Vida de Don Quijote y Sancho

Part 11

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Bien hubo de verlo el pobre barbero de quien la bacía fué cuando no era aún yelmo. Primero fué Sancho, cuando Don Quijote dijo _juro por la orden de caballería que profeso que este yelmo fué el mismo que yo le quité, sin haber añadido en él ni quitado cosa alguna_, quien agregó en tímido apoyo de su amo: _En eso no hay duda, porque desde que mi señor le ganó hasta ahora no ha hecho con él más de una batalla, cuando libró a los sin ventura encadenados; y si no fuera por este baciyelmo, no lo pasara entonces muy bien, porque hubo asaz de pedradas en aquel trance_.

¿Baciyelmo? ¿Baciyelmo, Sancho? ¡No hemos de ofenderte creyendo que esto de llamarle baciyelmo fué una de tus socarronerías, no!; es la marcha de tu fe. No podías pasar de lo que tus ojos te enseñaban, mostrándote como bacía la prenda de la disputa, a lo que la fe en tu amo te enseñaba, mostrándotela como yelmo, sin agarrarte a eso del baciyelmo. En esto sois muchos los Sanchos, y habéis inventado lo de que en el medio está la virtud. No, amigo Sancho, no; no hay baciyelmos que valgan. Es yelmo o es bacía según quien de él se sirva, o mejor dicho es bacía y es yelmo a la vez porque hace a los dos trances. Sin quitarle ni añadirle nada puede y debe ser yelmo y bacía, todo él yelmo y toda ella bacía; pero lo que no puede ni debe ser, por mucho que se le quite o se le añada, es baciyelmo.

Más resueltos encontró el barbero de la bacía al otro barbero maese Nicolás, y a Don Fernando, el de Dorotea, y al cura y a Cardenio y al oidor, que con grande asombro de otros de los presentes lo diputaron por yelmo. Como burla pesada quiso tomarlo uno de los cuatro cuadrilleros allí presentes, incomodóse, trató de borrachos a los que afirmaban lo contrario, lanzóle un mentís Don Quijote y fuese sobre él y armóse la de San Quintín, dándose de golpes los unos a los otros. Y fué Don Quijote quien con sus voces, y recordando la discordia del campo de Agramante, apaciguó el cotarro.

¿Qué? ¿Os extraña la general pendencia por si era la bacía bacía o si era yelmo? Otras más entreveradas y más furiosas se han armado en el mundo por otras bacías y no de Mambrino. Por si el pan es pan y el vino vino, y por cosas parecidas. En torno a Caballeros de la fe se arredilan carneros humanos, y por llevarles el humor o por cualquier otra cosa sostienen que la bacía es yelmo, como aquellos dicen, y se vienen a las manos por sostenerlo, y es lo fuerte del caso que los más de cuantos pelean sosteniendo que es yelmo, tienen para sí que es bacía. El heroísmo de Don Quijote se comunicó a sus burladores, quedaron quijotizados a su pesar, y Don Fernando medía con sus pies a un cuadrillero por haber éste osado sostener que la bacía no era yelmo, sino bacía. ¡Heroico Don Fernando!

Ved, pues, a los burladores de Don Quijote burlados por él, quijotizados a su despecho mismo, y metidos en pendencia y luchando a brazo partido por defender la fe del Caballero, aun sin compartirla. Seguro estoy, aunque Cervantes no nos lo cuenta, seguro estoy de que después de la tunda dada y recibida, empezaron los partidarios del Caballero, los quijotanos o yelmistas, a dudar de que la bacía lo fuera y a empezar a creer que fuese el yelmo de Mambrino, pues con sus costillas habían sostenido tal credo. Cumple afirmar aquí una vez más que son los mártires los que hacen la fe más bien que la fe a los mártires.

En pocas aventuras se nos aparece Don Quijote más grande que en esta en que impone su fe a los que se burlan de ella, y los lleva a defenderla a puñetazos y a coces y a sufrir por ella.

¿Y a qué se debió ello? No a otra cosa si no a su valor de afirmar delante de todos que aquella bacía, que como tal la veía él, lo mismo que los demás, con los ojos de la cara, era el yelmo de Mambrino, pues le hacía oficio de semejante yelmo.

No le faltó «esse descarado heroismo d'affirmar, que, batendo na terra com pé forte, ou pallidamente elevando os olhos ao Ceo cria a traves da universal illusão Sciencias e Religiões» como dice Eça de Queiroz al final de su A RELIQUIA.

Es el valor de más quilates, el que afronta no daño del cuerpo, ni mengua de la fortuna ni menoscabo de la honra, sino el que le tomen a uno por loco o por sandio.

Este valor es el que necesitamos en España, y cuya falta nos tiene perlesiada el alma. Por falta de él no somos fuertes ni ricos ni cultos; por falta de él no hay canales de riego ni pantanos, ni buenas cosechas; por falta de él no llueve más sobre nuestros secos campos, resquebrajados de sed, o cae a chaparrones el agua arrastrando el mantillo y arrasando a las veces las viviendas.

Que ¿también esto os parece paradoja? Id por esos campos y proponed a un labrador una mejora de cultivo o la introducción de una nueva planta o una novedad agrícola y os dirá: «Eso no pinta aquí». «¿Lo habéis probado?», preguntaréis, y se limitará a repetiros: «Eso no pinta aquí». Y no sabe si pinta o no pinta, porque no lo ha probado, ni lo ensayará nunca. Lo probaría estando de antemano seguro del buen éxito, pero ante la perspectiva de un fracaso y tras él la burla y chacota de sus convecinos, tal vez el que le tengan por loco o por iluso o por mentecato, ante esto se arredra y no ensaya. Y luego se sorprende del triunfo de los valientes, de los que arrostran motajos, de los que no se atienen al «en donde fueres haz lo que vieres» y el «¿adónde vas, Vicente?, ¡adonde va la gente!», de los que se sacuden del instinto rebañego.

Hubo en esta provincia de Salamanca un hombre singular, que surgido de la mayor indigencia amasó unos cuantos millones. Estos charros del rebaño no se explicaban tal fortuna sino suponiendo que había robado en sus mocedades, porque estos desgraciados, tupidos de sentido común y enteramente faltos de valor moral, no creen sino en el robo y en la lotería. Mas un día me contaron una proeza quijotesca de ese ganadero, el Mosco. Y fué que trajo de las costas del Cantábrico hueva de besugo para echarla en una charca de una de sus fincas. Y al oirlo me lo expliqué todo. El que tiene valor de arrostrar la rechifla que ha de atraerle forzosamente el traer hueva de besugo para echarla en una charca de Castilla, el que hace esto, merece la fortuna.

¿Que es ello absurdo?--decís. ¿Y quién sabe qué es lo absurdo? ¡Y aunque lo fuera! Sólo el que ensaya lo absurdo es capaz de conquistar lo imposible. No hay mas que un modo de dar una vez en el clavo, y es dar ciento en la herradura. Y sobre todo no hay más que un modo de triunfar de veras: arrostrar el ridículo. Y por no tener valor para arrostrarlo tiene esta gente su agricultura en la postración en que yace.

Sí, todo nuestro mal es la cobardía moral, la falta de arranque para afirmar cada uno su verdad, su fe, y defenderla. La mentira envuelve y agarrota las almas de esta casta de borregos modorros, estúpidos por opilación de sensatez.

Se proclama que hay principios indiscutibles y cuando se trata de ponerlos en tela de juicio, no falta quien ponga el grito en el cielo. No ha mucho pedí que se pidiera la derogación de ciertos artículos de nuestra ley de Instrucción Pública, y una mazorca de mandrias se pusieron a berrear que era inoportuno e impertinente, y otras palabrotas más fuertes y más groseras. ¡Inoportuno! Estoy harto de oir llamar inoportunas a las cosas mis oportunas, a todo lo que corta la digestión de los hartos y enfurece a los tontos. ¿Qué se teme? ¿Que se trabe pendencia y se encienda la guerra civil de nuevo? ¡Mejor que mejor! Es lo que necesitamos.

Sí, es lo que necesitamos: una nueva guerra civil. Es menester afirmar que deben ser y son yelmos las bacías y que se arme sobre ello pendencia como la que se armó en la venta. Una nueva guerra civil, con unas o con otras armas. ¿No oís a esos desgraciados de corazón engurruñido y seco que dicen y repiten que estas o las otras disputas a nada práctico conducen? ¿Qué entienden por práctica esas pobres gentes? ¿No oís a los que repiten que hay discusiones que deben evitarse?

No faltan menguados que nos estén cantando de continuo el estribillo de que deben dejarse a un lado las cuestiones religiosas; que lo primero es hacerse fuertes y ricos. Y los muy mandrias no ven que por no resolver nuestro íntimo negocio, no somos ni seremos fuertes ni ricos. Lo repito, nuestra patria no tendrá agricultura, ni industria, ni comercio, ni habrá aquí caminos que lleven a parte adonde merezca irse mientras no descubramos nuestro cristianismo, el quijotesco. No tendremos vida exterior poderosa y espléndida y gloriosa y fuerte mientras no encendamos en el corazón de nuestro pueblo el fuego de las eternas inquietudes. No se puede ser rico viviendo de mentira, y la mentira es el pan nuestro de cada día para nuestro espíritu.

¿No oís a ese burro grave que abre la boca y dice: «¡eso no puede decirse aquí!»? ¿No oís hablar de paz, de una paz más mortal que la muerte misma, a todos los miserables que viven presos de la mentira? ¿No os dice nada ese terrible artículo, padrón de ignominia para nuestro pueblo, que figura en los reglamentos de casi todas las sociedades de recreo de España y que dice: «se prohibe discusiones políticas y religiosas»?

¡Paz! ¡paz! ¡paz! Croan a coro todas las ranas y los renacuajos todos de nuestro charco.

¡Paz! ¡paz! ¡paz! Sí, sea, paz, pero sobre el triunfo de la sinceridad, sobre la derrota de la mentira. Paz, pero no una paz de compromiso, no un miserable convenio como el que negocian los políticos, sino paz de comprensión. Paz, sí, pero después que los cuadrilleros reconozcan a Don Quijote su derecho a afirmar que la bacía es yelmo; mas aún, después que los cuadrilleros confiesen y afirmen que en manos de Don Quijote es yelmo la bacía. Y esos desdichados que gritan «¡paz! ¡paz!» se atreven a tomar en labios el nombre del Cristo. Y olvidan que el Cristo dijo que él no venía a traer paz, sino guerra, y que por él estarían divididos los de cada casa, los padres contra los hijos, los hermanos contra los hermanos. Y por él, por el Cristo, para establecer su reinado, el reinado social de Jesús--que es todo lo contrario de lo que llaman los jesuítas el reinado social de Jesucristo--, el reinado de la sinceridad y de la verdad y del amor y de la paz verdaderas; para establecer el reinado de Jesús tiene que haber guerra.

¡Raza de víboras la de esos que piden paz! Piden paz para poder morder y roer y emponzoñar más a sus anchas. De ellos dijo el Maestro que «ensanchan sus filacterias y estienden los flecos de sus mantos» (Mar. XXIII, 5). ¿Sabéis qué es esto? Eran las filacterias unas cajitas que contenían pasajes de la Escritura y que llevaban los judíos en la cabeza y el brazo izquierdo en ciertas ocasiones. Eran como esos amuletos que se cuelga del cuello de los niños para preservarles de no sé qué mal y consisten en unas bolsitas, bordadas muy cucamente, con lentejuelas, por alguna monja que, bordándolas, mató el aburrimiento, y dentro de las cuales bolsas se mete unos papelitos en que van impresos pasajes del Evangelio, de ese Evangelio que jamás habrá de leer el niño que lleva al cuello el amuleto, y en latín dichos pasajes, para mayor claridad. Eso eran las filacterias, y llevaban además los fariseos en los flecos o randas de los mantos pasajes también de las Escrituras. Era como eso que hoy llevan muchos sobre la solapa de la levita o de la chaqueta: un corazón pintado en un disco de seco y duro barro. Y estos del amuleto, de la filacteria moderna, estos y sus congéneres son los que osan hablar de paz y de oportunidad y de pertinencia. No, ellos mismos nos han enseñado la fórmula: no caben nefandos contubernios entre los hijos de la luz y los de las tinieblas. Y ellos, los cobardes servidores de la mentira, son los hijos de las tinieblas, y nosotros, los fieles de Don Quijote, somos los hijos de la luz.

Y volviendo a la historia vemos que se sosegaron todos, pero uno de los cuadrilleros empezó a examinar a Don Quijote, contra quien llevaba mandamiento de prisión por haber libertado a los galeotes y asióle del cuello y pidió ayuda a la Santa Hermandad, pero revolvióse el Caballero contra él y por poco lo ahoga. Separáronlos, pero los cuadrilleros pedían su presa, _aquel robador y salteador de sendas y de carreras_.

_Reíase de oir decir estas razones Don Quijote_, reíase y hacía bien en reirse, él, de quien los otros se reían; reíase con risa heroica y caballeresca, no burlona, y con mucho sosiego los reprendió por llamar saltear caminos a _acorrer a los miserables, alzar los caídos, remediar los menesterosos_. Y allí, arrogante y noble, invocó su fuero de caballero andante, cuya _ley es su espada, sus fueros sus bríos, sus premáticas su voluntad_.

¡Bravo, mi señor Don Quijote, bravo! La ley no se hizo para ti ni para nosotros tus creyentes; nuestras premáticas son nuestra voluntad. Dijiste bien; tenías bríos para dar tú solo cuatrocientos palos a cuatrocientos cuadrilleros que se te pusieran delante, o por lo menos para intentarlo, que en el intento está el valor.

CAPÍTULO XLVI

De la notable aventura de los cuadrilleros y la gran ferocidad de nuestro buen caballero Don Quijote.

Y así los cuadrilleros hubieron de resignarse a pretexto de estar Don Quijote loco, y el barbero hubo de avenirse a que la bacía era yelmo merced a ocho reales que por ella le dió el cura a socapa, que si por aquí hubiesen empezado habríase evitado la pendencia, pues no hay barbero antiquijotano o baciísta que por ocho reales no declare que son yelmos las bacías todas habidas y por haber, y más si antes le han carmenado las costillas por sostener lo contrario. Y ¡qué bien conocía el cura la manera de hacer confesar la fe a los barberos, que andan muy cerca de los carboneros! No sé cómo no se ha hecho la fe del barbero tan proverbial como la del carbonero. Lo merece.

Y no bien había llevado Don Quijote a sus burladores a pelear por fe que no compartían y lo sosegó luego todo, cuando trataron de enjaularle y lo pusieron por obra, disfrazándose para ello. Sólo disfrazados pueden los burladores enjaular al Caballero. Encerráronle en una jaula, clavaron los maderos y le sacaron en hombros con unas ridículas palabras que declamó maese Nicolás para hacer creer a Don Quijote que iba encantado, como lo creyó. Y luego acomodaron la jaula en un carro de bueyes.

CAPÍTULO XLVII

Del extraño modo con que fué encantado Don Quijote de la Mancha, con otros famosos sucesos.

¡Encerrado en una jaula de madera tirada en carro de bueyes! Muchas y muy graves historias de caballeros andantes había leído Don Quijote, pero jamás vió ni oyó que les llevasen de tal manera a los caballeros andantes, sino siempre por los aires _con extraña ligereza, encerrados en alguna parda y escura nube o en algún carro de fuego_. Pero es que la caballería y los encantos de su tiempo seguían otro camino distinto del seguido por los antiguos, y así cumplía para que se consumase la burlesca pasión de nuestro Caballero.

El mundo obliga a los caballeros a ir encerrados en jaula y a paso de buey. Y aun finge que llora al verlos ir así, como lo fingieron la ventera, su hija y Maritornes. Y emprendió su camino la carreta, entre los cuadrilleros, llevando Sancho de la rienda a Rocinante. _Don Quijote iba sentado en la jaula, las manos atadas, tendidos los pies y arrimado a las verjas con tanto silencio y tanta paciencia como si no fuera hombre de carne_... Y claro que no lo era, sino hombre de espíritu. Admiremos una vez más a Don Quijote en esta aventura, en su silencio y en su paciencia.

Y no paró aquí su pasión, sino que yendo así hubo de topar con un canónigo, hombre de sobrado sentido común. Y a las primeras de cambio, enterándole Don Quijote de quién era, le mostró ingenuamente el fondo de su heroísmo, al decirle que era caballero andante, pero no de los olvidados de la fama, sino de aquellos que ha de poner ésta _su nombre en el templo de la inmortalidad, para que sirva de ejemplo y dechado de loa venideros siglos_.

¡Oh, mi heroico Caballero, que encerrado en jaula y a paso de bueyes llevado, aún crees, y crees bien, que tu nombre será puesto para los venideros siglos en el templo de la inmortalidad! Se admiró el canónigo al oir a Don Quijote y aún más de oir al cura confirmar lo dicho por él, cuando vele aquí que Sancho metió su malicioso juicio, dudando fuese encantado su amo, pues comía, bebía, hablaba y hacía sus necesidades, y encarándose con el cura le echó en rostro la su envidia.

Acertaste, fiel escudero, acertaste; la envidia y sólo la envidia enjauló a tu amo, la envidia disfrazada de caridad, la envidia de los hombres cuerdos que no pueden sufrir locura heroica, la envidia que ha erigido al sentido común en tirano nivelador. Esclavos de él eran el canónigo y el cura ¡es natural! y se pusieron a departir aparte, ensartando el primero un sin fin de ramplonadas y oquedades a cuenta de literatura.

¡Y cuán profundamente castellana fué aquella plática entre canónigo y cura! En el contacto y trato de estos espíritus alcornoqueños, lejos de gastárseles el corcho de que están recubiertos, se les acrecienta, como con el roce crece, en vez de menguar, el callo. ¡Qué alegría hubieron de sentir al encontrarse tan razonables el uno para el otro! Está visto que esta casta sólo llega a lo eterno humano, a lo divino más bien, o cuando rompe gracias a la locura la corteza que le aprisiona el alma, o cuando con la simplicidad lugareña le rezuma el alma de ella. No le falta inteligencia; sino le falta espíritu. Es brutalmente sensata, y el supuesto espiritualismo cristiano que dice profesar no es, en el fondo, sino el más crudo materialismo que puede concebirse. No le basta sentir a Dios, quiere que le demuestren matemáticamente su existencia, y aún más, necesita tragárselo.

CAPÍTULO XLVIII

Donde prosigue el canónigo la materia de los libros de caballerías, con otras cosas dignas de su ingenio.

Mientras cura y canónigo se satisfacían con vulgaridades, llegóse Sancho a su amo y le reveló lo de ir allí el cura y el barbero del lugar replicándole Don Quijote que bien podrían parecerle ellos mismos, pero no por eso debía creer que lo fuesen realmente, sino cosa de encantamiento para dar ocasión al pobre escudero a ponerse en un laberinto de imaginaciones. Y así es en verdad, que ni los curas ni los barberos son lo que parecen, sino figuras de encantamiento para meternos en un laberinto de imaginaciones. Y agregó el Caballero: _yo me veo enjaulado y sé de mí que fuerzas humanas, como no fueran sobrenaturales, no fueran bastantes a enjaularme, ¿qué quieres que diga o piense sino que la manera de mi encantamiento excede a cuantas yo he leído?_

¡Oh fe robusta y maravillosa! No hay, en efecto, fuerza humana que pueda esclavizar y enjaular de veras a otro hombre, pues cargado de grilletes y esposas y cadenas será siempre libre el libre, y si alguien se ve sin movimiento, es que se halla encantado. Habláis de libertad y buscáis la de fuera; pedís libertad de pensamiento en vez de ejercitaros en pensar. Desea con ansia volar, aunque llevado en el encierro de una jaula y a paso de buey, y tu deseo hará que te broten alas, y la jaula se te ensanchará convirtiéndosete en Universo y volarás por su firmamento. Todo contratiempo que te ocurra ten por seguro que proviene de encantamientos, pues no hay hombre capaz de enjaular a hombre.

Pero Sancho no cejaba en su propósito para probarle a su amo que no iba encantado, como creía, le preguntó si le había venido gana de hacer lo que no se excusa, a lo que respondió Don Quijote: _Ya, ya te entiendo, Sancho; y muchas veces, y aun ahora la tengo; sácame deste peligro, que no anda todo limpio_.

CAPÍTULO XLIX

Donde se trata del discreto coloquio que Sancho Panza tuvo con su señor Don Quijote.

Y entonces Sancho, triunfante, exclamó: _¡cogido le tengo!_, queriendo por ello probarle que no iba en verdad, como en verdad iba, encantado. A lo que respondió el Caballero: _Verdad dices, Sancho, pero ya te he dicho que hay muchas maneras de encantamientos_.

Claro está, tantas como personas. Y de que sea uno esclavo de su cuerpo, jaula estrecha y pobre y más a paso de buey llevada que aquélla en donde iba encantado nuestro hidalgo, de que sea uno esclavo de su cuerpo no se ha de sacar que no es toda la vida de este bajo mundo sino puro encantamiento. Así discurren los Sanchos materialistas, que deducen no hay sino lo aparencial y lo que se ve y se toca y se huele de que tengamos todos, héroes y no héroes, que hacer aguas menores y mayores. La necesidad de tener que hacer lo que no se excusa es el argumento Aquiles del sanchopancismo filosófico, disfrácese como se disfrazare. Pero bien, dijo Don Quijote: _yo sé y tengo para mí que voy encantado, y esto me basta para la seguridad de mi conciencia_. ¡Admirable respuesta que pone la seguridad de la conciencia por encima de los engaños de los sentidos! ¡Admirable respuesta que opone a las necesidades de limpiarse el cuerpo la necesidad de asegurarse la conciencia! Rara vez se ha dado una más robusta fórmula de la fe. Lo que basta para la seguridad de la conciencia eso es la verdad y sólo eso. La verdad no es relación lógica del mundo aparencial a la razón, aparencial también, sino que es penetración íntima del mundo sustancial en la conciencia, sustancial también.

Sacáronle a Don Quijote de la jaula para que hiciese lo que no se excusa, y limpio ya su cuerpo, pasó por otra más dura prueba y fué tener que oir las hueras sensateces del canónigo, empeñado en demostrarle que ni iba encantado ni había caballeros andantes en el mundo. Y a ello respondió muy bien Don Quijote que si no era cierto lo de Amadís y Fierabrás, no lo sería más lo de Héctor y los Doce Pares y Roldán y el Cid. Y así es, como ya he dicho, pues hoy ¿hay más realidad en el Cid que en Amadís o en Don Quijote mismo? Mas el canónigo, hombre de dura cerviz y tupido de bastísimo sentido común, se salió, como todos los ergotistas más o menos canónigos, con simplezas como la de no haber duda de que hubo Cid, ni menos Bernardo del Carpio, pero sí de que hicieran las hazañas que de ellos se cuenta. Era, al parecer, el tal canónigo uno de esos pobres hombres que manejan la crítica o cedazo y se ponen a puntualizar, papelotes en mano, si tal cosa fué o no como se cuenta, sin advertir que lo pasado no es ya y que sólo existe de verdad lo que obra, y que una de esas llamadas leyendas cuando mueve a obrar a los hombres, encendiéndoles los corazones, o les consuela de la vida, es mil veces más real que el relato de cualquier acta que se pudra en un archivo.

CAPÍTULO L

De las discretas altercaciones que Don Quijote y el canónigo tuvieron, con otros sucesos.