Viajes por Filipinas: De Manila á Marianas

Part 9

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Este hecho inaudito, propio solo de una raza salvaje é indómita, produjo el efecto consiguiente en el ánimo del capitán y de los pocos soldados que tenía á sus órdenes. Siendo rotas las treguas y ávidos de venganza, no hubo perdón ni misericordia. Donde quiera había oposición, había incendio; donde quiera había resistencia, había metralla; se talaron campos, se destruyeron estacadas, y por último, se pisotearon los falsos ídolos personificados en las calaveras, acompañando á este sangriento cuadro la ejecución que con toda publicidad se llevó á cabo, ahorcando á todos los que pudo justificarse participación directa en los asesinatos.

La destrucción de las calaveras y el haber entre los ahorcados dos macambas de los más influyentes, fueron causa de que se apoderara de los isleños un grandísimo terror, alejádose del terreno de las hostilidades, buscando amparo en los extremos de las islas y en lo más oculto de los bosques, convencidos de que toda resistencia era imposible en vista de la actitud de los españoles y filipinos, los cuales habían perfeccionado las obras del establecimiento, proveyendo de dos pequeños cañones el torreón que dominaba las trincheras y estacadas, doblemente resguardadas con sinnúmero de púas de cañas y palma brava.

Con la conducta observada por D. Juan Santiago y por su sucesor D. Damián de Esplana, que con decisivo tesón continuó en la obra de reducción, se pudo ir asegurando la tranquilidad en las islas, en las cuales fueron construyéndose iglesias y casas de instrucción, habiéndolas en gran número de pueblos, cuando llegó á Agaña en Junio de 1676 el navío _San Antonio_, conduciendo á su bordo al capitán D. Francisco de Irrisari, primer Gobernador de Real nombramiento de las islas Marianas.

Azarosos fueron en extremo los dos años que gobernó Irrisari; el odio estaba oculto, la venganza por un lado, y por otro la cautela aprendida por los chamorros á consecuencia de los continuos descalabros que habían sufrido siempre que frente á frente y en ancho campo presentaron contienda, los hicieron astutos y precavidos. Las asechanzas y emboscadas eran cada vez más frecuentes, y las muertes y asesinatos parciales sustituyeron á los ataques francos y en masas.

Los macambas, á pesar de ver que la numerosa población que en otro tiempo habían subyugado, merced á la evocación de supersticiosas fábulas estaba casi aniquilada, que las cábalas mágicas de los anitis eran impotentes ante el fuego de los mosquetes y la metralla de los cañones, que los castigos eran públicos y ejemplares, que de día en día se perfeccionaban las obras, se levantaban otras aumentaban hombres y vituallas, que se talaban y se incendiaban las rebeldes rancherías, no desmayaban en sus predicaciones y en sus pérfidas gestiones. En un principio explotaron el orgullo y privilegios de raza; más tarde, excitaron la maternidad; después, echaron mano del desenfrenado sensualismo, y por último, y en los años que nos ocupa, aprovecharon como arma de excisión el hecho primero en aquellas islas, de casarse una mariana con un español. Esto dió origen á que los macambas predicaran el odio contra aquellos, recrudeciendo los ánimos al presentar el matrimonio como un robo simulado, ante el cual los conquistadores principiaban á apoderarse de sus hijas y mujeres.

Esta falsa doctrina hizo su efecto y volvieron á las antiguas hostilidades, las cuales fueron estrellándose en la constancia y valor de Irrisari y los suyos.

Al llegar á Marianas en el año 1678 D. Juan Antonio de Salas, su segundo Gobernador, se hicieron exploraciones en el puerto, se situaron lugares seguros de anclaje, y se desembarcaron refuerzos; con estos y con la inteligencia, tanto de Salas como de su sucesor D. José Quiroga, se logró reducir, no solo la isla de Guajan, sino las que aún quedaban revueltas al Norte.

En completa reducción, y estando las islas al mando de Madrazo, llegó el siglo XVIII, á cuyos principios se aumentaron escuelas, se perfeccionaron las obras de las iglesias, se levantaron almacenes, se abrieron caminos y se ultimaron cuantas construcciones habían estado abandonadas por efecto de la guerra. Las rancherías esparcidas por los montes se refluyeron al llano, desapareciendo la vida nómada y errante del natural, con la aparición de los pueblos de Merizo, Pago, Agat é Inarajan.

En el año 1701 no había habitadas en todo el Archipiélago de Marianas más que las islas de Guajan, Rota y Saipan, y estas últimas, era tan poca su importancia y tanta su miseria, que al despoblar los españoles años después la isla de Rota, dice una crónica de aquel tiempo, literalmente lo que sigue: «La tierra es estéril, el cielo melancólico, el viento y el mar á temporadas furioso, horrible y formidable. Solo en ciertas monzones se ve un aspecto apacible, la gente es poca, bárbara y bozal. Nadie sale de allí, nadie pasa por allí, no hay noticias, ni del resto del mundo, ni aun de aquel pequeño rincón del mundo. No hay desierto ni yermo en la Nitria, ni la Thebaida, que sea comparable á esta soledad. Ovidio, no acaba de ponderar las miserias de Tomis; pero si hubiera visto á Rota dijera, que era el Tomis del mismo Tomis.»

La situación de Rota desde que con tan vivos colores se describió, realmente poco ha mejorado, participando del sensible descenso que se observa en todo aquel pequeño Archipiélago, descenso más sensible en Rota por la casi absoluta carencia de comunicaciones, por la nulidad en las transacciones, por la consiguiente miseria del natural, y por lo inhospitalario de sus puertos.

La reducción de las islas como hemos dicho, quedó ultimada en absoluto á principios del siglo XVIII. Pero, ¿qué quedó de aquella reducción? Una docena de peñascos deshabitados en su mayor parte, y un pequeño pueblo al cual había que atender con cuantiosas sumas, á fin de darle vida al par que actividad y movimiento. Los sacrificios pecuniarios de la nación y los deseos de los gobernantes, se estrellaron como era consiguiente, con la falta de inspección que no podían ejercer en razón á la distancia que separa Marianas de Manila.

Se estudiaron todos los medios al par que iban creciendo las exigencias, y aumentando por consiguiente el personal y con este el presupuesto. Se ensayó centralizar el comercio en sentido oficial, y á este propósito el Real Erario en vez de remitir caudales, lo hacía de géneros de más ó menos fácil realización.

El Estado se convirtió en tendero; la Hacienda absorbió el cambio, la venta y la permuta y los gobernantes constituyeron la Real Hacienda en muestrario de las transacciones. El gobernado se convirtió en comprador, y el Estado en razón social mercantil.

Semejante manera de arbitrar fondos, produjo como consiguiente era, un sinnúmero de abusos, que denunciaron otras tantas fortunas improvisadas y caudales adquiridos á la sombra de un mostrador, en que la mercancía venía gravada con el impuesto de considerables primas, en que los comerciantes eran meros factores, y en que los dueños eran puramente nominales.

La acumulación del capital por razón de la venta; la ventaja de la retención, á causa de la escasez; el aumento del pedido en proporción á la demanda, y el acopio y almacenaje ante el cálculo racional del expendio y la necesidad, fuentes de todo comercio, no las negamos en el _muestrario_ oficial, pero lo que desde luego aseguramos, es que dichas fuentes no vertían sus caudales en las cajas de la entidad jurídica llamada Estado, sino en la positiva de los administradores al par que administrados. Ellos se compraban y se vendían facturas, y este continuo agiotaje y más que todo la triste realidad, que aunque tarde se iba observando en los centros inspectores, dieron origen á que se abandonara el sistema anterior y á que se ensayara el hacer los pagos por medio de situados. Estos y aprovechando las naves de Méjico, dejaban en Marianas el total del importe del presupuesto.

Mas adelante, y pasados bastantes años de ser evacuadas las Américas, y cerrado por consiguiente el paso de las naves por Marianas, se redujeron en las cláusulas de un reglamento los gastos de las islas, quedando estos en la suma de _unos doce mil pesos_.

El reglamento no podemos negar se publicó, pero el presupuesto por ningún concepto refleja en el día los beneficios de su observación y con ella su reducción.

Hemos visto lo que _fueron ayer_ las islas de los Ladrones; veamos lo que _son hoy_ las islas Marianas.

CAPÍTULO XIV.

Archipiélago de las Marianas.--Historia moderna.--Guajan.--El pueblo de Agaña.--Puerto de Apra.--Punta Pití.--Flora y fauna.--La mujer de Marianas.--M. Arago.--Ingratitud.--Caridad española.

El Archipiélago de Marianas lo compone una cordillera de islas, enclavadas en el gran Océano Pacfico. Corren de Sur á Norte, desde la principal llamada Guajan, residencia del Gobernador y demás autoridades.

A más de Guajan y en una extensión como de dos grados y medio, se encuentran Rota, Aguiguan, Tinian, Saipan, Farallon de Medinilla, Anatajan, Sariguan, Farallon de Torres, Guguan, Alamagan, Pagan, Agrigan, Asunción, Urracas y Farallon de Pájaros.

De las anteriores islas, solamente están habitadas, según ya dijimos, Guajan, Rota y Saipan, siendo estas dos últimas, miserables asilos en que difícilmente se refleja la escasa vida que disfruta la primera.

La isla de Guajan la encuentra el navegante á los 13° 26' lat. N. y 150° 52' long. E. del meridiano de San Fernando; mide unas 32 millas de longitud en su mayor extensión de Sudoeste á Nordeste, variando en razón á su configuración la latitud entre cuatro á nueve, y componiendo su total bojeo de 190 á 200.

En el término medio del panorama que presenta la isla de Guajan hay un istmo, el cual divide la isla en dos penínsulas. En la lengüeta que une los dos ensanches que forman aquellas, se eleva la ciudad de Agaña, capital del Archipiélago de Marianas.

Las costas de Guajan en su general perímetro, las constituyen, multiplicados arrecifes y bancos madrepóricos que se internan mar adentro desde rocas escarpadas donde nacen. En los centros calizos suelen formarse canales, por los cuales los ligeros botes balleneros, son las únicas embarcaciones que sin grave peligro pueden recorrerlos, y esto en algunos sitios, pues en otros, la mar es tan brava, y la costa tan inhospitalaria, que hace de sumo riesgo el aventurarse en aquel laberinto de arrecifes calizos, terminados por masas acantiladas, azotadas incesantemente por mares peligrosas y revueltas.

El ruido del romper la ola, no es el gemir monótono y acompasado que produce en la generalidad de las playas. El ruido que paulatinamente se va disipando á medida que la ola va rodando sobre un lecho de menuda arena, en Guajan es desconocido; allí el ruido es atronador é imponente; allí, las masas de agua empujadas por las grandes marejadas llegan compactas, no á una superficie igual, sino á cordilleras inmensas de arrecifes, que presentan en las sinuosidades y desigualdades de sus configuraciones, otros tantos obstáculos, que dividen la ola en infinidad de partes, originando los huecos que presentan las múltiples ramificaciones madrepóricas, imponentes ruidos que repite el eco de cavidad en cavidad.

Las primeras noches que se duerme en Agaña, es imposible conciliar un sueño tranquilo y sostenido.

Sin embargo de los múltiples y peligrosos bajos de que están sembradas las mares de Guajan, la experiencia y la práctica pueden conducir al navegante á encontrar abrigo y seguro anclaje en varios puntos de la isla; debiendo citar como el principal y más seguro de sus puertos, el que se encuentra en la parte Oeste, entre la península de Orote y la pequeña isla de las Cabras, llamada de _San Luís de Apra_. A pesar de lo espacioso del puerto de Apra, desde luego aconsejamos al navegante, no se aventure en sus aguas sin llevar práctico, pues la situación del anclaje por razón de los abrigos que preserven en lo que cabe los fuertes temporales de Oeste á Noroeste, á cuyos cuadrantes tiene pocos resguardos el puerto, y el sinnúmero de escollos que se extienden desde el sitio denominado la _Caldera_, á la playa, son innumerables. Si á esto se agrega las varias y encontradas corrientes que los canales de coral producen, se comprenderá fácilmente lo necesario de poner la nave á la dirección de un hábil conocedor de aquellos lugares.

San Luís de Apra es el puerto en que anclan todos los barcos que llegan á Guajan.

Se conocen á mas del anterior, los de Agaña, Tepungan, Daví, Jatí, Merizo, Sajayan, Actayan, Inarajan Tarofofo y Pago, los cuales por sus escasas proporciones y por las revueltas que á ellos llegan las mares, los tiene de antiguo completamente abandonados el uso.

Una vez anclada la nave en el puerto de Apra, hay que recorrer una larga extensión hasta llegar á la playa. La travesía entre esta y el barco se hace en botes balleneros, únicos que por su escaso calado pueden utilizarse en el canal que forma Guajan y la isla de las Cabras, el cual es sumamente pintoresco. Luego que se toma tierra, quedan unas cinco millas que andar hasta llegar á la ciudad de Agaña, trayecto que generalmente se hace en pequeñas carromatas de ruedas de una sola pieza, tiradas por novillos, los que también se emplean para silla, prestando toda clase de servicios de carga y arrastre.

Pocos paisajes habrá en el mundo tan hermosos como el que presenta el cuadro que se desarrolla desde Punta Patí, hasta las primeras casas de Agaña: unas cinco millas, las separan del puerto como ya dijimos; cinco millas, en que la vista se recrea con todas las maravillas de que el Creador dotó el suelo. _La palma_, la _bonga,_ y la variedad de _cocos_ con sus frondosos penachos, que al acariciarlos el viento cimbrean sus esbeltos y elevados troncos; la _rima_, el _cajel_, el naranjo y el limonero, con su exuberante vegetación, sus múltiples y verdes hojas, y sus olorosas emanaciones de azahar y nardo; el poético limoncito de China con sus abundantes frutos; el corpulento _ifil,_ el tortuoso _abgao_ verdadero sáuce de la India, el _agoho_, con sus pequeñas piñas armadas de afiladas púas, el productivo _daog_ ó _palo maría_, el _goya_, la _guayava_ y el _ate_, entrelazan sus hojas, sus frutos, sus flores, y su potente vida, con las olorosas y variadas enredaderas, con los intrincados laberintos de _bacauam_, con los desiguales y trepadores tallos de la silvestre pámpana, y con las esbeltas y flexibles ramas del jazmín blanco.

Sobre la inmensa capa de verdura que presenta la prodigiosa vegetación que se extiende por un terreno desigual y accidentado, se contempla un cielo puro y trasparente, bajo cuya diáfana bóveda baten sus alas y cantan sus amores, la pintada _garza_, la veloz _dulili_ y la amorosa tórtola, cuyos cantos son interrumpidos por el agorero chillido del _mamoy_ y el estridente graznido del _fanifi_. Las palomas blancas, las aves marinas en su diversidad de clases, las agachonas, el tordo, y los carpinteros completan el viviente mundo de la región de las nubes.

Cuanto define y compone la belleza, tiene allí su rasgo característico, su estigma que la distingue y señala. La escarpada peña cría verdura, el cielo presta tibios ambientes, los pájaros alegres cantos, las flores deliciosas emanaciones, el arroyo tiernos murmurios y cristalinas aguas, los árboles sabrosos frutos, y el cielo claridad y hermosura.

De Guajan se ha dicho es un país privilegiado y es muy cierto. Aquel cielo y aquel suelo en el Grao de Valencia, ó las orillas del Guadalquivir, sería una dulcísima parodia de los jardines del Profeta; mas un paraíso, _anclado_ en medio del revuelto Pacífico, lejos del universal concurso y sin tener por lo menos una Eva, es un paraíso que al principio encanta, después, aburre, _y por último_ desespera.

No se crea por lo anterior que en Marianas no hay mujeres, que las hay y muchas, pero ... pero francamente, y con perdón sea dicho de la _Mariquita_ y la _Ángela_ de M. Arago, entre todas no componen ni una caricatura de las de _allá_, ni un octavo de cuartilla de las que tan mal empleó el escritor francés al ocuparse de Marianas. Al principiar este trabajo dijimos, y si no lo hacemos ahora, que si algún mérito tiene, es, que lo en él escrito, es producto de la verdad, y no emanación de ridículas fábulas, propias de una novela mas no de un viaje.

Sentimos no poder describir aquellos ojos de fuego, aquella exuberancia de formas, aquella corrección de líneas, que completan los acabados modelos del universal viajero en sus _dadivosas_ y enamoradas concepciones chamorras y carolinas, prontas, por supuesto, eso sí, y dicho también por supuesto por el escritor francés, á consagrarle sus amorosas primicias y hasta su existencia, y vean ustedes cómo el ilustre viajero casi casi introduce en las pacíficas chamorras el uso de los fósforos de Cascante, y la entidad acabada del Don Juan, con sus irresistibles filtros sus tiernas pláticas y sus incendiarios conceptos, con la diferencia que al Don Juan europeo le abrían las puertas dueñas y rodrigones, y al _Don Juan_ trasatlántico pañuelos y relicarios.

Léanse detenidamente las páginas que Arago consagra á Marianas, y se verá que todo se reduce á decir que no hubo chamorra ni carolina, que primero por su linda cara, y después por un relicario, no le ofreciera sus caricias. Esto, y ver por doquier restos humanos consumidos por la lepra, enterrar á todo el que buenamente le parece á consecuencia de dicha enfermedad, crear tipos á su capricho, y acusar de no sé cuántas cosas á los poseedores de aquellas islas, hasta el punto de conceptuarlos como un mal para la humanidad, completan las páginas de M. Arago, salpicadas de cuando en cuando con bravatas que son fáciles de escribir ya que no de realizar.

¡Se atreve M. Arago á hablar de humanidad!

¡Válgame Dios, y cómo se escribe la historia!

En la infinidad de naufragios, en el sinnúmero de siniestros que por su situación ha presenciado Guajan, jamás han dejado sus habitantes y sus Gobernadores, de hacer muchísimo más de lo que dicta la caridad oficial y la reciprocidad del derecho de gentes. Lea M. Arago el naufragio de su compatriota Mme. Wisio, interróguela y la verá llorar al solo recuerdo de los beneficios recibidos de los españoles. Crónicas de Nueva-York, de California y del Japón son buenos testigos á quienes preguntar sobre la caridad española. Las columnas de sus periódicos de cuándo en cuándo, se llenan con la relación de conmovedoras escenas en que la abnegación y el desinterés juegan en primer término.

No solo encuentran en Marianas recursos y consuelos los náufragos que logran tras miles de riesgos y privaciones, ganar las hospitalarias costas, sino que también cuantos llegan á ellas empujados por cualquier otra desgracia.

Jamás, jamás en Marianas se ha cerrado la puerta al dolor, ni el consuelo al sufrimiento.

Esto podemos contestar á las páginas de Arago respecto á humanidad; en cuanto á los _dicharachos_ puestos en boca de Petit, le recordaremos, que si hay islas de Saipan, también hay Geronas y Bailenes, y que si creía fácil tomarse la justicia, frente las playas de Marianas, no la encontraron tan fácil sus compatriotas frente los pechos de los zaragozanos.

Mucho, muchísimo más podríamos decir respecto á M. Arago, el cual nos consta por fidedignas autoridades, que en el tiempo que residió en las islas, fué objeto de cuantas deferencias y atenciones se le pudieron ofrecer, á pesar de los escasos recursos de la localidad.

¡La ingratitud siempre frente al beneficio!

Cerremos el _libro de Los viajes_ por su página de Marianas, y si no hemos llegado á convencer de que en Guajan, hay siempre un consuelo y un remedio á toda necesidad, pregunten á los que allí hayan sufrido y ellos contestarán.

Confundamos las páginas del viajero de la _Urania_, con las de otros compatriotas suyos, y continuemos en la descripción de la isla de Guajan.

CHAPTER 15

CAPÍTULO XV.

La plaza de Agaña.--La iglesia.--El monte de Santa Rosa.--La atalaya.--El reloj de Agaña.--Faro original.--Vida en Marianas.--Casas, huertas, cultivos, ríos.--Vegetación de Oriente.--El árbol del pan, y el _dug-dug_.--Cageles.--La isla de Pagan.--Riqueza perdida.--Desconocimiento del país.--Reputaciones usurpadas.--En tierra de ciegos..--Hormigas coloradas y ratas.--Los caballos y las _auroras_.

A poco de pasar el viajero el pequeño puente de madera de Asang, y dejar á su espalda la tajada roca, por cuyo granítico plano vierten los vecinos montes cristalinas aguas, que la previsión del natural detiene en tanques de piedra, se divisan las primeras casas de la ciudad de Agaña, presentando su entrada una espaciosa calle formada en su mayoría de pequeños edificios de tabla y teja, entre los cuales sobresalen algunos de piedra y otros de cogon y palma.

El conjunto de la ciudad que se encuentra enclavada entre los arrecifes de la playa, y el extenso monte de verdura que corre de Norte á Sur, á cuya falda termina la línea de construcción es limpio y alegre.

Siguiendo la igual y espaciosa calle que tiene por continuidad el camino del puerto, se llega á la plaza, en la cual, y tomando á la derecha se encuentran en línea, la casa-administración, el presidio, el llamado palacio, ó sea morada del Gobernador, el parque y los almacenes de la plaza; todos estos edificios son espaciosos y de sólidos materiales. La banda de la izquierda la componen pequeñas casas y edificios en construcción, que según supimos se destinan para Tribunal y Escuela.

El frente de la plaza, siguiendo la dirección que hemos tomado, lo ocupa en primer término la iglesia, el cementerio y la casa parroquial; cerrando el perímetro, el Colegio de San Juan de Letrán, con las escuelas y dependencias.

La plaza de Agaña, compendia la vida de Marianas; el dolor tiene su morada, como lo tiene el poder, la religión y el saber. Allí, la cruz que se alza entre la revuelta maleza que crece en el misterioso mundo de los muertos, recuerda la memoria de pasadas generaciones; las sombrías rejas del presidio, señalan en sus dobles hierros, la satisfacción que da á la tranquilidad individual, la pública vindicta; la campana que á la oración de la tarde, pesadamente dobla sus bronceados ecos, indica en la religión, el más allá que enseña el santo suelo sobre el que se eleva el pardusco torreón, á cuyos cimientos se aquilata la pequeñez de la vida, en la amarga verdad de una tumba que carcome el tiempo, y una cruz que pudren las aguas, únicos y miserables girones de los recuerdos, que cual el sér que cubrieron, bien pronto pasarán al polvo y al olvido.

La iglesia que está contigua al cementerio, es tan modesta como poco espaciosa, la compone tres pequeñas naves, el coro y una tribuna cerrada de reciente construcción. Lo que constituye la dotación del culto externo, mas que pobre, es escaso; la ornamentación es churrigueresca, y el busto estatuario, tanto en líneas, como en expresión y detalles, es detestable.

Contigua á la iglesia, y comunicando con el altar mayor, está la sacristía, en la cual hay un retrato del Padre San Vítores, y otro del lego Bustillos.

Como edificios, no recordamos ningún otro de los enunciados, que merezca la pena de ser citado, pues si bien hay en el cerro de Santa Rosa, y en la entrada del canal, pequeños fuertes, estos, ni por su fábrica, ni por las máquinas que resguardan tienen nada de particular, á no ser el pintoresco y bellísimo paisaje que desde ellos se domina.

En lo que se llama la Atalaya, _vigilan_ cuatro hombres de la dotación el desierto mar, al par que son los encargados de comunicar al pueblo la hora en que vive.

La falta de máquinas supliendo la abundancia de brazos.

El _engranaje_ del reloj de Agaña lo constituye un complicadísimo servicio, y una vigilancia á prueba de _segundos_.

Analicemos la máquina.