Chapter 6
Nicolás Churriguera, descendiente del famoso D. José, y como él natural de Salamanca, encargóse de la ejecución, con otros arquitectos que no recuerdo ahora, y fué el exclusivo autor de una estupenda fachada (la de las _Casas Consistoriales_), recargadísima de hojarasca y de mil locuras de piedra, que debe de agradar mucho generalmente, y que tampoco dejó de gustarnos á nosotros como _documento artístico_.--¿No andamos hoy comprando á altísimos precios marcos dorados y otros muebles de estilo barroco? ¿No está hoy de moda lo Pompadour y hasta lo Dubarry, tanto como ayer estaba lo gótico y anteayer lo pagano?--¡Pues ya hemos absuelto á los Churrigueras y sus discípulos, si no como doctrina y norma del arte, como hecho consumado y dato histórico, y con la condición de que no vuelvan!
En dicha fachada había dos excelentes bustos de Carlos IV y de María Luisa, ejecutados por uno de los más insignes entre los varios grandes escultores españoles que han llevado el apellido _Álvarez_. Refiérome á D. Manuel Álvarez, llamado comúnmente _el Griego_, hijo también de Salamanca y autor de las cinco hermosas estatuas de la _Fuente de Apolo y las Cuatro Estaciones_ que embellecen el Salón del Prado de esta coronada villa.....--Pues bien: los tales bustos fueron derribados y destruídos en no sé qué asonada popular, sin consideración alguna á su mérito artístico..... ¡Y, sin embargo, todavía hay artistas que no son reaccionarios!
Muchos otros bustos de antiguos Reyes é ilustrados Capitanes hay en las enjutas de los arcos de dos lados de la plaza; pero valen tan poco como esculturas, y es tan problemático su parecido, que el motín los respetó.--Bastante más que todos ellos nos interesó una sencilla lápida que conmemora, en la fachada de la casa núm. 19, que _allí vivió y murió el famoso poeta salmantino_ D. JOSÉ IGLESIAS.
* * *
Terminado el examen de la _Plaza Mayor_, atrajeron nuestra vista y despertaron nuestra curiosidad dos altísimas torres gemelas, dominadas por una cúpula y un cimborio, y no exentas de majestad y gallardía, que asomaban á lo lejos, hacia la parte del Sudoeste, por encima de las intermedias manzanas de casas.
--¿Qué será aquello?--volvimos á preguntarnos.
--Aquello..... (respondió un bondadoso transeunte, que nos miraba con tanta extrañeza como nosotros á las dos torres), aquello es _la Compañía_.
--¡Ah, ya!..... _Los Jesuítas_.....
--Justamente.....; la grandiosa Casa de los Padres.....
--Muchísimas gracias.....--replicó el más _liberal_ de nosotros cuatro, levantando la sesión con un saludo.
Y todos nos dirigimos allá resueltamente.
Pero, no bien salimos de la _Plaza Mayor_, entramos en una plaza..... mínima, que nos enamoró mucho más que la que dejábamos. ¡Tanto nos enamoró, que si los hijos del país hubiesen oído nuestras celebraciones, las habrían considerado irónicas y burlescas!
Porque se trataba de una plazoletilla triangular, de irregulares líneas y viejo y abigarrado caserío, donde no había dos balcones iguales, ni dos edificios simétricos, ni monumento alguno bueno ni malo; nada, en fin, que fuese elegante, ordenado, lujoso, ó tan siquiera limpio. ¡Y en esto precisamente consistían su belleza artística, su encanto poético, su color histórico!
El _Corrillo de la Hierba_ se llama aquel sitio.--Se lo recomiendo á toda persona de buen gusto que vaya á Salamanca.--Verá allí aglomeraciones de casas viejas, como las que figuran en las decoraciones teatrales ó en los cuadros referentes á la Edad Media; verá allí un variado y grotesco repertorio de balcones, aleros, guardapolvos y barandajes sumamente característicos; verá puertas chatas, paredes barrigonas, ventanas tuertas, pisos cojos y tejados con la cabeza dada á componer, como no los encontrará en ninguna otra parte.--Y ¡qué escenas localiza en aquel sitio la imaginación! ¡Qué fondo aquel para un lienzo que representase el célebre motín en favor de los Comuneros, ó las sangrientas riñas á que dió ocasión D.ª María _la Brava_, ó una de aquellas temerarias revueltas contra los Franceses, coronadas luego de gloria por la batalla de Arapiles!
Además de los multiformes tenduchos que rodean la plazuela, y que le añaden animación y fuerza dramática, veíase á aquella hora una infinidad de _puestos_ amovibles ó _matutinos_; es decir, una multitud de lugareñas sentadas en el suelo, con su cesta de huevos al lado, y rodeadas de pollos, pavos y gallinas.--Aquellas mujeres, vestidas con pesadísimos dobles refajos, y liadas en una especie de manta, parecían montones de lana de vivos colores, de cuyo fondo salían pregones tan agrios y desapacibles como el cacareo ó los graznidos de las propias aves pregonadas.
Agréguese á esta algarabía el disputar de los hombres, los gritos de los muchachos, la charla de las criadas que hacían la compra, el ruido de los talleres, el son de unas campanas vecinas que tocaban á niño muerto, los perros ladrando, los pobres pidiendo limosna, bestias cargadas que iban y venían, y el correspondiente vocear del que las arreaba, y se formará juicio aproximado del _Corrillo de la Hierba_, á las diez de la mañana de un día de Octubre del ya casi octogenario siglo XIX.
De buena gana nos hubiéramos estado allí hasta las once; pero las torres de la _Compañía_ seguían llamándonos, y no era cosa de desairarlas cuando alguno de nosotros acababa de cobrar en Madrid fama de jesuíta.--Continuamos, pues, nuestra marcha en aquella dirección, tomando por una solitaria calle, que creo se llamaba de _Sordolodo_.
VII
LA CASA DE LAS CONCHAS.--IGLESIA Y COLEGIO DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.--MÁS IGLESIAS Y PALACIOS.
Desde que penetramos en aquella calle, Salamanca tomó á nuestros ojos un nuevo aspecto.--Ya no era la señorona del siglo pasado representada por la _Plaza Mayor_: tampoco era la revoltosa ciudadana del siglo XVI, que gritaba y luchaba en el _Corrillo de la Hierba_: ya era una dama gótica, tan severa como triste; mucho más triste, á decir verdad, que en la _Calle de Zamora_.
La en que acabábamos de entrar y las adyacentes eran angostas y torcidas, como anteriores al uso de los coches urbanos: blasones nobiliarios y portadas artísticas de la Edad Media adornaban sus ruinosas casas, y un silencio de muerte servía allí de melancólico acompañante á la romántica soledad.--Ni una sola tienda profanaba aquellos portales. No se veía alma viviente ni en rejas ni en balcones. Dijérase que en tal barrio no vivía criatura humana. Parecía aquello, más que realidad de los tiempos presentes, engendro fantástico de un poeta de 1838, de un Espronceda, de un Zorrilla, de un García Gutiérrez.
Salimos al fin frente por frente del _Colegio de la Compañía_, y ya nos disponíamos á estudiar la enorme y suntuosa fachada de su iglesia, cuando reparamos que en la acera opuesta se alzaba una de las maravillas arquitectónicas más célebres de Salamanca; uno de los monumentos que íbamos buscando _ex-profeso_ en aquel viaje; uno de los palacios más bellos y singulares que nos ha legado el siglo XV.--Me refiero á la _Casa de las Conchas_.
Nosotros la conocíamos, como todo el mundo, por la fotografía y por el grabado: nosotros habíamos contado muchas veces con el dedo sobre el papel las elegantísimas _conchas_ de piedra que cubren su extensa fachada..... Pero hay que ver el edificio en el _original_, con su color y su tamaño, para formar completo juicio de su gentileza y hermosura. Hay que ver, por ejemplo, la sombra _natural_ que proyectan las abultadas _conchas_, heridas por el sol, sobre la dorada piedra del pulimentado muro: hay que ver las cuatro preciosas ventanas, dos de ellas muy parecidas á ajimeces árabes, que interrumpen á largos trechos la planicie de aquellas paredes: hay que ver aquellas esquinas, de afilada y correctísima arista, como si fuesen de bruñido acero, y de las cuales se destacan, campeando en el aire, bellísimos escudos de piedra, que son otros tantos primores artísticos: hay que ver, en fin, aquellas otras grandes conchas de hierro que cubren á su vez, por vía de clavos, la gran puerta de entrada, y el precioso herraje de aquellas _melodramáticas_ rejas (perdonadme el adjetivo), y aquel gran Escudo Real que _preside_ la fachada, y todos aquellos perfiles aristocráticos y piadosos que ennoblecen el exterior de tan poético palacio.....--Ya he dicho que data del siglo XV. Así lo revela su arquitectura, cuyo conjunto es gótico decadente con detalles platerescos; y así lo indican también el yugo y el haz de flechas, blasón especial de los Reyes Católicos, que se ven en el mencionado Escudo Real.
Las _conchas_ que ostenta todo el edificio significan que el que lo mandó construir era caballero santiagués y que había ido ó tenía hecho voto de ir en peregrinación á Compostela, así como los escudos con _cinco lises_ que adornan las esquinas y la espalda del palacio, prueban que el tal santiagués pertenecía á la poderosa y esclarecida familia de los Maldonados de Salamanca.
Y, en efecto, la _Casa de las Conchas_ fué primero de los Maldonados, señores de Barbalos; luego la heredaron los Marqueses de Valdecarzana, y hoy la posee el cinco veces Grande de España, Conde de Santa Coloma, en su calidad de Conde de las Amayuelas.
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Por cierto, y perdonadme la digresión, que Francisco Maldonado, el célebre _comunero_, el compañero de Bravo y de Padilla, el _degollado_ del gran cuadro de Gisbert, no pertenecía á la rama principal de la familia mencionada, de la cual era jefe, aunque tampoco dueño de la _Casa de las Conchas_, un D. Pedro Maldonado y Pimentel, también afecto á la causa de las Comunidades, del cual me parece oportuno decir aquí algunas cosas, de todos sabidas, por si hay alguien que las tenga olvidadas, cosa que á mí me acontecía no hace muchas horas.....
Notorio es que Salamanca acudió en auxilio de Segovia contra el alcalde Ronquillo, como casi todas las ciudades castellanas. Principió en Salamanca la cosa por un gran motín (¡indudablemente estalló en el _Corrillo de la Hierba_!), durante el cual quemó el pueblo una casa del mayordomo del terrible Fonseca, arzobispo de Santiago, derribó otras muchas, y arrancó las varas á las autoridades. En tal coyuntura, el poderoso D. Pedro Maldonado y Pimentel, creyendo que los victoriosos amotinados no podían hacer nada bueno en Salamanca, y sí se lucirían muchísimo yendo en auxilio de los Comuneros, formó con ellos una crecida hueste, y los llevó á luchar contra los imperiales. Los salmantinos lidiaron en diferentes jornadas con varia fortuna, que se les declaró al fin totalmente adversa en los campos de Villalar. Al lado de Maldonado Pimentel, ó mejor dicho, en las filas de su gente, peleó allí como bueno otro Maldonado, algo pariente suyo y también hijo de Salamanca, y ambos cayeron prisioneros después de su derrota.--Fueron entonces condenados á muerte los principales cabecillas ó jefes de Comuneros; pero como el D. Pedro Maldonado Pimentel tuviese parentesco con el famoso Conde de Benavente, consiguióse que el otro Maldonado, conocido por _el de la calle de los Moros_, muriese en lugar suyo con Bravo y con Padilla, cual si este bárbaro ardid pudiera deslumbrar á la opinión pública..... ni aun en tiempos en que no había periódicos.--Y al cabo sucedió que los imperiales, después de guardar encerrado algunos meses al Maldonado Pimentel, diéronse cuenta de que nadie había sido engañado con la sustitución referida, y tuvieron que degollarlo también, me parece que en Simancas, un año después que á su homónimo.--Por manera que el insigne D. Pedro trocó por un año de vida los siglos de popularidad que ha disfrutado, y disfrutará todavía muchísimo tiempo, la memoria del pobre D. Francisco, y el alto honor de figurar en el mencionado cuadro de Gisbert.
Conque volvamos á la _Casa de las Conchas_.
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La puerta estaba abierta: llamamos, sin embargo, y no nos respondieron.....--¿Qué hacer en tal apuro, sabiendo, como sabíamos por la fotografía y el grabado, que el patio era bellísimo?
Perdone el Sr. Conde de Santa Coloma: el partido que tomamos fué colarnos de rondón en su casa, bajo la salvaguardia de nuestras buenas intenciones.....
Y ¡qué patio vimos!--Su estilo podía calificarse de mixto de gótico y mudéjar: las líneas generales tenían más de mudéjares que de otra cosa: en las ventanas y demás pormenores predominaba lo gótico.--De una ó de otra suerte, todo era allí gallardo, primoroso y del mejor gusto, causando verdadero asombro la prolijidad y esmero de la ejecución. Baste decir que la dura piedra semejaba trenzados de cuerdas como si fuese cáñamo, y hasta calados de encajes, como si fuera lino.....
De buena gana hubiéramos llevado más adelante nuestra exploración; pero no nos atrevimos á tanto, y salimos de aquella interesantísima casa como habíamos entrado en ella, llenos de respeto á su carácter señorial y religioso, y de admiración á sus bellezas artísticas.
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Desventajosa en sumo grado para la arrogantísima _Iglesia de los Jesuítas_ (que, como he dicho, se alza frente á la _Casa de las Conchas_) es la transición de un edificio á otro. Todo lo que el caballeresco palacio gótico tiene de fino, delicado y como espiritual, lo tiene de pesado, rudo y meramente corpóreo el enorme templo greco-romano que erigió allí la Compañía de Jesús. Y aun todavía fuera menor tal desventaja, si el estilo pagano de la católica iglesia se distinguiese por su pureza y corrección..... (que, entonces, ya sería cuestión de gusto ó de escuela entre clásicos y románticos); pero acontece que este suntuoso templo es _barroco_ dentro de su mismo estilo, dado que pecó desde su origen contra las reglas clásicas y luego sufrió el pernicioso influjo de los peores tiempos de la arquitectura neogentílica.
Pero ¿á qué cansarme en explicar lo que ya tiene su nombre propio?--Esta iglesia de la _Compañía_ es un nuevo ejemplar, sumamente característico, de la que hoy se llama en las Academias _Arquitectura jesuítica_, bien que exceda en majestad y hermosura á cuantas erigieron los discípulos de Loyola en España, Portugal y América.
Resumiendo: el templo de que tratamos sólo es _grandioso_ por el _grandor_ material de su tamaño y por los tesoros que representan tantísimas disformes piedras como se ven empleadas en su estupenda escalinata, en una portada inmensa, en dos recias y vistosas torres, en una ingente cúpula coronada por altísimo cimborio, y en infinidad de estatuas, agujas, escudos, bolas, molduras, balcones y ventanas; que de todo hay en aquella fachada, y todo gigantesco, descompasado, descomunal.....
La _Iglesia y Colegio de la Compañía_ fueron fundados por Felipe III y Margarita de Austria. Ambos edificios ocupan más de 20.000 metros cuadrados. Para construirlos, ó sea para explanar el terreno en que se alzan, se derribaron dos iglesias y tres manzanas de casas, suprimiéndose dos calles enteras.--Por cierto que la _Casa de las Conchas_ se vió en peligro de venir también al suelo, y que, si no se consumó semejante atentado, debióse, según unos, al valor cívico y tradicional cultura de los hijos de Salamanca, y, según conseja vulgar, á lo inadmisible de cierta humorística é indecorosa condición, que no creo llegara á formularse.....
En el _Colegio_ hay habitación para 300 misioneros, y todos los salones, aulas y demás dependencias de una verdadera universidad.
En fin: un portero nos dijo, como supremo encomio, que las llaves de toda la casa pesan diez y nueve arrobas.....--¡Qué español rancio es este criterio estético!
El interior de la iglesia no es tan grande de tamaño ni tan ostentoso de forma como hace presumir su exterior. De orden dórico, y sólo rico en vulgares retablos churriguerescos, resulta frío é insignificante. Únicamente llama allí la atención el _Retablo del Altar Mayor_, por lo enorme, colosal y complicadísimo de su estructura. Puede decirse que es una tempestad de pino y oro, al par que un motín contra las reglas arquitectónicas. En los fustes de las que no sé si llamar _columnas_, se ven enredadas hojosas vides de tamaño natural, con sus racimos correspondientes; todo ello dorado y luego bruñido. Las gigantescas estatuas de los cuatro Evangelistas, que también forman parte de la _composición_, parece que cruzan un páramo en día de mucho viento: ¡tan infladas y revueltas están sus vestiduras!
Arrodillada en medio de aquel solitario templo vimos á una guapísima peregrina, demasiado hermosa, limpia y elegante para penitente, ó, cuando menos, para excitar ideas de penitencia. Apoyábase en el báculo; pendía el amplio sombrero sobre su espalda de cariátide, y tenía fijos en el altar mayor unos grandes y relucientes ojos que parecían dos soles negros.....--Comedia ó tragedia (yo creo piadosamente que sería lo último), aquella actitud, aquella santa vestidura, el lugar de la acción y nuestras propias circunstancias nos infundieron respeto, y ni nos curamos de preguntar á nadie quién era la peregrina, ni hemos vuelto á hablar de ella desde entonces.....
Y es cuanto recuerdo de _la mejor casa que los Jesuítas tuvieron en España_.--Esta frase no me pertenece: se la oí al ya difunto Padre Manrique.--Por mi parte debo añadir que Salamanca debía tal desagravio á San Ignacio de Loyola; pues (como ya veremos más adelante) el celebérrimo fundador de la Compañía de Jesús fué procesado y estuvo preso en la ínclita ciudad del Tormes.
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Libre nuestra atención del poderoso atractivo de la _Casa de las Conchas_ y de la _Iglesia y Colegio de los Jesuítas_, volvió á fijarse en el carácter poético y artístico de aquel histórico barrio. Pero lo que ya nos asombraba en él no era tanto su aire de vejez y de romántica melancolía, como la grandeza monumental que siguió desplegando á nuestros ojos.
_Calle de la Compañía_ se llama la que comienza en los edificios citados, y, así ella como todas las plazuelas, calles y callejas inmediatas, se componen de una sucesión de altas construcciones de piedra, ó sea de una no interrumpida serie de palacios, de iglesias, de conventos, de colegios y de casas señoriales, que nos infundía respeto y veneración. Todo era allí monumento, como en algunos barrios de Ferrara, Pisa y Florencia. Por todas partes alzábanse padrones de historia militar, de devoción, de aristocracia ó de ciencia, según la arquitectura y destino de cada edificio.--¡Oh! No podíamos negarlo: estábamos en la Atenas castellana: estábamos en _Roma la Chica_.
¡Doquier piedra, silencio y soledad! Mas esta soledad no era ya medrosa como la de las ruinas ó la de los cementerios: era plácida y augusta como la de los claustros. Cierto que nadie pasaba, ni parecía haber pasado hacía mucho tiempo, por aquellas nobilísimas calles: certísimo que altas hierbas crecían entre las losas y guijas del empedrado.....; pero no sé si la presencia de tanto escudo de armas como adornaba las esquinas, las fachadas, las puertas, los canceles, los balcones y las rejas de templos, colegios y palacios, ó si lo bien conservados que se veían hasta los más menudos detalles arquitectónicos de cada página de piedra, ó si la índole y forma cristianas de aquellos monumentos, les hacían aparecer vivos, subsistentes, militantes como las cerradas ermitas que conservan su campana, como los mudos conventos en cuya portería arde por la noche una luz ante la imagen de María, ó como los desnudos árboles del invierno, cuando se ve que sus ramas se doblan, pero no se quiebran, al impulso de los huracanes.....
¡Ah! sí..... Salamanca no representa una edad pasada ó una raza muerta, como acontece con muchas ciudades ricas en monumentos gentiles: Salamanca existe todavía con toda su antigua vitalidad, aunque en estación tan desfavorable. Y existe, porque no ha caducado enteramente la civilización á que debió su vida; porque los ideales de que son noble símbolo sus iglesias y colegios, siguen imperando en la Nación que reconstruyeron los Reyes Católicos; porque, ya que no dentro de las viejas murallas que besa el Tormes, á lo menos en los flamantes hoteles del ensanche de Madrid, se perpetúan, con sus antiguos blasones, las familias aristocráticas que levantaron aquellos palacios que nosotros íbamos viendo; porque subsisten, en fin, la Religión cristiana, la Monarquía española, la Nobleza de Castilla y hasta las democráticas Leyes patrias que defendieron las Comunidades; es decir, todos los veneros de la grandeza salmantina.
Si todo esto desapareciese, Salamanca, por muy bien conservados que guardase sus monumentos, no pasaría de ser un cadáver, como Nínive ó Pompeya.
Pero dejémonos de discursos, y enumeremos, siquier rápidamente, las cosas que vimos aquella mañana antes de regresar á la fonda.
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En una esquina próxima al Colegio de la Compañía leímos en letras de oro y sobre marmórea lápida, que allí vivió el gran poeta Meléndez Valdés.
Más abajo descubrimos la que un azulejo denominaba _Plazuela de San Benito_, la cual, más que plaza, parecía el compás de una Cartuja.--Tampoco había allí gente. Lo único que allí había era una hermosa iglesia, consagrada al Santo que da nombre á aquel lugar; iglesia que, según supimos luego, había servido además de panteón á la familia de Maldonado, cuando era lícito dormir el sueño eterno al pie de los altares, ó sea en tiempos en que no se anteponía á todo _la higiene_.
Después fuimos hallando muchas casas góticas ó platerescas, en cuyas lindísimas portadas se veían grandes escudos que nos indicaban la familia á que pertenecían ó habían pertenecido.--El _sol_ de los Solís, las _cinco lises_ de los Maldonados, y, sobre todo, las _estrellas_ de los Fonsecas, abundaban más que ningún otro blasón.
Y aquí debo apuntar que la casa de Fonseca fué, durante siglos, la más poderosa de Salamanca, así en lo civil como en lo eclesiástico, y que, aparte de sus grandes guerreros, la hicieron célebre en toda la cristiandad aquel severísimo Arzobispo de Santiago y Patriarca de Alejandría de que tanto hablan las historias, y otro Arzobispo de Santiago y de Toledo, hijo suyo, á quien debieron los salmantinos importantísimas fundaciones, como diremos oportunamente.
De la plazuela de San Benito pasamos á otra no menos solitaria y monumental, denominada _del Águila_, siendo de advertir que, como no encontrábamos á nadie que pudiese indicarnos el camino, teníamos que guiarnos por la posición del sol, á fin de llegar pronto al hotel, pues iba siendo hora de almorzar..... en su reglamento y en nuestro estómago.
En la _Plazuela del Águila_ se eleva un hermoso edificio greco-romano, que colegimos sería la famosa _Iglesia de las Agustinas_, de que tanto habíamos oído hablar en Madrid.--Ni por un instante nos ocurrió penetrar en ella, sino que dejamos su examen para la tarde ó para el día siguiente, á fin de estudiarla con el debido detenimiento.
Pero de un peligro caíamos en otro, y cuanto más apretábamos el paso, mayores prodigios arquitectónicos nos salían al camino tratando de detenernos.....
De la _Plaza del Águila_ pasamos á la de _Monterrey_, y nos encontramos frente á frente del magnífico palacio de este nombre, que es otra de las maravillas de Salamanca, según podéis ver en los escaparates de los fotógrafos de esta villa y corte, y que sirvió de modelo para el Pabellón Español de la Exposición de París de 1867.
Huímos, pues....., bien que jurándonos volver al cabo de pocas horas.--Y no huíamos ya solamente para que no se enfriara el almuerzo, sino porque nos aturdía aquella rápida sucesión de emociones, tanta nueva belleza, tanta poesía, tanta historia, tanto portento de diverso orden como llamaba nuestra atención por todas partes y á un mismo tiempo.--¡Necesitábamos descansar, hacer algunos apuntes, descargar nuestra memoria!.....
Llegamos, al fin, al hotel.....--Y considerando yo ahora que mis lectores estarán también necesitados de algún reposo, pongo punto á este capítulo, dejando para el siguiente el hablarles del almuerzo y de otras cosas interesantísimas, ninguna de las cuales (dicho sea entre paréntesis) tendrá nada que ver con la Arquitectura.
VIII