Part 12
La consecuencia inmediata de la vida apacible y sencilla que se hacia en Galilea era una indiferencia completa por el vano aparato del lujo y de la comodidad, tristes é imperiosas necesidades en nuestros países. Los climas frios, obligando al hombre á una lucha contínua contra las intemperies, hacen que se dé grande importancia al lujo y al bienestar material. Por el contrario, las comarcas favorecidas del cielo, donde apénas hay necesidades que satisfacer, son el país del idealismo y de la poesía. Los accesorios de la vida son allí insignificantes en comparacion del placer de vivir. Permaneciendo casi siempre en el campo, en las calles, el ornato interior de las habitaciones se hace superfluo. El alimento fuerte y regular de los climas ménos favorecidos pareceria pesado y desagradable. Y en cuanto al lujo en el vestir, ¿cómo rivalizar con el que Dios presta á la tierra y á las aves del cielo? En esos climas, hasta el trabajo parece inútil:--su producto no vale la molestia que ocasiona. Los animales de los campos, que nada hacen, están mejor vestidos que el hombre más opulento. Ese desprecio de los goces materiales, desprecio que da mucha elevacion á las almas cuando no tiene su orígen en la pereza, inspiraba á Jesús lindísimos apólogos:
«No querais,--decia,--amontonar tesoros para vosotros en la tierra, donde el orin y la polilla los consumen, y donde los ladrones los desentierran y roban. Atesorad más bien para vosotros tesoros en el cielo, donde no hay orin, ni polilla, ni ladrones. Donde está tu tesoro, allí está tambien tu corazon. Ninguno puede servir á dos señores, porque ó tendrá aversion al uno y amor al otro, ó si se sujeta al primero, mirará con desden al segundo. No podeis servir á Dios y á Mammon. En razon de esto os digo, no os acongojeis por el cuidado de hallar que comer para sustentar vuestra vida, de dónde sacaréis vestidos para cubrir vuestro cuerpo. ¡Qué! ¿no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad las aves del cielo, cómo no siembran, ni siegan, ni tienen graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿Pues no valeis vosotros mucho más que ellas? Y ¿quién de vosotros á fuerza de discursos puede añadir un codo á su estatura? Y acerca del vestido, ¿á qué propósito inquietaros? Contemplad los lirios del campo; ellos no labran, ni tampoco hilan. Sin embargo, yo os digo, Salomon en toda su gloria no se vistió como uno de estos lirios. Pues si una yerba del campo, que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios así la viste, ¿cuánto más á vosotros, hombres de poca fe? Así que no vayais diciendo acongojados: ¿Dónde hallarémos qué comer y beber? ¿Dónde hallarémos con qué vestirnos? Como hacen los paganos, los cuales andan tras todas estas cosas, que bien sabe vuestro Padre la necesidad que de ellas teneis. Así pues, buscad primero el reino de Dios, y su justicia[437]; y todas las demás cosas se os darán por añadidura. No andeis, pues, acongojados por el dia de mañana; que el dia de mañana harto cuidado traerá por sí: bástale ya á cada dia su propio afan ó tarea»[438].
Ese sentimiento, esencialmente galileo, tuvo sobre el destino de la secta naciente una influencia decisiva. Confiando para la satisfaccion de sus necesidades en el Padre celestial, el grupo feliz tenía por regla de conducta considerar los cuidados de la vida como un mal que sofoca en el hombre el gérmen de todo bien[439]. Cada dia pedian á Dios el pan del dia siguiente[440]. ¿Á qué fin atesorar? ¿No iba á venir el reino de Dios? «Vended lo que poseeis, y dad limosna,--decia el maestro.--Haceos unas bolsas que no se echen á perder: un tesoro en el cielo que jamás se agota, adonde no llegan los ladrones, ni roe la polilla»[441]. ¿Qué cosa más insensata que acumular economías para herederos que jamás se conocerán?[442]. Jesús se complacia en citar, como ejemplo de la locura humana, el caso de un hombre que despues de haber agrandado sus graneros y acumulado bienes terrenales para mucho tiempo, murió ántes que pudiera disfrutarlos[443]. El bandolerismo, que en aquella época se hallaba muy extendido en Galilea[444], contribuia no poco á semejante manera de ver las cosas. El pobre, á quien ningunas vejaciones ocasionaban aquellos latrocinios, debia considerarse como favorecido de Dios, miéntras que el rico era el verdadero desheredado, gracias á lo contingente é inseguro de aquello que poseia. En nuestras sociedades, basadas sobre una idea rigurosísima de la propiedad, la posicion del pobre es horrible; el infeliz no tiene bajo el sol ni un palmo de tierra donde sentar la planta. Las flores, la sombra, el banco de césped, hasta el aire que agita las ramas de los árboles, todo pertenece al dueño de la tierra. En Oriente, esos dones de Dios no pertenecen á nadie. El propietario no tiene sino un mínimo privilegio; la naturaleza es el patrimonio de todos.
Bien mirado, el cristianismo naciente no hacia en esto sino seguir las huellas de los Esenios ó Terapeutas y de las sectas judías fundadas en el sistema de vida cenobítica. Todas aquellas sectas entrañaban un elemento de comunismo que ni los fariseos ni los saduceos miraban de buen ojo. El mesianismo, idea completamente política entre los judíos ortodoxos, se consideraba en ellas bajo un punto de vista del todo social. Aquellas pequeñas iglesias creian inaugurar sobre la tierra el reino de Dios por medio de una existencia tranquila, arreglada y contemplativa, que dejaba al individuo su parte de libertad. Las utopias de vida venturosa, que se cimentaban en la fraternidad de los hombres y el culto puro del verdadero Dios, preocupaban á las almas elevadas y producian por doquiera ensayos atrevidos, sinceros, pero de escaso porvenir.
Jesús, cuyas relaciones con los Esenios son muy difíciles de establecer (porque en historia no siempre las semejanzas suponen hechos), era en esto su verdadero hermano. La regla de la nueva sociedad fué durante algun tiempo la comunidad de bienes[445]. La avaricia era el pecado capital[446]; segun esto, menester es recordar que el pecado de «avaricia», contra el cual se ha mostrado tan severa la moral cristiana, consistia entónces en el simple apego á la propiedad. Para ser discípulo de Jesús, la primera condicion era vender los bienes y repartir su producto entre los pobres. Los que retrocedian ante la idea de tal sacrificio no ingresaban en la comunidad[447]. Jesús repetia frecuentemente que aquel que ha encontrado el reino de Dios debe adquirirle con el precio de todo su caudal, y que áun así hace una adquisicion ventajosa. «Es semejante el reino de los cielos,--decia,--á un tesoro escondido en el campo, que si le halla un hombre vende todo cuanto tiene y compra aquel campo. Es asimismo semejante á un mercader que trata en perlas finas; y en viniéndole una de gran valor, va, y vende cuanto tiene y la compra»[448]. Por desgracia, muy pronto habian de experimentarse los inconvenientes de ese régimen. Necesitábase un tesorero, y se eligió para este cargo á Júdas de Kerioth, á quien, con razon ó sin ella, se le acusó de robar la caja comun[449]. Sea como quiera, lo cierto es que el tal Júdas tuvo malísimo fin.
Más versado en las cosas del cielo que en las de la tierra, el maestro enseñaba algunas veces una economía política áun más singular. En una curiosa parábola se alaba á un mayordomo por haberse granjeado amigos entre los pobres á expensas de su amo, á fin de que los pobres le introdujesen á su vez en el reino de Dios. Debiendo, en efecto, ser los pobres los dispensadores de aquel reino, sólo recibirán en él á los que los hubieren dado limosna. Por consiguiente, un hombre prudente que piense en el porvenir debe tratar de tenerlos propicios. «Estaban oyendo todo esto los fariseos, que eran avarientos,--dice el evangelista,--y se burlaban de él»[450]. ¿Comprendieron, por ventura, la terrible parábola siguiente?
Hubo cierto hombre rico que se vestia de púrpura y de lino finísimo, y tenía cada dia espléndidos banquetes; al mismo tiempo vivia un mendigo, llamado Lázaro, el cual, cubierto de llagas, yacia á la puerta de éste, deseando saciarse con las migajas que caian de la mesa del rico. Y los perros venian y lamíanle las llagas. Sucedió, pues, que murió el mendigo y fué llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió tambien el rico y fué sepultado[451]. Y cuando estaba en los tormentos, levantando los ojos, vió á lo léjos á Abraham y á Lázaro en su seno y exclamó diciendo: «Padre Abraham, compadécete de mí y envíame á Lázaro, para que mojando la punta de su dedo con agua me refresque la lengua, pues me abraso en estas llamas.» Respondióle Abraham: «Hijo, acuérdate que recibistes bienes durante tu vida, y Lázaro, al contrario, males: así éste ahora es consolado, y tú atormentado»[452].
¿Qué cosa más justa? Á esta parábola se le dió despues el nombre de parábola del «mal rico.» Pero fué un nombre de convencion: ella es pura y sencillamente la parábola «del rico.» Está en el infierno sólo porque es rico, porque no da sus bienes á los pobres, porque se regala miéntras que hay á sus puertas otros que padecen hambre. Por último, en un momento en que Jesús, ménos exagerado, no presenta la obligacion de vender sus bienes y repartirlos á los pobres sino como un consejo de perfeccionamiento, hace todavía esta declaracion terrible: «Porque más fácil es á un camello el pasar por el ojo de una aguja, que á un rico el entrar en el reino de Dios»[453].
En todo esto, un sentimiento de admirable profundidad animó á Jesús, así como tambien al grupo de alegres pescadores que le acompañaban, é hizo de él por toda una eternidad el verdadero creador de la paz del alma, el consolador de la vida. Desprendiendo al hombre de lo que él llamaba los «afanes de este mundo», Jesús llegó tal vez hasta el exceso, y socavó las condiciones esenciales de la sociedad humana; pero al mismo tiempo fundó ese elevado espiritualismo, que durante muchos siglos llenó las almas de alegría en su peregrinacion por este valle de lágrimas. Jesús comprendió con perfecta exactitud que la inadvertencia de los hombres y su falta de filosofía y de moralidad provienen frecuentemente de las distracciones á que se entregan, de los cuidados que los asaltan, cuidados que la civilizacion multiplica al infinito[454]. Bajo este supuesto, el Evangelio ha sido el remedio supremo de las penalidades de la vida vulgar, un perpétuo _sursum corda_, una poderosa distraccion de los míseros cuidados terrenales, un dulce llamamiento semejante al que Jesús hacia al oido de Marta: «Marta, Marta, tú te inquietas por muchas cosas, siendo así que una sola es necesaria.» Gracias á Jesús, la existencia más oscura, más precaria, más agobiada bajo el peso de tristes ó humillantes deberes, ha podido refugiarse en un rincon del cielo. El recuerdo de la vida libre de Galilea ha sido para nuestras afanosas civilizaciones como el perfume de otro mundo, como el fresco «rocío que desciende sobre el monte Hermon[455],» y ha impedido á lo árido y lo vulgar invadir completamente el campo de Dios.
CAPÍTULO XI
EL REINO DE DIOS CONCEBIDO COMO EL ADVENIMIENTO DE LOS POBRES
Esas máximas, buenas en un país donde los elementos de la vida se componian de aire y de luz, y ese dulce comunismo de un grupo de hijos de Dios, que descansaban confiados en el seno de su padre, podian convenir á una secta inocente que abrigaba á cada momento la persuasion de que su utopia iba á realizarse; pero claro es que no podian arrastrar en pos de sí á la sociedad entera. Muy pronto comprendió Jesús que al mundo oficial de su época no satisfaria la perspectiva de su reino. Mas tomó una resolucion atrevida, cual fué dirigirse á los humildes, prescindiendo de todo aquel mundo de corazon seco y de mezquinas preocupaciones. Una vasta sustitucion de raza tendrá lugar. El reino de Dios se ha hecho: 1.º, para los niños y para aquellos que se les asemejan; 2.º, para los desechados del mundo, víctimas del rigor social que rechaza al hombre bueno cuando es humilde; 3.º, para los heréticos y cismáticos, publicanos, samaritanos y paganos de Tiro y de Sidon. Una parábola enérgica explicaba y legitimaba ese llamamiento al pueblo[456]: «Un rey dispuso un gran banquete para celebrar las bodas de su hijo, y envió á sus servidores á llamar á los convidados. Mas éstos se excusaron, y áun algunos maltrataron á los mensajeros. Irritado entónces el Rey, dijo á sus criados: Salid luégo á las plazas y barrios de la ciudad, y traedme acá cuantos pobres, y lisiados, y ciegos y cojos halláreis, á fin de que se llene mi casa. Pues os prometo que ninguno de los que ántes fueron convidados probará mi banquete.»
El _ebionismo_ puro, es decir, la doctrina de que solamente los pobres (_ebionim_) serán salvados, de que el reinado de los pobres va á llegar, fué, pues, la doctrina de Jesús. «¡Ay de vosotros los ricos!--decia,--porque ya teneis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros los que andais hartos! porque sufriréis hambre. ¡Ay de vosotros los que ahora reis! porque os lamentaréis y lloraréis»[457]. Y añadia: «Tú, cuando des una comida, no convides á tus amigos, ni á tus hermanos, ni á los parientes ó vecinos ricos; no sea que tambien ellos te inviten á tí, y te sirva esto de recompensa; sino que cuando hagas un convite has de convidar á los pobres, y á los tullidos, y á los cojos, y á los ciegos, y serás afortunado, porque no pueden pagártelo, pues serás recompensado en la resurreccion de los justos»[458]. Quizás en un sentido análogo repetia con frecuencia estas palabras: «Sed buenos banqueros»[459], esto es: «Haced buenas imposiciones para el reino de Dios, dando vuestros bienes á los pobres, conforme al antiguo proverbio: compadecerse del pobre es dar prestado á Dios»[460].
Bien mirado, esa doctrina no era completamente nueva. Un movimiento democrático, el más exaltado que recuerda la historia (y el único tambien que haya tenido éxito, porque sólo él ha permanecido en el dominio de la idea pura), agitaba á la raza judáica desde hacia mucho tiempo. En cada página de los escritos del Antiguo Testamento se encuentra la idea de que Dios es el vengador del pobre y del débil contra el rico y el poderoso. No hay sino abrir la historia de Israel para ver en ella, más que en ninguna otra, al espíritu popular dominando constantemente. Los profetas, verdaderos tribunos (y tribunos de extraordinaria audacia, bajo cierto punto de vista), habian anatematizado siempre á los grandes y establecido estrecha relacion entre las palabras «rico», «impío», «violento», «malvado», de una parte, y «pobre», «manso», «humilde», «piadoso», de la otra[461]. La asociacion de tales ideas se robusteció considerablemente bajo los Seleúcidas, en cuya época apostataron y abrazaron el helenismo casi todos los aristócratas. El libro de Henoch contiene maldiciones contra el mundo, los ricos y los poderosos, mucho más violentas que las del Evangelio[462]. El lujo se considera en él como un crímen. En ese original apocalípsis, el «Hijo del hombre» destrona los reyes, los arranca de su voluptuosa existencia y los precipita en el infierno[463]. La iniciacion de la Judea en los refinamientos de la vida profana, y la reciente introduccion de un elemento de lujo y bienestar mundanos, provocaban una furibunda reaccion en favor de la sencillez patriarcal. «¡Ay de vosotros, los que despreciais la choza y la heredad de vuestros padres! ¡Ay de vosotros los que construis vuestros palacios con el sudor de los demás! Cada una de las piedras, cada uno de los ladrillos que los componen es un pecado»[464]. El nombre de «pobre» (_ebion_) habia llegado á ser sinónimo de «santo» y de «amigo de Dios.» Ése era el nombre que los discípulos galileos de Jesús se daban de preferencia; ése fué tambien durante mucho tiempo el nombre de los cristianos judaizantes de la Batanea y del Hauran (Nazarenos, Hebreos) que permanecieron fieles á la lengua y enseñanza primitivas de Jesús y que se enorgullecian de poseer entre ellos á los descendientes de su familia[465]. Aquellos pobres sectarios, ajenos al gran movimiento que arrastró á las otras iglesias, fueron en el siglo segundo calificados de heréticos (_ebionitas_), y hasta se inventó, á fin de explicar su nombre, un pretendido heresiarca llamado Ebion[466].
Compréndese fácilmente que esa aficion exagerada á la pobreza no podia ser durable: tal exageracion no era, en realidad, sino un elemento de utopia semejante á los que se mezclan siempre á las grandes creaciones, elementos que reduce á su verdadero valor el trascurso del tiempo. El cristianismo, una vez trasportado á la vasta escena de la sociedad, debia consentir facilísimamente en poseer riquezas, así como el budismo, que en su orígen fué del todo monacal, se apresuró despues á admitir á los seglares, tan pronto como las conversiones se multiplicaron. Pero nunca desaparece por completo la señal de la procedencia. El ebionismo, no obstante haber sido olvidado muy luégo, dejó en toda la historia de las instituciones cristianas una levadura que no debia perderse. La coleccion de las _Logia_ ó discursos de Jesús se formó en el medio ebionita de la Batanea[467]. La «pobreza» continuó siendo el ideal de los sinceros partidarios de Jesús, la carencia de toda propiedad el verdadero estado evangélico, y la mendicidad una virtud, un estado santo. El gran movimiento umbrío del siglo trece, que entre todos los ensayos de fundacion religiosa es el que más semejanza tiene con el movimiento galileo, se efectuó en nombre de la pobreza. Francisco de Asís, el hombre del mundo que más se parece á Jesús por su exquisita bondad y por su trato delicado y afectuoso, no fué sino un pobre. Las órdenes mendicantes y las innumerables sectas comunistas de la Edad media (pobres de Lyon, Begardos, Bongomilos, Fratricellos, Humillados, pobres evangélicos, etc.), que se agrupaban bajo la bandera del Evangelio eterno, pretendieron ser, y fueron en efecto, los verdaderos discípulos de Jesús. Pero áun esta vez los más imposibles sueños de la nueva religion quedaron infecundos. La mendicidad, que tan sérias inquietudes causa á nuestras sociedades industriales y administrativas, tuvo en su dia, y bajo el cielo que le era favorable, poderoso atractivo; ella ofreció á una multitud de almas dulces y contemplativas el único estado que podia convenirles. Hacer de la pobreza un objeto de amor y de codicia, elevar al mendigo sobre el altar, santificar el humilde traje del hombre del pueblo, es un golpe maestro que tal vez no satisfaga á la economía política, pero ante el cual no puede el verdadero moralista permanecer indiferente. Para que la humanidad pueda soportar su pesada carga, necesita abrigar la creencia de que su paga no consiste sólo en el precio de su salario:--el mayor servicio que puede hacérsele es repetirle con frecuencia que no vive únicamente del pedazo de pan que lleva á sus labios.
Jesús, como todos los grandes hombres, amaba al pobre y se complacia en hallarse en contacto con él. En su pensamiento, el Evangelio es para los pobres, para ellos trae el Mesías la buena nueva de salvacion[468]. Sus elegidos eran todos los que el judaismo ortodoxo despreciaba. El amor del pueblo, la piedad por su impotencia y el sentimiento del jefe democrático que en sí mismo abriga el espíritu de la muchedumbre, y que se reconoce como su intérprete natural, traspiran á cada instante en sus actos y en sus discursos[469].
El grupo de elegidos ofrecia, en efecto, una mezcla de condiciones cuyo carácter debia sorprender sobremanera á los rigoristas: en su seno contaba personas que un judío que se respetase en algo no habria querido tratar[470]. Y sin embargo, quizás encontraba Jesús en aquella sociedad fuera de las reglas comunes, mejores sentimientos y más nobleza de alma que entre las clases pedantes y formalistas, orgullosas de su aparente moralidad. Á fuerza de exagerar las prescripciones mosáicas, los fariseos habian llegado á creer que el trato con personas ménos severas que ellos, bastaba para mancillarlos; en los convites, casi se descendia á las pueriles distinciones de castas de la India. Despreciando esas miserables aberraciones del sentimiento religioso, Jesús se complacia en comer en casa de los párias de la sociedad judáica[471], y tomaba asiento á la mesa junto á personas de mal vivir, reputacion que tal vez tenía por orígen el solo hecho de que no participaban de las ridiculeces de los devotos y mojigatos. Los fariseos y los doctores se escandalizaban de semejante conducta: ¡Mirad con qué gentes come!--decian.--Jesús les daba entónces agudas respuestas que exasperaban á los hipócritas: «No son los que están sanos, sino los enfermos, los que necesitan de médico[472]»; ó bien: «¿Quién de vosotros que teniendo cien ovejas y habiendo perdido una, no deje las noventa y nueve en la dehesa, y no vaya en busca de la que ha perdido hasta encontrarla? En hallándola, se la pone sobre los hombros muy gozoso[473]»; ó ya: «El hijo del hombre ha venido á salvar lo que se habia perdido[474]»; ó ya, en fin: «Porque los pecadores son, y no los justos, á quienes he venido yo á llamar[475]». Otras veces respondia con esa hermosa parábola del hijo pródigo, en que se presenta al que ha delinquido como acreedor á mayor compasion y cariño que el que siempre fué justo. Sorprendidas de tanto atractivo y experimentando por primera vez el dulce encanto de la virtud, mujeres débiles ó culpables se aproximaban libre y confiadamente al jóven maestro. Los hipócritas se admiraban de que no las rechazase. «¡Oh!--decian los puritanos,--este hombre no es profeta, pues si lo fuese conoceria que la mujer que le toca es una pecadora.» Jesús respondia con la parábola de un acreedor que perdonó á dos de sus deudores las sumas que le debian: la del uno era de quinientos denarios, la del otro de cincuenta: ¿cuál de ellos le estará más agradecido? Sin duda aquel á quien se le perdonó más[476]. Jesús apreciaba el estado del alma en proporcion del amor que en ella se contenia. Las mujeres que por sus faltas experimentaban sentimientos de humildad y le ofrecian un corazon lleno de lágrimas, estaban más próximas á entrar en su reino que las naturalezas medianas, las cuales tienen frecuentemente escaso mérito en no haber delinquido. Por otra parte, encontrando aquellas almas tiernas un medio de fácil rehabilitacion al convertirse á la secta, se comprende que se adhiriesen á su doctrina con el mayor entusiasmo.
Jesús, no sólo no trataba de acallar las murmuraciones que su desprecio por las susceptibilidades sociales de la época producia entre los hipócritas, sino que parece experimentar placer en excitarlas. Nadie proclamó nunca tan audazmente ese desprecio del «mundo», condicion indispensable de las grandes cosas y de la grande originalidad. No perdonaba al rico, sino cuando el rico era á su vez la víctima del desden social á consecuencia de alguna preocupacion[477]. Preferia las personas de vida equívoca y de poca ó ninguna consideracion á los judíos ortodoxos que aparentaban una conducta irreprochable, á los cuales decia: «Publicanos y rameras os precederán en el reino de Dios. Vino Juan: los publicanos y las rameras le creyeron; mas vosotros ni con ver esto os movisteis á penitencia»[478]. Compréndese cuán sangrienta debia ser, para los que afectaban gravedad y rigidez de principios morales, la reconvencion de no haber seguido el buen ejemplo de los hombres de mal vivir y de las mujeres de costumbres livianas.