Part 2
14. Este soneto es una igualmente verdadera que hermosa descripción de _La Galatea_, novela en que Cervantes manifestó la penetración de su ingenio en la invención, su fecundidad en la abundancia de hermosas descripciones y entretenidos episodios, su rara habilidad en desatar unos nudos al parecer indisolubles y el feliz uso de las voces acomodadas á las personas y materia de que se trata. Pero lo que merece mayor alabanza es, que trató de amores honestamente, imitando en esto á Heliodoro y Athenágoras, de los cuales, aquél nació en Emisa, ciudad de Fenicia, y escribió _Los amores de Theágenes y Clariquea_, y éste no se sabe si vivió jamás, porque, si son verdaderas las conjeturas del sabio obispo de Avranches, Pedro Daniel Huet, Guillermo Filandro fué el que compuso _La novela del perfecto amor_, y la prohijó á Athenágoras. Como quiera que sea, nuestro Cervantes escribió las cosas de amor tan aguda y filosóficamente, que no tenemos que envidiar á la voracidad del tiempo las _Eróticas_, ó libros amorosos, de Aristóteles, de sus dos discípulos Clearco y Theofrasto, y de Aristón Ceo, también peripatético. Pero esta misma delicadeza con que trató Cervantes del amor temió que había de ser reprehendida; y así procuró anticipar la disculpa. "Bien sé--dice--lo que suele condenarse exceder nadie en la materia del estilo que debe guardarse en ella, pues el Príncipe de la poesía latina fué calumniado en alguna de sus églogas, por haberse levantado más que en las otras. Y así no temeré mucho que alguno condene haber mezclado razones de filosofía entre algunas amorosas pastoras, que pocas veces se levantan á más que tratar cosas de campo, y esto con su acostumbrada llaneza. Mas advirtiendo que muchos de los disfrazados pastores de ella lo eran sólo en el hábito, queda llana esta objeción." No tuvo Cervantes igual disculpa que alegar en satisfacción de otra censura, que viene á parar en una nota de la fecundidad de su ingenio; y es, que entretejió en esta su novela tantos episodios, que su multitud confunde la imaginación de los lectores, por atenta que sea; porque enlazados unos con otros, aunque con gran artificio, este mismo no da lugar á seguir el hilo de la narración, frecuentemente interrumpida con nuevos sucesos. Bien lo conoció él, y aun lo confesó, cuando en boca del cura Pero Pérez (que era hombre docto, graduado en Sigüenza) y del barbero Maese Nicolás, introdujo este coloquio[23]: "¿Pero qué libro es--preguntó el cura--ese que está junto á él? (Habla del _Cancionero_, de Lope Maldonado.) _La Galatea_, de Cervantes--dijo el barbero--. Muchos años ha--respondió el cura--que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos. Su libro tiene algo de buena invención: propone algo y no concluye nada. Es menester esperar la segunda parte que promete; quizá con la enmienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega; y entretanto que éste se ve, tenedle recluso en vuestra posada." No llegó el caso de publicar la segunda parte de _La Galatea_, aunque la prometió muchas veces[24]. Una cosa noté algunos años ha[25] y lo repito ahora por ser propia del asunto, y es que el estilo de _La Galatea_ tiene la colocación perturbada y por eso es algo afectado. Las voces de que usa son muy propias; su construcción violenta, por ser desordenada y contraria al común estilo de hablar. Imitó en esto los antiguos libros de caballerías, se conoce que de industria y por el deseo que tenía de la novedad; pues su dedicatoria y prólogo tienen la colocación más natural, y las obras que publicó después, mucho más, de suerte que son una manifiesta retractación de su antiguo error. En _La Galatea_ hay coplas de arte menor, de suma discreción y dulzura, por la delicadeza de los pensamientos y suavidad del estilo. Sus composiciones de arte mayor son inferiores, pero hay en ellas muchos versos que pueden competir con los mejores de cualquier poeta.
15. Pero no es ésta la obra por la cual debe medirse la grandeza del ingenio, maravillosa invención, pureza y suavidad de estilo de Miguel de Cervantes Saavedra. Todo esto se admira más en los libros que compuso del _Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha_. Este fué su principal asunto; y el desapasionado examen de esta obra lo será también de mi pluma en estos mis apuntamientos de su vida, la cual escribo con mucho gusto, por obedecer á los preceptos de un gran honrador de la buena y feliz memoria de Miguel de Cervantes Saavedra, que cuando no tuviera, como tiene, una fama universal, la conseguiría ahora por el favor de tan ilustre protector[26].
16. Es la lectura de los libros malos una de las cosas que corrompen más las costumbres y de todo punto destruyen las repúblicas. Y si tanto daño causan los libros que solamente refieren los malos ejemplos, ¿qué no harán los que se fingen de propósito para introducir en los ánimos incautos el veneno almibarado con la dulzura del estilo? Tales son las "fábulas milesias", llamadas así porque se introdujeron en Mileto, ciudad de Jonia, provincia infamemente aplicada á todo género de delicias; como también los sibaritas en Italia, de donde tomaron nombre las "fábulas sibaríticas". El asunto de estas fábulas (hablo ahora solamente de las malas) suele ser: destruir la religión, embravecer los ánimos, afeminarlos ó instruirlos en todo género de maldades.
17. Escribieron los hebreos las desvariadas fábulas de la _Cábala_ y el _Thalmud_, para sostener los desatinos de su incredulidad con la crédula persuasión de las mentiras más ridículas, enormes y despreciables que se pueden imaginar, y para no dar asenso á la verdad de la religión cristiana, más visible al mundo que á la luz del sol; y es tal su afición á las patrañas, que en la misma verdad desconocieron la verdad, llegando á persuadirse, sin otro fundamento que su afición á las fábulas, que el libro de Job es una mera parábola. Diéronles fe los anabaptistas, y arrojada y temerariamente dijeron que la historia de Esther y de Judith también eran parábolas, compuestas por los hebreos para diversión del pueblo. Así abusan ellos de sus fábulas para confirmar su secta, y de sus propias invenciones para destruir la verdad de las historias más auténticas que tiene el mundo, y como tales nos las conservaron sus propios mayores.
18. Con este mismo intento de destruir la verdadera religión está escrito también el _Korán_, de Mahoma, el cual, según observó el doctísimo maestro Alexico Venega[27], "contiene una secta cuarteada, cuyo principal cuarto es la vida porcuna, que dicen epicúrea. El segundo, es tejido de ceremonias judaicas, vacías del significado que solían tener antes del advenimiento de Cristo. El tercero cuarto, de las herejías arriana y nestorea. El cuarto cuarto es la letra del Evangelio, torcida y mal entendida, conforme á su desvariado propósito. También son fábulas á este jaez la _Cuna_ y _Jara_, que urdieron los moros en su iglesia de malignantes".
19. El otro designio de los perversos libros milesios es afeminar los ánimos, representando con viveza las cosas del amor y excitando con las imágenes pensamientos y deseos amorosos. En este género de escritos mucho mejor es no citar ejemplos, y cuando se alegue alguno, sea _El asno de Apuleyo_, para que el mismo ejemplo sea recuerdo de que la torpeza transforma los hombres en bestias.
20. Afeminan los ánimos por una parte, y por otra los embravecen, ciertos libros que llamamos de "caballerías", porque en ellos se describen las monstruosas hazañas de unos caballeros imaginarios, que tenían sus damas, y por ellas hacían mil locuras, hasta llegar á hacerles oración, invocándolas en sus peligros con ciertas fórmulas, como si fuesen abogadas de las lides y peleas[28], y por su respeto emprendían y hacían mil locuras. La lectura, pues, de estos libros incitaba los ánimos á unas acciones bárbaras por el imaginario punto de defender las mujeres, aun por causas deshonestas. Y esto llegó á tal extremo, que las mismas leyes los juzgaron dignos de reprensión, y como tal lo refieren entre los abusos, diciendo[29]: "E aún porque esforzasen más, tenían por cosa guisada que los que oviesen amigas que las nombrasen en las lides, porque les creciesen más los corazones é oviesen mayor vergüenza de errar."
21. El último género de perniciosas novelas es el que, con pretexto de cautelar de la vida pícara, la enseña. De cuya composición tenemos en España tanto número de ejemplos, que sería cosa ociosa citar algunos.
22. De todos estos libros, los que malearon más las costumbres públicas fueron los "caballerescos". Las causas de su introducción fueron éstas:
23. Las naciones septentrionales se apoderaron de toda Europa. Los habitadores de ellas arrojaron las plumas y empuñaron las armas. El que más podía, más valía. Pudo más la barbarie, y salió vencedora y triunfante; quedaron abatidas las letras, perdido el conocimiento de la antigüedad y aniquilado el buen gusto. Pero como donde no se hallan estas cosas la necesidad las echa menos, sucedieron en su lugar la falsa doctrina y depravado gusto. Escribieron historias que fueron fabulosas, porque se perdió ó no sabía buscarse la memoria de los sucesos pasados. Unos hombres que de repente querían ser los maestros de la vida, mal podían enseñar á los lectores lo que nunca habían aprendido. Tal fué Telesino Helio, escritor inglés, que cerca del año 640, reinando Artús en Bretaña, escribió los hechos de este rey fabulosamente. Imitóle Melquino Avalonio, que en tiempo del rey Vortiporio, cerca del año 650, escribió la historia de Bretaña, mezclando los cuentos del rey Artús y de la Tabla Redonda. La historia publicada en nombre de Gildas, por renombre "el Sabio", monje que fué de Gales, es del mismo jaez. Refiere las maravillosas hazañas del rey Artús, de Porcebal y Lanzarote. El libro de Hunibaldo Franco, reducido á compendio por el abad Trichemio, es un montón de mentiras neciamente fingidas. El otro libro, falsamente atribuído al arzobispo Turpín, siendo posterior á él más de doscientos años, trata de las hazañas de Carlomagno, llenas de patrañas, y se fingió en Francia, no en España, como alguno dijo sólo porque quiso. Con esos libros se deben adocenar las fabulosas historias falsamente prohijadas á Hancón Fortemán y Salcón Fortemán, á Sivardo el Sabio, á Juan Abgil-lo, hijo de un rey de Frisia, y á Adel-Adelingo, descendiente de los reyes de la misma nación, todos los cuales se dice que fueron frisios y se finge que vivieron en tiempo de Carlomagno, cuyas cosas escribieron.
24. También fué fabulosa la _Historia de los orígenes de Frisia_, atribuída á Occón Escarlense, nieto, según fingen, de una hermana de Salcón Fortemán, y coetáneo de Othón el Grande. Ni merece mayor crédito la Historia de Ganfredo Monumetense, bretón, donde están escritas las hazañas del rey Artús y del sabio Merlín, por más que se diga que las sacó de memorias antiguas.
25. Estas eran las historias que tanto se aplaudían entre las naciones que entonces eran menos rudas. Había hombres neciamente ocupados en fingir y publicar tan extravagantes caprichos, porque había lectores más necios que ellos, que los leían y aplaudían y tal vez los creían.
26. Los trovadores también, quiero decir los poetas, que en tiempo de Ludovico Pío empezaron á cultivar "La Gaya Ciencia", esto es, la poesía, como si dijésemos "La Ciencia festiva", se aplicaron á reducir al metro aquellas mismas patrañas, y cantándolas todos se hicieron vulgares.
27. En España, el uso de la poesía es mucho más antiguo. No trato de los tiempos más apartados del nuestro, y por esto no me valgo del testimonio de Estrabón[30]. Hablo sólo de la poesía vulgar, que llamamos "rítmica". No hay memoria de ella en toda Europa antes de la entrada de los árabes en España. Ellos solos tienen mayor número de poetas y poesías que todos los europeos. Pegaron esta afición ó confirmaron más en la que ya tenían á los españoles, los cuales componían rimas con todo el primor que requiere el arte, como lo refiere con prolija curiosidad Álvaro Cordobés[31], quejándose de ello ciento treinta años después de la pérdida de España. Si algunas ó muchas de aquellas poesías árabes que refiere Álvaro eran especie de novelas, no me atreveré á afirmarlo. Las hazañas de su Buhalul, tan celebradas de ellos, en prosa y verso, sin duda lo son. Lo cierto es que la tradición aún hoy conserva en España ciertas hablillas, que llamamos "cuentos de viejas", llenos de encantamientos, de donde viene á tantos la credulidad de éstos. Por eso Cervantes, hablando con la propiedad que suele, llamó "cuentos" á sus novelas[32]. Bien que Lope de Vega quiso distinguir los cuentos de las novelas cuando, escribiendo á la señora Marcia Leonarda, dijo así[33]: "Mándame V. m. escriba una novela. Ha sido novedad para mí, que aunque es verdad que en _La Arcadia_ y _Peregrino_ hay alguna parte de este género y estilo, más usado de italianos y franceses que de españoles, con todo es grande la diferencia y más humilde el modo. En tiempo menos discreto que el de agora, aunque de más hombres sabios, llamaban á las "Novelas", "Cuentos". Estos se sabían de memoria, y nunca, que yo me acuerde, los vi escritos." Yo soy de sentir, que entre cuento y novela no hay más diferencia, si es que hay alguna, que lo dudo, que ser aquél más breve. Como quiera que sea, los cuentos suelen llamarse novelas, y las novelas, cuentos; y éstos y aquéllos, fábulas. Los que pretenden hablar con distinción, aún añaden otra especie de fábulas, que llaman "caballerías". Por eso Lope de Vega, continuando en referir las costumbres de los españoles en lo que toca á la afición de relaciones fingidas, inmediatamente añadió: "Porque se reducían sus fábulas á una manera de libros que parecían historias, y se llamaban en lenguaje castellano "caballerías", como si dijésemos hechos grandes de caballeros valerosos. Fueron en esto los españoles ingeniosísimos, porque en la invención ninguna nación del mundo les ha hecho ventaja, como se ve en tantos Esplandianes, Febos, Palmerines, Lisnartes, Floranhelos, Esferamundos, y el celebrado Amadís, padre de toda esta máquina, que compuso una dama portuguesa." Al leer esto último, me detuvo la novedad, porque en el tiempo que se publicó la fingida historia de Amadís, no sé yo que hubiese en el reino de Portugal dama capaz de escribir libro de tanta invención y novedad.
28. El erudito y juicioso autor del _Diálogo de las lenguas_, que escribió en tiempo de Carlos V y examinó esta obra muy de propósito, siempre habla suponiendo que el autor fué hombre y no mujer. El sabio arzobispo de Tarragona, don Antonio Agustín, dice, hablando de _Amadís de Gaula_[34]: "El cual dicen los portugueses que lo compuso Vasco Lobera." Y uno de los interlocutores añade luego: "Ese es otro secreto que pocos lo saben." Manuel de Faria y Sousa, en el erudito prólogo que hizo á su _Fuente de Aganipe_, publicó un soneto que dice que escribió el infante don Pedro de Portugal, hijo del rey don Juan el Primero, en alabanza de Vasco Lobera, por haber escrito el _Amadís_. Yo he observado que _Amadís de Gaula_ es anagrama puro de la _Vida de Gama_. De donde mis amigos los portugueses podrán inferir otras muchas y muy probables conjeturas.
29. Como quiera que sea (que semejantes cosas después de tanto tiempo no son fáciles de averiguar), siendo nuestro libro de caballerías más antiguo, cerca de cien años posterior á los que tratan de Tristán y Lanzarote; esto dió motivo á que el eruditísimo Huet, siguiendo á Juan Bautista Giraldo, dijese[35] que los españoles recibieron de los franceses el arte de novelas. En lo que toca al asunto de caballerías, lo creeré sin repugnancia. Pero la misma arte que recibieron los españoles, ruda y desaliñada, la pulieron y hermosearon tanto, que pasó el atavío á descompostura. Empezaron los españoles de la misma suerte que los extranjeros. La ignorancia de las historias verdaderas, puestos en ocasión de haber de escribirlas, les obligó á llenarlas de mentiras, particularmente tratando de cosas pasadas, que raras veces fué tan grande el atrevimiento y descaro, que se atreviesen á mentir á las claras escribiendo de las presentes. Pero como el tiempo presente se hace pasado, la libertad de fingir confundía de tal suerte la verdad con la mentira, que no se podía distinguir la una de la otra. Así vemos que los cantares fabulosos, ó por hablar más claro, los "romances", en mi opinión así llamados de _roman_, palabra francesa, que significa novela, vemos, digo, que los cantares ó romances mentirosos, que al principio sólo eran entretenimientos del vulgo ignorante, después llegaron á autorizarse tanto, repitiéndose en boca de los demás, que con facilidad pasaron á ser texto, entretejidas sus ficciones en la _Crónica general de España_, que fué copilada por autoridad real. Pernicioso ejemplo, cuya imitación llegó á poner nuestras historias en tan infeliz estado, que se atrevió á decir un historiador nuestro, reputado por uno de los más discretos de su tiempo, que "fuera de las letras divinas, no hay que afirmar ni que negar en ninguna de ellas". ¿Y quién era este hombre que desterraba la "verdad" de la Historia, siendo ésta el testigo más abonado y casi único de los tiempos pasados? Dígalo el mismo que derechamente se lo reprendió el eruditísimo bachiller Pedro Rhua, profesor de letras humanas, el cual, escribiéndole, le dice así[36]: "Es vuestra señoría en sangre, Guevara[37]; es en oficio, coronista; es en profesión, teólogo; es en dignidad y méritos, obispo; de todos estos renombres es amar la verdad; escribir verdad; predicar verdad; vivir en la verdad, y morir por ella." Y más adelante: "Escribí á vuestra señoría, que entre otras cosas que en sus obras culpan los lectores, es una la más fea é intolerable que puede caer en escritor de autoridad, como vuestra señoría lo es; y es, que da fábulas por historias, y ficciones propias por narraciones ajenas; y alegra autores que no lo dicen, ó lo dicen de otra manera, ó son tales que no los hallarán sino _in Aphanis_, como dijeron los crotoniatas á los sibaritas; en lo cual vuestra señoría pierde su autoridad, y el lector, si es idiota, es engañado, y si es diligente, pierde el tiempo, cuando busca á do cantan los gallos de Nibas, como dice el refrán griego." De esta falsa opinión que tenía el obispo de Mondoñedo de la libertad de fingir historias nació el persuadirse que, pues otros muchos habían escrito lo que se les había antojado, podía él imitarlos; licencia que se tomó tan atrevidamente, que no sólo fingió sucesos y autores, en cuyos nombres lo confirmaba, sino también leyes. Y aludiendo á esto Rodrigo Dosma en el _Catálogo de los obispos de esta ciudad_, que se halla al fin de sus _Discursos patrios_, hablando del rey Don Alfonso IX de León, dijo: "Pobló la ciudad y le dió fueros, llamados de Badajoz, que yo tengo ciertos, no los fingidos de Guevara." Como tales los tenía el doctísimo Aldrete, pero por su gran modestia no se atrevió á manifestar del todo su juicio. "Lo mismo es--dice[38]--en los Fueros de Badajoz, si son ciertos, que yo en esto no quiero determinar. Por el autor que los puso, corre riesgo su certidumbre, por la poca que tienen otras cosas que escribe." Harto hizo señalando con el dedo al obispo de Mondoñedo. De quien dijo tales cosas don Antonio Agustín, aunque tan modesto, que por la autoridad de quien las refiere, más quiero yo que se lean en sus _Diálogos_, que no copiadas aquí[39]. No es mi ánimo infamar la memoria de un varón de tan delicada conciencia, que habiendo sido cronista del emperador Carlos V, y escrito sus crónicas hasta que vino de Túnez, mandó en su testamento que se restituyese á su majestad el salario de un año, porque en él no había escrito cosa alguna; considerando, como debía, que éste y semejantes salarios no se dan en remuneración de servicios pasados, sino en recompensa del trabajo que se debe poner, satisfaciendo á la obligación del propio empleo, la cual es indispensable, porque se debe á toda la república, que es lo mismo que decir que son acreedores legítimos los que son y serán miembros suyos, esto es, los ciudadanos presentes y venideros. Sólo he referido tan memorable ejemplo para que se considere lo que puede la costumbre de las ficciones contrarias á la verdad, si aquélla se extiende, pues aun á los hombres buenos, naturalmente discretos y muy estudiosos, como fué el obispo Guevara, llega á pervertir el juicio, y miserablemente pervirtió los de la mayor parte de los españoles, sólo porque se dejaban llevar del pernicioso halago de los libros de caballerías.
30. Acostumbrados, pues, los entendimientos á la maravilla que causaban las extravagantes hazañas entretejidas en las historias, se atrevieron á escribir unos libros enteramente fabulosos, lo cual sería mucho más tolerable y aun digno de alabanza, si fingiendo con verosimilitud, representasen la idea de unos grandes héroes en quienes se viese premiada la virtud y castigado el vicio en la gente ruin. Pero de qué manera se escribiesen aquellos libros, dígalo el juicioso autor del _Diálogo de las lenguas_: "Cuanto á las cosas--dice--, siendo esto así, que los que escriben mentiras las deben escribir de suerte que se alleguen cuanto fuere posible á la verdad, de tal manera que puedan vender sus mentiras por verdades, nuestro autor de _Amadís_ (que fué el primero y el que mejor escribió los libros de caballerías), una vez por descuido, y otras no sé por qué, dice cosas tan á la clara mentirosas, que en ninguna manera las podéis tener por verdaderas." Lo cual confirma con varios ejemplos. Esto mismo reprendía el sabio Luis Vives, con aquella gravedad y peso de razones que le hizo el más severo crítico de su tiempo[40]. "La erudición--decía--no se ha de esperar de unos hombres que ni aun vieron la sombra de la erudición. Pues cuando cuentan algo, ¿qué gusto puede haber en unas cosas que fingen tan abierta y neciamente? Este hombre solo mató á veinte juntos; aquél, á treinta; el otro, traspasado con seiscientas heridas y dejado ya por muerto, se levanta luego; y al día siguiente, restituído ya á su salud y fuerzas, mata en un desafío á dos gigantes y sale de allí cargado de oro, plata, sedas, piedras preciosas, con tanta abundancia, que ni una nave de carga las podría llevar. ¿Qué locura es dejarse llevar y detenerse en semejantes despropósitos? Fuera de esto no hay cosa dicha con agudeza, sino es que se cuenten como tales algunas palabras que sacaron de los más ocultos escondrijos de Venus, las cuales se dicen muy á propósito, para mover y sacar de sus quicios á la que dicen que aman, si por ventura en ella hay alguna constancia en resistirse. Si por esto se leen estos libros, menos mal será leer aquéllos que tratan, permitid, lectores, el término, de alcahuetería. Porque en lo demás, ¿qué discreciones pueden decir unos escritores faltos de toda buena doctrina y arte? Yo nunca he oído á hombre que dijese agradarle tales libros, exceptuando sólo á los que nunca tocaron en sus manos libro bueno; y confieso mi pecado, que también los he leído alguna vez; pero no hallé rastro alguno ó de buena intención ó de mejor ingenio. Á aquéllos, pues, que los alaban, de los cuales conozco algunos, entonces les daré crédito, cuando digan eso después de haber gustado á Séneca, ó á Cicerón, ó á San Jerónimo, ó á la Sagrada Escritura, y cuando sus costumbres también no sean del todo estragadísimas; porque las más veces, la causa de aprobar tales libros es contemplar en ellos sus costumbres representadas como en un espejo y regocijarse de verlas aprobadas. Finalmente, aunque lo que dicen fuese muy agudo y agradable, yo nunca querría un deleite emponzoñado, y que mi mujer se ingeniase para hacerme traición."