Viajes de un Colombiano en Europa, primera serie

Part 8

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El 12 de marzo tomé el tren expreso que partía para Londres á las once y media de la mañana. ¡Qué impresion tan vigorosa la que experimenté al sentirme por primera vez arrastrado, con la rapidez del huracan, por ese animal de hierro, animado por el espíritu del hombre y silbando como una enorme serpiente enfurecida, que se llama _locomotiva!_ El alma se siente fascinada por ese poder que la hace delirar, soñar con la vista de regiones misteriosas cubiertas por la niebla luminosa de la ciencia, y asistir á la maravillosa generacion infinita del progreso.

Los bosques, las quintas, los castillos aristocráticos, las chozas rústicas, las colinas, las llanuras, los riachuelos, las sementeras, los ganados y las poblaciones, pasan por delante del viajero como visiones fantásticas ó cuadros de leyendas fabulosas;--y la ilusion es tan poderosa algunas veces, segun la hermosura del paisaje, instantáneamente descubierto y perdido, que se llega hasta dudar de sí mismo y palparse para convencerse de que aquello no es un sueño, sino una gigantesca y sublime realidad de los prodigios de la civilizacion. Es en presencia de esos espectáculos que se aprende á: estimar el mérito del hombre, á respetar la ciencia, adorar á Dios como el gérmen supremo del espíritu soberano que agita á la humanidad, y tener fe en el progreso como el destino interminable de la Creacion!

La línea férrea de Southampton á Lóndres gira por en medio de un interminable paisaje de los mas bellos colores, de una riqueza vigorosa en todos los pormenores como en el conjunto, en donde se confunden, formando un juego encantador, las obras de la industria con los encantos de una naturaleza apacible y de contornos suaves. Sinembargo, la rapidez del tren no permite apreciar bien los objetos, salvo en las numerosas estaciones cerca de las ciudades y las villas que demoran sobre el trayecto.

En Inglaterra hay una absoluta libertad industrial que permite el establecimiento de trenes, ferrocarriles y telégrafos sin sujecion casi á reglamentos de la autoridad, y por eso cada compañía se esfuerza por rivalizar á las demás. De aquí proviene la rapidez muy notable de las locomotivas inglesas, que hacen 35 á 40 millas por hora, miéntras que en Francia no vencen sino unas 30. Los Ingleses estiman en mucho el tiempo y no evitan nada por economizarlo. Tambien es de notarse la gran multiplicacion de alambres en los telégrafos que están adjuntos á las líneas de ferrocarriles, circunstancia que se presta á una mayor precision y un servicio mas extenso de la telegrafía en Inglaterra.

El hecho que resalta mas á la vista del viajero al atravesar las campiñas inglesas es, aparte del órden admirable en los establecimientos agrícolas, el tino con que se aprovecha todo el terreno sin desperdiciar una partícula. Así, al lado del parque aristocrático destinado solo á los placeres campestres, se ve la magnífica huerta de preciosas legumbres y árboles frutales, admirablemente bien conservada y tan limpia como el pavimento de un salon; y el jardin mismo, que parece no ser sino un objeto de recreo, da sus productos á merced de un cuidado singular.

Mientras que la estéril colina arenosa ó de terreno calizo es aprovechada con bosques artificiales de pinos y otros árboles alpestres, en extension muy considerable y con gran provecho por la renta que procuran, al mismo tiempo que hermosean primorosamente todas las eminencias,--las llanuras están pobladas de ganados lustrosos y robustos, de razas cuidadosamente educadas y mejoradas; los cuadros de plantaciones ostentan su variada vegetacion, ó el arado vigoroso del agricultor inglés (siempre movido por caballos enormes) abre los surcos fecundantes que preparan la simiente.

Por todas partes se cruzan las acequias, en una red inteligentemente preparada, para la irrigacion de los campos; el obrero trabaja con laboriosa asiduidad aún en medio de los depósitos de nieve que salpican de trecho en trecho los setos de las llanuras y blanquean bajo la sombra oscura de los pinos y abetos; innumerables quintas y casas campestres de construccion pintoresca y caprichosa, se destacan en todos sentidos de entre los grupos de pinos enanos y los jardines y huertos; los puentes, los caminos vecinales, los pequeños diques de irrigacion, las fábricas y los rediles se multiplican hasta lo infinito, dándole al inmenso cuadro los mas graciosos contornos; y de tiempo en tiempo se alcanza á ver el grupo encantador de las casas de alguna pequeña ciudad, dominada por las altas torres de las iglesias, católicas y protestantes, miéntras que atras oscurece la perspectiva el ancho lomo de alguna colina cubierta de negros pinos repartidos en interminables callejuelas sombrías, ó brilla á la luz momentánea del sol algun pequeño rio de graciosa configuracion.

Al recorrer los campos de Inglaterra se comprende el misterio de la grandeza universal que favorece á esa nacion, porque se ve que aquel pueblo, que vive como en el puente de un inmenso navío flotando entre dos mares, ha comprendido que su aislamiento físico le impone la necesidad de desarrollar simultáneamente todos los intereses. En presencia de la riqueza británica no se sabe qué decir de su carácter,--si es agrícola, industrial ó comercial,--porque lo es todo, y en alto grado en todo. La agricultura inglesa no tiene rival en Europa, por su irrigacion, su régimen de cultivo, la educacion de las crias, sus instrumentos de labor, sus excelentes abonos, la fecundidad del suelo, la paciente laboriosidad de los obreros y otras circunstancias.

Pero si al recorrer los campos se cree que Inglaterra es principalmente agrícola,--despues se la juzga fabricante al visitar las inmensas, poderosas é innumerables fábricas de sus catorce ciudades manufactureras, así como al conocer á Lóndres, Liverpool, Bristol, Southampton y otros muchos puertos de mar y de rio se inclina el viajero á reconocer que el carácter comercial es el predominante. Al cabo es preciso persuadirse de que Inglaterra es todo en primera línea, excepto espiritual y artística, pues sus géneros de trabajo son los que los especuladores llaman _positivos_, como, si todo lo que es útil en el mundo no produjese riqueza.

Las mas importantes ciudades del tránsito, entre Southampton y Lóndres, son las de Winchester y Bishopstoke. La primera es de gran celebridad histórica y bien considerable por su poblacion y su sociedad literata; es el asiento de un arzobispado de primer órden, y á parte del mérito de muchos de sus edificios antiguos tiene una famosa catedral de arquitectura gótica que es uno de los mas notables monumentos de Inglaterra y aún de toda la Europa. El exterior es imponente y majestuoso por su tamaño y por el carácter secular y admirable de su arquitectura,--y el interior tiene mil primores de arte y reliquias históricas (no obstante que es catedral protestante) que son consideradas como de mucho valor.

Bishopstoke es mucho mas reducida en todos sentidos, y es una ciudad prosáica y sin particularidad alguna en lo material, pero tiene su especialidad para la agricultura y el comercio que la hace notable. Es un gran mercado de quesos, tan valioso, que de allí parten para todo el país y el extranjero valores muy considerables en ese artículo que es al mismo tiempo fruto pecuario y fabril.

La igualdad del terreno, que es perfectamente plano para el viajero, y la multitud de puentes secos, _tunels_ y bosques de pinos en todo el trayecto, no permiten registrar de lejos el inmenso panorama de Lóndres. El viajero presiente que va á llegar, porque ve que los jardines, los parques, los caminos y las quintas se multiplican de un modo prodigioso, y siente muy cerca, casi de minuto en minuto, los silbidos de las locomotivas que arrastran los trenes de otras líneas cercanas de ferrocarriles dirigidas a la colosal metrópoli. Al fin se alcanza á ver una larga fila de colinas, á la derecha, poblada de arrabales de Lóndres y de castillos y quintas; luego se descubre á la izquierda la primorosa planicie ó valle del Támesis que se extiende hacia Richemond, y se ve serpentear el opulento rio por entre alamedas y edificios, á algunas millas de distancia; en seguida se atraviesan los arrabales de la ciudad, y cuando ménos se piensa está uno en el corazon de la metrópoli monstruo, bajo la techumbre monumental de hierro y vidrio que cubre el embarcadero del ferrocarril en la estacion de _Bishops Road_.

Hay no sé qué de fantástico, algo que hace recordar las románticas visiones ó las extravagantes maniobras del «Diablo Cojuelo» de Lesage, al pasar en alas de un wagon por encima de una ciudad, como una gigantesca bruja saltando de torre en torre, de chimenea en chimenea y de cuadra en cuadra. El ferrocarril está construido sobre un piso artificial muy elevado que forma un inmenso puente sobre la ciudad, á fin de poder penetrar hasta el centro, sin interrumpir el tránsito de las calles; así es que, al pasar el viajero, ve debajo, en la profundidad, las casas apiñadas en interminables filas, y las gentes hormigueando por las calles como enanos ó liliputienses. Todo contribuye, pues, á producir una ilusion completa de viaje aéreo y extravagante, una profunda impresion que, por su novedad, persiste grabada en el espíritu por muchos dias.

La idea de Lóndres no se puede adquirir al llegar, por falta de un punto de vista que ofrezca el panorama completo. Para saber lo que es Lóndres--ese mar de casas, de humeantes chimeneas, de torres y fábricas, de parques y jardines, de coches, carros y almacenes, de moles gigantescas salpicadas de niebla, por cuyo centro se desliza el Támesis, cubierto de navíos y botes como un largo arrecife de millares y millares de rocas multiformes;--para comprender la grandeza de ese mar artificial, repito, es preciso subir á las cúpulas de San Pablo ó del «Coliseo» y hundir la mirada, pasmado de admiracion, entre Dios y el hombre, el cielo y la tierra, el horizonte y la pequeñez del balcon que sirve de mirador. Entónces se comprende que, desde que se ha penetrado á esa Babilonia, la personalidad ha desaparecido ante una grandeza que aturde, que abruma, que pulveriza sin misericordia! Lóndres es una inmensidad compuesta de ceros, es la paradoxa de millones de _nadas_, de séres nulos ante el conjunto, formando la suprema grandeza! Lóndres, bajo ese aspecto, es la verdadera imágen de la civilizacion, del progreso, de la humanidad en su obra secular. La partícula parece insignificante y lo es aisladamente; pero la armonía y la cohesion providencial de todas las partículas producen la fuerza de la Creacion y de la humanidad y el admirable fenómeno de la civilizacion.

Desde el momento en que el viajero extraño desciende del wagon del ferrocarril, su persona es libre, enteramente libre, pero su bolsillo, su fortuna portátil queda á discrecion de una legion tan extensa, tan complicada y hábil de «filibusteros desarmados», que toda defensa es imposible. Disputado por un enjambre de cocheros y carreteros que se apoderan de todo el equipaje por sí y ante sí para llevarlo á su destino, y pelotean al pasiente-propietario como una jauría de perros al derredor de un ciervo humilde y aturdido,--el recien llegado se resigna á abdicar su voluntad y entregarse al que tiene mas fuerza para estrujarle y pulmones para ofrecerle á gritos sus servicios. El cochero y el carretero son los reyes de las calles de Lóndres, como el mendigo y el salteador entre las ruinas de Roma, Ademas, aquellos dos personajes clásicos de Inglaterra son los «Carones» de esa laguna Estigia de Lóndres: ellos se apoderan del extranjero, le despojan de una parte del capital de viaje y le consignan al infierno del «hotel» para que la obra se complete. Francamente, no he conocido ladrones iguales á los cocheros de Lóndres (salvo los dueños de «hotel», á quienes no quiero defraudar en su honorable reputacion); y lo peor de todo es, que aquellos salteadores de «chelines» despluman á la víctima con una insolencia sin igual.

El hotel es en Lóndres la forma conspicua del sofisma, pues está preparado segun todas las reglas de la fascinacion para recibir dinero sin ofrecer en cambio casi otra cosa que apariencias ó ilusiones. Edificios inmensos y sombríos, que son como una ciudad bajo un mismo techo; escaleras de mármol, suntuosas en apariencia; colgaduras, lámparas, espejos, alfombras, camas monumentales; muebles brillantes y todo lo que puede fascinar y excitar la vanidad,--he ahí lo que constituye un hotel inglés, servido por criados que parecen miembros de Parlamento. Todo aquello es suntuoso y promete un excelente servicio para el viajero que llega fatigado y hambriento.

Pero luego viene la realidad á establecer una triste compensacion. Comidas pobres y vulgares servidas con una calma capaz de hacer perder el apetito, completando la digestion entre plato y plato; un café detestablemente preparado; sopas inmundas (cuyo secreto vine á descubrir por medio de un sirviente) que salen de una caldera general en donde arrojan las sobras de los platos servidos á otros en el «restaurador» del hotel; dificultades y dilaciones para todo; criados que el huésped tiene que pagar de varios modos, y por remate de cuento y mil contrariedades una «cuenta» escandalosa, de proporciones judáicas, llevada hasta el abuso mas grosero de la superioridad del empresario: hé ahí lo que son los hoteles de Lóndres. En resumidas cuentas, lo que el viajero paga no es lo que se _come_ ó le _sirven_, sino lo que ve, es decir, los espejos, los mármoles, las alfombras, las lujosas casacas de los lacayos y todo el tren de ostentacion; sin que haya modo de evitarlo, porque todos los hoteles que no son inmundos son así, Allí no hay eleccion posible (si no se apela al _boarding house_, en caso de larga residencia) entre el hotel-palacio, que saquea y arruina sin provecho para el viajero, ó el hotel-figon, indigno y repugnante por su desaseo y su vulgaridad.

En Inglaterra todo es extremoso, en general: allí la riqueza colosal vive al lado de la miseria suprema;--lo admirable alterna con lo inmundo. Pero en materia de hoteles, como de cafés, almacenes, etc., el Inglés hace conocer que le falta absolutamente la nocion del arte y casi del todo la del gusto delicado. Allí todo es vigoroso, segun la idea materialista que se tiene de lo útil, y se piensa mas en la especulacion y el lujo suntuoso y muy fascinador ú ostensible, que en el arreglo agradable de las cosas que consulta al mismo tiempo la economía, la delicadeza de gustos y la comodidad. Ese es el genio del pueblo inglés, y sería inútil rebelarse contra los resultados que de él se derivan.

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CAPITULO II.

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ASPECTO GENERAL DE LONDRES.

Las grandes calles.--Costumbres diversas,--Miseria y beneficencia. --Contrastes dolorosos.--Reflexiones sobre el pauperismo.

Mi residencia en Lóndres fué tan corta que á decir verdad, no alcancé á ver sino los rasgos generales de su fisonomía. Lóndres es tan colosal, tan complicada en su estructura material, que para recorrerla en todas direcciones y escudriñar sus secretos se necesita un estudio permanente de algunos años. Y sinembargo, qué extraño fenómeno se encuentra en el carácter de esa inmensa metrópoli! Si para averiguar toda la estadística de Lóndres es indispensable una larga observacion, para comprender su estructura general bastan quince dias bien empleados.

París tiene apenas la mitad de la grandeza positiva de Lóndres, y sinembargo, para estimar en todo su valor la capital francesa se requiere mas tiempo que para conocer á Lóndres perfectamente. ¿Por qué?--La razón es obvia: Londres no es absolutamente otra cosa que la metrópoli de la industria y del comercio del mundo,--es decir, el reflejo colosal de una de las grandes faces de la civilizacion; mientras que París es la metrópoli de la civilizacion en todas sus manifestaciones;--es una fisonomía compleja y de mil colores. En Londres todo se reduce al movimiento de la riqueza material, con raras excepciones. En París no solo se ve la riqueza en acción,--sino que tambien se encuentran reunidos todos los tesoros del arte, de la ciencia y de cuanto hay de espiritual y delicado en el refinamiento de la humanidad.

Si la gran capital británica tiene espléndidos jardines y museos, famosos templos, palacios y puentes, parques magníficos, bancos opulentos y multitud de monumentos dignos de atención (generalmente nuevos), los lugares donde esa sociedad debe ser estudiada preferentemente para comprender su condición moral, social y económica, son: la _prensa_, las _calles_ y el _Támesis_. Es allí donde Londres se revela con toda su evidencia, al través de su ruido ensordecedor, á los ojos del viajero que observa y medita sin preocupacion. Si los monumentos públicos acreditan la fuerza y el orgullo del pueblo inglés, las calles de Lóndres y las orillas del Támesis revelan conjuntamente las debilidades y los vicios profundos como las cualidades de esa sociedad, y la prensa su vida política y económica.

Pero para adquirir la idea completa, no basta recorrer las grandes arterias de Lóndres donde está acumulada su vitalidad: al contrario Lóndres tiene dos caras, la una que aterra y acongoja, y otra que deslumbra. Es preciso verlas ámbas casi simultáneamente, y compararlas sin prevencion, para comprender los contrastes asombrosos del conjunto. Quien saliese de Lóndres después de haber estudiado una sola de las faces del coloso,--verdadera esfinge de la humanidad,--llevaría las ideas mas erróneas, creyendo, según la parte de fisonomía que hubiese visto, que Lóndres es todo opulencia maravillosa, todo progreso y bienestar,--ó bien todo miseria, inmundicia y degradacion suprema....

Examinemos, pues, á Lóndres, empezando por sus calles. No debe olvidarse que Lóndres se ha formado por la reunion paulatina de muchas pequeñas ciudades circunvecinas, ó distritos, á la antigua _City del Tamésis_, privilegiada y poderosa, que ocupa casi el centro de la inmensa poblacion actual. Así, aunque la ciudad es una sola en su apariencia, se observa una profunda diferencia entre el centro y los arrabales. En estos reina principalmente la actividad de la fabricacion, mientras que en el interior está la del comercio;--de manera que en aquella parte están aglomerados centenares de miles de obreros, las calles son mas ámplias, las casas mas diseminadas y ménos altas, y se nota por punto general cierto grado de bienestar modesto que está tan léjos de la opulencia y el bullicio como de las miserias de los barrios centrales. Allí se levantan por millares las altísimas chimeneas de las fábricas, el elegante coche aparece rara vez, los carros repletos de mercancías se cruzan en inmensa multitud, la mendicidad es ménos visible, y el trabajo activo se manifiesta donde quiera, sin el espectáculo del lujo y de los suntuosos palacios y almacenes brillantes.

Pasando de esos arrabales al centro de la ciudad hay un terreno de transición generalmente apacible y hermoso, que se compone de barrios aristocráticos y elegantes, establecidos al derredor de parques de una magnificencia agradable, particularmente hácia el oeste de la ciudad. Allí, en las cercanías de los parques del _Regente, San James, Green-Park, Hyde Park_ y otros varios, están los ricos palacios, las elegantes quintas de suntuosas fachadas, las bellas casas de tres ó cuatro pisos nomas, que habitan las gentes acomodadas, los palacios de recreo y de residencia real, y en fin toda la parte de la ciudad destinada exclusivamente al _comfort_, donde en vez de fábricas y almacenes no hay sino paseos, mansiones mas ó menos aristocráticas, calles anchas, limpias y tranquilas, plazas en cuyo centro se mantienen dentro de verjas de hierro bellísimos jardines, y todo lo que puede revelar el buen gusto y la comodidad.

Si las fábricas y las clases trabajadoras sedentarias ocupan los arrabales, y la sociedad elegante está agrupada al derredor ó en las cercanías de los parques, así como en algunas grandes calles del centro, tales como la de _Piccadilly_ y otras vecinas, el gran foco de los negocios y la actividad comercial se encuentran en los barrios centrales. Es recorriendo á _Oxford_ (la calle) _Regent_, el _Strand_ y las calles mas animadas de la _City_, como _Ludgate, Cornhill, Cheapside, etc._, que se puede admirar ese flujo y reflujo de gentes, de coches, de mercancías y de cuanto puede causar ruido; ese hormigueo de mendigos asquerosos frotando sus harapos con las capas suntuosas de las damas elegantes; ese inmenso conjunto de almacenes y tiendas de variedad y riqueza increibles; ese ruido sempiterno y complejo de mil ecos que proceden de las voces mas heterogéneas; ese conjunto grotesco de ventas de víveres, de órganos de Berbería, de artistas callejeros y extravagantes, de saltimbancos brutales y adiestrados en la explotacion de los necios, de pilluelos ladrones espiando toda ocasion de hacer su negocio; ese ir y venir de cocheros insolentes, verdadera canalla entre todos los bribones del mundo; ese espectáculo de oro y mugre, de grandeza y oprobio, de orgullo y prostitucion, de hambre y egoismo, de lujo y aniquilamiento social....

Lóndres tiene dos grandes aristocracias, á cual mas curiosa, que reinan en todos sus barrios: la nobleza, orgullosa en extremo, pero que, no obstante su orgullo, fundado en el nacimiento y la riqueza, tiene cierta elevacion de ideas debida á la instruccion y á la ingerencia activa en los negocios públicos; y la aristocracia monetaria, familia de banqueros y especuladores de bolsa, de comerciantes, fabricantes y usureros que, salidos de la nada, á fuerza de especulaciones laboriosas, cuando llegan á la opulencia suelen olvidar su origen, renegar la santidad del trabajo que les dió fortuna, y sentados sobre pilas de oro como sobre tronos invulnerables, miran con desprecio á veces á la multitud como un enjambre de viles insectos! Esta segunda aristocracia, la mas noble por su origen--el trabajo,--pero la mas odiosa en parte, por su conducta,--el egoismo y el orgullo,--es la que tiene la soberanía en el centro de Lóndres.

¡Y qué contraste el que hacen las carrozas doradas de esos banqueros millonarios y esos nobles opulentos, con los harapos hediondos y ridículos de millares y millares de mendigos! Los unos salen á ostentar su grandeza, y brillan á la luz del sol ó de las innumerables centellas de gas que iluminan las calles, persuadidos de que la turba los admira como semidioses. Su orgullo les hace mirar como animales á sus semejantes que rodean la carroza, hambrientos, agotados de fatiga, degradados por todos los vicios y luego pisoteados en las grandes calles por los caballos que tiran la envidiada carroza. ¡Engaño miserable del orgullo! Esa turba macilenta y enhambrecida ve pasar á los poderosos con un sentimiento de odio profundo que los contrastes envenenan. Cada uno de esos pobres párias de la sociedad se dice con despecho sombrío: «Muchos de estos hombres tienen cien, doscientas, quinientas ó mas libras esterlinas de renta _por dia_, ó cuando ménos veinte,--miéntras que yo apénas puedo conseguir, cuando mejor me va, tres, cuatro ó seis peníques para mantenerme con inmundicias.... Lo que uno de esos señores gasta en uno solo de sus magníficos caballos sería bastante para asegurar la subsistencia de toda mi familia.... Los perros de ese lord son mas respetables y felices que yo; y la querida de ese banquero gasta en sus guantes cada semana mucho mas de lo que mi esposa, que es honrada, gana con sus fatigas de un año entero....»

¡Quién sabe cuántas maldiciones acompañan los suspiros del miserable indigente que así piensa, en tanto que el noble lord medita en el proyecto de una cacería ó en la seduccion de una jóven, ó el banquero egoista va calculando las ventajas de su juego de bolsa!