Viajes por Filipinas: De Manila á Marianas
Part 6
El pequeño islote poco á poco fué ocultándose en los espacios, siendo sus difusos contornos el adiós que nos daban las playas filipinas.
La _María Rosario_ navegaba en ancha mar. Las revueltas ondas del Gran Pacífico nos mostraban por doquier los inmensos dominios donde viven, sin percibir por ninguno de los horizontes, la arena donde mueren.
El gran número de islas que dejamos tras la estela, la diversidad de panoramas que habíamos admirado, la riqueza del suelo, la patriarcal y primitiva vida que reflejaban en sus toscas construcciones, el sin número de casas de nipa y palma enclavadas en el monte y en la playa; todo, todo desapareció.
¡Solo cielo y agua! ¡Solo inmensidad!
El Océano tiene para mí tantos recuerdos, nos conocemos tanto, y me son tan familiares sus manifestaciones, que siempre que tras algún tiempo contemplo su grandiosidad, experimento un indescriptible placer.
El Océano constituye una verdadera necesidad de mi vida.
Lo mismo que para apreciar la salud es preciso haber estado enfermo, así para comprender ciertos problemas de la vida, hay que ir á leerlos á los _azules desiertos_, misteriosos y dilatados dominios que no se sujetan á más ley que á la de Dios, ni reconocen más soberanos que al gigante del día que deshace en perlas sus brumas, y á la tímida _sultana_ de la noche, que muestra su influencia en esos misteriosos besos en que las ondas elevan hacia el á su espuma, cual si fueran los brazos del amante, que buscan á su amada.
El misterio de las _mareas_ está basado en la simpatía que tiene el Océano con la luna. Mientras esta alumbra con su pálida luz, los genios de la mansión de los corales alzan hacia ella la superficie de su líquida cárcel; cuando se retira, cuando apaga su último destello, los genios duermen, quedando las ondas en su natural estado.
La _esclava_ del sol puede estar orgullosa de su _señor,_ que la presta la majestad bastante, para que reine durante la noche.
El que no conoce el Océano; el que no ha vivido algunos días en sus dominios, es un _sér imperfecto_.
Los árabes se conceptúan desgraciados hasta que no visitan la Meca; yo en cambio creo que la verdadera desgracia es la de morirse sin haber recorrido el Océano.
El Océano es el único _maestro_ que en la vida enseña á amar y á perdonar!
* * * * *
La _María Rosario_ navegaba por el Pacífico con una marcha de _ocho nudos_, cuando de pronto en la noche del día primero de Agosto fué aflojando el viento, cesando á las pocas horas por completo.
En calma amaneció el día dos, pero en una de esas calmas que indican ser precursoras de borrascas en la pesadez de su influencia, en el sudor pegajoso y poco franco que origina, y en los tintes plomizos que toman las aguas, las cuales adquieren una completa inmovilidad; una de esas calmas en que ni el timón rige, ni la vela _flamea_, ni el _catavientos_ oscila, ni el mar muestra en la superficie de su insondable abismo, ni el más ligero ampo de espuma, ni el más imperceptible de sus movimientos.
Por las _portas_ y _batallolas_ de popa, de cuándo en cuándo se divisaban las ondulaciones proyectadas á flor de agua por el inseparable compañero de los barcos en las regiones de calma, por el más carnicero y terrible habitante de las ondas, por el temido tiburón.
Uno de grandes proporciones pagó con la vida su persistencia.
A cosa de la una de la tarde, después de darnos la observación la situación de 14° 2' latitud N. y 141° 13' long. E., se armó el aparejo de pescar; varias veces el tiburón se acercó á la carnaza que envolvía el hierro; varias veces había mostrado á nuestra vista, transparentando en el azul espejo su blanco vientre al revolverse perezosamente sobre su plomizo lomo para morder, y varias veces se había frustrado el que los corbos dientes del anzuelo hicieran presa, hasta que excitado el voraz apetito del monstruo, se colocó de dos fuertes aletazos al alcance de cebo, el cual vimos sumergirse en la informe masa que presentaba su descomunal boca. La fuerza de la embestida y la violenta contracción de sus poderosas mandíbulas armadas de triple hilera de dientes, fueron bastante á sepultarle en la cabeza las afiladas barras.
Herido el tiburón trató de apelar á la huida buscando en los profundos abismos su salvación; mas todos sus esfuerzos se estrellaron en lo bien templado del hierro que lo aprisionaba, y en la consistencia del _aparejo_ que lo sostenía.
_Sujeto el cabo é izada_ la cabeza del tiburón fuera del agua, se le echó un doble aparejo _oprimiendo_ en el círculo de un nudo corredizo las aletas. En tal estado la muerte del tiburón es segura; hasta que el círculo del nudo corredizo no se entierra entre la blanda carnosidad, y las aletas no presentan un fuerte apoyo, todavía puede librarse de la muerte, bien safándose del hierro por desgararse la piel á los supremos esfuerzos del animal, bien y debido á aquellos el romperse el cabo ó el mismo hierro, lo que no sucede cuando queda suspendido por el anzuelo y por la doble cuerda.
Al alcance del brazo de la tripulación permaneció el tiburón más de media hora, recibiendo en la cabeza en ese espacio de tiempo un sinnúmero de golpes con hachas y _espeques._
El que no haya presenciado la muerte de un tiburón, no puede comprender el gran principio de irritabilidad y fuerza vital que posee su organismo. Mucho tiempo después de estar separadas sus grandes vísceras, producen las masas informes del tiburón terribles contracciones que algunas veces han sido bien funestas, pues el poco conocimiento ó la imprudencia han sido causa de que algunos pasajeros hayan perdido un pie ó una mano, entre mandíbulas que creían desprovistas de fuerza vital.
En la comida de la tarde se nos sirvió un plato de tiburón, del cual podemos decir sucede con él lo que con otros muchos animales, que no se comen porque la tradición, sin consultar con el paladar, ha puesto su veto, veto que nosotros hasta cierto punto podemos desmentir respecto al tiburón, el cual tiene gastronómicamente considerado, mucha semejanza con el llamado cason.
Agotados los comentarios y depurado bajo todas sus fases el acontecimiento del día, pues acontecimiento es á bordo cuando se lleva una larga navegación cualquier incidente, volvimos nuevamente á la desesperante calma que tenía al barco cual si estuviera enclavado en aquel dilatado desierto de agua.
Ni el _catavientos,_ ni las nubes, ni el barómetro, ni el cariz del cielo nos presagiaban señales de viento, reinando absoluta inmovilidad en las ondas y en las lonas.
En tal estado, vino el crepúsculo vespertino.
El que no ha contemplado un crepúsculo vespertino en las zonas intertropicales, no ha visto la celeste bóveda en toda su belleza.
En el crepúsculo á que nos referimos, parecía que el Creador había depurado todas las divinas tintas celestiales para esparcirlas en la inmensa bóveda, en la cual poco á poco fueron confundiéndose á medida que el gigante de la luz hundía su lumbre en los horizontes del Poniente.
En aquellos momentos todos estábamos sobre cubierta; todos admirábamos, y todos callábamos, porque nuestro espíritu, en alas del deseo, se posaba en otras regiones.
¡Todo era sentimiento! ¡Todo poesía!
¡El día iba á morir!
Una ligera brisa del Sudeste hinchó las velas, murmurando triste entre _jarcias_ y _obenques_, y compactos y plomizos celajes aparecieron por los horizontes de la aurora, trayendo en su seno la inmensa mortaja que bien pronto cubriría todo el espacio, abriendo una _hoja_ en la historia del ayer, y _borrando_ una _página_ en el _libro_ del mañana.
Lo que el alma experimenta en esos momentos no se puede explicar; el mortal se aproxima á Dios, y el hombre es demasiado pequeño para remontar su vuelo al conocimiento del Creador.
La muerte del día se asemeja al último suspiro del moribundo. El último aliento del enfermo es una palabra de perdón; la última mirada al sol que desaparece es una oración.
El crepúsculo matutino es la actividad, la vida. El vespertino es el sentimiento, la poesía. Aquel, la juventud, la primavera; este, el otoño, la melancolía. El primero es el alegre trino del ruiseñor, la exuberancia de vida de la verde hoja, el vivificador grito de ¡tierra! del náufrago marino; el segundo, el clamor de la solitaria tórtola que gime entre la floresta, la mustia hoja arrastrada por el cierzo, la blanca lona, que cual las alas de la gaviota, se cierne en los poéticos lagos.
La corta duración del crepúsculo matutino crea la admiración, la del vespertino, los recuerdos. Estos, para una madre alejada de su hijo, representa una lágrima; para el amante, un suspiro; para el poeta, una inspiración.
Todas las ideas que nuestra mente forja ante el sol que desaparece, son otros tantos pensamientos de amor.
El espíritu siente una extraña armonía ante el mudo estertor del día que muere, como igualmente al percibir las primeras caricias del que nace; en aquel, las vibraciones que dan las sensibles cuerdas del alma, originan acordes tan dulces como la mirada de la tierna madre que vela el tranquilo sueño de su hijo; en el último, los acordes son alegres y ligeros, cual las modulaciones del jilguero. Los primeros son el _nocturno_ sublime de la muerte; los segundos, el bullicioso _allegro_ de la vida.
El crepúsculo vespertino, visto desde un mirador, es sumamente bello; contemplado en regiones intertropicales desde el puente de un buque, es altamente conmovedor.
Ningún espectáculo produce tanta admiración como ver por primera vez la caída de la tarde en medio de las inmensas soledades del Océano.
No hay nada que hable tanto al corazón como los cambiantes que ese espectáculo desarrolla en su gigantesco panorama. Rizadas olas por doquier, reflejando en su seno colores indefinibles que salpican el firmamento, bulliente estela revolviendo entre su espuma tintes oscuros, graznidos lúgubres de pájaros marinos, y parduscos horizontes que se estrechan, forman el imponente y majestuoso cuadro.
El círculo inmenso que á la vista se presenta por momentos se reduce. El marino entonces, cual el autor de los _Tristes_ encomendaba al _Noto_, murmurase una súplica al oído de Augusto, deposita en el céfiro que acaricia la lona de su ligero buque un pensamiento que generalmente dice ¡_para ella_! Este ¡_ella_! sintetiza toda una poética historia.
Con la puesta del sol, la muerte se presenta ante la imaginación del navegante, y recuerda el humilde techo del hogar doméstico, el apacible calor de la casa, el ángel de sus amores. Ensimismado en esos tiernos recuerdos contempla la última luz del moribundo día, llevándole su fantasía á los sitios que sueña.
En esos momentos una sonrisa se dibuja en sus labios, y una silenciosa lágrima rueda por sus facciones, valientes, cual los fieros elementos que las rodean, rudas, como el aquilón que sobre ellas se estrella, y vivas, cual los tropicales rayos que las alumbran.
La lágrima del hijo del mar compendia toda una existencia de recuerdos. Aquella lágrima es la carta que dirige al sér por quien sueña, desde los salados desiertos del Océano, ora envuelto en la inamovilidad de la calma, ora en medio de la terrible lucha de gigante que continuamente tiene que sostener con las embravecidas olas que mugen á sus pies, y con las compactas nubes que ruedan sobre su cabeza.
La anterior misiva se diferencia de todas las demás, en que aquella al ser oreada por el último rayo del sol se eleva á Dios y Él es el encargado de llevarla al corazón del sér por quien se vierte, bien en el perdido rumor de la medrosa noche, bien en el espejo de la pálida sultana de los harenes de los céfiros, bien en los misterios de los sueños, ó bien en el incomprensible arcano de los presentimientos.
¡Cuántas veces el aroma de la flor, ó el murmurio de la fuente, son los medios de que el Hacedor se vale para susurrar en el alma querida, esas _mudas_ y misteriosas palabras que se escriben en el grandioso libro de la naturaleza!
Una de las sublimes páginas de ese gran _libro_ que abraza toda la creación, y que solo á su Autor le es dado hojear, la compone el crepúsculo vespertino.
¡La síntesis del Gólgota la representa el vespertino crepúsculo!
¡A los cansados rayos de la tarde se puso la última letra del sublime epílogo de la redención!
¡El Dios-hombre elevó á su Padre el último aliento entre el sentimiento de la naturaleza!
¡La agonía del Hijo de María se confundió con la agonía del día!...
* * * * *
El día muere, el velamen muge, las olas crecen, la humedad entumece los miembros y las dulces ilusiones se convierten en tristes realidades, al ver solo inmensidad en nuestra alma, inmensidad bajo nuestros piés é inmensidad sobre nuestras cabezas.
CAPÍTULO IX.
¡Orza!--De vuelta y vuelta.--Tiempo duro.--Siniestros preparativos.--Falta de crepúsculo--_La piel de zapa_.--¡El tifón!--Baja de barómetros.--Pobre _María Rosario_!--Horas de agonía.--Las seis de la tarde del cinco de Agosto.--¡Una pulgada de descenso!--Salida de la luna.--Esperanzas--Fúnebres fechas.--El _Malespina_.--Cuatro días sin comer.
La voz de _¡orza!_ fué la salutación que recibió mi despertar el día 4.
--Parece que orzamos, ¡eh!--le dije con tono malicioso al Padre Recoleto, compañero de camarote.
--Toda la noche hemos estado de vuelta y vuelta; la ventolina se cambió en viento duro, y ya le tenemos de mal cuadrante.
La voz del capitán interrumpió la conversación.
¡Lista maniobra virar! ¡Levanta muras! ¡Cambia en medio!
Estas concisas palabras fueron perfectamente interpretadas por la tripulación, y á nosotros nos pusieron en conocimiento de que navegábamos de vuelta y vuelta.
El tiempo principió á arreciar.
Se pudo hacer observación, y nos situamos á los 12° 39' lat. N., y 139° 38' long. E. del meridiano de Greenwich.
A las dos de la tarde todos los síntomas eran de aproximarse uno de esos terribles fenómenos llamados _tifones_, propios de los mares de China y del Pacífico en latitudes determinadas.
Mares vivas tendidas y gruesas del Nordeste, vientos duros de aquel cuadrante, intermitencias huracanadas, cielo y horizontes cerrados, barómetros bajos, completa movilidad en la aguja del _aneróide_; esto agregado al color plomizo de las aguas, á la pesadez de la atmósfera, que por momentos se achicaba cerrándonos los espacios, y á la menuda llovizna que constituyen la _garua_ intertropical, nos pusieron en verdadera alarma, alarma que se justificó con las voces de mando del capitán, que desde el puente gritó: ¡listas todas las guardias! ¡aclarar aparejos! ¡listos gavieros!
Cada uno ocupó su puesto, reinando un momento de silencio.
Después ... después nos persuadimos de que el barco se preparaba á recibir un tifón.
Rodaron motones y cuadernas, se sacaron de la bodega cabos y cadenas, se aprestaron aparejos de respeto, se calaron masteleros, se trincaron lanchas y maderas de reserva, se revisaron bombas y escotillas, se apilaron cadenas, se afianzaron las maniobras de serviolas, se clavaron lumbreras, escotilla y escobenes, se guarnieron burdas, se tendieron cabos de cabilla á cabilla, se puso doble cadena al timón, colocando dos rebenques para atar al timonel, y en fin, se tomaron por el entendido capitán cuantas determinaciones surgieron en su imaginación la lucha que presentía habíamos de sostener bien pronto con la furia desencadenada de los elementos.
A la caída de la tarde la _María Rosario_, desprendida de todas sus galas, presentaba un aspecto sombrío y aterrador. Aquella no era la velera nave que, largo todo su blanco trapo, aprovechando vela y rechinando los guarda-cabos de su bolina, paseaba su ligera quilla por el azulado manto, bordando de encajes de espuma la plateada estela; aquella no era la coqueta de los mares que se balanceaba á los besos de la aurora en las matinales marejadas, hundiendo en las cristalinas ondas sus ligeros tajamares: aquella no era la orgullosa señora de las saladas regiones. La sultana que imponía leyes al adormecido Océano en la caña de su timón, era la humilde esclava del potente monstruo de los mares, que despertaba de su letárgico sueño revolviendo en sus convulsiones inmensas montañas de hirviente espuma, atronando el espacio con sus potentes mugidos.
¡El día cuatro no tuvo crepúsculo!
El paso de la claridad del día á las tinieblas de la noche fué momentáneo.
¡Qué triste es un día sin sol! ¡Qué amargura se experimenta al presentir la muerte sin que nos rodeen seres queridos, flores, pájaros y transparentes cielos!
A las cinco, la oscuridad era completa.
Todos comprendíamos el peligro, mas ninguno lo expresaba.
El barómetro era el único que en aquellos momentos de angustia tenía elocuencia: esta, aunque muda, poseía la más fuerte de las razones. ¡La convicción de la realidad!
El descenso de la columna barométrica vertía en nuestra alma las mismas amarguras que tan magistralmente describe el gran fisiólogo del corazón humano en la reducción de su _piel de zapa_.
Las nueve era la hora señalada para la salida de la luna, la cual nos marcó su influencia con fuertes chubascos del Nordeste.
El barómetro señalaba 29,35. En pocas horas había bajado 65 centésimas. La observación del barómetro, la dirección de los chubascos y el cariz en general, nos patentizaban que el destructor tifón pronto nos envolvería en alguno de los anillos de sus espirales zonas.
Ciñendo mura babor nos manteníamos, sujetando al barco las gavias bajas, mayor cangreja y trinquetilla; todas las demás velas iban aferradas en sus vergas con dobles tomadores.
El barco cada vez trabajaba más, por efecto del fuerte viento y grandes mares que por su dirección nos indicaban que el huracán corría del Nordeste.
Sabido es que estos fenómenos llevan en su vertiginosa carrera los movimientos de rotación y traslación, originando poderosas comentes en espiral más ó menos fuertes, á medida que las zonas de aquellas se alejan del punto céntrico de donde se desarrollan.
El círculo del tifón es lo que se llama _vórtice_; aquel círculo es el que comunica sus estragos á los demás que lo envuelven, siendo los movimientos de rotación y traslación tanto más vivos cuanto más reducida es la primera vuelta que forma la espiral.
¡Desgraciado del barco que lo envuelva el vórtice! ¡Infeliz del pueblo que haga experimentar sus estragos!
¡El tifón se acercaba! ¿Nos cogería el vórtice? Es decir, ¿moriríamos? Solo Dios, solo Él, á quien en esos momentos todos claman y todos creen sabía nuestro destino.
En la mayor de las agonías, en la de la incertidumbre, nos cogió la escasa claridad de un día que presagiábamos sería el último de nuestra vida.
La observación de las seis de la mañana aumentó la agonía.
¡El barómetro marcaba 29,30! La impresión atmosférica cada vez mayor, el enrarecimiento del aire más sensible, y la influencia del fenómeno perfectamente indicada nos señalaba su proximidad. Apenas teníamos horizontes, y estos de un color plomizo muy pronunciado; el viento completamente huracanado traía su furia del Nordeste; las mares se precipitaban unas á otras en inmensas trombas, las cuales al romper rebasaban la obra muerta, siendo infructuosas las bombas que no se dejaban de la mano; la impetuosidad de los vientos arrancaba montañas de espuma que en menuda lluvia nos azotaba; cerrando tan angustioso cuadro mares encontradas que hacían retemblar á la pobre _María Rosario_, que unas veces hundía en el abismo la perilla del bauprés, para luego verla levantarse trabajosamente y rozar con la espuma las _batallolas_ de popa.
¡Un esfuerzo infructuoso en uno de esos momentos, un golpe de mar combinado con una ráfaga del huracán y....
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y una línea que se abre en los abismos cerrándose inmediatamente hubiera guardado en el misterio existencias que alentaban vida, salud, amores, esperanzas, ilusiones!
¡Venid, ateos, amarráos á un palo; contemplad uno de estos fenómenos y veréis cuál distinto es el sofisma que se fragua al calor del gabinete, á la potente al par que salvaje y majestuosa realidad que os enseña un Dios que renegáis por un mal entendido orgullo, no porque no le creáis! ¡Sabed que hay Océanos sin fondo, y que una sola línea que inmediatamente se cierra, puede sepultar todos vuestros falsos templos y todas vuestras ciudades, que por grandes y populosas que sean, comparadas con la inmensidad del Océano, son muchísimo menos que palacios de cartón que desaparecen al capricho del niño que momentáneamente recrean.
A las seis de la tarde el huracán era deshecho. Su descripción es imposible. La pluma jamás puede llegar á estas manifestaciones de la naturaleza.
El que escribe estas líneas ha recorrido muchos mares; le son conocidos los fenómenos marítimos, pero en verdad, ni en su memoria, ni en su imaginación, pudo nunca comprender el espectáculo que en los cielos y en los mares desarrolla un tifón.
La mayor parte de las velas, á pesar de ir perfectamente _aferradas_, se _rifaron_; el viento producía entre _jarcias_ y _obenques_ sonidos metálicos imposibles de imitar y los mares engrosaban más y más destruyendo la _obra muerta_.
La _María Rosario_ no gobernaba. La caña de su timón era impotente.
¡El barómetro marcó 29,16!
¡¡¡Cerca de una pulgada de descenso!!!
El vórtice debía estar próximo á las muras.
Eran las nueve de la noche al notar la anterior bajada, enormísima al tener en cuenta las latitudes en que se verificaba.
La luna salía á las diez menos cuarto.
Tal situación no podía prolongarse.
El estado en que se encontraba el barco admitía pocas horas de esperanza.
La influencia de la luna había de resolver la situación.
Aquí no era ya la agonía de la _Piel de zapa_ de Balzac, sino la magistralmente descrita en el Frollo de Víctor Hugo, con la diferencia de que en aquella había blasfemias, y en la nuestra recuerdos y oraciones.
La aguja del reloj marcó las nueve y media.... Las diez menos veinte.
La vista no se separaba de la columna barométrica cayendo fatídicamente en el alma, cada uno de los acompasados golpes del péndulo.
¡Cuántos pensamientos en aquellos supremos instantes! ¡Qué de recuerdos! ¡Qué de zozobras! ¡Qué de esperanzas!
¡Debe ser tan terrible morir ahogado dentro de las cuatro tablas del camarote! Esta idea me asaltó en aquellos instantes y resuelto á morir á la vista del cielo fuera de aquel ataúd, me puse de pie para salir de la cámara. En aquel instante la campana dió los tres cuartos.
La luna debía estar en su carrera visible.
La percepción de la campanada se confundió con la visual al barómetro.
¡¡¡Principiaba á subir!!!
¡¡¡Nos habíamos salvado!!!
* * * * *
Las grandes mares que el tifón había dejado á su paso fueron poco á poco aplacándose, cesando la furia del viento á medida que la influencia del fenómeno iba disminuyendo al alejarse de nosotros, siguiendo su destructor derrotero, en el cual había de sembrar ruinas y espantos.
Tan funestos se han considerado siempre los tifones y tan frecuente su desarrollo en los mares de China y parte del Pacífico en los meses de Agosto, Setiembre y Octubre, que constituyen el trimestre del cambio de los equinoccios que antiguamente no se admitía por las casas aseguradoras ningún riesgo, marítimo en expediciones para dichos mares y en tales meses.
Terribles y misteriosos naufragios registra la historia de la equinoccial de Setiembre. Los puertos de China, del Japón y de Filipinas guardan escritos en informes restos, imperecederas memorias de fenómenos pasados que nos hacen temer por los venideros.
Hace cinco años á la fecha en que escribimos, el 21 de Setiembre de 1867, si mal no recordamos, salió del puerto de Hong-Kong con rumbo á Manila el vapor español _Malespina_.
En el _Malespina_ venía un numeroso pasaje.
El vijía del Corregidor esperó en vano un día y otro día tenerlo á la vista.
¡El _Malespina_ no se descubría!
Pasaron más días y la intranquilidad creció de punto.
Cada cual explicaba la tardanza del vapor á su manera, suponiéndose estaría al seguro abrigo de algún puerto al cual hiciera arribada.