Viajes de un Colombiano en Europa, primera serie
Part 7
Despues de las tristes ceremonias religiosas y de distincion, el ataud fué arrojado á las ondas con una enorme bala de cañón que lo precipitó al abismo.... ¡Magnífica tumba para el hombre es el océano! Solo ese abismo, que recibe todo el tributo de la tierra, y sobre el cual se revela con mas esplendor la omnipotencia de Dios y la grandeza del hombre, es digno de recibir los despojos de la criatura inmortal cuyo espíritu jamas perece!
El 26 de febrero el mar empezó á agitarse con vehemencia, cambiando el aspecto uniforme de la escena. Enormes bancos de plantas marítimas, que parecían sábanas flotantes de diversos colores, venian del lado de Terranova, haciendo su larga peregrinacion hacia las regiones del sudeste, violentamente azotados por las olas. El mar parecia un monstruoso leon, sacudiendo su crespa melena, ó un gigantesco pez revolcándose sobre el abismo para hacer brillar al sol sus escamas como montes, ó mostrar sus hondas arrugas momentáneamente oscurecidas.
Después, el día 28, estuvimos en plena tempestad. El huracan zumbaba sacudiendo las chimeneas y todo el arbolaje; la lluvia oscurecía el cielo; las olas venían como derrumbes á bañar todo el puente de cubierta; y el enorme buque, soltando fatigado sus negras bocanadas de humo, saltaba entre las concavidades de las ondas como un toro enfurecido por los golpes que en todas direcciones recibe. Tres noches de peligros, noches solemnes y sombrías, tuvieron á todos los pasajeros en ansiedad, aunque al venir el dia los espíritus se tranquilizaban y el buen humor volvía. La noche multiplica siempre la gravedad de las impresiones, y es el sol con sus eternas alegrías el que hace palpitar el corazon de esperanza y placer.
El 7 de marzo todos los pasajeros saludámos con alegría, desde temprano, la faja oscura que indicaba la cercanía del cabo Lizard, en la costa de Inglaterra, que determina con la punta francesa de Brest la ancha embocadura occidental del canal de la Mancha. Por una singular casualidad, el canal estaba tranquilo como un lago, y sus aguas verdes y trasparentes reflejaban un cielo magnífico.
Centenares de bergantines y goletas, de botes carboneros y de barcas pescadoras se cruzaban en todos sentidos, ya mostrando el rico velámen, y el pabellon frances, inglés ú holandes, ya la roja y única vela del barco pescador ó puramente costanero, rápido como una gaviota que roza apénas la superficie de las ondas. Puertos pintorescos; bellísimas bahías en cuyo fondo se veian las poblaciones, entre otras Falmouth, Plymouth, Dartmouth y Sidmouth; multitud de fanales brillando á la luz de un sol que no parecia de invierno; colinas ondulantes, surcadas por el arado para recibir luego la simiente, ó campos cubiertos de una vegetacion amarillenta ó gris; depósitos lejanos de nieve detenidos sobre las rocas ó en los pliegues del terreno; y picos y peñascos románticos de formas admirables, destacándose sobre las olas en los pequeños golfos de la costa y formando semicírculos de trecho en trecho: todo eso, contrastando con la multitud de casas campestres levantadas sobre las colinas y los planos inclinados, entre arboledas disecadas y ennegrecidas por el invierno, que parecian esqueletos aéreos, tenia un encanto indefinible, preparando mi imaginación para el espectáculo enteramente nuevo de la civilización europea.
Recordaba las selvas y los desiertos de mi patria, donde la naturaleza reina sola en todo su esplendor; donde faltan el cultivo, el arte, la prevision y los monumentos que atestiguan un colosal progreso y la actividad de la vida industrial; y la comparación me afligia profundamente. Saludé con entusiasmo á este viejo mundo que se me ofrecía como un inmenso libro de estudio y observación; y cuando puse el pié sobre los muelles y diques de Southampton comprendí que una nueva existencia empezaba para mi corazon, ansioso de impresiones, y mi espíritu, anhelante de luz, de ciencia y de progreso.
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SEGUNDA PARTE.
ALGO DE INGLATERRA Y FRANCIA.
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CAPITULO I.
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SOUTHAMPTON.
La ciudad y su puerto.--Movimiento comercial.--Interior de la ciudad.--Primeras impresiones.--Un compañero mistificado.--El primer tren de ferrocarril.--De Southampton á Londres.
_Southampton_ es una ciudad interesante y pintoresca bajo todos aspectos y que tiene la bella cualidad de predisponer el espíritu del viajero en favor de Inglaterra, á la cual sirve de vanguardia comercial en el centro del canal de la Mancha. Un bonito rio de diminutas proporciones desemboca en el arrabal de la ciudad, confundiéndose con la angosta y hermosísima bahía que le sirve de asiento hácia el Sur, y que la primorosa isla de Wight interrumpe en la embocadura, formando dos canales marítimos entre las costas de Portsmouth y Lymington. La bahía, penetrando en la tierra vigorosamente, se ensancha en el, interior en una especie de círculo oblongo, y por todos lados la costa es el término de colinas notablemente bellas, pobladas de quintas, palacios, bosques artísticos de pinos y encinas, jardines espléndidos, sementeras de cereales y huertas de frutas y legumbres. Todo ese conjunto es tan pintoresco, que aún en medio de los rigores del invierno conserva su gracia y seduccion.
En el fondo de ese horizonte de primores artisticos y trabajos de cultivo refinado, de toda esa decoracion de palacios y casas campestres elegantes, dormían las ondas cristalinas y azules de la bahía, contrastando con la multitud de conos caprichosos, brillantes á la luz del sol, de espesa nieve aglomerada al pié de los árboles y los enrejados, los setos y los grupos artísticos de invernáculos y alamedas enanas. Y en el centro de ese interesante anfiteatro de ondas azules, rocas, colinas, palacios y pequeños pinales, se destacaban las chimeneas y los mástiles de multitud de grandes y pequeños vapores, gigantescos navíos, bergantines y barcas, y se cruzaban caracoleando, impulsadas por el remo, centenares de lanchas ó faluchos pintados de colores, como mariposas volando sobre la tersa superficie de un lago.
Southampton es el centro y punto de partida de muchas grandes líneas de paquebotes que giran entre Inglaterra y las Antillas, Francia, el Norte de Europa, España, Portugal, todo el Mediterráneo, el Brasil, el Africa y la India. Esta circunstancia es la que ha contribuido mas poderosamente á darle mucha importancia comercial á Soulhampton y crear allí un movimiento poderoso en la telegrafía, los ferrocarriles, las comisiones de cambio, las industrias marítimas, las construcciones navales, los correos y las grandes importaciones de metales preciosos, tintes finos y otros artículos de produccion trasatlántica.
La bahía carece en el puerto de esas famosas construcciones de mampostería que se llaman _docks_ ó diques (tan útiles y necesarias en Lóndres, Liverpool y otros puertos comerciales), obras que allí son reemplazadas con muelles de mampostería y de madera, de grandes proporciones, avanzados á una distancia considerable. Así, á pesar del excelente fondeadero del puerto, la accion de la marea es siempre indispensable para la entrada de los grandes vapores y los buques de vela.
La aduana de Southampton tiene un movimiento extraordinario, y á pesar do la rigidez con que se hacen los registros y se cobran los derechos pude observar dos cosas muy notables: 1ª que en Inglaterra el viajero es tratado con decencia y respeto por los empleados fiscales, pues allí no hay esas inquisiciones sobre la persona, que insultan 1ª delicadeza del hombre de honor y el recato de una señora; 2ª que el viajero que quiere evitarse prolijos registros en su equipaje, no necesita mas que decir franca y lealmente lo que lleva en sus baules, en cuyo caso el registro se limita á los objetos denunciados por el propietario. En Inglaterra se tiene un gran respeto por la palabra del hombre, y la sinceridad es siempre el camino mejor. Una señora es muy considerada por los funcionarios públicos. Por lo demas, si alguna dificultad se presenta, los chelines lo arreglan todo en último resultado, pues en este punto Inglaterra se parece á todo el mundo. Lo que allá es cuestión de pesos, de reis ó dollars, por acá es asunto de chelines, francos, thalers ó florines: los nombres varían, pero el dinero tiene en todas partes la misma elocuencia para todos los pueblos.
Después de salir de los vastos salones de la Aduana, el viajero se ve asaltado por los cocheros y carreteros, especie de mendigos sobre cuatro ruedas, que se disputan los chelines del _gentleman_ novicio. Cuando la gavilla da el asalto lo mas prudente es no escoger el victimario, sino entregarse á discreción del primero que llega, so pena de ser estrangulado con equipaje y todo. La primera parte de la ciudad pertenece propiamente al puerto, la aduana, la estación del ferrocarril y del telégrafo y todo lo relativo al servicio de comunicaciones. Allí es donde tiene el marino su soberanía, campea gallardamente el remero, atruena el carretero, y se pavonea, trasformado, el _steward_ (sirviente de paquebote) que pocas horas antes servia al pasajero la hirviente taza de _punch_.
El cuadro de costumbres es animado y vigoroso, porque todas las gentes que se cruzan por las cercanías de la aduana son los obreros del sol y del agua, endurecidos por las fatigas de un trabajo penoso. Ya tropieza el viajero con el marino de pequeña estatura, rollizo y mofletudo, con su chaqueta de paño negro, abierta, el ancho cuello de la camisa de franela, el sombrerito redondo y charolado, puesto al desgaire sobre una oreja, la corbata negra y flotante y los monumentales botines llenos de clavos, sonando como herraduras de caballos. Ya pasa el carretero como un derrumbe, atrepellando á todo el mundo, enorme, tosco, insolente y oliendo á cerveza como un tonel, trasportando castillos ambulantes de equipajes y trastos, con una fuerza y agilidad que parecen prestadas al caballo normando y á la locomotiva. Ora nos codea el _steward_, sonriéndonos con malicia porque nos muestra suspendida del brazo la _Calipso_ a quien ha consignado todos los chelines escamotados en la navegacion, y porque en vez de la humilde servilleta, esa blanca y prosáica librea del comedor flotante, ostenta una levita azul de botones amarillos ó blancos, la cachucha del doméstico marino y el estrecho corbatín del _dandy_. En fin, el guarda de la aduana, con sus aires de persona importante ó cancerbero del puerto, arroja sobre el recien venido una mirada escrutadora ó de proteccion, como para hacer comprender que tiene en sus manos las llaves de las puertas.
La segunda parte de la ciudad, separada del puerto, aparece luego pintoresca, alegre y agradable por la elegancia de sus casas, fondas y palacios, la hermosura de sus alamedas, el aseo exquisito de sus anchas calles macadamizadas, la gracia de sus jardines, el humo de sus altas chimeneas, sus azoteas de techos cubiertos de nieve, sus ricos é innumerables almacenes, las románticas torres de estilo gótico de sus templos, y el movimiento incesante de paseantes, de vendedoras de fruslerías, de hermosas damas y _loretas,_ de coches, de carretas, de barateros, de muchachos gritando, y de cuanto puede hacer la animacion de una ciudad comercial.
Southampton es una ciudad renovada, y de esto dependen en mucha parte sus bellezas materiales y el carácter de su poblacion. Esta es de cuarenta á cincuenta mil habitantes, que el movimiento exterior aumenta accidentalmente mas ó menos. La ciudad tiene un teatro, que regularmente está cerrado;--y carece de periodismo, pues solo cuenta una hoja hebdomadaria. Su verdadero periodismo está en Lóndres, á causa del movimiento activo de la telegrafía y los ferrocarriles; y por lo que hace á teatro los Ingleses no le tienen mucha aficion. El Francés ama el teatro, el café y el periódico;--el Inglés las carreras de caballos, la Bolsa y el almacen. Y en una ciudad tan esencialmente comercial como Southampton, donde se cruzan dia por día millares y millares de viajeros sucediéndose con rapidez, los espectáculos carecen naturalmente de importancia. Allí el silbido incesante de la locomotiva, al partir ó al llegar, en la amplia estacion que centraliza muchos ferrocarriles en actividad prodigiosa; los numerosos partes telegráficos haciendo vibrar los alambres eléctricos á todas horas; las especulaciones consiguientes á los negocios trasatlánticos, y el movimiento aturdidor de grandes carretas de mercancías cruzándose en todas direcciones, le hacen comprender al viajero que en Inglaterra no hay casi tiempo para vivir, ni mucho menos para divertirse.
En este país del comercio, de la especulación, de la vida práctica, de los espíritus serios, reflexivos, glacialmente calculadoras, el tiempo es el capital mas valioso, y para sacarle interes ó hacerlo producir todo el mundo anda como en ferrocarril, no obstante la frialdad de los caractéres. Cada palabra sale medida, tasada por los labios, por economía; cada hombre es una locomotiva, un tren expreso; cada accion es un cálculo; el ser humano es el número hecho carne y hueso,--la aritmética pensando ú obrando. En Inglaterra se vive tan apriesa, que la nación entera es un circo de corridas de caballos ó un inmenso _railway_.
Allí no hay tiempo para sentir el corazon, porque el bolsillo es todo. Ser Inglés negociante no es una _manera de ser moral_; es apenas una operacion de aritmética, formulada por una cabeza, un par de brazos, otro de piernas, etc.
Southampton es una bella ciudad. Carece de monumentos, porque es casi nueva, pero tiene varias iglesias de estilo gótico normando algo curiosas. Su verdadera edilidad se reduce á puentes secos muy sólidos, muchas líneas de ferrocarriles, grandes y espléndidas fondas, hermosísimas quintas en los alrededores, algunos edificios públicos muy bien mantenidos, y un sistema generalmente elegante en las construcciones de las casas.
Las calles son en lo general muy espaciosas, muchas de ellas cortadas en ángulos rectos, y casi todas con el suelo macadamizado. No faltan bellos paseos, grandes plazas muy bien mantenidas y abundantes mercados.
El barrio opulento, donde tiene sus grandes y lujosos almacenes el comercio, es el del lado occidental, comprendiendo principalmente las calles magníficas de _High_ y _Oxford_, en cuyas innumerables tiendas se encuentra reunido cuanto la civilizacion de Europa y el comercio del mundo pueden producir.
En el centro están los talleres ó fábricas y las habitaciones de la clase media; al sur, cerca de la grande estacion del ferrocarril y el telégrafo, y de la aduana, se encuentran los famosos _hoteles_ para los viajeros; y en el barrio oriental viven los obreros, se cruzan las vivanderas y hormiguean los campesinos, terminando la ciudad hácia el norte y el éste por una serie de quintas, huertas de hortalizas y jardines que tienen el aspecto mas pintoresco aún en los dias helados de invierno rigoroso.
Recorriendo rápidamente los barrios de la ciudad pude penetrar en varias iglesias y recorrer sus cementerios adyacentes. Al entrar en un templo anglicano, vacío, oscuro, sin adornos de ninguna clase, sin imágenes ni ficciones, se siente (la primera vez) una vivísima impresion. Allí toda poesía falta: aquel no es el reino de los sentidos, sino el de la razon. Se comprende que el templo del protestante no es lugar de fiesta mundanal ó de espectáculo, sino de recogimiento solemne; que Dios no es allí el actor de formas humanas impíamente rebajado á figurar en un teatro lleno de colores, colgaduras y cuadros de pintura, sino un poder invisible y supremo, adorado con infinito respeto, y tan grande, tan inefablemente bello, que no puede ser representado, porque no hay en el mundo nada que se le parezca, excepto el alma del hombre, partícula misteriosa de un poder inescrutable.
Jamas he creído en eso que se llama sofísticamente _el destino de las razas_; sino que, para mí, son las instituciones, no la sangre (ni los climas en tanto grado) las que forman el carácter moral de los pueblos. Pude confirmar esta opinion al visitar, por la primera vez de mi vida, en Southampton, una iglesia protestante. Ningun pueblo fué mas feroz hasta la edad media, que el de Inglaterra; ninguno mas turbulento y antipático para la civilizacion. Y sinembargo, hoy es frio, reflexivo, civil, pacífico, humano, moral y eminentemente progresista. ¿Quién ha operado este prodigio?--El protantestismo y las libertades públicas aseguradas en las dos revoluciones del siglo XVII.--Si ellas le han dado al pueblo la vida civil y la moralidad con la conciencia del derecho, el protestantismo ha fundado en Inglaterra el reinado de la razon, del libre exámen, de la veneracion profunda, sin los atavíos de la supersticion y de la idolatría moderna.
No hay en Inglaterra objeto tan respetable como las tumbas; un cementerio es allí positivamente el templo de la muerte, que goza de absoluta inviolabilidad. El extranjero quo ignora esto, se admira mucho, al recorrer á Southampton ú otra ciudad inglesa, de ver los cementerios al lado de las iglesias, separados de la calle solo por una verja con entradas libres, y ostentando sus sencillos y severos monumentos entre yedras y pequeños cipreses, sin que esto desagrade en manera alguna. Muchos de esos monumentos, con inscripciones ordinariamente en latin (esa lengua de los muertos,--hombres, siglos ó imperios) se reducen á piedras talladas, colocadas de pié como linderos. No dudo que este sistema de panteones al aire libre, dentro de las ciudades, sea pernicioso para la salud; y en Inglaterra se trabaja ya por suprimirlos. Pero hay para mí no sé qué de filosófico, de solemnemente epigramático en esa union de la vida y la muerte. La multitud, al desfilar por la calle delante de un panteon, comprende cada dia que la tumba es el fin de las miserables pasiones de una vida que la virtud no engrandece, y fortifica su conciencia para la peregrinacion mundanal con el pensamiento de ese _algo_ misterioso que se adivina detras de la losa.
Pasemos de la muerte á la vida. Inglaterra es el país de las mujeres hermosas, admirablemente hermosas, pero no bellas,--es decir, estatuas de nácar primorosamente modeladas, con cabellos de oro, crespos y abundantes, ojos azules ó castaños, morbidez de formas, piel rosada y purísima, brazos encantadores, y todo un conjunto de Venus _corporal_, salvo eso si los piés, que pertenecen al género fosil ó antediluviano, porque son mastodónticos. Pero esas mujeres de tan completa hermosura, carecen, en general, de esa vida en la mirada, ese fuego en la sonrisa, esa poética expresión reveladora del alma y del sentimiento, que constituyen la _belleza_. No hay que confundir jamas la bonita, la graciosa, la linda, la hermosa y la bella en una vulgar y común denominación, porque cada una de ellas es un tipo especial que corresponde á condiciones diferentes.
Pero si Inglaterra es el país de las hermosas, y Lóndres encierra centenares de miles de esas hadas engañosas (verdaderos sofismas, puesto que lo moral no corresponde con la seducción física),--las ciudades como Southampton y Liverpool son los puestos avanzados de ese admirable ejército de caras admirables. Como allí se reúnen tantos extranjeros, ricos americanos, gallardos españoles y elegantes franceses, pasando del uno al otro mundo, el diablo (por sí ó por no le echaré la culpa)--el diablo que no se duerme y es muy previsor y hospitalario, ha tenido el talento de inspirar á muchas de sus mas hermosas parroquianas un loco entusiasmo por las brisas marítimas de Southampton. Infeliz del extranjero que no tenga fuerza para resistir á la seduccion de esas sirenas peligrosas, y crea en los tesoros del amor de puerto de mar!
Conozco la historia auténtica de un excelente Hispano-colombiano, solteron sencillo, que acostumbrado a ver las caras aceitunadas de su parroquia de indígenas, se vino á _desaburrirse_ en Europa. Al llegar nomas á Southampton, el buen descendiente de Colombia, que nunca las había tenido tan gordas, se encontró lelo. Empezó por enamorarse de todas las hembras que veia, porque todas le parecían señoritas de rango, supuesto que usaban gorras de terciopelo, trajes de seda y elegante calzado, atavíos que en Hispano-Colombia corresponden solo á las damas de buena sociedad. Pero luego luego fué reparando que sus _señoritas_ vendían frutas ó baratijas, ó llevaban distintivos de domesticidad, y perdió sus primeras ilusiones, en asocio de unas cuantas manotadas de libras esterlinas representantes de las viejas onzas desempaquetadas.
Con todo, la fascinacion seguía, y nuestro solteron parecia confinado á Southampton, mirando en derredor cómo aturdido y con los ojos claros y sin vista. Un dia _vió_ pasar una hermosa sirena en un lujoso coche, y luego descender sobre el enlosado de la calle. Se cruzaron, y la Inglesa que adivinó bajo el _paltó_ del Colombiano la existencia de una mina de oro, le arrojó una de esas miradas que tumban de redondo como las bolas del gaucho de Buenos-Aires, y le magnetizó. Lo demás siguió como todas las historias de amor. Ello es que á vuelta dé dos meses nuestro solterón del Nuevo Mundo se apercibió, en un momento lúcido, de que apenas le quedaban unas 150 libras por todo fondo, sin relaciones ningunas que le sacasen del apuro. Preciso le fué resignarse. Hizo su paquete, se le huyó á la sirena y se embarcó para Colombia, con el placer de haber conocido a Europa.... Él tenia la persuacion de que después de Southampton el mundo se acababa de este lado del Atlántico. Bienaventurado!
En Southampton fuí testigo de un episodio graciosísimo, cuyo resúmen daré apénas. En el hotel en que permanecí en esa ciudad con mi familia, durante cuatro días, había una señorita sumamente linda, llamada Fanny, y estaba hospedado un joven compañero mío de navegacion. La ley de la atraccion produjo sus efectos y mi compañero (le llamaré H) se enamoró perdidamente de Miss Fanny. Esta no fué insensible, y concedió algunas coqueterías inocentes, propias de los diez y seis años. H no pensó mas en seguir á Lóndres ó París, y cada momento hacia ingeniosas evoluciones para lograr instantes de conversacion a solas con la _chica_, como él, á fuer de Español, la llamaba, un dia entraba yo á la casa, ví á Miss Fanny en un balcon y me detuve á saludarla y habrarle algunos momentos en muy macarrónico inglés. Subí, y al pasar por un corredor dí con H, que salia de una sala común frotándose las manos y muy alegre.
--¿Qué tenemos? le dije.
--Que la chica Fanny acaba de darme el beso mas suculento del mundo!
--Diantre! le repuse, si yo acabo de verla en el balcon....
--Es imposible, porque yo salgo de hablar solo con ella en el salon opuesto.
No quise adelantar la discusion por prudencia, pero quedé persuadido de que la afirmacion de H no era mas que una _chapetonada_, mentira de amante jactancioso. Al siguiente dia un lance muy cómico nos aclaró el misterio. Miss Fanny tenia una hermana gemela, tan perfectamente igual en todo, que ni mi esposa con la penetración de una mujer había podido distinguirlas. Como el joven Español no sabia una jota (ó una _h_) de inglés, su lenguaje había sido el de las sonrisas y señas, las flores y regalos de fruslerías elegantes, etc., etc., y había podido sostener, sin saberlo él y sin que lo comprendieran Fanny y Caroline, un sistema do amorcejos por partida doble; no sin admirarse algunas veces de la rapidez con que Fanny entraba por una puerta y salía poco después por la contraría, fenómeno de bilocuidad que se comprendía al saber que había en la casa dos Fannys ó una Fanny por duplicado.
Debo hacerle á mi Español la justicia de advertir que al punto de comprender el juego en que una rara casualidad le habla mantenido, se fué á tomar su billete para el tren de Lóndres, resuelto á evitar unos amores por _duplicata_ que podian tener mal fin despues de un principio tan risible. Aconsejo á los lectores muy respetuosamente que eviten en todo caso los amores de fonda, tan peligrosos como las amistades de corrillo,