Viajes por Filipinas: De Manila á Marianas

Part 7

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Se siguió esperando.

¡El _Malespina_ no llegaba!

Las suposiciones tranquilizadoras se convirtieron en una alarmante impaciencia.

Cada cual anhelaba algo.

Era conductor de pasaje y de correo; por lo tanto, el que no esperaba abrazar á un ser querido, aguardaba los consoladores lenitivos que latentemente sostienen en las ausencias pedazos de papel á los cuales se les da vida al correr la pluma, de cuyos puntos se van desprendiendo consuelos y esperanzas.

En vista de la tardanza salió otro correo. Este volvió, más ... nada sabía del _Malespina_.

Cinco años largos han transcurrido desde entonces y nada sigue sabiéndose de aquel barco.

Ni una tabla, ni un pedazo de lona, ni el más ligero vestigio ha venido á atestiguar la catástrofe.

Las olas y las nubes fueron los únicos testigos.

Las nubes y las olas empujadas por el destructor hálito del tifón, guardan en sus insondables misterios una historia más.

Si el voraz diente de los monstruos marinos ha respetado las osamentas humanas, en el profundo abismo, sobre un lecho de algas y corales habrá entrelazados restos de dos seres.

Entre los pasajeros venían dos jóvenes que hacía pocos días se habían jurado fe eterna al pie de los altares.

El bramido del viento confundiría la última palabra de amor de aquellas dos almas, el rugir de las olas su último suspiro, y quién sabe si algún rayo de la poética luna su última mirada.

¡Cuántas historias semejantes á esta no guardarán los mares!

Las desconsoladoras descripciones de tifones que frecuentemente leemos, nos patentizan más y más que la _María Rosario_ estuvo en inminente peligro de haber seguido la misma suerte que el _Malespina_.

Dios, sin embargo, no tenía contados nuestros días, y con la calma de los vientos y de los mares se tranquilizaron los espíritus, armonizándose las costumbres y la manera de ser de á bordo.

Cuatro días habíamos estado sin poder encender los fogones; cuatro días que atendidas las provisiones, puede decirse, estuvimos sin comer.

CAPÍTULO X.

Veintitrés grados en treinta y tres días.--Inseguridad en la monzón del SE.--Calmas desesperantes.--Los viajes largos.--Los ranchos.--¡Tierra!--Costas de Guaján.--Islote de las Cabras.--Puerto de San Luís de Apra.--Vegetación de Marianas.--La sanidad y la capitanía del puerto.--Desembarque.

Con vientos variables y navegando bien en popa, bien en largo, pudimos contrarrestar la gran corriente ecuatorial, que muchas veces desvaneció nuestros cálculos.

Día hubo que el barco parecía iba dejando muchas millas por la popa, y al creer encontrarnos con una buena singladura, nos situaba la observación más atrás que estábamos el día anterior.

¡Llevábamos treinta y tres días de navegación, y escasamente habíamos andado 23°.

Para estar á la vista de Guaján, nos restaba unas 120 millas.

Los víveres iban escaseando, y el agua había que refrescarla constantemente con la que se recogía de los aguaceros, tan comunes en aquellas latitudes.

Á pesar de ser el mes de Septiembre, y por consiguiente estar en plena monzón del SE., puede decirse tuvimos vientos de todos los cuadrantes menos de aquel. Esto demuestra una vez más lo insegura que es dicha monzón, lo que no sucede en la del NE., por lo menos en el derrotero que seguíamos.

El que ha participado una sola vez de las comodidades de un barco de vapor, apenas concibe exista uno solo de vela. Eso de pasar un día y otro día, y otro, y otro, sin adelantar un cable, sin que haya cálculo posible, ni conjetura racional respecto á la llegada y á la marcha, es insufrible.

Los calmazos de los equinoccios constituyen la mayor de las contrariedades de los barcos de vela. Nace el aburrimiento de la monotonía, y con él la desesperación y el agriarse el carácter, hasta el punto que se hace vidrioso y estalla por cualquier cosa, produciendo ese sinnúmero de desagradables escenas que sin cesar se suceden en largas navegaciones.

El que era simpático se hace indiferente, concluyendo por ser antipático, y en tal estado, una mirada, una palabra, una reticencia, un cambio de servilleta ó de asiento y ... adiós educación y miramientos sociales. Esto con el que fué simpático, pues con el que no lo fué, los disgustos son inevitables. Verdad es que es terrible eso de no haber medio de huir de una persona y tenerla constantemente á una cuarta de las narices.

Dicen que para conocer la educación nada hay como la mesa y el juego; quien tal dijo no había hecho seguramente un viaje largo por mar. Téngase presente que todo es relativo, y que al decir largo, no se vaya á creer hablamos de un viaje de Santoña á San Sebastián, ni de Valencia á Marsella, ni aun de Alicante á la Habana, sino de Cádiz á Manila, por supuesto por el Cabo de Buena Esperanza, en barco de vela y con 80 ó 100 pasajeros entre mujeres, hombres y chicos, nacidos ó por nacer, pues rara es la barcada que hace su viaje por el Cabo que no aumenta el personal del rol.

El que hace uno de esos viajes que dura de cuatro á seis meses, es el que puede decir dónde se conoce mejor la humanidad.

Á los primeros días se cruzan ofrecimientos, á los siguientes palabras, y en los restantes ... ¡ah! en los restantes ya no se cruza más que alguna que otra bofetada entre hombres, y más que algún chisme entre el bello sexo, que en una larga navegación ni aun es bello, pues el pobre sexo toma un _color_, un genial, y aun cuando tiene excepciones, un lenguaje que les digo á ustedes, que más de una vez hemos recordado el Avapiés y la calle de Toledo. En fin, para acabar, conozco á una _dama_ que tuvo que arrestarla el capitán. ¡Si sería brava!

Las _delicias_ de los viajes por el Cabo se concluyeron. El Istmo de Suez y la competencia cerraron aquella inolvidable vía, que para el que la ha hecho, forma una verdadera etapa en su vida.

Hoy hemos dicho que apenas se concibe un barco de vela; sin embargo, nuestro convencimiento en contrario era tan perfecto, como que el día diez y seis sólo habíamos andado doce millas.

¡Y nos faltaban ciento veinte!

Indudablemente los barcos de vela quedarán relegados únicamente para el uso de los pescadores de caña y los jugadores al dominó.

A más de todas las contrariedades en cuanto á la marcha que tienen los barcos de vela, hay otras, mucho, muchísimo mayores.

Da la pícara casualidad que los barcos de vela en que hemos hecho viajes largos, pertenecen á armadores amigos y ... qué demonios, la amistad ha de ser un poco indulgente, dejando quieto el pico de la manta.

Bastante decimos, sin embargo, que como dice el gran Príncipe de los Ingenios, al buen entendedor ... y aquí el buen entendedor no es el de la ínsula Barataria, si no el público y casi casi la autoridad. Verdad es que como las pícaras _latas_ van soldadas, y ... luego como la duración de los viajes no obedece á cálculo y ... la hoja de lata no tiene agujeros, hay cada _rancho_ por esas bodegas que lleva el germen, no digamos de un cólico, si no de un par de gruesas de disenterías. Cierto es que hay un consuelo y es ... el de sufrir ó reventar hasta que se llegue á puerto.

Al de Guajan, punto al que llevábamos la proa, es adonde nosotros deseábamos llegar, pero ... faltaban ciento veinte millas.

Por último, como todo tiene su fin, y sin más accidente que sea de contar, llegaron las primeras horas de la tarde del diez y siete en que la voz de _¡tierra!_ se oyó del castillo de proa. Tierra, en efecto, teníamos por el bauprés; al principio se divisó confusamente por perderse entre las brumas, luego lo que apareció como una ligera nube tomó contornos, luego se detallaron perfiles, y luego ... todo volvió á confundirse en las sombras de la noche. Estábamos á unas veinte millas de Guajan, la mayor de las islas Marianas.

Al amanecer del diez y ocho nos encontrábamos muy cerca de los peligrosos arrecifes que rodean la pequeña isla de las Cabras, la que separa á la de Guajan un estrecho canal de fondo madrepórico.

La vegetación de la isla se presentaba con toda la potente exuberancia de vida de los trópicos.

Bosques inmensos de altísimos cocos, pendientes lomas cubiertas de entrelazadas rimas, dilatados campos salpicados de algodoneros, cageles y limoneros admirábamos por doquier.

El barco acortó vela manteniéndonos fuera de fondo esperando práctico, mas esperamos una hora y otra, y ni el práctico ni el pequeño fuerte que domina la entrada del canal daban señales de vida.

El pueblo, ó mejor dicho, la ciudad de Agaña, pues ciudad es por la gracia del Rey, que gloria haya, nuestro Sr. D. Felipe IV, no podía vernos, pues á más de tener entre ella y nosotros la isla de las Cabras, hay cerca de dos leguas del fondeadero, que lleva el nombre de San Luís de Apra, próximos al cual estábamos y en el que habíamos de anclar.

En las salvas de dos pequeños cañones que monta la _María Rosario_, mandamos una cortés salutación á los dormidos habitantes de Marianas, los cuales nos correspondieron izando bandera en el fuerte y armando botes en el puerto.

A todo remo y en buena vela apareció por la desembocadura del canal un bote ballenero. Bandera flotaba en la popa y galones relucían en las bordas. La sanidad y la capitanía del puerto tuvimos á bordo.

Después de enterarse el médico no había nadie de menos ni de más, y el capitán del puerto de que no llevábamos _gato_ encerrado, previas las formalidades de declinarse la responsabilidad del anclaje en la experiencia del práctico, y tras algunas maniobras, se dió la voz de _¡fondo!_ y fondo encontraron las uñas del ancla que rodó de las _serviolas_ á la región de los corales.

Treinta y cinco días nos había costado llegar. Ya estábamos en Marianas. ¡El puerto todo lo borra!

CAPÍTULO XI.

Historia de las Marianas.--La tradición.--Los chamorris.--Intolerancias.--El _Pico de los amantes_.--División de razas.--Tinian.--Sarcófagos antiguos.--La casa de _Taga_.--Leyendas y supersticiones.--Cultos y creencias.--Los _macambas_.--El _zazarraguan_ y el _caifi_.--Los _anitis_.--La peña de _Fuuña_.

El estudio de las islas Marianas lo dividiremos en dos partes; en la primera, y aunque ligeramente, trataremos de lo que fueron antes de pertenecer á España; en la segunda, desde que la bandera de Castilla ondeó en sus playas.

Respecto á su primer período ó sea antes de la conquista, los datos son poco luminosos. No existiendo aquellos, se puede venir á deducciones más ó menos acabadas, analizando la tradición y la leyenda, únicas claves para el estudio analítico de todo pueblo que lo cubren las sombras del ayer, cada vez más compactas al no legarle al hoy más que las supersticiones que han venido perpetuándose en la mente de padres á hijos, y que al llegar á nosotros remotamente nos aproximan á darnos una idea de lo que fueron las antiguas razas aborígenes de las actuales.

Fundados en la tradición y ayudados de significativos vestigios, podemos señalar á los primitivos habitantes de las hoy llamadas islas Marianas, como procedentes de las razas japonesa y malaya.

En cuanto á la manera de ser de aquellos habitantes, á los primeros pasos que se dan en el origen de algunas leyendas que aún relata el país, encontramos los comprobantes que señalan un pueblo que ha tenido dentro de su constitución el feudalismo absoluto, y por consiguiente, una marcada división de clases. Entre estas se conocían los llamados _chamorris_ ó antiguos magnates, que si no tenían la almenada torre y el _rollo_ de sus inmunidades, con los atributos de mesnaderos de horca y cuchilla de nuestros antepasados, poseían en toda su desnudez cuantos abusivos derechos se irroga el fuerte contra el débil, en todo pueblo en que ni el cristianismo ha suavizado los sentimientos, ni la civilización las costumbres. La división de razas y poder del chamorri, se presenta á los ojos del viajero que recorre las islas á poco que las estudie bajo el prisma de la investigación y de la ciencia.

En uno de los límites de la isla de _Guajan_ en su extremo Norte, existe enclavada en un seno madrepórico de coral una peña, á cuya granítica masa tajada á pico, constantemente azotan las ondas del gran Pacífico; el conjunto de panoramas que se desarrollan ante la vista del que contempla aquellos desiertos lugares, desde luego le predisponen á la meditación, queriendo descubrir alguna huella á quien interrogar sobre aquel coloso calizo que se eleva en medio de las embravecidas ondas, y del cual se separa el natural con el supersticioso temor de un testigo que ha presenciado sangrientos episodios, que ni la mano destructora del tiempo ha podido borrar de la mente que lo trasmite, ni el _mudo_, pero elocuente lenguaje de la peña que lo atestigua. Aquella masa de granito se llama el _Pico de los amantes_. En la meseta que forma la superficie de aquella roca está escrita la intransigencia, principal atributo del feudalismo.

De aquella meseta, se cuenta una tradición semejante en su origen á la que guarda bajo el hermoso cielo de Andalucía, no lejos de Archidona, la llamada _Peña de los enamorados_. En ambos peñascos, el amor llegó al sacrificio; en ambos se confundieron en un postrer suspiro dos almas, con la única diferencia de que en el primero las causas eran originarias de la diversidad de clases y en la segunda partían del fanatismo y superstición mora.

Al _Pico de los amantes_ condujo la desesperación á un plebeyo y á la hija de un chamorri. La áspera loma de la _Pena de los enamorados_, por última vez la treparon un cristiano y una mora, haciendo el fanatismo en este último caso lo que verificó en el primero la intransigencia.

La separación de razas que revela el _Pico de los amantes_, la vemos reproducida en los mismos monumentos, cuyos restos aún conservan las islas.

En la de _Tinian_ y otras, existen unas columnatas en cuyos frisos se asientan sarcófagos cinerarios de forma esférica, en los cuales, y según verídicos testimonios que obran en el archivo del Gobierno de aquellas islas, se han encontrado en distintas épocas, osamentas humanas más ó menos completas, que vienen á revelar por el sitio especial en que se encontraron, una distinción bien marcada.

El número y situación de aquellas columnatas indican no pertenecieron á una sola familia, ni tampoco á todas las que compusieran la isla. Dichas columnatas, que se encuentran más ó menos deterioradas en casi todas las islas que fueron habitadas, debieron ser, al par que recuerdos cinerarios, apoyos de las casas de los magnates, tanto es así, que á cada uno de los grupos que componen aquellas, llaman los indígenas _casas de los antiguos_. En Tinian se conservan bastante bien 12 pirámides, que en conjunto formaron, según la tradición, la casa de Taga, personaje que por su carácter turbulento figura en la historia de las islas. De dicho Taga se cuenta tenía una hija muy hermosa, la cual, después de muerta, fué cubierta entre harina de arroz y enterrada en una de aquellas columnatas.

Entrando en el terreno fabuloso y supersticioso podríamos llenar muchas cuartillas con las narraciones que se relatan de la hermosa hija de Taga, á la cual atribuye la tradición el perfeccionamiento en la lira. Se cuenta en las islas, haberla visto aparecerse encima de su sarcófago en los malos tiempos, ahuyentando los huracanes con los sonoros ecos de su lira de oro.

Sea lo que quiera, respecto á la desgraciada hija de Taga, es lo cierto que restos de columnatas se ven con bastante frecuencia recorriendo las islas, siendo aquellas intachables testigos que vienen á corroborar la creencia de haber existido alguna raza privilegiada que sobresaldría de las demás en ilustración y en poder. No otra cosa demuestran las construcciones de que nos ocupamos, las cuales se destacarían notablemente entre la salvaje perspectiva de las casas de hojas de coco, de que nos hablan las historias de las primeras misiones.

A más de los anteriores antecedentes, existen otros en los anales de aquellas, en los cuales vemos admitir como cierto el feudalismo de que nos venimos ocupando. Aquellos anales dicen que los habitantes de las islas manifestaban gran soberbia y vanidad en la nobleza, de tal modo, que no se casaba por nada del mundo el hijo del noble con la plebeya. En otro lugar añade, que los chamorris tenían mayorazgos de cocales, plátanos y otros árboles.

Las creencias religiosas que observaban aquellos primitivos pueblos, estaban resumidas al culto supersticioso de los cadáveres, teniendo cada familia un altar en el hogar y un ídolo en las calaveras de sus mayores, que cuidadosamente conservaban cual lo hacían en sus lares, los descendientes de Rómulo con sus pequeños dioses penates.

El ritual de sus supersticiosas creencias estaba circunscrito á pesadas salmodias en que relataban las virtudes y hazañas del que adoraban, repartiéndose en sus rezos, cual en sus fiestas, tortas hechas de arroz, pescado y frutas, las que comían con el _atole_, bebida espirituosa confeccionada con los jugos del coco.

Sus escasas creencias religiosas las completaban admitiendo un sér llamado _Puntan_, el cual decían, había existido muchísimos siglos antes de la creación del cielo y la tierra. Puntan, según la tradición, tenía una hermana, y esta, al morir aquel, creó de sus espaldas la tierra, de su pecho el cielo, de sus ojos el sol y la luna, y de sus cejas el arco-iris. Reconocían la inmortalidad de las almas, las cuales habían de gozar en el mundo de los espíritus, ó sufrir en _Zazarraguan_ ó casa de _Caifí_, con cuyos nombres conocían el infierno y el demonio.

Sus sacerdotes, que se llamaban _Macambas_, invocaban á las calaveras, teniendo mucho temor á las almas de sus abuelos que llamaban _Anitis_.

Hacían grandes demostraciones de dolor en las muertes de sus parientes, y celebraban con bailes sus bodas y regocijos, constituyendo el principal adorno de sus galas, conchas y caracoles, engarzados en plumas y pequeños insectos de colores. El signo mayor de cariño consistía en pasar la mano por el pecho del que querían agasajar.

El orgullo del chamorri era tal, que suponía procedían todos los males de otros pueblos, creyendo que la humanidad tenía el origen en sus islas, y que las virtudes habían nacido de la peña de _Fuuña_, la cual llevaba ese nombre por encontrarse en el fondeadero de un pequeño puerto así llamado.

Como consecuencia inmediata del feudalismo, el que constantemente se localizasen las contiendas de cacique á cacique, manteniendo los campos en continua alarma, viniendo muy á menudo á las armas, que consistían en piedras, flechas y lanzas, que arrojaban con suma destreza.

Las demás fases, tanto materiales como morales, en que se encontraban los primeros habitantes de las islas, como el origen de su instalación en aquellas regiones, se pierde en las tinieblas de la impenetrable noche de los tiempos.

En tal estado de inseguridad histórica del pueblo que baña el gran Pacífico, corría el primer tercio del siglo XVI, en que ya empieza á delinearse la verdadera historia dé las hoy llamadas islas Marianas.

CAPÍTULO XII.

El siglo XVI.--Hernando de Magallanes.--Capitulaciones.--La _Capitana_, el _San Antonio_, la _Victoria_, la _Concepción_ y el _Santiago._--Sebastián Elcano.--Llegada al Brasil.--Invernadas.--Rebelión abordo.--Comunicaciones de mares.--El paso del Sur.--Bula de Alejandro VI.--Las Velas latinas.--Islas de los Ladrones.--Navegación penosa.--Isla de Cebú.--Muerte de Magallanes.--La _Victoria_--Vuelta al mundo.--Llegada á Sanlúcar.--Otras expediciones.--Legaspi.--El navío _San Damián.--_ Luís de San Vítores.--Doña Mariana de Austria.--Primera misión.--Verdadera posesión.

Al siglo XVI, á ese siglo en que ni el sol dejaba de alumbrar dominios españoles, ni su bandera de ondear doquiera hubiera una peña donde sustentar su grandiosa insignia; al siglo XVI, epopeya ante la cual, todo español vuelve los ojos engrandeciéndose con su grandeza; al siglo XVI, que veía pasar ante los misteriosos dientes de su grandiosa rueda, hazaña tras hazaña, conquista tras conquista; á ese siglo que parecía no acabaría de registrar en sus doradas páginas triunfos y victorias: á ese siglo, en que veneros de oro arrojaba el Nuevo Mundo, mundo del cual dice un célebre poeta invocando la gran figura de Isabel, _que había en bancos de coral, rocas de perlas_; á ese siglo que tiene un prólogo tan grandioso como el que dejó escrito con la punta de su espada, el invencible Gonzalo de Córdoba, siendo una de las letras de su epílogo el postrimer suspiro del que moría entre los sombríos y artísticos muros del Escorial, después de haber hecho temblar al mundo de Oriente á Occidente; á ese siglo en que, á imitación de los antiguos rituales, hacían renacer los aragoneses y catalanes la memoria de Rodrigo de Vivar, reproduciendo las solemnes fórmulas del juramento que hizo temblar á Sancho el Bravo; á ese siglo que compendia la edad de oro de nuestra literatura, á cuyo frente figuran genios como Lope de Vega y Cervantes; á ese siglo, en que un Carlos I recogía del suelo los pinceles del Ticiano; á ese siglo en que se incubaban en la mente de Blasco de Garay los primeros gérmenes que habían de crear esos gigantescos pulmones de hierro que en sus potentes transpiraciones de vapor horadan la roca, dividen las ondas y acortan el espacio; á ese siglo, en fin, le cupo la gloria de ver descubiertas á la nueva civilización las hoy llamadas islas Marianas, con todo el Archipiélago Filipino.

A poco de ver el nieto de los Reyes Católicos reunidas en su sien las coronas de España y Alemania, la primera, por muerte de su padre Don Felipe el Hermoso y locura de Doña Juana, y la segunda, por muerte de su abuelo Maximiliano, apareció uno de esos genios que dejan de tarde en tarde por su valor, por su talento, ó por sus virtudes, una estela luminosa en el prosaico laberinto de intrigas y miserias que se agitan y revuelven en todas las etapas de los siglos. Esa estela la abrió en el Océano de la historia el intrépido marino Hernando de Magallanes.

La presencia de Hernando de Magallanes y la oferta hecha á Castilla de descubrir por ella y para ella nuevas y ricas tierras al Occidente, siguiendo un nuevo rumbo hasta el entonces conocido por los navegantes, originó oposición por parte de la corte de Portugal, procurando el entonces embajador de dicho reino, D. Alvaro de Acosta, entorpecer la empresa que ya se proyectaba.

Los manejos de Portugal y las excitaciones tardías de D. Manuel, su Soberano, se estrellaron en la firme decisión tomada por el Monarca español, el cual otorgó solemnemente en Zaragoza, las regias capitulaciones con arreglo á las cuales había de hacerse la expedición á Occidente.

Listas las naves y nombrados los capitanes, recibió Magallanes con toda la pompa regia de manos del Asistente de Sevilla, D. Martín de Leiva, el Real estandarte, celebrándose esta ceremonia con gran concurrencia en la iglesia de Santa María de la Victoria, en Triana en donde el Almirante juró pleito-homenaje con arreglo al fuero y costumbre de Castilla, prometiendo conducirse en la empresa como fiel y leal vasallo de su Majestad Católica, juramento que fué repetido por los capitanes y pilotos.

Componía la expedicionaria flota, á más de la nave Capitana, las llamadas _San Antonio, Victoria, Concepción_ y _Santiago_; yendo á las órdenes de Hernando de Magallanes entre otros marinos célebres, el maestre Juan Sebastián Elcano, Juan Ginovés, Luís de Mendoza, Juan de Cartagena, Gaspar Quesada y Rodríguez Serrano. Montando las naves y completando sus dotaciones doscientos treinta hombres entre soldados y marineros.

Con tales elementos y un regular repuesto de vituallas, se hicieron á la mar el 10 de Agosto de 1519, tomando rumbo en demanda de las islas Canarias.

El 15 de Octubre dejó la escuadra la vista de Tenerife, poniendo proa á la Costa de Guinea.