Viajes por Filipinas: De Manila á Marianas
Part 8
Después de varios contratiempos, de sufrir la presión de altas temperaturas y terribles tormentas, llegaron el 13 de Diciembre á las costas del Brasil; rebasaron el Cabo de Santa María; recorrieron el misterioso río de Solís, y siguiendo la costa del Sur encontraron una pequeña bahía, á la cual por la gran abundancia de aves acuáticas llamaron de los Patos; en dicha bahía les sorprendió un fuerte temporal, aguantando en fondeadero hasta que aplacados los elementos, pudieron continuar su empresa.
Poco habían navegado, cuando la invernada se presentó altamente fría y desapacible.
Las anteriores y recientes luchas, el frío, la nieve, la soledad de aquellos inhospitalarios lugares y todas las privaciones que ya se dejaban sentir, levantaron descontestos que quisieron poner proa á Castilla; esto originó más de un tumulto, que el fuerte carácter de Magallanes reprimió, condenando á muerte á un capitán y algunos soldados. Cerca del Estrecho se verificó la invernada, permaneciendo sobre anclas á la embocadura del río que les había de abrir paso al Pacífico.
A primeros de Noviembre se descubrió un canal que corría de Oriente á Poniente, y sospechando fuese el paso que comunicaba el Atlántico con el mar del Sur, mandó el Almirante fuese de exploradora la _San Antonio_, cuya nave volvió con la fausta nueva, de que el canal que acababa de recorrer vertía sus aguas en las saladas ondas de los mares que buscaban.
Esta noticia produjo grandísimo aliento en los desfallecidos ánimos, internándose la escuadra por el canal, el cual debiendo ser nuevamente reconocido por haber llegado á puntos difíciles, salió en nueva exploración la _San Antonio_, la que se esperó en vano, sabiéndose después, que habiéndose perdido en el intrincado laberinto de aquel peligroso paso, y no encontrando á la _Capitana_, tomó rumbo á España.
La falta de la _San Antonio_ y la pérdida del gran número de provisiones que llevaba, no hicieron vacilar la voluntad de hierro del navegante portugués, el cual siguió el peligroso y misterioso derrotero.
Muchos peligros arrostró la flota en el canal; hasta que por último, el 27 de Noviembre de 1520, desembocaron en los extensos dominios del mar del Sur, el cual fué descubierto por el valiente Balboa, el 25 de Setiembre de 1513, en las exploraciones que hizo por el Istmo de Panamá, pequeña lengüeta que divide las dos Américas. El grandioso Océano del Sur, ¿se comunicaría con los ya descubiertos? Esta pregunta se hicieron los navegantes, viniendo Magallanes á resolver el problema, enseñando en su Estrecho la unión de los mares y el paso para dar la vuelta al mundo.
Este glorioso descubrimiento sin duda alguna hubiera sido para Portugal, á no ser por las muchas ingratitudes que en recompensa de los servicios prestados á aquella Corona en las Indias Orientales, no hubieran puesto á Magallanes en el caso de ofrecer sus servicios al Monarca español, al cual cumplió como bueno, no sólo con el descubrimiento del paso del Sur, Tierra del Fuego, Continente de los Patagones, Archipiélago de Marianas y Filipinas, sino que planteó ventajosamente para Castilla, la cuestión que originaron las islas Molucas por razón de su falsa situación geográfica. Magallanes, que al par que intrépido marino y valiente soldado, era profundo astrólogo; Magallanes, que seguía con los ojos de la ciencia la rotación de los astros, la dirección de los vientos y el movimiento de las corrientes; que sondaba los abismos en el mundo de su inteligencia al par que interrogaba las misteriosas é incompletas cartas marítimas del gran Behen, y recogía cuantas observaciones constantemente le presentaba en su camino su aventurera existencia; demarcó la verdadera situación de aquellas islas, colocándolas dentro de los meridianos que á España señalaban las cláusulas de la Bula de Alejandro VI, reproduciendo en un todo al servicio de la corte castellana, sus pasadas hazañas prestadas al soberano de Portugal, en la aventurada empresa del sitio de Malaca y en tantas otras á cual más arriesgadas en que tomó parte al servicio de Alburquerque en las comarcas orientales.
El paso que une los dos grandes Océanos, aún hoy en que la navegación parece ha puesto su última letra en el libro de los adelantos, es uno de los más peligrosos derroteros que pueden emprender los navegantes, y que Magallanes llevó á cabo, falto de víveres, con imperfectos instrumentos, y con una tripulación descontenta y tumultuosa.
No contento el gran navegante con haber encontrado el paso que lleva su nombre y de hollar con su planta la tierra del Fuego, puso rumbo por el ancho mar en busca de nuevas empresas.
Largo todo el capo, la quilla de la _Capitana_, levantó hirviente espuma en el Océano Pacífico, dirigiendo Magallanes el timón aun más allá que veía en su atrevida imaginación.
El más allá que comprendía la fe de un hombre que sueña hazañas, encontró un eco en la voz de _tierra_ que se escapó de todos los labios al descubrir por los horizontes donde se oculta la luz, una informe masa confundida con las espesas y revueltas nubes.
Tierra era en efecto, y abordando á ella se tomó fondo, siendo el 6 de Marzo de 1521.
La tierra que los intrépidos navegantes tenían á la vista, les ofrecía hospitalidad y recursos. Falta les hacía la una y los otros, pues al descubrirla, la desesperación, la impaciencia y las necesidades todas habían llegado á su término. Desde que entraron en las aguas del Sur, fueron poco á poco acortándose las raciones hasta el punto de hacer las comidas con agua del mar, no habiendo encontrado en el derrotero que traían, más tierra que las islas Desventuradas, así llamadas por Magallanes, en vista de su situación, inhospitalario abrigo y falta de recursos.
Tan luego Magallanes _dió_ fondo, rodearon á la _Capitana_ sinnúmero de pequeñas embarcaciones movidas por paletas que servían de remos, y por unas velas de tejido de palma. Por el gran número de embarcaciones y por la figura de sus velas, llamaron á aquellas islas de las Velas Latinas.
Aquel grupo de islas hay quien cree son las _Celebes_ de la antigüedad. Los naturales las llamaban á la llegada de Magallanes, Laguas.
El día 7 del mismo mes, desapareció un bote de la _Capitana_, por lo que y por otros robos que hicieron los naturales en los demás barcos, cambió Magallanes el nombre de las Velas Latinas por el de los _Ladrones_, que es como todavía las llaman los extranjeros en la mayor parte de sus cartas. Con algunos arcabuceros y no pocas amenazas, consiguió el Almirante recuperar su bote, y no satisfaciendo á su carácter emprendedor la pequeñez y pobreza de la nueva tierra, nuevamente levó anclas el 9 del mismo mes, en demanda de las ricas y fértiles comarcas Filipinas. Después de una penosa navegación tomó puerto en la isla de Cebú, donde consiguió captarse el cariño y los servicios del Reyezuelo que imperaba en aquella, el cual estando en guerra con su vecino el de la isla de Maetan impetró de Magallanes su auxilio, que le fué otorgado por el intrépido marino, yendo él mismo con parte de su gente á una expedición contra los enemigos de los cebuanos; aquellos en gran número y con gran destreza resistieron el ataque, muriendo Magallanes. Esta sensible pérdida acaeció el 26 de Abril de 1521.
El vencido Rey de Cebú, bien por temor, bien por haber entrado en las prescripciones impuestas por el vencedor, ó bien por la inconstancia propia del natural, es lo cierto que so pretexto de un convite preparó una emboscada, en la cual perecieron villanamente asesinados hasta 30 soldados. Los pocos que habían quedado en las naves, impotentes por su número para tomar venganza, resolvieron salvar sus vidas y regresar á Castilla con las nuevas del descubrimiento.
Los pocos expedicionarios que habían logrado salvar la vida, emprendieron el viaje por el antiguo derrotero de las Molucas, en la _Victoria y_ la _Trinidad_. Esta última nave quedó en la mar, aguantando únicamente la _Victoria_ que mandaba Sebastián Elcano, los mares del Cabo de Buena Esperanza el cual consiguió doblar, no sin falta de ímprobos trabajos, arribando al puerto de Sanlúcar el 6 de Setiembre; sobreviviendo á aquella colosal empresa en que la _Victoria_ había dado la vuelta al mundo, solamente 18 hombres.
Las nuevas que Elcano trasmitió á Carlos V, y la seguridad del descubrimiento, originaron nuevas expediciones.
La ocupación de las Filipinas y las Molucas hicieron sin duda por su poca importancia, el que no se atendiera á las islas de los Ladrones, limitándose por entonces su ocupación á la toma de posesión que de ellas hizo el año 1528 D. Alvaro de Saavedra, y más tarde, en 25 de Enero de 1565, en que el intrépido Legaspi á su paso para Filipinas desembarcó en Guajan, en donde mandó celebrar una misa y levantó acta de posesión. Esta fué solamente nominal, pues ni dejó hombres, ni hizo nada de lo que constituye la material posesión; continuando los naturales en sus usos, costumbres y religión, si bien es verdad existen verídicos testimonios en que se acredita que las _naos_ que recorrían el Pacífico, refrescaban aguada y se hacían de algunos víveres en las islas de los Ladrones.
En tal estado, llegó el año de 1662, en que tocó en la principal de las islas llamada, como ya dijimos, Guajan, el navío _San Damián_, que procedente de Acapulco se dirigía á Manila. En dicho navío, y como presidente de una misión de Jesuítas, venía el devoto Padre Diego Luís de San Vítores, el cual, viendo el estado de los naturales, resolvió trabajar para establecer una misión en aquellas apartadas regiones.
No bien llegó San Vítores á Manila, principió á gestionar la realización de su pensamiento, el cual no solamente no fué secundado sino que encontró acérrimos enemigos; esto no obstante el Padre San Vítores abrigaba en su alma la más fuerte de las perseverancias; la perseverancia que emana de principios del mismo Dios, «bautizarás al idólatra» dijo, y el infatigable jesuíta firme en su propósito se dirigió al Padre Nitarht, confesor de Doña Mariana de Austria, esposa del Soberano reinante por aquella época en Castilla, Don Felipe IV, del cual consiguió aquella una Real cédula satisfaciendo ampliamente los deseos del jesuíta.
En la expresada Real cédula se prevenía al desgraciado Gobernador de Filipinas, D. Diego Salcedo, facilitara á San Vítores toda clase de recursos para establecer una misión en las islas de los Ladrones, y en efecto, y al cumplimiento de lo mandado, se construyó en el puerto de Cavite, el navío _San Diego_, en el cual se embarcó la misión, á la que le surgió nuevos contratiempos al ir primero á Méjico en donde el Virey interpuso nuevas dificultades, que la constancia y excitaciones del jesuíta pudieron vencer; logrando por último, gracias á su invencible tesón, arribar á la isla de Guajan el 15 de Julio de 1668, desde cuya fecha se puede conceptuar la verdadera posesión de las islas de los Ladrones á los dominios españoles, puesto que hasta entonces no hay noticias se hiciera ocupación alguna.
CAPÍTULO XIII.
Adelantos de la misión.--Oposición de los _macambas_.--Saipan y Rota.--Los _urritaos_.--Tradiciones usos y costumbres.--Colegio de San Juan de Lotrán.--Crónicas de los jesuítas--Hostilidades.--Asesinato de San Vítores.--Una modesta cruz.--Los Padres Solano y Ezguerra.--El almirante Coello.--Nuevos asesinatos. Represalias.--D. Juan Santiago.--El Gobernador Irrisari.--Descubrimientos al Norte de Agaña.--Marianas en el siglo XVIII.
La misión dirigida por el Padre San Vítores desembarcó en la isla de Guajan, estableciéndose en el pueblo de Agaña, en donde inmediatamente principió su obra de conversión.
La misión al principio fué recibida con grandes muestras de cariño, sometiéndose gustosos los naturales al bautismo y á oir la voz de los que predicaban una religión para ellos desconocida; mas bien pronto aquellos afectos se convirtieron en una tenaz y terrible oposición en la que perdieron la vida varios misioneros y soldados.
En los primeros meses los agasajos y la dulzura que emplea todo el que trata de persuadir, hicieron su efecto, predisponiendo los ánimos á la protección de que fué objeto la misión.
Más tarde surgieron varios conflictos, creados primeramente por la intemperancia del magnate, el cual, oyendo un día y otro las excelencias del bautismo, quiso fuese patrimonio exclusivo de ellos y sus hijos. Esto, como es consiguiente, creó luchas y excitó los ánimos, no por la idea del bautismo, sino por la división que surgía su aplicación. La dulzura del Padre San Vítores y la fuerza de sus convincentes argumentos pudieron desvanecer este primer conflicto, viendo en ello dar al cristianismo el primer paso á la unión de clases.
La herida que abría lo anterior en las antiguas costumbres, fué comprendida por algunos que se propusieron crear nuevos conflictos en defensa de sus odiosos privilegios.
Los magnates descontentos por una parte, la superstición por otra ayudada de falsas tradiciones, y robustecida con las intransigencias de los sacerdotes ó macambas que concitaban los ánimos, despertando antiguas costumbres, y unido á esto el estratégico é infame rumor de que el bautismo originaba la muerte de los niños, fueron los elementos que pusieron en juego los enemigos de los ministros de la fe.
Los anteriores males fueron venciéndose, contrarrestándose unas veces la fuerza con la fuerza, é interponiendo otras la convicción en medio de las supersticiosas creencias.
No contentos los jesuítas con la aparente sumisión de la isla de Guajan, se extendieron al Norte, en donde descubrieron nuevas islas siendo las principales las nombradas Saipan y Zarpana, ó sea Rota. En estas se reflejaron bien pronto los mismos males por que estaba pasando Guajan, haciéndose los trabajos con grandísimo riesgo.
Las costumbres fueron siempre los principales elementos que los macambas trataron de explotar en defensa del predominio é influencia que venían poseyendo en aquellos pueblos, sujetos al capricho de su voluntad, por medio de las acomodaticias invocaciones, originarias de supersticiosos manejos.
La poligamia con toda la asquerosa desnudez venía sucediéndose en las costumbres de aquellos isleños, y la poligamia que necesariamente había de ser combatida en los ascéticos principios de San Vítores produjo sus consecuencias. Los _urritaos_, ó sean los jóvenes, levantaron una cruzada que fué á engrosar las filas de los que combatían la idea por el orgullo, viniendo á ser las pasiones sensuales y las tradiciones aristocráticas, las piedras de apoyo que sustentaban la discordia y la oposición.
La lucha entre la argucia del macamba y la persuasión del misionero, era tanto más tenaz cuanto que tenía por palenque la condición del natural, el cual admitía cuantas ideas llegaban á su escasa comprensión.
Su imaginación voluble está comprobada en sus tradiciones, que atestiguan eran muy dados á las fantásticas leyendas, las cuales relataban en coro formando dos círculos, uno de hombres y otro de mujeres, que giraban en inverso sentido. Para estas fiestas, en las cuales cantaban las excelencias y las antigüedades de sus _Anitis,_ se adornaban las mujeres tiñéndose de negro los dientes y blanqueándose el pelo, completando el adorno conchas, caracoles, plumas, insectos de colores y hojas de plátano. Los hombres se rapaban el pelo, yendo completamente desnudos. Restos de estas antiguas costumbres y reminiscencias de aquellas fiestas todavía se conservan en Marianas. El autor de estas líneas ha presenciado algunas escenas entre los carolinos residentes en Agaña, en las cuales se refleja las primitivas tradiciones.
Los elementos turbulentos cada vez tomaban más fuerza, al par que la adquiría la evangélica persistencia de los misioneros, en tanto que el corto número de soldados mantenían en los cañones de sus mosquetes el desbordamiento que ha tiempo se venía presintiendo.
En 1669 se bendijo una iglesia, creándose poco después un colegio con el nombre, que aún hoy lleva, de San Juan de Letrán, para el cual consiguió San Vítores se expidiera en 1663 Real cédula de perpetuidad, con la dotación anual de 3.000 pesos, los cuales se habían de pagar por las cajas de Méjico.
En contestación á esta merced, otorgada por Doña Mariana de Austria, escribió el jesuíta una sentida carta al Padre Nitarht, haciéndole presente participara á su Reina que en él espacio de pocos meses y debido á su protección, había en las islas entre bautizados y catecúmenos 34.000.
Este dato no lo hemos podido comprobar en documentos oficiales, y como quiera que nos parece un tanto exagerado, debemos hacer presente lo hemos tomado de las mismas _Crónicas de los Jesuítas,_ de cuya institución dependían todos los Padres que compusieron las misiones de Marianas, cuya dotación eclesiástica corrió á su cargo hasta que fueron expulsados de los dominios españoles.
Las expresadas crónicas hacen subir la población de las islas á 100.000 almas, cifra que asimismo nos parece inexacta, no comprendiendo que ni la extensión, ni los productos del suelo pudieran alimentar tal exceso de población, y sobre todo y más que la falta de proporción entre los habitantes y el suelo, en que aquellos, según las mismas crónicas, se redujeron en muy pocos años á más de la quinta parte; disminución incomprensible en tan poco tiempo, teniendo en cuenta la razón de situación de las islas y la casi absoluta incomunicación en que estaban con los demás pueblos.
La emigración sin los medios de comunicación es imposible, y la enormidad de la baja sin aquella, por razón de mortandad también lo es, atendiendo á la salubridad que en todo tiempo se experimenta en las islas.
El casi imposible se opone á la creencia de que hubiera 100.000 almas, en donde escasamente solo restan en el día unas 7.000.
De estos y otros datos se prevale un escritor francés para mezclar entre el gran caudal de poesía que respiran sus obras, un sinnúmero de vulgaridades, por no calificarlas de otra manera, al ocuparse de Marianas.
Los pocos narradores de aquellas islas habrán podido equivocarse, es más, de hecho se han equivocado en algunas cosas; en cambio M. Arago, escritor á quien aludimos, es muy posible no haya dicho una sola verdad en las páginas que consagra á las Marianas.
Mas continuemos su historia.
Las hostilidades de que fueron objeto los sacerdotes y soldados, la alevosa muerte que dieron los isleños á más de uno, y las dificultades que oponían, ora en la resistencia pasiva, ora en el éxito de las armas, motivaron el que poco á poco, y á medida que llegaban las naos se fuera aumentando el personal de guerra, y que el inofensivo y modesto establecimiento que se levantó en un principio, se perfeccionara tomando el carácter que distingue la conquista, y la persuasión, las armas y la fe, la suavidad de los principios del cristianismo, y los mortíferos estragos de la metralla; participando bien pronto el establecimiento de la abadía y del fuerte; del campanario y de la atalaya; de la cruz y de la espada.
En tal estado llegó el 2 de Abril de 1672, en que Diego San Vítores desoyendo prudentes consejos, salió del recinto de Agaña acompañado únicamente de un filipino, dirigiéndose al pueblo de _Tumhun_ á seguir su evangélica obra. No bien había caminado una legua, cuando oyó llorar á una niña en una casa de palma; quiso bautizarla, mas fué muerto á lanzadas por su padre llamado _Matapang_ y por _Hirao_, vecino de aquel. Después de muerto fué arrastrado hasta la playa, arrojando su cuerpo en los arrecifes de la costa del Pico de los Amantes.
Pocas existencias humanas habrán recorrido su peregrinación sobre la tierra con más fe, con más abnegación, y con más valor que la que alentaba Diego Luís de San Vítores.
Cuatro años permaneció en las islas Marianas, cuya reducción casi puede asegurarse se le debe á él, y en ese tiempo predicando la caridad y la virtud fué consuelo de propios y extraños.
En el sitio en que fué muerto se conserva en el día una modesta cruz; á la sombra de su tosca madera consagramos una oración como cristianos y un recuerdo como españoles. En sus descarnados brazos, habrá marchitado el hálito de los fuertes Nortes, una corona de flores silvestres que hizo una decidora chamorra que nos acompañó en la expedición.
Ni la religión, ni las nuevas costumbres, ni los escasos rayos de civilización que se abren paso hasta aquellas lejanas tierras, han podido destruir antiguos gérmenes de pasadas generaciones. La superstición y la fábula son innatas en el chamorro, así que la muerte del Padre San Vítores, como su martirio y su vida, la envuelve en sinnúmero de fantásticas relaciones. Decir á un chamorro, y sobre todo á una chamorra, que las aguas donde arrojaron al jesuíta no tienen el color de sangre, y os mirará con la lástima de creer trata con un loco.
Al Padre Diego sucedió en la dirección de la misión, el jesuíta Fray Francisco Solano, el cual continuó la obra de su antecesor con fe y perseverancia.
La dirección del Padre Solano fué bien corta, pues la falta de alimentos, la naturaleza de estos, las fatigas causadas por las incesantes luchas y la tristeza que le ocasionó el martirio de su compañero, rindieron aquella existencia, ocasionando su muerte una aguda enfermedad.
Á la muerte de Solano, acaecida en Junio de 1672, sucedió el Padre Francisco Ezguerra. Por este tiempo y acostumbrados los naturales á los azares de la guerra, y ora generalizándola y dirigiendo sus ataques al establecimiento, ora localizándola de ranchería á ranchería y de caudillo á caudillo, tenían á los pocos españoles en una continua zozobra, la cual se aplacó un tanto con la llegada de los navíos _Santiago_ y _San Antonio_, los cuales sucesivamente tomaron puerto en Agaña, el año 1672 y 1673.
El almirante Coello, que mandaba el navío _Santiago_, enterado del estado en que se encontraban los españoles los atendió con toda clase de recursos, haciendo quedase al mando de la fuerza que se organizó, el capitán de los antiguos tercios D. Juan Santiago; este, como buen soldado, de genio aventurero, de pronta y decisiva acción, de resistente naturaleza y de un valor y tesón á toda prueba, comprendió que las contemplaciones eran el verdadero foco donde se incubaban las hostilidades y la guerra, así que, dejando correr sus instintos en armonía con sus antiguos hábitos de campaña, reforzó el fuerte, levantó empalizadas, acumuló materiales y vituallas, y una vez asegurada la retirada, principió su obra de conquista talando cuantos campos se le oponían y quemando las rancherías que mostraban resistencia.
El miedo cundió por las islas, el cual bien pronto fué acompañado del supersticioso terror que produjo en los naturales la vista de un caballo que se había desembarcado del navío _San Antonio_, por disposición de su Almirante Monfort, el cual prestó hombres y recursos á la obra de la conquista.
Los isleños comprendieron que su ruina era cierta de continuar en actitud de guerra, y aparentemente desistieron, enviando emisarios á los españoles, con presentes de conchas y tortugas como símbolos de paz, pidiendo perdón por los hechos pasados, y prometiendo ciega obediencia para lo sucesivo. Esto acaeció á 13 de Noviembre de 1673.
Las anteriores paces se concertaron con los elementos de la confianza y la hidalguía por una parte, y el terror y la necesidad por otra, convenciéndose bien pronto los españoles de lo mentido de las promesas y la falsía de la sumisión.
A 1° de Febrero de 1674, dirigiéndose el Superior Padre Ezguerra con cinco soldados por el camino de Fuuña, fué asaltado por sinnúmero de hombres armados, los cuales, con grandes gritos pedían su muerte. Las palabras se hicieron obras, y el Padre Ezguerra y sus compañeros perecieron taladrados de flechas y arrastrados sus restos hasta el mar, en donde los arrojaron.