Viajes de un Colombiano en Europa, primera serie
Part 38
La famosa casa del cruzado sevillano tiene dos patios, el primero común y sin obras de arte, y se compone de dos pisos, con galerías superpuestas, en forma de claustros. El patio interior, perfectamente cuadrado (forma general en la arquitectura oriental), está todo pavimentado con bellas y grandes baldosas de mármol negro y blanco, y tiene en el centro una primorosa fuente que hace juego con cuatro estatuas romanas colocadas en las esquinas. Las galerías están sostenidas por veinticuatro columnitas, también de mármol, de mucha gracia y ligereza, y en todo el derredor se ven en los muros los bustos de los emperadores romanos muy bien trabajados. Si en los pavimentos de las galerías y la parte inferior y central de las paredes brillan los primorosos azulejos (que son los _mosaicos_ del arte oriental), en la parte superior hay un gran lujo de arabescos ó relieves, blancos y de colores, que imitan ó reproducen los primores plásticos y los bellos estucos de la Alhambra y el Alcázar,--siempre serviles, sin originalidad ó variacion notable, pero siempre graciosos. Por último, al derredor del patio, sobre las galerias bajas, se hallan cuatro salones cuyos azulejos, arabescos y artesonados son de mucho gusto por la ejecución esmerada y el colorido. Lo demás de la _Casa de Pilato_, aunque mas ó ménos curioso, llama poco la atencion, siendo de notarse que la distribucion del edificio es de extrema sencillez.
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Sevilla es una ciudad célebre por muchos motivos, entre otros por los hombres eminentes ó personajes históricos que ha producido. Allí tuvieron su cuna los emperadores romanos Adriano y Teodosio, el ilustre Las-Casas, los pintores Murillo, Herrera (el viejo) Roelas y Pacheco, el famoso historiador Herrera, llamado el _divino_, y los poetas Rioja y Jáuregui. De allí partió Magallanes para hacer su primer viaje al derredor del mundo, en 1519; y Sevilla le disputa á Granada la cuna de Lope de Rueda, tan ilustre actor como escritor dramático; especie de Molière español.
Cada uno de los nueve arrabales de Sevilla es notable por algún monumento ó fábrica importante. Pero el de _Triana_ es de una especialidad puramente social. Está ligado á la ciudad, como he dicho, por un hermoso puente colgante, que interrumpe ó sirve de límite á la navegación del Guadalquivir marítimo. Sus muelles hacen frente á los del puerto principal de Sevilla, así como á las fortalezas que dominan el río y la estación del ferrocarril que conduce á Córdoba. Si las primeras calles de Triana que avecinan al puerto tienen la estructura general de las de la ciudad, al avanzar hacia el interior de ese arrabal se encuentra el aspecto complejo de la vieja España y de las _poblaciones_ gitanas. Triana es la residencia de todos los gitanos de Sevilla, cuya suerte se parece bastante á la de los judíos en Roma, en Praga y otras ciudades europeas. Así como en estas hay un _Ghetto_ ó barrio donde los israelitas viven ó vegetan, confinados en unas partes (como en Praga) ó proscritos y cruelmente tratados (como en Roma), los gitanos tienen su _Ghetto_ en cada ciudad de España, sin habitar nunca los demás barrios.
Pero hay una diferencia muy sustancial. El judío es proscrito en Europa, especialmente en Roma, por espíritu de persecución é intolerancia, ó por tradición ó costumbre; en tanto que el gitano no es en España objeto de persecución. Él se confina a un solo barrio, se proscribe á sí mismo, por espíritu de raza (orgullo, resentimiento é interés en el aislamiento); y por eso se ve á los gitanos formando una comunidad aparte, lo mismo en Madrid (hacía la puerta de Toledo), que en Granada (en el Albaicin) y en Sevilla en el arrabal de Triana. Aquí se revela quizás con mas energía uno de los rasgos distintivos del gitano. En Granada es casi natural la arquitectura subterránea de esa raza, porque el terreno parece indicarla en el Albaicin. Pero en Sevilla no se comprende en el primer momento por qué razón los gitanos siguen el mismo sistema (aunque notablemente variado en la forma), no obstante que el terreno de Triana es enteramente llano. El aspecto de las calles es tristísimo. Raras son las casas que tienen un piso alto; casi todas son muy bajas, con puertas y ventanas mezquinas, pequeños patios desiertos, paredes y techos lamentables que revelan suma pobreza y abandono. Las calles, malísimamente empedradas, están desiertas por lo regular, y al andar por ellas apenas se oye el ruido subterráneo de objetos metálicos ó del martillo del zapatero remendón,--ó se ve muy rara vez alguna cara femenina, en una ventana, ó un pequeño grupo de muchachos sucios en un zaguán ó un patio, tristes, pobremente vestidos y con fisonomías repelentes y ásperas en lo general.
Es rarísima la casa de gitano que no tiene un piso subterráneo que se registra desde la calle. La puerta da inmediatamente sobre una especie de sótano (que es el lugar de trabajo), sea por medio de un pequeño zaguan inclinado, sea por medio de una gradería casi abrupta. Las habitaciones que están al nivel de la calle sirven para dormitorios y demás usos; las profundas ó cavadas en la tierra contienen los obradores, talleres y fraguas. Evidentemente hay en los Gitanos una tendencia á la vida subterránea, que no se concilia en apariencia con las costumbres nómades. Hasta en el modo de preparar los alimentos el gitano se sirve de hoyos cavados en la tierra,--procedimiento ingenioso que se presta al misterio y favorece el rápido cocimiento de las sustancias animales y vegetales. Acaso haya algun principio etnológico que determine esas tendencias á lo subterráneo; pero la explicación mas sencilla me parece estar en la naturaleza de la industria y las costumbres de los Gitanos. Raza de herreros y estañadores y de gentes que no tienen una nocion regular de la idea de la propiedad, tradicionalmente habituadas á los fraudes, los robos rateros, las mistificaciones y los procederes hipócritas,--los Gitanos han comprendido sin duda que sus habitaciones debían ser apropiadas á la ocultación y el disimulo. Así, cuando llevan vida nómada, sus hogares cambian de la noche á la mañana, en cuanto al lugar, y son siempre establecidos en los sitios mas solitarios; y cuando se ven forzados á una residencia fija construyen sus habitaciones del modo menos ostensible, á fin de burlar la vigilancia social.
Nos habían dicho que en el arrabal de Triana veríamos cuadros curiosos y animados de la población gitana, que es bastante numerosa. Pero no encontramos sino tristeza, soledad y silencio. Acaso escogimos mal la hora ó el día para satisfacer nuestra curiosidad. Lo que sí pude obtener con seguridad fue la conviccion de que en el pueblo español no hay odio ni preocupacion ninguna respecto de los Gitanos (raza que me parece mucho ménos incorregible de lo que generalmente se piensa); pero que no se hacen los esfuerzos convenientes para producir una asimilacion ó fusión completa. Hay muchos gitanos católicos en España, y sinembargo se les ve persistir en sus hábitos de aislamiento. Y lo mas curioso es que los gitanos _católicos_ (que lo son por el bautismo y sin conciencia ninguna de las doctrinas cristianas y católicas) se distinguen en España por la brutalidad de su fanatismo, en los momentos de exaltacion religiosa. Eso prueba que el fanatismo es siempre compañero de la ignorancia, y que toda la fuerza de los tartufos consiste donde quiera en el dominio que ejercen sobre las masas bárbaras que obedecen maquinalmente al impulso que se les da. El mundo no se librará de los conflictos religiosos sino el día que haya desaparecido de las sociedades «el elemento bárbaro». Por eso se comprende el horror con que los tartufos explotadores de la religión miran toda tendencia hacia la instrucción y educacion de las masas. * * * * *
Sevilla no es solo un centro comercial y agrícola de primer órden en España: es tambien una ciudad fabricante en vasta escala, aunque poco manufacturera. Las grandes fábricas, llamadas propiamente _manufacturas_, que en otras ciudades europeas reúnen á centenares y aun millares de obreros y dan al consumo enormes masas de productos, no existen en Sevilla, donde la maquinaria (como en casi toda España) está muy atrasada todavía. Lo que hay allí es la pequeña fabricacion y el artefacto, cuyos productos son muy considerables por razon de la masa de trabajadores y la multiplicacion de los talleres. Allí existe una organizacion de trabajo en detall que produce resultados visibles. Como el establecimiento de una pequeña fábrica no exige un tren costoso, es muy accesible á los hombres de la clase media y aún á los obreros la adquisición de uno ó mas telares, un taller ú obrador, y por lo mismo se hace mas fácil que en las ciudades manufactureras el paso de la condición de obrero á la de maestro, empresario ó propietario. Con la pequeña fábrica ú obrador las aglomeraciones de obreros son muy reducidas, el artículo trabajado es frecuentemente mas correcto y artístico, la moralidad gana, el artesano ú obrero tiene interes en la obra y trabaja en su propio hogar, y su bienestar es mayor y acaso menos expuesto á las crisis comerciales que afectan á las manufacturas en grande. Ademas, el obrero tiene mas independencia y dignidad trabajando por su cuenta ó en escala reducida.
Los economistas en lo general (acaso olvidándose bastante de los intereses de la moral por atender de preferencia á los de la riqueza) han llevado hasta la exageracion el entusiasmo por las manufacturas. La economía de produccion, que disminuye el precio de los productos y en definitiva favorece á los mismos obreros, les ha hecho desatender ciertos intereses de la moral (pureza, dignidad é independencia del obrero) que se ven seriamente comprometidos en las grandes fábricas. No pretendo examinar aquí una cuestión económico-moral tan importante; pero sí haré notar la observacion hecha respecto de las poblaciones obreras en Europa. En las ciudades principales de España, así como en las de Suiza, en Lyon y otras de Europa, cuyos mas valiosos productos son el resultado de la fabricacion en detall, he notado mas independencia y bienestar, mas dignidad y sentimiento de personalidad en el obrero, que en las ciudades estrictamente manufactureras donde las grandes aglomeraciones de máquinas (humanas y de fierro) tienden á sustituir la fuerza colectiva en la producción á la fuerza individual ó limitada á pequeños grupos de obreros. Acaso sean otras las causas predominantes; pero el hecho es patente, y lo cierto es que en España, donde la gran fábrica es muy rara (exceptuando unas pocas ciudades catalanas), la noción de la personalidad es profunda y general en el pueblo.
Sevilla, como he dicho, es una ciudad artista y artística por excelencia, y sus industrias lo revelan enérgicamente. No hay una calle donde no se vean numerosos talleres y obradores de escultura (principalmente en yeso), de pintura, de joyería y platería, y de toda clase de objetos curiosos. Allí se fabrican por valores muy considerables armas, herramientas y todo lo que corresponde á la quincallería, instrumentos de música (especialmente las elegantes y finas guitarras y bandolas), gran cantidad de telas y artefactos de seda y lana, sombreros, etc., etc. La produccion de loza fina es considerable, y se hace notar bastante la de pieles curtidas, que imitan los bellos tafiletes y cueros marroquíes. Sevilla, como centro agrícola de la baja Andalucia, hace fuertes exportaciones de aceite y vinos, y centraliza grandes valores en granos y frutas de todas clases. Es incalculable el desarrollo agrícola, industrial y comercial que puede alcanzar España, y particularmente las provincias andaluzas, el día que en ese país se renuncie al régimen inepto del egoísmo (que se traduce en prohibiciones y monopolios), y se acepte el libre cambio con todas las regiones del mundo.
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No contábamos con mucho tiempo para hacer un estudio detenido de Sevilla. Pero las impresiones recogidas en pocos días bastaron para hacernos simpatizar vivamente con la metrópoli andaluza, tan poética y original, tan pintoresca en todo. Ella es interesante tambien como centro de vida intelectual y de beneficencia. Posee una considerable biblioteca, una sociedad económica, un liceo, varios institutos notables de enseñanza y artes, una caja de ahorros en prosperidad, y como diez y seis hospitales, hospicios é institutos de caridad y beneficencia. Por demás es decir que las iglesias abundan, como abundaron fabulosamente los conventos. Creo haber contado como ciento doce edificios religiosos, entre iglesias, conventos, capillas y oratorios, lo que prueba que en Sevilla no se han pasado jamas hambres en lo relativo al pasto espiritual. Al contrarío, en esa materia se ha pecado en España por la gula, resultando indigestiones seculares.
Sevilla tiene una circunferencia total (con los arrabales) de 25 kilómetros, y sus murallas, que todavía resisten algo á la acción del tiempo, cuentan mas de sesenta torreones y trece ó catorce puertas mas ó ménos considerables. Se numeran hasta quinientas sesenta y cuatro calles y sesenta plazas; los cuarteles abundan, por desgracia, pero siquiera abundan tambien las fuentes públicas y el agua no falta en ningun punto. Aparte de muchos monumentos de interes mas ó ménos subalterno, de todos los estilos y usos, citaré los dos teatros de la ciudad y la espléndida plaza de toros. Los sevillanos se jactan con razon de tener la mejor plaza de toros de España, y la Vírgen mas opulenta, en su catedral. Mejor les estaría tener una Vírgen pobre y carecer de toreros y de un circo que no puede tener mejor nombre que el de _matadero espléndido_.
Contáronme cosas fabulosas sobre el lujo de ostentacion que se despliega en Sevilla en la Semana Santa, coincidiendo con la gran feria sevillana. Entónces, miéntras que la gente de _tono_ hace prodigios en las procesiones para ponerse á la altura de la opulencia inaudita de la Vírgen, los majos y las manolas ostentan en la feria todo el lujo de sus vestidos pintorescos, sus armas, cabalgaduras y aperos de montar. Cada clase hace las cosas á su modo; pero confieso que las vanidades de la feria me parecen mas excusables que las de las procesiones. Cristo y la Vírgen deben de incomodarse mucho en el cielo, al ver el modo como se les adora _públicamente_ en la tierra.
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CAPITULO VII.
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EL GUADALQUIVIR.
El primer tren de Sevilla a Córdoba.--Un marques comunista.--La provincia de Córdoba,--Aspecto de la capital;--su poblacion y su estadística.--La Mezquita-catedral.--Curiosidades.--De Córdoba a Baylen;--Andujar.
Eran las siete de la mañana cuando tomábamos el tren del reciente ferrocarril que pone en comunicacion a Córdoba con Sevilla. Por primera vez se iba á ensayar el trayecto comprendido entre la pequeña ciudad de Lora, no muy lejana de Sevilla, y Córdoba. Asi, aunque el tren era irreprochable en la primera seccion ya en servicio, se redujo, desde Lora hasta Córdoba, á un wagon de tercera clase, en que los empleados de la administracion de la empresa tuvieron la bondad de darnos cabida. Como los rieles estaban recientemente asentados y exigian rectificacion, nuestro gran wagon (que parecia una arca de Noé, llevando gentes de toda clase en la mas democrática confusion) saltaba y corcoveaba á cada momento como diez potros indómitos juntos, cosa que nos divertia y asustaba alternativamente.
La via corre al principio por una hermosa y vasta llanura, á la izquierda del Guadalquivir, por entre numerosas casas campestres, extensas plantaciones de hortalizas y cereales, olivares todavía recientes, prados y barbechos donde pacen los rebaños de ovejas, y algunos preciosos bosquecillos de granados que tenian el aspecto mas encantador por sus formas elegantes y sus rojas y lindas flores. Lora es una pequeña ciudad de 8,000 habitantes, situada á corta distancia de la via férrea, y que va adquiriendo importancia á virtud del ferrocarril. Mas adelante se atraviesa el Guadalquivir y la via lo costea constantemente hasta muy cerca de Córdoba, de manera que se le tiene siempre á la vista.
El rio, generalmente con orillas bajas, de cauce poco profundo, arenoso y turbio, no tiene navegacion ni posee la hermosura que se le supone de antemano. El terreno, generalmente llano en el valle y encuadrado entre cordones de cerros bajos ó altas colinas, se presta á los paisajes risueños; pero la ausencia de árboles en las márgenes de las praderas (sino es en rarísimos puntos) hace desapacible ó monótona una comarca que podría ser bellísima en su totalidad. Sinembargo, hay de trecho en trecho paisajes primorosos, por el juego de las colinas con el valle, las vueltas y revueltas del rio, algunas arboledas y varias formaciones geológicas muy interesantes (como la del cerro y castillo arruinado de _Almodovar_) que corresponden á los contrafuertes de la _Sierra de Córdoba_, que hace parte de la Sierra-Morena.
Desde Sevilla hasta el frente de _Palma_ el ferrocarril toca sucesivamente en la ciudad de Carmona y tres pueblos pequeños, Lora, Guadalabar y Peñaflor, ofreciendo bellos puntos de vista y dejando registrar un inmenso campo de olivares, viñedos y cereales. Pero al pasar por en frente de Palma el paisaje que se admira es hermosísimo. Se ven á lo lejos las altas colinas á cuyo pié demora Palma, en un delicioso valle á orillas del Guadalquivir y del Jenil que se le reune allí. Tal parece como si el Jenil le trajese á esa poblacion las seducciones y los encantos de la vegetacion de Granada. En efecto, Palma es un inmenso huerto, escondida literalmente como está entre bosques de naranjos, granados y limoneros, de cuyos frutos hace un comercio considerable.
En un trayecto del Guadalquivir observamos una notable aglomeracion de cañaverales y arboledas que nos llamó la atencion por su objeto. Contáronnos que un cierto marqués, propietario del terreno, hacia una compleja y singular especulacion, mediante el auxilio de las bandas de _estorninos_, pájaros sumamente abundantes en el pais. Parece que los estorninos andaluces profesan opiniones comunistas en alto grado y las practican con mucha sagacidad. Su _política_ industrial consiste en devastar (reunidos por centenares de miles) los inmensos olivares del valle del Guadalquivir y las montañas vecinas, robándose las olivas de los árboles, que trasportan á lugares lejanos para establecer grandes depósitos de prevision y vida comun. Pero el estornino gusta particularmente de los sitios húmedos y sombríos, como los cañaverales y bosques de las orillas del rio.
Esto ha dado al consabido marqués propietario la idea de su especulacion. Ha establecido en la orilla del Guadalquivir algunos de esos asilos de verdura, resultando que los estorninos han fundado allí su domicilio y sus almacenes de depósito. Pero como el señor marqués no ha trabajado por la sola comodidad de los ladrones alados, sus agentes espían los momentos en que aquellos están ausentes en sus expediciones filibusteras, y les roban las olivas depositadas, que le producen al señor marqués un valor considerable en aceite. De ese modo el noble sevillano fabrica aceite de todos los olivares de la comarca, sin tener que cultivar ninguno. Probablemente el marqués considera que, siendo cosa corriente aquello de que «ladron que roba á ladron tiene cien dias de perdon,» no hay inconveniente en aplicar el principio á los pájaros literalmente. Sin duda que el buen hidalgo no ha caído en cuenta de que al procurarles asilo á los inocentes estorninos se hace instigador y cómplice de los _olivicidios,_ en provecho personal exclusivo.
Pero hay algo mas curioso en el asunto. El señor marqués no se contenta con servirse de los pájaros para producir aceite sin tener olivares, sino que perpetra la ingratitud inaudita de vender ó arrendar el derecho de hacer en sus tierras la caza de esos mismos pájaros que trabajan por cuenta de él, caza que le produce al señor marqués en ciertos meses del año una utilidad mas que regulareja. Estos hechos, que son auténticos, me dieron mucho en qué pensar. El señor marqués y _sus_ estorninos me parecieron representar el sistema económico de casi todas las sociedades humanas.
Donde quiera las masas ignorantes, obrando por instinto y necesidad de conservacion, hacen el papel del estornino: trabajan sin descanso, y despues de mil fatigas álguien (que les tiende una trampa) se aprovecha de las olivas, con la diferencia de que el salario del obrero no es el fruto de ninguna expoliacion; y despues de perder ese fruto, no falta quien le haga la caza.
El señor marqués me ofrecia la imágen de los gobiernos que, despues de explotar el trabajo de las masas, mediante los impuestos inicuos, los monopolios, etc., hacen la caza á sus estorninos humanos para convertirlos en soldados ó presidiarios y mandarlos á morir. Cuántos poderes hay en este mundo que viven del comunismo, á estilo del honorable señor marqués de las _Olivas_ y conde de los _Estorninos_!
Hácia las cercanías de Córdoba las montañas de la Sierra toman un aspecto interesante, tanto por sus formas como por sus curiosidades y vegetacion. Los cerros empinados, de formacion granítica en lo general, se suceden en varias proporciones; las altas colinas están cubiertas de olivares hasta la region de la Sierra poblada de encinas, y en las bajas laderas y los vallecitos se extienden en abundancia los viñedos. Al cabo se ven las torres y la masa general de Córdoba de un estilo casi completamente oriental; y en tanto que se distingue sobre una alta montaña el famoso convento de _San Jerónimo_ (fundado sobre las ruinas de un alcázar morisco) y algunas ermitas solitarias de capuchinos, se empiezan á sentir los ricos perfumes de los huertos y jardines que rodean á Córdoba, preparando el ánimo del viajero á las impresiones que produce esa capital de un famoso reino arábigo.
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La provincia de Córdoba, la décima octava en el órden de la poblacion, cuenta 361,536 habitantes, la mayor parte distribuidos en pequeñas poblaciones, como sucede generalmente en los paises fértiles y casi exclusivamente agrícolas. Apénas cuenta esa provincia tres centros sociales de alguna consideracion, á saber:
Córdoba, con 43,000 habitantes;
Montilla, con 14,654, célebre por haber sido la cuna del famoso capitan Gonzalo de Córdoba, y por sus renombrados vinos cuya energía espirituosa reanima la de otros vinos andaluces;
Aguilar-de-la-Frontera, de pintoresca situacion, con 11,836 habitantes.
Córdoba tiene una posicion abierta y desembarazada, con vastos horizontes. Está situada á la márgen derecha del Guadalquivir, en el centro de una llanura, casi al pié de los montes «Marianos», contrafuertes de la Sierra-Morena, rodeada de bellos paisajes melancólicos y batida por aires libres y saludables. La _Corduba_ de los Romanos, fundada por ellos segun parece, no solo ha sido una de las mas famosas sino tambien de las mas considerables ciudades de la vieja España. Fortificada por los Romanos, que la rodearon de murallas, los Godos la conquistaron en 572, y á su turno los Moros, en 692, conducidos por el famoso Abderraman, fundador del califato de Occidente. Los Moros restablecieron las murallas y dotaron á Córdoba de todos los bellos monumentos que embellecieron la residencia de la corte de los Ben-Omeyas; pero la ciudad fué en gran parte destruida por las huestes de Fernando III de Castilla, al rescatarla en 1236.