Vida de Cervantes

Part 12

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175. Las comedias de Cervantes, comparadas con otras más antiguas, son mucho mejores, exceptuando siempre la de _Calisto y Melibea_, conocida por el nombre de _Celestina_, alcahueta tan infame como famosa por el incierto autor que primero la ideó y empezó á dibujar y colorir, porque el bachiller Fernando de Rojas, que la dió fin, no pudo igualar al primer inventor. Después de Cervantes se han compuesto comedias de mayor invención que las griegas (porque los cómicos latinos Plauto y Terencio sólo imitaron), pero de arte mucho inferior. El que dudare esto, infórmese primero de la suma dificultad que tiene el arte cómico, leyendo á Aristóteles en su _Poética_, y si no puede entenderla, á don Jusepe Antonio González de Salas, en su eruditísima _Ilustración á la Poética de Aristóteles_. Pero para que el lector quede más bien informado de lo que deben á Cervantes los teatros de España, oigámosle á él como á cronista en estos reinos. En el prólogo que hizo á sus _Comedias_, dice así: "No puedo dejar, lector carísimo, de suplicarte me perdones si vieres que en este prólogo salgo algún tanto de mi acostumbrada modestia. Los días pasados me hallé en una conversación de amigos, donde se trató de comedias y de las cosas á ellas concernientes, y de tal manera las sutilizaron y atildaron, que á mi parecer vinieron á quedar en punto de toda perfección. Tratóse también de quién fué el primero que en España las sacó de mantillas y las puso en toldo, y vistió de gala y apariencia. Yo, como el más viejo que allí estaba, dije que me acordaba de haber visto representar al gran Lope de Rueda. Varón insigne en la representación y en el entendimiento. Fué natural de Sevilla y de oficio batihoja, que quiere decir de los que hacen panes de oro. Fué admirable en la poesía pastoril, y en este modo, ni entonces, ni después acá, ninguno le ha llevado ventaja; y aunque por ser muchacho yo entonces no podía hacer juicio firme de la bondad de sus versos, por algunos que me quedaron en la memoria, vistos ahora en la edad madura que tengo, hallo ser verdad lo que he dicho. Y si no fuera por no salir del propósito de prólogo, pusiera aquí algunos que acreditaran esta verdad. En el tiempo de este célebre español, todos los aparatos de un autor de comedias se encerraban en un costal, y se cifraban en cuatro pellicos blancos, guarnecidos de guadamecí dorado, y en cuatro barbas y cabelleras, y cuatro cayados, poco más ó menos. Las comedias eran unos coloquios como églogas entre dos ó tres pastores y alguna pastora. Aderezábanlas y dilatábanlas con dos ó tres entremeses, ya de negra, ya de rufián, ya de bobo y ya de vizcaíno, que todas estas cuatro figuras y otras muchas hacía el tal Lope con la mayor excelencia y propiedad que pudiera imaginarse. No había en aquel tiempo tramoyas, ni desafíos de moros y cristianos, á pie ni á caballo. No había figura que saliese ó pareciese salir del centro de la tierra por lo hueco del teatro, al cual componían cuatro bancos en cuadro y cuatro ó seis tablas encima, con que se levantaba del suelo cuatro palmos. Ni menos bajaban del cielo nubes con ángeles ó con almas. El adorno del teatro era una manta vieja tirada con dos cordeles de una parte á otra, que hacía lo que llaman vestuario; detrás de la cual estaban los músicos cantando, sin guitarra, algún romance antiguo. Murió Lope de Rueda, y por hombre excelente y famoso le enterraron en la Iglesia Mayor de Córdoba (donde murió) entre los dos coros, donde también está enterrado aquel famoso loco Luis López. Sucedió á Lope de Rueda, Naharro, natural de Toledo, el cual fué famoso en hacer la figura de rufián cobarde. Este levantó algún tanto más el adorno de las comedias, y mudó el costal de vestidos en cofres y en baúles. Sacó la música, que antes cantaba detrás de la manta, al teatro público; quitó las barbas de los farsantes, que hasta entonces ninguno representaba sin barba postiza; é hizo que todos representasen á cureña rasa, si no era los que habían de representar los viejos ú otras figuras, que pidiesen mudanza de rostro. Inventó tramoyas, nubes, truenos y relámpagos, desafíos y batallas, pero esto no llegó al sublime punto en que está ahora; y esto es verdad que no se me puede contradecir (y aquí entra el salir yo de los límites de mi llaneza), que se vieron en los teatros de Madrid representar los _Tratos de Argel_, que yo compuse, _La destrucción de Numancia_ y _La batalla naval_, donde me atreví á reducir las comedias á tres jornadas, de cinco que tenían. Mostré (ó por mejor decir) fuí el primero que representase las imaginaciones y los pensamientos escondidos del alma, sacando figuras morales al teatro, con general y gustoso aplauso de los oyentes. Compuse en este tiempo hasta veinte comedias ó treinta, que todas ellas se recitaron, sin que se les ofreciese ofrenda de pepinos, ni de otra cosa arrojadiza. Corrieron su carrera sin silvos, gritas ni barahundas. Tuve otras cosas en que ocuparme. Dejé la pluma y las comedias. Y entró luego el Monstruo de la naturaleza, el gran Lope de Vega, y alzóse con la monarquía cómica; avasalló y puso debajo de su jurisdicción á todos los farsantes; llenó el mundo de comedias propias, felices y bien razonadas; y tantas, que pasan de diez mil pliegos los que tiene escritos; y todas (que es una de las mayores cosas que puede decirse) las ha visto representar, ú oído decir (por lo menos) que se han representado. Y si algunos (que hay muchos) han querido entrar á la parte y gloria de sus trabajos, todos juntos no llegan en lo que han escrito á la mitad de lo que él solo. Pero no por esto (pues no lo concede Dios todo á todos) dejen de tenerse en precio los trabajos del doctor Ramón, que fueron los más después de los del gran Lope. Estímense las trazas artificiosas en todo extremo del licenciado Miguel Sánchez; la gravedad del doctor Mira de Mescua, hombre singular de nuestra nación; la discreción é innumerables conceptos del canónigo Tárraga; la suavidad y dulzura de don Guillem de Castro; la agudeza de Aguilar; el tropel, el boato, la grandeza de las comedias de Luis Vélez de Guevara; y las que ahora están en jerga del agudo ingenio de don Antonio de Galarza; y las que prometen las fullerías de amor de Gaspar de Ávila; que todos éstos, y otros algunos, han ayudado á llevar esta gran máquina al gran Lope. Algunos años ha que volví yo á mi antigua ociosidad, y pensando que aún duraban los siglos donde corrían mis alabanzas, volví á componer algunas comedias, pero no hallé pájaros en los nidos de antaño. Quiero decir, que no hallé autor que me las pidiese, puesto que sabían que las tenía. Y así las arrinconé en un cofre y las consagré y condené al perpetuo silencio. En esta sazón me dijo un librero que él me las comprara si un autor de título no le hubiera dicho que de mi prosa se podía esperar mucho, pero que del verso nada. Y si va á decir la verdad, cierto que me dió pesadumbre el oirlo, y dije entre mí: Ó yo me he mudado en otro, ó los tiempos se han mejorado mucho, sucediendo siempre al revés, pues siempre se alaban los pasados tiempos. Torné á pasar los ojos por mis comedias y por algunos entremeses míos, que con ellas estaban arrinconados, y vi no ser tan malas ni tan malos que no mereciesen salir de las tinieblas del ingenio de aquel autor, á la luz de otros autores menos escrupulosos y más entendidos. Aburríme, y vendíselas al tal librero, que las ha puesto en estampa, como aquí te las ofrece. El me las pagó razonablemente. Yo cogí mi dinero con suavidad, sin tener cuenta con dimes ni diretes de recitantes. Querría que fuesen las mejores del mundo, ó á lo menos, razonables. Tú lo verás, lector mío, y si hallares que tienen alguna cosa buena, en topando á aquel mi maldiciente autor, dile que se enmiende, pues yo no ofendo á nadie; y que advierta, que no tienen necedades patentes y descubiertas; y que el verso es el mismo que piden las comedias, que ha de ser de los tres estilos el ínfimo; y que el lenguaje de los entremeses es propio de las figuras que en ellos se introducen; y que para enmienda de todo esto, le ofrezco una comedia que estoy componiendo, y la intitulo: _El engaño á los ojos_, que (si no me engaño) le ha de dar contento. Y con esto, Dios te dé salud, y á mí paciencia."

176. Esta es la historia de los progresos de la cómica española. Había sido Cervantes el que más la había adelantado; y, para perfeccionarla más, quiso darnos un ejemplo de una gran "tragicomedia" escrita en prosa. Muchos años había que estaba meditando y escribiendo _Los trabajos de Persiles y Sigismunda_. Habíalos ofrecido en varias ocasiones. En el prólogo de sus _Novelas_, hablando de éstas, dijo: "Tras ellas, si la vida no me deja, te ofrezco _Los trabajos de Persiles_, libro que se atreve á competir con _Heliodoro_, si ya por atrevido no sale con las manos en la cabeza. Y primero verás, y con brevedad, dilatadas las hazañas de Don Quijote y donaires de Sancho Panza. Y luego _Las semanas del jardín_. Mucho prometo con fuerzas tan pocas como las mías. Pero ¿quién pondrá rienda á los deseos?" La continuación de la historia de Don Quijote salió, como vimos, el año 1616. En su dedicatoria al conde de Lemos, fecha en Madrid el último de Octubre de 1615, llegó Cervantes á decir esto: "Con esto me despido, ofreciendo á V. E. _Los trabajos de Persiles y Sigismunda_, libro á quien daré fin dentro de cuatro meses, _Deo volente_, el cual ha de ser ó el más malo ó el mejor que en nuestra lengua se haya compuesto, quiero decir de los de entretenimiento. Y digo que me arrepiento de haber dicho el más malo, porque, según la opinión de mis amigos, ha de llegar al extremo de bondad posible. Venga V. E. con la salud[261] que es deseado, que ya estará _Persiles_ para besarle las manos y yo los pies, como criado que soy de V. E." En efecto, Cervantes acabó de escribir _Los trabajos de Persiles y Sigismunda_, pero antes que salieran á luz acabó la muerte con él.

177. Su enfermedad fué tal, que él mismo pudo ser y fué su historiador. Y porque no tenemos otro, y refiere todas las cosas con tanta gracia, veamos lo que dejó escrito en el fin del prólogo que pensaba hacer, ó sea prólogo entero, empezado _ex abrupto_, donde dice así: "Sucedió, pues, lector amantísimo, que viniendo otros dos amigos y yo del famoso lugar de Esquivias, por mil causas famoso, una por sus ilustres linajes y otra por sus ilustrísimos vinos, sentí que á mis espaldas venía picando con gran priesa uno que al parecer traía deseo de alcanzarnos, y aun lo mostró dándonos voces, que no picásemos tanto. Esperámosle y llegó sobre una borrica un estudiante pardal, porque todo venía vestido de pardo, antiparras, zapato redondo y espada con contera, valona bruñida y con trenzas iguales. Verdad es, no traía más de dos, porque se le venía á un lado la valona por momentos, y él traía sumo trabajo y cuenta de enderezarla. Llegando á nosotros, dijo: "¿Vuesas mercedes van á alcanzar algún oficio ó prebenda á la Corte? pues allá está su Ilustrísima de Toledo, y su Majestad ni más ni menos, según la priesa con que caminan, que en verdad que á mi burra se le ha cantado el vítor de caminante más de una vez." Á lo cual respondió uno de mis compañeros: "El rocín del señor Miguel de Cervantes tiene la culpa de esto, porque es algo que pasilargo." Apenas hubo oído el estudiante el nombre de Cervantes, cuando apeándose de su cabalgadura, cayéndosele aquí el cojín y allí el portamanteo (que con toda esta autoridad caminaba), arremetió á mí, y acudiendo á asirme de la mano izquierda, dijo: "¡Sí, sí, éste es el manco sano, el famoso todo, el escritor alegre y, finalmente, el regocijo de las musas!" Yo, que en tan poco espacio vi el grande encomio de mis alabanzas, parecióme ser descortesía no corresponder á ellas; y así, abrazándole por el cuello, de donde le eché á perder de todo punto la valona, le dije: "Ése es un error donde han caído muchos aficionados ignorantes. Yo, señor, soy Cervantes; pero no el regocijo de las musas ni ninguna de las demás baratijas que ha dicho vuesa merced. Vuelva á cobrar su burra y suba, y caminemos en buena conversación lo poco que nos falta de camino." Hízolo así el comedido estudiante. Tuvimos algún tanto más las riendas, y con paso asentado, seguimos nuestro camino, en el cual se trató de mi enfermedad, y el buen estudiante me desahució al momento, diciendo: "Esta enfermedad es de hidropesía, que no la sanará toda el agua del mar Océano que dulcemente se bebiese. Vuesa merced, señor Cervantes, ponga tasa al beber, no olvidándose de comer, que con esto sanará, sin otra medicina alguna." "Eso me han dicho muchos--respondí yo--. Pero así puedo dejar de beber á todo mi beneplácito, como si para sólo eso hubiera nacido. Mi vida se va acabando, y al paso de las efeméridas de mis pulsos, que, á más tardar, acabarán su carrera este domingo, acabaré yo la de mi vida." "En fuerte punto ha llegado vuesa merced á conocerme; pues no me queda espacio para mostrarme agradecido á la voluntad que vuesa merced me ha mostrado." "En esto llegamos á la puente de Toledo, y yo entré por ella y él se apartó á entrar por la de Segovia. Lo que se dirá de mi suceso tendrá la fama cuidado, mis amigos gana de decirlo, y yo mayor gana de escucharlo. Tornéle á abrazar. Volvióseme á ofrecer. Picó á su burra y dejóme tan mal dispuesto, como él iba caballero en su burra, quien había dado gran ocasión á mi pluma para escribir donaires. Adiós, regocijados amigos, que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida." La de Cervantes estaba ya en el confín de la muerte. La hidropesía se le agravó. Pero cuanto más le debilitaba el cuerpo, tanto más procuraba él fortalecer su ánimo; y habiendo recibido la Extremaunción para salir victorioso, como atleta cristiano, en la última lucha, esperaba la muerte con ánimo tan sereno, que parece no la temía; y lo que es más de admirar, aún estaba para decir y escribir donaires; de suerte que, habiendo recibido el último Sacramento el día 18 de Abril del año 1616, el día siguiente escribió ó dictó la dedicatoria de _Los trabajos de Persiles y Sigismunda_, citando coplas á su patrón el conde de Lemos, para quien dejó escrita la siguiente dedicatoria: "Aquellas coplas antiguas, que fueron en su tiempo celebradas, que comienzan: "Puesto ya el pie en el estribo", quisiera yo no vinieran tan á pelo en mi epístola, porque casi con las mismas palabras las puedo comenzar, diciendo:

Puesto ya el pie en el estribo, Con las ansias de la muerte, Gran señor, ésta te escribo.

"Ayer me dieron la Extremaunción y hoy escribo ésta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y con todo esto llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir, y quisiera yo ponerle coto hasta besar los pies á V. E., que podría ser fuese tanto el contento de ver á V. E. bueno en España, que me volviese á dar la vida; pero si está decretado que la haya de perder, cúmplase la voluntad de los cielos, y, por lo menos, sepa V. E. este mi deseo, y sepa que tuvo en mí un tan aficionado criado de servirle que quiso pasar aún más allá de la muerte mostrando su intención. Con todo esto, como en profecía, me alegro de la llegada de V. E. Regocíjome de verle señalar con el dedo y realégrome de que salieron verdaderas mis esperanzas, dilatadas en la fama de las bondades de V. E. Todavía me quedan en el alma ciertas reliquias y asomos de _Las semanas del jardín_ y del famoso _Bernardo_. Si á dicha, por buena ventura mía, que ya no sería ventura, sino milagro, me diese el cielo vida, las verá, y con ellas fin de _La Galatea_, de quien se está aficionado V. E. Y con estas obras, continuando mi deseo, guarde Dios á V. E. como puede. De Madrid, á 19 de Abril de 1616 años. Criado de V. E., Miguel de Cervantes."

178. Don Tomás Tamayo de Bargas, movido de la fecha de esta carta, escribió en la _Continuación del Euquiridión de los tiempos_, de fray Alonso Venero, que Miguel de Cervantes Saavedra murió el mismo día diez y nueve; pero de un libro de entierros que se conserva en Madrid, en la iglesia parroquial de San Sebastián, consta que murió en la calle de León, el día veintitrés de Abril del referido año 1616, habiendo mandado que le enterrasen en el convento de las monjas Trinitarias y dejado por testamentaria suya á su mujer, doña Catalina de Salazar, á la cual, en el día 24 de Septiembre de dicho año, se concedió licencia para imprimir _Los trabajos de Persiles y Sigismunda_, que salieron á luz con este título: _Los trabajos de Persiles y Sigismunda, historia setentrional, por Miguel de Cervantes Saavedra. En Madrid, por Juan de la Cuesta. Año 1617_. En 4.º Dentro de pocos años los tradujo en italiano Francisco Elío, milanés, y salieron impresos en Venecia de la oficina de Bartolomé Fontana. Año 1626, en 8.º

179. En la primera impresión hay dos epitafios, tales, que para su duración merecían grabarse en bien ligero corcho. El uno es un soneto de Luis Francisco Calderón, que no contiene cosa particular. El otro es una décima, que por el raro pensamiento de quien la hizo se trasladará aquí al pie de la letra.

180. "De don Francisco de Urbina á Miguel de Cervantes, insigne y cristiano ingenio de nuestros tiempos, á quien llevaron los Terceros de San Francisco á enterrar con la cara descubierta, como á Tercero que era.

EPITAFIO

Caminante, el peregrino Cervantes aquí se encierra. Su cuerpo cubre la tierra; No su nombre, que es divino. En fin hizo su camino: Pero su fama no es muerta, Ni sus obras. Prenda cierta De que pudo á la partida Desde ésta á la eterna vida Ir la cara descubierta."

181. Este epitafio dió ocasión al autor de la _Biblioteca Franciscana_ para poner en ella á Cervantes como uno de los escritores que fueron Hermanos de la Cofradía de la Tercera Orden; Biblioteca que si los ha de comprender á todos, será ciertamente la más copiosa de todas.

182. Cervantes dijo que su _Persiles y Sigismunda_ se atrevía á competir con _Heliodoro_. La mayor alabanza que podemos darle, es decir que es cierto. Los amores que refiere son castísimos; la fecundidad de la invención, maravillosa; en tanto grado, que, pródigo su ingenio, excedió en la multitud de los episodios. Los sucesos son muchos y muy varios. En unos se descubre la imitación de _Heliodoro_, y de otros, muy mejorada; en los demás campea la novedad. Todos están dispuestos con arte, y bien explicados, con circunstancias casi siempre verosímiles. Cuanto más se interna el lector en esta obra, tanto es mayor el gusto de leerla, siendo el tercero y cuarto libro mucho mejores que el primero y segundo. Los continuos _Trabajos_ llevados en paciencia, acaban en descanso, sin máquina alguna; porque un hombre como Cervantes sería milagro que acabase con algún milagro, para manifestar la felicidad de su raro ingenio. En las descripciones excedió á _Heliodoro_. Las de éste suelen ser sobrado frecuentes y muy pomposas. Las de Cervantes á su tiempo y muy naturales. Aventajóle también en el estilo, porque aunque el de _Heliodoro_ es elegantísimo, es algo afectado, demasiadamente figurado y más poético de lo que permite la prosa. Defecto en que cayó también el discreto Fenelón. Pero el de Cervantes es propio, proporcionadamente sublime, modestamente figurado y templadamente poético en tal cual descripción. En suma, esta obra es de mayor invención y artificio, y de estilo más sublime que la de _Don Quijote de la Mancha_. Pero no ha tenido igual aceptación; porque la invención de la historia de Don Quijote es más popular y contiene personas más graciosas; y como son menos en número, el lector retiene mejor la memoria de las costumbres, hechos y caracteres de cada una. Fuera de eso, el estilo es más natural y tanto más descansado cuanto menos sublime. Sepan, pues, los que escriben, que poner término á la invención y levantar la mano de la obra, si es á su tiempo, es la última diligencia, y mano. Y esto mismo me amonesta de que ya es hora de que yo no moleste más á mi lector, á quien suplico me perdone muchas impertinencias que aquí ha leído, pues mi fin sólo ha sido obedecer á quien debía el obsequio de recoger algunos apuntamientos, para que otro los ordene y escriba con la felicidad de estilo que merece el sujeto de que tratan. Entretanto, yo daré ahora una fidelísima copia del mismo original, procurando acabar con aquellas mismas palabras con que Miguel de Cervantes Saavedra dió principio al prólogo de sus _Novelas_.

183. "Quisiera yo, si fuera posible, lector amantísimo, excusarme de escribir este _prólogo_, porque no me fué tan bien con el que puse en mi Don Quijote, que quedase con gana de segundar con éste. De esto tiene la culpa algún amigo[262] de los muchos que en el discurso de mi vida he granjeado, antes con mi condición que con mi ingenio, el cual amigo bien pudiera, como es uso y costumbre, grabarme y esculpirme en la primera hoja de este libro; pues le diera mi retrato el famoso don Juan de Jáuregui, y con esto quedara mi ambición satisfecha y el deseo de algunos que querrían saber qué rostro y talle tiene quien se atreve á salir con tantas invenciones en la plaza del mundo á los ojos de las gentes, poniendo bajo del retrato: "Éste que veis aquí de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes, ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y esos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño; la color viva, antes blanca que morena, algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies." Éste digo que es el rostro del autor de _La Galatea_ y de _Don Quijote de la Mancha_, y del que hizo el _Viaje del Parnaso_, á imitación del de César Caporal Perusino, y otras obras que andan por ahí descarriadas y quizá sin el nombre de su dueño. Llámase comúnmente MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA. Fué soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió á tener paciencia en las adversidades. Perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros, militando debajo de las vencedoras banderas del Hijo del rayo de la guerra, Carlos V, de felice memoria."

FIN DE LA "VIDA DE CERVANTES"

NOTAS:

[1] En 8.º--4 hjs. prels.--204 págs.

[2] Cuatro tomos en 4.º mayor.

[3] Según los descubrimientos posteriores, Cervantes fué bautizado el domingo 9 de Octubre del año 1547 en la iglesia de Santa María la Mayor, de ALCALÁ DE HENARES. Á más de la partida de bautismo, publicada en 1753 y reproducida varias veces en facsímile, se prueba _ser natural de Alcalá de Henares_ por un autógrafo de Cervantes, firmado en Madrid á 18 de Diciembre de 1580. (Véase _Doc. cerv._, de P. Pastor, tomo I, pág. 65).--_N. del E._

[4] En el prólogo de sus ocho comedias.

[5] Cap. I.

[6] _Viaje del Parnaso_, cap. VIII, en la Adjunta.

[7] En el prólogo de las novelas.

[8] Tomo I, cap. IX.

[9] Tomo I, cap. VI.

[10] En el mismo capítulo.

[11] Véase la dedicatoria de _La Galatea_.

[12] Ídem, ídem.

[13] Prólogo de las novelas.

[14] En el _Viaje del Parnaso_.

[15] _Viaje del Parnaso_, cap. I.

[16] Alude á que sólo era soldado, sin grado alguno.

[17] Tomo I de _Don Quijote_, cap. XXXIX.

[18] En el _Viaje del Parnaso_, cap. I. En el prólogo de _La Galatea_. En la aprobación del 2.º tomo de _Don Quijote_ y en los _Tratos de Argel_.

[19] En el prólogo de las novelas.

[20] _Don Quijote_, tomo I, cap. XLVIII.

[21] Ídem, ídem.

[22] _Rimas_ de Espinel, fol. 44, col. 2.

[23] _Don Quijote_, tomo I. cap. VI.

[24] En el fin de _La Galatea_ y en el prólogo del tomo II de _Don Quijote_.