# Viajes por Europa y América

## Part 9

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La catedral de Milan, principiada en 1276, no está hoy mismo terminada: tan colosal es su plan. Napoleon hizo concluir la fachada principal en la cual hay diferentes gustos y arquitecturas. El conjunto del edificio, sorprendente y magnífico, produce una grata emocion en el ánimo: tiene la forma de una cruz, gallarda, esbelta, blanquísima, deslumbrante.

El espléndido ropaje gótico que viste, su prodigiosa decoracion de estatuas, sus atrevidas flechas, sus elegantes detalles, sus formas galanas, todo hiere la imaginacion, todo admira y seduce. Coronando el edificio, y sobre la aguja mas alta, se destaca impalpable y aérea la estatua de la Virgen, fundida en bronce, esbelta y admirable; su actitud atrevida revela un gran pensamiento, apénas tocan sus delicados piés el ligero pedestal que la sustenta; se lanza á los aires, toca apénas la tierra y esconde su cabeza en las nubes, es la corona del templo.

Lo que causa verdadera pena al ánimo, es el observar las mutilaciones horribles que los viajeros, en su mayor parte ingleses, han prácticado con un grande número de estatuas de las infinitas que coronan el templo. Es un verdadero sacrilegio maltratar las obras del genio y dejar atras á los bárbaros, que sin duda las respetarian. Nosotros desearíamos que se adoptasen medidas severas para impedir que los que visitan la Catedral tocasen á objeto alguno.

Es un prodigioso espectáculo el que ofrece al espectador que se coloca en lo alto del Domo, el poblado bosque de estatuas que coronan las gallardas agujas que suben hasta perderse en las nubes; su número parece fabuloso, pasan de seis mil las que existen.

La fachada principal se compone de cinco cuerpos elegantes, con sus soberbias puertas de entrada. Solo por el lado de la fachada principal se presenta el edificio en su majestuosa grandeza; los demas lienzos de su elegante construccion aparecen ocultos entre las apiñadas casas que le cercan, lo cual produce una verdadera pena, pues la Catedral merecia presentarse sola y despejada á la admiracion del viajero.

El interior del templo es tambien suntuoso é imponente: cinco naves inmensas cruzan la iglesia en toda su longitud, y otra nave lateral, tan grande por sí sola como una iglesia, forma una elegante cruz. Detras del altar mayor se abren tres grandes rosetas de ciento cuarenta y cuatro cristales cada una, pintadas con la mayor riqueza de colores imaginable.

El coro, unido al altar mayor, es magnífico: adornado con primorosos bajos relieves; debajo está la tumba de San Cárlos, que merece verse.

La mejor calle de Milan es la del Corso, especie de boulevard, aunque sin árboles y sin grande anchura; le adornan algunos palacios y buenos edificios, muchos y elegantes comercios, cafés, y hoteles (albergos).

Cerca de la catedral, á su izquierda, está el palacio imperial, donde habitó Napoleon: merece verse; encierra algunos buenos cuadros y hay una magnífica capilla, soberbios salones y objetos de arte.

La plaza de armas, donde está el arco de la Paz, es colosalmente grande: no dejó de chocarme en el acto que lo ví, el castillo y las fortificaciones vecinos del arco de la _Pace_: al pié del arco, que es magnífico, y sobre el cual se levantan ocho enormes caballos de bronce formando una alegoría dedicada á Napoleon, se tiende el camino del Simplon.

La plaza de San Fedelle, aunque pequeña, es muy linda, la adornan buenos edificios.

San Cárlos Borromeo, frente por frente del _Hotel de la Ville_ es una iglesia nueva, de forma circular y elegante. Tocando con la iglesia hay un pasaje, único que ví en Milan.

La Bolsa tiene tambien su palacio correspondiente.

Los cafés son buenos, se sirven baratos y excelentes sorbetes. Hay muchos y buenos coches de alquiler; por las calles de Milan se va en carruaje con mucha comodidad, hay en todas las calles dos listones de baldosa por donde resbalan las ruedas, de modo que el movimiento es suavísimo, y la celeridad grande. En el Corso hay jardines públicos á imitacion de los de Mabille de Paris, pero no tan buenos.

El Museo de pinturas está en un gran palacio donde se halla la Biblioteca, y donde habia exposicion de artes cuando le visité.

Es preciso dirijirse á la iglesia de Santa María de la Gracia, cubierta como está su bizarra arquitectura, con el color histórico del tiempo, y una vez en la iglesia y aun sin ir á Santa María es necesario ver á todo precio el famoso cuadro de Leonardo de Vinci, que representa la cena de Jesucristo con los Apóstoles: este magnífico cuadro que los frailes mutilaron bárbaramente, y los profanos al arte restauraron de un modo torpe, se encuentra en una habitacion del claustro de Santa María, que hoy sirve de cuartel: está pintado en la pared, y es una inspiracion sublime del célebre Vinci.

En Milan como en todas las poblaciones de Italia, existe un número grande de iglesias, algunas notables, sin incluir la catedral, que es un prodigio del arte.

En materia de comunicaciones tiene Milan caminos de hierro á Camerlata y Treviglio: este último, que es el de Venecia, estará muy pronto terminado completamente: hay diligencias para casi todas las ciudades de Italia: las carreteras, en general, son magníficas.

El célebre teatro de la Scala, donde oí á nuestro compatriota Echebarria en la ópera _El Profeta_, es majestuoso en el interior, sin llegar, como ninguno de los que he visto en todos mis viajes, á la grandeza de nuestro coliseo de Oriente. El exterior de la Scala es pobre y de muy mal gusto: tiene la apariencia de una casa particular, y una entrada reducida, de tan pésimo gusto como la del teatro de Oriente de Madrid por el lado de palacio, cuya forma es la misma.

La escena está muy bien servida en la Scala, no deja nada que desear; excelente y numerosa orquesta, mediana compañía.

No dejaré de consignar, ya que me acuerdo, que durante la representacion guardan sus sombreros todos los espectadores que hay de pié en el parterre y que se situan á derecha é izquierda entre la pared y las butacas: costumbre que no me pareció extremadamente galante.

Hay en Milan muchos y buenos coches públicos, regulares hoteles, gabinetes de lectura, teatros, paseos, buenos cafés y muchas mujeres hermosas.

Los austríacos, de quienes hablaré poco, porque me exalto al solo recuerdo, patrullan dia y noche por la ciudad, hacen sonar sus sables en la primera fila de butacas de la Scala, que les pertenece, impiden pensar y hablar, etc.

De Milan, me dirijí á la poética, desgraciada y heróica Venecia. Salí de Milan en línea de hierro hasta Treviglio, una hora de camino: allí tomé un ómnibus que me condujo en tres horas á Cucallo, y de allí á Venecia en camino de hierro, empleando nueve horas.

Las estaciones de las líneas férreas que arrancan de Milan, son pobres y están mal hechas: al subir á los carruajes es necesario enseñar el pasaporte que piden en el camino diez ó doce veces dentro de los mismos vagones, segun se va marchando.

Los alrededores de Milan son admirables: les he visto por tres líneas distintas, y por todas partes la campiña se ostenta lozana, y enriquecida con una vegetacion profusa. De Milan á Treviglio no se encuentra ningun pueblo de importancia: de Cucallo á Venecia, se encuentran las ciudades de Brescia, Verona, Vicenza y Padua: todas, excepto la última, á la izquierda yendo á Venecia desde Milan.

La primera que se encuentra es Brescia, ciudad de cuarenta mil habitantes, situada al pié y sobre una montaña: solo la ví de paso; tiene muy lindo aspecto, y muchas y elegantes torres. Entre Brescia y Verona, se presenta el lindísimo lago de Garda, de treinta millas de extension, el mayor de Italia, desde el cual por medio de excelentes vapores se hace el viaje á Trento, al Tirol y otros varios puntos.

Verona, ciudad importantísima, tiene sesenta mil habitantes, una agricultura floreciente, industria de sedas y otros ramos de riqueza pública, á la cual sacan los austríacos el 25 por ciento, segun tuve lugar de observar enterándome por medio de algunos contribuyentes. Verona como Brescia está situada tambien sobre una montañita, se presenta en forma de anfiteatro, tiene muchas y buenas iglesias entre las que descuella la catedral, edificios, paseos, un caudaloso rio con elegantes puentes, buenos hoteles y cafés.

La mejor calle de Verona es la Nueva; siguiendo hasta su fin se encuentra el palacio de Radetzky, al cual da entrada un patio sombrío. En la misma calle se ve el palacio donde en 1815 se reunió el congreso en que se conjuró contra la libertad española.

La gran plaza de Verona es muy notable por contener todavía dentro de su recinto un soberbio coliseo, construido por los Romanos: se conserva casi completo, con sus anfiteatros: hoy en vez de las luchas, se ejecutan comedias durante el dia.

Hay tambien en Verona, considerada como monumental, un arco romano, de triunfo, que sirvió para la entrada de un emperador: en la calle en que está este arco se conservan todavía los listones de baldosas de la via que conducia á Roma, para cuya ciudad, á pesar de tan grande distancia, habia como desde todas excelentes caminos.

Ví tambien, porque con interes lo busqué, una piedra que queda ya solamente de la tumba de Julieta, la apasionada de Romeo.

El rio Adige rodea casi toda la ciudad. Hay por de contado, pues están allí los austríacos, murallas, fosos, cañones, fortificaciones.

Al lado del camino de hierro, se encuentra el Campo Santo.

Hay siempre en Verona, como punto céntrico entre Milan y Venecia, 30 á 40,000 tudescos.

Despues de Verona se pasa por Vicenza, ciudad de treinta mil habitantes: un poco ántes de llegar, y situados sobre una elevacion, se ven los restos de los castillos mismos que habitaron los célebres Montecchi y Capuleti. Vicenza tiene, como es indispensable en Italia, muchas iglesias; aunque no ví la ciudad, conté al pasar mas de treinta torres, entre las que descuella una altísima.

La campiña, desde Milan hasta cerca de Venecia, es soberbia y admirable: el cielo azul, sereno, bellísimo; el aspecto de las ciudades que salen al paso, encantador.

Despues de Vicenza sigue Padua, con cincuenta mil habitantes, un crecidísimo número de iglesias, buenos y muchos edificios: entre los templos descuella el titular de San Antonio de Padua, donde se conservan reliquias del mismo.

Despues de Padua, se llega á la mágica Venecia, donde entré á las ocho de la noche. Momentos ántes de penetrar en la encantada ciudad, se cruza, en el ferrocarril por supuesto, un soberbio puente de piedra de media legua de largo, compuesto de 222 ojos, obra que costó veinte millones de reales: se llama puente de San Segundo. Le han construido para que el camino de hierro pudiera llegar hasta dentro de Venecia, como llega, pues el embarcadero está á la entrada del gran canal.

Se cruza por medio de él, y conducido por el vapor, el conjunto de lagunas que cercan la ciudad por el lado de Padua: como el puente no tiene mas anchura que la necesaria, y desde los vagones no se ve, el viajero se figura atravesar el mar con un ferrocarril que resbala por su superficie.

Yo, aunque la obra es notable, hubiera deseado que no la hicieran, pues con él han quitado á Venecia su fisonomía de flotante y poética, aislada como está entre las aguas que la cercan por todas partes.

Al apearme en Venecia, entré con los demas viajeros en la sala de equipajes, en la cual todo el mundo tiene obligacion de descubrirse; no por cortesía, sino porque están allí los austríacos, mas insolentes que en parte alguna. Antes de llegar y en el mismo camino de hierro, nos recogieron los pasaportes; al apearnos, nos preguntaron nuestros nombres, nos hicieron designar el hotel adonde nos dirigíamos, y los dias que pensábamos permanecer en su recinto. Nos registraron los equipajes, y despues tuvieron la bondad de dejarnos seguir á nuestros hoteles....

Una góndola me condujo desde el desembarcadero del camino de hierro, al hotel de la Luna, donde permanecí.

Era de noche, habia luna; para llegar á mi hotel, cruzamos muchas calles, es decir muchos canales: el movimiento, las luces del cielo, los recuerdos que se agolpaban á mi imaginacion del poderío antiguo de la república veneciana, los infinitos palacios de mármol que ví hasta llegar al hotel, el número de góndolas que se cruzaban, las palabras dulces que mi gondolero cambiaba con otro de su oficio cada vez que doblaba una esquina, para evitar un choque; las músicas que oí al pasar por enfrente de la soberbia plaza de San Márcos, todo este conjunto hiriéndome poderosamente la fantasía, hizo que oyera yo con disgusto la voz del gondolero, anunciándome que habíamos llegado al hotel.

Inmediatamente que me dieron un cuarto en el hotel y guardé mi equipaje, me lancé á la calle, y á los dos pasos, pues el hotel de la Luna está tocando, me encontré de improviso en la plaza de San Márcos.

Describir mi emocion no es posible; diré si puedo lo que ví, y lo diré como todo lo que va escrito, ayudado solo por los recuerdos, sin querer consultar un libro, mis recuerdos y mi cartera; allí apunto siempre mis impresiones.

La plaza de San Márcos, mas larga que ancha, tiene la sin rival basílica de San Márcos, formando la fachada principal: á la izquierda un palacio que ocupa todo el lienzo de las antiguas procuradurías; á la derecha el Palacio del Emperador, todo el lado, y da vuelta á la Piazzetta: y en frente de la basílica otro cuerpo majestuoso; hé aquí los cuatro frentes de la gran plaza.

A la izquierda de la iglesia, se levanta aislada una alta torre que llaman Campanella.

Arcos prodigiosos, de gusto, de arte, de belleza, de formas, dan vuelta á las tres fachadas de la plaza. Debajo de ellas se ofrecen entre un profuso alumbrado de gas centenares de elegantes tiendas y cafés.

La plaza de San Márcos, como toda Venecia, sin exceptuar una sola calle, está muy bien embaldosada.

A las doce del dia, es curioso ir á la plaza de San Márcos á ver dar de comer á las palomas: centenares de ellas, que pasean constantemente en medio de la multitud, y á las cuales nadie molesta, comen su racion en medio de la plaza. Un veneciano rico dejó en su testamento una manda con este objeto.

El Palacio Ducal, que está unido á la basílica de San Márcos, es uno de esos palacios que sueña una fantasía acalorada, es la realizacion de un sueño: es una grande obra monumental, á cuyo pié hay dos columnas traidas de Asia, un grupo de Alejandría, con cuatro antiquísimas figuras pegadas á la pared; describo sin órden, segun mis apuntes taquigráficos, segun me acuerdo, adelante.

La fachada principal del Palacio del Dux se construyó á mediados del siglo XIV, bajo la direccion del maestro Buono, aunque algunos pretenden que fué Calendario el arquitecto.

De cualquiera modo, es un edificio mágico y admirable, de estilo gótico, y uno de esos prodigios del arte que tanto abundan en Italia.

La osadía de la construccion del Palacio Ducal tiene algo de verdaderamente temerario: el inmenso cuerpo superior, mole pesadísima y abultada, tiene por todo fundamento y base dos series de ligeras y esbeltas columnas. El material le componen exclusivamente los mármoles blanco y rojo: todos los chapiteles de las columnas son obras maestras de arte.

Las fachadas de este mismo palacio que miran al canal y á la iglesia de San Márcos, son mas modernas que la principal: son obra del renacimiento: los estilos de ellas son diferentes, hábilmente combinados; los arcos ogivales juegan con los arcos redondos resultando una miscelánea pintoresca y magnífica; los mármoles de diferentes colores que componen su material, son de los mejores, y la vista se recrea contemplando tan soberbio palacio.

A su poderosa belleza se agrega la excelente situacion que ocupa: unido á la portentosa basílica de San Márcos, con fachada admirable sobre la _Piazzetta_, con lienzos soberbios del lado del canal, con grandes edificios en frente, con la plaza de San Márcos al lado.

Esto en cuanto á su exterior: ahora vamos á penetrar en sus inmensos salones, ricos de arte y elegancia: pero ántes de llegar á su cuerpo principal tendrémos ocasion de detenernos á admirar la espléndida escalera de los Gigantes.

La escalera de los Gigantes, construida en el siglo XV, parece una mentira: un artesonado brillante, unas labores que no se ejecutan en cera; al pié hay dos colosales estatuas de mármol, Neptuno y Marte. La escalera de oro propiamente llamada tal con tallados del metal de su nombre, con un lujo de decoracion de que no hay ejemplo, con un prodigioso gusto artístico, con artesonados y techumbres de maravillas, con gradas de mármol y pórfido, con tallados de estatuas de maestros, en una palabra, con milagros.

El Palacio Ducal se compone de muchos salones: el del Gran Consejo, donde se reunian 1,500 miembros, contiene todos los retratos de los duxes que han presidido la república: falta el de Marino Faliero que fué decapitado; en lugar del retrato, hay un cuadro que cuenta el trágico suceso.

La techumbre, vestida de molduras, está cubierta de cuadros magníficos de Pablo Verones, Ticiano, Tintoreto, etc.

En la pared principal del salon, hay un cuadro portentoso de Tintoreto, el mayor de los conocidos; llena la pared, representa el Paraíso; es un modelo de dibujo, colorido, pensamiento y ejecucion; es una obra maestra tiene, mas de cuatrocientas figuras: es admirable.

En el centro del salon hay dos inmensos globos; á la izquierda, entrando, hay en un estante de libros varios manuscritos de Petrarca, Catulo y otros escritores ilustres.

El salon del senado, magnífico como todos los del Palacio Ducal; hay dos inmensos cuadrantes que en vez de minuteros tienen los signos del zodíaco para señalar las horas: cuadros de los primeros artistas, techo de molduras, puertas de ébano.

El salon de mapas contiene grandes y excelentes grabados que designan todos los viajes y descubrimientos que hizo el famoso veneciano Marco Polo, que fué de los primeros que visitaron la América.

El salon del Consejo de los inquisidores de estado, que se componia de tres miembros, está poblado de lienzos del Verones, soberbios, como todos los que brotaron de su paleta: el pavimento de este salon, como el de todos, es de mosáico el mas precioso de mármoles incrustados.

El salon de embajadores, donde el presidente de la república, el Dux, recibía á los ministros de las cortes extranjeras, tiene puertas de ébano y cedro, traidas de la iglesia de Santa Sofía de Constantinopla, sillería admirable, cuadros.

El salon del Consejo de los Diez con lienzos tallados maravillosamente.

Salon de delaciones, con cuatro puertas y un buzón, por donde sin ser visto se denunciaba á los conspiradores; y ahora que hablo de conspiradores, bueno es añadir que las prisiones, de estado están separadas del Palacio Ducal solo por un canal estrecho, que salva un puente de piedra, por el cual pasaban los presos desde el palacio ducal á la prision.

Este puente que une ámbos edificios se llama puente de los Suspiros, llamado oportunamente así, por los lamentos que naturalmente exhalaban al cruzarle todos los que se veian privados de su libertad.

Los escritores franceses, que tienen el buen talento de equivocar todo, y de juzgar ligeramente, han descrito las prisiones con negros y románticos colores: yo las he visitado, están en el mismo estado que cuando las construyeron: no son alegres como no lo es calabozo alguno, pero nada tienen de lúgubres; el Gran Canal está delante, por el lado las baña otro canal, algunos morian ahogados con solo abrir la puerta de su calabozo, eran rarísimos.

En el salon del gran Concilio, colocándose en el balcon principal, el que está enfrente del Gran Canal, se goza de un punto de vista de que no hay ejemplo; el canal de San Márcos á los piés, en frente los soberbios edificios de la Aduana y la iglesia de la Salud; á la derecha el Palacio del Emperador; jardines, canales, góndolas, el mar, buques, palacios.

Todo el cuadro del balcon por fuera está adornado de estatuas; entre ellas hay una que el sublime Canova hizo á la edad de catorce años.

Todo el exterior del Palacio Ducal presenta el aspecto mas pintoresco, gallardo y artístico posible: sus elegantes arcadas, sus esbeltas columnas, sus millares de ogivas, sus calados maravillosos, sus diferentes estilos entre los que domina el árabe, todo es soberbio, todo es magnífico.

No he visto palacio alguno en Europa mas admirable, bajo todos aspectos, como riqueza, como arte.

La razon se comprende: Venecia ha sido por espacio de catorce siglos una poderosa y pujante república: ella ha hecho las conquistas de San Juan de Acre, de Constantinopla, de parte de la Grecia: Venecia ha sido por mucho tiempo el pirata ilustrado de los mares; sus hombres de estado, sus marinos, sus pintores, sus generales, sus conquistadores, no tenian otra ciudad que engalanar mas que Venecia, y de aquí el que esta ciudad sea una sultana oriental, engalanada como una reina: sus conquistadores la han traido de Grecia caballos de bronce, estatuas, columnas de Constantinopla; ébanos, cedros, ágata, mármoles, columnas; de todas partes han traido atavíos á su ciudad querida, que sentada sobre las aguas, rodeada de lagunas, y pobre en su orígen, pues solo contaba una docena de pescadores, ha ido creciendo y brillando, con los talentos y conquistas de los esforzados hijos que ha engendrado.

Aparte de sus generales y conquistadores ilustres, ella ha dado nacimiento al Ticiano, á Tintoreto, á Canova, á mil y mil celebridades, que la han llenado de cuadros y estatuas, de cuadros y estatuas modelos; solo así se cree ser cierto lo que el viajero ve en Venecia; solo recordando su historia, se explica y comprende su magnífica grandeza.

La basílica de San Márcos, que solo tiene en el mundo un rival, San Pedro de Roma, aunque le supera en algo, es otro de los portentos de Venecia: cuanto mas se ve, mas crece el asombro, cuanto mas se examina mas necesidad hay de acordarse de la historia, para admitir como cierto lo que se ve; tantos son los prodigios que contiene.

En todo el templo no hay un solo átomo de madera comun: oro, mármol, pórfido, ébano, cedro, ágata, plata, estos son los elementos: la iglesia tiene tres naves; todas las tres naves, todas las paredes, todo el pavimento, se compone de cuadros y alegorías estupendas de mosáico de mármol: este prodigioso trabajo, verificado en el siglo XIII, cuando apénas se conocia en el mundo artístico el mosáico, haria honor á nuestros dias.

No dejo correr mi entusiasmo porque deseo que el lector se emocione por sí mismo con la sola descripcion.

¿Qué puede decirse de una iglesia que tiene paredes, techo y pavimento, sembrado de preciosos mosáicos en mármol? ¿Qué puede decirse de los ilustres venecianos que comprendieron y ejecutaron obra tan magna?

El altar mayor, sencillísimo y elegante, se compone de cuatro columnas de pórfido, robadas á Santa Sofía de Constantinopla: las cuatro asombrosas columnas están coronadas de una cúpula de pórfido tambien: todas las puertas del templo son de bronce, incrustadas de estatuas, diríase es el templo de Salomon. El oratorio de la cruz, que segun se entra está á la izquierda, en el centro de la iglesia, fué traido tambien de Constantinopla; la cupulita elegante que le cubre, es de ágata, de pórfido, de oro, no hay mármol, allí seria vulgar, comun; cuatro columnitas esbeltas de pórfido de brillantes colores, un Cristo divino.

