# Viajes por Filipinas: De Manila á Marianas

## Part 3

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«En el terreno que ocupa la provincia de Ilocos Sur, habitan algunas rancherías, cuyo principal número se halla en las altas montañas que están en la parte Este. Entre ellas se hallan las de los tinguianes, busaos, igorrotes quinanos y negritos, las cuales se extienden por la gran cordillera, compartiendo su posesión con las de los itetapanes, quinanos, mayoyaos, silipanes y otras que se hallan en terrenos de otras provincias del Norte de la Isla de Luzón. Daremos una ligera descripción de las razas que habitan en parte de la provincia de que nos ocupamos, ó más próximas, que viven en rancherías y que tienen alguna comunicación y comercio con los pueblos civilizados de ella. Los igorrotes habitan las montañas de la parte más al Sur, confinantes ya con la provincia de la Unión; los que se hallan en los sitios más apartados de ellas, no tienen comunicación alguna con los indios cristianos, pero los que ocupan los primeros montes tienen algún trato con las poblaciones, y aunque su comercio es en cortísima escala y muy lento, se ejecuta por lo regular en cambio ó trueque, más bien que con numerario, pues de este solo se sirven para la compra del oro que traen en pequeñas partículas. Los igorrotes infieles admiten en cambio de sus efectos toda especie de animales, aunque sean inútiles y despreciables, como el perro y el gato.

«No conocen otra ley que la más completa libertad, sin subordinación á autoridad alguna, y son inclinados á toda clase de vicios. No usan otro vestido que una especie de faja de lienzo ó de corteza de árbol, según pueden, que se llama bajaque, y ellos la denominan _baac,_ y una manta por lo regular de las que se fabrican en Ilocos, y se conocen con el nombre de bandalas, ó bien un pedazo de tela cualquiera que colocan sobre los hombros plegada ó suelta. Las mujeres usan una especie de camisilla ó chaleco, abierto por delante, que atan con unos cordones, y una manta ceñida á la cintura que las cubre hasta las rodillas. Los principales llevan la manta y el baac negro y con bordados; en sus lutos usan telas blancas. Los igorrotes son de buena estatura, su color es cobrizo amarilloso; los ojos grandes, rasgados y negros, y con el ángulo exterior muy agudo y más alto que el interior. Los carrillos anchos y juanetudos; el pelo es largo, muy negro, y áspero; el cuerpo robusto y bien formado; suelen pintarse de colores, y en la mano se hacen una figura parecida á un sol. Fabrican sus casas ó chozas de caña, cubriéndolas con cogon, formando la figura de un triángulo como una especie de tienda de campaña, y no tienen más luz que la que entra por el pequeño agujero que sirve de puerta; generalmente las tienen muy desaseadas. En el centro de la cordillera tienen casas mayores, de tabla de pino, que labran toscamente con una especie de cuchillo de dos cortes que llaman _talivong_ y _bujías,_ el cual les sirve de arma. Usan también como ofensivas la lanza, que arrojan con gran acierto, y las flechas, en cuyo manejo son poco diestros y no alcanzan en esto á los negritos. Se alimentan con arroz, frutas silvestres, raíces alimenticias, carne de búfalo, puerco y ciervo, que cazan y preparan para su conservación: según se dice hay entre ellos algunos que comen la carne humana, son muy asquerosos y padecen muchas enfermedades cutáneas. Las mujeres para los partos se van á la orilla de un río donde lavan la criatura así que ve la luz; se baña también la madre, y concluída esta operación, coloca el recién nacido en una especie de cestillo á la espalda y se vuelve á su choza. Su idioma es muy distinto del de los pueblos cristianos confinantes. La observación de las lunas les sirve de calendario, y aun para formar sus pronósticos; los hay llamados bravos y mansos, siendo los primeros los que no quieren comunicación alguna con los pueblos reducidos.

Los tinguianes es otra raza que se extiende por las montañas del Este de Ilocos hasta la provincia de Abra: son mucho más civilizados que los igorrotes, y casi no merecen la denominación de salvajes. Los hombres usan calzones anchos y una chaqueta ó chupa cerrada por delante, como la de los chinos: se arrollan una tela ó especie de toalla á la cabeza, cuyas puntas con flecos caen con gracia sobre la espalda. Las mujeres usan el mismo traje que las igorrotas, con la única diferencia de ser de color blanco, así como el de los hombres, muy aseado, y bordadas las orillas de colores cuando están de gala; desde la muñeca al codo se atan unos anchos brazaletes de abalorios de colores, tan apretados, que les suele producir inflamación en el brazo y la mano. Del mismo adorno usan algunas en los piés y hasta en la cabeza, ciñéndose también un turbante, y otras se ponen una especie de banda cuyo traje en conjunto es vistoso y bonito. El cutis de esta raza es blanco, y con corta diferencia como el de los chinos; su vida es frugal y aislada; comercian con los pueblos de cristianos; pagan reconocimiento en frutos ó en dinero; compran tabaco en los estancos de los pueblos reducidos, pero en una cantidad dada, que reparten con equidad entre todos los vecinos de una ranchería, son limpios y observan entre sí cierta etiqueta, viven tranquilos en sus pueblecillos, y su carácter pacífico pero suspicaz, los aproxima mucho á los indios civilizados. Hay algunos pueblos de ellos reducidos al cristianismo y cultivan extensos campos de arroz, teniendo piaras de carabaos, caballos y bueyes: se ejercitan en la caza de venados y son enemigos de los igorrotes. Esta raza por su color, facciones y traje, se cree sea descendiente de los chinos, que según tradición, se internaron por estos montes desde la provincia de Pangasinan cuando el pirata Limahon fué batido y obligado á reembarcarse; pero la historia de aquellos tiempos nada dice de que quedasen estos restos del ejército, antes bien asegura, que todos se embarcaron; pero ello es que esta raza de infieles es distinta enteramente de las demás que pueblan los montes del Norte de la isla de Luzón. Hay otra raza llamada de guinanos que habitan la parte interior del país y á la falda Este de la gran cordillera, que separa al Abra de Cagayan; son de carácter feroz, y en los meses de Febrero y Marzo suelen hacer sus correrías al Abra con solo el objeto de cortar cabezas, sean de cristianos, sean de tinguianes ó igorrotes: para ello se aprovechan de algún descuido; en teniendo alguna cabeza humana se retiran á sus pueblos con gran algazara, donde celebran una gran fiesta que dura muchos días. Concluída la fiesta, el matón guarda cuidadosamente el cráneo como prueba de su valentía, y es tanto más estimado por sus compoblanos, cuantas más cabezas ó cráneos adornan sus casas; suelen también estar en continua guerra unos pueblos con otros; siempre acometen á traición, y con grandes alaridos al echarse encima de la víctima. Aun no ha sido posible hacer que penetrara hasta ellos la luz evangélica.

Aunque bastante apartadas de la provincia de Ilocos por la parte del Este, ocupa también esta cordillera la raza de los busaos que confina con la de los tinguianes; sus tribus son de carácter dulce y hábitos más propensos á la civilización, se pintan el brazo imitando varias flores, llevan grandes anillos en las orejas y otros se cuelgan en ellas un gran pedazo de madera, lo que les alarga mucho la ternilla. El traje de los busaos es parecido al de los igorrotes, solo se diferencian en que llevan en la cabeza una especie de casquete ó solideo de bejuco ó de madera, cilíndrico y abierto por los lados que algunas veces adornan con plumas; en lugar del _talibon_ usan una arma llamada _ligua_ de la que usan también los tinguianes, que es como una hacha de hierro casi cuadrada, con una punta por detrás y mango corto, la que fabrican ellos mismos con hierro que extraen junto á Benang; cultivan arroz con muy buen sistema de riego.

Los negritos que ocupan las montañas de Ilocos más bien se extienden hacia la parte de Ilocos Norte que hacia el Sur; se diferencian poco de los demás negros de los otros montes de las islas; su escaso vestido suele ser de cáscara ó corteza de árboles ó alguna manta tosca; pagan reconocimiento cuando se les puede hallar, reconocen por reyezuelo al más viejo entre ellos, y entierran sus difuntos en el monte, poniendo junto al cadáver eslabón, piedra, yesca, un arma y un pedazo de carne de venado, y todo el que de ellos pasa próximo, ha de dejar algo de lo que cogió en la caza ó le dieron los cristianos.»

En otro lugar leemos:

«En las escabrosidades de las altas montañas de todas las islas Filipinas, y en las espinosas de sus impenetrables bosques, habitan numerosas razas ó tribus de infieles, hasta cuyos desgraciados individuos no ha penetrado aún, por desgracia, la luz del cristianismo y de la civilización. Las cordilleras de la isla de Luzón están habitadas por los _igorrotes, tinguianes, ifugaos_ y otras razas de costumbres más ó menos feroces; pero la más generalmente extendida por todos los montes de las islas es la de negritos aetas, que por sus caracteres genéricos, su pelo crespo, sus labios prominentes y su ángulo facial, se cree por algunos, sean los primitivos habitantes de este suelo, pues concuerdan dichos caracteres con los de otros que residen en la misma zona tórrida de África y varios puntos de la Oceanía.

Los de estas islas viven errantes en la fragosidad de las selvas, y aunque los hay de ellos que bajan á comerciar y se comunican con los pueblos cristianos, se encuentran muchos que huyen de todo trato con los hombres de distinta raza, manteniendo una continua guerra con otros habitantes de los bosques. Se cree que los _desmayas, malancos, manabos_ y _tagabotes_ de la isla de Mindanao, así como los negros feroces de Nueva Ecija y otras tribus menos conocidas, sean pertenecientes á la gran familia de estos primitivos moradores de las islas.

Los negritos son en general pequeños, delgados y ágiles; pero no mal formados. Tienen la nariz gruesa y aplastada, el cabello crespo como lana enredada; el labio superior grueso y caído sobre el inferior; su color es más claro y menos feo que el de los negros de la costa de África, sin duda porque los de estas islas tienen más frondosos bosques donde resguardarse de la acción del sol y porque se comunican más con pueblos civilizados. Van completamente desnudos y se cubren con un taparrabos de cortezas de árbol; los que tienen trato más frecuente lo usan de tela, y llevan además un pedazo de coquillo de colores ó de manta echado sobre los hombros y se suelen poner un pañuelo en la cabeza. Los que comercian con dichos pueblos civilizados dan varios productos de los montes, como miel, cera y bejucos, á cambio de telas y de moneda: las mujeres de estos visten una ligera camisilla y un tapis; las de los más feroces van desnudas: las primeras colocan en su pelo un peine de caña, en el que ejecutan finas labores, y por sus orejas taladradas atraviesan un pedacito de rama en flor, que además de su erizada cabellera les da un aspecto extraño. Los hombres solteros suelen usar también el peine de caña, como distintivo de su estado. Todos ellos llevan siempre en su mano el arco y las flechas que acostumbran á envenenar con jugo de plantas que ellos conocen, en las cuales frotan é impregnan el hierro ó punta de ellas; algunos usan un carcax de caña bambú para colocarlas; en la cintura llevan un cuchillo ó _bolo_ muy afilado.

Se casan muy jóvenes y aunque no se reúnen con sus mujeres, se les ve tomar estado á los ocho ó nueve años. Les gusta mucho estar junto el fuego; encienden grandes hogueras, y por la noche se acuestan sobre la ceniza caliente; para mayor abrigo suelen poner entre dos árboles una especie de techado de hoja de palma, y por la mañana levantan el campo para volver á dormir donde les coge la noche.

Las mujeres paren también sobre la ceniza: concluído el parto se bañan y vuelven á acostarse sobre ella y á cuidar de su hijo, el que cuando marchan lo llevan pendiente del cuello ó á la espalda, sostenido por un lienzo atado, ó por una corteza de árbol apoyada en la nuca.

No se les conoce religión alguna. Comen puercos de monte, venados y raíces alimenticias; pero nunca lo verifica uno solo. Tienen castigos de pena de la vida para sí y para sus hijos por varios delitos; uno de ellos es el de robar una mujer ajena; pena conmutable, entregando flechas y armas.

Nombran sus jefes á los más ancianos. Entre los que frecuentan para su comercio los pueblos cristianos, se suele investir á uno de ellos del carácter de justicia, el cual impuesto de su cargo, los reune y presenta cuando se les llama para el trabajo.

Sus distracciones consisten en el canto, en el baile y en ejercitarse en el manejo de sus armas. Ejecutan un baile llamado _acubac_ que se reduce á poner á las mujeres en el centro, y los hombres agarrándose uno á otro por la cintura van marchando en círculo alrededor de ellas, levantando la pierna dando una fuerte patada en el suelo al compás de una canción muy lúgubre y pausada que con voz casi imperceptible entonan las negras, y á la que ellos contestan con una especie de terminaciones consonantes; á este triste canto le llaman _inalug_.

Por más esfuerzos que se han hecho por los PP. Misioneros y por las autoridades de las islas para civilizar á los negros aetas, y hacerlos vivir en sociedad, todo ha sido infructuoso. Aman su vida errante y salvaje, y tarde ó temprano se vuelven á ella; ha sucedido ya estar un negro enteramente civilizado y aun haber seguido estudios, y ha desaparecido para volverse al monte á vivir desnudo y salvaje entre sus compañeros. Estos desgraciados se niegan siempre á la luz de la verdad y de la razón.»

Las anteriores líneas son la prueba más concluyente de lo mucho que falta por hacer en Filipinas. A la vista de Manila, en su misma bahía, en la provincia de Bataan, se destaca la sierra de Mariveles; pues bien, en sus bosques hay razas errantes sin más dominio ni ley, que las que Dios les dicta, ni la potente voz de los elementos que se desarrollan sobre la inmensa copa de los árboles que les dan sombra, alimento y guarida, y las que impone en la punta de sus flechas el que impera por la ley del más fuerte.

Todas estas razas respetan instintivamente al español, sobre todo si no los hostiga y maltrata. El europeo que se pierde en los laberintos de bejucos y verduras de Mariveles, no tiene que temer por su vida aun cuando se encuentre con alguna ranchería de _aetas_; estos lo acogerán con mirada recelosa, mas bien pronto si ven que no les hacen daño, se tornan dulces y serviciales.

El estado pacífico en que viven las razas de Mariveles, es sin duda la causa del por qué no se las ha reducido, á pesar de habitar á las puertas de Manila.

¡Cuántos misterios desconocidos, cuánta riqueza oculta y cuántas cosas ignoradas contendrá la gran extensión de tierra que comprende la isla de Mindoro, desde puerto _Galera_ á punta _Bunga_!

Las montañas de Mindoro poco á poco fueron ocultándose en los horizontes que dejábamos á la proa, aclarándose los de _Marinduque_ por los círculos que abría en el espacio el bauprés de la _María Rosario_.

Las pequeñas _Dos hermanas_, formando el vértice del triángulo que cierran _Banton, Bantoncillo, Simarra y Maestre de Campo_, se destacaban perfectamente ante nuestra vista, como asimismo los pequeños islotes llamados _Tres Reyes_ y el _Diamante_, azotados constantemente por las encontradas olas, efectos de las corrientes y las notables _resacas_ que refluyen su influencia desde las costas de Marinduque.

La pequeña isla de Banton, nos trajo á la memoria un sin número de recuerdos y un gran caudal de observaciones. En sus estrechos límites habitaba nuestro querido amigo el Padre Pablo, fraile recoleto de gran iniciativa, ciencia y decisión, que después de haber desempeñado en Filipinas la supremacía del poder en la Orden, había dejado el peso y responsabilidad del Provincialato, por el recogimiento, la quietud y el aislamiento de la parroquia de Banton, islote casi desierto, inhospitalario y desprovisto de cuanto constituye lo más necesario de la vida.

Ya que la isla de Banton nos ha traído á la memoria á un antiguo amigo fraile, y ya que tanto se ha dicho de estos, añadamos nosotros en el siguiente capítulo una página más.

CAPÍTULO IV.

El fraile en Filipinas.

Al hablar de Filipinas es imposible dejar de ocuparse de las órdenes monásticas: van tan íntimamente unidas con la historia y vicisitudes por que ha pasado el Archipiélago, que donde quiera se relate un suceso, donde quiera se evoque un recuerdo, donde quiera se contemple una obra, allí está la mano, la inteligencia ó la actividad del fraile.

Para comprender lo que vale en el Oriente, para apreciarlo en todo su valor, es preciso vivir algún tiempo en el país.

El fraile es el ser cosmopolita de la India; en su historia lo mismo se le ve con el santo lábaro predicar la fe del Gólgota, que dar al aire la enseña de Castilla y voltear el bronce llamando á los buenos en el rebato de sus torreones, siempre que algún peligro ha amenazado patria ó religión: alentados por estas dos palabras han puesto repetidas veces sus pechos ante el enemigo de la raza, ó el cuello ante el cuchillo del martirio. Los campos de China durante más de dos siglos, la invasión de Manila por los piratas que hacían temblar al Celeste Imperio, y más tarde la gran bahía llena de naves inglesas, son imperecederas epopeyas en que las órdenes monásticas han vertido su sangre, su persuasión y sus caudales.

El cosmopolitismo del bien, volvemos á decir, está sintetizado en el convento.

A semejanza de la Edad Media, en que el Dios de las batallas con el ruido de sus armas adormecía la inteligencia; cual aquella época del arnés y de la lanza, se ocultaba en lo más recóndito de los cláustros la ciencia en el libro y el experimento en las primitivas máquinas; á imitación de entonces en que el fraile mantenía vivo el estudio y el saber, así en el día el cláustro en el Oriente cual templo de vestales, alienta la vívida luz de los humanos adelantos. Las bibliotecas de los Dominicos, llenas de preciosos códices; los gabinetes de física y química, con cuantos aparatos han inventado las nuevas conquistas de la inteligencia; las magníficas colecciones de la naturaleza tropical en todas sus manifestaciones; los góticos capiteles de Santo Domingo; las sólidas construcciones de Agustinos y Franciscanos; el golpear de las máquinas de vapor de los Recoletos; enseñan que la ciencia, el arte y la industria, tienen su asiento bajo la esfera de acción de las órdenes monásticas.

El convento no solamente sintetiza en Filipinas, la ciencia y el arte, sino que también el laboratorio, la enfermería y la granja-modelo.

Sabido es cuan escaso es el personal de médicos y cuántas provincias están entregadas á la virtud de sus plantas, á la tradición de sus remedios y á los ungüentos y recetas del convento. Tanto el indio como el castila que se siente aquejado de una enfermedad, llama al fraile á la cabecera de su lecho, ó va á buscarlo en sus hospitalarias casas-haciendas, en la seguridad de encontrar ciencia para la materia y consuelo para el espíritu.

La hacienda de _Imus_ es una verdadera enfermería del castila, allí el que llega tiene cuidados, cama y mesa.

Desde el jefe superior de las islas al último desgraciado, tienen en Imus un cariñoso techo con solo llamar á aquellas puertas, abiertas siempre para el bien y la caridad. No es solamente lugar de convalecencia por sus condiciones naturales, sino que estas se aunan con el perfeccionamiento y con el arte. Los baños de impresión que tiene la casa son, sin duda por sus aguas y por la manera de distribuirlas, unos de los mejores de las islas.

Cuantos requisitos constituye la granja-modelo, se encuentran en la hacienda que nos ocupa. Espaciosos y bien preparados _tambobos_, magníficas plantaciones de caña dulce, buenas máquinas, extensas roturaciones, puentes, presas, encauces, sementeras y un perfecto reglamento de colonos se ven en aquella. El colono que experimenta una desgracia en el hogar, percibe cuantos auxilios le son necesarios; si la desgracia proviene del campo, si una avenida asola sus cosechas, si el tallo de la caña se agosta ante el destructor hálito de un _tifón_, el fraile remedia el mal sin que el colono vea amenazado su porvenir ante los sombríos colores de la usura. Cuando hay calamidades se perdonan las rentas, y el _tambobo_ abre sus puertas, convirtiéndose en piadoso pósito, seguro remedio de la propiedad y del labrador.

El viajero tiene no menos ventajas que el colono y el enfermo. El que durante todo un día ha sufrido por bosques y caminos el sol tropical, el que el aguacero ha mojado su cuerpo, el que se ve rendido por el cansancio: alienta, se vivifica y cobra ánimos al oir los consoladores ecos de la esquila del monasterio, del convento ó de la casa-hacienda; bajo aquel bronce sabe hay españoles, hay patria, hay hermanos. Es preciso haber pasado un día en la India y sentir las fatigas del cansancio y la sed, para comprender en todo su valor lo que significan los ecos de la campana del convento.

El fraile del Oriente difiere completamente del que vulgarmente se conoce; por esa misma razón lo juzgan algunos mal. El que crea ver en aquellos el reflejo de los antiguos y silenciosos moradores de la celda ó los revoltosos señores de abadías, se equivoca soberanamente; ni tienen la maliciosa reserva y maquiavélica intención del claustro de la Edad Media, ni la turbulencia y fueros de los guerreros-frailes de la Reconquista, feudales señores de almena y mesnada, de cuchillo y caldera.

El ser que nos ocupa es franco, decidor, leal, caballero; participa de las buenas cualidades del mundo y el recogimiento ascético de la celda. Es, y esta es su principal cualidad, _español_ por excelencia, y todas sus tendencias, lo mismo las que desarrolla en la plática, como en el púlpito, como en el hogar, tienden á la consolidación y bienestar de la colonia. En las veces que en Filipinas se han sentido los rumores de la rebelión, el fraile siempre ha estado al lado de su raza. No hay ejemplo alguno en la historia de las islas en que haya aparecido ni remotamente complicado contra los suyos. Si Filipinas tuviera una _verdadera_ historia, se vería hasta qué punto fueron los frailes españoles en las memorables jornadas en que el invicto Simón de Anda dejó la toga por el talabardo, oponiendo la fuerza á la fuerza, la espada á la dominación, la argucia á la mayoría y el heroismo á la desigual lucha. En aquella campaña, un puñado de frailes contuvieron la dominación inglesa, teniendo en continua alarma á las centuplicadas fuerzas de los enemigos.

La influencia que entonces y ahora tiene el fraile de Filipinas, es preciso ser loco para no apreciarla y comprenderla. Como ejemplo de su influencia y de su poder citaremos un episodio acaecido en la insurrección de Cavite.

En la fuerza de la plaza se encontraba al sonar la señal el lego español de San Juan de Dios. Dado el grito, la rebelión desarrolló en su destructor círculo cuantos horrores caben en el saqueo y la matanza. La embriaguez y la sangre habían corrido desde el rastrillo á la plataforma, cuando aquellas hordas que gritaban muerte y exterminio, que no habían perdonado sexos ni edades, se prosternaron de rodillas ante el lego pidiendo les absolviera de todas sus culpas. Si el lego hubiera sido fraile, y si su falta de conocimientos hubieran estado representados por la elocuencia, confianza y prestigio del sacerdote, es posible que las palabras no hubieran sido obras, y la acción no hubiera pasado de proyecto.

El lego fué respetado, considerado y atendido por los que pedían la cabeza de los españoles, por el solo hecho de vestir un hábito y una correa.

El ascendiente que el Padre ejerce sobre el indio está fuera de duda, es indiscutible. Esta influencia es tan positiva que no titubeamos en asegurar, es el primer elemento de colonización que tenemos en Filipinas.

