Part 7
La eleccion de ministros la hace tambien la asamblea federal: los poderes de los ministros duran seis años, ejercen sus cargos bajo la presidencia del primer ciudadano de la confederacion, presentan sus actos dos veces por año al juicio de la asamblea, y terminados sus poderes, vuelven á su condicion anterior ó son reelegidos si se han hecho dignos.
Las elecciones de presidente y ministros se hacen del modo mas patriótico y tranquilo: la Suiza no conoce esa libertad tumultuosa que otros pueblos proclaman equivocadamente: en Suiza es pública la vida de todos los ciudadanos: el que mas ama la justicia y la libertad, el que mas se acerca al buen ciudadano, es elejido y votado por la Asamblea, que representa el pueblo.
De este modo, la gobernacion del Estado reune todas las condiciones de acierto deseables: todos los ciudadanos, desde el primero al último, intervienen en la gestion de la cosa pública, de este modo están perfectamente garantidos los derechos del pueblo. Los sueldos modestísimos de los empleados públicos aligeran las cargas públicas, y hacen que la Suiza se vea libre de esa enfermedad que se llama empleomanía, y que tan funestos resultados produce en algunos pueblos de Europa.
El presidente de la confederacion, magistrado supremo, de igual categoría que cualquier soberano, tiene _seis mil francos de sueldo al año_ que es todo el tiempo que dura su cargo: vive modestamente, sin criados, sin carruajes, sin fausto: y su autoridad es tan respetada como la del primer soberano de Europa, porque la autoridad en Suiza es la ley. He conocido dos presidentes, el coronel Frey-Herosée, y el doctor Furrer, ámbos probos, rectos, ilustradísimos, modestos.
En Suiza tienen tambien la inmensa dicha de no conocer los ejércitos permanentes, carga pesadísima que en los demas pueblos de Europa aumenta los presupuestos, hace imposible la economía y dificulta el reinado de la libertad. Todo suizo es soldado, y cuando la patria lo necesita, se levanta en veinte y cuatro horas un poderoso ejército, que no está asalariado, y que solo combate por la patria.
Este es el cuadro exacto de la confederacion suiza, consolador para los que amamos la libertad, consolador para el filósofo, para el estadista, para el político.
Dos son los problemas difíciles que yo encuentro actualmente en Suiza, y los únicos que pueden ofrecerse en contraste á sus grandes progresos y admirables instituciones: el pauperismo, y el indiferentismo religioso que trabaja sus sectas innumerables de protestantes.
La crudeza del clima, la poca extension del territorio, y la modesta riqueza pública de la Suiza, explican el pauperismo, que existe, no por las leyes, de ninguna manera; no á causa de su organizacion, sino porque la Suiza es pobre, y porque el clima es duro. No está en sus defectos sociales el pauperismo, no; es una fatal consecuencia que puede irse amenguando, como se hace, pero que no puede extirparse de repente. No obstante su grande número de mendigos, y su popularizada instruccion, la estadística criminal es la mas corta de Europa, no solo comparada con los estados grandes, sino tambien con los de ménos é igual poblacion. De todos modos el pauperismo en Suiza es un difícil problema.
El otro es mas general, y de grande importancia para el porvenir de un pueblo. He penetrado en todos los templos de las diferentes comuniones protestantes que hay en Suiza, he asistido á sus ceremonias, he presenciado sus solemnidades, y en todos los templos y por todas partes, solo he encontrado un terrible indiferentismo, peor que la falta de creencias: un pueblo indiferente en religion podria concluir por serlo en política y en moral, y ese pueblo se perderia. La filosofía panteista alemana, tan popularizada en Suiza, es la causa originaria de la indiferencia religiosa.
Esperemos que esa enfermedad desaparezca; yo así lo espero, y así lo quisiera, pues un pueblo tan grande y tan sabiamente gobernado, necesita para conservarse, creer en Dios, dispensador de todo bien, y Padre de todos los pueblos.
Y aquí termina mi capítulo sobre la Suiza, pueblo de mi predileccion y en cuya prosperidad tanto me intereso. ¡Dios vele por la independencia de su suelo!
#INGLATERRA#.
La impresion que el viajero recibe dirijiéndose á Lóndres desde Paris, como yo lo hice, es triste, verdaderamente triste.
La bulliciosa alegría que rebosa por todas partes en la animada capital de Francia, contrasta de un modo singular con la fria y reservada gravedad de Lóndres. En el momento de llegar á Calais ó Boulogne, comienzan á divisarse las nebulosas costas de Albion.
La travesía de Paris á Lóndres, que se verifica en el brevísimo término de doce horas, es agradable y fácil. Al reflexionar sobre la corta distancia que separa ámbas naciones, parece mentira que se encuentren tan marcadas y profundas diferencias: nada mas cierto sin embargo: las doce horas de distancia, significan otra religion, otra lengua, otras costumbres, otro carácter, otras leyes, otra familia, otra manera de vivir.
Para el que ama el estudio y procura recoger con cuidado las observaciones que la vida de un pueblo ofrece, es sumamente útil el viaje á Inglaterra.
El pueblo ingles solo tiene en el continente apologistas ó detractores: unos condenan su civilizacion, otros la encomian y preconizan, sin que acierten á formular un juicio imparcial que condene lo malo y aplauda lo que sea bueno.
Yo no abrigo la pretension de juzgar con entera exactitud la Inglaterra: ni la índole de este libro se acomoda á un detenido estudio de su civilizacion, ni he vivido bastante tiempo en su seno para poderla apreciar con pleno conocimiento de causa.
A pesar de todo, y sin contar para nada con las opiniones emitidas hasta hoy sobre Inglaterra; prescindiendo de toda prevencion, y limitándome á exponer en un breve capítulo las observaciones que yo he tenido lugar de hacer, expondré mi juicio sobre la Inglaterra con la misma imparcialidad que he usado al ocuparme de las demas naciones que conozco. Ni emplearé calificaciones duras ni emitiré elogios apasionados; contaré lo que he visto y nada mas.
Es una opinion casi recibida generalmente, la de creer que la Inglaterra marcha á la cabeza de la civilizacion; no admitiendo yo semejante teoría, es de suponer que mis apreciaciones no sean por todos admitidas: yo las expondré sin embargo, con la seguridad de que son fundadas.
Lo primero que yo me apresuro á consignar con satisfaccion, es el admirable estado de la familia en Inglaterra. Esta institución social, tan eminente, principal fundamento de un pueblo, se halla sabiamente comprendida y organizada del otro lado del canal de la Mancha.
La familia inglesa, seguro cimiento de la moral pública, vive en el órden y en las afecciones: con sus excelentes circunstancias educa buenos hijos para la sociedad, y buenos ciudadanos para la patria. El legislador que organice un hogar doméstico con sabia economía, trabaja en pro de la sociedad, que es su reflejo. En la familia inglesa hay algo que yo no quisiera ver; como por ejemplo las leyes que hacen un tanto dura la condicion de la mujer, pero á pesar de todo, no puedo ménos de admirarla.
Sentadas estas breves apuntaciones que he creido necesario consignar, ántes de conducir al lector á Inglaterra, vamos á ponernos en marcha.
Salí de Paris á las ocho de la noche en tren directo. A la una de la madrugada llegué á Calais, embarcándome por la vez primera: la travesía hasta Douvres la hice en dos horas, sin haber sentido la mas leve incomodidad.
En Douvres nos registraron apénas el equipaje, nos dieron un documento para poder salir de Inglaterra, vieron nuestros pasaportes, recobramos el camino de hierro, y á las cuatro horas entramos en Lóndres.
Deliciosa es ciertamente la campiña que el viajero encuentra desde Douvres á Lóndres. Verdes y abundantes prados donde pastan numerosos rebaños de ganado lanar, adornan y embellecen el paisaje. Al entrar en la colosal ciudad, es decir, al llegar al embarcadero de London-Bridge el tren que nos conducia, pasó por en medio de otros cinco que en diferentes direcciones marchaban, todos con grande número de coches, henchidos de gente.
Tan portentosa actividad, tan grande número de líneas férreas arrancando de un solo punto, dan una excelente idea del movimiento industrial del pueblo ingles.
Tocóme por casualidad entrar en domingo en la nebulosa ciudad, y la impresion que recibí fué la que experimentan todos los extranjeros que llegan por la primera vez en semejante dia; tristísima, de aburrimiento.
La iglesia anglicana, que desde la época de la reforma se gobierna de un modo especial, prohibe en su _libre_ fanatismo toda vida y todo movimiento en el dia del domingo. Ciérranse los comercios y oficinas de todo género, ciérranse los establecimientos públicos, ciérrase todo, á excepción de los clubs y tabernas, donde desde cierta hora de la tarde se destapan las botellas y se abren los labios.
Contrastes como los que he visto en Lóndres, no los ofrece pueblo alguno del mundo. El domingo, dia de silencio y de recojimiento, en el que todo está cerrado, en el que no hay espectáculos, en el que á nada puede jugarse en los cafés, ese dia he visto en los jardines de Cremorne-Gardens la procacidad la mas descarada: en ese mismo sitio de recreo no habia música ni habia baile porque era domingo, pero no es ménos cierto, que á pesar de la _religiosidad oficial_, las mujeres públicas paseaban á centenares, ofendiendo escandalosamente la moral pública. En Lóndres, el domingo, es preciso comer pan de la víspera porque no puede cocerse en semejante dia.
Durante mi permanencia en Lóndres en julio de 1855 tuvo lugar la famosa escena de Hyde-Park, nueva en su género. La policía disolvió los grupos repartiendo muchos golpes y haciendo prisiones: el pueblo por su parte, se contentó con silbar á los _policemen_ y resistir un poco. El bill que se habia presentado al parlamento, prohibiendo las bebidas al pueblo en el dia del domingo, único de la semana en que descansa, y en el cual tiene cerradas las bibliotecas y el mismo palacio de cristal, donde pudiera aprender algo, el bill que negaba al pueblo lo que la aristocracia se concede profusamente[16], ese bill digo, que produjo las reuniones del pueblo en el parque[17], las escenas con la policía, y el miedo de los nobles, fué retirado ántes de discutirse.
La nobleza de Inglaterra, que tiene el escandaloso monopolio de la riqueza, del poder, el bienestar y las regalias todas, empezó en ese dia á conocer que su reinado puede terminar. La organizacion social del pueblo ingles, su _vida práctica_ que he visto, las mil y mil barrerás que le separan de la aristocracia, esas desigualdades insultantes que allí se ven, esos privilegios-leyes que destruyen la igualdad social, atacan la dignidad humana y adulan el orgullo de unos cuantos, todo ese viejo edificio ingles, casi feudal, á pesar de todos los discursos que se hacen por todo el mundo, diciendo que la Inglaterra marcha á la cabeza de la civilizacion, puede caer un dia en astillas, á impulsos del hacha revolucionaria, á impulsos de un movimiento, quizá mas próximo é inevitable que lo que casi todos creen.
El que quiera hablar de la orgullosa Albion, que se venga á Lóndres á visitar las clases, _á ver la vida_, á escuchar la respiracion social.
He tenido la satisfaccion de ver confirmadas las opiniones que por escrito habia yo formulado ántes de viajar por Inglaterra. La libertad en Inglaterra es como todo lo que allí existe, _nueva, sui generis_: hay mil fenóménos y contradicciones casi indescifrables; pero por encima de todo, dominando todos los ruidos, sirviendo de punto culminante y resolviendo todo, la Inglaterra para tratar los asuntos de fuera es _comercial, negociante, inglesa_, ni conoce paises, lenguas ni religiones, suma, resta, y multiplica. Dentro, en su casa, es despótica para con el débil, el ignorante y el pobre ... y yo quiero la libertad general, que empieze por comprender al pobre, al ignorante y al débil: dentro es aristocrática, orgullosa, tiene _clases_[18], y esa sola palabra insulta.
Por ventura la revolucion moral está próxima, y nada en verdad mas necesario, nada mas lógico, nada mas legal. La Inglaterra necesita aun reformas: el pueblo necesita un cambio radical, profundo; Cromwell ni supo ser ni fué nunca revolucionario; era un fanático de mas ambicion que talento, y ántes que amigo del pueblo lo fué de la hipocresía religiosa que le movia: y basta, vengamos á nuestro viaje.
El aspecto de las principales calles de Lóndres es magnífico: el movimiento de los miles de carruajes de todas especies que inundan la poblacion, el inmenso gentío que pulula siempre en todas direcciones y por todas partes; sus millares de tiendas, todo el conjunto de tanta vida comercial, ofrece algo de maravilloso é imponente.
Los miles de ómnibus, porque se cuentan por miles los que circulan por todas las calles, ofrecen algo de nuevo para el que guste de hacer observaciones, enfermedad que yo tengo en sumo grado; puede decirse con toda propiedad que los habitantes de Lóndres están viajando todo el año sin salir de la capital de Inglaterra: vense en todos los ómnibus señoras que entran y salen con sus pequeños sacos de noche, lo mismo que en las diferentes líneas de caminos de hierro que dentro de Lóndres hay, para ir de un barrio á otro.
Las distancias son enormes, colosales, esto se comprende fácilmente con solo hacer una observacion. La mayor parte de las casas de Lóndres, casi todas, están ocupadas por una sola familia; los habitantes ascienden á mas de dos millones y medio; figúrese pues el lector si la extension de la ciudad será grande.
El Támesis, que separa el Lóndres industrial del comercial y elegante, ofrece tambien un portentoso cuadro de animacion, con los colosales edificios que bordan sus riberas, con los elegantes puentes que le interrumpen, con el grande número de vapores que llenos de gente le cruzan á todas horas.
Atolondra y pasma la ruidosa animacion de Lóndres: el tumulto y agitacion de Paris es agradable, es animado, es de otro género: en la ciudad inglesa todo es carbon de piedra, fardos de telas; todas las casas de Inglaterra tienen el mismo color sombrío, los tejados están henchidos de chimeneas, todas están ennegrecidas, no hay una sola casa de fisonomía alegre, el humo de la fabricacion y la tristeza de la atmósfera, siempre viuda del sol, han pintado con sombra toda la construccion inglesa.
La casa mas modesta de Lóndres vista interiormente es linda y curiosa: todo está ordenado y limpio. Un pequeño jardinito, de dos varas de extension, se tiende como una alfombra delante de la puerta, que capítulo está cercada por una verja de hierro.
Las plazas de Lóndres son magníficos jardines que abundan con lujosa profusion por todas partes: la vista de tanto jardin, el gran número de parques que existe, y el rico y verde arbolado que llena todos los sitios, embellece extraordinariamente la poblacion, distrae la vista de la monotonía de las casas y purifica y mejora sin duda alguna el estado de la atmósfera, siempre cargada de carbon.
Los teatros de Lóndres no valen lo que debieran ni corresponden á la grandeza de la ciudad. En _Covent-Garden_ oí á la Grisi, á Mario, Tamburini, Lablache, etc., y á decir verdad no me emocionaron, eran celebridades históricas, nada mas: el teatro, que tiene su paraíso como el Real de Madrid, es grande, pero pobre, esterior é interiormente.
El de _Drury-Lane_, donde tambien habia ópera, y de cuya compañía formaba parte el tenor español Puig, es oscuro, con incómodas localidades y un público excéntrico.
Los jardines públicos del otro lado del Támesis, y los de Cremorne-Gardens en el barrio de Chelsea, son muy buenos; profusion de alumbrado de gas, profusion de flores y verdura, música, circo, fuegos artificiales. Las calles mas hermosas de Lóndres son la del Regente, la de Oxford, y Portland-Place. Picadilly y Bond-Street son los sitios mas elegantes. ¡Espectáculo repugnante! todos los dias se ven en las calles hombres y mujeres ébrios.
Las iglesias de Lóndres, desde que existe el protestantismo, han perdido toda su belleza y magnificencia: nada en verdad mas triste y frio que penetrar en la soberbia iglesia de San Pablo, de igual forma que San Pedro de Roma; la desnudez absoluta del templo, en el cual no se ve un solo altar ni imágen alguna de santo, el vacío prosáico de aquellas inmensas naves que nada dicen, la ausencia completa de la solemnísima pompa que acompaña á la ceremonia católica, todas estas circunstancias reunidas hacen de San Pablo un esqueleto frio, que solo despierta dos emociones: la de la grandeza del sentimiento que le dió vida, la de la pequeñez del que le ha disecado, que le ha muerto.
Lo mismo sucede con la famosa abadía de Westminster, llena, como San Pablo, de objetos profanos, estatuas de marinos, bustos de hombres de estado, tumbas de reyes y literatos.
Como escribo mi libro guiado por los recuerdos, necesito el desórden con que la memoria me cuenta; ántes que se me olvide, quiero consignar que en la abadía de Westminster hay un rincon que se llama de los _poetas_, donde están los ilustres trovadores de Albion, faltando, que me chocó mucho, pues al momento lo noté, la tumba de Byron.
Un sentimiento de hipocresía ha negado al ilustre poeta el consuelo de dormir entre Shakespeare y sus dignos compañeros.
La iglesia es una soberbia creación gótica, en toda la pureza de su imponente gallardía: Westminster es, sin duda alguna, uno de los mejores templos que he visto. En frente está el famoso Parlamento, magnífico y colosal edificio, gótico todo, purísimo, admirable.
La fachada que mira al rio, cuyas aguas le lamen humildemente, es rica de arte y decoracion. Las obras que se han hecho y continuan haciéndose, son prodigiosas; van gastados millones de libras esterlinas. Las dos torres colosales y altísimas, una de las cuales está concluida, colocadas como están formando un lienzo, el que da frente á la Abadía, son por sí solas dos monumentos de arte, admirables y magníficos, llenos de un riquísimo manto de adornos góticos, del mas delicado trabajo.
Esto solo las torres; despues, el edificio es colosal, augusto, sorprendente. Para entrar en él, el primer salon bajo que se cruza, es el mismo en que fué juzgado Cárlos I°, el mismo en que se reunia el largo Parlamento, el mismo que Cromwell desocupó de la manera que todos saben.
Es un soberbio salon, cubierto de labores de arte y con una lindísima techumbre. Al cruzarle en toda su extension se presenta una escalera, al fin de la cual se ofrece un saloncito de forma circular; á la derecha, la cámara de los lores, á la izquierda, la de los comunes.
Las dos son pequeñas, pero magníficas: mucha semejanza con el coro de una iglesia católica: soberbias maderas, profusion de molduras y dorados, gusto sajon-gótico.
El interior de las cámaras, en medio de una sesion, es un espectáculo curiosísimo. Excepto el que habla, todos tienen sus sombreros puestos, túmbanse en los cojines, muchos duermen cómodamente, otros hablan; la tribuna destinada para el público es pequeña: todo es lo mismo en Inglaterra, formas, apénas se da participación al pueblo en las sesiones de las cámaras: en el centro del salon y sobre una mesa, está la corona y el cetro de la Albion; el canciller, ó presidente, viste un traje ridículamente extraño: cubre su cabeza la histórica peluca blanca con que se vienen adornando los presidentes desde el orígen del Parlamento.
La sala de sesiones de la cámara de los Comunes es mayor que la de los Lores: ámbas están elegantemente vestidas con el ornamento gótico mas escojido. Frente al Parlamento hay una estatua del célebre Canning.
La moda de las estatuas ha llevado á los ingleses hasta el extremo: Wellington, que sin la oportuna ayuda de los prusianos, es derrotado en Waterlóo: Wellington, que vuelto á Lóndres despues de esta batalla, se ha dormido al compas de los vítores que le han dirijido, sin cuidarse para nada del ejército ingles, cuya organizacion por él descuidada ha producido los desastres de Oriente, ese Wellington, digo, tiene en Lóndres tres ó cuatro estatuas, cinco ó seis calles con su nombre, y otros tantos _squares_ ó plazas, en donde se lee Wellington.
Todos los extremos se tocan: en nuestra España las escaseamos hasta el punto de negárselas á muchos que las merecen: en Inglaterra las prodigan hasta el abuso.
El sentimiento monárquico tambien, ó al ménos su apariencia, se halla escrito por todas partes en Lóndres: aparte de los infinitos establecimientos nacionales, que allí se llaman _reales_, todos los carruajes públicos llevan una corona, y debajo escrito _Victoria reina_.
En el paseo de Hyde-Park, no puede entrar en carruaje mas que la aristocracia; los coches de alquiler, siquiera conduzcan al hombre mas virtuoso é ilustre del mundo, no tienen entrada en el paseo ... juzguen esto los que declaman tan alto en loor de esa nacion....
Entre las plazas de Lóndres que merecen ser vistas, descuellan las de Trafalgar y Waterloo: ámbas son grandísimas, con soberbios edificios, y sus correspondientes estatuas de Nelson y Wellington.
La Cité, que por sí sola es una verdadera ciudad, llama poderosamente la atencion del viajero: ella encierra en su seno la Bolsa, el Banco, el Correo, San Pablo y mil otros establecimientos de giro mercantil, que hacen de su recinto el punto mas animado del globo sin duda alguna.
A una de sus calles sale el puente de Lóndres[19], cubierto eternamente por encima de carruajes y peatones: por debajo, de vapores. A la izquierda del fin del puente está el embarcadero de la línea de hierro de Paris, Southampton y otras seis ó siete.
El centro de la Cité necesita verse para llegar á comprender la posibilidad de un movimiento tan enorme: millares de carruajes cubren el suelo en todas direcciones, es imposible cruzar de un lado de la calle á otro; solo marchando con estraordinaria precaucion se libra uno de ser atropellado; no por la torpeza de los cocheros, que sea dicho con verdad tienen mas destreza que en parte alguna, sino por el increible número de coches que en círculo y en confuso torbellino se confunden y aprietan.
El lord corregidor es el rey de la Cité; para entrar en su recinto la reina, necesita la venia de aquel funcionario: los polizontes de la Cité se diferencian de los de Lóndres en los vivos de las mangas: á propósito de policía, recuerdo que solo para el Támesis hay en Lóndres una policía especial.
Los ómnibus que circulan por la Cité como por toda la capital de Inglaterra, son como diligencias: de trecho en trecho y á horas precisas renuevan los tiros; eso solo prueba las distancias de la colosal London.
Lo que seguramente posee Inglaterra de mas valor, es sin duda alguna el famoso palacio de cristal. Ni Lóndres, ni todas las provincias del Reino-unido, tienen cosa mas admirable: es un monumento prodigioso, es la realizacion brillante de una grande idea, es un título de gloria, es una página de oro.