Viajes de un Colombiano en Europa, primera serie
Part 36
La ponderada hermosura de Sevilla y de la inmensa llanura que la rodea, me hacia desear vivamente la ocasion de contemplarla en su totalidad. Su situacion y configuracion indican naturalmente la ascension á la torre de la _Giralda_, ante todo, para admirar el panorama entero á vista de pájaro. Ya instalados en el hermoso hotel de «Londres» (uno de los muchos elegantes y muy bien servidos que tiene la ciudad) atravesamos la espléndida plaza de la _infanta Isabel_, desde la cual veiamos la masa colosal de la famosa torre, visible de casi todas las calles de Sevilla. A unos trescientos metros de la plaza hallamos la admirable catedral y la torre, esta situada hácia atras y formando un edificio aparte, aunque ligado por construcciones posteriores.
Nada mas grandioso que ese monumento de cúpula fulgurante, que brilla al rayo del sol como una inmensa joya suspendida en el éter. Al mirarla se siente uno lleno de admiracion por la grandiosa sencillez que le quiso dar el genio oriental ó morisco. Aquel arcángel aéreo de bronce dorado que corona la cúpula y gira como una veleta, tiene no sé qué de celeste que provoca á escalar la altura para hundir la mirada alternativamente en el cielo y en el mar de casas resplandecientes y de campiñas admirables que las rodean. La torre, perfectamente cuadrada en su parte morisca hasta una altura muy considerable, fué terminada mucho tiempo después de la conquista, y por desgracia con un estilo del todo diferente. Así, hasta la región de las campanas se ve la civilización del árabe, rematando su obra la arquitectura refinada del Renacimiento. La elevación total de la _Giralda_ es de 364 piés, siendo por lo mismo la mas elevada que existe en España. El cuerpo de la torre tiene 50 piés por lado. Éntrase á ella por una miserable puertecita, y se sube hasta la enorme altura de las campanas por 35 rampas ó corredores inclinados, sin gradería ninguna. Después, por escaleritas de mano muy estrechas, se puede hacer la peligrosa ascensión hasta la figura de bronce que tiene el nombre de Giralda. Allí se siente como un vértigo...algo que se parece al extravagante deseo de volar sobre los abismos.
El espectáculo que se contempla desde allí es de una hermosura suprema, mas espléndido aún (excepto la vista del mar) que él de Valencia. De un lado se ven muy lejos vagamente las montañas de la sierra de Ronda que terminan la cadena de la Sierra-Nevada. Del otro las llanuras del bajo Guadalquivir, perdiéndose en el horizonte en la direccion del océano. Al norte se ven mas ó menos las montañas de Córdoba, contrafuertes de la Sierra-Morena Por último, tendiendo la vista al oriente, en la dirección de la alta Andalucía, se ven llanuras hermosas que se van levantando insensiblemente hasta perderse en las ondulaciones de colinas y cerros que giran por el centro de la hoya del Guadalquivir hacia Jaén. El horizonte es inmenso y admirablemente bello.
Recogiendo la mirada en un círculo menor, se ve por todos lados la opulenta llanura, primorosa por su cultivo, esmerado, sus numerosas poblaciones, sus graciosos cortijos, sus enjambres de pequeños rebaños, de casas campestres, de huertos y jardines, y sus laberintos de arboledas ya en grupos mas ó menos extensos, ya en hileras ó en calles resplandecientes de verdura, donde alternan los naranjales con los viñas, los interminables olivares con las sementeras de hortalizas, cereales, etc. Y por en medio de la vastísima llanura va caracoleando el lento Guadalquivir, como una cinta gris, haciendo las mas graciosas vueltas y revueltas.
Localidades mas ó menos considerables, pero todas industriosas y de un aspecto homogéneo, se multiplican en todas direcciones. Allá se ven sucesivamente, con el auxilio del anteojo ó sin él (en la dirección de la carretera de Ecija y Córdoba), los pueblos de Alcalá-de-Guadaira y Mairena, y luego los cerros (llenos de poblaciones también) que dominan á la ciudad de Carmona, bastante populosa. Por otro lado (hacia Jerez) Utrera y Oran; y á la derecha del Guadalquivir, entre otras muchas poblaciones, San-Lucar-la-Mayor, Encarnacion y Alcalá-del-rio.
La provincia de Sevilla, la sexta de España en el orden de población, cuenta 463,486 habitantes. Las campiñas, sumamente cultivadas, tienen una poblacion muy abundante, robusta, vigorosa y amante del trabajo, al mismo tiempo que de los placeres vehementes. Muy á la inversa de las comarcas castellanas, la soledad no se manifiesta en ningún punto de la provincia de Sevilla, y abundan mucho los pequeños pueblos de 1,000 á 4,000 almas. Con todo, se hacen notar algunas ciudades considerables, centros de una vasta producción agrícola que consiste principalmente en vinos, aceite, cereales, granos, ganados de todas clases, hortalizas y frutas. Las mas notables de esas, ciudades son:
_Sevilla_, que cuenta (inclusos los nueve arrabales exteriores a las fortificaciones) 112,600 habitantes;
_Ecija_, con 28,800
_Carmona_, con 18,800.
_Osuna_, con 17,500
_Utrera_, con 14,000
_Marchena_, con 13,000
_Alcalá de Guadaira_, con 8,260
Todas esas poblaciones aunque son principalmente centros agrícolas, alimentan una multitud de manufacturas, fábricas y talleres de toda clase, que aumentan la animacion del pais, y le dan mucho interés económico. Sevilla sola tiene en algunos ramos vastas manufacturas y fábricas especiales de suma importancia,--tales como su magnífica fundicion de armas y cañones, su nitrería, y sobre todo su inmensa manufactura de cigarros (por cuenta del Estado se entiende), que da trabajo á 4,000 obreros, establecimiento digno de ser visitado con placer é interés.
Concretando la vista sobre la ciudad, el panorama es tan curioso como bello. El Guadalquivir, describiendo como un semicírculo, rodea en gran parte el recinto de la ciudad propiamente dicha, defendida y encerrada por murallas que, segun dicen, datan del tiempo de César, y por numerosos fuertes aislados que en la actualidad son inútiles aunque no sea mas que por su evidente inferioridad respecto del _progreso_ de la estrategia y arquitectura brutal del egoísmo, el aislamiento y la muerte. De cualquier lado que se mire el conjunto interesa por sus caprichos y contrastes graciosos, y los pormenores llaman la atencion. Al derredor, los nueve arrabales, de los cuales solo uno, el de _Triana_, habitado por los Gitanos, que es el mas populoso, se halla á la márgen derecha del Guadalquivir, ligado á la ciudad por un hermoso puente colgante. Muy cerca del puente, sobre el puerto mismo, se levanta la linda cúpula dorada de la Torré-de-Oro, que parece cubierta de escamas relucientes.
Al pié mismo de la torre de la _Giralda_ veiamos la masa estupenda y romántica de la catedral, cuyas formas góticas y color sombrío la hacian parecer una montaña de granito despedazada en cien picachos, agujas, arcos atrevidos y enormes grietas. Era como un volcan extinguido, imponiendo miedo por la sola majestad de sus grandiosos escombros ennegrecidos por el tiempo. Al lado de la catedral, el espléndido palacio de piedra y mármol llamado la _Lonja_ ó Bolsa, que fué la famosa «Casa de Contratacion» para el comercio de las Indias. Algo mas léjos el precioso monumento morisco llamado el _Alcázar_, rodeado de jardines deliciosos que por sí solos son un tesoro para Sevilla. Y mucho mas léjos aun, el inmenso edificio de la manufactura de tabacos, y el elegante palacio moderno de _San Telmo_ (propiedad del duque de Montpensier) á la vera de un vastísimo y bello parque que se extiende sobre la márgen izquierda del Guadalquivir.
Mirando en otra direccion, se ve en el arrabal de _San Roque_ el monumento llamado _Caños de Carmona_, admirable acueducto romano de 410 arcos, y á un lado la gran fábrica de salitres; en el arrabal de la _Resolana_ el hermoso hospital de la Caridad y la Maestranza; en el de _Macarena_ el espléndido hospital militar; y en el de _San Bernardo_ la famosa fundicion de cañones de bronce. Lo demas es un laberinto de calles tortuosas y estrechas, de edificios desiguales, caprichosos, muchos de ellos de formas extravagantes, de cuyo enjambre se destacan algunos cocoteros centenarios é históricos, multitud de palacios ó casas primorosas del mismo estilo que las que observé en Cádiz, y una masa informe de miradores, azoteas, torrecillas y construcciones moriscas, en cuyo fondo parduzco brillan las torres y las cúpulas de numerosas iglesias de estilo arábigo, lucientes y pintorescas á causa de los techos en forma de escama formados con pequeñas tejas de colores entremezclados.
Agréguese al interes de esos mil pormenores el primor de la vegetacion interior, y se comprenderá la hermosura de aquel pangrama semi-oriental y semi-español al mismo tiempo. Los huertos y jardines son innumerables, no solo en los arrabales sino tambien en el centro de la ciudad, mantenidos con esmero en los patios interiores. Así, se ven las moles de los edificios como un inmenso reguero de peñascos desiguales en medio de un mar de granados, naranjos, limoneros, jazmines y millones de flores que inundan el aire de perfumes. Sevilla merece bien su fama: es un paraíso de verdura y curiosidades de todo género.
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Despues de tener una idea general de la metrópoli andaluza, como objeto material, descendimos de la _Giralda_ para ir á observar las costumbres de su sociedad. Recorriendo las calles, penetrando en los cafés y los hoteles, visitando las casas elegantes y los preciosos jardines, y escudriñando los objetos monumentales en que abunda Sevilla, se reconoce al punto el tipo esencial ó característico de esa sociedad, ardiente y poética por su sangre y su clima, independiente y altiva por el bienestar que el trabajo activo le procura, y apasionada en alto grado. Sevilla es un inmenso museo, en toda la fuerza de la palabra, así en lo material como en lo moral. El sentimiento artístico es el fondo del carácter sevillano, en todas las clases de la sociedad,--ora se revele en construcciones de suntuosa elegancia, ora en las cándidas manifestaciones populares,--ya predomine el _buen gusto_ (sencillo ó refinado) en las costumbres y los usos, ya simplemente lo pintoresco y rudimentario. El adjectivo _pintoresco_ es sin duda el que cuadra mejor al tipo sevillano. Hay en el fondo de todo lo que allí vive y se agita, como de lo inanimado, una manifestacion vigorosa de poesía, de tendencia á lo maravilloso, de expansión sentimental, que no puede escapar al observador.
No hay un rasgo que no concurra á impresionar al extranjero en ese sentido.--Los mil primores de las casas pertenecientes á familias ricas, donde el mármol, las flores y los adornos y colores vivos y seductores están prodigados; la gracia y la frescura de los millares de patios, que las noches de verano hacen convertir en salones; el esmero con que se conservan los innumerables jardines y los perfumados huertos, donde las aguas saltadoras no dejan de abundar jamas; el entusiasmo que todos manifiestan: por los cuadros de pintura y los objetos de escultura, cualquiera que sea su calidad; los mil graciosos caprichos de todos los portales, los balcones y gabinetes, los miradores aéreos y las ventanas enrejadas (que hacen tan importante papel en las aventuras amorosas ó de mera galantería); el lujo y artificio de las tiendas y los almacenes, resplandecientes de primores, joyas, sederías, objetos de arte y bagatelas; el gusto por el abanico que, aparte de la exigencia del clima, constituye todo un arte, sea por su fabricacion, sea por su uso; la pasión por la tauromáquia, el teatro, la equitacion, ios juegos funámbulos y toda clase de espectáculos; el amor al juego, bajo casi todas sus formas, pasion en que funcionan el arte, en cierto modo, y el gusto por lo maravilloso, inesperado ó azaroso; la singular energía de inclinación a lo pintoresco y sobresaliente, que se manifiesta en los vestidos populares, sea por sus formas, sea por sus adornos ó por la combinación de los colores vivos y lucientes; el encanto con que todos aman la música alegre y apasionada, las danzas vehementes, las cabalgatas y carreras, las ferias, las procesiones, etc.; las formas extrañas y los adornos de los aparejos de montar, las armas y los instrumentos de música; la suma abundancia de talleres, fábricas pequeñas y obradores, dónde millares de obreros trabajan (aislados ó en pequeños grupos) en la confeccion de mil objetos de arte: todo eso y algunas otras circunstancias que paso por alto, manifiestan el sentimiento profundamente artístico de los sevillanos.
Y no puede ser de otro modo, si se considera cuán poderosa es la influencia que ejercen en la educación moral de un pueblo la naturaleza y los objetos que le rodean é impresionan constantemente. El sevillano, al nacer, halla la noción de lo bello y la inspiración de la poesía en todo lo que tiene á la vista. Un cielo admirable con un sol que calienta y vivifica la sangre.; una tierra de fertilidad prodigiosa, que da cuanto se le pide; una vegetación esencialmente poética; como son los olivos y naranjos, los limoneros y granados; aguas y perfumes en abundancia para dar alegría y placer; una vida fácil, gracias á las condiciones topográficas del pais; el vino (ese gran tentador que incita al placer) bueno, vigoroso y en abundancia. Y por otra parte, los monumentos y la raza predisponen al amor del arte. Desde que se comienza á marchar, á vivir, se ven por todas partes admirables monumentos, bellos en su exterior y repletos de tesoros en su interior, y se observan fisonomías hermosas. No he visto jamas una raza tan enérgicamente hermosa como la de Sevilla, y creo que no tendrá rival en Europa, si no es en algunas regiones orientales, en Hungría y en algunas provincias de Italia.
La hermosura es tan general en los tipos sevillanos que es casi vulgar. Allí no se ve la severa majestad de la belleza castellana, ni la hermosura impasible y fria de las inglesas, ni la gracia artificial (intencional en cierto modo) de la francesa, ni la áspera y casi brutal belleza de las valencianas. El hombre es generalmente de talla alta,--la mujer de regular si no pequeña estatura.--A pesar de las diferencias que el sexo determina en todas partes, hay ciertos rasgos que son comunes á hombres y mujeres en Sevilla: formas esbeltas y delgadas pero vigorosas; cabellos negros, sedosos y lucientes, rara vez encrespados; cejas negras y primorosamente arqueadas; dientes superiores y de suma blancura; una tez de color moreno suave y sonrosado, muy atractiva; ojos muy oscuros, vivísimos, inteligentes y que pasan con 1a mayor rapidez de la ardentía mas apasionada á la dulzura mas risueña y cordial; un andar lleno de abandono y donaire, naturalmente _dengoso_ y como tentador sin malicia; la voz cadenciosa, suave y sonora, notablemente acentuada en los finales de dicciones; y siempre las interjecciones vehementes y la sal de los modismos provinciales,--sin contar la pronunciacion popular que cambia el sonido de 1a _r_, 1a _l_, 1a _s_, 1a _z_, etc. del modo mas original y picante,--tales son los rasgos generales del tipo sevillano.
La mujer es dulce y simpática, aunque hay en su fisonomía un no se qué de varonil sin afectacion. El hombre tiene algo de rudo, de muy oriental, que atrae ó asusta según la manera como se le trata. Si buscáis á un andaluz sevillano por las buenas, con finura y afabilidad, aunque pertenezca al vulgo, le hallareis cordial, expansivo, muy atento y obsequioso. ¡Pero cuidado con andar por las malas! Entónces, si es torero, ó matón ó campesino, jinete ó cosa parecida, os echa por lo pronto una granizada de interjecciones de á libra, y va sacando la navaja ó arremangándose los puños para decidir la cuestion por la vía ejecutiva. Mas, si en vez de uno de esos genios atrabiliarios se da con un andaluz del tipo fanfarron (que abunda muchísimo), el altercado tiene otras proporciones: es uña lucha de palabras-montañas en que el extranjero que no conoce bien el país puede ser completamente mistificado. Al oir al andaluz echando bravatas, le creeríais capaz de tragarse la Sierra-Nevada y desquiciar el mundo de un puntapié. Se formaliza, se crispa, grita, amaga, ruge como un cañon y parece una furia.... Le cojeis la palabra, mostrándole que no tenéis miedo, y entónces el leon se hace cordero, os hace mil zalamerías, rie, lo vuelve todo chanza («jarana») y os convida á tomar un trago con la mayor cordialidad.
El andaluz, y acaso mas que todos el sevillano, es franco y chancero, pero ligero de cascos: una mala palabra, una mirada burlona, un gesto dudoso es suficiente para provocar una querella ruidosa. Por fortuna, aunque muchas veces el negocio se arregla a cuchilladas ó por lo menos á los mas bofetones y golpes, generalmente la tempestad de roncas y baladronadas termina por una reconciliacion en la taberna, jurada sobre la botella entre una nube de humo de tabaco, quizas al son de la guitarra. Sinembargo, hay una cuestión que no se arregla nunca (á lo ménos en el mundo de los toreros, los majos y las manolas) sino por vias de hecho ó mediante la desistencia absoluta: es la cuestion de _amor_, que muchas veces no es sino cuestión de vanidad ó puntillo. El sevillano de aquella clase no soporta ni una mirada advenediza dirigida á su _chica_ ó su _guapa moza_, como las llaman. Si como marido es á veces tolerante y se humaniza, como amante lleva los zelos hasta la ferocidad ó el ridiculo. Eso prueba que la vanidad entra por mucho, y muy poco el amor verdadero, en la energía con que defiende su _posesion_ ó monopolio. Le miráis su «chica» ó pasáis por el pié de su ventana una vez y se pica; á la segunda os pone el ceño hosco; á la tercera os dice con enfado y acento provocador:
«--Eh, señorito! (ó _camarda_) quien me _bujca_ me _topa_! Si _ujté_ me le _pela_ el ojo á _ejta chica_ otra _vée_, ya _puée_ saber que lo _chicoteo_, ú _nos chicotéamo_! Con que si _quiée sarbar er burto_, coja _ujté er_ camino y á otra parte con la música.»
Y fuerza es desistir de la empresa, so pena de que la navaja entre en acción para apoyar con sus argumentos la intimacion del zeloso andaluz.
La inclinación á la galantería (y á sus muchas _consecuencias_) es muy general en Sevilla. La «reja» ó ventana hace en eso un papel muy importante y tradicional. Si os paseais por las calles despues de las seis de la tarde, vereis donde quiera escenas que os darán idea de las comedias da capa y espada. Al pié de muchas ventanas bajas y estrechas se ve algun galan que inclina la cabeza con aire de misterio, recostado sobre un brazo que reposa en la pared, y embozado en su capa, si no es del género _majo_ (que no gasta sino chaqueta), mientras que se ve en la sombra una carita zalamera que asoma en el fondo de la reja. ¿Qué hacen esas dos figuras?--Están _pelando la pava_. Yo había oído muchas veces esta frase en Colombia, con un sentido muy diferente. Allí se llama _pelar la pava_ estar ocioso, perdiendo el tiempo cuando se está obligado á una labor ó faena,--como el peón que suspende el trabajo para echarse a dormir ó ponerse á charlar sin oficio. En España se _pela la pava_ de un modo mas entretenido y halagüeño, puesto que la operación consiste en hacer la corte por la reja ó ventana a la querida ó amada. Creo que debe de haber una grande abundancia de _pavas_ en Sevilla, porque allí pelan muchísimas.
No importa que los amantes ó _amigos_ de los dos sexos tengan entera libertad para verse y hablarse á todas horas, dentro ó fuera de la casa. La _pava_ se _pela_ siempre, porque así lo quieren las costumbres galantes. Acaso el galan ha hecho una larga visita durante el dia, ó la hará mas tarde á la familia de la _señorita_ ó _chica_; y con todo, la visita al pié de la reja es indispensable, á prima noche por lo regular. ¡Ay del galan que se olvide un día de la pava que hay que pelar! Al siguiente oirá terribles reconvenciones, hallará un ceño irritado, ó muy indiferente y frio, cuando no sollozos, lágrimas y quejas reprochándole ingratitud y mal proceder.... Creo francamente que las leyes de la _pava_ restringen mucho la autonomía individual del andaluz, pero les encuentro su lado poético y atractivo. Hay costumbres que no se encuentran ya sino en España, donde el orientalismo y la feudalidad han dejado raices muy profundas. El torero hace hoy las veces del trovador de los viejos tiempos.
Por desgracia, los sevillanos no se contentan con el poético platonismo de la «reja». Sevilla, como gran ciudad y puerto comercial, y como tesoro de primores de arte y de placer, atrae singularmente, sobre todo en la Semana Santa y la primavera, no solo á muchos extranjeros sino también á los españoles de otras provincias. Ese gran concurso de forasteros y la belleza de las sevillanas han dado lugar á un desarrollo alarmante de la corrupcion. Debo limitarme á indicar el hecho, porque el asunto no permite comentarios ni explicaciones. Ese mal es el cáncer de las grandes ciudades españolas.
Si Sevilla interesa durante el dia, por los caprichos de sus calles empedradas, estrechas y tortuosas, por el esplendor de sus casas modernas, sus hoteles y cafés, por la magnificencia de su plaza de toros, por la majestad ó el primor de sus monumentos, por su actividad industrial y mil circunstancias,--durante la noche, á la doble luz de la luna de mayo y del gas de millares de faroles, tiene un encanto particular. Miéntras el gas hacia brillar todas las curiosidades de las tiendas abiertas en las calles comerciales, y alumbraba á las turbas alegres que hormigueaban por los enlosados ó el centro de las plazas y calles,--los balcones, las celosías, los miradores y las altas rejas de colores vivos (generalmente azul y verde, sobre paredes pintadas de amarillo) estaban iluminados por la luz mas suave de la luna, proyectándose en los muros las sombras de las mujeres curiosas, inclinadas sobre los balcones para ver pasar los grupos de gente en incesante agitacion.
En aquellos momentos parecía mas vivo el contraste de los diversos tipos. Por una parte hacían juego los hombres de buena sociedad, con sus ámplias capas de vueltas de terciopelo y borlas flotantes y sus sombreros de fieltro, llamados en España _chambergos_, cuando no vestidos con el _paltó_ francés y el sombrero negro de alta copa bautizado en Madrid con el apodo ultrajante de _hongo_; mientras que las damas elegantes arrastraban sus ampulosos trajes de luciente seda, exagerados de por sí, sin perjuicio de la crinolina, esa peste de todas las concurrencias, y ostentaban sus graciosos peinados y lujosas cabelleras, sin mas adorno que una flor natural, ó cubiertas con una cofia de lana calada de colores, ó el pañuelo de seda en barbiquejo. Y á su lado se cruzaban, rozándose con el grave inglés (maravillado y lleno de curiosidad), ó el francés (bullicioso y de humor ligero), los grupos de majos y manólas, del aspecto mas original y risueño.