Vida de Cervantes

Part 9

Chapter 93,851 wordsPublic domain

124. En el reinado de Felipe III fué general de las galeras de la carrera de Indias don Pedro Vich, caballero valenciano, á quien alabó Cervantes en la novela de _Las dos doncellas_, y señalando á éste con ocasión de referir que Don Quijote entró en una galera, dice[198]: "Dióle la mano el General, que con este nombre le llamaremos, que era un principal caballero valenciano, y abrazó á Don Quijote."

125. El edicto último de la expulsión de los moriscos de España se publicó en el año 1611, y Cervantes introduce á un morisco llamado Ricote[199], alabando á don Bernardino de Velasco, conde de Salazar, á quien dió Felipe III cargo de la expulsión de los moriscos.

126. Pero ¿qué me detengo yo en amontonar anacronismos, cuando toda la historia de Don Quijote está llena de ellos? Baste decir que Sancho Panza puso la fecha de su carta escrita á Teresa Panza, su mujer, á 20 de Julio de 1614[200], que quizá sería el mismo día que Cervantes la escribió.

127. Mas con todo esto, quiero disculpar cuanto pueda á Miguel de Cervantes Saavedra, diciendo que como al principio de su historia dijo que Don Quijote no había mucho tiempo que vivía en un lugar de la Mancha, siguió después el hilo de esta primera ficción, y olvidado de ella en el fin de su historia, se propuso imitar á Garci-Ordóñez de Montalvo, en el lugar citado, y anticipó el tiempo de Don Quijote. Y así sólo incurrió en este descuido. O para decirlo mejor, Don Quijote es hombre de todos tiempos, y verdadera idea de los que ha habido, hay y habrá; y así se acomoda bien á todos tiempos y lugares. Y cuando los más severos críticos no admitan esta disculpa, á lo menos no me negarán que estos descuidos, y los demás que fuera fácil añadir, de falsas alusiones y equivocaciones, que suelen ser muy frecuentes en una mente algo abstraída por la demasiada atención al principal asunto; por otra parte, se recompensan con mil perfecciones, pudiéndose decir con verdad que toda la obra es una sátira la más feliz que hasta hoy se ha escrito contra todo género de gentes.

128. Porque, si atendemos al asunto, ¿quién había de pensar que por medio de unos libros de caballerías se habían de desterrar todos los demás? El caso fué que, escribiendo con invención y estilo de todas maneras agradables, se hizo único en este género de escritos, como quien tenía bien conocido en qué habían pecado los demás escritores; y cómo podrían evitarse aquellos desaciertos cumpliendo al mismo tiempo con el gusto de los lectores; y nunca manifestó mejor su grande idea que cuando en boca del canónigo de Toledo habló de esta manera[201]: "Verdaderamente, señor cura, yo hallo por mi cuenta que son perjudiciales en la república éstos que llaman libros de caballerías. Y aunque he leído, llevado de un ocioso y falso gusto, casi el principio de todos los más que hay impresos, jamás me he podido acomodar á leer ninguno del principio al cabo. Porque me parece que, cuál más cuál menos, todos ellos son una misma cosa, y no tiene más éste que aquél, ni estotro que el otro. Y según á mí me parece, este género de escritura[202] y composición cae debajo de aquél de las fábulas que llaman milesias, que son cuentos disparatados, que atienden solamente á deleitar y no á enseñar. Al contrario de lo que hacen las fábulas apólogas, que deleitan y enseñan juntamente. Y puesto que el principal intento de semejantes libros sea el deleitar, no sé yo cómo puedan conseguirle yendo llenos de tantos y tan desaforados disparates. Que el deleite que en el alma se concibe ha de ser de la hermosura y concordancia que ve ó contempla en las cosas que la vista ó la imaginación le ponen delante; y toda cosa que tiene en sí fealdad y descompostura no nos puede causar contento alguno. Pues ¿qué hermosura puede haber, ó qué proporción de partes con el todo y del todo con las partes, en un libro ó fábula, donde un mozo de dieciséis años dé una cuchillada á un gigante como una torre, y le divide en dos mitades, como si fuera de alfeñique? Y ¿qué cuando nos quieren pintar una batalla, después de haber dicho que hay de la parte de los enemigos un millón de combatientes, como sea contra ellos el señor del libro, forzosamente, mal que nos pese, habernos de entender que el tal caballero alcanzó la victoria por sólo el valor de su fuerte brazo? Pues ¿qué diremos de la facilidad con que una reina ó emperatriz heredera se conduce en los brazos de un andante y no conocido caballero? ¿Qué ingenio, si no es del todo bárbaro é inculto, podrá contentarse leyendo que una gran torre llena de caballeros va por la mar adelante, como nave con próspero viento; y hoy anochece en Lombardía, y mañana amanezca en tierras del preste Juan de las Indias, ó en otras, que ni las descubrió Tolomeo, ni las vió Marco Polo? Y si á esto se me respondiese que los que tales libros componen los escriben como cosas de mentira, y que así no están obligados á mirar en delicadezas ni verdades, responderíales yo que tanto la mentira es mejor (habla de la mentira parabólica, que por el fin del que la dice no lo es) cuanto tiene más de lo dudoso y posible. Hanse de casar las fábulas mentirosas con el entendimiento de los que las leyeren, escribiéndose de suerte que, facilitando los imposibles, allanando las grandezas y suspendiendo los ánimos, admiren, suspendan, alborocen y entretengan, de modo que anden á un mismo paso la admiración y la alegría juntas; y todas estas cosas no podrá hacer el que huyere de la verosimilitud y de la imitación, en quien consiste la perfección de lo que se escribe. No he visto ningún libro de caballerías que haga un cuerpo de fábula entero con todos sus miembros, de manera que el medio corresponda al principio, y el fin al principio y al medio; sino que los componen con tantos miembros, que más parece que llevan intención á formar una quimera ó un monstruo, que á hacer una figura proporcionada. Fuera de esto, son en el estilo, duros; en las hazañas, increíbles; en los amores, lascivos; en las cortesías, mal mirados; largos en las batallas, necios en las razones, disparatados en los viajes; y finalmente, ajenos de todo discreto artificio, y por esto dignos de ser desterrados de la república cristiana como á gente inútil." ¿Se podía hacer sátira más fuerte y discreta contra los escritores caballerescos?

129. Pues las críticas particulares que hizo de las obras de ellos fueron exactísimas y graciosísimas, como se puede ver en el capítulo VI de su _primer tomo_ y en otros muchos[203]. Con cuánto disimulo reprendió el estilo de los que le habían precedido en este género de composición, diciendo en persona de Don Quijote que el sabio que escribiese sus hechos, llegando á contar su primera salida tan de mañana, pondría de esta manera[204]: "Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos, con sus arpadas lenguas, habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora, que dejando la blanda cama del celoso marido por las puertas y balcones del manchego horizonte á los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero Don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante y comenzó á caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel."

130. También nos pintó Cervantes tan al vivo los vicios, así de los ánimos como de las obras de los demás escritores, que no hay más que desear. En el prólogo de su primera parte, que leído muchas veces siempre causa novedad, con gran disimulo reprende aquéllos que, faltos de doctrina, afectan erudición en las márgenes de sus libros, reventando por parecer eruditos, como si la variedad de las citas arguyese otra cosa que una tumultuaria lección ó manejo de alguna poliantea. Otros, muy fuera de propósito, encajan las citas dentro de la obra, pareciéndoles que si alegan á Platón ó Aristóteles serán tan simples los lectores que se persuadan que los han leído. Otros, habiendo apenas saludado la lengua latina, se precian mucho de afectar su culta latiniparla. Á éstos reprendió Don Quijote, pues en una ocasión[205], en que hablando con Sancho Panza, le dijo: "Que no tuviese pena del desamparo de aquellos animales, que el que los llevaría á ellos por tan longincuos caminos y regiones tendría cuenta de sustentarlos." "No entiendo eso de longincuos--dijo Sancho--ni he oído tal vocablo en todos los días de mi vida." "Longincuos--respondió Don Quijote--quiere decir apartados. Y no es maravilla que no lo entiendas, que no estás tú obligado á saber latín, como algunos que presumen que lo saben y lo ignoran." Por eso Cervantes, que se preciaba de saber la lengua castellana, pero no la latina (que esto pide una aplicación y ejercicio de muchos años), introdujo á Urganda la Desconocida, hablando con su libro de esta suerte:

Pues al cielo no le plu- Que salieses tan ladi- Como el negro Juan Lati- Hablar latines rehu-

131. Este Juan Latino fué un etíope, primeramente esclavo y condiscípulo en la gramática de Gonzalo Fernández de Córdoba, duque de Sessa, nieto del Gran Capitán; y después liberto suyo y maestro de lengua latina en la escuela de la iglesia de Granada.

132. También reprendió Cervantes las frioleras de los intérpretes, cuando escribió así[206]: "Entra Cide Hamete, cronista de esta grande historia, con estas palabras en este capítulo: Juró como católico cristiano, siendo él moro, como sin duda lo era, no quiso decir otra cosa, sino que así como el católico cristiano, cuando jura, jura ó debe jurar verdad, y decirla en lo que dijere, así él la decía, como si jurara como cristiano católico, en lo que quería escribir de Don Quijote."

133. En otra parte[207], tratando de Don Quijote, dice: "Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada ó Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que de este caso escriben: aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llamaba Quejana." En lo cual, á mi juicio, quiso Cervantes reprender la ociosidad de muchos vanamente solícitos en amontonar varias lecciones, á fin de manifestarse ingeniosos con frívolas conjeturas.

134. Estos, pues, y semejantes escritores son aquéllos de quienes hace burla Cervantes, diciendo en su prólogo que solicitan aprobaciones hechas por sus amigos ó por ellos mismos, para satisfacer mejor á la propia ambición de granjear aplausos. Bien que algunos escritores cuerdos, que saben lo que puede con los necios la autoridad extrínseca, tal vez se dejen llevar, ó del apetito de gloria ó condescendiendo en los ruegos y cortesanía de sus amigos, son los propios fabricadores de sus alabanzas, como sospecho yo que lo practicó el Padre Juan de Mariana en casi todas su obras, y el mismo Cervantes en su tomo segundo de _Don Quijote de la Mancha_.

135. Los lectores no se libraron de la censura de nuestro autor. Entre otras muchas, me parece muy graciosa aquélla que hizo de los que á las márgenes de los libros ponen notas muy ridículas, cual era la que dice que tenía la historia arábiga de _Don Quijote_, que, traducida en castellano, dice así[208]: "Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces en esta historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos, que otra mujer de toda la Mancha."

136. No solamente los que escriben y leen tuvieron sus justas reprensiones, sino también los que hablan con poca enmienda. Y á esto me parece que alude lo que dijo el vizcaíno[209]: "Anda, caballero, que mal andes por el Dios que crióme, que, si no dejas coche, así te matas, como estás ahí, vizcaíno." Entendiólo muy bien Don Quijote, y con mucho sosiego le respondió: "Si fueras caballero, como no lo eres, ya yo hubiera castigado tu sandez y atrevimiento, cautiva criatura." Á lo cual replicó el vizcaíno: "¿Yo no caballero? Juro á Dios tan mientes como cristiano. Si lanza arrojas y espada sacas, el agua cuan presto verás, que al gato llevas: vizcaíno por tierra, hidalgo por mar, hidalgo por el diablo, y mientes, que mira si otra dices cosa." Aquí se ve claramente cuánto desfigura el lenguaje y trastorna el sentido la colocación perturbada: vicio de los libros antiguos escritos en romance, como más inmediatos al origen latino; y vicio también del mismo Cervantes en su _Galatea_, el cual se evita siguiendo la costumbre de hablar; pero como ésta no está fundada en una perfecta analogía, sino que tiene por reglas muchas irregularidades, de aquí nace que no se puede hablar ni escribir con enmienda sin haber estudiado bien la gramática de la propia lengua, como lo practicaron los griegos y romanos, naciones las que mejor han hablado en todo el mundo. Y porque en España no se usa esto, han sido poquísimos los que han escrito con enmienda.

137. Omito que Cervantes también nos quiso enseñar, en boca de Don Quijote, que puede muy bien una provincia ser privilegiada y exenta de tributos, sin distinción de personas; pero que la verdadera nobleza, en opinión de todas las gentes, siempre será aquélla en que los hombres se hagan ilustres por sus hazañas y empleos, y sean honrados de sus repúblicas ó príncipes. Sobre lo cual hizo Don Quijote, en otra parte, un excelente razonamiento, explicando la diferencia de caballeros y de linajes[210]. Y Cide Hamete se ríe de la hidalguía de Maritornes, moza de una venta, diciendo[211]: "Cuéntase de esta buena moza, que jamás dió semejantes palabras (como la que había dado á un arriero de Arévalo) que no las cumpliese, aunque las diese en un monte y sin testigo alguno. Porque presumía muy de hidalga, y no tenía por afrenta estar en aquel ejercicio de servir en la venta. Porque decía ella, que desgracias y malos sucesos la habían traído á aquel estado."

138. También tuvieron su oculta, pero fuerte reprensión, los señores del tiempo de Cervantes, por no apreciar como debían las obras de ingenio. Esta sátira fué agudísima y pide muy particular atención. Pintó Cervantes admirablemente á un falso humanista, al cual solemos llamar _pedante_; y después de habernos dejado dos graciosísimos retratos suyos[212], en que manifestó la ridícula idea de sus obras, hizo que Don Quijote, prosiguiendo su discretísima conversación, le dijese esto: "¿Querría yo saber, ya que Dios le haga merced de que se le dé licencia para imprimir esos sus libros (que lo dudo), á quién piensa dirigirlos?" "Señores y Grandes hay en España á quien puedan dirigirse", dijo el primo. "No muchos--respondió Don Quijote--. Y no porque no lo merezcan, sino que no quieren admitirlos, por no obligarse á la satisfacción que parece se debe al trabajo y cortesía de sus autores. Un príncipe conozco yo (discreta lisonja á don Pedro Fernández de Castro, conde de Lemos), que puede suplir la falta de los demás, con tantas ventajas, que si me atreviera á decirlas, quizá despertara la envidia en más de cuatro generosos pechos." Antigua, pues, y como heredada, es en España esta falta de conocimiento y aprecio de los grandes escritores. Por eso ha habido quien fuera de ella ha buscado Mecenas. Y preguntado otro por qué se mostraba arrepentido de haber honrado la memoria de tantos, respondió[213]: "Porque piensan ellos, que el celebrarlos es deuda; y así no hacen mérito del obsequio. Creen que procede de justicia, cuando no es sino muy de gracia. Por lo tanto, anduvo discretamente donoso aquel autor que, en la segunda impresión de sus obras, puso entre las erratas la dedicatoria primera."

139. No anduvo Cervantes menos discreto en las cosas que pertenecen al trato civil y político. En la persona de Sancho Panza nos pintó los habladores muy al vivo, haciéndole contar un cuento sumamente apropiado, para representar la idea de un importuno hablista semejante á los que tratamos cada día[214]. Y porque en el trato civil no hay mayor impertinencia que la de un ceremonioso, remató el cuento contra la mal fundada presunción de los que ponen el ser en la rigorosa de las leyes de la etiqueta, muy fuera del caso.

140. No le pareció bien á Cervantes que algunos frailes mandasen á algunos señores, y contra esto hizo un fuerte sermón[215].

141. Reprendió el fervor de los farsantes[216], que entonces iban tomando cuerpo, y llegó á ser escándalo.

142. No se libró de su censura la distribución de los premios de justicia. Y, así, en boca de Don Quijote (que tales cosas solamente los locos ó simples suelen atreverse á decirlas), habló de esta manera[217]: "Ya por muchas experiencias sabemos que no es menester ni mucha habilidad ni muchas letras para ser uno gobernador, pues hay por ahí ciento que apenas saben leer y gobiernan como unos gerifaltes. El toque está en que tengan buena intención y deseen acertar en todo, que nunca les faltará quien les aconseje y encamine en lo que han de hacer, como los gobernadores caballeros y no letrados, que sentencian con asesor. Aconsejaríale yo que ni tome cohecho ni pierda derecho, y otras cosillas que me quedan en el estómago, que saldrán á su tiempo, para utilidad de Sancho y provecho de la ínsula que gobernare." Aludió en esto Don Quijote á las dos instrucciones que pensaba dar, y dió después, á Sancho Panza: una, política, para el buen gobierno de su ínsula[218], y otra, económica[219], entrambas dignísimas de ser leídas y practicadas de todo buen gobernador y padre de familias. Al propósito de los mismos gobernadores, dijo Sancho Panza[220], cuando trataba de ir á su gobierno y de llevar su _Rucio_: "Yo he visto ir más de dos asnos á los gobiernos, y que llevase yo el mío no sería cosa nueva." El mismo Sancho anduvo sumamente discreto cuando hablando del uso de la caza respecto de los que tienen por oficio gobernar fué de contrario dictamen que su amo Don Quijote, alegando su refrancico y confirmándolo con la razón natural, que fué la que movió á decir al sabio rey don Alfonso[221] "que non deve (el rey) meter tanta costa que mengue en lo que ha de complir, nin use tanto dello (esto es, de la caza) que le embargue los otros fechos".

143. Sería menester hacer un libro muy crecido si en todo se hubiese de manifestar el alma verdadera de esta fingida historia, y más si hubiésemos de hablar de algunas personas que se creen caracterizadas en las de esta misteriosa historia. Pero pues Cervantes anduvo tan cauto que encubrió su idea con el velo de la ficción, dejemos estas interpretaciones á la curiosa observación de los lectores y sigamos el consejo de Urganda la Desconocida:

No te metas en dibu- Ni en saber vidas aje- Que en lo que no va ni vie- Pasar de largo es cordu-.

144. Solamente en lo que toca á Don Quijote no quiero pasar en silencio que se engañan mucho los que piensan que Don Quijote de la Mancha es una representación de Carlos V, sin más fundamento que antojárseles así. Cervantes apreciaba como debía la memoria de un príncipe y señor suyo de tanto valor y de tan heroicas virtudes, y muchas veces le nombró con la mayor veneración. También se engañan los que piensan que pintó en Don Quijote á don Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, entonces duque de Lerma, después cardenal presbítero, con el título de San Sixto, por elección de Paulo V, en 26 de Marzo de 1618. Pero este pensamiento de ningún modo es creíble, porque mandando á España el duque de Lerma no se atrevería Cervantes á hacerle una burla tan infame, que le podía salir muy cara, ni dedicaría la continuación de dicha obra al conde de Lemos, íntimo amigo del duque.

145. Querer hablar de las traducciones que se han hecho de la historia de Don Quijote, sería alargarnos demasiado. Solamente diré, para satisfacer de algún modo la curiosidad de los lectores, que Lorenzo Franciosini, florentino, hombre muy amante y benemérito de la lengua española, dentro de muy pocos años la tradujo en italiano y la publicó en Venecia, año 1622, omitiendo los versos; pero habiéndoselos traducido después Alejandro Adimato, también florentino, publicó por segunda vez la misma traducción en Venecia, año 1625, en 8.º, siendo el impresor Andrés Baba. Debo esta noticia á don Nicolás Antonio, y la he leído en sus _Apuntamientos manuscritos_, donde dice que así se lo había escrito desde Florencia su amigo Antonio Magliabequi. La misma historia se tradujo en francés, y se publicó en París, año 1678, en dos volúmenes en 12.º Después en inglés y en otras lenguas. Pero hay tanta diferencia del original á las traducciones, como de lo vivo á lo pintado. Decía Don Quijote, y no decía mal[222]: "Que el traducir de una lengua en otra, como no sea de las reinas de las lenguas griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por el revés, que aunque se ven las figuras, son llenas de hilos que las oscurecen, y no se ven con lisura y tez de la haz, y el traducir de lenguas fáciles, ni arguye ingenio ni elocución, como no le arguye el que traslada, ni el que copia un papel de otro papel." Pero esto debe entenderse de aquellos libros cuya gran parte de perfección no consiste en el estilo, porque donde tanto reina la gracia de decir, como en éste de Don Quijote, la traducción no es posible que corresponda al original. No será fuera de propósito un cuento. Bien notorio es cuán ingenioso fué Mons. Row, célebre poeta inglés. Procuraba éste obsequiar al conde de Oxford, gran tesorero de Inglaterra, el cual un día le preguntó si entendía bien la lengua española. Respondióle que no, y persuadiéndose á que pensaría enviarle á España con alguna honrosa comisión, añadió que dentro de poco tiempo esperaba entenderla y hablarla. Aprobólo el conde; retiróse Mons. Row á una quinta, y como era tan hábil, dentro de pocos meses aprendió la lengua española, y fué á dar cuenta de su buena diligencia. El conde exclamó: "¡Dichoso vuestra merced, que puede tener el gusto de leer y entender el original de la historia de Don Quijote!" Quedó el poeta tan frío, como honrada la memoria de Miguel de Cervantes Saavedra.

146. El cual, mientras estaba trabajando la continuación de la historia de Don Quijote, se divertía en escribir algunas novelas, que salieron á luz con este título: _Novelas ejemplares de Miguel de Cervantes Saavedra. En Madrid, por Juan de la Cuesta, año 1613, en 4.º_

147. Las novelas son doce, y sus títulos éstos: _La gitanilla_, _El amante liberal_, _Rinconete y Cortadillo_, _La española inglesa_, _El licenciado Vidriera_, _La fuerza de la sangre_, _El celoso extremeño_, _La ilustre fregona_, _Las dos doncellas_, _La señora Cornelia_, _El casamiento engañoso_, _Los perros Cipión y Berganza_.

148. Estaba Cervantes tan justamente satisfecho de estas _Novelas_ (algunas de las cuales, como _Rinconete y Cortadillo_ y otras, años había[223] que las tenía compuestas), que dedicándolas al conde de Lemos, llegó á decirle: "Advierta vuestra excelencia que le envío, como quien no dice nada, doce cuentos, que á no haberse labrado en la oficina de mi entendimiento, presumieran ponerse al lado de los más pintados." Pero es muy del caso referir aquí cuál fué la idea de Cervantes, para que se haga mejor juicio de la censura que le hizo el escritor aragonés.