jesús la causa de su mensaje, diciéndole: «¿Eres tú el que debia venir? ¿Debemos esperar á otro?» Jesús, que ya entónces no vacilaba respecto á su papel de Mesías, les enumeró los hechos que debian caracterizar el advenimiento del reino de Dios, tales como la cura de las enfermedades y la buena nueva de salvacion anunciada á los pobres, obras que él ejecutaba. «Dichoso, pues,--añadió,--aquel que no dudáre de mí.» Ignórase si esta respuesta encontró vivo á Juan Bautista, y el efecto que ella produjo en el ánimo del austero asceta. ¿Murió consolado y con la seguridad de que vivia ya aquel que él anunciára, ó conservó sus dudas respecto á la mision de Jesús? Nada hay á este respecto que pueda sacarnos de incertidumbre. Sin embargo, al notar que su escuela se continuó despues durante muchos años paralelamente á las iglesias cristianas, se inclina uno á creer que, no obstante su deferencia por Jesús, Juan no le consideró como aquel que debia realizar las promesas divinas. La muerte vino, por otra parte, á poner término á sus perplejidades. El martirio debia ser el digno coronamiento de la carrera inquieta y agitada, y de la indomable libertad del solitario.

Las disposiciones indulgentes que Antipas manifestó en un principio respecto á Juan, no fueron, á lo que parece, de mucha duracion. Segun la tradicion cristiana, en las entrevistas que Juan tuvo con el tetrarca, no cesaba de repetirle que su matrimonio era ilícito y que debia rechazar léjos de sí á Herodías[502]. No es difícil imaginarse el ódio inmenso que la nieta de Heródes el Grande debió concebir contra aquel consejero importuno, y se comprende el afan con que acecharia la ocasion de perderle.

Su hija Salomé, fruto de su primer matrimonio, y tan ambiciosa y disoluta como ella, fué el instrumento de sus designios. Antipas se encontraba á la sazon (probablemente en el año 30 de la era cristiana) en la fortaleza de Machero, y era dia del aniversario de su nacimiento. Heródes el Grande habia construido en el interior de la fortaleza un magnífico palacio[503], en el cual residia algunas veces el tetrarca. Con el motivo indicado, preparó allí un gran festin, durante el cual ejecutó Salomé una de esas danzas algo libres que en Siria no se consideran como impropias de una persona distinguida. Encantado Antipas de tanta gracia y soltura, preguntó á la bailarina lo que deseaba, y ésta, obedeciendo á las instigaciones de su madre, respondió: «La cabeza de Juan sobre esta fuente.» La exigencia no agradó mucho á Antipas; mas no tuvo fuerza bastante para rehusar. Un guardia cogió la fuente, fué á degollar al prisionero, y á los pocos instantes volvió á entrar con la sangrienta cabeza del Bautista[504].

Los discípulos de éste obtuvieron su cuerpo y le colocaron en un sepulcro. El descontento del pueblo fué grande. Seis años despues, queriendo Hareth reconquistar á Machero y vengar el ultraje hecho á su hija, atacó á Antipas y le derrotó completamente; el desastre del tetrarca se consideró entónces como un castigo por la muerte de Juan[505].

Los discípulos del Bautista llevaron á Jesús la noticia de su suplicio[506]. El postrer mensaje que Juan envió á Jesús habia concluido de establecer entre las dos escuelas estrecha intimidad. Temiendo entónces Jesús que le alcanzase tambien el ódio de Antipas, tomó algunas precauciones y se retiró al desierto[507]. Siguiéronle allí muchas personas, y gracias á una extremada frugalidad, el santo rebaño pudo vivir en aquellos eriales, circunstancia que despues se tomó naturalmente por un milagro[508]. Á partir de aquel momento, Jesús no habló de Juan sin manifestar profunda admiracion. Declaraba sin vacilar[509] que el Bautista era más que un profeta; que la Ley, de igual modo que los profetas antiguos, no habia tenido fuerza sino hasta él[510]; que Juan los habia abrogado, pero que á su vez le abrogaria el reino del cielo. Y en fin, le asignaba en la economía del misterio cristiano un puesto de honor, convirtiéndole como en el lazo de union entre el Antiguo Testamento y el advenimiento del nuevo reino.

El profeta Malaquías, cuya opinion respecto á esto se realzó entónces extraordinariamente[511], habia anunciado con grande insistencia un precursor del Mesías, que debia preparar á los hombres al acontecimiento final; una especie de mensajero enviado á la tierra para facilitar el camino al elegido de Dios. Este mensajero no era otro que el profeta Elías, quien, segun la creencia general, iba muy pronto á descender del cielo, adonde habia subido, á fin de reconciliar á Dios con su pueblo y de hacer que los hombres se preparasen al grande acontecimiento por medio de la penitencia[512]. Al nombre de Elías asociaban algunas veces el del patriarca Henoch, al cual se atribuia, desde hacia uno ó dos siglos, alto grado de santidad, ó bien el de Jeremías[513], á quien se consideraba como al genio protector del pueblo, ocupado siempre en rogar por él ante el trono de Dios[514]. La idea de que dos antiguos profetas deben resucitar para servir de precursores al Mesías, se halla de una manera tan sorprendente en la doctrina de los Parsis, que se inclina uno á admitir la hipótesis de que los israelitas la tomaron de allí[515]. Sea como quiera, ella formaba en la época de Jesús parte integrante de las teorías judáicas. Todo el mundo creia que la aparicion de dos «testigos infieles», _vestidos de hábitos de penitencia_, serviria de prólogo al gran drama que iba á desarrollarse con asombro del universo[516].

Abrigando semejantes ideas, compréndese que Jesús y sus discípulos no vacilasen respecto á la mision de Juan. Cuando los escribas les objetaban que áun no podia tratarse de Mesías en razon á que Elías no habia venido[517], les contestaban afirmativamente, diciendo que Elías habia venido; que Juan era Elías resucitado[518]. En efecto, Juan, por su género de vida, por su oposicion á los gobiernos políticos, recordaba aquella figura original y terrible de la antigua historia de Israel[519]. Jesús no cesaba de encarecer los méritos y la excelencia de su precursor. Decia que entre los hijos de los hombres no habia nacido uno más grande, y anatematizaba á los fariseos y á los doctores por no haber aceptado su bautismo, por no haberse convertido á su voz[520].

Los discípulos de Jesús permanecieron fieles á esos principios del maestro. El respeto á Juan fué una tradicion constante en la primera generacion cristiana[521]; supúsosele pariente de Jesús[522], y para fundar la mision de éste sobre un testimonio de todos admitido, se dijo que Juan, desde la primera entrevista con Jesús, le proclamó por el Mesías; que se reconoció inferior á él é indigno de desatar las cintas de sus sandalias; y que en un principio rehusó bautizarle, sosteniendo que él debia ser bautizado por Jesús[523]. Tales exageraciones quedan plenamente refutadas por la forma dubitativa del último mensaje de Juan[524]. Sin embargo, en un sentido más general, el Bautista permaneció en la leyenda cristiana siendo lo que en realidad fué, esto es, el austero cenobita que prepara el camino á la nueva era, el triste predicador de penitencias ántes de las alegrías que traerá consigo la llegada del esposo, el profeta que anuncia el reino de Dios y muere ántes de verle. Aquel gigante de los orígenes del cristianismo, aquel comedor de langostas y de miel silvestre, aquel rígido enderezador de entuertos, fué el ajenjo que preparó los labios á las dulzuras del reino de Dios. La víctima de Herodías abrió la era de los mártires cristianos, siendo el primer testimonio de la nueva conciencia. Los mundanos reconocieron en él su verdadero enemigo y no pudieron tolerar su vida: su cadáver mutilado y tendido sobre el umbral del cristianismo, trazó la sangrienta via por donde tantos mártires habrian de pasar despues de él.

La escuela de Juan no se extinguió con la muerte de su fundador: separada de la de Jesús, vivió algun tiempo, hallándose al principio en buena armonía con la de aquél. Varios años despues de la muerte de ambos maestros se practicaba todavía el bautismo juanista. Algunas personas pertenecian simultáneamente á las dos escuelas, entre otras, el célebre Apolos, el rival de San Pablo (hácia el año 50), y un gran número de cristianos de Éfeso[525]. Josefo ingresó (año 53) en la escuela de un asceta llamado Banú, que tiene gran semejanza con Juan Bautista y que tal vez habia sido su discípulo. Aquel Banú[526] vivia en el desierto, formaban su vestido hojas de árboles, alimentábase de plantas ó de frutas silvestres, y lo mismo de dia que de noche, se bautizaba frecuentemente, á fin de purificarse. Santiago, aquel á quien se llamaba el «hermano del Señor» (quizás hay aquí alguna confusion de homónimos), observaba tambien un ascetismo análogo[527]. Algunos años despues (hácia el 80), el bautismo estuvo en lucha abierta con el cristianismo, particularmente en el Asia Menor. Juan el Evangelista le combate de una manera embozada[528]. Uno de los poemas sibilinos proviene, á lo que parece, de aquella escuela. En cuanto á las sectas de Hemerobatistas, Baptistas y Elcaitas (_Sabiens_, _Mogtasila_ de los escritores árabes)[529], que se propagaron por Siria, Palestina y Babilonia en el siglo segundo, y cuyos restos subsisten aún entre los Mandeitas llamados «cristianos de San Juan», sin duda tuvieron el mismo orígen que el movimiento del Bautista y no debe considerárselas como la descendencia auténtica de Juan. La verdadera escuela de éste, medio confundida con el cristianismo, llegó á mirarse como una herejía cristiana y se extinguió oscuramente. Juan vió sin duda hácia qué parte se inclinaba el porvenir. Si hubiese obedecido á una rivalidad mezquina, su nombre yaceria hoy en el olvido entre la muchedumbre de los sectarios de su época. Su abnegacion le condujo á la gloria, dándole un puesto único en el panteon religioso de la humanidad.

CAPÍTULO XIII

PRIMERAS TENTATIVAS SOBRE JERUSALEN

Jesús, casi todos los años iba á Jerusalen á la fiesta de la Pascua. Los pormenores de cada uno de aquellos viajes son poco conocidos, porque los sinópticos no hablan de ellos[530], y las notas del cuarto evangelio son muy oscuras respecto á este particular[531]. Lo cierto es, segun parece, que el año 35, y seguramente despues de la muerte de Juan, fué cuando tuvo lugar la más importante de las residencias de Jesús en la capital. Muchos discípulos le siguieron. Aunque entónces Jesús daba poca importancia á la peregrinacion, se sometió á ella por no lastimar la opinion judía, con la que no habia roto aún abiertamente. Por otra parte, esos viajes entraban en sus proyectos; porque comprendia ya que para representar un papel de primer órden era preciso salir de Galilea y atacar el judaismo en su plaza fuerte, que era Jerusalen.

La pequeña comunidad de Galilea estaba bastante fuera de su centro en la capital. Jerusalen, poco más ó ménos, era entónces lo mismo que es hoy dia, una ciudad de pedantismo, de acrimonia, de disputas, de odios y de nimiedades de ingenio. El fanatismo era allí extremado, y muy frecuentes las sediciones religiosas. Los fariseos imperaban en ella; el estudio de la Ley, llevado á las más insignificantes pequeñeces y reducido á cuestiones de casuística, era la única enseñanza. Aquella cultura exclusivamente teológica y canónica no contribuia en nada á ilustrar los entendimientos. Tenía algo de semejante á la estéril doctrina del faquir musulman, á esa ciencia fútil que se agita al rededor de una mezquita, disipacion considerable de tiempo y de dialéctica del todo vana, sin que la buena disciplina del entendimiento se aproveche de ella. La educacion teológica del clero moderno, aunque árida, no puede dar idea alguna de aquélla; porque el Renacimiento ha introducido en todas nuestras enseñanzas, áun en las más rebeldes, una parte de bellas letras y de buen método, que ha hecho que la escolástica tome más ó ménos una tintura de humanidades. La ciencia del doctor judío, del _sofer_ ó escriba, era puramente bárbara, absurda sin compensacion, desprovista de todo elemento moral[532]. Para colmo de desgracia, llenaba de un ridículo orgullo á todo el que se empeñaba en abrazarla. Orgulloso del pretendido saber que tanto trabajo le costára, el escriba judío sentia por la cultura griega el mismo desprecio que el sabio musulman de nuestros dias experimenta por la civilizacion europea, y que el antiguo teólogo católico tenía por el saber de las gentes del mundo. Es propio de esas culturas escolásticas el alejar el espíritu de todo lo delicado, el no apreciar sino las difíciles nimiedades en cuya adquisicion se ha gastado la existencia, considerándolas como la obligacion de las personas que hicieron profesion de gravedad.

Aquel mundo odioso no podia ménos de oprimir gravemente las almas sensibles y delicadas del Norte. El desprecio de los Hierosolimitanos hácia los Galileos hacia la separacion aún más inaccesible. En aquel magnífico templo, objeto de todos sus deseos, no encontraban sino afrenta. Un versículo del salmo de los peregrinos[533]: «He preferido quedarme á la puerta de la casa de mi Dios» parece hecho exprofesamente para ellos. Un sacerdote desdeñoso sonreia de su inocente devocion, casi como en otro tiempo en Italia el clero, familiarizado con los santuarios, presenciaba indiferente y burlon quizás, el fervor del peregrino que de léjos habia venido. Los Galileos hablaban un dialecto bastante corrompido: su pronunciacion viciosa, confundiendo las diversas aspiraciones, hacia que resaltasen _quid pro quos_ que excitaban no poco la hilaridad[534].

En religion se los tenía por ignorantes y poco ortodoxos: la frase «simple Galileo» se habia hecho proverbial. Se creia (y no sin razon) que la sangre judáica estaba entre ellos muy mezclada, y se tenía por axioma que la Galilea no podia producir un profeta[535]. Llevados así al último extremo del judaismo, y casi fuera de él, los pobres Galileos no contaban con otra cosa para reanimar sus esperanzas, sino con un pasaje de Isaías bastante mal interpretado[536]:

«¡Tierra de Zabulon y tierra de Nefthalí, camino del mar, Galilea de los gentiles! El pueblo que marchaba en la oscuridad ha visto una gran luz; el sol se ha levantado para los que se hallaban sumidos en las tinieblas.»

La reputacion que gozaba la ciudad natalicia de Jesús era particularmente detestable. Hubo un proverbio popular que decia: «¿Acaso de Nazareth puede salir cosa buena?»[537].