Viajes de un Colombiano en Europa, primera serie

Part 5

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El barrio de _Jimaní_, compuesto de casas de paja, hermosas quintas y reductos, y que se extiende hacia el pié de la Popa, es mas pintoresco y alegre, pero ménos interesante por su estructura material. La ciudad tiene excelentes edificios públicos, y por una singular contradiccion, miéntras que todas las calles son sumamente estrechas y oscuras, las casas son como palacios, casi todas altas, alegres en su interior y con salones espaciosos y cómodos. Como la poblacion es muy inferior á la localidad, muchísimas casas están desiertas, y el abandono las ha convertido en tristísimos escombros, ¡Y qué contraste el que se nota en las mujeres de Cartagena!... Las señoritas son en general muy bellas, espirituales, expansivas y alegres, y reunen á la elegancia ó la gentileza de las formas una gracia en el decir, en la mirada y la sonrisa, verdaderamente encantadora. Al contrario, las pobres mujeres de la clase proletaria (quizas deteriorada la raza por la miseria y la inaccion), son de una fealdad dolorosa:--flacas, largas, sombrías, pálidas como espectros, lúgubres como las sombras errantes en medio de las tumbas.... ¿Cómo explicar esa contradiccion ó ese contraste? Yo podría determinar las causas, pero me contentaré con hacer una reflexion. Cartagena es una gran ruina, es una tumba inmensa, y entre las ruinas y las tumbas se encuentran siempre, lo mismo el hermoso lirio lleno de perfume y misterio, y el blanco alelí de las murallas, que el lagarto feo y descarnado vagando por entre los pedriscos y los escombros donde vegeta la hiedra....

Por lo demás, la población de Cartagena tiene las mas excelentes cualidades sociales: hospitalaria en alto grado, franca, generosa, jovial y siempre animada de un profundo sentimiento de patriotismo, que parece mantenido por el recuerdo mismo de las glorias de Cartagena. La política agita mucho á los vecinos; pero pasada la lucha transitoria, todos vuelven á una fraternidad que se revela en el trato social, en el sentimiento de caridad y en el espíritu de independencia política y de intimidad personal que los anima á todos.

Cartagena tiene muchos elementos de prosperidad, y puede ser grande por la agricultura interior y por el comercio de importacion y exportacion. Pero para prepararse un porvenir digno de su posición, necesita abrir paso á los vapores entre su puerto y el rio Magdalena, restableciendo su canal casi obstruido, ó bien fundar la comunicación terrestre por medio de un ferrocarril ó una buena via carretera. El mundo colombiano, en todas sus regiones, tiene cuanta riqueza puede imaginarse: la naturaleza le ha dado la promesa del mas venturoso porvenir, en la opulencia de su territorio, y en la bravura heroica de sus hijos. Lo que ese hermoso mundo necesita es contacto con las demás sociedades, con todas las razas, con la civilización exterior en todo su desarrollo. Así puede decirse que la obra compleja de civilizar á Colombia está resumida en esta frase; comunicarla con el mundo, lanzarla en el movimiento universal.

Bajo la impresion de esta idea, sentia que mi existencia iba á trasformarse al dejar el suelo de la patria, confiarme a la providencia del vapor, cruzar el inmenso piélago y descender sobre las costas de Europa, en busca de la luz, el movimiento, la vida intelectual y moral, los tesoros del arte, las maravillas de la industria y todo lo que constituye este caudal de las tradiciones y los triunfos de la humanidad que se llama la _civilizacion europea_. ¡Quién me dijera entónces que al tocar la realidad y estudiarla atentamente, muchas de mis ilusiones se disiparían; que este viejo mundo me habría de parecer muy inferior á lo que los libros me lo habian hecho soñar; y que al comparar á la pobre y atrasada pero hermosa Colombia española con la opulenta y refinada Europa, mi espíritu, mejor esclarecido, acabaría por estimar infinítamente mas al pueblo del Nuevo Mundo, á quien, á pesar de los defectos heredados, la democracia ha ennoblecido y adelantado, relativamente al tiempo, mucho mas que las instituciones aristocráticas á las sociedades europeas.

El 12 de febrero dejaba yo el puerto de Cartagena para tomar el vapor inglés _Thames_, en viaje para San-Thomas. Por primera vez sentia toda la solemnidad de ese acto de suprema confianza en la Providencia que presenta al hombre lanzado sobre un barco a la inmensidad del océano.... En el continente quedaba todo mi pasado, todo ese conjunto de tesoros que se llama la _Patria_; y en la onda agitada del abismo se levantaba la sombra vaga del porvenir. Al dar el último adiós á Nueva Granada, cuyo heroísmo representaba Cartagena, llevaba en mi corazon un sentimiento de profunda gratitud y fraternidad hácia esa noble ciudad, y la esperanza se asociaba en mi espíritu á la muda contemplacion de un mar cuya grandeza me daba la idea de Dios, de lo Infinito, de la Eternidad....

* * * * *

¡Qué espectáculo tan solemne es el del océano! Delante de esa grandeza, de ese abismo que guarda en su seno la base de los continentes, de esa majestad suprema de la naturaleza, es preciso tener fe, levantarse hasta Dios, vivir con el pensamiento en la eternidad, llenarse de la idea de lo infinito, creer en la eterna armonía de la Creacion, admitir la noción sublime del progreso indefinido, admirar la supremacía del hombre sobre los elementos! Allí, en medio de ese piélago que se mueve sombrío é incansable, sobre ese lomo de cristal líquido que nos lleva de continente en continente, es preciso sentir profundamente, admirar, adorar en silencio, vivir de una divina inspiración, ser poeta, cantar, y sentir en el corazon un no sé qué de heróico, de grande, segun la inminencia aparente del peligro!

A fuerza de leer y meditar algo, habia llegado á formarme, allá en el corazon de los Andes, la idea del océano; lo habia soñado con toda su soledad asombrosa, su misterio, sus efectos de luz maravillosos, sus ondas agitadas y terribles, sus calmas amenazadoras, sus trombas y tempestades, sus vagos suspiros, sus mugidos ruidosos, sus mil fenómenos de óptica, de vegetacion oculta ó viajera, de poblacion increiblemente variada entre los pliegues de sus ondas.... Y sinembargo de mis fantasías, que eran de una exactitud completa, me sentí sorprendido, sobrecogido de admiracion, lleno de miedo y de valor alternativamente, y como en un mundo distinto del de la Creacion, cuando, ya lejos de las playas rocallosas y desiertas de Cartagena, reconocí que la tierra quedaba en lo pasado, como una sombra, y que desde aquel momento mi vida y la de mis amores pertenecian á la ciencia y las borrascas disputándose el imperio de la inmensidad!

Eran las cuatro de la tarde, y el vapor _Thames_, bufando como un dragon amenazado por los monstruos del abismo, surcaba las ondas con dificultad. El mar estaba agitado, y en vez de la superficie verde y cristalina de la bahía de Cartagena, no se veia al derredor sino una serie de colinas de agua negra y sin brillo, perdiéndose en el horizonte en una prolongada y fuerte ondulacion. Allí sentí una cosa que por un momento me pareció miedo. Miraba el remolino inmenso, me estremecia y me parecia que algun impulso secreto me empujaba sobre el borde del navio para precipitarme entre las espumas de la estela. ¡Era el vértigo del alma en su admiracion por lo infinito y por la fuerza suprema! Después me convencí de que no era miedo lo que me dominaba. Al contrario, mi confianza era absoluta, y la idea de la muerte no llegó á conmover mi espíritu sino bajo su aspecto heróico.

Cartagena iba á desaparecer. La costa de Colombia no era ya sino una faja oscura, vaga, fantástica, y las altas torres de la vieja y heróica matrona de la independencia colombiana se destacaban apénas en el horizonte, como puntos blanquecinos ó pequeñas nubes evaporándose de momento en momento. Al fin todo perdió su forma y su color; la altura de las ondas, abultada por la óptica, cubrió la lista lejana; la perspectiva se acabó, y en vez de la tierra no ví sino la faz movible y escarpada del océano.

En aquel momento mi corazon se apretó dolorosamente; un suspiro profundo me arrancó de mi contemplacion detras de los timoneros del vapor, y sentí que una lágrima ardiente me quemaba la cara.... Esa era mi despedida, mi silenciosa invocacion á la patria. Alcé los ojos al cielo, y ví que el pabellon británico flotaba sobre mi cabeza. Desde ese momento yo era _extranjero_ en todas partes, extranjero aún en la soledad del océano, porque un leño impulsado por el vapor tiene _nacionalidad_, y los pueblos no han comprendido aún que la Creacion es de todos, que Dios ha hecho de la humanidad una sola familia!

Entónces mi pensamiento comenzó otro giro. La ancha y reluciente estela del vapor me hizo meditar en la historia de la ciencia y del heroismo, y evoqué con recogimiento y veneracion la memoria de Vasco de Gama, de Colon, de Balboa, de Magallanes, de Cortés, de Pizarro, de Lapérouse y de Cook, cuya fe y abnegacion han hecho avanzar el mundo en la carrera perdurable de la civilizacion! Y luego ¡qué de luchas, de sacrificios, de siglos de labor, pasando la obra del progreso de generacion en generacion, como la herencia de la humanidad entera!

¡Cuánto no ha sido necesario para que el hombre fundase su imperio sobre la Creacion, encadenando los elementos bajo su planta soberana y guiando su quilla triunfadora bajo la inspiración de la ciencia! Los Fenicios, los Cartagineses, los Griegos y los Italianos, los Portugueses y Españoles, los Ingleses y Holandeses, ¡cuánto no han tenido que hacer para que Fulton y sus predecesores y sucesores le revelasen al mundo las maravillas del vapor!

¿Qué es el hombre? Débil por su fuerza física; pequeño como un humilde átomo en presencia de las montañas y los mares; nulo delante de la incomensurable majestad del cielo y de los mundos que lo pueblan; nacido con la herencia del dolor; perecedero en su forma como todo lo que existe en el mundo físico,--el hombre ha recibido sinembargo una potencia que no tienen las montañas, el océano, las tempestades ni los astros: el ESPíRITU. Y esa sola potencia, que es el soplo de Dios, que es la fuerza suprema, que es mas que la luz y que la vida, porque es la esencia creadora, inmortal y divina, le ha bastado para descomponer y analizar y someter la luz, guiar la electricidad, esclavizar los vientos, poner á su servicio el fuego y la explosión, domar los furores del océano, escudriñar los secretos del cielo y de la tierra, producir la fuerza hasta lo infinito y suprimirla á su antojo!

¡El hombre es, pues, creador; el hombre es soberano, es superior á la naturaleza! Por qué? porque es espíritu, porque la ciencia es su rayo, el pensamiento su palanca titánica, la palabra su irresistible instrumento de conquista! Sí; el hombre es soberano porque no es esclavo de la materia, porque es inmortal como especie y pensamiento, porque su destino es el progreso indefinido, sin mas principio que Dios y sin otro fin que Dios!

Oh! el hombre es muy grande; y yo no querría otra cosa para convencer á los que niegan la ley del progreso, á los que dudan de la supremacía del hombre, á los que no tienen fe ni en Dios ni en el espíritu de la humanidad,--no querría mas que hacerles dejar sus curules empolvadas, sus cátedras carcomidas por el tiempo, y traerles a la mitad del océano, donde este ser diminuto y débil como materia, este pigmeo armado de los rayos de Dios, que se llama el Hombre, se pasea tranquilo por en medio de un abismo agitado y terrible; fuerte por la posesión de una brújula, un cronómetro, un anteojo, y los resortes y las válvulas de una maquina de hierro que hace volar un barco sobre las ondas con la impunidad de la gaviota.

La noche había tendido sus sombras sobre el inmenso piélago, y yo meditaba todavía, sentado cerca del timón del _Thames_. De repente un sudor frió me inundó la frente, haciéndome temblar. Quise levantarme, y sentí que la fuerza me faltaba, que la sangre se helaba en mis venas y arterias, que un horrible zumbido me hacia perder la vista, el oido y la conciencia de mi ser; en fin, que un vértigo se apoderaba de toda mi organización. Era el _mareo_, ese cólera de los mares que no perdona á ningún viajero y vence aún á los mas vigorosos temperamentos!

«¡Y qué! me dije entonces: el hombre es soberano de este abismo, y sinembargo el solo movimiento, el olor y la vista de este monstruo líquido son bastantes á vencer y aniquilar completamente al soberano? ¿Es que acaso esta corteza de carne que envuelve al espíritu puede hacer pesar su debilidad miserable sobre el ser moral, hasta el punto de quitarle el pensamiento, la memoria, la voluntad y toda la energía de los instintos generosos? ¿El hombre es, pues, muy pequeño?» me pregunté desfalleciente. No! me decía el alma. Sí! me decia la carne!

Entonces me acordé de Rodin, aquel terrible personaje del _Judío Errante_, que luchando con el cólera, casi en las agonías de la muerte, y sin mas poder que el de la voluntad, exclamaba: «Quiero vivir, y viviré porque lo quiero!» Yo habia hecho desde antes de embarcarme el propósito de resistir á todo trance al mareo, contando con el vigor de mi organización física: Pero al ver que esta sucumbía,--me dije con resolución: «No! no! quiero que mi alma domine con su fuerza la debilidad de mi cuerpo!»

Entónces me puse á bañarme la cara con agitación casi febril, y á chupar naranjas dulces con desesperación. Me puse de pié, me agarré de las vergas laterales, de las barandas, y marché. La vista se me anublaba; caminaba á tientas en medio de los marineros, y hacia esfuerzos supremos de voluntad ... Lo que pasó por mis músculos y nervios, por mis arterias y mi cerebro, es indescriptible; fué una lucha interior tremenda, abrumadora, que me dejó casi exánime. Pero quince minutos después me paseaba libre y sereno sobre la cubierta de popa, fumando y riendo, y luego, en asocio de un amigo y compatriota, hacia saltar el corcho de una botella de champaña para beber por la patria, diciéndome interiormente: «El hombre es el rey de la tierra, porque su fuerza es el espíritu y su cetro la voluntad.»

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CAPITULO IV.

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EL OCÉANO.

La poblacion del vapor _Thames_.--La bahia y la ciudad de San-Thomas. --Una noche poética.--El vapor _Paraná_.--Grupos sociales.--Escenas á bordo.--Una ceremonia fúnebre.--Temporales.--Las costas de Inglaterra.

El 13 de febrero estaba yo desde muy temprano sobre el puente del paquebote. El calor de los camarotes era insoportable aún durante la noche, y yo queria no solo gozar de la brisa fresca de la mañana, sino asistir á ese espectáculo sublime de la salida del sol. ¡Qué magnificencia de escena! qué de tesoros de luz y de hermosura desconocidos hasta entonces por mí! El sol, como una inmensa urna de fuego, salia de entre las ondas, envuelto en una auréola de colores resplandecientes é inasibles á la vista, confundiéndose al mismo tiempo en el cielo y en el océano, de manera que las dos faces del horizonte, la de arriba y la de abajo, formaban una sola. Y el mar, que bajo la sombra del vapor era oscuro como la noche, del lado del oriente brillaba como un inmenso espejo, agitando sus escamas en un vaiven interminable que multiplicaba los efectos de luz en las cimas de las olas, y las medias tintas y las sombras fugitivas en los intersticios momentáneos abiertos al quebrarse las grandes moles cristalinas y espumantes.

El contraste de aquellas maravillosas hermosuras del elemento iluminado y agitado, con la soledad de aquel desierto movedizo, era imponente. ¡Qué suprema tristeza en el fondo de tanta vida de la naturaleza! El sol, la brisa, las ondas y el cielo azul y trasparente reflejaban la vida, mientras que la muerte y la desolacion se revelaban en esa inmutabilidad, en ese silencio, en ese vaiven incansable de un abismo colmado por las aguas del globo entero! El hombre es como el océano: todo aquí se sostiene por el equilibrio entre la vida y la muerte.

Despues de contemplar y admirar era preciso observar la composicion de ese pedazo de la civilizacion que se llama un Vapor. El _Thames_ era uno de los paquebotes mas antiguos de la compañía Británica, y servia perfectamente de punto de comparacion para juzgar de los progresos que en los últimos quince años ha hecho la navegacion á vapor. En lo general la estructura de los vapores ingleses destinados á navegar entre «Sud-América» y Europa, es pesada, pero de mucha solidez, y si hemos de prescindir de algunas raras excepciones, podemos con justicia establecer un parangon entre los vapores _americanos_ y los ingleses. Si en punto á solidez, seguridad y perfeccion en el servicio de maniobra son muy superiores los ingleses, los paquebotes americanos tienen la ventaja en la rapidez, la comodidad y aún la baratura. El vapor americano es al inglés lo que el hotel de lujo al café ó restaurador. El viajero se siente mucho mejor bajo la bandera estrellada que bajo el leopardo.

Generalmente los capitanes de los paquebotes ingleses son muy poco galantes, y muchos de sus oficiales son ordinarios en su educacion y sus modales. Unos y otros son muy intolerantes en punto á la hipocresía religiosa de los Ingleses sobre los domingos, y se nota que todos los marinos, desde el primero hasta el último, tienen muchas supersticiones, talvez incompatibles con el hábito del peligro.

En compensacion se ve en todos ellos que la moralidad es sólida, excepto en algunos contadores _(Pursers)_, que son peores que judíos, y en los cantineros, que explotan á su sabor al pasajero. Algunos _Pursers_ son tan...usureros, por no usar de otra palabra, que cobran descuento hasta por las libras esterlinas. Muchos pasajeros son escamotados en el valor de la moneda, perdiendo el 5, el 8 y hasta el 10 por ciento del valor legítimo de sus doblones, porque la necesidad los obliga á aceptar la tarifa caprichosa con que se especula á bordo. Probablemente los escamotadores llaman eso hacer sus economías.

Los camarotes de los vapores ingleses carecen de comodidad, y el servicio de los domésticos es difícil y desagradable. Los pasajeros que, por su desgracia, no saben explicarse en buen inglés, tienen que hacerlo con libras esterlinas y chelines, en cuyo caso son perfectamente comprendidos. Un Inglés tiene tanta fatuidad de raza, que jamas responde, aunque conozca una lengua extraña, si no le hablan en la suya, ó si no le muestran la bolsa que es lo mismo. Los vinos, cuya venta es una brillante especulacion del capitan, son casi todos detestables, sobre todo los franceses y españoles, y el buen bebedor tiene que contentarse con el abominable brandy, la cerveza comun ó la insípida limonada gaseosa, excelente para el mareo pero nociva para los nervios. Por lo que hace á los alimentos, su invariabilidad cotidiana y su sabor son insoportables. El cocinero inglés, que en materia de papas cocidas, _roast-beef_ y _pudding_ no tiene rival (y por cierto que el mérito no es muy envidiable), es en lo demás inferior á todos los cocineros posibles de uno y otro hemisferio. Es que el Inglés sabe beber, pero no comer, y tiene el gusto en el estómago, especie de tonel, mas bien que en el paladar.

A bordo del _Thames_ se habia reunido una sociedad de las mas heterogéneas. En primer lugar debo citar á nuestro Irlandes del vapor _Bogotá_, que habia bailado tan alegremente el _currulao_ con las negras lustrosas de la aldea de Regidor, á orillas del rio Magdalena. El buen viejo parecia muy contrariado por falta de confianza, y se habia vuelto taciturno. Así, la sola ocupacion del gigante de la verde _Erin_, hasta San-Thomas, se redujo á destapar botellas y devolverlas vacías, fumar, silbar con melancolía y cantar á hurtadillas algunas canciones de su tierra, un tanto cuanto coloradas para ser de país católico romano. En honor de la Irlanda debo declarar que el digno compatriota de O'Connell no bebia solo, sino que, desesperado de tener que resignarse á una sola botella cada vez que el apetito le picaba de recio (y los entreactos no eran largos), convidaba siempre á algún pasajero para que le ayudase á despachar dos ó tres botellas en vez de una.

Una modista de California, que se llamaba propietaria, y se mudaba tres veces por dia, descollando por sus encajes, sus enormes dientes y sus amabilísimas muecas, se había empeñado en conquistar al Irlandes á todo trance; pero el buen viejo, que parecia entender mejor el verbo _to drink_, hecho para el paladar, que el _to love_, destinado á las honduras del corazon, le frunció las cejas de tal modo á la modista, que la infeliz, para vengarse de la altiva Irlanda, se resignó á coquetear con el jefe de ingenieros del vapor, jayan de la raza pura de _John Bull_.

Entre las curiosidades de á bordo se hallaba un Costaricense con ínfulas de marques quien, sobre dar asunto para reir con su manía de decantar su _sangre noble_, interesaba mucho por su casta inocencia. El pobre moceton, apesar de sus 30 años y su sangre azul, no podia soportar que nombrasen siquiera á las mujeres, y para atormentarle, un Genoves marino que le acompañaba le espetaba á cada diez minutos una historieta de italiano y soldado, que hacia espeluznar al inocente mancebo. No faltó quien informase luego que el muy taimado de la sangre azul tenia sus viejas _marrullas_ de rezandero, que le hacian parecer pasablemente pecador. En ninguna parte es tan ridículo el tartufo como en alta mar.

Pero nada tan curioso como una Francesa que venia de San-Francisco de California con su marido, victima de un mareo permanente. La desdichada no había tenido mas horas de alivio que las del tránsito por el ferrocarril de Panamá. De resto su único oficio había sido el de estar mareada, como el de su excelente consorte el de darle copas de brandy puro, remedio que algunos consideran eficaz para el «mal de mar». Es un secreto que ninguno ha podido aclarar, si era el mar ó el brandy el responsable de la situacion; pero lo que sí pudo comprobarse fué que la estimable Francesa no dejó de estar en chispa un solo dia, ni una sola noche, aunque á decir verdad, era una chispa inofensiva que nunca le inspiraba sino ternura, suspiros, lagrimas de amor y recuerdos de felicidad conyugal.

Era adorable ver á la impermeable mujer, cada vez que una copa de brandy apaciguaba por un momento el mal, y que el buen marido la tranquilizaba á propósito de algún corcovo terrible del buque azotado por las olas hinchadas, era de ver cómo, mirando á su Adán con la inefable dulzura de la chispa, le decia con el acento mas patético: «_Ah, mon marí! nous nous aimons comme si nous avions seize ans!_» En seguida venian los apretones de manos, los abrazos, los besos á hurtadillas, hasta que hecha la digestión marítima de la última copa de brandy, la amorosa consorte exclamaba con voz agonizante, siempre en francés: «_Oh, mon marí! je meurs! Encore un petit verre de cette médecine_»....

Y una copa mas iba á perderse en el mar interior de aquel estómago incombustible y agitado por las convulsiones de un vértigo incesante.

Lo que refiero no es una invención, es la verdad, y yo mismo me aturdia al ver esas escenas singulares, incomprensibles en una mujer y sobre todo en una Francesa. Un dia, en presencia de varias señoras, la pobre viajera, como embrutecida por el mal, y acaso mas por el remedio, llegó á beberse siete vasos de brandy puro en el trascurso de tres horas!--Cuanto puedo decir es que hasta el Irlandes y algunos oficiales ingleses se escandalizaban.