Part 2
He dudado más de una vez de que puedas cumplir tu obra al notar el cuidado que pones en escribir las cartas que me escribes. Hay en ellas, no pocas veces, tachaduras, enmiendas, correcciones, jeringazos. No es un chorro que brota violento, expulsando el tapón. Más de una vez tus cartas degeneran en literatura, en esa cochina literatura, aliada natural de todas las esclavitudes y de todas las miserias. Los esclavizadores saben bien que mientras está el esclavo cantando a la libertad se consuela de su esclavitud y no piensa en romper sus cadenas.
Pero otras veces recobro fe y esperanza en ti cuando siento bajo tus palabras atropelladas, improvisadas, cacofónicas, el temblar de tu voz dominada por la fiebre. Hay ocasiones en que puede decirse que ni están en un lenguaje determinado. Que cada cual lo traduzca al suyo.
Procura vivir en continuo vértigo pasional, dominado por una pasión cualquiera. Sólo los apasionados llevan a cabo obras verdaderamente duraderas y fecundas. Cuando oigas de alguien que es impecable, en cualquiera de los sentidos de esta estúpida palabra, huye de él; sobre todo si es artista. Así como el hombre más tonto es el que en su vida ha hecho ni dicho una tontería, así el artista menos poeta, el más antipoético--y entre los artistas abundan las naturalezas antipoéticas--, es el artista impecable, el artista a quien decoran con la corona, de laurel de cartulina, de la impecabilidad los danzantes de la jeringa.
Te consume, mi pobre amigo, una fiebre incesante, una sed de océanos insondables y sin riberas, un hambre de universos y la morriña de la eternidad. Sufres de la razón. Y no sabes lo que quieres. Y ahora, ahora quieres ir al sepulcro del Caballero de la Locura y deshacerte allí en lágrimas, consumirte en fiebre, morir de sed de océanos, de hambre de universos, de morriña de eternidad.
Ponte en marcha, solo. Todos los demás solitarios irán a tu lado, aunque no los veas. Cada cual creerá ir solo, pero formaréis batallón sagrado, el batallón de la santa e inacabable cruzada.
Tú no sabes bien, mi buen amigo, cómo los solitarios todos, sin conocerse, sin mirarse a las caras, sin saber los unos los nombres de los otros, caminan juntos y prestándose mutua ayuda. Los otros hablan unos de otros, se dan las manos, se felicitan mutuamente, se bombean y se denigran, murmuran entre sí y va cada cual por su lado. Y huyen del sepulcro.
Tú no perteneces al cotarro, sino al batallón de los libres cruzados. ¿Por qué te asomas a las tapias del cotarro a oir lo que en él se cacarea? ¡No, amigo mío, no! Cuando pases junto a un cotarro tápate los oídos, lanza tu palabra y sigue adelante, camino del sepulcro. Y que en esa palabra vibren toda tu sed, toda tu hambre, toda tu morriña, todo tu amor.
Si quieres vivir de ellos, vive para ellos. Pero entonces, mi pobre amigo, te habrás muerto.
Me acuerdo de aquella dolorosa carta que me escribiste cuando estabas a punto de sucumbir, de derogar, de entrar en la cofradía. Vi entonces cómo te pesaba tu soledad, esa soledad que debe ser tu consuelo y tu fortaleza.
Llegaste a lo más terrible, a lo más desolador; llegaste al borde del precipicio de tu perdición: llegaste a dudar de tu soledad, llegaste a creerte en compañía. «¿No será--me decías--una mera cavilación, un fruto de soberbia, de petulancia, tal vez de locura, esto de creerme solo? Porque yo, cuando me sereno, me veo acompañado, y recibo cordiales apretones de manos, voces de aliento, palabras de simpatía, todo género de muestras de no encontrarme solo, ni mucho menos». Y por aquí seguías. Y te vi engañado y perdido, te vi huyendo del sepulcro.
No, no te engañas en los accesos de tu fiebre, en las agonías de tu sed, en las congojas de tu hambre; estás solo, enteramente solo. No sólo son mordiscos los mordiscos que como tales sientes, lo son también los que como besos. Te silban los que aplauden, te quieren detener en tu marcha al sepulcro los que te gritan ¡adelante! Tápate los oídos. Y ante todo cúrate de una afección terrible, que por mucho que te la sacudes vuelve a ti con terquedad de mosca: cúrate de la afección de preocuparte cómo aparezcas a los demás. Cúidate sólo de cómo aparezcas ante Dios, cúidate de la idea que de ti Dios tenga.
Estás solo, mucho más solo de lo que te figuras, y aun así no estás sino en camino de la absoluta, de la completa, de la verdadera soledad. La absoluta, la completa, la verdadera soledad consiste en no estar ni aun consigo mismo. Y no estarás de veras completa y absolutamente solo hasta que no te despojes de ti mismo, al borde del sepulcro. ¡Santa soledad!
* * * * *
Todo esto dije a mi amigo, y él me contestó en una larga carta, llena de un furioso desaliento, estas palabras:
«Todo eso que me dices está muy bien, está bien, no está mal; pero ¿no te parece que en vez de ir a buscar el sepulcro de Don Quijote y rescatarlo de bachilleres, curas, barberos, canónigos y duques debíamos ir a buscar el sepulcro de Dios y rescatarlo de creyentes e incrédulos, de ateos y deístas, que lo ocupan, y esperar allí, dando voces de suprema desesperación, derritiendo el corazón en lágrimas, a que Dios resucite y nos salve de la nada?».
PRIMERA PARTE
CAPÍTULO I
Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo Don Quijote de la Mancha.
Nada sabemos del nacimiento de Don Quijote, nada de su infancia y juventud, ni de cómo se fraguara el ánimo del Caballero de la Fe, del que nos hace con su locura cuerdos. Nada sabemos de sus padres, linaje y abolengo, ni de cómo hubieran ido asentándosele en el espíritu las visiones de la asentada llanura manchega en que solía cazar; nada sabemos de la obra que hiciese en su alma la contemplación de los trigales salpicados de amapolas y clavellinas; nada sabemos de sus mocedades.
Se ha perdido toda memoria de su linaje, nacimiento, niñez y mocedad; no nos la ha conservado ni la tradición oral ni testimonio alguno escrito, y si alguno de éstos hubo, hase perdido o yace oculto en polvo secular. No sabemos si dió o no muestras de su ánimo denodado y heroico ya desde tierno infante, al modo de esos santos de nacimiento, que ya desde mamoncillos no maman los viernes y días de ayuno, por mortificación y dar buen ejemplo.
Respecto a su linaje declaró él mismo a Sancho, departiendo con éste después de la conquista del yelmo de Mambrino, que si bien era _hijodalgo de solar conocido, de posesión y propiedad, y de devengar quinientos sueldos_, no descendía de reyes, aunque, no obstante ello, el sabio que escribiese su historia podría deslindar de tal modo su parentela y descendencia, que le hallase ser quinto o sexto nieto de rey. Y de hecho no hay quien, a la larga, no descienda de reyes, y de reyes destronados. Mas él era de los linajes que son y no fueron. Su linaje empieza en él.
Es extraño, sin embargo, cómo los diligentes rebuscadores que se han dado con tanto ahinco a escudriñar la vida y milagros de nuestro caballero, no han llegado aún a pesquisar huellas de tal linaje, y más ahora en que tanto peso se atribuye en el destino de un hombre a eso de su herencia. Que Cervantes no lo hiciera, no nos ha de sorprender, pues al fin creía que es cada cual hijo de sus obras y que se va haciendo según vive y obra; pero que no lo hagan estos inquiridores que para explicar el ingenio de un héroe husmean si fué su padre gotoso, catarroso o tuerto, me choca mucho, y sólo me lo explico suponiendo que viven en la tan esparcida cuanto nefanda creencia de que Don Quijote no es sino ente ficticio y fantástico, como si fuera hacedero a humana fantasía el parir tan estupenda figura.
Aparécesenos el hidalgo cuando frisaba en los cincuenta años, en un lugar de la mancha, pasándolo pobremente con una _olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes y algún palomino de añadidura los domingos_, lo cual todo consumía las tres partes de su hacienda, acabando de concluirla _sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas con sus pantuflos de lo mismo y los días de entre semana... vellorí de lo más fino_. En un parco comer se le iban las tres partes de sus rentas, en un modesto vestir la otra cuarta. Era, pues, un hidalgo pobre, un hidalgo de gotera acaso, pero de los de lanza en astillero.
Era hidalgo pobre, mas a pesar de ello, hijo de bienes, porque como decía su contemporáneo el Dr. D. Juan Huarte en el capítulo XVI de su EXAMEN DE INGENIOS PARA LAS CIENCIAS, «la ley de la Partida dice que hijodalgo quiere decir hijo de bienes; y si se entiende de bienes temporales, no tiene razón, porque hay infinitos hijodalgos pobres e infinitos ricos que no son hidalgos; pero si se quiere decir hijo de bienes que llamamos virtud, tiene la misma significación que dijimos». Y Alonso Quijano era hijo de bondad.
En eso de la pobreza de nuestro hidalgo estriba lo más de su vida, como de la pobreza de su pueblo brota el manantial de sus vicios y a la par de sus virtudes. La tierra que alimentaba a Don Quijote es una tierra pobre, tan desollada por seculares chaparrones, que por dondequiera afloran a ras de ella sus entrañas berroqueñas. Basta ver cómo van por los inviernos sus ríos, apretados a largos trechos entre tajos, hoces y congostos y llevándose al mar en sus aguas fangosas el rico mantillo que habría de dar a la tierra su verdura. Y esta pobreza del suelo hizo a sus moradores andariegos, pues o tenían que ir a buscarse el pan a luengas tierras, o bien tenían que ir guiando a las ovejas de que vivían, de pasto en pasto. Nuestro hidalgo hubo de ver, año tras otro, pasar a los pastores pastoreando sus merinas, sin hogar asentado, a la de Dios nos valga, y acaso viéndolos así soñó alguna vez con ver tierras nuevas y correr mundo.
Era pobre, _de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza_. De lo cual se saca que era de temperamento colérico, en el que predominan calor y sequedad, y quien lea el ya citado EXAMEN DE INGENIOS que compuso el Dr. D. Juan Huarte, dedicándoselo a S. M. el Rey Don Felipe II, verá cuán bien cuadra a Don Quijote lo que de los temperamentos calientes y secos dice el ingenioso físico. De este mismo temperamento era también aquel caballero de Cristo, Íñigo de Loyola, de quien tendremos mucho que decir aquí, y de quien el P. Pedro de Rivadeneira[1] en la vida que de él compuso, y en el capítulo V del libro V de ella nos dice que era muy cálido de complexión y muy colérico, aunque venció luego la cólera, quedándose «con el vigor y brío que ella suele dar, y que era menester para la ejecución de las cosas que trataba». Y es natural que Loyola fuese del mismo temperamento que Don Quijote, porque había de ser capitán de una milicia, y su arte, arte militar. Y hasta en los más pequeños pormenores se anunciaba lo que habría de ser, pues al describirnos la estatura y disposición de su cuerpo en el capítulo XVIII del libro IV nos dice el citado Padre, su historiador, que tenía la frente ancha y desarrugada y una calva de muy venerable aspecto. Lo que consuena con la cuarta señal que pone el Dr. Huarte para conocer al que tenga ingenio militar y es tener la cabeza calva, y «está la razón muy clara» dice, añadiendo: «Porque esta diferencia de imaginativa reside en la parte delantera de la cabeza, como todas las demás; y el demasiado calor quema el cuero de la cabeza y cierra los caminos por donde han de pasar los cabellos; allende que la materia de que se engendra, dicen los médicos que son los excrementos que hace el cerebro al tiempo de su nutrición, y con el gran fuego que allí hay, todos se gastan y consumen y así falta materia de que poderse engendrar». De donde yo deduzco, aunque el puntualísimo historiador de Don Quijote no nos lo diga, que éste era también de frente ancha, espaciosa y desarrugada, y además calvo.
Era Don Quijote amigo de la caza, en cuyo ejercicio se aprende astucias y engaños de guerra, y así es cómo tras las liebres y perdices corrió y recorrió los aledaños de su lugar, y debió de recorrerlos solitario y escotero bajo la tersura sin mancha del cielo manchego.
Era pobre y ocioso; ocioso estaba los más ratos del año. Y nada hay en el mundo más ingenioso que la pobreza en la ociosidad. La pobreza le hacía amar la vida, apartándole de todo hartazgo y nutriéndole de esperanzas, y la ociosidad debió de hacerle pensar en la vida inacabable, en la vida perpetuadora. ¡Cuántas veces no soñó en sus mañaneras cacerías, con que su nombre se desparramara en redondo por aquellas abiertas llanuras y rodara ciñendo a los hogares todos y resonase en la anchura de la tierra y de los siglos! De sueños de ambición apacentó su ociosidad a su pobreza, y despegado del regalo de la vida, anheló inmortalidad no acabadera.
En aquellos cuarenta y tantos años de su oscura vida, pues frisaba ésta en los cincuenta cuando entró en obra de inmortalidad nuestro hidalgo, en aquellos cuarenta y tantos años ¿qué había hecho fuera de cazar y administrar su hacienda? En las largas horas de su lenta vida ¿de qué contemplaciones nutrió su alma? Porque era un contemplativo, ya que sólo los contemplativos se aprestan a una obra como la suya.
Adviértase que no se dió al mundo y a su obra redentora hasta frisar en los cincuenta, en bien sazonada madurez de vida. No floreció, pues, su locura hasta que su cordura y su bondad hubieron sazonado bien. No fué un muchacho que se lanza a tontas y a locas a una carrera mal conocida, sino un hombre sesudo y cuerdo que enloquece de pura madurez de espíritu.
La ociosidad y un amor desgraciado de que hablaré más adelante, le llevaron a darse a leer libros de caballerías _con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza y aun la administración de su hacienda_ y hasta _vendió muchas fanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías_, pues no sólo de pan vive el hombre. Y apacentó su corazón con las hazañas y proezas de aquellos esforzados caballeros que, desprendidos de la vida que pasa, aspiraron a la gloria que queda. El deseo de la gloria fué su resorte de acción.
_Y así del poco dormir y del mucho leer se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio._ En cuanto a lo de secársele el cerebro, el Dr. Huarte, de quien dije, nos dice en el capítulo I de su obra que el entendimiento pide «que el celebro sea seco y compuesto de partes sutiles y muy delicadas», y por lo que hace a la pérdida del juicio nos habla de Demócrito Abderita, «el cual vino a tanta pujanza de entendimiento, allá en la vejez, que se le perdió la imaginativa, por la cual razón comenzó a hacer y decir dichos y sentencias tan fuera de término, que toda la ciudad de Abdera le tuvo por loco», mas al ir a verle y curarle Hipócrates se encontró con que era «el hombre más sabio que había en el mundo», y los locos y desatinados los que le hicieron ir a curarle. Y fué la ventura de Demócrito--agrega el doctor Huarte--que todo cuanto razonó con Hipócrates «en aquel breve tiempo fueron discursos de entendimiento, y no de la imaginativa, donde tenía la lesión». Y así se ve también en la vida de Don Quijote que en oyéndole discursos de entendimiento, teníanle todos por hombre discretísimo y muy cuerdo, mas en llegando a los de imaginativa, donde tenía la lesión, admirábanse todos de su locura, locura verdaderamente admirable.
_Vino a perder el juicio._ Por nuestro bien lo perdió; para dejarnos eterno ejemplo de generosidad espiritual. Con juicio ¿hubiera sido tan heroico? Hizo en aras de su pueblo el más grande sacrificio: el de su juicio. Llenósele la fantasía de hermosos desatinos, y creyó ser verdad lo que es sólo hermosura. Y lo creyó con fe tan viva, con fe engendradora de obras, que acordó poner en hecho lo que su desatino le mostraba, y en puro creerlo hízolo verdad. _En efecto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dió loco en el mundo, y fué que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante y irse por el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio y poniéndose en ocasiones y peligros, donde acabándolos cobrase eterno nombre y fama._ En esto de cobrar eterno nombre y fama estribaba lo más de su negocio; en ello el aumento de su honra primero y el servicio de su república después. Y su honra ¿qué era? ¿Qué era eso de la honra de que andaba entonces tan llena nuestra España? ¿Qué es sino un ensancharse en espacio y prolongarse en tiempo la personalidad? ¿Qué es sino darnos a la tradición para vivir en ella y así no morir del todo? Podrá ello parecer egoísta, y más noble y puro buscar el servicio de la república primero, si no únicamente, por lo de buscad el reino de Dios y su justicia, buscarlo por amor al bien mismo, pero ni los cuerpos pueden menos que caer a tierra, pues tal es su ley, ni las almas menos que obrar por ley de gravitación espiritual, por ley de amor propio y deseo de honra. Dicen los físicos que la ley de la caída es ley de atracción mutua, atrayéndose una a otra la piedra que cae sobre la tierra y la tierra sobre que aquélla cae, en razón inversa a su respectiva masa, y así entre Dios y el hombre es también mutua la atracción. Y si Él nos tira a Sí con infinito tirón, también nosotros tiramos de Él. Su cielo padece fuerza. Y es Él para nosotros, ante todo y sobre todo, el eterno productor de inmortalidad.
El pobre e ingenioso hidalgo no buscó provecho pasajero ni regalo de cuerpo, sino eterno nombre y fama, poniendo así su nombre sobre sí mismo. Sometióse a su propia idea, al Don Quijote eterno, a la memoria que de él quedase. «Quien pierda su alma la ganará»--dijo Jesús--, es decir, ganará su alma perdida y no otra cosa. Perdió Alonso Quijano el juicio, para ganarlo en Don Quijote; un juicio glorificado.
_Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo, por lo menos del imperio de Trapisonda, y se dió priesa a poner en efecto lo que deseaba._ No fué un contemplativo tan sólo, sino que pasó del soñar a poner por obra lo soñado. _Y lo primero que hizo fué limpiar unas armas que habían sido de sus bisagüelos_, pues salía a luchar a un mundo para él desconocido, con armas heredadas que _luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón_. Mas antes limpió las armas
_que el orín de la paz gastado había_ (Camões: OS LUSIADAS, IV, 22.)
y se arregló una celada de encaje con cartones, y todo lo demás que sabéis de cómo lo probó, sin querer repetir la probatura, en lo que mostró lo cuerda que su locura era. Y _fué luego a ver a su rocín_ y engrandeciólo con los ojos de la fe y le puso nombre. Y luego se lo puso a sí mismo, nombre nuevo, como convenía a su renovación interior, y se llamó Don Quijote y con este nombre ha cobrado eternidad de fama. E hizo bien en mudar de nombre, pues con el nuevo llegó a ser de veras hidalgo, si nos atenemos a la doctrina del dicho Dr. Huarte, que en la ya citada obra nos dice así: «El español que inventó este nombre, hijodalgo, dió bien a entender... que tienen los hombres dos géneros de nacimiento. El uno es natural, en el cual todos son iguales, y el otro espiritual. Cuando el hombre hace algún hecho heroico o alguna extraña virtud y hazaña, entonces nace de nuevo y cobra otros mejores padres, y pierde el ser que antes tenía. Ayer se llamaba hijo de Pedro y nieto de Sancho; ahora se llama hijo de sus obras. De donde tuvo origen el refrán castellano que dice: cada uno es hijo de sus obras, y porque las buenas y virtuosas llama la Divina Escritura algo, y los vicios y pecados nada, compuso este nombre, hijodalgo, que quiere decir ahora descendiente del que hizo alguna extraña virtud...» Y así Don Quijote, descendiente de sí mismo, nació en espíritu al decidirse a salir en busca de aventuras, y se puso nuevo nombre a cuenta de las hazañas que pensaba llevar a cabo.
Y después de esto buscó dama de quien enamorarse. Y en la imagen de Aldonza Lorenzo, _moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque según se entiende ella jamás lo supo ni se dió cata de ello_, encarnó la Gloria y la llamó Dulcinea del Toboso.
NOTAS:
[1] Le llamo P., es decir, Padre, por acomodarme al uso, o sea abuso, común en casos tales, y aunque sé que Cristo Jesús dijo: «No os llaméis Padre en la tierra; pues uno solo es vuestro padre: que está en los cielos». (Mat., XXIII, 9.)
CAPÍTULO II
Que trata de la primera salida que de su tierra hizo Don Quijote.
_Y así, sin dar parte a persona alguna de su intención, y sin que nadie le viese, una mañana antes del día se armó de todas sus armas, subió sobre su Rocinante... y por la puerta falsa de un corral salió al campo con grandísimo contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado principio a su buen deseo._ Así, solo, sin ser visto, por puerta falsa de corral, como quien va a hacer algo vedado, se echó al mundo. ¡Singular ejemplo de humildad! El caso es que por cualquier puerta se sale al mundo, y cuando uno se apresta a una hazaña no debe pararse en por qué puerta ha de salir.
Mas pronto cayó en la cuenta de que no era armado caballero, y él, sumiso a la tradición siempre, _propuso de hacerse armar caballero del primero que topase_. Porque no iba al mundo a derogar ley alguna, sino a hacer que se cumplieran las de la caballerosidad y la justicia.
¿No os recuerda esta salida la de aquel otro caballero, de la Milicia de Cristo, Íñigo de Loyola, que después de haber procurado en sus mocedades «de aventajarse sobre todos sus iguales y de alcanzar fama de hombre valeroso, y honra y gloria militar», y aun en los comienzos de su conversión, cuando se disponía a ir a Italia, siendo «muy atormentado de la tentación de la vanagloria», y habiendo sido, antes de convertirse, «muy curioso y amigo de leer libros profanos de caballerías», cuando después de herido en Pamplona leyó la vida de Cristo, y las de los Santos, comenzó a «trocársele el corazón y a querer imitar y obrar lo que leía»? Y así, una mañana, sin hacer caso de los consejos de sus hermanos, «púsose en camino acompañado de dos criados» y emprendió su vida de aventuras en Cristo, poniendo en un principio «todo su cuidado y conato en hacer cosas grandes y muy dificultosas... y esto no por otra razón sino porque los Santos que él había tomado por su dechado y ejemplo, habían echado por este camino». Así nos lo cuenta el P. Pedro de Rivadeneira en los capítulos I, III y X del libro I de su VIDA DEL BIENAVENTURADO PADRE IGNACIO DE LOYOLA, obra que apareció en romance castellano el año 1583, y era una de las que figuraban en la librería de Don Quijote, que la leyó, y una de las que en el escrutinio que de la tal librería hicieron el cura y el barbero, fué indebidamente al fuego del corral, por no haber ellos reparado en ella, que a haberla descubierto habríala el cura respetado y puesto sobre su cabeza. Y de que no reparó en ella, es buena prueba el que Cervantes no la cita.
Resuelto Don Quijote a hacerse armar caballero del primero que topase, _se quietó y prosiguió su camino sin llevar otro que aquel que su caballo quería, creyendo que en aquello consistía la fuerza de las aventuras_. Y creyendo muy bien al creer así. Su heroico espíritu igual habría de ejercerse en una que otra aventura; en la que Dios tuviese a bien depararle. Como Cristo Jesús, de quien fué siempre Don Quijote un fiel discípulo, estaba a lo que la aventura de los caminos le trajese. El divino Maestro, yendo a despertar de su mortal sueño a la hija de Jairo, se detuvo con la mujer de la hemorragia. Lo más urgente es lo de ahora y lo de aquí; en el momento que pasa y en el reducido lugar que ocupamos están nuestra eternidad y nuestra infinitud.