Viajes por Filipinas: De Manila á Tayabas
CHAPTER IV
CAPÍTULO IV.
_El puente del suspiro_.
Las mujeres no aman, los pájaros no cantan, y las flores no huelen.
(Dicho popular filipino.)
SECTION I
¡Qué triste es un día sin sol!
Cuanta melancolía lleva al alma uno de esos breves crepúsculos en que el astro del día desciende oculto tras los inmensos pliegues de brumas, que forma el insondable manto de los cielos.
¡Qué momentos tan llenos de sentimiento los que se mezclan con los pausados ecos de la oración de la tarde!
La esquila que en el sombrío torreón produce los sonidos de la oración vespertina, vibra en el mundo del sentimiento con una forma extraña; tiene un no sé qué indefinido, misterioso, incalificable.
Las campanadas que siguen al crepúsculo son el sublime canto funeral que el cristianismo creó á la muerte del día.
El alegre volteo de la campana cede en esos cortos momentos sus bulliciosos ecos á las tristes, melancólicas y pausadas notas que se desprenden del bronce, yendo á mezclarse con el _Ángelus_ que murmura la lengua y el recuerdo que despierta la mente.
En el misterioso _archivo_ de la memoria recorre el eco de la campana todas las más sublimes páginas; páginas que á la voz de los recuerdos llegan al santuario del alma, evocando realidades del ayer y creando fantasmas para el mañana.
El toque de la muerte del día siempre me parece nuevo, siempre creo oírlo por primera vez.
Su primera campanada produce en mi organismo una sacudida magnética, creyendo percibir en su monótono tañir la voz querida de la mujer amada.
Años hace que el ángel de mis sueños oyó, desde el _mundo_ de la luz, mi triste plegaria y el funeral doblar que escribe en el libro de la vida la última letra, al confundirse con el ruido de la piqueta que abre la fosa y el martillazo que cierra el ataúd; últimos _adiós_ que se elevan desde el fondo de la tumba á los que quedan esperando en el _teatro_ del mundo la realidad de la muerte.
¡Qué triste está hoy el día!
La _madeja rubia_ que reparte la luz á los mundos en sus puras hebras, perezosamente ha corrido el firmamento envuelta entre pardas nubes. Un fuerte _Noroeste_ ha hecho gemir á la naturaleza que me rodea.
¡Hoy no hay crepúsculo!
Hoy muere el día sin que el astro que lo alienta y vivifica haya reanimado mi ser.
¡La noche bate sus negras alas en el cementerio de los vivos...!
Abstraído en mis profundas reflexiones, no he notado que la luz artificial ha sustituído á la luz del día.
¡Suena la oración!
Recemos por los que fueron...
* * * * *
Las anteriores líneas, ¿cuándo han sido escritas? No lo recuerdo, solo puedo decir que las leí entre las notas de mi cartera, encabezadas con dos renglones que decían: «Recuerdos de Filipinas.» _De cómo no es verdad que las mujeres no aman, los pájaros no cantan y las flores no huelen_.
La lectura de semejantes conclusiones me hicieron leer y releer lo que seguía, y por más que refrescaba mi memoria, no encontraba la relación de lo escrito con su epígrafe. ¡Bah!--dije por último tirando la cartera sobre la mesa--sea de ello lo que quiera, es lo cierto que _Ratelán_, [6] á quien cariñosamente saludo, tiene razón en muchas de sus brillantes y poéticas apreciaciones.
--Ratelán tiene razón--dije distraído en voz alta.
La india puede poetizar el amor, es más, lo poetiza.--¿Lo poetiza?--¿Sí ó no?--le dije en tono de buen humor á mi buen _Quico_, antiguo veterano de la guerra de Cochinchina, más mudo que _Grimeau_ y más fiel que un perro de Terranova.
Mi criado que me ayudaba á vestir, se quedó mirándome con esa gravedad del que trata de investigar una cosa que no comprende, y por último me dijo--no entiendo, señor.
--Digo, mi buen Quico, si tú crees, por ejemplo, que una india pueda llegar á ponerse muy flaca, muy pálida y muy mala, en _puro_ querer á un hombre.
--Puede más, señor.
--¡Caramba! Puede más.
--Seguro, más.
--¿Has visto tú alguna india en esas noches en que la luna asoma su blanca faz por allí--y le señalé los picachos del vecino Banajao--que haya cantado muy bajito, muy bajito, canciones que al que las escuchaba le dieran ganas de llorar?
--_Sabe,_ señor.
--¿Si será cierto que la india podrá llegar al paroxismo del amor, á la idealidad del querer, á la poética fusión de dos almas, á parodiar á Julieta, á sacrificar su vida, á morir en fin, de amor?
--Muere también--dijo Quico, interrumpiendo mi _crescendo_.
--¡Que muere has dicho!
--Muere, señor--contestó aquel con esa gravedad cómica del indio.--Pregunte V. á su amiga X ... y ella contará á V. la historia de _El puente del suspiro_.
Diez minutos después de la anterior conversación, y bajo un cielo cubierto de pesados nubarrones, cosa habitual en los horizontes que cierran las elevadas cumbres del Banajao, cabalgaba camino del pintoresco pueblo de Lucban, donde vive mi amiga, en busca de la misteriosa historia de _El puente del suspiro_.
SECTION II
El que haya corrido las alturas y hondonadas con que encadenan el _Malinao_, el _Dalitiuan_ y el _Balete,_ á las provincias de la Laguna y Tayabas; el que haya contemplado desde la descarnada atalaya del _San Cristóbal,_ los risueños panoramas de Paquil y Paete; el que haya palpitado de emoción ante la grandiosidad del _Botocan_; el que la curiosidad, el estudio, la necesidad, ó la caza le hayan obligado á pasar el camino de Majayjay, necesariamente le habrá llamado la atención un puente abandonado, semi-derruído y de lúgubre aspecto que se eleva á un lado del camino. Su antigua y sólida fábrica ha adquirido con el tiempo, las aguas, y la viscosidad de los musgos que abrazan la bóveda que lo forma, un aspecto tan sencillo, al par que severo, que parece decir al viajero:--«Deten tu marcha; deletrea en mis piedras con los ojos de la investigación; escucha el gemir de las puras ondas que en un beso eterno acarician mi vida; contempla el panorama que rodea mi cuna; oye los alegres cantos y los melancólicos susurros que adormecen en mi cárcel de granito á los genios de las sombras, en esas interminables noches en que el aguacero carcome mis entrañas y el _cierzo_ conmueve mi ser; reúne todo esto en el _laboratorio_ donde se purifican los pensamientos, donde se aquilatan las más sublimes concepciones, donde se anida el genio, donde mora el alma; y al leer mi nombre de _El suspiro_ en los viejos sillares que me sostienen, evocarás la triste historia de la desgraciada Hasay. [7]
¿Quién fué Hasay? ¿Cuál fué su vida? ¿Cuál su historia?
Poco más ó menos, procuraré recordar lo que en lenguaje natural y verídico me contó mi buena y bellísima amiga.
SECTION III
Hasay, era allá por los años de 1845, una hermosa dalaga que contaba unos quince, desde que su madre, india en toda su pureza, lanzó el último aliento al arrancar de sus entrañas un pedazo de su alma en su hija Hasay.
La primera lágrima de Hasay, cayó sobre los inmóviles restos de su madre.
Hasay jamás supo quién fué su padre.
¡Infeliz expósita!...
La niñez de la huérfana fué todo lo laboriosa que era consiguiente á una pobre que no la habían legado más que un padrón de deshonra su padre, y una ardiente lágrima, que en un beso supremo antes de espirar, depósito en su frente su desgraciada madre.
Ha dicho no sé quién--creo que Selgas--que se conocen los niños que se crían sin madre.
¡Qué cierto es esto!
¡Cuántas veces en mi querida España, en las templadas tardes del Otoño, he admirado en los jardines del _Parterre_, aquellas bandadas de alegres niños entretenidos en sus juegos! ¡Cuántas otras, al caer cerca de mí un volante ó llegar rodando un aro, he detenido al pequeño ser que lo buscaba! Al ver una de aquellas rubias cabecitas cuidadosamente peinadas, formando bucles; al distinguir entre los blanquísimos pliegues de la batista una pequeñita Virgen de los Dolores; al apreciar aquellas ligeras falditas, tan minuciosamente inspeccionadas, sin faltarles ni una cinta, ni un pliegue, ni el más ligero detalle, no he podido menos de exclamar. Esa niña tiene madre. Nadie, nadie más que una madre sabe vestir á su hija.
¡Significa tanto el nombre de madre!
Por el contrario, cuando ha llegado hasta mi vista una niña de faz macilenta, con el peinado descuidado, el vestido aunque rico, manchado, sustituyendo algunos botones con alfileres puestos á la ligera, no la he mirado al sonrosado y puro seno, pues estaba seguro que cual en la anterior no descansaría la pequeña imagen _símbolo del dolor_. Al ver á estas niñas, siempre he dicho: ¡pobrecitas! ¡vosotras no tenéis madre!
Una madre para su hija, es como el rocío de la mañana para la flor; encerrar esta en una estufa, privarla de los primeros besos de la fresca aurora y palidecerá triste y mustia.
Un niño sin madre es cual la flor.
¡Saben tantas cosas las madres! ¡Tiene tanto calor el seno de la que nos dió el ser!
¡Hasay, estaba en el número de las niñas que no tienen madre! ¡Era la flor de la estufa!
En la misteriosa cadena de todo lo creado se destacan dos eslabones; la _sensitiva_ y la madre: en la primera concluye el vegetal; en el amor de la segunda, se establece el lazo de unión entre lo inmortal y lo mortal, entre lo infinito y lo finito. La Reina de los Angeles, antes de ser la _Señora_ de los cielos, fué la amantísima madre del Salvador.
Con la proverbial caridad de Filipinas, afortunadamente no se ha llegado á escribir todavía en estas playas el filosófico pareado que inspiró un infanticidio á el autor de _El Rey se divierte_, al exclamar:
«Amor, contra el honor, te dió la vida. Honor, contra el amor, te dió la muerte.»
Pensamiento sublime encerrado en dos versos, que en su laconismo expresan y revelan todo un mundo de pasión el primero, todo un infierno no descrito tras el terrible _lasciate_ del Dante, el segundo.
¡Qué negra será la existencia de la madre que ahoga al hijo de sus entrañas!
Imposible es que la oración dé consuelo, el sol alegría, ni el tiempo olvido, á la que no conmovió la inocencia del niño, que en vez de encontrar los amantes brazos que le dan vida y calor, solo halló, al alargar sus manitas, el frío hierro de la reja del refugio, ó sintió sobre su sonrosada faz el duro viento que se estrella contra las macizas puertas del templo, ante cuyo dintel lo abandonó el crimen para que lo recoja la caridad.
En Filipinas, donde no se conoce esa monstruosidad del corazón, tampoco se conoce el que un ser quede abandonado en el mundo.
Hasay fué recogida por unas vecinas de su madre, y aunque con trabajos, llegó á los seis años, en que una casualidad hizo la conociese Doña Luisa, excelente y buenísima mujer, que en los veinticinco años que llevaba de país, no había olvidado la hidalguía castellana.
La protectora de la niña, era lavandera de la casa de Doña Luisa, y un día en que Hasay llevaba sobre su cabecita un lío de ropa, la vió aquella.
Desde aquel día, la vida de Hasay tomó un nuevo aspecto.
SECTION IV
Doña Luisa, viuda y rica, poseía en su hija Lola la verdadera riqueza que satisfacía su alma, sin perjuicio que las atesoraba, y muy pingües, para las necesidades materiales, en las que acaudaló su difunto marido, probo empleado primero, activo comerciante más tarde, é inteligente propietario después.
Dos años tenía Lola cuando murió su padre. Doña Luisa, desde que su marido descendió á la tumba, concentró toda su vida, todo su cariño, todos sus cuidados en la hija de sus amores.
Hasay pasó á casa de Doña Luisa, teniendo Lola su misma edad.
Los infantiles juegos y las caricias de Doña Luisa desarrollaron la existencia de sus dos hijas, como ella las llamaba.
El nombre de hija que daba á Hasay, era verdadero; su noble y bello corazón latía para el amor, y lo que en un principio fué compasión, poco á poco fué cambiándose en un profundo cariño.
Hasay tenía una segunda madre en su protectora.
Sin conocer su triste historia, y sin que pena alguna amargase la tierna infancia de la huérfana, cumplió los diez años.
Lola, ya hemos dicho, era de su misma edad.
La noble viuda comprendió debía confiar la educación de su hija á uno de esos centros en que la vida se auna con el saber, formando de la niña que juega con la muñeca, la mujer que piensa en las hojas del libro, ó siente ante el teclado del piano.
De la muñeca al piano, hay la misma distancia que de la crisálida á la mariposa.
La niña, instintivamente, llega un día en que deja de fijar su mirada en las inmóviles formas del cartón, lo mismo que la mariposa llega un momento en que rompe su cárcel de seda y extiende su vuelo revoloteando donde hay luz y perfumes.
Doña Luisa confió la educación de sus dos hijas al desvelo de las virtuosas y buenas madres del beaterío de Santa Isabel, no sin antes tener que vencer algunas dificultades para el ingreso de Hasay, cuyas facciones acentuaban marcadamente su raza india.
Hasay vivía feliz entre sus amigas, sus juegos y sus estudios.
Una sola frase de una colegiala, vino á verter la primera gota de hiel en el hermoso vaso que guardaba la existencia de la huérfana.
Sucede--no sabemos cómo, pero es un hecho que sucede,--que tras las paredes de esas infantiles sociedades que se llaman colegios, trascienden hechos íntimos que se desarrollan en el hogar de los pequeños asociados. Lo que todos habían tenido cuidado de ocultar, lo que la misma Hasay ignoraba, se lo reveló en una sola palabra una amiga suya.
--¿Qué quiere decir inclusera?--Preguntó un día Hasay á la que llamaba su hermana.
--No sé, contestó Lola; y, dime: ¿por qué me lo preguntas?
--Porque ayer, sin querer, pisé el vestido á Ángela, y esta al ver que estaba roto, me dijo:--¡anda, inclusera!
La terrible palabra que descorría en parte el misterio de la vida de la niña, quedó grabada en su memoria, y poco á poco fué comprendiendo todo el valor de aquella frase.
SECTION V
La alegría de Hasay fué desapareciendo, sustituyéndola una profunda tristeza.
A los trece años, la niña era mujer.
La mujer, dejó de jugar y pensó.
Por este tiempo la naturaleza de Lola sostenía una terrible crisis, luchando con la pobreza de su constitución.
Lola era el melancólico lirio que poco á poco doblega su esbelto talle.
Esa terrible enfermedad de la juventud; ese aterrador despertar de los más hermosos sueños del amor; ese descarnado fantasma, que inflexible, rígido, implacable, avanza y avanza siempre cual si lo empujara la maléfica influencia de la maldición del réprobo; esa enfermedad, tormento de la ciencia que busca siempre el calor del alma, que se desarrolla al compás del amante corazón, y que nunca retrocede, se apoderó de la pobre existencia de Lola.
¡La tisis, es incurable! Ante ella, la ciencia es impotente. El nombre no puede parar las funciones del organismo. El pulmón obedece al corazón. Para curar al primero, era preciso dejara de latir el segundo.
No hay ningún engranaje que se componga funcionando la máquina.
Y la humana máquina obedece como las obras del _Divino Artífice_ á inmutables leyes.
¡Inmutable ley es, que el corazón no dejará de latir mientras haya vida!
¡La tisis ocupará siempre un rincón en las salas de incurables!
SECTION VI
Los médicos que asistían á Lola, comprendieron bien pronto que la terrible enfermedad se incubaba en su vida.
La ciencia creyó que lo mejor para la enferma sería el campo y las puras y frescas brisas.
Doña Luisa poseía un magnífico cafetal en las vertientes del Banajao, y tan luego fué prescrito á la enferma la vida del campo, su solícita madre dió órdenes para que se alojara y dispusiera la casa que se alzaba en el centro de la hacienda.
Nada de cuanto constituye lo necesario y representa lo supérfluo faltaba en la finca. Hábiles tallistas de Paete, inteligentes artistas de Lucban, y activos personeros de Manila, cambiaron en pocos días el aspecto de la granja agrícola en mansión señorial. No se olvidó ni un detalle en el pequeño santuario de la coquetería, que constituye el tocador de una dama, ni se dejó de indagar hasta encontrar un excelente piano de _cola_, construcción belga, que con grandes cuidados, quedó instalado en la casa, pronto á llenar de armonías las fragosas faldas del Banajao.
A doscientos metros de la casa se destacaba cual centinela avanzado, el sombrío _Puente del suspiro_, conocido por entonces, por el del _Capricho_, nombre que tuvo su origen en el informe que se emitió al ser reconocido y en la extraña y atrevida concepción de su único arco.
Registrando crónicas he podido adquirir algunas curiosas noticias respecto al puente que nos ocupa.
Un respetable escritor, virtuoso y docto, hijo de la orden de San Francisco, dice en sus escritos:
«Dicho puente fué construido por el reverendo padre Fr. Victoriano de Moral. Se halla sobre el río Olla, basado sobre dos montes y cuyo arco tiene sobre noventa piés de cuerda, sin haber usado más amarras ni maderas para la formación de la colosal cimbra que bejucos, cañas, cocos y bongas; entrando en su construcción solo argamasa; su único ojo mide de luz cincuenta y dos pies de alto por cuarenta y ocho de ancho, construcción casi milagrosa, por lo cual sin duda alguna el arquitecto mayor de Filipinas en su informe al Superior Gobierno, fechado en 7 de Diciembre de 1852 decía entre otras cosas lo que literalmente copiamos.»
«Si se tratase de un puente levantado con estudio y bajo las reglas del arte, la prueba hecha con el de Majayjay era ya suficiente para manifestar su estabilidad. Por desgracia se trata de una obra sin principios: que los aplicados en su ejecución han sido caprichosos, y si bien el arco se mantiene sin desprenderse, como no puede hallarse en la ciencia una regla que manifieste la causa de este procedimiento, ó mejor diré fenómeno, no es la opinión del que suscribe, sino de toda la ciencia junta la que lo condena.»--A cuyo informe, donosamente dice un cronista de la orden del constructor. «Hete aquí un puente, tan asaz atrevido, que á pesar de estar condenado por toda la ciencia junta, tiene la desfachatez de mantenerse firme, de sufrir temblores como los del 16 de Setiembre de 1852 y el 3 de Junio de 1863 sin resentirse; fuertes avenidas como las que se desprenden del gran monte Banajao, sin descimbrarse, estando dispuesto y con pensamientos quizás de decir después de algunos siglos: _yo fuí construido por un fraile franciscano sin principios. Sabed que los principios aplicados en mi construcción fueron caprichosos, y más caprichoso aún, el empeño de construirme sin gastar un solo maravedí y llevar á cabo su empeño._»
Muchos más datos poseemos entre nuestros apuntes tomados unos del análisis del mismo puente y otros de documentos particulares y oficiales; pero como nuestra misión ni es arquitectónica, ni histórica, ni más que ligeramente descriptiva, basta con que nuestros lectores sepan que dicho puente existe, como existen diferentes _consejas_ que á él se refieren.
SECTION VII
--Decíamos,--que el _Puente del suspiro_, se destacaba cual sombría atalaya á la vista de la casa de Doña Luisa.
Esta quedó instalada en el cafetal con sus dos hijas, su antiguo y leal Pedro, criado depositario de la confianza de la familia ya largos años, su servidumbre, y su fiel León, hermosísimo perro de Terranova.
La joven naturaleza de Lola; las puras emanaciones azoadas del Banajao; sus frescas y deliciosas brisas, impregnadas de las delicadas esencias de la _sampaguita_ y del _ilang-ilang;_ la vida del campo, el constante murmurio de sus bosques, el lenguaje poético y enamorado de los cientos de arroyos que retratan en sus bulliciosas ondas la _palma, la bonga y el coco_; la existencia tranquila, la bondad del clima y los exquisitos cuidados, hicieron crisis en la enfermedad de Lola. Sus ojos se animaron, adquirieron color sus mejillas, y la imperceptible y pertinaz tos, terrible alerta de la enfermedad, dejó su monótona y constante pertinacia.
Todo respiraba alegría.
Hasay únicamente estaba triste.
Lola, entre los puros cristales del rocío de la mañana, buscaba la brillante rosa.
Hasay, entre las sombras de la noche, arrancaba triste y melancólica la humilde _siempreviva_, fiel emblema de la amargura.
Cuando los blancos dedos de Lola recorrían el teclado, arrancaban bulliciosos _allegros_; cuando los de Hasay se posaban en el marfil, solo producían tiernos _nocturnos_. A la una la animaba el genio de _Strauss_, á la otra la tierna inspiración de Beethoven.
Aunque distintos tipos, las dos eran hermosas.
Lola era blanca cual los misteriosos genios de las puras nieves: Hasay morena cual la mas perfecta concepción del sueño de un árabe. La primera poseía en sus azules ojos toda la ternura de la resignación; la segunda despedía de su negra y ardiente pupila el rugir de la pasión. Las rizadas _hebras_ que adornaban á Lola se esparcían sobre su sonrosado seno, cuya blancura se confundía con las purísimas mallas del encaje que resguardaba los encantos de la virgen: la suelta cabellera de Hasay, negra cual el palacio de la noche, destacaba las cobrizas y mórbidas formas en que descansaba. El conjunto de esta irradiaba el ardor de la lucha, el de aquella, la paz de la conformidad.
Una mañana, encontrándose toda la familia reunida en la espaciosa caída, recibió Doña Luisa una carta de un antiguo capitán de la marina mercante, paisano y amigo de su difunto marido. En dicha carta la decía tendría sobre anclas el barco hasta _abarrotar_ sus bodegas y cubierta de madera, y aprovechando la circunstancia de la larga _estadía,_ y la proximidad del cafetal al fondeadero donde hacía su carga el velero _Neblí,_ invitaba el capitán á sus antiguas y leales amigas á pasar unos días á bordo.
La oferta fué aceptada, y se dieron órdenes para emprender la marcha lo antes posible.
Hasay, de día en día, aumentaba su tristeza, viéndola muchas veces coger un libro y pasar horas sin volver una hoja, prueba evidente del ensimismamiento que dominaba su ser.
¿Qué motiva la creciente tristeza de Hasay? ¿Por qué todas las tardes, cuando el sublime artista combina en los cielos sus más divinas tintas, va al puente cual si fuera empujada por una invisible fuerza? ¿Por qué contempla con la inmovilidad de la estatua del dolor, el profundo abismo? ¿Por qué cuidadosamente limpia de gramas una frondosa planta de _suspiros_ [8] que crece á la orilla del río? ¿Qué maléfico genio atormenta su corazón? ¿Qué sueño la adormece? ¿Qué fantasma la despierta?
¡Solo Dios lo sabe!...
SECTION VIII
Los diamantinos dedos de la aurora perezosamente plegaban los crespones de las sombras, en el amanecer del día en que Doña Luisa debía llegar á bordo del _Neblí_.
El gallardo _brik_ denunciaba en su aparejo, en su fino y airoso casco, en su ligera arboladura, y en lo minucioso de su cordaje, la construcción americana. El _Neblí_ besó por primera vez las saladas aguas, en las que acarician las playas de California. En uno de sus viajes dió fondo en las revueltas ondas de Bilbao, en donde fué comprado por una casa española, la cual desde aquel momento lo dedicó á la carrera de Filipinas.
Barco alguno ha rendido viajes tan rápidos como el _Neblí_.
Cuando sobre el _espejo_ de los cielos tendía el _Neblí_ sus blancas _alas_; cuando la _embergadura_ de sus ligeras _arrastraderas_ reclinaba en sus _tomadores;_ cuando en la fresca _ventolina_ se largaban _gabias y velas altas_, crugiendo _cables, motones y relingas_; cuando no quedaba _rizo, trapo_, ni _estay_ que al viento no diera cara, entonces era de ver al _Neblí_ besar con sus finísimos _tajamares_ el encaje de espuma con que el creador borda el insondable _manto_ de las ondas.
A bordo del _Neblí_ venía como agregado, un joven que había dejado las rutinarias y graves carreras universitarias, optando por inscribirse en Cádiz en la matrícula del colegio naval.
López Ródenas se llamaba el prófugo de la Universidad de Madrid, en cuyos claustros siempre se había distinguido como calavera, decidor y camorrista.
Las horas que le dejaban libres el aula y los libros--que eran casi todas,--las pasaba entre requiebros, cañas y jolgorios. Jamás estudiante alguno ha corrido la calle de la _Luna_, llevando con más gracia la recortada _torera_; jamás _pirata_ callejero, ha sabido mejor poner _facha_ y dar _caza_ á la picaresca y alegre modista; jamás ha entrado en casa de _Botín_ joven alguno tan rumboso como Ródenas.
En la alegre zambra, el primer duro que se gastaba era el suyo, y en la contienda, el último que huía era él.
Desde los misteriosos cuartitos de la _Fonda de la Castellana_, nidos poéticos de las mañanas de Abril y Mayo, hasta los ahumados _chamizos_ de _Maravillas_ y _Tribulete;_ desde la elegante _victoria_ de Muñoz, hasta la histórica calesa; desde los aristocráticos bastidores del teatro de Oriente, hasta las desgarradas _bambalinas_ de _Capellanes_; todo le era familiar, todo conocido. Punteaba unas malagueñas, que ni el _Tío planeta_; hacia llorar en el _polo_, como _Silverio_, y era capaz de dar lecciones _gitanas_ al mismo _Antón_ el _pelao_.
Ródenas era todo un buen muchacho, que se dormía con los textos de las _Pandectas_, que derrochaba la fortuna de sus mayores, que gustaba de las mujeres, daba jaqueca á los padres y maridos, y de cuando en cuando los disgustos iban precedidos de alguna que otra de _cuello vuelto_ que obligaban al paciente á que _Nogués_ le _carenase_ una muela ó una mandíbula.
Con este género de vida, sucedió lo que debía suceder. Su tutor--pues era huérfano--le anunció un día, en son fatídico, que todo aquel caminito de rosas lo llevaban directamente y en tren _expres_ á la portería de San Bernardino, santo respetable en el _almanaque_, pero que, inscrito al frente del establecimiento á que se alude, es capaz de dar un calambre á una pieza de molave.
Ródenas soñó con el beato santo, y ya que no podía echar cuentas con su tutor, las echó consigo mismo, resolviendo variar de vida, emprendiendo la carrera de la marina mercante, confiando en que un lejano pariente armador le daría con el tiempo el mando de alguno de los barcos de la casa.
Hecho el proyecto, lió los bártulos y se instaló en Cádiz, de donde salió á los tres años, montando el _Neblí_ como agregado.
SECTION IX
Al llegar aquí, y viendo la precisión con que mi amiga X ... había descrito la vida del estudiante tronera, no pude menos de interrogarla, y con cierto disimulo, para que no lo oyera su madre, me dijo no le era desconocido _Fígaro_ ni _Mesonero Romanos,_ y que casi podría recordar alguna de las bellísimas redondillas de _El estudiante de Salamanca_.
Con esta explicación me dí por satisfecho, y mi bella narradora, haciendo un gracioso gesto al ver mi admiración de que á las agrestes vertientes del Banajao se evocaran sombras tan venerandas como la del autor de _El día de difuntos_ siguió su relación.
Abordo del _Neblí_ pasaron Doña Luisa y sus dos hijas ocho días, al cabo de los cuales regresaron á la quinta.
SECTION X
Seis meses han transcurrido desde que Doña Luisa y sus hijas volvieron del _Neblí_.
Era el mes de Diciembre.
En las faldas del Banajao se respiraba una temperatura semejante á la del otoño en España.
Los panoramas que rodeaban la quinta de Doña Luisa tenían gran semejanza con los que retrata el suelo y el cielo de nuestras provincias meridionales en los meses de Setiembre y Octubre.
El árbol del Banajao pierde su lozanía, la hoja aminora su brillo y el cielo se cubre de fantásticos nubarrones que velozmente recorren su bóveda á impulsos de los fuertes _Noroestes_.
En una de esas tardes melancólicas en que todo lo que nos rodea se impregna de sentimiento y amor, se encontraba Hasay, _cabe_ la murmurante corriente que se desliza bajo el puente.
Rojos están sus ojos, pálidas sus mejillas, contraídas sus facciones. Sus labios dibujan ora una sonrisa amarga, ora murmuran palabras ininteligibles.
¿Reza ó blasfema? ¿Implora ó maldice?
¡Pobre niña!
De pronto se levantó con un movimiento convulsivo: sus ojos adquirieron una potente fuerza de irradiación, sus facciones se acentuaron y ¡hay que acabar!--murmuró su lengua, al par que como una corza herida desapareció por las graníticas quebradas que conducen á la vecina cascada del _Botocan_.
SECTION XI
Aquella noche, Hasay no pareció por su casa. A la mañana siguiente se encontró el cadáver de la niña bajo el puente.
Entre las frescas campanillas de los frondosos _suspiros_ descansaba el cuerpo de Hasay.
¿La mató el rayo del sentimiento que hace estallar el corazón ó la última resolución del suicida? ¡Dios y la muda y poética naturaleza, únicos testigos, solo lo saben!
--Y bien--dije á mi amiga,-¿por qué murió Hasay?
--Murió--me dijo muy bajito--de amor; al día siguiente al en que se encontró el cadáver de Hasay, debía Lola casarse con López Ródenas.
Hasay estaba enamorada de Ródenas.
¡Amaba sin esperanza!...
Mi amiga, al pronunciar la última frase de la leyenda del puente, cuyo nombre del _suspiro_ se debe sin duda á las flores que crecen á su alrededor, vertió una lágrima á la memoria de Hasay, lágrima que se deslizó al blanco teclado del piano, sobre el que maquinalmente apoyaba sus dedos.
La voz calló, mas el piano fué alentado por el genio de mi buena amiga, arrancando de sus cuerdas uno de los más sublimes _nocturnos_.
Las últimas notas se confundieron con el gorjeo de un precioso pájaro, de plumaje tan bello como armonioso era su canto, que alojaba una dorada jaula pendiente de uno de los huecos de la caída.
--¿Ese pájaro es de China?--dije á mi amiga.
--No, me contestó con la mayor naturalidad--nace allí,--dijo señalándome las alturas del _Balete,_ y se llama _el pájaro del sol_. [9]
SECTION XII
La modesta cruz puesta sobre la tumba de Hasay, y los gorjeos del _pájaro del sol_, son una página que claramente _dice_, que las mujeres en Filipinas aman, y los pájaros cantan.
Ya escrita la última cuartilla de esta histórica leyenda, recibo el correo de Europa. Entre las cartas viene una, de la que literalmente copio un párrafo.
Dice así:
«Adjunto te mando, hijo mío, el diploma del premio que han logrado en la Exposición de Viena, las esencias de las flores de ese país, que mandaste en tus colecciones.»
SECTION XIII
¡Hasay!
¡El pájaro del sol!
¡El premio de la Exposición de Viena!
* * * * *
Ratelán, tiene razón.
En Filipinas las mujeres aman, los pájaros cantan, y las flores huelen.