Vida de Cervantes

Part 6

Chapter 64,067 wordsPublic domain

Llovió otra nube al gran Lope de Vega, Poeta insigne, á cuyo verso ó prosa Ninguno le aventaja, ni aun le llega.

Y aun después de la censura del aragonés, en la continuación de la misma historia de Don Quijote, hablando de Angélica, dijo[105] que "un famoso poeta andaluz (Luis Barahona de Soto) lloró y cantó sus _lágrimas_, y otro famoso y único poeta castellano (Lope de Vega) cantó su _hermosura_." Y en otra parte[106] aludió con mucha estimación á la _Arcadia_, de Lope de Vega. La censura, pues, que de él hizo Cervantes no nació de envidia, ya que le alabó tanto como el que más y sin medida alguna, sino de su gran conocimiento, pues fué muy justa. Y la que hizo de Cervantes el continuador tordesillesco fué hija de su maledicencia, tan abominable como se ha visto.

75. De otra manera que Fernández de Avellaneda, habló Lope de Vega de Miguel de Cervantes Saavedra, cuando después de haber sido censurado, y aun después de la muerte de su censor, cantó y celebró así su gloriosa manquedad[107]:

En la batalla donde el Rayo austrino, Hijo inmortal del águila famosa, Al rey del Asia en la campaña undosa. La fortuna envidiosa Hirió la mano de Miguel Cervantes: Pero su ingenio en versos de diamantes Los del plomo volvió con tanta gloria, Que por dulces, sonoros y elegantes, Dieron eternidad á su memoria: Por que se diga que una mano herida Pudo dar á su dueño eterna vida.

76. También castigó Cervantes la codicia de su detractor, haciendo desprecio de sus amenazas, encomendando al lector este recado[108]: "Dile también, que de la amenaza que me hace, que me ha de quitar la ganancia con su libro, no se me da un ardite; que acomodándome al entremés famoso de la Perendenga, le respondo, que me viva el Veinticuatro mi señor, y Cristo con todos. Viva el gran conde de Lemos, cuya cristiandad y liberalidad bien conocida contra todos los golpes de mi corta fortuna, me tiene en pie: y vívame la suma caridad del ilustrísimo de Toledo, don Bernardo de Sandoval y Rojas. (Sospecho que porque Cervantes halló algún consuelo en la piedad de este prelado, dijo su detractor[109] que se había acogido á la Iglesia y sagrado.) Y siquiera no haya imprentas en el mundo; y siquiera se impriman contra mí más libros que tienen letras las coplas de Mingo Revulgo. Estos dos príncipes, sin que los solicite adulación mía, ni otro género de aplauso, por su sola bondad han tomado á su cargo el hacerme merced y favorecerme, en lo que me tengo por más dichoso y más rico que si la fortuna por camino ordinario me hubiera puesto en su cumbre. La honra puédela tener el pobre, pero no el vicioso; la pobreza puede anublar á la nobleza, pero no escurecerla del todo; pero como la virtud dé alguna luz de sí, aunque sea por los inconvenientes y requisitos de la estrecheza, viene á ser estimada de los altos y nobles espíritus, y por el consiguiente favorecida. Y no le digas más."

77. Puede ser que alguno eche de menos la respuesta de Cervantes á lo que dijo el maldiciente satírico, que se hallaba tan falto de amigos, que si quisiese adornar sus libros con sonetos, no hallaría título quizás en España que no se ofendiera de que tomara su nombre en la boca. Á lo cual Cervantes no respondió palabra alguna, porque ya no tenía qué añadir á lo que había dicho en boca de aquel amigo suyo, introducido en su prólogo, como consejero del mismo Cervantes, satirizando las costumbres de los escritores de su tiempo, con tanta discreción como ésta[110]: "Lo primero en que reparáis de los sonetos, epigramas ó elogios, que os faltan para el principio, y que sean de personajes graves y de título, se puede remediar en que vos mismo toméis algún trabajo en hacerlos, y después los podéis bautizar y poner el nombre que quisiereis, ahijándolos al Preste Juan de las Indias ó al emperador de Trapisonda, de quienes yo sé que hay noticia que fueron famosos poetas; y cuando no lo hayan sido, y hubiere algunos pedantes y bachilleres que por detrás os muerdan y murmuren de esta verdad, no se os dé dos maravedís, porque ya que os averigüen la mentira, no os han de cortar la mano con que lo escribisteis." Había entonces en España la ridícula costumbre de prevenir el ánimo de los lectores con muchas alabanzas, la mayor parte de ellas fabricadas por sus mismos autores; como sucede hoy en los que dan muchas juntas literarias, que profesan la critica con poca seriedad, fiándose demasiadamente de juicios ajenos, tal vez ignorantes y tal apasionados. Reprendió Lope de Vega aquel abuso cuando dijo[111] que Apolo mandaba en un edicto varias cosas:

Y que no propusiesen alabanzas En censuras fingidas, Con falsas esperanzas De que serán creídas, No sin risa escuchadas, En su soberbia y vanidad fundadas.

78. Satirizando Cervantes á estos tales, y satisfaciendo al mismo tiempo al deseo que tenía de ser alabado, puso al principio de su historia de Don Quijote algunas composiciones poéticas en nombre, no de grandes señores (porque en la república literaria no hay más grandes señores que los que saben), sino de Urganda la Desconocida al libro de Don Quijote de la Mancha; de Amadís de Gaula; de Don Belianís de Grecia; de Orlando el Furioso; del Caballero del Febo y de Solisdán á Don Quijote de la Mancha; de la señora Oriana á Dulcinea del Toboso; de Gandalín, escudero de Amadís de Gaula, á Sancho Panza, escudero de Don Quijote; del donoso poeta entreverado, á Sancho Panza y _Rocinante_, y últimamente un diálogo entre _Babieca_ y _Rocinante_, queriendo decir con esto que su libro de Don Quijote de la Mancha era mejor que todos los libros de caballerías, pues Don Quijote de la Mancha hizo ventaja al célebre Amadís de Gaula, libro que, según la fama común y lo que dijo Cervantes[112], "fué el primero de caballerías que se imprimió en España, y todos los demás han tomado principio y origen de este..... dogmatizador de una secta tan mala..... bien que es el mejor de todos los libros que de este género se han compuesto".

79. También se aventajó Don Quijote al afamado Don Belianís de Grecia. "Pues ese--replicó el cura (Pero Pérez, estando haciendo el escrutinio con el barbero maese Nicolás)--, con la segunda, tercera y cuarta parte, tienen necesidad de un poco de ruibarbo, para purgar la demasiada cólera suya: y es menester quitarles todo aquello del castillo de la fama y otras impertinencias de más importancia."

80. Ni son comparables con las graciosas locuras de Don Quijote de la Mancha los desafueros de Orlando el Furioso, bien que de su autor dijo el cura[113], que si hablara en su idioma, le pondría sobre su cabeza.

81. No dijo otro tanto del Caballero del Febo, en cuyo nombre también hizo Cervantes un soneto. Imprimióse este libro con este título: "_Espejo de príncipes y caballeros, en el cual en tres libros se cuentan los inmortales hechos del caballero Febo y de su hermano Rosicler, hijos del grande emperador Trebacio, con las altas caballerías y muy extraños amores de la muy hermosa y extremada_ _princesa Claridiana, y de otros altos príncipes y caballeros, por Diego Ortúñez de Calahorra, de la ciudad de Nájera_." Salió el _Espejo de príncipes_ en dos tomos en folio, que contienen la primera y segunda parte, en Zaragoza, año 1581, su autor Pedro la Sierra. Después Marco Martínez de Alcalá continuó dichas fábulas con este título: _Tercera parte del Espejo de príncipes y caballeros, hechos de las hijas y nietos del emperador Trebacio. En Alcalá, año 1589_. Y Feliciano de Silva escribió después: _La cuarta parte del Caballero del Febo_. Sabidos estos títulos, se entenderá mejor el soneto del Caballero del Febo á Don Quijote de la Mancha, y se podrá aplicar la crítica que hizo el cura, cuando tomando el barbero un libro, dijo[114]: "Éste es espejo de caballerías." "Ya conozco á su merced--dijo el cura--. Ahí anda el señor Reinaldos de Montalván, con sus amigos y compañeros, más ladrones que Caco; y los doce Pares, con el verdadero historiador Turpín. Y en verdad que estoy por condenarlos no más que á destierro perpetuo, siquiera porque tienen parte de la invención del famoso Mateo Boyardo, de donde también tejió su tela el cristiano poeta Ludovico Ariosto." Del estilo de Feliciano de Silva hizo gran burla Cervantes en otra parte[115].

82. De la misma suerte que los caballeros andantes cedieron á Don Quijote de la Mancha, fueron también inferiores sus damas á Dulcinea del Toboso. Y esto significan los versos quebrados de Urganda la Desconocida, y el soneto de la señora Oriana á Dulcinea del Toboso. Damas que hacen mucho papel en la historia de Amadís de Gaula. Fuera de que esto también alude á que en tiempo de Cervantes dieron los escritores en la ridícula manía de hacer sonetos en nombre de mujeres, para que, puestos éstos al principio de sus obras, fuesen aquéllas tenidas por poetisas y ellos se tuviesen por favorecidos de ellas.

83. El soneto de Gandalín á Sancho Panza, quiere decir que ningún escudero hubo como Sancho Panza. Y las décimas del poeta entreverado y el diálogo entre _Babieca_ y _Rocinante_, que no hubo caballo tan célebre como _Rocinante_, pues[116] "aunque tenía más cuartos que un real, y más tachas que el caballo de Gonela, que _tantum pellis et ossa fuit_, le pareció que ni el _Bucéfalo_ de Alejandro, ni _Babieca_ el del Cid, con él se igualaban".

84. En lo que toca, pues, al cargo que el aragonés hizo á Cervantes de que no tenía de quién valerse para autorizar con varios sonetos la entrada de su libro, no tenía Cervantes satisfacción alguna que añadir; pues de lo mismo que el otro echaba de menos, había hecho ya tanta burla, no sólo en el prólogo de _Don Quijote_, sino también en el de sus novelas; pues hablando de aquel abuso, y del amigo en cuya cabeza introdujo los discretísimos consejos, que el mismo Cervantes tan diestra y felizmente practicó; después de haberse pintado en lo exterior é interior, según el cuerpo, digo, y el ánimo, añadió: "Y cuando á la (memoria) de este amigo de quien me quejo, no ocurrieran otras cosas de las dichas, que decir de mí, yo me levantara á mí mismo dos docenas de testimonios y se los dijera en secreto, con que extendiera mi nombre y acreditara mi ingenio; porque pensar que dicen puntualmente la verdad los tales elogios, es disparate, por no tener punto preciso ni determinado las alabanzas ni los vituperios. En fin, pues ya esta ocasión se pasó, y yo he quedado en blanco y sin figura, será forzoso valerme por mi pico, que, aunque tartamudo, no lo será para decir verdades, que dichas por señas suelen ser entendidas." Después prosigue diciendo lo que sentía de sus propias novelas, sin hablar, como dicen, por boca de ganso.

85. Á lo que dijo el maldiciente de que Cervantes había escrito su primera parte de _Don Quijote_ entre los hierros de una cárcel, y que por eso había cometido tantos. Sobre su encarcelamiento no quiso responder. Quizá por no ofender á los ministros de justicia; porque, ciertamente, su prisión no sería ignominiosa; pues el mismo Cervantes, voluntariamente, la refirió en el principio del prólogo de su primer tomo. En lo que toca á sus descuidos, yo no niego que Cervantes haya tenido algunos, los cuales tengo observados; pero como el aragonés no los especificó, no era razón que satisfaciéndole Cervantes, le atribuyese la gloria de una justa ó razonable censura. Y así la confesión de los propios descuidos ó defensa de los que los críticos de aquel tiempo censuraron como tales, se reserva para la debida ocasión; y la censura de otros, que se pudieran hacer reparables, se omite por la reverencia que se debe á la buena memoria de tan gran varón.

86. En lo que Miguel de Cervantes cargó más la mano á su injuriador, fué en la reprensión de su atrevimiento; pues lo fué, y muy grande, continuar una obra de pura invención, siendo ajena y viviendo el autor. Por eso dice al lector: "Si por ventura llegares á conocerle, dile de mi parte que no me tengo por agraviado, que bien sé lo que son tentaciones del demonio, y que una de las mayores es ponerle á un hombre en el entendimiento que puede componer é imprimir un libro, con que gane tanta fama como dineros, y tantos dineros cuanta fama. Y para confirmación de esto, quiero que con tu buen donaire y gracia le cuentes este cuento." Prosigue Cervantes contando el cuento, y después otro, con tan satírica gracia que no cabe más.

87. Pareciéndole á Cervantes que el atrevimiento del aragonés pedía mayor castigo, para hacerle más ridículo, en varias partes del cuerpo de su obra entremezcló algunas censuras de aquella perversa continuación, las cuales es razón que aquí se lean juntas, para que otros no caigan en tentación semejante.

88. En el capítulo LIX del segundo tomo, suponiendo que unos pasajeros estaban leyendo en un mesón la _continuación_ del aragonés, introduce á un tal don Juan, diciendo así: "Por vida de vuesa merced, señor don Jerónimo, que en tanto nos traen la cena, leamos otro capítulo de la segunda parte de _Don Quijote de la Mancha_." Apenas oyó su nombre Don Quijote (el cual estaba en el aposento inmediato, dividido del otro con un sutil tabique), cuando se puso en pie, y con oído alerta escuchó lo que de él trataban, y oyó, que el tal don Jerónimo referido respondió: "¿Para qué quiere vuesa merced, señor don Juan, que leamos estos disparates, si el que hubiere leído la primera parte de la historia de Don Quijote de la Mancha no es posible que pueda tener gusto en leer esta segunda?" "Con todo eso--dijo el don Juan--será bien leerla, pues no hay libro tan malo que no tenga alguna cosa buena. Lo que á mí en éste más me desplace es que pinta á Don Quijote ya desenamorado de Dulcinea del Toboso." Oyendo lo cual, Don Quijote, lleno de ira y de sospecho, alzó la voz y dijo: "Quienquiera que dijere que Don Quijote de la Mancha ha olvidado ni puede olvidar á Dulcinea del Toboso, yo le haré entender con armas iguales que va muy lejos de la verdad; porque la sin par Dulcinea del Toboso, ni puede ser olvidada, ni en Don Quijote puede caber olvido. Su blasón es la firmeza y su profesión el guardarla con suavidad y sin hacerse fuerza alguna." "¿Quién es el que nos responde?", respondieron del otro aposento. "¿Quién ha de ser--respondió Sancho--sino el mismo Don Quijote de la Mancha, que hará bueno cuanto ha dicho y aun cuanto dijere?, que al buen pagador no le duelen prendas." Apenas hubo dicho esto Sancho, cuando entraron por la puerta de su aposento dos caballeros, que tales lo parecían, y uno dellos, echando los brazos al cuello de Don Quijote, le dijo: "Ni vuestra presencia puede desmentir vuestro nombre, ni vuestro nombre puede no acreditar vuestra presencia. Sin duda, vos, señor, sois el verdadero Don Quijote de la Mancha, norte y lucero de la andante caballería, á despecho y pesar del que ha querido usurpar vuestro nombre y aniquilar vuestras hazañas, como lo ha hecho el autor de este libro que aquí os entrego." Y poniéndole un libro en las manos, que traía su compañero, le tomó Don Quijote, y sin responder palabra comenzó á hojearle, y de allí á un poco se le volvió, diciendo: "En esto poco que he visto he hallado tres cosas en este autor dignas de reprensión. La primera, es algunas palabras que he leído en el prólogo; las otras, que el lenguaje es aragonés, porque tal vez escribe sin artículos; y la tercera, que más le confirma por ignorante, es que yerra y se desvía de la verdad en lo más principal de la historia, porque aquí dice[117] que la mujer de Sancho Panza, mi escudero, se llama Mari Gutiérrez, y no se llama tal, sino Teresa Panza. Y quien en esta parte tan principal yerra, bien se podrá temer que yerre en todas las demás de la historia." Á esto dijo Sancho: "Donosa cosa de historiador por cierto; bien debe de estar en el cuento de nuestros sucesos, pues llama á Teresa Panza, mi mujer, Mari Gutiérrez; torne á tomar el libro, señor, y mire si ando yo por ahí, y si me ha mudado el nombre." "Por lo que os he oído hablar, amigo--dijo don Jerónimo--, sin duda debéis de ser Sancho Panza, el escudero del señor Don Quijote." "Sí soy--respondió Sancho--, y me precio de ello." "Pues á fe--dijo el caballero--que no os trata este autor moderno con la limpieza que en vuestra persona se muestra; píntaos comedor y simple, y no nada gracioso, y muy otro del Sancho que en la primera parte de la historia de vuestro amo se describe." "Dios se lo perdone--dijo Sancho--; dejárame en mi rincón sin acordarse de mí, porque quien las sabe las tañe, y bien se está San Pedro en Roma." Los dos caballeros pidieron á Don Quijote se pasase á su estancia á cenar con ellos, que bien sabían que en aquella venta no había cosas pertenecientes para su persona. Don Quijote, que siempre fué comedido[118], condescendió con su demanda, y cenó con ellos; quedóse Sancho con la olla, con mero mixto imperio. Sentóse en cabecera de mesa, y con él el ventero, que no menos que Sancho estaba de sus manos y de sus uñas aficionado. En el discurso de la cena preguntó don Juan á Don Quijote qué nuevas tenía de la señora Dulcinea del Toboso; si se había casado, si estaba parida ó preñada, ó si estando en su entereza se acordaba, guardando su honestidad y buen decoro, de los amorosos pensamientos del señor Don Quijote. Á lo que él respondió: "Dulcinea se está entera, y mis pensamientos más firmes que nunca; las correspondencias, en su sequedad antigua; su hermosura, en la de una soez labradora transformada"; y luego les fué contando punto por punto el encanto de la señora Dulcinea, y lo que le había sucedido en la cueva de Montesinos, con la orden que el sabio Merlín le había dado para desencantarla, que fué la de los azotes de Sancho. Sumo fué el contento que los dos caballeros recibieron de oir contar á Don Quijote los extraños sucesos de su historia, y así quedaron admirados de sus disparates, como del elegante modo con que los contaba. Aquí le tenían por discreto, y allí se les deslizaba por mentecato, sin saber determinarse qué grado le darían entre la discreción y la locura. Acabó de cenar Sancho, y dejando hecho equis al ventero, se pasó á la estancia de su amo, y en entrando, dijo: "Que me maten, señores, si el autor de este libro que vuesas mercedes tienen quiere que no comamos buenas migas juntos; yo querría, que ya que me llama comilón, como vuesas mercedes dicen, no me llamase también borracho." "Sí llama--dijo don Jerónimo--; pero no me acuerdo en qué manera, aunque sé que son malsonantes las razones, y además mentirosas, según yo echo de ver en la fisonomía del buen Sancho que está presente." "Créanme vuesas mercedes--dijo Sancho--que el Sancho y el Don Quijote de esa historia deben de ser otros que los que andan en aquélla que compuso Cide Hamete Benengeli, que somos nosotros: mi amo, valiente, discreto y enamorado, y yo, simple, gracioso y no comedor ni borracho." "Yo así lo creo--dijo don Juan--, y si fuera posible, se había de mandar que ninguno fuera osado á tratar de las cosas del gran Don Quijote si no fuese Cide Hamete su primer autor[119]. Bien así como mandó Alejandro que ninguno fuese osado á retratarle sino Apeles." "Retráteme el que quisiere--dijo Don Quijote--, pero no me maltrate; que muchas veces suele caerse la paciencia cuando la cargan de injurias"[120]. "Ninguna--dijo don Juan--se le puede hacer al señor Don Quijote, de quien él no se puede vengar, si no la repara en el escudo de su paciencia, que á mi parecer, es fuerte y grande." En éstas y otras pláticas se pasó gran parte de la noche; y aunque don Juan quisiera que Don Quijote leyera más del libro, por ver lo que discantaba, no lo pudieron acabar con él, diciendo que él lo daba por leído, y lo confirmaba por todo necio, y que no quería, si acaso llegase á noticia de su autor, que le había tenido en sus manos, se alegrase con pensar que le había leído, pues de las cosas obscenas y torpes[121], los pensamientos se han de apartar, cuanto más los ojos. Preguntáronle que adónde llevaba determinado su viaje. Respondió que á Zaragoza, á hallarse en las justas del arnés, que en aquella ciudad suelen hacerse todos los años. Díjole don Juan que aquella nueva historia contaba[122] cómo Don Quijote, sea quien se quisiere, se había hallado en ella en una sortija, falta de invención, pobre de letras, pobrísima de libreas, aunque rica de simplicidades. "Por el mismo caso--respondió Don Quijote--no pondré los pies en Zaragoza, y así sacaré á la plaza del mundo la mentira de ese historiador moderno, y echarán de ver las gentes cómo yo no soy el Don Quijote que él dice." "Hará muy bien--dijo don Jerónimo--, y otras justas hay en Barcelona, donde podrá el señor Don Quijote mostrar su valor." "Así lo pienso hacer--dijo Don Quijote--, y vuesas mercedes me den licencia, pues ya es hora para irme al lecho, y me tengan y pongan en el número de sus mayores amigos y servidores." "Y á mí también--dijo Sancho--, quizá seré bueno para algo." Con esto se despidieron, y Don Quijote y Sancho se retiraron á su aposento, dejando á don Juan y á don Jerónimo admirados de ver la mezcla que había hecho de su discreción y de su locura, y verdaderamente creyeron que éstos eran los verdaderos Don Quijote y Sancho, y no los que describía su autor aragonés." ¡Admirable crítica! Uno de los preceptos de la fábula es, ó seguir la fama ó fingir las cosas de manera que convengan entre sí. Cervantes había figurado á Don Quijote como caballero andante, valiente, discreto y enamorado; y esa fama tenía cuando el llamado Fernández de Avellaneda se puso á continuar su historia; y en ella le pinta cobarde, necio y desenamorado. La dama de Don Quijote, como decía la duquesa[123], era "una dama fantástica (dama, en fin, de loco) que Don Quijote engendró y parió en su entendimiento, y la pintó con todas aquellas gracias y perfecciones que quiso...: hermosa sin tacha, grave sin soberbia, amorosa con honestidad, agradecida por cortés, cortés por bien criada; y finalmente, alta por linaje". Fernández de Avellaneda la pintó muy al contrario. Cervantes ideó á Sancho Panza simple, gracioso y no comedor ni borracho. Fernández de Avellaneda, simple sí, pero no nada gracioso, comedor y borracho. Y así, ni siguió la fama, ni fingió con uniformidad. Con razón, pues, hablando Altisidora de una visión que tuvo (que las mujeres son las que ordinariamente fingen las visiones), dijo[124] que vió unos diablos que jugaban á la pelota con unas palas de fuego, sirviéndoles de pelotas libros, al parecer, llenos de viento y de borra; de suerte que al primer boleo no quedaba pelota en pie, ni de provecho para servir otra vez, y así menudeaban libros nuevos y viejos, que era una maravilla. "Á uno de ellos, nuevo, flamante y bien encuadernado, le dieron un papirotazo que le sacaron las tripas y le esparcieron las hojas. Dijo un diablo á otro: "¿Mirad qué libro es ese?" Y el diablo le respondió: "Esta es la segunda parte de la historia de Don Quijote de la Mancha, no compuesta por Cide Hamete, su primer autor, sino por un aragonés, que él dice ser natural de Tordesillas." "Quitádmele de ahí--respondió el otro diablo--y metedle en los abismos del infierno, no le vean más mis ojos." "¿Tan malo es?", respondió el otro. "Tan malo--replicó el primero--, que si de propósito yo mismo me pusiera á hacerle peor, no acertara." Y poco después añade Don Quijote: "Esa historia anda por acá de mano en mano, pero no para en ninguna, porque todos la dan del pie." De cuyas palabras se colige que luego que salió á luz empezó á despreciarse. Y como Cervantes finge que los diablos jugaban á la pelota con unas palas de fuego, de ahí debieron tomar algunos ocasión de adelantarse á decir[125] que los amigos de Cervantes quemaban los libros del mal continuador, lo cual se dice voluntariamente, porque no tenía Cervantes amigos que tan á costa suya quisiesen favorecerle.