Viajes de un Colombiano en Europa, primera serie

Part 34

Chapter 34 3,795 words Public domain Markdown

Entre tanto se ve en las demas fisonomías el sello de la dependencia, aunque sin degradación. El español, mozo de cordel en el puerto, artesano, carretero ó negociante en detall, se muestra reservado, como si le oprimiese constantemente la idea humillante de que habita una ciudad fundada en el suelo de la Península, pero dominada por un poder extranjero. Los italianos (que eran muy numerosos), muchos de ellos refugiados, huyendo de la tiranía y la miseria, maniestaban el pesar del expatriado, al mismo tiempo que la satisfacción instintiva del que se siente libre bajo un cielo semejante al de su patria, y su conversación era simple, insinuante y ruidosa. El judío y el moro, vagando silenciosos y como soñadores por las calles de Gibraltar, con sus vestidos pintorescos y sucios, sus capuchones y turbantes, sus piernas desnudas y sus anchas sandalias, parecen estar evocando allí todas las tradiciones orientales y la historia de dos razas proscritas. Aquellos hombres, con sus mantos flotantes como sudarios, parecen fantasmas del mondo africano, ó cadáveres ambulantes de las generaciones que le trasmitieron al mundo cristiano el depósito de la civilizacion. Yo no podia mirar sin profunda tristeza ningún israelita ó moro de los que pueblan á Gibraltar. No sé si mi inclinacion hacia todos los débiles y proscritos del mundo me dominaba; pero sentía mas simpatía por los judíos, italianos y moros que por los ingleses mismos y los españoles.

Y sinembargo, nada hay que haga resaltar tanto como ese áspero peñón de Gibraltar la gloria relativa de las libres instituciones y las costumbres hospitalarias del pueblo inglés. En Lóndres, donde hay tantos miles de proscritos que viven bajo él noble amparo de una patria adoptiva, todo pasa desapercibido, porque la inmensidad de esa metrópoli esconde los pormenores. Es en Gibraltar donde se revela mejor el genio liberal, comercial, cosmopolita y tolerante del pueblo inglés. El español y el italiano, el israelita y el moro, el inglés y el extranjero de cualquier pais, todos son igualmente libres, se toleran en su religion y sus costumbres y viven fraternalmente. Gibraltar me pareció una especie de modelo (aunque imperfecto) de esa unidad en el _derecho_ y el _progreso_, á que tiende la Humanidad, impulsada por el sentimiento del amor y la justicia que es el verdadero ideal de la civilización. Aquel peñasco hospitalario, que admite á todas las razas y religiones, colocado entre la España católica,--intolerante y fanática por sus instituciones papales,--y el África mahometana,--intolerante y fanática por resentimiento y por su atraso en la civilizacion;--aquel peñasco, digo, me parecía allí, azotado por las ondas balanceándose entre dos mundos enemigos, como una arca de salvación que llevaba en su seno la idea redentora de la libertad, del derecho y la fraternidad!

Si yo fuese español, acaso miraría con despecho flotar el pabellón británico sobre la roca de Gibraltar: el patriotismo (que muchas veces es un sofisma) me haría pensar así. Pero, hijo del Nuevo-Mundo, imparcial entre las dos potencias y amigo de la justicia y el progreso, bendigo _hoy_ (todo es relativo) la dominación de Inglaterra en Gibraltar. Ella es la garantía de la libertad del comercio en el Mediterráneo; es el lazo de unión entre la civilizacion europea y la semi-barbárie africana; es una promesa de progreso, y una enseñanza severa y elocuente para las naciones que rechazan todavía los consejos de una política de tolerancia y equidad. Todos esos intereses se verían comprometidos el dia que Gibraltar volviese á la dominación de España,--de España, donde todavía, en 1859, mientras se llevaba la guerra á Marruecos en nombre de la civilizacion, se condenaba á _nueve años de prisión_ á un ciudadano de Inglaterra, por haber vendido en Cádiz la _Biblia_ (el libro de Dios!) en edición británica....

El comercio qué hace Gibraltar es muy considerable, Aquella plaza no solo es un punto de escala importante para la navegacion entre el Mediterráneo y el Atlántico, sino el depósito general de los cambios que hace la Europa occidental con el imperio de Marruecos. Ademas, es un elemento de comercio clandestino con España, muy considerable. España, como todo el que peca, tiene en los resultados de sus propias faltas el castigo y contragolpe de ellas. Egoísta por sus instituciones económicas ó fiscales, se ha rodeado de todas las trabas propias de un sistema rigoroso de prohibiciones, reglamentos y derechos diferenciales; y eso le cuesta caro. El contrabando es inmenso, por todos lados,--lo mismo por sus costas, que por las fronteras de Francia y Portugal; pero en ninguna parte se hace con proporciones tan visibles como en Gibraltar. El valor de los cambios que se verifican allí es tan considerable, que en los últimos años no exportaba Gibraltar hacia Europa y África menos de 22,000,000 de pesos fuertes ó 440 millones de reales de vellon.

Prescindiendo de los grandes almacenes de depósito, nada mas curioso que las tiendas de Gibraltar, repletas de las telas, los artefactos y objetos mas heterogéneos, procedentes de muy diversos paises. Lo que mas llama la atencion es el conjunto de artículos de la industria marroquí, tan graciosos y originales como pintorescos. Los preciosos y bruñidos tafiletes, los grandes chales de algodon y seda, de colores vivos sobre fondo blanco, ó mezclados; los mil caprichos de dibujo y bordado en las _mantas_ rojas de lana, en los cojines y sandalias; los bellos turbantes; la infinidad de joyas y objetos de adorno, de plumas, corales, rosarios, filigranas, cigarreras bordadas de hilo de oro y plata, y mil objetos de uso manual,--todo eso despierta la curiosidad por sus particularidades, sus vivísimos colores y sus caprichos de forma, que dan idea del estilo de la industria en Marruecos y los paises vecinos. No menos curiosos son los pequeños objetos de diversa aplicación que se fabrican con mármol y granito en Gibraltar, en Ronda, en Tánger y otros lugares para tener su espendio en aquella plaza de cambio universal.

Cuando habíamos recorrido las calles de Gibraltar y visitado muchas de sus tiendas, pasamos de la ciudad al vasto recinto de la ciudadela. Sin cuidarnos de observar muy atentamente las fortificaciones estupendas que se destacan por todas partes en laberinto, cruzamos los primeros jardines para trepar hasta las alturas del peñón, pasando por inmensos patios repletos de pirámides de balas, bombas y granadas, y filas interminables de cañones estupendos. Aquel enjambre de proyectiles é instrumentos de muerte, en medio de tanta verdura artificial, de tantas flores y perfumes, y árboles frutales, y fuentes de aguas saltadoras, y puentecitos rústicos, y estatuas y arcos y muros abrumados de enredaderas y pámpanos;--aquellas fortalezas y fragatas amenazantes, en presencia de un golfo bellísimo y bajo un cielo admirable de oriental hermosura; aquel silencio traidor de tantas bocas de hierro y bronce, abiertas sobre las murallas y prontas á vomitar ondas de fuego sobre las verdes ondas del golfo,--mientras que en la ciudad todo era bullicio y animacion mercantil;--todo formaba un conjunto de contrastes que hacia meditar con tristeza ó reír de las locuras del mundo. Todavía pasarán muchos años antes de que el cañón, trepado insolentemente sobre su cureña, deje de ser un _argumento_; pero hay que esperar que llegará un dia en que una plaza mercantil y un estrecho de mar no tengan otra defensa que el interes del progreso y la nocion de la justicia.

El panorama que se domina desde las alturas superiores de Gibraltar es incomparable, como cuadro marítimo. Con el auxilio de un anteojo veíamos claramente los mas lejanos objetos, abarcando un conjunto encantador. Encima un cielo de fuego y los pardos picachos de granito, de una majestad imponente. Al derredor jardines primorosos y vastísimos, surcados de calles en zig-zag, que van caracoleando hasta la cima, tan bien niveladas que los coches suben y bajan sin dificultad ninguna; y todo el recinto erizado de fortificaciones, de rocas graníticas, de palacios y lindas casas de campo, de estatuas de personajes ingleses y grandes y hermosos árboles. En el fondo, el golfo incendiado por el sol africano, la costa de Algecíras y San Roque, con sus graciosas poblaciones, la _Isla-Verde_ con su hospital, las fortalezas españolas y la faja de montañas cerrando el horizonte al sud-oeste. Por último, al sur y sud-este el Mediterráneo, las montañas y costas africanas, y después de la «Punta de Africa», que hace frente al Peñón de Gibraltar, Ceuta en el fondo de su pequeño golfo, semejante á un nido de gaviotas; y mucho mas léjos, como un punto blanco, el puerto y la ciudad de Tánger, mostrándose vagamente detras de un velo de ardiente gasa producido por las reverberaciones del aire inflamado. Aquel panorama es de los que no se olvidan nunca. Al describirlo en masa, me parece que lo estoy viendo, con el ojo enardecido por un sol devorador, después de ocho meses trascurridos desde que visité á Gibraltar.

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A las cinco de la tarde nuestro vapor levó anclas haciendo rumbo hácia Cádiz. Poco después, al volver la punta de Algecíras, la mas avanzada de España en el Mediterráneo, perdimos de vista el golfo y el peñón de Gibraltar. Salíamos ya casi del estrecho y empezábamos á ver la lucha infatigable entre las grandes ondas del Océano y las menudas olas del Mediterráneo,--las primeras lentas, formidables, inmensas, invadiendo el canal con majestad,--las otras inquietas, rápidas, revolcándose sobre la gran sabana líquida y queriendo salir al ancho espacio. Parecian innumerables rebaños de carneros empeñados en trepar sobre colinas y montañas formidables.

Las sombras de la noche caían cuando pasábamos por en frente de Tánger y Tarifa, tan cerca de la segunda que casi tocamos con la roca ó islote del mismo nombre, ligada por un estrechísimo istmo al puerto. Hoy Tarifa no es mas que un escombro, una memoria. La poblacion yace triste y solitaria al pié de una colina, y las fortalezas históricas nada valen. Pero eso grupo de piedras tiene un mérito moral inmenso. Al contemplarlo me parecia ver sobre una almena la sombra sublime de Guzman el Bueno, dominando las vagas sombras de la noche, con el brazo extendido mostrando el Africa, y recordando al mundo que la abnegación suprema es una virtud para la cual no debe haber ni época ni posteridad....

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CAPITULO V.

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LA BAHIA DE CÁDIZ.

La isla de León.--Panorama de Cádiz.--Reminiscencias.--Curiosidades y costumbres.--San-Fernando.--Puerto-Real.--Puerto-Santa-María.--Algo mas sobre Cádiz.--El bajo Guadalquivir.

Eran las seis de la mañana cuando fondeábamos delante de Cádiz, casi en el centro de la bahía, y fue necesario aguardar durante dos horas á bordo hasta que llegase el permiso para desembarcar. La Aduana no se debia despertar hasta las ocho, hora en que comenzaron los registros de equipajes y escrutinios de pasaportes, sin excepción de persona. El Español es extranjero en España bajo los umbrales de la Aduana, cuyas uñas inquisitoriales no respetan nacionalidad ni domicilio, escarbando lo mismo el equipaje del que viene de la China ó del Nuevo Hundo, que del que llega de paseo de alguna ciudad española.

Un sol magnífico plateaba las ondas de la bahía é iluminaba las torres, las fortalezas y los grandes edificios de Cádiz, produciéndose en las cúpulas y masas colosales de mampostería los mas vivos reflejos. El espectáculo era admirablemente bello, como era interesante el movimiento del puerto, animado ya por los numerosos grupos de marinos, de mozos de cordel, de mercaderes ambulantes, curiosos desocupados, etc., cuanto por la abundancia de buques anclados en la bahía y de las pequeñas barcas y faluchos de corta navegacion. A las diez de la mañana logramos salir sanos y salvos de la Aduana y fuimos á instalarnos en el hermoso hotel del «Comercio». Estábamos impacientes por trepar á una de las torres mas altas de la ciudad para poder abarcar con la vista todo el panorama, y aunque el sol calcinaba con sus lenguas de fuego la isla de Leon, no quisimos esperar la tarde. Una de las torres de la Catedral «vieja» (edificio algo espacioso, pero de mal gusto y que no valia la pena de un exámen detenido) nos sirvió de mirador.

La escena era enteramente distinta de la que nos había ofrecido el golfo de Algecíras. En la bahía de Cádiz el horizonte no tenia límites, y habia en todo lo que los ojos podían contemplar un maravilloso conjunto de majestad en lo inmenso, de gracia y vitalidad en los pormenores y de grandes recuerdos en el variado aspecto del panorama. Nada mas curioso y excepcional que la topografía de la isla de León y de la punta peninsular que le hace frente para formar la bahía. Cádiz está como un peñasco en el centro de una inmensa llanura: por el oriente la llanura _sólida_, la vastísima costa de la baja Andalucía, completamente plana, extendiéndose hacia el Guadalquivir de un lado, y del otro hacia los lejanos contrafuertes de Ronda, siguiendo la dirección de Medinasidonia;--al occidente, al sur y al nor-oeste los desiertos del Atlántico, llenos de luz y de solemnidad.

La isla de Leon tiene como la forma de un sombrero militar de gruesa copa y con una de sus puntas mucho mas prolongada que la otra. La base está azotada por las ondas del océano; en la punta setentrional demora Cádiz, y la copa se liga al continente por algunos puentes, al este de la ciudad ó villa de San Fernando. Pero la misma isla de Leon se subdivide en dos: la gran masa tiene por centro á San Fernando, miéntras que Cádiz está asentada en un islote ó promontorio, que es como la avanzada rocallosa de la grande isla, describiendo esta un arco caprichoso. Al norte se destaca del continente una península de formas regulares, mas larga que ancha, en cuya base demoran á los dos lados la ciudad llamada «Puerto-Santa-María» y el gracioso pueblo denominado «Puerto-Real,» donde desemboca el río «Guadalete», tan famoso en la historia de la dominación arábiga en España. La bahía, de forma irregular, aunque generalmente circular, queda encerrada entre la isla de León y la lengua de tierra mencionada; pero la punta de Cádiz es tan avanzada que parece como dominando el pequeño golfo de «Santa-Maria».

El paisaje es tan vasto del lado de tierra que con el anteojo se alcanza á ver casi toda la parte llana de la provincia de Cádiz, en la direccion de las extensas llanuras del Guadalquivir y la provincia de Sevilla. A unos 35 kilómetros de Cádiz se alcanza á ver en masa la considerable ciudad de «Jerez-de-la-frontera», tan famosa por sus vinos y sus opulentas y grandes bodegas ó sótanos, y con una población de mas de 51,000 habitantes. Por toda la comarca se ven las llanuras y las bajas colinas cubiertas de viñedos, plantaciones de cereales, olivares, etc., cuyas tintas hacen muy bello efecto en el horizonte lejano. Sin contar mas que las poblaciones vecinas de Cádiz, hay al derredor de la bahía (incluyendo á «Puerto-Santa-María» que es como adyacente) una masa de 114,153 habitantes, de condición esencialmente marítima, aunque productores en industria y agricultura. La bahía tiene como 58 kilómetros de circunferencia.

Como se ve, Cádiz remeda un barco inmenso flotando entre dos bahías, sacudido por las ondas en todas direcciones. Si la situacion hace de esa ciudad la mas bella y poética población de España, su interior, sus curiosidades y sus tradiciones la hacen tan interesante como simpática y graciosa. Cádiz es una ciudad de origen muy antiguo, pues fue una colonia fundada por los Tirios. Los Romanos la conquistaron dos siglos antes de la era cristiana, y en todos tiempos ha tenido la doble importancia de plaza mercantil y de guerra. Si hoy es la primera plaza fuerte de España, erizada de castillos y defendida en todas direcciones, como plaza mercantil es muy inferior á Barcelona. Mientras que la capital catalana y Málaga, Valencia, Alicante y Gibraltar le disputan el tráfico que gira hácia el Mediterráneo, Sevilla, Coruña, Santander y Bilbao le hacen competencia del lado del Atlántico. Su poblacion, que en tiempo de la dominación española en América no bajaba de 100,000 habitantes, hoy está reducida á poco mas de 70,000.

Cádiz me interesaba por sus tradiciones bajo todos aspectos. De allí salieron las mas importantes expediciones españolas, tanto en la época de las colonizaciones emprendidas sobre el Nuevo Mundo, como durante la terrible guerra de la independencia de «Colombia,» Méjico, Perú, Chile, Buenos-Aires, etc. La libertad colombiana no tuvo en ninguna parte enemigos tan implacables como en Cadiz, residencia de la famosa compañía que tuvo el monopolio del comercio entre Europa y varias colonias hispano-colombianas. Y cosa singular, que prueba cuánto los intereses del monopolio influyen en la política de las naciones!--esa misma población gaditana que tan cruda guerra hiciera á la revolución del Nuevo Mundo, era en la misma época el refugio de los patriotas españoles y el arca de salvación para la nacionalidad de España, en su heroica lucha contra Napoleón y el despotismo.... Cuántos males ha sufrido el pueblo español, por no haber comprendido desde entonces que la causa de la libertad y del derecho era la misma en España que en Colombia, y que los patriotas de uno y otro mundo debían aliarse como hermanos en vez de hacerse la guerra!

Otros recuerdos me asaltaban en Cádiz. Aparte de sus defensas heroicas contra los Ingleses, en 1626, 1772 y 1797, y contra los Franceses en 1811; aparte también de sus interesantes episodios políticos, su constitución liberal de 1812 y la heróica revolución de 1820 encabezada por Riego y Quiroga, Cádiz me hacia recordar que allí había nacido ese feroz brigadier Enrile, _pacificador_ de espantosa memoria en mi patria; y que allí murió miserable, hambriento y lacerado por mil amarguras, en el fondo de un calabozo, el ilustre y generoso Miranda, guerrero de la revolución francesa y mártir de la independencia colombiana, tratado por unos con suprema ingratitud y por otros con una fría crueldad!

La faja de altas murallas (dobles y aún triples en algunas partes) que rodea completamente á Cádiz, tiene una circunferencia de 7,500 varas españolas. Así, por donde quiera que el viajero pretende buscar una salida tropieza con una masa enorme de piedra, soldados y cañones, viendo al pié las ondas espumosas del océano estrellándose con violencia en los bancos de arena y los peligrosos arrecifes que avecinan la isla y sirven de asiento á castillos y fortificaciones. Si la vista sobre la bahía es pintoresca y variada, la que se tiene sobre el océano, al sur y sud-oeste, desde el paseo de la «Alameda» es de una majestad imponente. Desde el primer momento, Cádiz me habia ofrecido muchas semejanzas de aspecto con la ciudad de Cartagena en «Nueva Granada». _Semejanza_ no es el término propio: es no sé qué _analogía_ vaga en la configuracion de la isla y las bahías, en la estructura exterior de la ciudad; algo de muy armónico en el estilo de las fortificaciones, en la atmósfera y el cielo. Al recorrer el hermoso paseo de la Alameda, las plazas y las calles, y observar las gentes allí, la comunidad de tipo me pareció evidente. En cada elegante gaditana creia ver una hija de Cartagena: el acento, los modales, la soltura, el garbo lleno de gentileza y _dengue_, el ojo negro y dulce, la sonrisa de adorable coquetería, la tez de un moreno suave y pálido, el andar mesurado y señoril, la amabilidad y la franqueza insinuante, y un no sé qué de voluptuoso en el vestir, en las formas delicadas pero expresivas y en el juego del inevitable abanico,--todo contribuia á producirme una ilusion que me hizo pensar en la patria.

El sol se hundia como una brasa fulgurante en las ondas de un horizonte infinito; la Alameda estaba poblada de paseantes y habia por do quiera una encantadora animacion. El escenario parecia una gran canasta de flores flotando entre los remolinos de un torrente. El mar producia al pié de las murallas sus formidables chasquidos, lanzando nubes instantáneas de espuma, miéntras que centenares de paseantes vagaban por en medio de las arboledas y los lindos jardines de la «Alameda», casi bajo los balcones y las celosías de las espléndidas casas que dominan los malecones y terraplenes. Los techos reverberando,--los pintorescos balcones verdes y azules,--las altas y elegantes azoteas de estilo morisco,--los arbustos cuajados de flores y perfumes,--los grupos animados de una poblacion en que se veian tipos muy variados,--los mármoles resplandecientes de las casas mas lujosas,--los lejanos castillos destacándose sobre las ondas,--las montañas, confusas en lontananza,--el mar encrespado y sacudiéndose bajo su manto de luz crepuscular,--el sol, enorme por un efecto de óptica, como bañándose en el océano,--la brisa agitando suavemente los árboles,--el cielo de una hermosura extraordinaria;--todo aquello me llenó de encanto, de embriaguez, dejándome en el alma una hondísima impresion que nunca olvidaré.

El tiempo me faltaba para hacer observaciones detenidas. España es un país que no puede ser bien estudiado en ménos de tres años, y yo solo pódia disponer de tres meses para recoger impresiones, reparando en las cosas mas salientes é importantes. Ningun monumento me pareció en Cádiz digno de especial atencion bajo el punto de vista artístico. Lo que hace de esa ciudad una poblacion interesante es su posicion, su conjunto, su estilo particular de construcciones, su aire social, sus recuerdos históricos y su valor económico.

Cádiz, que tanto habia decaido como plaza mercantil desde que perdió la explotacion de Colombia, comienza á recobrar su animacion, gracias á las nuevas líneas de vapores, á notables mejoras en las vias de comunicacion hácia el interior de la Andalucía, y al despertamiento económico que ha tenido España desde 1855. Sus exportaciones consisten en sal, aceite, vinos, frutas secas y otros artículos andaluces;--es una plaza importante de escala y depósito, y fabrica algunos objetos de bellas artes, así como los de aplicacion á la marina. La pesca le procura considerables utilidades. Asentada sobre una roca viva, ya que le faltan las aguas corrientes las tiene superiores en sus vastas y numerosísimas cisternas. Posee hermosos hospitales y un gran número de institutos de enseñanza, beneficencia, crédito, comercio y navegacion.

Desde luego que el clima, la influencia de la dominacion morisca y el gusto español, han determinado en Cádiz el mismo género de construcciones que en casi toda la península y especialmente en las Andalucías. Asi, las calles son en lo general ó en su mayor número angostas y sombrías, tortuosas, desiguales y llenas de capricho. Pero hay allí un sello particular de elegancia y gusto que no se encuentra en ninguna otra de las grandes ciudades españolas, exceptuando á Sevilla. Se siente un vivo placer al recorrer casi todas las calles de Cádiz, ó al reposar bajo la espesa sombra de las magníficas arboledas de las plazas de «San Antonio» y de «Mina». Aparte del interes que excitan los corrillos de gentes de todas condiciones y las tiendas elegantes llenas de curiosidades, donde quiera se camina de sorpresa en sorpresa al recorrer las mejores calles, las que no empedradas ricamente embaldosadas.