# Viajes de un Colombiano en Europa, primera serie

## Part 9

Book page: https://www.cyberlibrary.org/es/books/viajes-de-un-colombiano-en-europa-primera-serie-14329/index.md

La noche es el momento mas propicio para recibir el golpe de vista de las calles de Lóndres en su parte mas concurrida. La luz del sol es casi siempre triste y opaca, y solo al reflejo de la iluminacion deliciosa que produce el gas se destacan las figuras con toda su energía y se ven en toda su verdad los contrastes de luz, de sombra y claro-oscuro. Es entónces que _Oxford_ y _Regent street_, el _Strand_, y todas las grandes arterias del movimiento tienen su espléndida fisonomía que pasma. Téngase presente que Lóndres cuenta casi tres millones de habitantes,--que la afluencia de viajeros de todos los puntos del globo es inmensa,--que durante la noche toda la poblacion indigente y la obrera sale á buscar en las calles limosna ó distraccion,--que la circulacion de coches es de 13,000 por hora, por término medio, sin contar los millares de ómnibus y carros, cuyo conjunto asciende en la ciudad á la enorme cifra de 80,000 vehículos de ruedas,--y por último, que la noche favorece las transacciones de todo género y las escenas de galantería á que da lugar la prostitucion,--y se comprenderá toda la complicacion del cuadro inmenso que se ofrece á la vista.

Los almacenes y las tiendas, espléndidamente iluminados por el gas en el interior y el exterior, ostentan la infinita variedad de los valores que contienen, en términos que las muestras nomas, expuestas en las fachadas y entre vidrieras luminosas, representan capitales ó fortunas considerables. El oro, la plata, el cobre, el acero y todos los metales bajo mil formas, brillan donde quiera en moles tentadoras para la multitud,--miéntras que los diamantes, todas las piedras preciosas conocidas y los cristales de imitacion, incrustados en una joyería de inagotable variedad, multiplican los reflejos de la iluminacion, dándoles á las calles no sé qué aspecto de fantasmagoría hechicera ó prodigiosa como los cuentos de las _Mil y una noches_. Todo lo que la industria puede producir, lo que el arte y el refinamiento son capaces de labrar para alimentar la pasion del lujo, y cuanto es posible desear para satisfacer todas las necesidades y todos los caprichos, se ve allí detras de los cristales, realzado por la reproduccion de la luz y por el bullicio de un mundo que fermenta sin cesar, mirando, comprando, codiciando, vendiendo, agitándose en todas direcciones.

El viajero que no está habituado á esas escenas, que viene de las soledades del Nuevo Mundo y trae nociones y recuerdos enteramente exóticos en esa Babilonia del comercio, cree asistir á una representacion fantástica, vivir soñando ó contemplar, al traves de los lentes de un cosmorama, una coleccion extravagante de dibujos chinescos ó de figuras producidas por el delirio de un artista invisible y febricitante. Dichoso el que, trayendo formado su corazon y preparado su espíritu á todas las sorpresas y al estudio atento de todos los prodigios y fenómenos de la civilizacion, tiene la fuerza de resistir, sin dejarse deslumbrar, á esa fascinacion que todo lo desconocido y lo grande ejercen sobro las almas impresionables y sencillas!

En ninguna parte es mas extremoso el lujo que en Lóndres, ni se exageran con mas extravagancia las modas y toda clase de invenciones. Allí falta en general la verdadera elegancia,--la que consiste en la sencillez y el gusto delicado,--y hasta en el modo de insinuarse las gentes de la clase media y de las masas hay un fondo de grosería y de insolencia, no sé qué de tosco y áspero que repele y produce disgusto. Allí faltan ese pulimento y esa gracia que cautivan, y que son siempre el resultado de la educacion social y de los espectáculos que le inspiran á la multitud el gusto por el arte y la espontaneidad seductora en las maneras. Como en Lóndres todo es frio y severo, cuando no sucio, en los edificios públicos, el pueblo no ha podido hacerse fino ni simpático. Y como la libertad individual no está unida á la igualdad social, sino que el orgullo de las aristocracias ha establecido una valla profunda entre las clases, todo el mundo, altivo con su personalidad é insociable, se cree con derecho de ser brusco y ordinario en su porte, sin cuidarse del efecto que produce su modo de insinuarse. Allí se considera tiempo perdido el segundo que se gasta en saludar ó pronunciar una frase cortés y agradable. El interes domina en todo y cada palabra tiene su precio.

Recuerdo à propósito de esto un incidente que me impresionó mucho. Una noche, paseándome por _Regent Street_, tropecé con una mujer hermosísima y lujosamente vestida, que me miró al pasar, como por casualidad. Despues de dar dos ó tres pasos dejó caer un pañuelo de olan, y yo con mis preocupaciones colombianas de consideracion hácia las señoras, tomándola por tal, levanté el pañuelo y quitándome el sombrero para saludarla con respeto, le presenté su perfumado batista. La contestacion fué darme un apreton en la mano, muy significativo, y engarzar su brazo del mio sin decir una palabra. Lleno de admiracion, la miré con estrañeza, apartándome, para hacerle comprender que sin duda se habia equivocado; pero sin desplegar los labios volvió á darme un apreton capaz de magullarme el brazo, Entónces comprendí que estaba al lado de una indigna _loreta_ y le volví la espalda con desprecio. Mas tarde supe que esas bellas y lujosas cortesanas, que se cruzan á millares por las calles de Lóndres, se valian siempre de artificios como el del pañuelo para sus impudentes provocaciones.

Todas esas mujeres son como estatuas, á juzgar por su exterior. Hermosas admirablemente, frias y calculadoras, sin gracia ninguna en su actitud, recargadas de seda, volantes y cadenas (fruto de su degradacion), y siempre con el ojo atento á adivinar al extranjero que pasa por delante para atraerle con demostraciones descaradas, esas mujeres son la ignominia mayor de Lóndres, mil veces mas despreciables que el ratero ó el mendigo borracho á quien pisan al pasar. Feliz el viajero que, sabiendo estimar su propia dignidad y toda la santidad y el espiritualismo del amor, desdeña á esas mujeres,--mercancías que se venden públicamente al mejor postor, sin pensar en el hospital que las aguarda para el tiempo de la miseria, la fealdad y el remordimiento!

Uno de los rasgos característicos de Inglaterra es la tendencia hácia la ostentacion aristocrática, que se manifiesta en todas las clases, y sobre todo ¡quien lo creyera! en los mendigos y las gentes mas miserables. En Inglaterra, y particularmente en Lóndres, el indigente carece de la _conciencia_ de su posicion. Si hay un estado que exija mayor dignidad ó estimacion de sí mismo para soportarlo, es el de la pobreza. El indigente debe llevar en su exterior _la lógica de su indigencia_, que es su dignidad. Pero eso no sucede en Lóndres, la tierra clásica de la _librea_ y la ostentacion. El mendigo se viste como el lord, con la casaca del conde ó baronet, del banquero ó del ministro, con la diferencia de que los vestidos de estos son brillantes, limpios y magníficos, miéntras que sobre los miembros del obrero enhambrecido ó del indigente que pide limosna están asquerosos y hechos hilachas.

He visto innumerables fruteras en las calles con gorras y chales de las señoras aristocráticas;--los limpiabotas cubiertos de oropeles y bordados, y los salta-caños y _chimny-sweepers_ (frotadores de chimeneas) ataviados con casacas y sombreros que en su primera época de servicio activo cubrieron á millonarios y lores del Parlamento. ¿Por qué esos disfraces innobles y ridículos que hacen de la escena pública un carnaval? El espíritu aristocrático y la vanidad los explican. El lacayo hereda los ricos vestidos del amo, ya usados;--el mercader de trapos se los compra al lacayo cuando están viejos;--el remendon y el limpia-botas los toman del ropavejero, ya remendados, y al fin, cuando los harapos galonados empiezan á deshacerse de viejos é inmundos, llegan hasta donde el mendigo ó el salta-caños, en cambio de algunos peniques. ¡Tal es la sucesion de las clases sociales en Lóndres! Ellas descienden de lo mas alto hasta lo mas bajo, sin que en todas las gradas de la escala falten el orgullo, la vanidad y el espíritu de ostentacion é imitacion.

Es increible hasta dónde llega la fecunda inventiva de los vagamundos, los caballeros de industria, grandes y pequeños, y los perezosos é indigentes, para crearse pequeñas manipulaciones y oficios de explotacion de los ociosos, en infinita variedad. Podrian escribirse volúmenes enteros solo para explicar las mas conocidas de esas _pequeñas industrias_ que ocupan á los que quieren vivir en la vagancia, degradándose en las calles con ejercicios que son el deshonor de la sociedad, porque presentan al sér racional como inferior al bruto. Entre esas industrias hay una que tiene verdadera utilidad, pero que provoca la risa por su original extravagancia: la del _hombre-aviso_. Como Inglaterra es el país de los anuncios y los rótulos en supremo grado, no se considera bastante hacerlos circular en los diarios y en los cartulones de las esquinas, y así como hay _individuos-escobas_ y de peor condicion aun, hay _hombres-avisos_. El hombre-aviso es de dos especies: parlante ó _berreante_, y de _bulto_; el primero no tiene mas oficio que andar por las calles dando gritos atroces, que parecen graznidos de un ganso, cuando no berridos de un ternero, haciendo saber al público un suceso industrial cualquiera, con la direccion del empresario ó interesado en el asunto. El segundo es un aviso mudo: el pobre diablo va metido entre un enorme farol de papel ó de género blanco, iluminado durante la noche, en cuyas cuatro faces está escrito en letras monumentales el anuncio de alguna empresa, artículo en venta ó cualquier otro objeto; y la obligacion del portador ó esquina ambulante es vagamundear por todo Lóndres, en absoluto silencio, mostrando su armazon elocuente, y soliendo á veces, por via de figura oratoria, estrellar su farol contra las narices de algun pasante distraido. El _hombre-aviso_ gana por dia tres, cuatro ó seis peniques, cuando mejor le va!

Si en general los saltimbancos innumerables de las calles no inspiran sino desprecio por su desvergüenza en escamotar, y si los mil y mil vagamundos de órgano berberisco llevan su impertinencia hasta hacer desesperar, hay entre las muchas clases de artistas y pobres ambulantes una que suele inspirar simpatías al viajero:--es la de los músicos. Verdad es que muchas veces el músico de callejuela ó de plaza no es mas que un perezoso y un vulgar rascador de violin ó de arpa, sin gracia ni atractivo alguno; pero de tiempo en tiempo se da con bandas de verdaderos artistas nómades que encantan y merecen aplausos y favor.

En una de mis nocturnas excursiones en Lóndres me hallé cerca de siete ú ocho músicos italianos que daban un concierto público en una esquina de la gran calle del _Regente_. La tropa tenia mucha popularidad, porque se componia de proscritos Italianos de Milan, Venecia, Roma y Nápoles, hombres de familias honradas, y que careciendo de recursos para subsistir habian organizado una compañía filarmónica para no ser gravosos á nadie y vivir honradamente. Como en Italia todo el mundo sabe algo de música, y el pueblo entero es artista, fácilmente se forma con Italianos proscritos una banda escogida.

Creo que jamas la música me habia impresionado tanto como aquella noche. Los ocho artistas tocaban por nota deliciosamente, sobresaliendo en el violin y la flauta, y pude saborear las admirables cavatinas y particiones de _Norma, il Trovatore, la Traviata_ y el _Himno de Italia_. Aquellas armonías,--los recuerdos de Colombia que me hacian evocar,--esas caras varoniles, de barba negra y crespa, llenas de la melancolía del proscrito y de la del artista,--el efecto de la iluminacion sobre el inmenso grupo de espectadores, y sobre todo, la profunda emocion con que el concierto me hacia pensar en la desventurada y noble Italia, cuyos hijos sufrían la esclavitud, el calabozo ó la proscripcion, sin perder nunca la esperanza de la libertad y la independencia: todo eso contribuyó á dejar en mi alma un sentimiento de indefinible pesar que no he olvidado nunca. Después de poner mi óbolo humilde en él gorro de uno de los artistas proscritos, me alejé acongojado, sintiendo que llevaba en mi oido como el eco vago de los últimos aires del himno italiano, y orgulloso de haber nacido en el seno de la democracia para poder ofrecer desde el fondo de mi corazon un voto de fraternidad á los hermanos oprimidos.

Cuando volvía pensativo, en la dirección de _Hyde Park_, pasando por entre los grupos animados de la opulenta calle de _Oxford_, me decía con tristeza: «¿De qué sirve toda esta grandeza deslumbradora, si ella es el testimonio de un malestar profundo consistente en las mas crueles y dolorosas desigualdades? ¿Es esta la civilización? ¿Es este el progreso, ó es mas bien la decadencia? ¿Esta sociedad no está en peligro inminente de una descomposición completa? ¿Este coloso que se llama Inglaterra no está minado por su base?» No encontrando fácil solucion á tales problemas, y comparando á Lóndres con los pobres pueblos de Colombia me dije luego: «Nó! la civilizacion no es el refinamiento del bien y del mal, no es la exuberancia de prodigios, de invencíones y descubrimientos! La civilizacion es _justicia_, es el acuerdo de la sociedad con la naturaleza, es la armonía de los hechos humanos con el derecho eterno y divino, es la equidad en la distribucion del bien--herencia divina--no del mal, que es un accidente del error! Ese heróico y hospitalario pueblo de Colombia no es una sociedad bárbara, como la califican los afortunados en Europa, puesto que allá ninguno se muere de hambre, la igualdad avanza dia por dia, el corazon es generoso, la nocion de la justicia es mas general, y el desgraciado no necesita para buscar la subsistencia de entregarse á oficios infamantes que degradan el alma, envenenan el corazon y hacen descender la humanidad hasta el nivel del bruto!...»

* * * * *

Solo á los genios privilegiados es dado adquirir la nocion de la verdad por intuicion; el comun de los hombres no conoce otra via que la de la comparacion. Como en las cosas humanas casi todas las verdades son relativas, porque lo absoluto en la tierra excluye la idea del progreso indefinido, nada puede conducir el espíritu hácia la luz tanto como la observacion de los contrastes.

Lóndres, esa mole colosal de grandeza y podredumbre, de oro y de hierro, como de lodo y amarguras, es por excelencia la metrópoli del romanticismo social. Allí el drama se confunde con la comedia, como el millonario se codea con el mendigo, el dandy superficial y afeminado con el bandido de larga experiencia en los misterios del crímen, y la elegante y bellísima lady de esmerada cultura y candorosa pureza con la meretriz infame que vive del inmundo comercio de la lujuria.

Pero el tiempo y el desórden en las construcciones de la gran ciudad han confundido los escenarios del drama, de tal manera que el observador no necesita de largas peregrinaciones al traves de los barrios desiertos para descender al abismo de miseria y degradacion que se esconde bajo el oropel y la ostentosa opulencia de una industria exuberante pero viciosa en su organismo. El cuadro se ofrece allí con una pasmosa energía, presentando á la sociedad de Lóndres como uno de esos suntuosos palacios, entre cuyos bajos relieves, mármoles, cornisas doradas y preciosos mosaicos se complace la brutalidad de los ociosos en trazar caricaturas y mamarrachos con carbon, ó pegotear inmundicias de todo género.

No tuve en 1868 tiempo para estudiar detenidamente las condiciones de la sociedad inglesa, ni aún de Lóndres siquiera, y si pretendiese pasar por conocedor, cien libros me servirían para ostentar el barniz del viajero erudito. Pero mi propósito es describir mis propias impresiones, no las ajenas, y por tanto mis pequeños cuadros solo pueden abarcar algunos pormenores. Mas tarde debía adquirir, en un viaje completo por la Gran Bretaña, las nociones que me faltaban. Entretanto, pintaré lo que _he visto_, rápidamente es cierto, pero guiado por el deseo de encontrar la verdad.

Lóndres tiene aglomeradas sus principales miserias en el inmenso barrio de _Southwark_ comprendido entre la parte fronteriza de los _Docks de Lóndres y Vauxháll Gardens_, con el Támesis de por medio que lo separa de los cuarteles de _Westminsfer_, el _Strand_ y la _City_,--y ademas en el corazon de los barrios mas activos y opulentos de la vieja ciudad. En el primero de esos territorios de la miseria viven amontonados, enhambrecidos y generalmente miserables, mas de novecientos mil individuos. Allí se encuentran fábricas valiosas y en número muy considerable, tienen su término tres grandes líneas de ferrocarriles, hay cinco ó seis pequeños parques ó jardines públicos, vastas arterias de comunicacion y un gran movimiento que ensordece,--no obstante que, en lo general, esa es la peor de las inmensas porciones de poblacion que constituyen á Lóndres.

¡Pero qué de tristes compensaciones de lo que en ese barrio interminable revela algun bienestar! Es allí donde viven los ociosos amontonados como brutos, harapientos, semi-proscritos como gitanos, lívidos como el hambre que los devora, y hormigueando en las callejuelas, los sucios y ennegrecidos patios y las cloacas, como semilleros de gusanos. Es allí donde vagan ciento ó doscientos mil obreros sin trabajo, levantando su triste clamoreo por do quiera, ostentando sus harapos, pidiendo limosna á todo el mundo, aplacando el pesar con la embriaguez, y ofreciendo en sus riñas, sus escenas de pugilato y sus mil actos de brutalidad salvaje el espectáculo de la cólera, la degradacion y la miseria á que la falta de trabajo, la absoluta ignorancia y los vicios de la ociosidad los han conducido.

Pero el cuadro es muy extenso. Como una enorme serpiente que enrosca sus anillos y se intercala por entre las hendeduras de un viejo tronco roido, dejándose ver de trecho en trecho, pero asida á todas las sinuosidades, la miseria oprime á Lóndres y la estrecha en todas direcciones, asoma en todos los barrios y parece asfixiar con su aliento y su presion horrible á la parte de la sociedad que vive en la abundancia ó en la loca indolencia del lujo sibarita. Varias veces, al recorrer las brillantes calles de _Oxford_ y el _Regente_, las bellas plazas cubiertas de jardines (_squares_) ó las calles enlosadas, ámplias y repletas de gente en actividad incesante, donde se ostentan los tesoros del _Strand_ y de la _City_,--tesoros de arte, de elegancia, de industria colosal y maravillosamente avanzada;--al recorrer esas calles, repito, pensaba con tristeza que á dos pasos de allí está una raza proscrita del bien y de la vida,--raza de mendigos y bandidos, de prostitutas y muchachos hambrientos, de criaturas condenadas á la mas espantosa degeneracion, que se revuelcan en el fango físico y moral, como un sarcasmo animado que desmiente la civilizacion sofística de los barrios vecinos.

Los barrios que sirven de asilo ó de foco principal á esa raza degradada son los de _Saint Giles, Spitalfields, Bethnal-Green_ y _White-Chapel_; pero no todos tienen el mismo destino ni una situacion análoga. Si _San-Gil_ ocupa el centro mismo de Lóndres y es principalmente el barrio de la indigencia, la inmundicia y la suprema desnudez,--_Bethnal-Green_ y _Spitalfields_ son los asientos del vicio en todas sus formas y con toda la hediondez de la crápula infame,--en tanto que _White-Chapel_, que recoge sus reclutas en las filas de la miseria, es la espantosa madriguera del crímen. El ser que en _San-Gil_ es mendigo hambriento y lastimoso, en _Bethnal-Green_ es jugador, concupiscente y ebrio, y en _White-Chapel_ se convierte en bandido.

No pude tener ni el tiempo ni las facilidades necesarias para visitar con _provecho_ los barrios de _Bethnal-Green, White-Chapel y Spitalfields_, muy excéntricos y complicados pero vecinos de las extremidades lejanas de la _City_. Hube, pues, de limitarme á _San-Gil_, á donde es fácil penetrar por cualquiera de las grandes calles del centro aristocrático. Y con todo, mis visitas, que no pasaron de dos, fueron diurnas, escogiendo algunas de las callejuelas mas horribles, como la de _Church-Lane_, tan á la vista de todo el mundo que desemboca nada ménos que en la espléndida calle de _Oxford_ y el _Strand_.

El barrio de _San-Gil_ está enclavado, como un cangro ulcerado y fétido, entre las magníficas vias públicas de _Picadilly_, la plaza de _Trafalgar_, el _Strand_ y las calles de _Regent, Oxford_ y _Holborn_. Una red inescrutable de callejuelas oscuras y estrechísimas, de patios húmedos ó infectos, de calles tapadas ó laberintos sin salida, de cuevas y guaridas horribles, con alguna que otra plazuela que horripila por su mugre,--tal es la estructura exterior ú ostensible del barrio de la muerte que se llama _San-Gil_! Dicen que aquello es aún mas espantoso durante la noche que en el dia; y lo creo así, porque aún á la luz nebulosa de las doce de la mañana sentí, al recorrer una parte de ese laberinto, una impresion de angustia, de dolor y espanto que jamas habia experimentado. Los cabellos se me erizaban, la carne me temblaba, sentia la sangre helada y la respiracion difícil, y algo como un sudor frio, como un vértigo de horror, me hizo, despues de dos horas de exámen la primera vez, decirle al amigo bondadoso que me guiaba: «¡Salgamos, salgamos de aquí, porque en esta cloaca se siente la tentacion de blasfemar, se pierde la esperanza, la vida se esconde bajo el fango y se adquiere una idea de la degradacion humana que abruma y trastorna la razón....» Muchas de aquellas callejuelas se hallaban, aún á medio dia, en una oscuridad casi completa, producida por la estrechez de las casas y la elevacion de los muros; y muchos de los patios, los vericuetos y las encrucijadas de aquel cementerio de cadáveres ambulantes, tenian el frio, la fetidez y todo el aspecto de una fosa de cien cuerpos removida por los cerdos.... Donde quiera la oscuridad, cien agujeros sombríos, la humedad glacial, el fango pútrido, los muros negros y medrosos, los depósitos de inmundicias, los harapos enmohecidos por la mugre flotando delante de las troneras irregulares habilitadas con el carácter de puertas y ventanas.... Y al pié de cada uno de esos edificios cubiertos de ollín y de lama húmeda, una tumba subterránea! Allí no hay mas que tumbas, porque no hay mas objetos que abrigar que enjambres de esqueletos disecados por el hambre, la impiedad y la prostitucion!...

Como los edificios tienen cuatro, cinco ó siete pisos exteriores y las aceras distan entre sí dos, tres ó cuatro metros, cada callejuela tiene el aspecto de un abismo ó de una grieta enorme producida por algun terremoto en los estratos rocallosos de una montaña caliza. Los pisos ostensibles ó visibles se componen de una multitud de cuartos ó alcobas de lamentable desnudez, sin aire, luz ni fuego, amontonados en desórden, y á donde los miserables inquilinos trepan por andamios medrosos que no merecen el nombre de escaleras. Y sinembargo, como todo en el mundo tiene sus gradaciones, esas habitaciones, que son las de _la aristocracia de la miseria_, parecen paraísos en comparacion de las cloacas subterráneas que constituyen la base de cada uno de esos palacios de la lujuria en harapos y del hambre y la intemperancia!

--¿Tiene U. valor para entrar?--me dijo mi amigo _cicerone_, mostrándome un agujero practicado al pié del muro exterior de una casa mohosa.

--¿Entrar á dónde?--le contesté.

--Pues...al infierno! me repuso con profunda emocion.--Sí; aquí _vive_ una parte de la especie humana, de la Europa _civilizada_,--en el corazon de Lóndres, como el enjambre de gusanos que vive en el centro de una hermosa fruta. Vea Ud.; asómese por ese hueco, y dígame despues si su Nuevo Mundo no vale mucho mas que esta podredumbre dorada....

