Viajes por Filipinas: De Manila á Marianas
Part 5
La india posee el indiferentismo en un grado tal, que todo le importa poco. El amor propio suele adormecerla alguna vez, pero el despertar es momentáneo. Pruebas del indiferentismo indio se ven inmediatamente que se ancla en un puerto de Filipinas. Asistid á un entierro y las lágrimas que allí veréis, son cual el de las antiguas plañideras: estas desempeñaban su papel por el dinero: la india rinde un tributo á la costumbre; vió que lloró su madre cuando murió su abuela, y ella llora cuando se muere su madre, sin que esto sea obstáculo para reir ó bailar á las dos horas de verificarse el entierro. Entrar en una casa de juego, pasión culminante de la india, y allí la veréis sin contraérsele un músculo de su cara, y sin pronunciar una palabra mal sonante su lengua, perder su último dinero, y pasar de la riqueza á la indigencia como si tal cosa. Colmarla de favores y de beneficios y os dará si lo pedía cuanto tiene; más no esperéis una palabra de consuelo en el dolor, ni una lágrima, ni un significativo apretón de manos en un momento solemne.
En la indiferencia ni nacen venganzas, ni anidan amores, ni se evocan recuerdos.
Angué es indiferente.
Angué sigue inmóvil. Ni piensa, ni siente, odia, ni ama.
Angué duerme.
* * * * *
Esta es la india rica, este es su tipo. Llegará la tarde y disfrutará un momento de vanidad al contemplarse rica y hermosa: se comparará con las demás y se verá la dalaga mejor ataviada de la procesión. Esta pasará por delante de su casa cuyas conchas atestadas de castilas le mantendrán la vanidad, Concluída la procesión hará los honores de la casa, dará doscientas vueltas alrededor de la sala, ofrecerá sin cesar en bandejitas de cristal, pequeños bullos y secos tabacos, bailará y hasta hará vibrar en el arpa los recuerdos de alguna canción morisca ó evocará la triste historia de _Atala_, desfigurada por la _sangrienta_ mano de algún joven _filósofo_.
Después ... después la música dará su último _trompetonazo_, los _tinsines_ su postrimer chisporroteo, y Angué despojada de sus galas ni aun soñará con el triste _Chartras._
Descorramos los bastidores.
Veamos otro tipo.
Entre la iglesia de Binondo á la capitanía del Puerto, hay una calle llamada de San Fernando: en la parte izquierda un trozo tiene portales.
A los portales de la calle de San Fernando vamos á llevar á nuestros lectores.
En una de las tiendas, mejor dicho cajones, está nuestro tipo.
_Pepay_, sentada en el pequeño mostrador, observa á los transeúntes al par que con una mano acaricia un fardo de diversas y pintarrajeadas telas, y con la otra perezosamente da vueltas á un pequeño listón de _narra_ que le sirve de medida.
Parémonos ante aquella tienda.
Estamos frente á frente á Pepay la _Sinamayera_.
La sinamayera, ó sea vendedora de telas, representa la clase industrial, la clase trabajadora.
Nosotros ya la conocemos de antiguo, así que de antiguo sabemos su historia. La hemos visto crecer y no ignoramos todas las fases por que ha pasado para llegar á ser tendera.
Contemos su historia.
Pepay no conoce á sus padres. Huérfana y niña recuerda haber dado sus primeros pasos, en la caída de una _casa grande_. Pertenece á lo que se llama la dudosa clase de _crianza_.
El nacimiento de las crianzas en su generalidad envuelve más de un misterio. La primera _bola_ de _morisqueta_ la hacen en casa respetable, y dan el título de _tía_ á la dueña de ella.
En Filipinas también hay _sobrinas_.
Nadie recuerda cuando nació Pepay ni quién la bautizo, pero todos saben es sobrina de su tía.
Tan luego empezó á balbucear en la Cuaresma las dos mil _mangas_ que empiezan con _manga_ Pilatos, y concluyen con manga celestial, Pepay pasó del bullicio de la casa al recogimiento del _beaterio_. Allí aprendió á leer y escribir, y en estos progresos murió la tía.
La pensión dejo de pagarse. Los herederos de aquella no estuvieron todo lo propicios al reconocimiento del parentesco, y Pepay se encontró en el mundo á los quince años, con una regular figura, unos cuantos conocimientos, un buen deseo y un tanto de malicia, fruta que sazona en todas las corporaciones de gente joven.
Pepay, como todo ser racional de la India, tenía su compadre. Este mantenía un pequeño tráfico naval. Era dueño de unos cuantos _cascos_; proveía de leña las tahonas de _Joló_ y _Gunao;_ hacía comercio de aceite y _palay_; contrataba carga y descarga, intervenía en alguna pequeña contrata en el arsenal, y por último, daba dinero á _módico_ precio. Tan heterogéneo comercio encontró una especie de tenedora de libros en la crianza.
En su nueva profesión aprendió Pepay toda la ciencia _bursátil_: profundizó los productivos misterios que puede encerrar el _lamcape_ de la _bullera_, el _lusong_ de la _pilandera_, y las telas de las _sinamayeras_, oprimidos seres, sujetos en su mayoría á la usura, terrible enemigo del capital.
Con una _mediana_ usura, un cuaderno de cuenta y una regular disposición, en poco tiempo puede hacerse de un peso tres, multiplicación que acabó de comprender Pepay en las complicadas listas de una vecina, _cabecilla_ de mesa de la fábrica de tabacos de Fortín, personaje que, Dios mediante, encontraremos más adelante.
Teniendo Pepay _alas_ propias, principió á volar fuera del círculo de las operaciones ajenas.
Explotó _zacatales_, y unas veces teniendo _aparceros_ y otras _casamas_, recorrió en pequeña escala todos los negocios.
En las relaciones de su tráfico tuvo ocasión de tratar con un guapo mestizo, y con él y algunos cuartos dió fondo en los soportales de San Fernando, abriendo al público y á sus muchos amigos una tienda de _sinamais_ y otras telas.
La india industrial difiere de la rica en que aquella tiene actividad por días mientras que á esta constantemente la domina la pereza.
La primera gestiona sus negocios, piensa y observa, va y viene con un pañuelo lleno de cuentas, _reclamos_ y papeles; la segunda, comparte la vida entre el baño, el _petate_, las fiestas y los paseos á la luz de la luna.
Pepay, no por ser industrial deja de ser india; así que su actividad á lo mejor se convierte en pereza, y sus ahorros, planes y cálculos se pierden en la inercia, en una apuesta de un gallo ó un entrés contra una sota.
Pepay difiere poco de Angué; es preciso fijarse mucho para distinguir la india que compone la aristocracia del dinero, á la que caracteriza la del trabajo. La verdadera diferencia está entre la clase pobre y las demás, según podremos ver en el boceto del siguiente cuadro.
En la caída de una elegante casa de uno de los aristocráticos barrios de Manila, vese sentado sobre un petate un ser que con solo mirarlo se comprende arrastra su existencia por el triste arenal de las penas y amarguras. Aquel sér es una mujer, mejor dicho, una niña. Sus facciones están demacradas, y son miserables sus escasas ropas. Entre sus descarnados y largos dedos, esponja y prepara una _batea_ de _gogo_ que servirá para refrescar y limpiar la cabeza del soberano de aquella casa.
El soberano no es soberano, sino _soberana_. Es la casa de una rica y guapa mestiza.
La pobre niña mira la hirviente espuma que forman los jugos del gogo con la infantil complacencia de la que eleva blancas burbujas de jabón. En su sonrisa hay, sin embargo, un no sé qué difícil de explicar. Aquella unas veces parece reflejar una completa idiotez, al par que otras transparenta una melancolía, una pena y un sentimiento, cual si aquella sonrisa la alentara el genio que guarda los misteriosos secretos del alma.
¡Pobre niña! ¿Cuál será tu porvenir? ¿Cuál tu pasado?
¡Tu presente es negro, cual las alas del _panique_ de la noche! ¡Tu existencia triste, cual tristes son esas melancólicas flores que crecen en todos los cementerios de la India! ¡Ha tiempo eres esclava! ¡Ha tiempo fuiste llevada al _mostrador_ de la usura y quedaste empeñada!
Tu madre era cigarrera; un día necesitó pagar una deuda, y no teniendo dinero se lo pidió á la cabecilla de su mesa: esta se lo dió ¡pero á qué costa! Tú fuiste la hipoteca de aquel contrato; tu sangre, y un trabajo sin tregua ni descanso, los réditos; y la absoluta pérdida de tu libertad, la cláusula de aquel monstruoso pacto. Desde aquel momento tuviste una despótica señora. El dinero dado era poco, más los réditos eran muchos; tu sudor era el pago. Tres años de continuos trabajos, no solo no bastaron para amortizar el capital, sino que acumularon los réditos.
La madre de la pobre niña murió.
La _hipoteca_ que aquella contrajo, estaba existente.
Un día la mestiza, á quien sirve la niña, necesitó un ser de sus condiciones; habló con la cabecilla, y previos _justos_ y _legítimos_ pagos, le transmitió la _propiedad_, sin que para nada interviniera la voluntad de la enajenada.
Se dirá: pero la esclavitud ¿existe en Filipinas? ¿no hay leyes? ¿no velan justos tribunales?
Los hay; pero ¿qué sabe la pobre niña de leyes, de jueces, ni de derechos? Desde los pechos de su madre solo aprendió deberes. ¡Su ciencia se reduce & obedecer y llorar!
Aquel desgraciado ser que prepara el gogo, es posible que muera sin haber podido pagar con una vida de trabajos el rédito de _ocho_ ó _diez_ pesos dados á su madre. La ropa que usará mientras esté bajo el dominio de su señora serán los últimos harapos de la casa, dados por supuesto, con su cuenta y razón.
No decimos el nombre de la niña, porque no lo sabemos; es más, no lo sabe nadie. Su ama cuando la llama, dice solamente _¡una!_ y esa una es la desgraciada hija de la cigarrera.
Es cierto que estos abusos van desapareciendo ante la asidua vigilancia de la autoridad; más sin embargo, tipos como el anterior se encuentran todavía en Filipinas.
Hemos descrito la individualidad; volvamos hoja, y aunque ligeramente y á grandes rasgos, veremos la colonia en general.
CAPÍTULO VII.
España en Filipinas.--Colonización.--Política.--Tolerancia religiosa.--Juramento chínico.--Pascuas, festejos y Confucios.--El _matandá_.--El municipio dentro del municipio.--El empleado.--Patriótico aviso.--Desconocimiento de Filipinas.--Reformas y mejoras.
Todas las colonias del mundo obedecen á un sistema fijo, á un fin dado, beneficioso al dominador, al par que al dominado. La colonización inglesa, la holandesa y hasta la misma francesa, bien se estudie bajo el cosmopolitismo comercial de Singapore; bien en las primitivas costumbres del malabar que lleva sus dedos á la frente en señal de acatamiento ante una civilización de que se utiliza, por más que no comprende; bien se aquilate en las colosales obras de la cisterna de Aden; bien en las riquezas de los mercados de Calcuta y Bombay; bien en la transigencia de la pagoda; bien en las sagradas corrientes que baten la druídica peña ó dan vida al muérdago del sacrificio; bien que esa colonización se levante á la sombra del peñasco de Hong-Kong, atalaya que vigila al Celeste Imperio; bien que se extienda por las abrasadas arenas de la Arabia, bíblicos recuerdos que evocan las civilizaciones faraónicas; bien que respete antiguos usos, contemporizando con las grotescas fórmulas del ritual cipayo; bien viva bajo el protectorado yankee en las ondas del Pacífico; bien á la sombra de la tricolor bandera de Saigón; bien que se extienda desde los modestos establecimientos de Macao, á las opulentas factorías de la India y de Java, donde el indígena percibe los efectos del telégrafo y del vapor, sin que jamás llegue al conocimiento científico de las causas que obran bajo el émbolo de la caldera que desarrolla la fuerza ó la confusión de los elementos de la pila que arrancan el rayo; bien que la metrópoli explote, ora el sensualismo malabar, ora el embrutecimiento en que reduce al chino las perniciosas emanaciones del anfión, siempre vemos su razón de ser, su principio vital de conservación, extremo al cual debe llevar la raza dominante todo su estudio, toda su ciencia y todos sus cuidados.
En Filipinas, en ese riquísimo Archipiélago que constituye por la feracidad de su suelo la colonia mas rica del mundo, en lo único que puede decirse se asemeja á las demás en cuanto á la constitución que las gobierna, es en la tolerancia, tanto religiosa como político-administrativa.
En un país como Filipinas que viene anatematizado poco menos que como una sucursal de los antiguos y terroríficos tribunales del Santo Oficio. En Filipinas, _nido_ de frailes, de procesiones y de jesuítas ¡cosa rara! puede decirse hay libertad de cultos. ¿Se creerá esto de aquellas comarcas simbolizadas por el que no las conoce bajo la intransigencia del exorcismo, de la intolerancia y de la presión del púlpito y del confesonario? La libertad de cultos existe de hecho y de derecho; tanto es así, que se ha legislado y está, vigente en los Reales autos de las Islas las complicadas fórmulas de los juramentos chínicos; de modo que no solo el chino practica su ritual, sino que hace partícipe de él á católicos rancios, pues no otra cosa sucede ante el sacerdocio de la ley, tan luego acude en juicio un chino y pide la solemnidad del juramento. Esta petición es legítima, la ampara la ley, y el juez se ve precisado á presenciar, autorizar y respetar el que el santuario de la justicia se vea ahumado ante el fuego de las invocaciones, y los profundos textos del Rey Sabio interrumpidos por el cacarear de los gallos blancos que han de ser degollados en el ara, que no es, ni más ni menos que el pavimento de los estrados del juzgado.
La pascua chínica se celebra en Filipinas por los sectarios de Confucio, frente á frente de la autoridad y de las Ordenes monásticas, sin que la una ni las otras les pongan el más ligero veto. La quema de las candelas, los altares que se ven en la mayor parte de las casas de los chinos, la práctica de su ritual, y la exhibición de sus genios y Confucios son bastantes pruebas de la tolerancia, ó mejor dicho, de la protección en materia religiosa.
Esta transigencia que vemos en el terreno de las conciencias, la vemos quizá más amplia en el régimen y gobierno.
En Filipinas casi casi puede decirse impera tácitamente una Constitución, que se aproxima á las más avanzadas. Esto parecerá una paradoja. ¡Encontrar la libertad en lo que se cree el absolutismo! ¡Hallar la fórmula federal al pie de los sombríos muros del convento! ¿Es esto posible? Recorred los dilatados campos de Filipinas, y al encontrar el modesto bajay del indio, descansar un rato á la sombra del cogon ó la palma; estudiar la familia que guarece y veréis una pequeña colonia sujeta á la voz patriarcal del matandá, ó sea el más viejo. Donde éste pone su veto no hay réplica ni discusión, sino obediencia. Este jefe de familia en unión de algunos de su gremio, nunca de otro, se sujeta en sus relaciones con el Estado al cabeza de Barangay, autoridad electiva que vela al par que vigila por las familias encomendadas á su cabecería, la cual rinde homenaje ante el Alcalde pedáneo ó sea Gobernadorcillo, funcionario que ha de salir del mismo gremio que sus gobernados. Bajo este sistema que nace en el patriarcal, y que constituye el Municipio dentro del Municipio, puesto que cada uno cuida de las propias necesidades y de las circunscripciones en que habita, vive el indio bajo sus primitivas costumbres con una libertad no interrumpida por la confusión de razas, puesto que lo mismo aquel que el mestizo y el sangley, saben que su Municipio ha de componerlo, tanto en la Principalía como en los Barangais, individuos de su misma raza. Dígase si esto no es la vida del Municipio dentro del Municipio y si esta es una odiosa esclavitud ó una benéfica dominación.
A ser posible que el indígena pudiera comparar viendo lo que pasa en las demás colonias, de seguro bendeciría día y noche el patriarcal dominio que por ellos vela.
Desgraciadamente, nuestro sistema de colonización pierde su semejanza con el de las demás, en otras muchas cosas, haciendo llegar no pocas veces la metrópoli á sus posesiones un hálito que si en Europa vivifica en el Asia envenena.
En Oriente el español no puede ni debe ser más que español, ajeno de pasiones políticas y exento de miserias cortesanas. La clave de este principio fundamental de colonización está en los gabinetes de Madrid. La elección del empleado, su mayor saber, las garantías para el porvenir y la verdadera estabilidad son las bases en que se asienta en otras colonias la gran obra de su dominación.
La Inglaterra en la India, la Holanda en Java, y hasta el Portugal en China, sus empleados son escogidos entre los buenos, son vigilados y templados en el yunque de una constante inspección. El que sale de la prueba, el que con su ciencia y merecimientos es declarado como bueno, su porvenir en Colonias es seguro, cual seguro es el bienestar de sus deudos si alguna de las enfermedades le hacen dormir el sueño eterno lejos de su patria y de la fosa donde descansan los suyos.
Bajo este principio nace la emulación y el perfeccionamiento en la esfera del deber. La práctica facilita el trabajo, al par que las virtudes del bien y de la moralidad se aunan bajo la morada en que se podrán llorar ausencias, mas no temer la venida del correo y la cesantía, y con ella quizás el mendigar el pan ó volver á su nativo suelo enervadas las fuerzas por una laboriosa aclimatación, ó muerta la fe ante una larga serie de sacrificios olvidados.
Estabilidad y suficiencia en el empleado. He aquí la clave de todas las mejoras.
Filipinas es dócil y ama al español. La suerte de Filipinas reside en Madrid.
Con tiempo damos el alerta desde sus tranquilas tiendas.
Mucho se habla de nuestras colonias del Asia y no menos se escribe, ¿pero en qué tonos? ¿por quién? y sobre todo ¿con qué grados de conocimientos? Unos, porque absolutamente no conocen la localidad; otros, porque alientan ideas rutinarias ó quizás lo que es peor, por querer vengar rencillas y miserias, y los más, porque toda su experiencia y saber se reduce á haber ido cuarenta días en un camarote, instalarse en Manila, cobrar una nómina conociendo al habilitado, aunque no siempre al jefe, extender sus correrías por el país á la Calzada, los _fosos_ de Santa Lucía, el campo de _Bagumbayang_ y lo más lo más llegar á las aguas de _Malinta_, ó á las provistas despensas de los frailes de _Imus_; y con semejante extensión de tierra y el solo hecho de haber desembarcado en Manila y vivido unos cuantos meses ó años dentro de su murado recinto, arreglan el país y escriben furibundos artículos que no tienen de Filipinas más que las gotas de sudor que caen de la frente á la cuartilla.
Es preciso comprender y acabar de persuadirse que Manila ni personifica ni representa más que un pueblo grande, que en vez de reflejar las costumbres de la India lo hace más bien de las de Europa.
¿Qué español que no haya salido de Manila conoce las costumbres de los siete millones de habitantes de las Islas, ó los rudimentos de cualquiera de los treinta y tantos idiomas que se hablan? Ninguno.
Filipinas donde hay que estudiarlo, es en sus dilatadas _pampas_, en sus bosques vírgenes, en sus campos de impenetrables _cogonales;_ allí bajo la palma ó la bonga vive y muere el indio en su primitivo estado, con su dulce carácter, su notable indiferentismo y su felicidad no perturbada por las exigencias que aumentan al par que la civilización crece.
El elemento español, volvemos á repetirlo, porque mucho importa, es lo primero en que debe fijar el Gobierno todo su cuidado. La ignorancia por una parte, antiguos hábitos por otra y confusas ideas que no concluyen de conocer las cabezas en que bullen el daño que hacen, es lo que, salvo honrosísimas excepciones, constantemente están llegando á las ricas y fértiles comarcas del Oriente. Hasta el día en que el funcionario se persuada que al llegar al Corregidor debe ser otra cosa distinta de lo que hasta entonces fué; hasta que comprenda que ciertas ideas debe guardarlas cuidadosamente en el secreto santuario de los recuerdos sin que jamás salgan á la lengua; hasta que la inamovilidad del empleado sea una verdad al par que verdad sea su suficiencia; hasta que la confianza y las garantías alienten el comercio y con él la acumulación de capitales; hasta que el español descentralice el producto de manos extranjeras; hasta que una buena inteligencia secundada con un buen deseo, haga de las provincias tabacaleras lo que deben ser; hasta que la ilustración universitaria llegue solamente al conocimiento de la virtud y no al comentario histórico de los pueblos y de los derechos de los hombres; hasta que ingenuamente y con los datos á la mano confesemos que el fraile podrá ser, habrá sido y será en Europa lo que se quiera, pero que en Filipinas es una necesidad personificadora de dominación y de ahorro, lo primero, porque fueron siempre españoles, porque ejercen una influencia positiva y porque conocen el país; y lo segundo, porque son los soldados avanzados que menos cuestan al Estado; hasta que el conocimiento del fraile origine las garantías para el porvenir que tiemblan al par que preveen; hasta que en ellos renazca la antigua confianza, no del poder omnímodo que ejercieron, sino de la estabilidad porque temen, ante cuyo temor nace el indiferentismo, que previene, al par que aleja á las procuraciones, acumula en las misiones ú oculta en lo más recóndito de los claustros, capitales que estarían en circulación; hasta que la conciencia no salga de la persuasión del misionero español; hasta que al Gobernador superior se le den facultades propias, creando una verdadera situación de confianza en los actos del que manda, como confianza debe tener en él quien le nombra; hasta que los centros gubernativos ejerzan alguna policía llevando su mirada inspectora á un poco más allá de los cortos renglones de un pasaporte; hasta que el ministerio de la ley corra parejas con el sacerdocio de la conciencia; hasta que el hálito revolucionario que se asienta en el viejo mundo ante los humeantes escombros de la _Commune_ y las teorías de la Internacional, quede dentro de la Administración de Correos de Manila, no llegando jamás á despertar inteligencias, que ni alientan ambiciones porque no conocen necesidades, ni abrigan miserias, porque sus odios son francos y se dirimen con el talibón ó la flecha y no con sonrisas hipócritas que encubren la farsa y la mentira; hasta que esto poco á poco no vaya corrigiéndose, el extenso Archipiélago filipino no llegará á la meta de felicidad, de bienestar y de riqueza á que es acreedor.
Demasiado comprendemos que el remedio á lo anterior no cabe en las bases de un proyecto ni en la sola concepción de un buen deseo; buenísimos los han tenido algunos de los ministros que se han venido sucediendo en la cartera de las Colonias, pero el mal es antiquísimo y el remedio necesariamente ha de ser paulatino. Esto prácticamente lo ven los gobernantes á los primeros pasos que dan en el terreno de las mejoras. La imposibilidad por una parte, falta de tiempo por otra, y circunstancias gravísimas y difíciles en la metrópoli las más, son los principales escollos que tenazmente se oponen á los mejores deseos que á más de lo anterior y de estar abstraídos por tanto y tanto acontecimiento por que está pasando nuestra querida España, luchan con la distancia, la falta de datos, la adulteración de los hechos, la imposible inspección y el tardío remedio.
Gran patriotismo, tiempo, inteligencia y buenos deseos, y todo se andará. [3]
CAPÍTULO VIII.
Islote de San Bernardino.--El Gran Pacífico.--Cielo y agua.--Nostalgia.--El secreto de las mareas.--Calma sospechosa.--Pesca del tiburón--Los crepúsculos en la mar.
Poca fué la estancia en San Jacinto y pocos fueron los víveres con que pudimos reforzar las cantinas de la _María Rosario._ Unas cuantas cabras, un centenar de aves y algunas verduras, fué todo lo que pudimos conseguir.
Aprovechando la brisa matinal, salimos del pequeño puerto de San Jacinto poniendo proa al cercano islote de San Bernardino, el cual no tardamos mucho en doblar, merced á la _empopada en redondo_ que nos favorecía.