Vida de Don Quijote y Sancho

Part 8

Chapter 84,253 wordsPublic domain

«El entendimiento que más hondo ha penetrado en el alma de nuestra nación, Cervantes... en su libro inmortal, separó en absoluto la justicia española de la justicia vulgar de los Códigos y Tribunales; la primera la encarnó en Don Quijote y la segunda en Sancho Panza. Los únicos fallos judiciales moderados, prudentes y equilibrados que en el Quijote se contienen son los que Sancho dictó durante el gobierno de su ínsula; en cambio los de Don Quijote son aparentemente absurdos, por lo mismo que son de justicia trascendental; unas veces peca por carta de más y otras por carta de menos; todas sus aventuras se enderezan a mantener la justicia ideal en el mundo, y en cuanto topa con la cuerda de galeotes y ve que allí hay criminales efectivos, se apresura a ponerlos en libertad. Las razones que Don Quijote da para libertar a los condenados a galeras son un compendio de las que alimentan la rebelión del espíritu español contra la justicia positiva. Hay, sí, que luchar por que la justicia impere en el mundo; pero no hay derecho estricto a castigar a un culpable mientras otros se escapan por las rendijas de la ley; que al fin la impunidad general se conforma con aspiraciones nobles y generosas, aunque contrarias a la vida regular de las sociedades, en tanto que el castigo de los unos y la impunidad de los otros son un escarnio de los principios de justicia y de los sentimientos de humanidad a la vez». Hasta aquí Ganivet.

De deplorar es el que espíritu tan inventivo como el de nuestro granadino creyera, conforme al común sentir, que Cervantes encarnó cosa alguna en Don Quijote, y no llegara a la fe, fe salvadora, de que la historia del ingenioso hidalgo fué, como en realidad lo fué, una historia real y verdadera, y además eterna, pues se está realizando de continuo en cada uno de sus creyentes. No es que Cervantes quisiera encarnar en Don Quijote la justicia española, sino que lo encontró así en la vida del Caballero, y no tuvo otro remedio sino narrárnoslo cual y como sucedió, aun sin alcanzársele todo su alcance. Ni aun vió siquiera el íntimo contraste que surge del hecho de que fuese Don Quijote el castigador de los mercaderes toledanos, del vizcaíno y de tantos otros más, el mismo que negaba a otros derecho a castigar.

Quédase Ganivet en los umbrales del quijotismo al suponer que la justicia hecha por Don Quijote en los galeotes se fundara en que «no hay derecho estricto a castigar a un culpable mientras otros se escapan por las rendijas de la ley» y que es preferible la impunidad de todos a la ley del embudo. Podría, en efecto, sostenerse que por tal razón se movió Don Quijote a libertar a los galeotes sobre el fundamento de haber dicho el mismo Caballero, en la arenga enderezada a los cabreros, y al hablar del siglo de oro, que _la ley del encaje aún no se había sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había qué juzgar ni quién fuese juzgado_. Mas aunque el mismo Don Quijote se engañara creyendo que fué ésta la razón de haber él dado libertad a aquellos desgraciados, es lo cierto que en lo más hondo de su corazón arraigaba tal hazaña. Y no os debe sorprender esto, lectores, ni debéis caer en la simpleza de tomarlo a paradoja, porque no es quien lleva a cabo una hazaña el que mejor conoce los motivos por que la cumplió, ni suelen ser las razones que en abono y justificación de nuestra conducta damos, sino razones _a posteriori_, o para hablar en romance, de trasmano, manera que buscamos para explicarnos a nosotros mismos y explicar a los demás el porqué de nuestros actos, quedándosenos de ordinario desconocido el verdadero porqué. No niego que Don Quijote creyera, con Ganivet y acaso con Cervantes, que libertó a los galeotes por horror a la ley del encaje y por parecerle injusto castigar a unos mientras se escapan otros por las rendijas de la ley, pero niego que les libertara movido en realidad, y allá en sus adentros, por semejante consideración. Y si así no fuera ¿con qué razón y derecho castigaba él, Don Quijote como castigaba, sabiendo que escaparían los más del rigor de su brazo? ¿Por qué castigaba Don Quijote si no hay castigo humano que sea absolutamente justo?

Don Quijote castigaba, es cierto, pero castigaba como castigan Dios y la naturaleza, inmediatamente, cual en naturalísima consecuencia del pecado. Así castigó a los arrieros que fueron a tocar sus armas cuando las velaba, alzando la lanza a dos manos, dándoles con ella en la cabeza y derribándolos para tornar a pasearse con el mismo reposo que primero, sin cuidarse más de ello; así amenazó a Juan Haldudo el rico, pero soltándolo bajo su palabra de pagar a Andrés; así arremetió a los mercaderes toledanos, no bien los oyó blasfemar contra Dulcinea; así venció a D. Sancho de Azpeitia, soltándolo bajo promesa de las damas de que iría a presentarse a Dulcinea; así arremetió a los yangüeses, al ver cómo maltrataban a Rocinante. Su justicia era rápida y ejecutiva; sentencia y castigo eran para él una misma cosa; conseguido enderezar el entuerto, no se ensañaba en el culpable. Y a nadie intentó esclavizar nunca.

Bien habría estado que al prender a cada uno de aquellos galeotes se les hubiera dado una tanda de palos, pero... ¿llevarlos a galeras? _Parece duro caso_--como dijo el Caballero--_hacer esclavos a los que Dios y la naturaleza hizo libres_. Y añadió más adelante: _allá se lo haya cada uno con su pecado; Dios hay en el cielo que no se descuida de castigar al malo ni de premiar al bueno, y no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres no yéndoles nada en ello_.

Los guardas que llevaban a los galeotes los llevaban fríamente, por oficio, en virtud de mandamiento de quien acaso no conociera a los culpables, y los llevaban a cautiverio. Y el castigo, cuando de natural respuesta a la culpa, de rápido reflejo a la ofensa recibida, se convierte en aplicación de justicia abstracta, se hace algo odioso a todo corazón bien nacido. Nos hablan las Escrituras de la cólera de Dios y de los castigos inmediatos y terribles que fulminaba sobre los quebrantadores de su pacto, pero un cautiverio eterno, un penar sin fin basado en fríos argumentos teológicos sobre la infinitud de la ofensa y la necesidad de satisfacción inacabable, es un principio que repugna al cristianismo quijotesco. Bien está hacer seguir a la culpa su natural consecuencia, el golpe de la cólera de Dios o de la cólera de la naturaleza, pero la última y definitiva justicia es el perdón. Dios, la naturaleza y Don Quijote castigan para perdonar. Castigo que no va seguido de perdón, ni se endereza a otorgarlo al cabo, no es castigo, sino ocioso ensañamiento.

Mas se dirá: pues si se ha de perdonar ¿para qué el castigo? ¿Para qué, preguntas? Para que el perdón no sea gratuito y pierda así todo mérito; para que gane valor costando adquirirlo, teniendo que comprarlo con sufrir castigo; para que el delincuente se ponga en estado de recibir el fruto, el beneficio del perdón, borrado por el castigo el remordimiento que se lo impediría. El castigo satisface al ofensor, no al ofendido, y hasta le repugna a aquél el perdón gratuito, apareciéndosele como la más quintesenciada forma de la venganza, como flor de desdén. El perdón gratuito es un perdón que se echa como de limosna. Los débiles se vengan perdonando, sin haber castigado. Agradecemos más el abrazo, si es cordial, después de la bofetada con que a nuestra provocación se responde.

Cuando un hombre se siente ofendido, vese empujado a venganza, pero luego que se vengó, si es bien nacido y noble, perdona. De ese sentimiento de venganza brotó la llamada justicia, intelectualizándolo, y muy lejos de ennoblecerse con ello, se envileció. El bofetón que suelta uno al que le insulta es más humano, y por ser más humano, más noble y más puro que la aplicación de cualquier artículo del código penal.

El fin de la justicia es el perdón y en nuestro tránsito a la vida venidera, en las ansias de la agonía, a solas con nuestro Dios, se cumple el misterio del perdón para los hombres todos. Con la pena de vivir y las penas a ella consiguientes se pagan las fechorías todas que en la vida se hubieren cometido; con la angustia de tener que morirse se acaba de satisfacer por ellas. Y Dios, que hizo al hombre libre, no puede condenarle a perpetuo cautiverio.

_Allá se lo haya cada uno con su pecado; Dios hay en el cielo que no se descuida de castigar al malo ni de premiar al bueno._ Aquí Don Quijote remite el castigo a Dios, sin decirnos cómo creía él que Dios castiga, pero no pudo creer, por mucha que su ortodoxia fuese, en castigos inacabables, y no creyó en ellos. Hay que remitir, sí, a Dios el castigar, pero no haciéndole ministro de nuestras justicias, como tanto se acostumbra, cuando somos nosotros los que deberíamos ser ministros de la suya. ¿Quién es el mortal que osa pronunciar en nombre de Dios sentencias, dejando a Dios el ejecutarlas? ¿Quién es el que así hace a Dios ministro suyo? El que cree estar diciendo: «en nombre de Dios te condeno», lo que en realidad está queriendo decir es esto otro: «Dios, en mi nombre, te condena». Mirad bien que los que se arrogan ministerio especial de Dios es en el fondo que pretenden que Dios les ministre a ellos. Don Quijote no; Don Quijote que se creía ministro de Dios en la tierra y brazo por quien se ejecuta en ella su justicia, pero como lo somos todos, Don Quijote le dejaba a Dios el juzgar de quién fuera bueno y quién malo y merced a qué castigo habría que perdonar a éste.

Mi fe en Don Quijote me enseña que tal fué su íntimo sentimiento, y si no nos lo revela Cervantes es porque no estaba capacitado para penetrar en él. No por haber sido su evangelista, hemos de suponer fuera quien más adentró en su espíritu. Baste que nos haya conservado el relato de su vida y hazañas.

_No es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres, no yéndoles en ello nada._ Don Quijote, como el pueblo de que es la flor, mira con malos ojos al verdugo y a todo ministro y ejecutor de justicia. Santo y bueno que se tome uno la justicia por su mano, pues le abona un natural instinto, pero ser verdugo de otros hombres para ganarse así el pan sirviendo a la odiosa justicia abstracta, no es bien. Pues la justicia es impersonal y abstracta, castigue impersonal y abstractamente.

Ya os veo aquí, lectores timoratos, llevaros las manos a la cabeza y os oigo exclamar: ¡qué atrocidades! Y luego habláis de orden social y de seguridad y de otras monsergas por el estilo. Y yo os digo que si se soltase a los galeotes todos no por eso andaría más revuelto el mundo, y si los hombres todos cobraran robusta fe en su última salvación, en que al cabo todos hemos de ser perdonados y admitidos al goce del Señor, que para ello nos crió libres, seríamos todos mejores.

Bien sé que en contra de esto me argüiréis con el ejemplo mismo de los galeotes y de cómo le pagaron a Don Quijote la libertad que les había devuelto. Pues no bien los vió sueltos, los llamó y diciéndoles que _de gente bien nacida es agradecer los beneficios que reciben, y uno de los pecados que más a Dios ofenden es la ingratitud_, les mandó fuesen cargados de la cadena a presentarse ante la señora Dulcinea del Toboso. Los desdichados, llenos de miedo no fuese les prendiera de nuevo la Santa Hermandad, respondieron por boca de Ginés de Pasamonte, que no podían cumplir lo que Don Quijote les pedía, y se lo mudase en alguna cantidad de avemarías y credos. Irritó al Caballero, que era pronto a la cólera, el desenfado de Pasamonte, y le reprendió. Y entonces hizo éste del ojo a sus compañeros y _apartándose aparte comenzaron a llover tantas y tantas piedras sobre Don Quijote... que dieron con él en el suelo_. Y una vez en tierra, le golpeó uno y le quitaron la ropilla y a Sancho el gabán.

Lo cual debe enseñamos a libertar galeotes precisamente porque no nos lo han de agradecer, que de contar de antemano con su agradecimiento, nuestra hazaña carecería de valor. Si no hiciéramos beneficios sino por las gratitudes que de ellos habríamos de recoger ¿para qué nos servirían en la eternidad? Debe hacerse el bien no sólo a pesar de que no nos lo han de corresponder en el mundo, sino precisamente porque no han de correspondérnoslo. El valor infinito de las buenas obras estriba en que no tienen pago adecuado en la vida, y así rebosan de ella. La vida es un bien muy pobre para los bienes que en ella cabe ejercer.

Pero viene aquí un pasaje tan triste como hermoso, pues mostrándonos una carnal flaqueza del Caballero, nos muestra que era de carne y hueso como nosotros, y como nosotros sujeto a las miserias humanas.

CAPÍTULO XXIII

De lo que aconteció al famoso Don Quijote en Sierra Morena, que fué una de las más raras aventuras que en esta verdadera historia se cuentan.

Y fué cuando, viéndose tan malparado, dijo a su escudero: _siempre, Sancho, lo he oído decir, que el hacer bien a villanos es echar agua en la mar: si yo hubiera creído lo que me dijiste, yo hubiera excusado esta pesadumbre; pero ya está hecho, paciencia y escarmentar para desde aquí adelante_. El pobre Caballero, tendido en tierra, siente flaquear su fe. Mas ved que acude en su ayuda Sancho, el heroico Sancho, y lleno de fe quijotesca, responde a su amo: _Así escarmentará vuestra merced como yo soy turco_. Y ¡qué bien calaste, Sancho heroico, Sancho quijotesco, que tu amo no podía escarmentar de hacer el bien y cumplir la justicia verdadera!

Y porque apedrearan a Don Quijote y le robaran la ropilla ¿hemos de creer que no le iban agradecidos los galeotes y que la libertad no les mejoró el ánimo? Cuando le robaron la ropilla es que la necesitaban, y esto no excluía agradecimiento, pues una cosa es la gratitud y otra el oficio, y el de los más de ellos era el de ladrones. Y además ¿quién sabe si no es que querían llevarse una prenda suya como de recuerdo? ¿Y que le apedrearon? Sí, por agradecimiento también. Peor habría sido que le hubiesen vuelto las espaldas.

Encimada la aventura de los galeotes y obedeciendo Don Quijote a los ruegos de Sancho, que le pedía se apartaran de la furia de la Santa Hermandad, mas no por miedo a ella, se entraron en Sierra Morena, haciendo noche _entre dos peñas y entre muchos alcornoques_. Y aquella noche fué cuando robó su jumento a Sancho Ginés de Pasamonte, el desgraciado galeote. Y a poco hallaron la maleta de Cardenio y el montoncillo de escudos de oro que hizo exclamar a Sancho: _bendito sea todo el cielo que nos ha deparado una aventura que sea de provecho_.

¡Ah Sancho veleta, vuelve a vencerte la carne y llamas aventura a eso de topar con un montoncillo de escudos de oro! Eres del país de la lotería. Se lo regaló su amo, que no iba a la busca de tales aventuras de dinero hallado. Interesóse más en los lamentos amorosos que en la maleta se contenían, y al ver pasar saltando de risco en risco a un solitario, decidido a buscarle, mandó a Sancho lo atajase. Y entonces respondió éste aquellas notabilísimas palabras de: _No podré hacer eso porque en apartándome de vuestra merced, luego es conmigo el miedo, que me asalta con mil géneros de sobresaltos y visiones_.

¿Y cómo no, Sancho amigo, cómo no? Tu amo será, si quieres, loco de remate, pero ni supiste, ni sabes ni sabrás ya vivir sin él; renegarás de su locura y de los manteamientos en que con ella te mete, pero si te deja, te acometerá el miedo al verte solo. Tú sin tu amo estás tan solo que estás sin ti. Gustaste el amparo de Don Quijote, cobraste fe en él, si el mantenimiento de tu fe te falta ¿quién te librará del miedo? ¿Es acaso el miedo otra cosa que la pérdida de la fe?, y ¿no se recobra ésta en fuerza de miedo? Y la fe, amigo Sancho, es adhesión no a una teoría, no a una idea, sino a algo vivo, a un hombre real o ideal, es facultad de admirar y de confiar. Y tú, Sancho fiel, crees en un loco y en su locura, y si te quedas a solas con tu cordura de antes ¿quién te librará del miedo que te ha de acometer al verte solo con ella, ahora que gustaste de la locura quijotesca? Por eso pides a tu amo y señor que no se aparte de ti.

Y tu Don Quijote, magnánimo y fuerte, te responde: _Así será, y yo estoy muy contento de que te quieras valer de mi ánimo, el cual no te faltará aunque te falte el ánima del cuerpo_. Ten fe, pues, Sancho, ten fe, que aunque te falte el ánima del cuerpo, no te faltará el ánimo de Don Quijote. La fe cumplió en ti su milagro; el ánimo de Don Quijote es ya tu ánimo y ya no vives tú en ti mismo, sino que es él, tu amo, quien en ti vive. Estás quijotizado.

Entonces encontró Don Quijote a Cardenio y apenas vió al otro loco, loco de amor, _le tuvo un buen espacio estrechamente entre sus brazos, como si de luengos tiempos le hubiera conocido_. Y así era en verdad. Saludáronse y manifestó Don Quijote su propósito de servirle y si no hallaba remedio a su dolor, ayudarle a llorar su desventura y _a plañirla como mejor pudiera_. Y al llorar y plañir la desventura de Cardenio ¿no llorarías y plañirías la tuya, buen Caballero? Al llorar los desdenes de Lucinda ¿no llorarías aquella contención que te impidió abrir el corazón a Aldonza?

Hay, sin embargo, maliciosos en creer que todo ello era sólo para mover a Cardenio a que contase su historia, pues era Don Quijote curioso en extremo y amigo de enterarse de vidas ajenas.

CAPÍTULOS XXIV Y XXV

Donde se prosigue la aventura de Sierra Morena y que trata de las extrañas cosas que en Sierra Morena sucedieron al valiente caballero de la Mancha y de la imitación que hizo a la penitencia de Beltenebros.

Aquí Cervantes, no fiando demasiado en la virtualidad de la historia de su héroe, intercala la de Cardenio. Mas aun así nos contó la interrupción de Don Quijote a Cardenio y cómo salió a la defensa de la reina Madasina, ofendida por éste. Con lo cual quiso enseñarnos a que no toleremos se le ofenda a él por los que se obstinan en tratarle como a mero ente de razón, sin consistencia real. Y no es razón que los tales no estén en su cabal juicio, pues _contra cuerdos y contra locos_, como dijo en aquella ocasión Don Quijote, debe volver uno por la verdad radical. Como por ella volvió el hidalgo. El cual si pecaba era de jactancioso, pues aun entonces afirmó que él se sabía las reglas de caballería _mejor que cuantos caballeros las profesaron en el mundo_.

Yendo después por aquellas soledades de Sierra Morena volvió a dar Don Quijote en su verdadero tema, y fué al decir a Sancho que le llevaba por aquellas partes el deseo _de hacer en ellas una hazaña con que he de ganar_--dijo--_perpetuo nombre y fama en todo lo descubierto de la tierra_. Y para lograrlo se propone imitar a su modelo, Amadís de Gaula. Sabía bien que a la perfección se llega imitando a hombres y no tratando de poner en práctica teorías. Y para imitarle en la penitencia que hizo en la Peña Pobre, mudando su nombre en el de Beltenebros, decidió Don Quijote hacer en Sierra Morena _del desesperado, del sandio y del furioso_, aventura más fácil que la de _hender gigantes, descabezar serpientes, matar endriagos, desbaratar ejércitos, fracasar armadas y dehacer encantamentos_.

Y como el heroico loco era muy cuerdo, no quiso imitar a D. Roldán en lo de arrancar árboles, enturbiar las aguas de las claras fuentes, matar pastores, destruir ganados, abrasar chozas, derribar casas, arrastrar yeguas y _otras cien mil insolencias dignas de eterno nombre y escritura_, sino sólo en lo esencial, y aun venir a contentarse con la sola imitación de Amadís, _que sin hacer locuras de daño, sino de lloros y sentimientos, alcanzó tanta fama como el que más_. El punto estaba en alcanzar fama y renombre, y si las locuras de daño no eran para ello necesarias, eran ya locuras de locura.

Y requerido por Sancho de por qué razón habría de volverse loco sin que Dulcinea le hubiese faltado, contestó con aquella preñadísima sentencia que dice: _Ahí está el punto y ésa es la fuerza de mi negocio, que volverse loco un caballero andante con causa, ni grado ni gracias; el toque está en desatinar sin ocasión y dar a entender a mi dama que si en seco hago esto, qué hiciera en mojado_. Sí, Don Quijote mío, el toque está en desatinar sin ocasión, en generosa rebelión contra la lógica, durísima tirana del espíritu. Los más de los que en ésta tu patria son tenidos por locos, desatinan con ocasión y con motivo y en mojado, y no son locos, sino majaderos forrados de lo mismo, cuando no bellacos de lo fino. La locura, la verdadera locura nos está haciendo mucha falta, a ver si nos cura de esta peste del sentido común que nos tiene a cada uno ahogado el propio.

Ahogado se lo tenía a Sancho, pues dudó de ti, heroico Caballero, cuando le hablaste de nuevo del yelmo de Mambrino y estuvo a punto de creer patraña tus promesas todas porque sus ojos carnales le hacían ver el yelmo como si fuese bacía de barbero. Pero bien le respondiste: _eso que a ti te parece bacía de barbero, me parece a mí el yelmo de Mambrino y a otro le parecerá otra cosa_. Ésta es la verdad pura; el mundo es lo que a cada cual le parece, y la sabiduría estriba en hacérnoslo a nuestra voluntad, desatinando sin ocasión y henchidos de fe en lo absurdo. El carnal Sancho creyó, al ver empezar a Don Quijote la penitencia que iba de burlas y no de veras, mas desengañóle su amo. No, Sancho amigo, no, la verdadera locura va de veras siempre; son los cuerdos los que van de burlas.

Y ¡qué locura! Entonces fué cuando Don Quijote declaró a Sancho lo de ser Dulcinea Aldonza Lorenzo, la hija de Lorenzo Corchuelo y de Aldonza Nogales, y Sancho nos declaró las prendas terrenales de ella, _moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho_, que tiraba la barra _como el más forzudo zagal de todo el pueblo_. Se puso un día _encima del campanario de la aldea a llamar a unos zagales suyos que andaban en un barbecho de su padre y aunque estaban de allí a media legua, así lo oyeron como si estuvieran al pie de la torre_. Y se la oye ahora, que convertida en Dulcinea, pregona tu nombre, Sancho socarrón. _Tiene mucho de cortesana_--añadió--; _con todos se burla y de todo hace mueca y donaire_... Sí, de todos sus favoritos se burla la Gloria.

Dejó de hablar Sancho, juzgando a Dulcinea, o mejor a Aldonza, según sus groseros ojazos, y su amo le contó el cuento de la viuda hermosa, moza, libre y rica que se enamoró del mozo rollizo e idiota. Para lo que le quería... Sí, para el que quiere estrujar idealidad del mundo nada hay en él de bajo ni de grosero, y muy bien puede Aldonza Lorenzo encarnar a Dulcinea.

Pero hay aquí algo más íntimo. Alonso Quijano el Bueno que había recatado en los más recónditos recovecos de su corazón durante doce años aquel amor que fué acaso lo que llevándole a engolfarse en libros de caballería le llevó a hacerse Don Quijote, Alonso Quijano, roto ahora, merced a la locura caballeresca, su vergonzante recato, confiesa a Sancho su amor. ¡A Sancho! Y al confesarlo, lo profana. El muy bellaco del escudero no se percata de lo que se le abre al conocimiento y a la confianza y habla de Aldonza como de una garrida moza cualquiera de lugar. Y entonces Don Quijote, apesadumbrado al ver cuán a lo burdo entendió Sancho sus amores, sin conocer que para todo buen enamorado es su amor único y como no lo ha habido en la tierra antes, le cuenta la sustanciosa historia de la viuda y el idiota, para concluir en lo de _por lo que yo quiero a Dulcinea del Toboso, tanto vale como la más alta princesa de la tierra_. ¡Pobre Caballero! y cómo tuviste que callar y sepultar en lo más escondido de tu seno que a no haberte atado la vergüenza del de demasiado amor que se te prendió en el otoño de tus años, para otra cosa que para invocarla por los caminos bajo el nombre de Dulcinea habrías querido a la hermosa hija de Lorenzo Corchuelo y de Aldonza Nogales! Di ¿no hubieras dado por ella la gloria, esa gloria que por ella ibas a buscar?