Vida de Don Quijote y Sancho

Part 5

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Obsérvese cómo Sancho apenas se encuentra en una aventura cuando acude al punto al botín, mostrando en ello cuán de su casta era. Y pocas cosas elevan más a Don Quijote que su desprecio de las riquezas del mundo. Tenía el Caballero lo mejor de su casta y de su pueblo. No salió a campaña como el Cid «al sabor de la ganancia» y para «perder cueta y venir a rictad» (POEMA DEL CID, V. 1689), ni habría dicho nunca lo que dicen que dijo Francisco Pizarro en la isla del Gallo cuando haciendo con la espada una raya en el suelo, de naciente a poniente, y señalando al mediodía como su derrotero, exclamó: «Por aquí se va al Perú a ser ricos; por acá se va a Panamá a ser pobres; escoja el que sea buen castellano lo que mejor le estuviere». De otro temple era Don Quijote; nunca buscó oro. Y al mismo Sancho que empezó buscándolo, le veremos ir cobrando poco a poco afición y amor a la gloria, y fe en ella, fe a que le llevaba Don Quijote, y hay que convenir en que nuestros mismos conquistadores de América unieron siempre a su sed de oro sed de gloria, sin que se logre en cada caso separar la una de la otra. De gloria y de riqueza a la vez dicen que habló a sus compañeros Vasco Núñez de Balboa en aquel glorioso 25 de setiembre de 1513 en que de rodillas y anegados por el gozo en lágrimas sus ojos, descubrió desde la cima de los Andes, en el Darien, el mar nuevo.

Lo triste es que la gloria fué de ordinario una alcahueta de la codicia. Y la codicia, la innoble codicia, nos perdió. Nuestro pueblo puede decir lo que dice en el grandioso poema PATRIA, da Guerra Junqueiro, el pueblo portugués:

Novos mundos eu vi, novos espaços, Não para mais saber, mais adorar: A cubiça feroz guiou meus passos, O orgulho vingador moveu meus braços E iluminou a raiva o meu olhar! Não te lavava, não, sangue homicida, Nem em mil milhões d'annos a chorar!... Cruz do Golgota en ferro traduzida, Minha espada de heroe, o cruz de morte, Cruz a que Deos baixou por nos dar vida; Vidas ceifando, deshumana e forte, Ergueste imperios, subjugando a Oriente, Mas Deos soprou... eil-os em nada...

Luego de la aventura de Sancho, acudió el generoso Caballero a la princesa, a darle la buena nueva de su liberación, pues los frailes que la llevaban seducida habían huido, sin advertir, ¡oh ceguera de la nobleza!, que acaso llevaba ella la frailería dentro. Y le pidió en pago del beneficio de haberla libertado, que se volviese al Toboso a presentarse a Dulcinea. No contaba con el vizcaíno, que le habló en _mala lengua castellana y peor vizcaína_, lo cual es muy cierto, pues cabe dudar que D. Sancho de Azpeitia hablase puntualmente como Cervantes le hace hablar. Con frecuencia se cita las palabras de D. Sancho de Azpeitia no más que para hacer chacota, aunque respetuosa y cariñosa a las veces, del modo de hablar de nosotros los vizcaínos. Cierto es que hemos tardado en aprender la lengua de Don Quijote y tardaremos aún en llegar a manejarla a nuestra guisa, mas ahora que empezamos a dar en ella nuestro espíritu, que fué hasta ahora casi mudo, habéis de oir... Pudo decir Tirso de Molina aquello de

Vizcaíno es el hierro que os encargo, Corto en palabras, pero en obras largo;

mas habrá que oirnos cuando alarguemos nuestras palabras a la medida de nuestras largas obras.

Don Quijote, tan pronto en llamar caballero a quien se le pusiera delante, nególe al vizcaíno tal cualidad, olvidando que a la gente vasca--entre los que me cuento--, según Tirso de Molina,

Un nieto de Noé la dió nobleza, que su hidalguía no es de ejecutoria ni mezcla con su sangre, lengua o traje mosaica infamia que la suya ultraje.

¿No conocía Don Quijote las palabras de don Diego López de Haro, tal cual le hace hablar Tirso de Molina en la escena primera del acto segundo de LA PRUENCIA EN LA MUJER, cuando empieza diciendo:

Cuatro bárbaros tengo por vasallos a quien Roma jamás conquistar pudo, que sin armas, sin muros, sin caballos libres conservan su valor desnudo?

¿Ni sabía aquello que había ya dicho Camoens en la estrofa oncena del cuarto canto de sus LUSIADAS de

A gente biscainha que carece de polidas razões, e que as injurias muito mal dos estranhos compadece?

Por lo menos ya que LA ARAUCANA de don Alonso de Ercilla y Zúñiga, caballero vizcaíno, era uno de los libros que se hallaban en su librería, y de los respetados en el escrutinio, tuvo que haber leído aquello de su canto XXVII, en que habla de

la aspereza de la antigua Vizcaya, de do es cierto que procede y se extiende la nobleza por todo lo que vemos descubierto.

_¿Yo no caballero?_--replicó justamente ofendido el vizcaíno, y encontráronse frente a frente dos Quijotes. Por esto es tan prolijo Cervantes al narrarnos este suceso.

Requerido por el vizcaíno, arrojó el manchego la lanza, sacó la espada, embrazó la rodela y arremetióle.

CAPÍTULO IX

Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron.

Y se trabó el singular combate o _estupenda batalla que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron_, como la llama Cervantes en el título del capítulo IX, concediéndole toda la importancia que se merece.

Ahora va de igual a igual, de loco a loco, y parecen amenazar al cielo, a la tierra y al abismo. ¡Oh espectáculo de largos en largos siglos sólo visto, el de la lucha de dos Quijotes, el manchego y el vizcaíno, el del pardo páramo y el de las verdes montañas. Hay que releerlo como nos lo relata Cervantes.

_¿Yo no caballero?_ ¿Yo no caballero? ¿Oir esto un vizcaíno y oirlo de boca de Don Quijote? No, no puede sufrirse eso.

Deja, Don Quijote, que hable de mi sangre, de mi casta, de mi raza, pues a ella debo cuanto soy y valgo y a ella también debo el poder sentir tu vida y tu obra.

¡Oh tierra de mi cuna, de mis padres, de mis abuelos y trasabuelos todos, tierra de mi infancia y de mis mocedades, tierra en que tomé a la compañera de mi vida, tierra de mis amores, tú eres el corazón de mi alma! Tu mar y tus montañas, Vizcaya mía, me hicieron lo que soy; de la tierra de que se amasan tus robles, tus hayas, tus nogales y tus castaños, de esa tierra ha sido mi corazón amasado, Vizcaya mía.

Discutía un Montmorency con un vasco e irritado aquél hubo de decirle a mi paisano que ellos, los Montmorencys, databan no sé si del siglo VIII, X o XII, y mi vasco le respondió: ¿Sí? ¡Pues nosotros los vascos no datamos! Y no, no datamos los vascos. Los vascos sabemos quiénes somos, quiénes queremos ser.

Ya ves, Don Quijote, que es un vasco el que ha ido a buscarte en tu Mancha y te arremete porque le regateaste lo de ser caballero. Y ¿cómo, contemplando a un vasco, y de Azpeitia, no recordar una vez más a aquel otro caballero andante vasco, y de Azpeitia también, Íñigo Yáñez de Oñaz y Sáez de Balda, del solar de Loyola, fundador de la Milicia de Cristo? ¿No culmina en él nuestra casta toda? ¿No es nuestro héroe? ¿No lo hemos de reclamar los vascos por nuestro? Sí, nuestro, muy nuestro, muy más nuestro que de los jesuitas. Del Íñigo de Loyola han hecho ellos un Ignacio de Roma, del héroe vasco un santón jesuítico. ¡Lástima de mula que montaba el héroe!

La de Don Sancho de Azpeitia, con sus corcovos, dió en tierra con el vizcaíno, lo que debe enseñamos a pelear apeados. Y así fué vencido el vizcaíno, pero no por mayor flaqueza de su brazo ni menor coraje, sino por culpa de su mula, que no era, de cierto, vizcaína. Si no es por la condenada mula lo habría pasado mal Don Quijote, estad seguros de ello, y habría aprendido a reportarse ante el hierro vizcaíno

_corto en palabras, pero en obras largo_.

Aprended, hermanos míos de sangre, a pelear apeados. Apeaos de la mula resabiosa y terca que os lleva a su paso de andadura por sus caminos de ella, no por los vuestros y míos, no por los de nuestro espíritu y que, con sus corcovos, dará con vosotros en tierra, si Dios no lo remedia. Apeaos de esa mula, que no nació ahí ni ahí pasta, y vamos todos a la conquista del reino del espíritu. Aún no se sabe lo que podemos hacer en este mundo de Dios. Aprended, a la vez, a encarnar vuestro pensamiento en una lengua de cultura, dejando la milenaria de nuestros padres; apeaos de la mula luego y nuestro espíritu, el espíritu de nuestra casta circundará en esa lengua, en la de Don Quijote, los mundos todos, como circundó por primera vez al orbe la carabela de nuestro Sebastián Elcano, el fuerte hijo de Guetaria, hija de nuestro mar de Vizcaya.

Y fué por la intervención de las damas afrailadas por lo que perdonó Don Quijote la vida a Don Sancho de Azpeitia, a promesa de ir a visitar a Dulcinea. Y fueron las damas las prometedoras, que a haberlo sido Don Sancho, habríala visitado, de seguro, y hasta es muy de creer que se habría enamorado perdidamente de ella y ella de él.

CAPÍTULO X

De los graciosos razonamientos que pasaron entre Don Quijote y Sancho Panza su escudero.

Y viene Sancho, el carnal Sancho, el Simón Pedro de nuestro Caballero, y le pide la ínsula, a lo cual responde Don Quijote: _advertid, hermano Sancho, que esta aventura y las a esta semejantes no son aventuras de ínsulas, sino de encrucijadas, en las que no se gana otra cosa que sacar rota la cabeza o una oreja menos_. ¡Ay, Pedro, Pedro, o digo Sancho, Sancho, y ¿cuándo comprenderás que no es la ínsula, no es el poder temporal, sino la gloria de tu señor, el querer eterno, tu recompensa? Mas el carnal Sancho volvió a la carga y a pedir a su amo se retrajesen a alguna iglesia por miedo a la Santa Hermandad. Mas ¿_dónde has visto tú o leído_--le diremos con Don Quijote--_que caballero andante haya sido puesto ante la justicia por más homicidios que hubiese cometido_? Quien abriga en su corazón la ley, está sobre la dictada por los hombres; para el que ama no hay otra ley sino su amor, y si por amor mata ¿quién se lo imputará a culpa? Tiene, además, Don Quijote poder sobrado para sacar a los Sanchos _de las manos de los caldeos, cuanto más de las de la Hermandad_.

Ocurrió luego lo de explicar Don Quijote a Sancho el bálsamo de Fierabrás, y lo de pedir Sancho a Don Quijote la receta del bálsamo como único pago de sus servicios, pues así son los servidores carnales, por muy grande que su fe sea, piden recetas para venderlas y negociar con ellas. Y entonces juró el Caballero conquistar el yelmo de Mambrino a trueque de la celada rota por Don Sancho de Azpeitia, y a seguida le llamó a razón el bandullo y pidió de comer.

Una cebolla y un poco de queso no más traía Sancho, pareciéndole manjares no pertenecientes a tan valiente Caballero, mas éste le hizo saber que tenía a honra _no comer en un mes_, y de hacerlo lo que hallare más a mano. _Y esto se te hiciera cierto si hubieras leído tantas historias como yo, que aunque han sido muchas, en todas ellas no he hallado hecha relación de que los caballeros andantes comiesen, si no era acaso, y en algunos suntuosos banquetes que les hacían, y los demás días se los pasaban en flores._ Y ¡qué dicha, mi señor Don Quijote, si nos pudiésemos pasar en flores la vida toda! Del comer viene con la fuerza toda, también toda la flaqueza del heroísmo.

Y entonces, al explicar Don Quijote a Sancho que los caballeros andantes _no podían pasar sin comer y sin hacer todos los otros menesteres naturales_, le reveló, y nos reveló, una verdad cimental y de grandísimo consuelo para los que no saben cómo vivir su locura, y es la de que los caballeros andantes _eran hombres como nosotros_. De donde se saca que podemos llegar a ser nosotros caballeros andantes, y no es ello poco. _Así que, Sancho amigo, no te congoje lo que a mí me da gusto, ni quieras tú hacer mundo nuevo, ni sacar la caballería andante de sus quicios._ No quieras, no, pobre Sancho, hacer mundo nuevo curando de su locura a los generosos, ni quieras sacar a la locura de su quicio, que le tiene tan bien hincado y tan derecho como la cordura misma, como ese llamado sentido común. Sancho, como no sabe leer ni escribir, no sabe ni ha caído en las reglas de la profesión caballeresca, como él dice. Y es cierto lo que dices, Sancho, por el leer y el escribir entró la locura en el mundo.

CAPÍTULO XI

De lo que sucedió a Don Quijote con unos cabreros.

Echaron a andar y fueron recogidos con buen ánimo por unos piadosos cabreros, Dios se lo habrá pagado, que les convidaron. Lo aceptó Don Quijote, sentóse sobre un dornajo vuelto del revés, hizo hermanalmente sentar a su lado a Sancho, y fué entonces, después de bien satisfecho el estómago, cuando tomó en la mano un puñado de bellotas y enderezó a los cabreros aquel discurso de la edad de oro, que en tantos muestrarios de retórica se reproduce. Mas nosotros no estamos haciendo aquí literatura, ni nos importa la letra sonora, sino el espíritu fecundo, aunque silencioso. Es el tal discurso uno de tantos vulgares discursos como se pronuncian, y ese pasado siglo de oro apagado relumbre del futuro siglo en que morará el lobo con el cordero y el león comerá, como el buey, paja, según nos cuenta el profeta Isaías (capítulo XI).

La arenga en sí tiene poco que desentrañar. _Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados._.. y lo que sigue. No nos sorprenda oir a Don Quijote cantar los tiempos que fueron. Es visión del pasado lo que nos empuja a la conquista del porvenir; con madera de recuerdos armamos las esperanzas. Sólo lo pasado es hermoso; la muerte lo hermosea todo. ¿Creéis que cuando el arroyo llega al mar, al enfrentarse con el abismo que va a tragarle, no sueña con la escondida fuente de que brotó y no querría, si pudiera, remontar su curso? De ir a perderse, perderse más bien en las entrañas de la madre tierra.

No es el discurso de Don Quijote lo que hemos de desentrañar. No valen ni aprovechan las palabras del Caballero sino en cuanto son comentarios a sus obras y repercusión de ellas. Como hablar, hablaba conforme a sus lecturas y al saber del siglo que tuvo a dicha albergarle, pero como obrar, obraba conforme a su corazón y al saber eterno. Y así en esa arenga no es la arenga misma, en sí no poco trillada, sino el hecho de dirigírsela a unos rústicos cabreros que no habrían de entendérsela, lo que hemos de considerar, pues en esto estriba lo heroico de esta aventura.

Aventura es, en efecto, y de las más heroicas. Porque todo hablar es una suerte, y las más de las veces la más apretada suerte de obrar, y hazañosa aventura la de administrar el sacramento de la palabra a los que no han de entendérnosla según el sentido material. Robusta fe en el espíritu hace falta para hablar así a los de torpes entendederas, seguros de que sin entendernos nos entienden y de que la semilla va a meterse en las cárcavas de sus espíritus sin ellos percatarse de tal cosa.

Habla tú que conmigo consideras, lleno de fe en ella, la vida de Don Quijote; habla aunque no te entiendan, que ya te entenderán al cabo. Y con que sólo vean que les hablas sin pedirles nada o porque de gracia te lo dieron antes, basta ya. Habla a los cabreros como hablas a tu Dios, del hondo del corazón y en la lengua en que te hablas a ti mismo a solas y en silencio. Cuanto más hundidos vivan en la vida de la carne, tanto más limpias de brumas estarán sus mentes, y la música de tus palabras resonará en ellas mucho mejor que en la mente de los bachilleres al arte de Sansón Carrasco. Porque no fueron las rebuscadas retóricas de Don Quijote lo que alumbró la mente a los cabreros, sino fué el verle armado de punta en blanco, con su lanzón a la vera, las bellotas en la mano, y sentado sobre el dornajo, dando al aire de que respiraban todos reposadas palabras vibrantes de una voz llena de amor y de esperanza.

No faltará quien crea que Don Quijote debió atemperarse al público que le escuchaba y hablar a los cabreros de la cuestión cabreril y del modo de redimirlos de su baja condición de pastores de cabras. Eso hubiera hecho Sancho a tener saber y arrestos para ello, pero el Caballero no. Don Quijote sabía bien que no hay más que una sola cuestión, para todos la misma, y que lo que redima de su pobreza al pobre, redimirá, a la vez, de su riqueza al rico, ¡Mal hayan los remedios de ocasión! A cuantos van y vienen y se asenderean llevando y trayendo remedios específicos para los males de éstos o de aquéllos, cabe encajarles lo que decía el gaucho MARTÍN FIERRO:

De los males que sufrimos hablan mucho los puebleros, pero hacen como los teros para esconder sus niditos, que en un _lao_ pegan los gritos y en otro tienen los _güevos_.

Cuando os hablen, cándidos cabreros, de la cuestión cabreril, es que están pegando gritos para alejaros del sitio en que guardan sus huevos.

Y además, ¿ha de hablarse tan sólo en vista del provecho inmediato, del fruto que nuestros oyentes saquen de lo que decimos? Tratando de esto el maestro de espíritu P. Alonso Rodríguez, en el capítulo XVIII del tratado primero de la tercera parte de su EJERCICIO DE PERFECCIÓN nos dice que «no depende nuestro merecimiento, ni la perfección de nuestra obra de que el otro se aproveche o no; antes podemos añadir aquí otra cosa para nuestro consuelo, o por mejor decir, para consuelo de nuestro desconsuelo, y es que no solamente no depende nuestro merecimiento y nuestro premio y galardón de que los otros se conviertan y de que se haga mucho fruto, sino que en cierta manera podemos decir que hacemos y merecemos más cuando no hay nada de eso, que cuando se ve el fruto al ojo».

Y este discurso de Don Quijote a los cabreros ¿fué acaso menos heroico y más inútil que aquel otro que cerca de Santa Cruz y en casa de la india Capillana enderezó a los indios Francisco Pizarro para explicarles los fundamentos de la religión cristiana y el poderío del rey de Castilla? Algo consiguió, pues los indios, por darle gusto, alzaron por tres veces la bandera española. No fué del todo inútil el razonamiento de Pizarro; no lo fué el de Don Quijote.

El malicioso Cervantes llama, en efecto, al discurso de éste _inútil razonamiento_, para añadir que se lo escucharon los cabreros _embobados y suspensos_. La verdad de la historia se le impone aquí, puesto que si los embobó y suspendió Don Quijote con su razonamiento, no fué éste ya inútil. Y que no lo fué lo prueba el agasajo que le rindieron dándole solaz y contento con hacer que cantara un zagal enamorado. El espíritu produce espíritu, como la letra letra, y la carne carne, y así la arenga de Don Quijote produjo, a vuelta, cantares al son de cabreril rabel. No fué, pues, inútil ni lo es nunca la palabra pura. Si el pueblo no la entiende, siente, empero, comezón de entenderla, y al oirla, rompe a cantar.

Y mientras Don Quijote, inspirado a la vista de las bellotas, regaló a los cabreros con aquella arenga ¿qué hizo Sancho? _Sancho... callaba y comía bellotas y visitaba muy a menudo el segundo zaque, que por que se enfriase el vino le tenían colgado de un alcornoque._ Y pensaría para sí ¡así me las den todas!

Qué pensara Sancho de la arenga de su amo no lo sé, pero sí sé qué pensarán de ella nuestros Sanchos de hoy. Los cuales buscan ante todo eso que llaman soluciones concretas y en cuanto se ponen a escuchar a alguien van a oir qué remedios ofrece para los males de la patria o para otros cualesquiera males. Se han hecho los oídos oyendo a los charlatanes que, subidos en un coche, en la plaza del mercado, venden frascos de cualquier droga, y así, apenas alguien les habla, esperan saque la droga enfrascada. Mientras se les habla, callan y comen bellotas, y se preguntan luego: bien, ¿y en concreto qué? Todo eso del siglo de oro les entra por un oído y por el otro les sale: lo que ellos buscan es el elixir para curar el mal de muelas o el reuma o para quitar manchas de la ropa, el cocimiento regenerativo, el bálsamo católico, el revulsivo anticlerical, el emplasto aduanero o el vejigatorio hidráulico. A esto llaman soluciones concretas. Estiman que el habla no se hizo sino para pedir o para ofrecer algo, y no hay manera de que sientan lo que tiene de revelación la música interior del espíritu. Porque la otra música, la exterior, la que les recrea los oídos carnales, ésa no dejan de entenderla y apreciarla, y hasta es el único regalo que se permiten. Si se les habla, o ha de ser para acariciarles los oídos con párrafos acompasados a compás tamborilesco, o para enseñarles alguna receta de uso doméstico o político.

¡Soluciones concretas! ¡Oh Sanchos prácticos, Sanchos positivos, Sanchos materiales! ¿Cuándo oiréis la silenciosa música de las esferas espirituales?

Difícil es hablar a los Sanchos, nacidos y criados en lugarejos donde sólo se oye comadrerías de solana y sermones, pero más difícil aún es hablar a bachilleres. Lo mejor es tener por oyentes a cabreros, hechos y acostumbrados a oir las voces de los campos y de los montes. Los otros os saldrán con que no os entienden o entenderán a tuertas lo que les digáis, porque no reciben vuestras palabras en silencio interior ni en atención virgen, y por mucho que agucéis vuestras explicaderas no aguzarán sus entendederas ellos.

Es fuerte cosa que por dondequiera que uno vaya en nuestra España, derramando verdades del corazón, le salgan al paso diciéndole que no lo entienden o entendiéndolo al revés de como se explica. Y ello tiene su raíz, y es que van las gentes a oir esto o lo otro o lo de más allá, algo que se les ha dicho ya, y no a oir lo que se les diga. Los unos son clericales, anticlericales los otros, éstos unitarios o centralistas, aquéllos federales o regionalistas, los de aquí tradicionalistas, progresistas los de allá, y quieren que se les hable en uno de esos lenguajes. Ellos luchan unos con otros, pero luchan como es forzoso lo hagan los luchadores terrestres, sobre un mismo suelo, en un mismo plano y dándose cara, y si te pones a darles voces desde otro plano, por encima o por debajo del que ocupan, les distraes de su pelea y no comprenden a qué vas allá. Si estamos peleando--se dicen--, bien venido sea quien venga a animarnos con voces de ¡a ellos! ¡adelante! o bien a advertirnos de un peligro gritándonos ¡ojo! ¡atrás!, pero ¿quién es ése que desde las nubes o desde dentro de la tierra nos grita que levantemos la vista o que la hundamos en el suelo? ¿no ve que entre tanto nos degollarán los enemigos? Cuando se lucha no se puede mirar al cielo ni tratar de penetrar con la vista el seno de la tierra. Dicen así; no ven que les proponéis paz y cada uno de los bandos os cuenta en el contrario. Y no os queda sino ir a hablar a los cabreros, que os regalarán con música; ir a hablar a los sencillos, y hablarles sin intentar siquiera poneros a su alcance, hablarles en el tono más elevado, seguros de que sin entenderos os entienden.

Sólo Sancho, el carnal Sancho, estaba más para dormir que para oir canciones, sin conocer la virtud ensoñadora de éstas.

CAPÍTULOS XII Y XIII

De lo que contó un cabrero a los que estaban con Don Quijote y Donde se da fin al cuento de la pastora Marcela, con otros sucesos.

Entonces fué cuando Pedro el cabrero contó a Don Quijote la historia de Grisóstomo y Marcela, después de aquellos tiquismiquis con que el leído Caballero corrigió los vocablos al pastor. Era, no hemos de negarlo, impertinente Don Quijote cuando se picaba de letrado.